Veintiuno

Los trozos ennegrecidos de piedra quemada cayeron del gablete destrozado del pórtico oriental. El humo negro flotaba sobre los peldaños de mármol mientras Uriel pasaba entre dos columnas gigantescas que eran lo único que quedaba de la fachada de la tumba.

El Salvador de Calth era venerado en centenares de capillas y templos repartidos por todo el planeta, pero aquél era el lugar de descanso del capitán Ventanus en persona. El simbolismo de lo que Honsou trataba de hacer no se le escapó a Uriel.

Había que detener a Honsou. Sin embargo, Uriel disponía de muy pocos guerreros para ello. Aunque no había caído ninguno de los miembros de su propia escuadra, tan sólo cinco guerreros de Pasanius habían sobrevivido al enfrentamiento contra los Bailarines de las Espadas.

Por suerte, el propio Pasanius era uno de los supervivientes, aunque la placa pectoral de su armadura era poco más que unos trozos fundidos que dejaban caer gotas de ceramita. La causa de eso había sido el impacto directo de un disparo de rifle de fusión. Que Pasanius siguiera con vida era todo un exponente de la legendaria resistencia del sargento.

—Hará falta algo más que ese juguete para hacerme caer —fue lo que le dijo Pasanius al apotecario Selenus cuando éste trató de curarle la herida—. Dejadme. Ya habéis oído al capitán. Esto todavía no se ha acabado.

La inquisidora Suzaku se había quedado sola, ya que todos los guerreros asignados a su protección habían muerto a manos de los Bailarines de las Espadas. Sangraba profusamente de una herida que tenía en el costado, y su piel oscura mostraba un tono ceniciento debido a la pérdida de sangre pero, a pesar de ello, se mantenía en pie. Uriel se sintió impresionado por la determinación que mostraba.

Seis astartes de la Guardia del Cuervo seguían al capitán Shaan, y Revys Kyre escoltaba a Ardaric Vaanes. Uriel esperaba que Shaan matara de inmediato a Vaanes, pero el capitán de la Guardia del Cuervo lo sorprendió.

—No soy yo quien debe decidir su destino —le explicó—. El Señor de las Sombras es quien debe determinar cuál es el fin de los cuervos caídos.

—¿Y qué pasa si intenta algo? —le preguntó Pasanius.

Shaan hizo salir las garras de sus guanteletes.

—En ese caso, yo mismo lo decapitaré.

—Es suficiente. A mí me vale —admitió Pasanius.

Uriel encabezó la marcha del grupo hacia el interior de la tumba, que estaba lleno de nubes de polvo. Los rayos de bioluminiscencia se filtraban a través de las fisuras de las paredes del edificio y hacían brillar las motas que flotaban en el aire. La luz suave procedente de la cúpula agrietada lo cubría todo con un brillo azul pálido.

El interior de la tumba estaba construido como si fuera una cámara de asambleas, con cada una de aquellas bancadas llenas de caídos en combate. Unos cables de cobre las conectaban a lo que evidentemente eran cargas de demolición.

El espacio abierto situado en el centro de aquel mausoleo estaba cuajado de cascotes y de losas rotas. Un sarcófago, antaño enorme, yacía destrozado formando una pila de escombros. Unas cuatro decenas de Guerreros de Hierro rodeaban aquellos restos, igual que estatuas desafiantes o autómatas de metal, con los bólters colgando de una mano y apuntando al suelo. La odiosa criatura clonada a partir de su esencia genética se encontraba de pie delante de la pila de escombros, con los puños apretados. Uriel sintió una mezcla de odio y de sobrecogimiento.

—Que nadie dispare —ordenó Uriel en voz baja. Sintió que la agresividad natural de sus guerreros cobraba vida en cuanto vieron a los Guerreros de Hierro, pero los traidores los superaban en una proporción de dos a uno. Sus enemigos no hicieron movimiento agresivo alguno, y a Uriel le pareció bien que aquello fuera así de momento—. Que nadie abra fuego a menos que yo lo ordene. Eso también va por vosotros, Shaan.

Shaan asintió, aunque Uriel compartía su disgusto hacia aquel modo de actuar. Le parecía antinatural ver a unos astartes traidores delante de ellos y no dispararles con el bólter o atacarlos con la espada. Sin embargo, aquel momento había tardado mucho en llegar como para que acabara sin alguna clase de juicio final.

Encima de la pila de escombros estaba un guerrero de hierro sentado en cuclillas. Uriel notó que el corazón se le aceleraba al verlo.

Honsou.

Uriel caminó entre los círculos de tumbas y se detuvo en el borde del espacio central. Honsou se dio la vuelta para mirarlo, y Uriel vio en ese momento las partes de una armadura de color azul intenso a sus pies. Eran unas placas de ceramita antiguas con rebordes dorados. Su ira aumentó más todavía al darse cuenta de quién era la tumba sobre la que estaba acuclillado. El guerrero de hierro levantó la mirada e hizo un rápido recuento de sus enemigos y luego sonrió, levantando una de las comisuras de su boca con un gesto sarcástico.

—Veo que me traes a Vaanes de vuelta. Creí que ya lo habrías matado.

Ese último comentario iba dirigido a Aethon Shaan, quien miró a Honsou con un odio más que evidente. La Guardia del Cuervo albergaba una animadversión más profunda contra los Guerreros de Hierro que la mayoría de los demás capítulos, ya que entre los primeros relatos del Imperio se encontraba la traición que sufrió su primarca Corax a manos de Perturabo.

Shaan no malgastó palabras respondiendo a Honsou, pero el comandante de los Guerreros de Hierro no había acabado con él todavía.

—Vaanes ya te traicionó una vez, y también me traicionó a mí. La inconstancia corre por sus venas. ¿Qué te hace creer que no te traicionará otra vez?

—Que no tendrá la oportunidad de hacerlo —le replicó Shaan.

—Eso ya lo veremos —le contestó Honsou con una risotada. Se volvió de nuevo hacia Uriel—. Bueno, Ventris, he esperado mucho tiempo para verte otra vez.

—Tenía la esperanza de haberte matado en ese mundo demoníaco.

Honsou se echó a reír de nuevo y se dio unos cuantos golpecitos con los dedos en un lado de la cabeza, donde un implante biónico de aspecto bastante primitivo cubría toda una masa de tejido cicatrizado.

—Otros guerreros mucho mejores que tú lo han intentado, aunque eres el único que ha estado cerca de conseguirlo.

—¿Y todo esto es para devolverme el favor?

—En absoluto, aunque si te mueres será gratificante —le contestó Honsou, mientras se ponía en pie sobre los restos del sarcófago destrozado.

Bajó hasta el suelo sosteniendo algo en la mano, algo que había robado del lugar del descanso eterno del cuerpo de Ventanus, aunque Uriel no consiguió ver de qué se trataba. Un momento después oyó que Pasanius soltaba un jadeo de asombro, y se dio cuenta de que el brazo plateado de Honsou no era un implante biónico cualquiera, sino el horrible brazo de metal viviente que le habían arrancado a su amigo en las cavernas de los mortuarios bestiales.

Honsou se percató de que reconocían su extremidad y alzó el brazo.

—No llegué a darte las gracias por esto. Me ha salvado la vida en unas cuantas ocasiones.

—Otra razón para matarte —le replicó Pasanius.

—¿Ése es el brazo? ¿El contaminado por el metal viviente necrontyr? —le preguntó Suzaku.

—¿Eso es lo que es? —le preguntó a su vez Honsou en un tono de voz más propio de una reunión de amigos—. Siempre me pregunté cómo funcionaría. Ni siquiera Cycerin fue capaz de averiguarlo, y era todo un sacerdote de Marte.

—¿A qué has venido? —le exigió Uriel, quien tuvo que esforzarse por mantener la calma al recordar toda la destrucción que Honsou había provocado—. ¿Por qué has elegido este lugar?

—¿Quieres saber la verdad? Un demonio me envió a destruirlo, aunque he de admitir que no tengo ni idea del motivo. No es que haya nada útil por aquí, sólo unos pocos huesos, algunas placas rotas de armadura... y esto.

Honsou mostró el objeto que había sacado de la tumba de Ventanus. Se trataba de una daga de hoja larga con una empuñadura dorada. La hoja era de sección triangular y la habían tallado a partir de una piedra de aspecto extraño, parecida al pedernal, pero con un brillo curioso en el filo.

—Es una pieza bastante bonita —comentó Honsou mientras le daba vueltas al arma—. La empuñadura es hermosa, aunque la hoja parece sacada de las manos de uno de esos salvajes que habitan en las cuevas. Es curioso, ¿verdad?

—Es fascinante. Vas a pagar por todas las vidas que se han perdido por tu culpa —lo amenazó Pasanius con voz sibilante.

Uriel le puso una mano en el hombro a su sargento. Tenían los números en contra, así que necesitaba que los guerreros de Honsou bajaran un poco más la guardia antes de realizar cualquier acción hostil.

—¿Por qué Tarsis Ultra? —le preguntó.

Honsou pareció confuso por un momento, como si no conociera aquel nombre.

—Ah, el planeta en el que utilicé aquel virus. El que crearon los adeptos de vuestro Mechanicum, por cierto. Una obra maestra. Por lo que tengo entendido, hizo un trabajo concienzudo. Necesitaba llamar tu atención, ¿sabes? Después de todo, ¿qué sentido tiene sembrar la destrucción si la persona que quieres que sufra no sabe por qué sufre?

—Honsou, eres un monstruo —le dijo Uriel con un gruñido al tiempo que desenvainaba la espada de Idaeus con una lentitud deliberada—. Disfrutaré matándote.

Honsou soltó una carcajada y señaló con un gesto a los Guerreros de Hierro que tenía desplegados a su alrededor.

—¿Por qué siempre crees que vamos a enfrentarnos en un duelo? Te supero en número y en armamento, y cada centímetro cuadrado de esta tumba está sembrado de explosivos.

—Eres un cobarde —lo insultó Uriel con la esperanza de que Honsou actuara de un modo imprudente, pero éste se limitó a señalar con un gesto al guerrero que tenía al lado, aquel al que Vaanes llamaba «el ingénito».

—¿Por qué tendría que luchar yo contigo si dispongo de un paladín que lo haga por mí?

El ingénito se quitó el casco y Uriel notó una sensación de repugnancia al ver el rostro muerto. Su piel era una máscara correosa y rígida, pero no había posibilidad alguna de confundir la estructura ósea que se ocultaba debajo y que le daba forma al rostro. Tampoco cabía duda alguna de a quién le debía aquellos ojos de color gris tormenta en los que ardía una mirada de odio y de una necesidad llena de desesperación.

Dio un paso adelante e inclinó la cabeza hacia un lado.

—Tú cara es distinta —le dijo.

Uriel vio cómo su boca sin labios se movía en la máscara de piel muerta, y sintió que le subía una oleada de bilis a la garganta.

—Gracias a tu disparo.

—¿Te dolió?

—Sí —le confirmó Uriel.

—Bien —contestó la criatura—. He vivido con dolor desde que me vomitaron de aquella cueva. Mi vida no es más que un conjunto de recuerdos dispersos unidos al azar, y mi cuerpo es algo monstruoso que no está ni vivo ni muerto.

Petronius Nero desenvainó su espada.

—Dejadme matarlo, capitán. De paladín a paladín.

Uriel hizo un movimiento negativo con la cabeza.

—Esta vez no, Petronius. Este combate debo librarlo yo solo.

Honsou puso en la mano del ingénito el puñal que había robado de la tumba.

—Toma, usa esto. Me parece apropiado que muera con el cuchillo de un héroe en el corazón.

El ingénito bajó la mirada al arma y asintió.

—Nunca quise esto. Debería haber muerto, y eso hubiera sido un acto de misericordia, pero tú le infundiste vida a mi forma rota, y sólo por eso te mataré.

Uriel notó la angustia que rezumaban sus palabras, el dolor torturado de un monstruo que se disponía a matar a su creador.

—No tienes por qué hacerlo —le dijo.

—Sí, sí tengo que hacerlo —le replicó el ingénito, caminando ya hacia él—. Acabaré con tu vida, y luego con la mía.

—Una vez fuiste un crío —le dijo Uriel, y el ingénito se detuvo en seco—. Lo sé porque yo tengo parte de tus recuerdos. Lo mismo que tú viste los míos, yo he visto los tuyos. Te vi. Eras un cadete que se entrenaba para ser comisario. Los Guerreros de Hierro te secuestraron y te convirtieron en un monstruo, pero eso no es lo que tú eres. Deformaron tu aspecto exterior, pero no pueden cambiar lo que eres en tu fuero interno. No importa lo mucho que hayan intentado o lo mucho que te hayan llenado la cabeza con sus pensamientos malignos.

—¿Has visto mi vida?

—Sí, una parte de ella.

El ingénito miró fijamente a Uriel, como si estuviera decidiendo si le había mentido.

—No importa lo que digas —los interrumpió Honsou—. No importa lo que fuera. Ahora es una criatura de la disformidad.

El ingénito le dio la vuelta a la daga y la empuñó con la hoja hacia abajo al tiempo que se encorvaba un poco para adoptar una postura de combate.

—Vamos, padre. Ven a morir conmigo.

La zona del palacio se había convertido en un baño de sangre. Los desesperados soldados de los Nacidos de la Sangre luchaban por sus vidas mientras los guerreros de la Segunda Compañía los masacraban con toda la eficiencia brutal por la que eran famosos los Ultramarines. Las escuadras tácticas avanzaban en formaciones escalonadas y disparaban andanadas incesantes mientras lo hacían. Las escuadras de asalto se lanzaban a la carga contra las brechas abiertas en las líneas enemigas para ampliarlas y aislar a los Nacidos de la Sangre en bolsas de resistencia con las que se podía acabar de una en una.

Scipio Vorolanus dirigió a Coltanis, Helicas y Nivian a través de aquella batalla rugiente sin dejar de disparar la pistola bólter con ráfagas precisas para no malgastar munición. Había tomado una pistola nueva del armero de la Spatha, y se sentía bien con ella en las manos. Helicas se había hecho con un bólter pesado, y en cuanto el avance se veía detenido, descargaba una andanada segadora de proyectiles contra las filas enemigas. Nivian conservó la baqueteada pistola de Scipio y siguió disparando con la mano que le quedaba, y Coltanis ya había conseguido nuevas células de energía para su rifle de plasma.

Las explosiones sacudieron los contingentes de los Nacidos de la Sangre y de los Ultramarines, ya que los soldados enemigos que se encontraban al otro lado de las murallas y de la puerta luchaban con ferocidad en su intento de acudir en ayuda de su reina. Scipio no temía que lograran pasar, puesto que Praxor Manorian siempre gustaba de demostrar su valía a todo el mundo. Si había una escuadra capaz de defender la puerta, ésa era la de los Portadores de Escudos.

El aerodeslizador de la Reina Corsaria intentaba retirarse hacia palacio, pero en su desesperación por salvarla, los Nacidos de la Sangre del interior de las murallas la habían dejado inmovilizada. Al quedar atrapado por la masa de gente, el aerodeslizador tan sólo pudo disparar contra los Ultramarines por encima de la cabeza de los propios soldados, pero ambos bandos estaban tan entremezclados que acabó acertando a algunos de los suyos.

Los astartes traidores se abrieron paso a golpes a través de los Nacidos de la Sangre para tomar posiciones alrededor de Kaarja Salombar. Scipio vio con claridad su melena de cabello azul a través de los destellos de las bocachas de las armas y de las explosiones. Ver tan cerca al objetivo de su misión le resultó irresistible, y dirigió con mayor vigor a los supervivientes de la escuadra hacia ella.

El sargento captó un destello rojo por delante de él. Ver al capitán Sicarius hizo que el corazón se le hinchara de orgullo. El capitán de la Segunda Compañía era una fuerza imparable, un guerrero sublime más allá de todo parangón cuya espada parecía encontrar el punto más débil de cada armadura, el punto más vulnerable de cada defensa. Cada mandoble de su espada, Tempestad, y cada disparo de su pistola de plasma provocaban la muerte de varios soldados enemigos.

Luchaba con un salvajismo que muchos encontraban inquietante en un capitán de los Ultramarines, pero cuanto más observaba Scipio la esgrima de Sicarius, más se daba cuenta de la precisión que había en cada una de las estocadas. Los Leones de Macragge luchaban al lado de su capitán, y era una unidad de combate sin rival entre los héroes del Capítulo. Daceus protegía el costado derecho del capitán, mientras que Prabian hacía lo mismo en el izquierdo. Vandius enarbolaba bien en alto el estandarte de la compañía, y sus azules, verdes y dorados ondeaban con orgullo bajo el viento.

Sicarius se detuvo a recargar la pistola y fue entonces cuando vio que Scipio y sus guerreros se acercaban.

—Sargento Vorolanus. ¡Por los cuatro vientos, me alegro de verte! —le gritó Sicarius a la vez que le estrechaba la mano—. Has logrado una gran victoria, Scipio. ¡Una gran victoria para la Segunda!

—Gracias, mi señor.

—Has sufrido pérdidas, pero por el Emperador que estoy orgulloso de ti. ¡De todos vosotros!

—Los Relámpagos nunca fallan, mi señor —le contestó Scipio lleno de orgullo.

—No, no lo hacen —admitió Sicarius—. Y ahora, Scipio, nos has proporcionado una ocasión magnífica, pero esta batalla todavía no se ha acabado. ¿Estás conmigo?

—Siempre, mi señor —le aseguró Scipio, y los guerreros de su escuadra confirmaron ese sentimiento.

—Entonces, ¡seguidme! —gritó Sicarius un momento antes de lanzarse de nuevo a la refriega.

Luchar al lado del capitán Sicarius era un gran honor, ya que era el guerrero que había salvado Risco Negro, quien había derrotado a los incursores del Abismo Halamar y había liberado el sector Zeist de la insidiosa dominación de los tau. Era, desde todo punto de vista, un auténtico héroe, y Scipio se sintió culpable por haber dudado de sus decisiones.

Su avance fue imparable, pero cuando los últimos soldados de los Nacidos de la Sangre cayeron ante su ferocidad inmisericorde, los Leones de Macragge vieron ante ellos que iban a enfrentarse a unos oponentes mucho más difíciles que unos simples mortales.

Delante de ellos, a unos veinte metros, estaba Kaarja Salombar, de pie sobre su aerodeslizador. Sostenía por encima de la cabeza una pistola estampada en oro y un largo sable curvado. Una horda de astartes traidores, treinta berserkers de los Cosechadores de Cráneos y de los Garras de Lorek, se interponían entre ella y los Ultramarines.

Salombar vio a Sicarius y sonrió con verdadero placer. Lo apuntó con la espada y el desafío evidente que representaba aquel gesto fue inconfundible.

—Ahora tengo que matar a una reina —murmuró Sicarius.

El ingénito se lanzó de un salto contra Uriel con una rapidez que éste hubiera creído impensable en un guerrero equipado con servoarmadura. La hoja del de la daga cruzó el aire en un tajo dirigido contra su garganta. Uriel se echó a un lado y alzó la espada para bloquear el golpe de revés que le siguió. El rostro del ingénito era una máscara sin expresión, y Uriel alargó una mano para arrancársela mientras retrocedía.

El conjunto de pieles cosidas que formaban la máscara era repugnante, pero lo que había debajo era incluso peor. La superficie de la musculatura, aquella carne cruda y húmeda, brillaba levemente. Miró a Uriel con unos ojos que rezumaban locura, dolor y toda una vida de sufrimiento. Abrió la boca de par en par en un gesto semejante al de un animal atrapado. Por mucho que Uriel quisiera bajar la espada y razonar con el ingénito, sabía que no existía modo alguno de llegar a su intelecto. Lo ocurrido en Salinas le había demostrado la imposibilidad de salvar a las criaturas tocadas por la disformidad.

El ingénito lo atacó de nuevo con otro tajo de la daga y le abrió un surco en la superficie de la armadura. Uriel oyó el sonido de los bólters de los Ultramarines al ser llevados a los hombros y el de los proyectiles al entrar en las recámaras.

—¡No! ¡Esto es entre él y yo!

Los Guerreros de Hierro contemplaron el duelo con los bólters todavía apuntando hacia el suelo en un gesto displicente. Sabían que disponían de la superioridad numérica y despreciaban al simple hatajo de oponentes que tenían frente a ellos. También habían visto al ingénito en acción, y sabían que aquel enfrentamiento sólo podía terminar de un modo.

Uriel lanzó un largo mandoble contra el costado del ingénito, pero su contrincante giró hacia la izquierda y se metió bajo su guardia para lanzarle una cuchillada contra la ingle. Uriel se echó hacia un lado y la hoja chirrió al arañarle el muslo. El capitán aprovechó la postura y lanzó un codazo hacia abajo. El golpe le dio de lleno al ingénito en la cara y le hizo saltar un chorro de sangre de la mejilla. Cayó al suelo, pero se levantó de un salto antes de que Uriel lograra acertarle con un pisotón.

Era un enfrentamiento entre un guerrero armado con una espada y otro armado con una daga, y la ventaja solía estar del lado de que tenía la hoja más larga. Sin embargo, esa ventaja no servía de nada ante la velocidad con la que se movía el ingénito. Uriel creyó una y otra vez que había lanzado la estocada letal y definitiva, pero en cada una de esas ocasiones, su oponente logró esquivar el mandoble.

—Deja de jugar con él. Mátalo —le ordenó Honsou.

El ingénito asintió y se acercó a Uriel con la daga por delante.

Uriel alzó la espada, pero el ingénito se le echó encima antes de que le diera tiempo de alzar la guardia y le arrancó el arma de la mano para luego propinarle un golpe en la mejilla con la empuñadura de la daga. El ultramarine trastabilló y oyó una conmoción a su espalda. Se estrelló contra el suelo y rodó sobre sí mismo, pero antes de que pudiera moverse más, el ingénito se sentó encima de él y sostuvo la daga gris en alto.

—Ahora se acabará el dolor —le dijo con la voz ahogada por la emoción.

Dos disparos de bólter rasgaron el silencio sepulcral de la tumba, y un par de explosiones atravesaron el pecho del ingénito. Unos cráteres sangrientos tan grandes como para que cupiera la mano de un astartes le desgarraron el cuerpo, y Uriel vio a Pasanius empuñando un bólter humeante al otro lado de los agujeros de salida. El ingénito se estremeció, pero no cayó. La daga se le escapó de la mano y cayó con un repiqueteo en el suelo de piedra, al lado de Uriel.

De las heridas surgieron sangre y una luz amarillenta y repugnante. Mientras Uriel miraba aquellas horribles heridas, empezaron a formarse nuevas costillas y órganos palpitantes, y luego las arterias, las venas y los músculos que crecieron a continuación lo cubrieron todo.

—¿Ves el dolor en el que estoy inmerso? El recuerdo de cada herida permanece en mi interior —le dijo el ingénito.

Uriel empuñó la daga al mismo tiempo que el ingénito le rodeaba la garganta con las manos.

—¡Samuquan! —jadeó Uriel—. Samuquan. ¡Así te llamabas!

El ingénito aflojó un momento las manos y abrió los ojos de par en par con una mirada de horror cuando un aluvión de recuerdos quedó liberado en un único instante tumultuoso. Luego se llevó las manos a la cara y un gemido ahogado surgió de su garganta. Sin embargo, Uriel vio que, en vez de liberarlo, aquello no había hecho sino enfurecerlo más. En sus ojos captó que se había dado cuenta de lo que era y de en lo que se había convertido.

—Lo siento —musitó Uriel y le clavó la daga en el pecho.

Empujó el arma hacia sus entrañas a través de la carne recompuesta tras las heridas provocadas por el bólter, y lo hizo con todas sus fuerzas. Uriel sintió una odiosa sensación de consumación que fluyó del arma cuando impactó, la desagradable impresión de que se cortaba un hilo que unía el mundo material con cualesquiera que fueran las dimensiones que existían al otro lado. El ingénito aulló y se desplomó de espaldas dejando el arma en la mano de Uriel.

La criatura logró ponerse en pie antes de desplomarse de rodillas mientras se agarraba la cabeza y aullaba. Uriel sintió su dolor como una tremenda punzada en la cabeza, y supo en ese instante de conexión que el ingénito estaba reviviendo todos y cada uno de los actos degradantes sufridos y cometidos desde su captura. El joven que fue vio en ese instante el monstruo en el que se había convertido, y su mente ya frágil se derrumbó bajo el peso de la vergüenza y del horror. La luz que salía supurante de su cuerpo se desvaneció y la regeneración de su cuerpo se interrumpió por completo.

El chico que había sido Samuquan miró a Uriel.

—Gracias —le dijo.

Se derrumbó sobre un costado, encogió las piernas y pegó los brazos al cuerpo hasta adoptar una postura fetal. Cerró los ojos y un suave estertor escapó de su boca. Uriel miró asombrado a la daga. No sabía cómo había cortado el hilo vital del ingénito ni cómo había llegado el capitán Ventanus a hacerse con un arma como aquélla.

Oyó el chasquido de los bólters de los Guerreros de Hierro al amartillarse y rodó hacia un lado un momento antes de que cuarenta armas dispararan una descarga rugiente. La muerte del ingénito había roto la tregua antinatural e incómoda que existía entre los Ultramarines y los Guerreros de Hierro, y lo hizo con el rugido de los bólters.

La tumba se llenó del eco resonante de los disparos cuando los Guerreros de Hierro y las fuerzas imperiales abrieron fuego. Uriel se puso en pie a trompicones para intentar regresar con sus astartes mientras los proyectiles abrían agujeros a su alrededor. Se echó bruscamente hacia la derecha y se mantuvo agachado para esquivar el torrente de disparos. Luego, se lanzó de cabeza para llegar rodando a la cobertura que ofrecía un sarcófago agrietado, una de cuyas esquinas estalló en una lluvia de esquirlas.

Se arriesgó a echar un vistazo por encima del borde y se dio cuenta de que los Guerreros de Hierro se estaban desplegando para rodearlos.

—¡Shaan! —gritó al tiempo que señalaba las fuerzas de flanqueo.

—¡Lo veo! —le contestó el capitán de la Guardia del Cuervo un momento antes de dirigir a sus guerreros hacia las líneas de los sarcófagos.

Pasanius llegó corriendo y se puso a cubierto a su lado con el lanzallamas en ristre.

—Gracias —le dijo Uriel mientras metía un cargador en la pistola bólter.

—Alguien tiene que cuidarte cada vez que haces alguna locura.

Pasanius se asomó un poco por el borde del sarcófago y lanzó un chorro de promethium en llamas contra los Guerreros de Hierro. Tres de los enemigos empezaron a arder, pero sólo uno cayó, los otros atravesaron las llamas sin sufrir daño alguno.

Los guerreros de las escuadras de Uriel y de Pasanius respondieron a los disparos enemigos como pudieron desde sus posiciones, pero aquella situación táctica era preocupante. La tremenda potencia de fuego de sus oponentes mantenía a la mayoría de los Ultramarines escondidos e inmovilizados mientras el resto de los astartes traidores avanzaban para flanquearlos. Sus enemigos no arriesgaban nada con aquella táctica, y no les proporcionaban a los Ultramarines ninguna oportunidad de lanzarse a una carga heroica o de enfrentarse a ellos cuerpo a cuerpo.

—¡Venid y luchad como guerreros! —les gritó Pasanius, pero Uriel sabía que Honsou no caería en esa provocación.

Se asomó un poco para localizarlo en mitad de aquella tormenta de disparos, y lo hizo finalmente. Estaba a unos veinte metros a su derecha, a cubierto detrás de un sarcófago. Tenía siete guerreros con él, y no había modo alguno de llegar hasta allí con vida.

La frustración que Uriel sentía le parecía insoportable. ¡Haber llegado tan lejos, y que todo acabara en una derrota tan innoble! Unos cuantos miembros más de la escuadra de Pasanius cayeron acribillados por el fuego enemigo cuando intentaron responder a los disparos. Brutus Cyprian soltó un gruñido de dolor cuando un proyectil le voló la rodilla, y el Anciano Peleus cayó al recibir un disparo que le arrancó un trozo de hombrera. Selenus se dirigió a rastras hacia ellos, pero Peleus le indicó con un gesto que no hacía falta. El círculo de guerreros que resistían se encogía a medida que los astartes traidores los cercaban.

La inquisidora Suzaku avanzó a rastras entre el humo y el polvo hacia él. Tenía un costado empapado en sangre y un corte en la frente le sangraba.

—Si su Codex tiene algún plan para salir de ésta, me encantaría oírlo —le dijo.

—La verdad es que no se me ocurre nada —admitió Uriel mientras efectuaba un disparo apresurado contra Honsou.

Disparó con demasiada rapidez y poca puntería, así que no acertó ni de lejos. El proyectil rebotó en la hombrera del guerrero que estaba a la izquierda de Honsou.

—¿Y ahora qué? —le preguntó Pasanius.

Uriel no supo qué decirle, pero en ese preciso instante, la Guardia del Cuervo lanzó su último ataque. Los gritos de dolor resonaron por las paredes de la tumba cuando los astartes de Shaan cargaron contra las escuadras de flanqueo de los Guerreros de Hierro. Sin embargo, a pesar de lo devastador de los ataques, los Guerreros de Hierro no eran unos novatos, y las escuadras de reserva acribillaron a los guerreros de armadura negra antes de que tuvieran tiempo de escapar.

Uriel vio que Revys Kyre caía con la placa pectoral atravesada por tres disparos de bólter y que se desplomaba en el interior de un sarcófago. Aethon Shaan cayó cuando otro disparo de bólter le destrozó la cadera, pero incluso con aquella herida tan grave consiguió ponerse a cubierto. La sangre de color carmesí salpicó las paredes talladas del sarcófago y fluyó sobre las imágenes de los Ultramarines que se enfrentaban a enemigos innombrables antes de encharcarse en el suelo agrietado.

Fue un intento muy noble de romper el ataque enemigo, pero ante aquel número de oponentes estaba destinado al fracaso desde el principio. Uriel se devanó los sesos en busca de un modo de cambiar el signo de la batalla, pero no se le ocurrió nada.

El humo provocado por los disparos inundaba la tumba. Era una neblina acre que se iluminaba de forma intermitente por los chorros de fuego de los disparos de ambos bandos. Unas motas de luz relucientes flotaban en ese humo, y Uriel notó una sensación eléctrica en la parte posterior de su garganta, semejante a la que se sentía un momento antes de un relámpago. Se apartó del sarcófago cuando los relieves manchados de sangre de los Ultramarines empezaron a brillar con la misma bioluminiscencia de la cueva exterior.

Alargó una mano para tocar el sarcófago y notó que empezaba a calentarse. Una niebla espectral surgió de las grietas de la piedra como si alguien hubiera lanzado una granada de gas en su interior.

—Pero ¿qué...? —exclamó Pasanius al verlo también.

—¿Qué es esto? ¿Brujería? —dijo Uriel entre dientes.

—No lo creo. ¡Mira! —exclamó Pasanius.

Uriel se asomó un poco por el borde de su cobertura y se dio cuenta de que esa neblina estaba llenando el edificio y que en todos y cada uno de los sarcófagos palpitaba la misma luz. Las volutas de niebla salían de las tumbas como vapor y flotaban en el aire formando tentáculos etéreos.

Un disparo rugiente se impuso al sonido de los bólters, y un guerrero de hierro desapareció en una explosión llameante de ceramita y carne. La detonación sonó con más fuerza que un disparo de bólter, con el eco de un arma mucho más poderosa. Sonó otro estampido semejante, al que le siguió otro más, y otros dos guerreros de hierro quedaron desintegrados en sendas explosiones.

Una docena de siluetas se movieron en la zona superior del edificio, medio ocultas por la niebla, pero tenían la forma y la anchura de hombros inconfundible de los astartes. Lo primero que pensó Uriel fue que se trataba de ultramarines de refuerzo, pero se dio cuenta de que esos marines apenas visibles llevaban unas armaduras de color negro con las placas cubiertas por imágenes de huesos y cráneos. El brillo azulado de la cúpula hacía difícil que se pudiera estar seguro, pero Uriel hubiera jurado que en los pies de aquellos guerreros brillaba un fuego etéreo mientras se acercaban a la batalla.

Abrieron fuego de nuevo y de los cañones de sus armas salieron unos cometas centelleantes que dejaron un brillo luminoso en el aire a su paso. Cada uno de los disparos acabó con otro guerrero de hierro, y el corazón le dio un salto en el pecho a Uriel al darse cuenta de que la batalla se encontraba en un punto de inflexión. El resultado de la misma estaba en el filo de un cuchillo. Lo único que hacía falta era darle un empujón para que cayera del lado que ellos querían.

—¡Ha llegado el momento! —gritó—. ¡Por el Emperador y por Roboute Guilliman!

Uriel saltó por encima del sarcófago reluciente y activó su espada centelleante mientras cargaba contra los aturdidos Guerreros de Hierro. Petronius Nero, el Anciano Peleus y Livius Hadrianus lo siguieron Pasanius encabezó la carga de los supervivientes de su escuadra. La inquisidora Suzaku, demasiado herida para participar, los apoyó disparando desde detrás del sarcófago mientras el capitán Shaan y tres guardias del cuervo desaparecían entre la niebla.

Uriel corrió hacia el último lugar donde había visto a Honsou, y perdió de vista a sus camaradas en su impaciencia por enfrentarse a su enemigo más odiado. Cruzó la niebla a ciegas hasta que chocó con un guerrero de hierro, provocando un clamor de armaduras. Uriel fue el primero en reaccionar y le propinó un mandoble que abrió a su enemigo del hombro a la cadera. El guerrero de hierro cayó, y al hacerlo, Uriel se fijó en el surco que tenía abierto en la hombrera derecha. Era uno de los guardaespaldas de Honsou, y cuando la niebla se disipó por un momento, vio al señor de los Guerreros de Hierro delante de él.

Sus miradas se cruzaron. Honsou le dedicó otra de sus irritantes sonrisas.

Sin embargo, antes de que Uriel pudiera hacer nada, una silueta se separó con un movimiento fluido de las sombras que había a la espalda de Honsou y saltó sobre el guerrero de hierro.

En el momento que el atacante saltó, Uriel supo quién era.

Ardaric Vaanes se estrelló contra Honsou y lo derribó al suelo.

El guardia del cuervo renegado se puso en pie de inmediato. Era más veloz y ágil sin su armadura, pero también tremendamente vulnerable al mortífero poder de Honsou. Éste se puso en pie al tiempo que Vaanes le lanzaba un golpe con el canto de la mano contra la cara. Honsou bajó la cabeza y la giró hacia un lado. El golpe de Vaanes se estrelló contra la masa de metal que cubría ese lado de la cabeza. Honsou se giró, se agachó un poco más y le propinó un tremendo puñetazo en el estómago.

Vaanes contrajo los músculos del estómago lo suficiente como para proteger los órganos internos, pero a pesar de ello salió despedido hacia atrás por la enorme fuerza del golpe. Honsou continuó el ataque con una patada brutal en el muslo que provocó que Vaanes cayera de rodillas sumido en el dolor.

—¿Qué te creías, Vaanes? —le rugió Honsou antes de propinarle un puñetazo en la espina dorsal—. ¿Qué podías darme la espalda?

Vaanes consiguió ponerse en pie y alejarse trastabillando, pero Honsou le siguió dando patadas en las costillas y puñetazos en la cabeza. La furia del guerrero de hierro era monstruosa, y Uriel se sintió tentado de dejar que Vaanes corriera la suerte que se merecía, pero no era así como actuaban los Ultramarines.

Vaanes le había salvado la vida cuando luchaba contra Grendel, y aunque le esperara la muerte a manos de sus antiguos hermanos de batalla, era una muerte mejor que aquélla.

—¡Yo te creé! —rugió Honsou—. Debí matarte cuando te encontré tratando de esconderte ese agujero de mierda que tú llamabas «santuario». Grendel quería hacerlo, y debería haberle dejado.

Uriel aterrizó en el suelo al lado de Honsou.

—Grendel ha muerto.

Dirigió un mandoble contra el cuello de Honsou, pero el guerrero de hierro era más rápido de lo que Uriel se imaginaba. Alzó el brazo plateado que le había arrebatado a Pasanius y la hoja centelleante de la espada de Uriel se clavó en su superficie reflectante. Abrió un buen corte, pero nada más. Honsou contestó a la mirada furibunda de Uriel con una de diversión maligna:

—¿Así que Grendel está muerto? Eso me ahorra la tarea de tener que matarlo yo.

Honsou dio un tirón del brazo y le arrancó la espada de las manos para luego darle un terrible puñetazo en la cara. A Uriel le pareció que le había golpeado un dreadnought, y trastabilló. Honsou se desclavó la espada del brazo, y la superficie de la extremidad se onduló como si fuera mercurio hasta cubrir de nuevo el tajo que le había abierto el arma. Luego, el guerrero de hierro lanzó la espada.

—Siempre con los duelos. Ya te dije que yo no lucho así —le insistió Honsou.

—No, tú prefieres que otros luchen por ti. Que otros mueran por ti —le dijo Uriel con la boca llena de dientes rotos y de sangre.

—Es el mejor modo de seguir con vida —replicó Honsou antes de darle un puñetazo en la parte más débil de la armadura de la zona del estómago. La placa se agrietó, pero la antigua armadura del hermano Amadon resistió—. Deberías intentarlo la próxima vez, sólo que no va a haber próxima vez para ti.

Un brazo grueso y musculoso rodeó la garganta de Honsou, y éste se vio arrastrado hacia atrás. Uriel reconoció el tatuaje del cuervo que se veía en el músculo deltoide del atacante. Honsou agarró el brazo y lo separó sin dificultad alguna para lanzar al ya maltrecho guerrero por encima de él. Tiró al guardia del cuervo al suelo sin soltarle el brazo y le puso un pie en el pecho.

—Aquí es donde nos separamos, Vaanes. Veamos si ahora eres capaz de seguir volando.

Honsou le arrancó el brazo del hombro con una facilidad horrible. La sangre salió a chorros del hombro formando un arco carmesí que cruzó los restos de la tumba de Ventanus. Vaanes rugió de dolor, pero Honsou le impidió seguir haciéndolo cuando le propinó un patadón en el pecho. El escudo osificado que protegía los órganos internos de Vaanes se resquebrajó, y unas largas dagas de hueso fragmentado se le clavaron en el corazón y en los pulmones.

Uriel se lanzó contra Honsou, pero el guerrero de hierro había estado esperando ese movimiento, así que agarró a Uriel y aprovechó el impulso del ataque para girar y hacerlo estrellarse contra un sarcófago. El ultramarine sintió que algo en su cuerpo se rompía, y se mordió los labios para no gritar de dolor.

Honsou se puso sobre él mientras les llegaba el eco de otra andanada de las armas de los misteriosos atacantes, que acabó con otro grupo de guerreros de hierro. Una explosión sacudió la tumba que estaba al lado de Uriel y Honsou se encogió levemente cuando una tormenta de esquirlas de piedra los acribilló a ambos. Una figura enorme equipada con una armadura de color negro azulado emergió del humo. Era un gigante que empuñaba un bólter dorado y llevaba una capa ondeante de color esmeralda a la espalda.

Disparó una sola vez, y Honsou alzó un brazo para protegerse al tiempo que salía despedido hacia atrás por la fuerza del impacto. Se estrelló contra el suelo, sobre el que se deslizó hasta quedar tumbado de lado. La sangre le salió a borbotones del tremendo agujero que el disparo le había abierto en el pecho. Uriel intentó ponerse en pie, pero el dolor era demasiado intenso. La figura gigantesca se inclinó sobre él, y Uriel sintió el calor de su cercanía, como si las llamas que empezaban a aparecer lentamente sobre las placas de su armadura se estuvieran escapando del infierno que ardía en el interior de su cuerpo.

Uriel miró el visor del casco de aquel gigante y vio que una luz azul brillaba allí dentro y que le hablaba de un heroísmo antiguo y de nobles hazañas más allá de lo que el propio Uriel podría llegar a comprender. Aquel guerrero no se parecía a los otros que habían acudido en su ayuda, ya que su armadura todavía mostraba trazas del Capítulo al que había pertenecido, con unos rebordes dorados, un águila de color pálido en una hombrera y un símbolo omega desgastado y apenas visible. En el centro del símbolo se veía la insignia de capitán, pero era vieja, antigua incluso. Se trataba de una clase de insignia que no se utilizaba desde hacía diez mil años.

—Sois vos, ¿verdad? Quiero decir...

La figura se inclinó un poco más y un susurro fantasmal cruzó el aire entre ellos, quizás una palabra o un nombre. Uriel no lo supo con claridad. Ni siquiera estuvo seguro de si se había dicho en voz alta o si simplemente había aparecido en su mente. Fuera lo que fuese, para él no tenía ninguna clase de significado, pero cuando aquel astartes le puso en la mano la daga con la que había matado al ingénito, Uriel se dio cuenta de lo que le había dicho.

—Ahora lo entiendo —dijo.

Ya sabía la verdadera razón por la que M’kar había enviado a Honsou a aquel lugar.

La figura espectral asintió y Uriel notó la embriagadora sensación del deber cumplido, y de una carga y una responsabilidad traspasadas, como si hubiera estado esperando aquello desde el momento de su muerte.

Uriel se incorporó sobre un costado y torció el gesto en una mueca de dolor al notar cómo los huesos rotos protestaban. Pasanius y los dos miembros supervivientes de su escuadra se acercaron hacia él mientras el apotecario Selenus se ocupaba de la terrible herida que Livius Hadrianus había sufrido en el estómago. Brutus Cyprianus se mantenía vigilante al lado de su amigo con una mano sobre su propia rodilla destrozada, y Peleus lo ayudaba a mantenerse en pie. Petronius Nero había recostado a la inquisidora Suzaku contra un sarcófago y procuraba atender sus heridas lo mejor que sabía. La piel de la inquisidora mostraba un color más ceniciento aún. Suzaku miró a su alrededor como si fuera incapaz de creerse lo que acababa de ver.

Aethon Shaan bajó cojeando al suelo, y Uriel hizo un gesto de asentimiento en dirección al capitán de la Guardia del Cuervo, tanto para darle las gracias como para expresar el alivio que sentía. Registró con la mirada la zona superior de las tumbas en busca de alguna señal de sus aliados espectrales. No vio rastro alguno de ellos, aunque tampoco esperaba encontrarlo. Se habían desvanecido con la misma rapidez con la que habían surgido y tan sólo habían dejado tras ellos los cuerpos destrozados de los Guerreros de Hierro de Honsou. Eso fue más que suficiente para Uriel.

Se dio la vuelta hacia el guerrero gigantesco, y no se sintió sorprendido al ver que también él había desaparecido. Lo que había dicho se había quedado grabado de forma indeleble en la mente de Uriel. Era algo imposible de olvidar y estaba cargado de los ecos de épocas antiguas. Bajó la mirada hacia la daga de pedernal que tenía en la mano y supo lo que tenía que hacer.

Pasanius lo ayudó a levantarse y le señaló con un gesto el otro extremo del lugar.

—Sólo queda una cosa por hacer —le dijo.

Uriel asintió y se dio la vuelta para enfrentarse a Honsou. El herrero forjador de los Guerreros de Hierro se había puesto en pie, con la placa pectoral agrietada y ennegrecida y la piel cubierta de cicatrices provocadas por el disparo que lo había derribado.

Alzó la mirada hacia los guerreros que tenía delante y sonrió torciendo el gesto.

—Tienes tan mal aspecto como yo me siento —le dijo a Uriel.

—Vas a morir aquí —le dijo Pasanius.

—Quizás —admitió Honsou—. Pero si crees que voy a dejar que me matéis vosotros, piénsatelo mejor.

—Todos tus guerreros han muerto. No tienes escapatoria. Se acabó —le dijo Uriel.

—Es posible —replicó Honsou al tiempo que sostenía en alto el botón de activación de las cargas de demolición que había por todo el edificio—. Pero ¿quién ha dicho nada de escapar?

El mundo se iluminó con un fogonazo y un estallido.