
Marneus Calgar se arrodilló al lado de Varro Tigurius y contempló cómo su rostro perdía todo color. El bibliotecario jefe se había mantenido al borde de la muerte durante tres semanas, pero al parecer, esa lucha invisible se había acabado. Agemman lo miró con expresión interrogante y meneó la cabeza.
—Mi señor —le dijo el primer capitán señalando con un gesto de la barbilla las troneras abiertas en las murallas del torreón—. El fuego de las murallas. Se está apagando.
—Lo sé —respondió Calgar mientras aferraba la mano de Varro. Estaba fría y tenía un color grisáceo, arrugada y marchita, como la mano de un anciano—. No es lo único que se apaga.
—Los demonios atacaran de nuevo. Tenemos que subir a las murallas —lo apremió Agemman—. Hay que ocupar las troneras. Si éste es el final, deberíamos enfrentarnos a él cara a cara.
—Hazlo. Iré enseguida.
Agemman asintió.
—Era un buen hombre —dijo al cabo de un momento.
—Todavía no ha muerto, Severus —le indicó Calgar.
—Por supuesto —le respondió Agemman antes de hacer una reverencia y marcharse.
Calgar se había llevado a Varro Tigurius de la brecha en las murallas con los demonios casi encima. En su ansia por matar a ambos, se habían lanzado a través del fuego, pero éste los había consumido de forma instantánea. El fuego había ardido durante tres semanas, y habían aprovechado ese tiempo para reforzar las defensas, descansar y practicar rutinas de respuesta rápida para las fuerzas de reserva. Varro había permanecido en aquel estado cercano a la muerte durante todo ese tiempo, sin moverse y con el pulso cada vez más débil a medida que se acercaba más y más a la muerte.
—Tienes que vivir, Varro. No podemos hacer esto sin ti —le dijo Calgar.
Mantuvo apretada la mano del bibliotecario mientras deseaba que viviera y que él pudiera entregarle parte de su propia fuerza. Calgar se quedó con Tigurius durante varios minutos, hasta que notó la presencia de numerosas personas a su espalda. Apartó la mirada del bibliotecario y parpadeó para impedir que le salieran las lágrimas que amenazaban con desbordarle los ojos. Vio que se trataba de unos cien de los ciudadanos que habían encontrado en Castra Tanagra.
—Maskia Volliant, prefecto de Tarentum. ¿Qué queréis?
—¿Vivirá? —le preguntó Volliant—. Lord Tigurius, ¿vivirá?
Calgar suspiró y se puso en pie.
—No lo sé, maese Volliant. Se aleja de nosotros, y no hay nada que yo pueda hacer.
—¿Qué podemos hacer nosotros?
Calgar negó con la cabeza.
—Nada, a menos que poseáis un extenso conocimiento de la fisiología de un astartes y un gran poder psíquico.
—No puedo decir que tengamos nada de eso, pero podemos proporcionarle calor y acompañarlo para que no muera solo.
La sencilla sinceridad de las palabras de Volliant emocionaron a Calgar, y vio ese mismo deseo de ayudar en los rostros de todos los que le rodeaban. Ésa era la nobleza de espíritu que hacía grande a la humanidad, la fuerza de la solidaridad que hacía de Ultramar un ejemplo brillante en todo el universo.
—Estoy seguro que él lo agradecería. Sé que lo hará.
—Por lo que yo sé, hace mucho tiempo que ya estaríamos muertos si no fuese por él —contestó Volliant mientras la muchedumbre rodeaba la camilla sobre la que estaba tendido el bibliotecario.
Calgar se echó a un lado para permitirles que se acomodaran alrededor. Sabía que Tigurius aprobaría aquel gesto espontáneo de gratitud.
—Adiós, Varro —susurró antes de dar media vuelta y dirigirse hacia las murallas del torreón, donde Agemman y treinta guerreros de la Primera Compañía lo esperaban. Tal y como le había dicho Agemman, el fuego con el que Varro había mantenido a raya a los demonios se había desvanecido, y el enemigo estaba agolpándose alrededor del borde de la fisura chasqueante que formaba el relámpago situado en el extremo del valle.
Un viento frío sacudió la fortaleza y los primeros rayos del amanecer surgieron por encima de las montañas.
—El último amanecer —comentó Calgar—. Me recuerda la estrofa final del último canto del Lamento por la Primera. «Ensalzado sea el sol que nos trae el amanecer de nuestro destino final.»
—Pues es una idea deprimente —le contestó Agemman—. La última arenga de Saul Invictus antes de que los tiránidos acaben con ellos.
—Lo siento, sólo pensaba en voz alta.
—Espero que no sea ése el discurso que tenéis preparado para levantarnos la moral.
—Ya no me quedan discursos que dar, Severus.
Agemman asintió.
—Bien. No soy muy aficionado a los discursos antes de las batallas.
Se quedaron callados mientras contemplaban cómo llegaba el nuevo amanecer y pintaba las montañas con unos intensos colores dorados y púrpuras. Calgar pensó que era un espectáculo hermoso, y que a Tigurius le hubiera encantado plasmar esa escena en una acuarela.
—¿A qué están esperando? —se preguntó Agemman agarrándose al borde de la muralla—. ¿Por qué no nos atacan?
Calgar se había preguntado lo mismo, pero la respuesta llegó un momento después.
El desgarrón brillante que rompía el cielo de repente se extendió y se retorció como si algo monstruoso estuviera esforzándose por pasar desde el otro lado. Un rugido de admiración recorrió la horda demoníaca y Calgar sintió que una mano helada le atenazaba el corazón cuando vio que una forma gigantesca, mitad máquina, mitad monstruo, se abrió paso para llegar a la superficie de Talassar.
El señor demoníaco M’kar, enormemente hinchado y unido a numerosas partes mecánicas, se alzó por encima de sus horda demoníaca convertido en una poderosa fusión de demonio y de dreadnought. El núcleo de su forma era inconfundible: los restos fundidos de un sarcófago de granito tallado a partir de la roca de Castra Magna. Calgar vio horrorizado qué cuerpo era el que el Tres Veces Nacido había utilizado como anfitrión.
—Hermano Altarion... Perdóname —susurró.
Aunque el amanecer ya casi se había extendido, el cielo se oscureció en esos momentos y el viento frío propio de lo más profundo de la noche sopló contra las murallas, llevando consigo el hedor a carne quemada. M’kar rugió, y la horda se lanzó a la carga contra la fortaleza. Avanzaron sin ninguna clase de orden aparente. Era una masa aullante de bestias escamosas con espadas, de engendros de múltiples extremidades que chillaban presa de un hambre insaciable y de mastines de cuerpos despellejados que corrían con grandes saltos. Unas criaturas pálidas con ojos muertos y cuerpos relucientes cubiertos por armaduras de cuero laqueado se arrastraban por el suelo en mitad de la horda, a la que acompañaban unas bestias aladas y chillonas formadas a partir de la oscuridad más absoluta.
Todo el valle estaba lleno de demonios. Era una horda que salía a raudales de la fisura y a la que alimentaban las viles energías que se derramaban en el mundo procedentes de ese plano. Era un ejército como al que nunca se habían enfrentado antes.
Era una marea de demonios capaz de anegar mundos enteros.
Calgar le estrechó la mano a Severus.
—Coraje y honor, hermano.
—Coraje y honor, mi señor —le contestó Agemman.
Disponer de nuevo de un cuerpo, aunque fuera aquella engorrosa mezcla de máquina y de forma demoníaca, era algo sublime. El aire y la luz de aquel sol le resultaban dolorosos, pero no era nada comparable al gozo de la existencia en el plano material. Disfrutar de la sensación de arrancar carnes, beber sangre y del sufrimiento de los mortales era un premio tan valioso que merecía la pena pagar cualquier precio.
La fortaleza santuario estaba completamente expuesta, la brecha en sus murallas se había ensanchado a lo largo de aquellas semanas de combate y sus escasos defensores se podían dar por muertos. Las salvaguardas que antes constituían un entramado de protección inviolable ya eran poco más que un recuerdo. Los demonios rodearon el lugar formando una masa rugiente y aullante de fauces y órganos asesinos.
Los disparos efectuados a lo largo de las murallas abatieron a los primeros demonios que subieron, pero no importó cuántos quedaban destruidos; decenas más trepaban por los cuerpos en desintegración. M’kar fue el objetivo de una docena de disparos, pero el aura maligna que le precedía los desvió y cubrió a los defensores.
El miedo y la desesperación salieron a raudales de la fortaleza, y M’kar disfrutó de aquellas sensaciones. Los civiles abandonaron sus posiciones y huyeron a la carrera llevados por el pánico hacia los portillos ocultos en las murallas. Los guerreros de armadura azul se mantuvieron en sus puestos y continuaron disparando, pero al final, hasta ellos se vieron obligados a retroceder ante semejante superioridad numérica.
M’kar les dejó marcharse. Eran irrelevantes. Sentía el fuego del alma de su némesis en el interior de la fortaleza, y absorbió un gran chorro de energía del pozo de poder que albergaba la Indomable. Sus brazos eran masas centelleantes de luz, de metal y de carne, un flujo constante. Simplemente con pensarlo transformó uno de los brazos en una garra de metal brillante con el filo serrado. El otro se convirtió en un inmenso martillo de asedio, una parodia repelente del arma que su huésped dreadnought había llevado antaño.
Era apropiado que fuese esa arma la que acabase con Calgar.
Los demonios se lanzaron hacia el torreón, ya que nada les impedía ahora alcanzar las presas que albergaba en su interior. Los astartes desplegados en las almenas del torreón dispararon de forma incesante una andanada tras otra y lanzaron granadas que estallaron en mitad de la horda de demonios. Todo el torreón pareció quedar envuelto en llamas cuando los defensores abrieron fuego desde centenares de troneras y aspilleras abiertas para la ocasión.
Decenas de demonios cayeron con los cuerpos engendrados por la disformidad destrozados y disueltos. Algunos de los disparos incluso impactaron contra él, pero eran picaduras de insecto en un titán. Las armas más potentes lo tomaron como objetivo de los cañones láser o de los lanzamisiles, pero M’kar continuó imperturbable.
Gracias al poder que recibía de la fisura disforme que había a bordo de la Indomable era prácticamente indestructible.
Los demonios alados se lanzaron contra el tejado del torreón y atacaron con las garras a los astartes desplegados allí chillando de placer como aves de presa lanzadas a la caza. La parte superior del torreón quedó oscurecida por una densa masa de monstruos alados. Aquella penumbra apenas quedaba rota por el resplandor de algún disparo.
La gran puerta del torreón estaba forjada en acero y adamantium. La remataba un arco que tenía grabadas escenas de antiguas batallas. M’kar la derribó de un solo golpe junto con parte de la pared de piedra que la rodeaba. La puerta estalló convertida en una lluvia de fragmentos letales de metal, y secciones enteras de los muros del torreón se desplomaron con ella. El señor demoníaco se abrió paso hasta el interior de la fortificación y nuevas andanadas le acribillaron el cuerpo. Algunos de los disparos llegaron a dolerle, pero las heridas se cerraron prácticamente al momento siguiente de abrirse.
El interior del enorme torreón era un espacio muy amplio lleno de paredes anguladas y de pequeños reductos, todo ello construido recientemente y con un orden y un rigor que sólo podía ser obra de los descendientes de Guilliman. Los aterrorizados mortales y los astartes de armaduras azules se apiñaban detrás de aquellas barreras. M’kar se echó a reír ante aquel intento patético de detener su matanza.
—¡No puedes esconderte de mí, Calgar! —rugió.
Una docena de mortales se desplomaron muertos ante los sonidos horripilantes que surgieron de su garganta artificial. Los demonios se abalanzaron contra las barricadas y despedazaron a los defensores con garras amarillentas y colmillos babeantes. Varios grupos de astartes contraatacaron y les consiguieron algo de tiempo a los mortales para que se reagruparan, pero eran los últimos movimientos desesperados de una bestia moribunda.
M’kar atravesó de un golpe una gran barricada de bloques de piedra y lanzó por los aires a mortales y astartes por igual. Diez de los lacayos del Emperador se lanzaron a por él. Cada uno de ellos iba armado con una alabarda de mango dorado y hoja larga y ancha. Lo rodearon y lo atacaron igual que unos salvajes que cazaran una bestia de las llanuras. M’kar volvió a reír ante lo absurdo de aquel desafío.
El brazo rematado por una garra arrancó del suelo a tres de ellos y los partió por la mitad de un solo golpe al tiempo que el martillo le destrozaba el pecho a otro de un golpe. Los demás guerreros no huyeron, pero M’kar no quería que huyeran. El brazo de la garra se retorció para tomar una nueva forma, la de un gigantesco cañón rotatorio. Del arma surgió una llamarada negra de dos metros de largo, y los disparos despedazaron a los Ultramarines y convirtieron en pulpa la carne que contenían sus armaduras acribilladas. Aquellos guerreros no tendrían descendencia genética.
Uno de los guerreros escapó de aquella andanada mortífera, y M’kar dio un paso hacia él para golpearlo con el martillo. El cuerpo salió despedido hacia el otro extremo de la sala, y se partió en varios pedazos al estrellarse.
Una tormenta de disparos le acribilló el cuerpo, pero no les hizo caso. M’kar rugió y lanzó una descarga de energía de disformidad que explotó en todo su alrededor y desintegró a los mortales que estaban más cerca de él.
Los gritos de locura y de pánico resonaron por todo el cuerpo de M’kar y le transmitieron nueva energía por todo el sufrimiento que estaba causando. Su horda demoníaca se dispersó por toda la torre derribando las barricadas que se habían levantado de forma apresurada en las escaleras y llevando la matanza al corazón de la fortaleza. M’kar sintió el sabroso flujo de vida que se interrumpía asesinato tras asesinato.
Nada podía igualar su poder, y otra docena de astartes murieron antes de que ningún adversario de cierto mérito se atreviese a enfrentarse a él. Dos guerreros rodeados por unas auras centelleantes salieron de unas amplias escaleras situadas en la parte posterior de una estancia. Una estaba bañada por el resplandor rojo de la furia y de la determinación, mientras que la otra relucía con un aura blanca y dorada. La hueste de guerreros que los acompañaban mostraba una brillante luz plateada.
—Calgar —siseó el demonio con placer—. Soy el Tres Veces Nacido, y la profecía de Moriana dice que morirás en mis manos en esta batalla.
—Eso no va a ocurrir —le replicó el guerrero de aura rojiza—. Soy Severus Agemman, demonio, primer capitán de los Ultramarines, y ya no llegarás más lejos.
La sangre se le heló a Marneus Calgar al ver al Tres Veces Nacido, ya que sabía que todas las muertes que había provocado a lo largo y ancho de Ultramar eran culpa suya. Saber que si hubiera sido lo bastante fuerte como para destruir aquel demonio a bordo de la Indomable habría impedido todas aquellas matanzas sería una culpa que llevaría consigo el resto de su vida.
En ese preciso momento, no le pareció que ese periodo de penitencia fuera a ser muy largo.
Llevaba la Armadura de Antilochus y los Guanteletes de Ultramar, así que nadie estaba mejor equipado que él para destruir a M’kar, pero a pesar de ello, dudó. El demonio había logrado resistirle con anterioridad, y en esa ocasión tenía el apoyo de la Inquisición. Sin ese apoyo, ¿qué posibilidades tenía?
Calgar dejó a un lado aquellas ideas derrotistas y se dirigió junto a Agemman hacia el demonio con las armas empuñadas. El interior del torreón apestaba a carne quemada, un hedor repugnante que recordaba sin querer los mundos cadáver y las regiones infernales del espacio donde los devoradores de carroña medraban.
Sacudió con furia la cabeza para librarse de la maligna influencia del demonio y se obligó a concentrarse en lo que se perdería si él fallaba. Siglos de progreso, los ideales que la humanidad defendía frente a la barbarie y la última posibilidad de salvar el sueño que casi había muerto diez mil años antes.
—Lucha bien, Severus.
—Es el único modo de hacerlo que conozco, Marneus.
—Pues entonces acabemos con esto.
Se lanzaron a la carga contra el Tres Veces Nacido con la guardia de honor situada en los flancos y chocaron contra la horda demoníaca sabiendo que la última esperanza de Ultramar estaba en el filo de sus espadas. Severus Agemman era un guerrero casi sin igual en las filas de los Ultramarines y se abrió un camino entre sus enemigos con una fuerza y una habilidad que serían la envidia de cualquier guerrero de leyenda. Su espada cortaba en dos la carne demoníaca y su pistola rugía con la furia de su causa. Las garras enemigas arañaron la superficie de su armadura, pero él se movía con una agilidad y una velocidad propias de un guerrero vestido tan sólo con unos ropajes ligeros. No había otro guerrero que Calgar hubiera querido tener a su lado.
Los demonios rodearon al señor del Capítulo e intentaron atravesar con sus garras las enormes placas de armadura que le protegían. Los Guanteletes de Ultramar pulverizaban a todo aquel enemigo que se le ponía al alcance, y cada puñetazo tenía la misma potencia que el martillo de un dios iracundo mientras se abría un camino salpicado de icor hacia el señor demoníaco.
M’kar estaba tan ansioso como él por librar aquel combate y aplastó a sus propias tropas en su impaciencia por llegar hasta Calgar. Su masa se hinchó y se expandió con un aura oscura de energías mortíferas. Una luz negra rodeó su forma monstruosa y las partes mecánicas del hermano Altarion desaparecieron por el aumento de su carne antinatural.
Un brazo rematado por una garra intentó atraparle, pero Calgar lo esquivo agachándose, toda una hazaña para alguien que llevaba una armadura de exterminador, y a continuación le propinó a M’kar un puñetazo con el guantelete derecho. Mientras que otros demonios se habrían deshecho ante semejante impacto, el Tres Veces nacido ni se inmutó. Calgar le lanzó otro tremendo puñetazo, con el mismo escaso efecto, y tuvo que retroceder cuando M’kar lo atacó de nuevo con la garra vorpal, que le atravesó la hombrera y la musculatura de fibras que había debajo hasta llegar a su propia carne.
Calgar apretó los dientes para soportar mejor el dolor abrasador que le produjo la herida y a continuación lanzó una serie de tremendos puñetazos contra la cintura del señor demoníaco.
M’kar lanzó una risotada y la onda expansiva de una energía invisible golpeó el cuerpo de Calgar y lo derribó con una fuerza irresistible. Del cráneo del demonio surgieron un par de cuernos, y entre las puntas cubiertas de hierro saltó un relámpago. Luego abrió las fauces de par en par y el fuego de unos soles destruidos brilló detrás de sus colmillos, grandes como dagas. Calgar supo que Ultramar estaba perdido si moría allí.
Su guardia de honor se apresuró a proteger a su señor caído. M’kar levantó a uno del suelo y su cuerpo desapareció en mitad de una explosión abrasadora. Otro cruzó la mirada con el señor demoníaco y su armadura cayó al suelo cuando el cuerpo que albergaba se convirtió en polvo en un instante. Otros tres murieron bajo los golpes del martillo de asedio, aplastados y desmembrados.
Agemman apareció a su lado y le ayudó a ponerse en pie.
—El torreón está perdido. Las plantas superiores ya están tomadas —le dijo.
Calgar asintió y flexionó los puños.
—Entonces vamos a llevarnos por delante a todos los cabrones que podamos antes de caer.
—Justo lo que yo pensaba —contestó Agemman.
Los Ultramarines entraron en tromba en la zona inferior del torreón sin dejar de disparar para impedir que los demonios servidores llegaran al resto de las dependencias. Aunque la mayor parte de la población de Castra Tanagra había decidido luchar, había cientos de niños y de ancianos que no podían empuñar las armas. Los Ultramarines los protegerían todo el tiempo que pudieran, aunque fuese a costa de sus propias vidas.
M’kar se lanzó a través de los guerreros de la Primera Compañía y acabó con la vida de unos cuantos con zarpazos de su garra demoníaca o con golpes brutales del martillo. Era un monstruo que sólo lograrían detener entre ambos, y tanto Agemman como Calgar se prepararon para el combate de su vida.
Agemman fue el primero en caer.
La armadura del primer capitán quedó destrozada por el terrible golpe que lo derribó contra el suelo como si un meteorito hubiera impactado contra él. La cabeza le quedó colgando de los hombros y los ojos se le llenaron de sangre. Agemman intentó ponerse en pie de nuevo, pero tenía el cuerpo roto por demasiados sitios, y no le quedaban fuerzas. Cruzó la mirada con Calgar, y el señor del Capítulo vio la angustia que sentía por haberle fallado.
—Perdonadme, mi señor —musitó Agemman antes de quedarse tumbado de espaldas.
Calgar se lanzó contra el demonio embargado por la pena y a la vez rabioso. Los Guanteletes de Ultramar se convirtieron en borrones de ceramita azul que golpearon el cuerpo del demonio como pistones atronadores de una poderosa máquina. Con cada golpe salía un chorro de luz del cuerpo del demonio, y Calgar supo que era la última y única oportunidad que tendría de derrotarlo.
El señor demoníaco agarró a Calgar y lo levantó del suelo. La sensación del contacto con sus garras fue igual que si le echaran ácido en las venas. La Armadura de Antilochus empezó a quemarse bajo su corrupción. Su superficie quedó cubierta de marcas quemadas, y se convirtió en cenizas allá donde el demonio lo tenía agarrado. Calgar sintió la furia de la armadura antigua y forcejeó para liberarse.
M’kar lo tenía agarrado con firmeza y el destello mortífero de su propósito asesino brilló en sus ojos junto con el sentimiento de una venganza triunfante. Calgar vio la muerte que lo esperaba en aquellos ojos infames, la muerte de todo lo que le resultaba querido y el final del último gran bastión de los mejores ángeles de la humanidad. El demonio le arrebataba la fuerza a cada segundo que pasaba, y aunque sabía que sería inútil, echó un brazo atrás para asestar un último golpe.
En ese preciso instante, el mundo quedó arrasado por un fuego purificador que se extendió por todo el patio de armas y la estancia. Llenó el torreón con su furia mientras avanzaba como un maremoto y aullaba como una bestia enloquecida. Allá donde tocaba a los Ultramarines les proporcionaba fuerza, y donde entraba en contacto con los demonios los consumía por completo. Las bestias de escamas rojas armadas con espadas negras desaparecieron convertidas en ventiscas de cenizas. Las criaturas saltarinas con vientres blancos intentaron trepar por los muros para escapar de su contacto, pero nada llegado de la disformidad sobrevivió. La tormenta de fuego destruyó todos y cada uno de los demonios que había en el torreón.
M’kar aulló lleno de rabia cuando el cuerpo le quedó cubierto de llamas. Cualquier indicio de color desapareció de su forma, pero ningún fuego, por poderoso que fuera, podía acabar con un señor demoníaco tan conectado con la disformidad. Aflojó un poco su presa sobre Uriel, y éste le propinó un puñetazo en las fauces llenas de colmillos con toda la fuerza que pudo reunir.
El señor demoníaco gritó de dolor y lo soltó para dar la vuelta y escapar de la agonía de las llamas. Atravesó las paredes del torreón y cruzó la brecha. La horda demoníaca se reunió a su alrededor cuando M’kar empezó a absorber su poder para recuperarse él mismo.
Calgar se desplomó en el suelo de la estancia mientras el fuego se apagaba, incapaz de creerse lo que acababa de ocurrir. Se dio la vuelta para descubrir qué lo había salvado, y el corazón le dio un salto de alegría al ver una imagen tan magnñifica.
Varro Tigurius estaba de pie en el otro extremo de la estancia, con las mejillas hundidas en su rostro enjuto y la palidez de un cadáver, pero todavía vivo. Una docena de ciudadanos lo mantenían en pie, y entre todos soportaban el peso de su cuerpo y de sus brazos, ya que el bibliotecario jefe se tambaleaba un poco.
Maskia Volliant, el prefecto de Tarentus, sostenía en alto el báculo de Tigurius, aunque casi le resultaba demasiado pesado. Calgar jamás se había sentido tan orgulloso de su gente como en aquel momento.
—He logrado cortar la conexión entre el señor demoníaco y la Indomable —le explicó Tigurius—. Ya no podrá seguir absorbiendo poder de esa fisura de la disformidad.
—Por el Emperador, Varro, nunca dejas de maravillarme.
—Me han ayudado —le respondió Tigurius con modestia mientras paseaba la mirada entre los valientes ciudadanos que lo mantenían en pie—. El Tres Veces Nacido no tardará en poder renovar esa conexión. No disponéis de mucho tiempo.
—Entiendo. Quédate aquí y haz lo que puedas para mantener interrumpida esa conexión.
—Así lo haré, mi señor —le contestó Tigurius con una voz que era poco más que un susurro ronco—. Coraje y honor.
—Lo mismo te deseo, amigo mío —respondió Calgar antes de arrodillarse al lado del cuerpo de Severus Agemman.
El primer capitán seguía vivo, pero estaba claro que ya no volvería a combatir ese día. Los supervivientes de la Primera Compañía se agruparon alrededor de su capitán caído, y Calgar notó la determinación de hierro que albergaba su furia controlada. Eran en total cuarenta y nueve guerreros, la mayoría con alguna herida grave. Con aquel destacamento de guerreros se podrían conquistar mundos enteros, se podrían aplastar rebeliones, se podrían ganar batallas. Era una fuerza de guerreros que sólo se podía utilizar de un modo.
—Ya habéis oído lo que ha dicho Varro —empezó diciendo Calgar—. El demonio es vulnerable ahora mismo, y tenemos una oportunidad de acabar con esto. El destino de Ultramar está en nuestras manos, aquí y ahora. Sois los mejores y los más valientes del Capítulo, y aunque es posible que muramos entre estas montañas, lo haremos al servicio de algo más grande que la sangre, más grande que la tierra. Luchamos por lo que sabemos que es correcto. Yo encabezaré ese combate, ¡y lo único que os pido es que luchéis como los héroes que sois!
Los Ultramarines rugieron su aprobación y Calgar se volvió hacia el hueco abierto en el torreón.
Aunque la resistencia de su cuerpo ya estaba al límite, el orgullo que sentía por sus guerreros y por la gente a la que defendían era un pozo inacabable de vigor. La Primera Compañía formó a su alrededor, y salieron al patio de armas para luego atravesar la brecha, y cada mortal capaz de disparar un rifle o de empuñar una espada se sintió atraído hacia él como las láminas de hierro a un imán.
Aquella oscuridad antinatural todavía se cernía sobre el valle, pero en lo más alto del cielo se veía brillar una luz entre las nubes, y Calgar disfrutó del simbolismo de aquella visión.
Delante de ellos, la horda demoníaca se arremolinó delante de la fisura de luz abierta en el cielo. La silueta ennegrecida de M’kar se alzaba amenazante por encima de todos ellos. Calgar apretó el paso mientras abría y cerraba los puños, y agachaba un poco los hombros. A su alrededor, todos los guerreros, tanto mortales como astartes, siguieron su ritmo mientras se lanzaban a la batalla por Castra Tanagra.
—¡Por Ultramar! ¡A la carga! —gritó Calgar.