Veintidós

Scipio se lanzó de cabeza contra los astartes traidores, y le abrió la placa pectoral a un berserker aullante a la vez que le volaba a otro la cabeza con un disparo de la pistola. Coltanis disparó un rayo de plasma cegador y Helicas descargó una andanada de proyectiles de bólter pesado antes de colgarse el arma al hombro y empuñar su cuchillo de combate. Nivian luchó al lado de Scipio procurando mantener su costado vulnerable hacia el sargento.

Los guerreros de la Segunda Compañía se estrellaron contra el enemigo con la furia helada que reservaban para los traidores. Esos guerreros representaban lo peor en lo que se habían convertido los astartes desde los días oscuros de la Gran Traición. Eran todavía peor que los traidores que habían caído en la oscuridad, ya que estos guerreros sabían el coste que les supondría entregarse al Caos, pero lo hacían de todas maneras.

No se merecían misericordia alguna, y no recibirían ninguna de manos de los Ultramarines.

El capitán Sicarius encabezó la carga y se abrió paso a espadazos a través de la muchedumbre de guerreros fanatizados vestidos con servoarmadura. La hoja de su arma era un tajo carmesí que cosechaba almas con cada mandoble. Tan sólo los berserkers se interpusieron en su camino, demasiado cegados por la furia y el frenesí como para saber lo que les convenía. Los Garras de Lorek y los pocos Nacidos de la Sangre que no habían reaccionado con la rapidez suficiente como para huir de la carga de los Ultramarines se echaron a un lado para dejar pasar a Sicarius, ya que sabían que debían apartarse de él. Era un guerrero al que la Reina Corsaria había marcado para morir.

La reina se bajó de un salto del aerodeslizador un momento antes de que una andanada de misiles se estrellara contra un lado del vehículo. Los tres primeros estallaron contra la pantalla de energía, que se apagó con el chillido propio de una sobrecarga. Los demás proyectiles atravesaron la delgada cubierta del vehículo y lo destrozaron. Los restos cayeron al suelo adoquinado convertidos en una masa de metal retorcido, con la sección de proa apuntando hacia el cielo, como si fuera la última parte en hundirse de un barco.

Kaarja Salombar giró con agilidad en mitad del salto y disparó la pistola mientras efectuaba aquella grácil pirueta. Dos ultramarines cayeron con un cráter en el punto donde antes tenían el rostro. La pistola de Salombar parecía un diseño antiguo, pero disparaba unos rayos letales de energía verde. Aterrizó en el suelo, delante de Sicarius, y éste vio que era una mujer delgada pero de curvas exquisitas. El cabello azul le flotaba a la espalda como la cola de un cometa, y su rostro en forma de corazón era felino y hermoso.

Una horda de guerreros con uniformes de confección heterogénea y de vivos colores corrió para ponerse al lado de su reina. Cada uno de ellos iba armado con un sable en una mano y una combinación de pistola y de daga en la otra.

Eran individuos grandes y ágiles, modificados genéticamente para poseer más fuerza y con implantes para hacerlos más resistentes. Tenían toda la piel cubierta por tatuajes serpenteantes. Scipio captó la perturbación en el aire que los rodeaba provocada por los campos de energía que los protegían.

—He esperado esto mucho tiempo —le dijo Sicarius antes de lanzarse a la carga contra ella.

La Reina Corsaria recibió la carga espada contra espada, y Scipio se dio cuenta de inmediato que era mucho más veloz que él. La punta del sable se deslizó por encima del filo de su propia espada y se hundió en el hueco que había entre la placa pectoral y una hombrera de la armadura de Sicarius. La reina giró para esquivar la estocada de respuesta y luego se agachó por debajo de un mandoble dirigido a cortarle la cabeza. Atacarla era igual que intentar atrapar el humo, ya que sus movimientos eran tan inhumanamente veloces que ni siquiera los reflejos de un astartes eran capaces de hacerles frente.

Se movió dando pequeños saltos alrededor de Sicarius, y aunque el capitán era un espadachín soberbio, ella le hizo parecer torpe y descoordinado, como el recluta más inexperto que acabara de llegar a Macragge. Scipio apartó la mirada del duelo cuando uno de los guerreros de la Reina Corsaria lo atacó.

Desvió el mandoble del sable, giró para esquivar el golpe de daga que le siguió y le disparó en plena cara. Sin embargo, en el punto de impacto se produjo un fuerte destello, y su objetivo quedó ileso. La repentina sorpresa de Scipio casi le costó la vida, ya que la daga se clavó en la sección más dañada y debilitada de su armadura y le llegó hasta el costado. Se apartó de golpe antes de que la pistola que llevaba incorporada aquella arma tuviera tiempo de disparar, y el proyectil salió desviado. Scipio golpeó con su propia arma el rostro del guerrero, que era una masa de cicatrices cubiertas por tatuajes y por aros metálicos. A pesar del escudo de energía, el poderoso impacto le hizo retroceder trastabillando, y Scipio empuñó la pistola con las dos manos para disparar todo un cargador contra su oponente.

En la superficie del escudo relucieron unas tremendas descargas de energía con cada disparo, pero finalmente toda la protección cedió y los demás proyectiles de Scipio atravesaron al corsario y le dejaron el torso convertido en un guiñapo sanguinolento. Vio alrededor de él a más corsarios y astartes traidores, que se lanzaban contra ellos aullando unos feroces gritos de guerra, pero los Ultramarines siguieron avanzando. La pasión era muy útil, pero no podían hacer frente a aquella precisión disciplinada e inflexible.

Nivian se mantuvo apartado del cuerpo a cuerpo, ya que sabía que no podría sobrevivir con un solo brazo y sin espada. Coltanis siguió disparando ráfagas cortas con el rifle de fusión, que ya estaba casi sin carga, y Helicas se limitó a golpear ferozmente a sus enemigos con su bólter pesado. Scipio jamás se había sentido tan orgulloso de sus guerreros, aunque lamentaba profundamente que hubieran sobrevivido tan pocos para ver la victoria, ya al alcance.

Recargó la pistola y miró hacia donde los Leones de Macragge luchaban alrededor de su capitán. Prabian abatía a sus oponentes sin apenas esfuerzo, con estocadas precisas y sin emoción alguna. Daceus luchaba con su eterno denuedo para no fallar en el cumplimiento de su deber, mientras que Malcian mantenía a raya la enorme superioridad numérica de los corsarios con ráfagas controladas de su lanzallamas.

Vandius no dejaba de disparar con la pistola mientras seguía enarbolando el estandarte de la Segunda Compañía. Scipio vio el golpe que lo derribaría un momento antes de que se produjera. La Reina Corsaria saltó por encima de la cabeza de Sicarius y le disparó en plena espalda, haciéndole caer de rodillas. Salombar aterrizó al lado de Vandius, y antes de que el portaestandarte tuviera tiempo de darse la vuelta para enfrentarse a aquel nuevo enemigo, le atravesó el hombro de parte a parte.

Luego le propinó una tremenda patada en el pecho y saltó para enfrentarse de nuevo a Sicarius, quien ya se había puesto en pie impelido por la rabia. Scipio vio cómo volvían a lanzarse el uno contra el otro. Vandius se tambaleó debido al feroz ataque de la Reina Corsaria, y Scipio contempló horrorizado cómo el brazo que sostenía el mástil se desprendía del cuerpo.

—¡No! —aulló Vandius.

Scipio comprendió de inmediato que la angustia que sentía su camarada no era por la terrible herida que había sufrido, sino por el estandarte.

Al sargento le pareció que el mástil de ébano y la tela ondulante caían con una lentitud insoportable, y Scipio echó a correr antes incluso de ser consciente de que lo estaba haciendo. Un corsario intentó interponerse en su camino, pero lo apartó de un golpe y evitó un espadazo cuando se tiró al suelo en dirección al estandarte. Cerró los dedos alrededor del mástil y rodó sobre sí para alzarlo cuando la tela ya estaba a pocos milímetros de tocar el suelo. Tres corsarios corrieron hacia él al darse cuenta del trofeo que tenía en la mano, pero Scipio ya estaba de pie y apuntó con la pistola al que estaba más cerca. Uno de los proyectiles le reventó el cráneo al corsario, pero la pistola se encasquilló antes de que pudiera disparar de nuevo.

Un abrasador rayo de plasma vaporizó el torso del segundo corsario y un brutal golpe con un bólter pesado, blandido como si fuera una enorme maza, derribó al último. Nivian apareció antes de que el corsario caído tuviera tiempo de levantarse y le plantó un pie en el pecho para luego dispararle tres veces a la cabeza.

—Bien hecho —le felicitó Coltanis mientras Helicas y Nivian rodeaban a su sargento para formar una guardia de honor improvisada.

Scipio enarboló en alto el estandarte, sobrecogido ante el honor que suponía portar en combate una reliquia tan sagrada. Semejante responsabilidad implicaba un deber, y Scipio sintió que una oleada de resolución lo recorría.

—¡Adelante, hermanos! —gritó antes de agachar la cabeza y comenzar a avanzar al trote hacia donde Sicarius y los Leones de Macragge se enfrentaban a los guerreros escogidos de la Reina Corsaria.

Vieron que Daceus había caído y que tenía una espada de hoja corta clavada en mitad del pecho, y una terrible herida de láser en el muslo. El apotecario Venatio se estaba esforzando por salvarlo mientras Malcian se enfrentaba con las manos desnudas a tres corsarios. Entre los tres lo derribaron, y en el suelo le clavaron una y otra vez las dagas de energía. Pero, a pesar de ello, Malcian siguió luchando.

Prabian combatía al lado de Sicarius y mantenía a raya a los corsarios con mandobles letales, tajos amplios y estocadas repentinas. Ninguno se atrevía a acercarse mucho a su espada, ya que llevaba una muerte segura en sus filos. Sicarius luchaba con una desesperación y una furia cada vez mayores contra la Reina Corsaria, tenía la armadura cubierta de manchas de sangre.

Scipio y sus guerreros se estrellaron contra los corsarios que estaban apuñalando a Malcian y los mataron en un vendaval de disparos y de mandobles. Cada vez llegaban más y más Ultramarines a aquel combate, enfervorizados por la visión del estandarte recién alzado y casi poseídos por un paroxismo al ser conscientes de lo cerca que había estado de caer en manos enemigas. Muchos guerreros Ultramarines habían entregado gustosos sus vidas a lo largo de los siglos con tal de proteger aquel símbolo que significaba todo lo que implicaba pertenecer a la Segunda Compañía, y no había mayor honor en combate que luchar bajo aquella enseña azul y dorada.

Scipio corrió hacia Sicarius y la Reina Corsaria cuando ésta se disponía a darle el golpe de gracia. La espada del capitán desvió la primera y la segunda estocada, pero le resultó imposible hacerlo con la tercera. La espada se Salombar se clavó en el pecho de Sicarius, y el capitán de la Segunda Compañía lanzó un grito agónico cuando la hoja le partió en dos el corazón primario. La espada se le cayó de la mano, pero Sicarius vio acercarse a Scipio mientras Salombar le obligaba a retroceder por la fuerza del golpe, y la agarró por las cinchas de su armadura en un abrazo mortífero.

—¡Ahora, Scipio! —le gritó Sicarius mientras la mantenía inmovilizada.

Scipio alzó en alto el estandarte para luego bajar el extremo puntiagudo de la base hacia la espalda de Salombar, justo entre los omóplatos. El campo de energía que la había protegido de las espadas y de los proyectiles no podía salvarla de un arma tocada por la mano de Marneus Calgar y bendecida por el propio Emperador. Scipio atravesó el cuerpo de Kaarja Salombar con el mástil, y la punta dorada salió entre sus pechos con un chorro de sangre.

Sicarius se la acercó y le propinó un cabezazo en la cara con el casco al tiempo que Scipio sacaba el mástil de su cuerpo. La Reina Corsaria se desplomó sobre Sicarius, quien recuperó la espada y se puso en pie sobre su enemiga vencida. La aferró por la cabellera azul y ella alzó la cara para mirarlo con gesto desafiante incluso a las puertas de la muerte.

La Reina Corsaria le escupió a los pies y la espada bajó con un tajo de verdugo que la decapitó de un solo golpe.

—¡Así perecen todos los enemigos de la Segunda! —gritó Sicarius, y la oleada de pánico que causó su muerte se extendió como las ondas provocadas por una piedra lanzada a un estanque tranquilo. Sicarius alzó la cabeza cercenada y le hizo un gesto de asentimiento a Scipio—. ¡Conmigo, sargento Vorolanus! ¡Deprisa!

Sicarius corrió a grandes zancadas y se subió a los restos del aerodeslizador derribado de la Reina Corsaria. Las planchas doradas de su casco ya se estaban fundiendo, y unas llamas púrpuras rugían en las chasqueantes células de energía y tambores de munición. Scipio lo siguió por la rampa formada por los restos del vehículo mientras los ensangrentados Leones de Macragge formaban un cordón protector alrededor del destrozado aerodeslizador, aunque había muy pocos enemigos de los que proteger a sus superiores. La muerte de su reina había hecho huir a los corsarios y los astartes traidores que todavía luchaban estaban siendo aislados y destruidos por las escuadras de asalto recién llegadas.

En Corinto quedaban miles de soldados de los Nacidos de la Sangre, pero Sicarius parecía dispuesto a enfrentarse a todos ellos él solo mientras subía hasta la proa del aerodeslizador. Scipio se puso detrás de él, y el intenso calor provocado por las llamas que tenían debajo hacía ondear el estandarte de un modo glorioso.

Sicarius, con la silueta recortada por las llamas y el estandarte que tenía a su espalda, alzó bien alta la cabeza cortada de Salombar para que todas la vieran. La cabellera azul enmarcaba el sangriento trofeo, inconfundible para todos aquellos que lo veían, y el efecto fue palpable: una oleada de incredulidad se extendió entre las filas de los supervivientes de los Nacidos de la Sangre.

—¡Vuestra reina ha muerto! —aulló Sicarius al tiempo que alzaba su espada centelleante por encima de la cabeza—. Estáis en un mundo de los Ultramarines, y aquí es donde moriréis todos. ¡Yo, Sicarius de Talassar, os lo juro sobre la cabeza de vuestra reina muerta!

Sicarius bajó la mirada hacia el sargento Daceus.

—Contacta con el gobernador Gallow. Dile que lo necesito ahora mismo.

Daceus asintió y pocos segundos después, una serie de rugientes explosiones sacudieron las afueras de Corinto y provocaron unas enormes nubes de fuego y de humo que sólo podían proceder de la artillería imperial. Scipio contempló cómo aquellas explosiones se iban adentrando en la ciudad. El martilleo incesante de los múltiples impactos de artillería hacía temblar el suelo. Los restos del aerodeslizador crujieron y las vibraciones amenazaron con hacerlos caer de su plataforma improvisada.

—Será mejor que nos bajemos, sargento Vorolanus —le dijo Sicarius—. No querremos estropear el recuerdo de un momento tan glorioso cayéndonos al suelo, ¿no crees?

Scipio asintió y comenzó a bajar con cuidado hacia el suelo.

—Mi señor, no lo entiendo —le dijo al capitán—. ¿Las fuerzas del gobernador Gallow están aquí?

—Por supuesto. No creerías que iba a lanzarme al ataque yo sólo, ¿verdad?

—Pero ¿cómo es posible? Os envié la señal para ejecutar el ataque hace menos de una hora.

—Antes de que tú, Fennion y Manorian partierais, ya tenía la sospecha de que encontraría a la Reina Corsaria en Corinto. Hace una semana le ordené a Saul Gallow que desplegara sus fuerzas desde Herapolis y que avanzara hacia Corinto. Lo único que tenía que hacer era esperar a que me lo confirmaras.

Scipio se quedó asombrado ante la audacia de semejante maniobra.

—Pero ¿qué habría ocurrido si os hubierais equivocado? —le preguntó, aunque sabía el riesgo que corría al poner en duda los actos de su capitán—. ¿Qué habría ocurrido si hubiera estado en Actium, o en Nova Ala o incluso en Montiacum?

Sicarius dio un paso para acercarse a Scipio, y éste notó la ira que bullía en el interior de su capitán.

—Esa cuestión es irrelevante, sargento —le replicó Sicarius al mismo tiempo que le arrebataba el estandarte—. No me equivocaba, y he logrado una gran victoria para la Segunda Compañía y para los Ultramarines. Eso es lo único que importa. ¿Entendido?

La expresión del rostro de Scipio se endureció.

—Sí. Ha sido una gran victoria, capitán.

Todo era oscuridad. No. No era una oscuridad absoluta. Unas parpadeantes runas rojas de advertencia y una luz verde y algo neblinosa flotaban en el límite de su capacidad de visión. Uriel parpadeó para quitarse la sangre y el polvo que le cubrían los ojos. La oscuridad se fue concretando en una serie de siluetas con forma de bloque y en peñascos de bordes irregulares y relieves estriados que estaban apilados a su alrededor, encima y debajo de él.

Un rostro de piel suave lo estaba mirando. Esa cara no mostraba defecto alguno, y sus ojos tenían una mirada sin expresión alguna. Tardó un momento en darse cuenta de que ese rostro estaba tallado en mármol, y que sus rasgos inmóviles contemplaban a Uriel y a su sufrimiento de un modo impasible. Giró el cuello mientras su ojo biónico se ajustaba a la penumbra y amplificaba el brillo bioluminiscente de la caverna para iluminar de forma gradual su entorno.

Tenía encima una losa de mármol, con los bordes partidos. Estaba rodeado por trozos de roca azul, sin duda los restos de la cúpula. Uriel flexionó las extremidades, y se sintió aliviado al notar que podía mover los brazos y las piernas. Al menos tenía intacta la espina dorsal.

Recordó que estaba mirando a los ojos de Honsou cuando éste activó las cargas de demolición, pero a partir de ahí, nada más, aparte de un destello cegador y una catarata de vigas y losas.

Le llegaba un haz de luz y se retorció bajo las toneladas de escombros hasta conseguir librar poco a poco los brazos y flexionar las piernas para conseguir un mayor agarre en el suelo. Empujó la losa que lo mantenía aprisionado contra el suelo. Flexionó los músculos y empujó con todas sus fuerzas. Sintió cómo la losa se rozaba con otras al moverse. Los escombros crujieron y chirriaron a su alrededor, así que Uriel procuró moverse con lentitud por temor a que le cayeran más escombros.

La losa se fue moviendo poco a poco hasta que logró liberar las piernas, y se retorció para poder quedarse sentado. Tenía la armadura terriblemente dañada, pero había resistido bajo la tremenda presión que había amenazado con matarlo.

—Estoy en deuda con vos, hermano Amadon —musitó para darle las gracias al espíritu del guerrero que había llevado su armadura.

Si no hubiese sido por su protección, en esos momentos sería una pasta roja aplastada contra el suelo. Vio que a su lado estaba la daga de pedernal, y la metió en la vaina de su cuchillo de combate. Aunque ese cuchillo era de un mayor tamaño, la daga encajó a la perfección.

El polvo siguió cayendo desde el techo y oyó los chasquidos y los crujidos de las piedras a medida que se asentaban. Se preguntó cuánto tiempo habría pasado bajo el derrumbe, y cuántos supervivientes habría. ¿Sería el único que habría sobrevivido, o estarían los demás intentando en esos momentos subir desesperadamente a la superficie?

Uriel se puso lentamente en pie y se adentró en un hueco entre los escombros formado por dos enormes paneles de piedra cubiertos de grabados que habían acabado apoyados el uno sobre el otro. Le llegó una leve corriente de aire y caminó inclinado hacia su origen. Vio que otro rayo de luz cruzaba el aire cargado de polvo. Llegó hasta la luz y alzó la mirada: una chimenea retorcida de roca llevaba hasta una abertura.

—¿Hay alguien más con vida? —gritó.

No le llegó respuesta alguna, pero los cascotes crujieron ante el grito y le cayó una nueva lluvia de piedras.

Comprobó con cuidado cada uno de los asideros y empezó a subir lentamente por aquella chimenea de roca para llegar a la superficie. Tardó treinta minutos, pero al final consiguió sacar un codo por encima del borde. Una mano metálica apareció delante de su cara, y se quedó helado al pensar que Honsou lo había esperado en la superficie para rematarlo.

—No creí que eso pudiera matarte —le dijo Pasanius mientras lo agarraba por el borde de la hombrera para tirar de él y sacarlo—. Les dije que eras demasiado testarudo para morir ahí abajo.

—Pasanius... —jadeó Uriel antes de abrazar con expresión de alivio a su viejo amigo—. Estás vivo.

—Por supuesto que estoy vivo —le contestó Pasanius, como si pensar en cualquier otra posibilidad fuese una tontería—. ¿Qué? ¿Qué te crees, que lo único que hace falta para matarme es tirarme todo un edificio encima de la cabeza? ¿Por quién me tomas?

Uriel asintió antes de escupir un salivazo lleno de polvo.

—Claro. ¿En qué estaría pensando?

—Casi te habíamos dado por perdido, pero les dije a todos que eras demasiado cabezón para permitir que ese cabrón acabara contigo de ese modo.

—¿A todos? ¿Es que hay más supervivientes?

—Por supuesto que hay más —respondió Pasanius meneando la cabeza—. Has sido el último en salir.

—Gracias sean dadas al Emperador —exclamó Uriel, y soltó un suspiro de alivio.

—Venga, salgamos de estas ruinas antes de que el destino decida que se le ha acabado su misericordia.

Bajaron del montón de escombros compuesto por losas de mármol roto, de cristales y de trozos de acero, que era todo lo que quedaba del antaño magnífico edificio. Parecía inconcebible que un conjunto como aquél, que se había mantenido en pie durante diez mil años, pudiera ser destruido, pero las pruebas irrefutables estaban delante de Uriel.

Sólo cuando llegó al suelo de la propia caverna empezó a sentirse a salvo. Sus camaradas formaban un pequeño grupo. Selenus estaba atendiendo a Brutus Cyprian y a Livius Hadrianus. Peleus parecía sorprendentemente ileso. Petronius Nero caminaba en pequeños círculos con una espada rota en la mano, y Uriel lo dejó tranquilo para que lamentase la pérdida de un arma tan magnífica. El capitán Shaan estaba sentado un poco aparte, de rodillas, al lado de un cuerpo destrozado cuya identidad era muy evidente por las heridas que había sufrido.

La inquisidora Suzaku estaba tumbada de espaldas al lado de Cyprian. Tanto su torso como sus extremidades estaban inmovilizados con unas tablillas hechas con vainas de espadas y culatas rotas de armas. Su rostro mostraba una palidez fantasmal, y tenía las mejillas hundidas, lo mismo que los ojos en las cuencas oculares.

—¿Cómo están? —preguntó Uriel.

Selenus alzó la vista.

—Hadrianus necesitará una intervención quirúrgica a gran escala si quiere sobrevivir, y lo más probable es que Cyprian pierda esa pierna.

—¿Qué hay de Suzaku?

—Probablemente morirá antes de que consigamos llegar a una instalación médica.

—Puede que te sorprenda. Es más dura de lo que parece.

—Será mejor que lo sea. Creo que no le queda ningún hueso sin romper en el cuerpo.

Uriel se volvió hacia Pasanius y le hizo la pregunta que había estado temiendo hacer:

—¿Se sabe algo de Honsou?

Pasanius apartó la mirada y negó con la cabeza.

—No. Hemos explorado todas las ruinas con un auspex biosensible y con otro capaz de captar residuos caloríficos, pero no hemos encontrado nada.

—Puede que haya muerto.

Pasanius volvió a hacer un gesto negativo con la cabeza.

—Lo conoces demasiado bien...

—Supongo que sí —admitió Uriel.

—De todas maneras, le he echado un vistazo a la Garganta del Dragón. La máquina tuneladora en la que llegaron los Guerreros de Hierro ya no está. Alguien se adentró de nuevo en la roca con ella, y no ha sido ninguno de nosotros.

Uriel asintió.

—Prepáralo todo para ponernos en marcha. Tenemos que acabar con esto de una vez por todas.

—¿Con la guerra en Calth?

—No, con la guerra en Ultramar.

Uriel hizo caso omiso de la mirada de extrañeza que le dirigió Pasanius y se acercó a Aethon Shaan. El capitán de la Guardia del Cuervo estaba de rodillas al lado del cadáver de Ardaric Vaanes. El cuerpo del renegado casi estaba hecho pedazos, cubierto de sangre y aplastado por su asesino, y por las fuerzas colosales que se habían desencadenado durante el derrumbamiento de la tumba. Sin embargo, a pesar de los desgarros, las roturas y las laceraciones, había algo en su rostro de rasgos aquilinos que Uriel jamás había visto antes.

Paz.

—Siento la pérdida de sus guerreros —le dijo Uriel a Shaan poniéndole una mano en el hombro.

Shaan asintió, pero no le contestó, y Uriel notó la confusión que le azotaba en el interior.

—Odiaba a Ardaric Vaanes —dijo al cabo, sin levantar la mirada—. Todos los días soñaba con llevarlo de vuelta para que se enfrentara al castigo por sus crímenes, pero ahora que ha muerto no siento nada. Siento... tristeza. ¿Por qué me siento triste ante la muerte de un traidor?

Uriel se arrodilló al lado del cadáver y puso los dedos en el cuervo tatuado cubierto de sangre que Vaanes tenía en el hombro.

—Porque no creo que al final muriera siendo un traidor. Creo que fue un astartes de nuevo.

—¿Es eso posible?

—Eso creo —le contestó Uriel sin apartar la vista del rostro del individuo junto al que había combatido una vez en un mundo demoníaco—. Eso espero.

—El Señor de las Sombras querrá saber qué ha ocurrido aquí. No sé qué le voy a decir cuando vuelva a la Torre del Cuervo.

—Dígale que Vaanes entregó su vida en la lucha eterna contra los Poderes Siniestros.

—Creo que eso haré —le respondió Shaan al tiempo que levantaba la mirada para ver cómo se acercaba el apotecario Selenus.

Los escalpelos móviles y los sellos de vacío de su reductor ya estaban preparados para recibir en su interior el recurso más valioso de los marines espaciales. Shaan asintió, puso una mano en el pecho de Vaanes y recitó las palabras que los apotecarios pronunciaban sobre los cuerpos de los caídos desde hacía siglos.

—Al que esté muerto, retiradle el Legado del Capítulo.

El ejército de los Nacidos de la Sangre de Espandor no sobrevivió mucho tiempo a la muerte de su Reina Corsaria. Sin un liderazgo firme y carentes de la influencia del Tres Veces Nacido, las diferentes facciones del ejército empezaron a luchar entre ellas. Ninguna estaba dispuesta a aceptar el mando de las otras, y al estar Corinto y Herapolis en manos imperiales, los Nacidos de la Sangre se quedaron aislados y sin posibilidad alguna de reabastecerse. Bajo el liderazgo del capitán Sicarius, la mayoría de esas facciones fueron rodeadas y destruidas por efectivos de la Segunda Compañía. Tras el baño de sangre de Corinto, aquellas acciones fueron, según el estándar de los Adeptus Astartes, unas simples escaramuzas.

Tras nueve días, la amenaza de los Nacidos de la Sangre en Espandor quedó eliminada, las fuerzas auxiliares de Saul Gallow se encargaron de eliminar las últimas bolsas de resistencia.

Los Ultramarines se reagruparon y volvieron en las Thunderhawks a bordo del Venganza de Valin, que seguía en órbita. El crucero de ataque había sufrido numerosos daños, pero al igual que los marines espaciales que transportaba, permanecía invicto y orgulloso.

Una vez a bordo, Scipio Vorolanus descansó con el resto de los supervivientes de su escuadra y comenzó el proceso de evaluar a los novicios con la idea de reemplazar las pérdidas. A Nivian le implantaron un brazo biónico y a Coltanis la única señal que le quedó fue una cicatriz que le bajaba desde la frente hasta la mejilla. Helicas había salido prácticamente ileso de la batalla, y hasta Laenus había sobrevivido.

Lo encontraron apenas con vida entre los restos del cañón antiaéreo, al lado del cadáver destrozado de Bradua. Tenía el cuerpo roto, pero el ánimo intacto. Estaba muy malherido, pero los apotecarios y los tecnomarines se entregaron a la tarea de recomponerlo a base de implantes orgánicos y de reemplazos biónicos. Scipio no creía que le importara mucho su nuevo aspecto.

El Venganza de Valin salió de órbita y se dirigió a la mayor velocidad posible hacia el punto de salto del sistema.

Scipio le preguntó a Iulius Fennion hacia dónde se dirigían, y no se sintió sorprendido cuando su amigo le aclaró el planeta al que Sicarius llevaba a la Segunda Compañía.

—Talassar. Vamos a Talassar.

Una luz pálida iluminaba la cámara del núcleo de disformidad. Era una luz lúgubre que absorbía todo el color de aquello que tocaba. El aire tenía un amargo regusto, aunque M’kar ya no necesitaba respirar. En los bordes de las vigas se estaban formando costras de hielo, aunque M’kar ya no necesitaba calor alguno. Las oleadas de energía de disformidad en estado puro que inundaban la Indomable lo llenaban de poder y fortalecían sus extremidades. Los lúmenes del techo parpadeaban y zumbaban a medida que el suministro de energía fluctuaba. Un mortal se había atrevido a acercarse para informarlo de que todos los sistemas estaban fallando a lo largo y ancho de la Indomable, y había dicho de un modo quejumbroso que la fortaleza estelar no tardaría en ser indefendible.

M’kar lo había destripado por atreverse a acercarse a él sin realizar antes las nueve reverencias sagradas a los Poderes Eternos, y le había devorado el alma. El miedo que eso suscitó fue un breve momento de placer, pero la vitalidad pura de las diferentes guerras que se estaban librando por todo Ultramar era el bocado más delicioso.

M’kar caminaba por la estancia flexionando la musculatura híbrida de la carne de la que se había apoderado. En algún punto de las profundidades de su interior seguía luchando el alma de Altarion, pero la identidad del anterior ocupante del dreadnought se ahogaba en un mar de almas devoradas.

La furia del señor demoníaco crecía con cada paso que daba. Había logrado escapar de la prisión que el señor de los Ultramarines hacía creado específicamente para él, pero su confinamiento no había disminuido. Desde que sus hermanos y él fueron expulsados del planeta azul, los mundos de Ultramar habían sido un anatema para él, y caminar sobre su superficie era igual que caminar sobre cristales rotos. El señor de los Ultramarines casi estaba a su alcance, pero el aire de Talassar era un veneno para M’kar y la luz de su sol la radiación más mortífera mientras el vidente mascota de Calgar siguiera con vida y energizara las salvaguardas de Castra Tanagra.

Su ejército demoníaco atacaba de un modo incesante las paredes llameantes de la fortaleza sagrada del planeta y desangraba las salvaguardas con la fuerza de sus propias muertes. Miles quedaban condenados al olvido con cada día que pasaba, con sus cuerpos convertidos en nada merced a las llamas invocadas por el hechicero de Calgar. Sus muertes eran al servicio de su señor infernal, y cada chispa de existencia era entregada voluntariamente.

Quizás era cierto que la Indomable se estaba deshaciendo en pedazos, pero a M’kar le importaban muy poco las armas de los mortales. El mestizo soñaba con ver todo Ultramar envuelto en llamas, pero lo único que quería M’kar era acabar con Calgar. Ultramar no representaba ya más que los restos gastados de un imperio que había brillado hacía un eón en pleno desafío a Terra, un imperio insignificante en sí mismo, pero que suponía una vieja herida que M’kar no podía evitar que lo siguiera molestando.

Las mareas de la disformidad resonaban en M’kar a través de la rasgadura abierta en el corazón de la fortaleza estelar. Sentía el fuego de las almas de los Nacidos de la Sangre a través de la inmensidad del espacio que separaba al demonio de sus seguidores. En el mundo desierto del triple sistema, las poderosas máquinas demoníacas se enfrentaban a los tanques y a la infantería de los Ultramarines. El fuego de las almas de los muertos encontraba el camino que las llevaba hasta él, y captó el regusto de su creciente desesperación a medida que sus enemigos iban prevaleciendo en el combate. En el mundo bosque, los fuegos de los Nacidos de la Sangre ya no ardían, ya que los antiguos enemigos de su señor los habían exterminado.

Sin embargo, era en Calth donde se sentía la mayor confluencia de hilos de la vida. Eran muchas las que se habían apagado allí, algo muy corriente en un conflicto de aquella escala, pero muchas de ellas eran las líneas brillantes de aquellos marcados por el destino. M’kar se estremeció cuando recordó los últimos días de su última batalla en Calth, el momento en que su antiguo señor cayó muerto a manos de Ventanus, quien acabó empuñando la misma arma que estaba destinada a matarlo a él y que la propia víctima llevó a Calth.

Los mundos de Ultramar eran una anatema para él, pero M’kar odiaba especialmente Calth. Aquel mundo había humillado a su legión. Se había resistido a la llegada de la Palabra, se había enfrentado a los verdaderos poderes de la galaxia y los había derrotado. El padre de los Ultramarines había librado una guerra desfavorable con Ventanus a su lado y había expulsado a los hijos de la tormenta de Calth. M’kar jamás volvería a poner el pie en ese planeta, ya que era el mundo donde descansaba para siempre su némesis.

Una vez que muriera Calgar, M’kar sabía que tendría que matar a Honsou, ya que había atisbado el poder que acechaba en el corazón del mestizo, el potencial que podría desencadenar si llegaba a atraer la atención de un señor demoníaco.

Una repentina oleada de poder recorrió la disformidad, y la siguió de inmediato una vacuidad helada. M’kar dejó de caminar y extendió sus sentidos hacia el exterior para descender a través de las capas etéreas del planeta que flotaba a sus pies y así presenciar la batalla que se estaba librando en su nombre.

Castra Tanagra estaba envuelta en llamas, igual que desde hacía semanas. El fuego era de tal pureza que quemaba simplemente con mirarlo y repelía a los demonios además de destruir sus formas y sus almas. No había defensores en las murallas, pero eso no importaba. Mientras ardiera ese fuego, nada producto de la disformidad podría entrar.

M’kar se acercó todo lo que pudo a la fortaleza y sintió la desesperación y el miedo que albergaba. Ese sentimiento de perdición pesaba sobre los corazones de los defensores como un sudario asfixiante, pero bajo éste ardía una luz esplendorosa de emociones más radiantes: esperanza, coraje y nobleza de espíritu. Aunque M’kar ya no pudo acercarse más, divisó la luz que ardía con más fuerza en el corazón de la fortaleza, y su alegría no conoció límites cuando esa luz lanzó un último centelleo cegador antes de apagarse como el ascua moribunda de una hoguera.

Y cuando se apagó, el fuego que rodeaba a la fortaleza se desvaneció.