
Los Ultramarines se estrellaron contra la horda de demonios y penetraron en la masa de bestias cubiertas de escamas y de piel rugosa convertidas en una masa imparable de furia blindada. Un grito inarticulado de rabia y determinación les impulsó a seguir, y sus espadas, bólters y puños provocaron una tremenda matanza de demonios. Puesto que la conexión de M’kar con la fortaleza estelar había quedado interrumpida, no quedaba reserva de poder alguna para regenerarlos.
Los puños de Calgar golpearon a diestro y siniestro de un modo incesante, y matando a un demonio con cada puñetazo. Una marea de monstruos se lanzó contra él para atacarlo con garras, espadas y extremidades afiladas. La sangre comenzó a correrle por las placas de la armadura, pero el dolor provocado por las heridas era apagado casi como si las estuviera sufriendo el cuerpo de otra persona.
La delgada lanza de defensores penetró en el cuerpo formado por los demonios, pero al igual que las células infecciosas que invaden un cuerpo, esos mismos defensores se vieron rodeados con rapidez y atacados por todas partes. La masa aullante de monstruosidades demoníacas cayó sobre los últimos defensores de Castra Tanagra y los abatió como lo harían las llamas con los restos de un glaciar.
Calgar se abrió paso a través de los demonios en dirección a M’kar. Su forma mostraba una superficie absolutamente negra, sin sombra o rasgo alguno visible. Lo único que proporcionaba una pista sobre su silueta y sus proporciones eran los hornos ardientes que eran sus ojos y su boca. El aire temblaba a su alrededor debido al calor provocado por el esfuerzo del plano material por expulsar aquella presencia antinatural de su seno. M’kar no pertenecía a aquella dimensión, y aquélla era la última oportunidad que tendría Calgar de cumplir su promesa de destruir al Tres Veces Nacido.
El demonio y el señor del Capítulo se enfrentaron con un tremendo choque que estremeció la nieve de los picos más altos y cuya onda expansiva recorrió la superficie del continente. Los puños de Calgar machacaron al señor demoníaco, y las garras de éste le arrancaron trozos de la armadura y le laceraron el cuerpo con tajos de carnicero.
Alrededor de ambos, el sonido de los gritos y de los disparos resonaba en el aire frío de la mañana. La luz del cielo se hizo más brillante y Calgar sintió un viento cálido le llegaba desde las montañas. Notó el olor a metal quemado, y una poderosa descarga eléctrica dejó el aire lleno de estática. No podía permitirse la distracción de mirar a su alrededor y averiguar el origen de esa sensación. Tenía concentrada toda su atención en la lucha desesperada por sobrevivir que estaba librando.
M’kar y él intercambiaron varios golpes y se fueron matando poco a poco el uno al otro con la determinación inquebrantable que sólo el verdadero odio puede provocar. Calgar sabía que cada vez estaba más débil, que perdía reflejos y que su fuerza disminuía con cada ataque que detenía, con cada golpe que fallaba. Vio la sensación triunfante en los ojos del señor demoníaco, quien abrió la boca en un gesto anticipatorio del momento en el que devoraría su alma.
—Ya no te queda vida apenas —le susurró el demonio.
Calgar no contestó. Ya no tenía energía para hablar. Alzó un puño para detener un zarpazo que el demonio le lanzó de arriba abajo, pero supo de inmediato que ya era demasiado lento. Las garras le impactaron en el pecho y le arrancaron la placa pectoral, dejando al descubierto la carne. Un golpe del brazo martillo del demonio lanzó a Calgar contra el suelo. El señor del Capítulo rodó sobre sí mismo, y el dolor agónico de las costillas rotas amenazó con sumirlo en la inconsciencia.
El cielo era una bóveda luminosa de color púrpura, dorado y rojo. Esos mismos colores quedaron resaltados cuando algo atravesó la capa de nubes formando una estela llameante de un resplandor increíblemente luminoso. Parpadeó al ver aquello, incapaz de procesar mentalmente lo que estaba viendo. Era demasiado asombroso, demasiado increíble y demasiado magnífico para ser real.
¡Pero era real!
Era real, y la cosa más maravillosa que pudiera imaginar.
Eran dos cruceros de ataque Ultramarines que bajaban por el cielo como dos cometas envueltos en llamas.
Las enormes naves dejaban atrás un rastro de fuego y de trozos de metal fundido mientras seguían su recorrido por la atmósfera inferior. Los escudos y los cascos de ambas naves chillaban en señal de protesta al verse expuestos a unas fuerzas a las que tenían que resistirse a pesar de no haber sido diseñados para ellos y que amenazaban con destrozarlos. Era la maniobra aérea más gloriosamente insensata y audaz que jamás hubiera visto.
De los hangares de lanzamiento de ambos cruceros salieron escuadrillas de cañoneras Thunderhawks, y por un hermoso momento, el combate en el valle cesó. El rostro de Calgar se iluminó al sentir una esperanza renovada, pues reconoció las formas angulosas y cuadrangulares de aquellas poderosas naves.
Eran el Venganza de Valin, de la Segunda Compañía, y el Vae Victus, de la Cuarta.
El aire caliente con regusto metálico entró rugiendo en el compartimento de tropas de la Thunderhawk cuando la rampa de asalto se abrió. Uriel se agarró al pasamanos mientras se acercaba al borde exterior. Allá abajo, el anillo de guerreros Ultramarines luchaba contra la horda demoníaca. Tenían que aprovechar aquella oportunidad para acabar con la guerra de una vez por todas.
Vio la horrible fisura en la atmósfera de aquel planeta y la enorme silueta del Tres Veces Nacido de pie delante de ella. Marneus Calgar se encontraba a merced del señor demoníaco. Y entonces recordó las palabras que Varro Tigurius había pronunciado cuando Uriel regresó a Macragge.
«El Centinela de la Torre luchará junto a nosotros cuando el Tres Veces Nacido esté encarnado de nuevo.»
Leodegarius, de los Caballeros Grises, lo había llamado el Centinela de la Torre, un guerrero que podía trastocar todo un modo de vida, para bien o para mal. Uriel no había sabido lo que quería decir hasta ese mismo momento. Si utilizaba el conocimiento que poseía con un fin maligno, destruiría todo lo que le resultaba más querido. Lo que el fantasma del capitán Ventanus le había revelado a Uriel era un arma muy poderosa que podía salvar todo lo que amaba de la destrucción más absoluta.
—¿Preparado? —le preguntó el capitán Shaan tras colocarse a su lado en la fila.
Al igual que Uriel, Shaan llevaba un voluminoso retrorreactor incorporado a la espalda. Detrás de ellos se encontraban Pasanius y Learchus, que también estaban equipados con retrorreactores, aunque ellos parecían estar menos contentos con la idea de aquel salto. El resto del compartimento de tropas de la Thunderhawk lo llenaban los Guardianes y los Llameantes. Los Espadas de Calth también estaban presentes, curados y listos para el combate durante el veloz viaje después de la derrota que los Nacidos de la Sangre habían sufrido en Calth.
—Preparado —le confirmó Uriel, y saltó de la panza de la Thunderhawk.
Tras la destrucción de la tumba de Ventanus, Uriel y sus compañeros regresaron a la Garganta de los Cuatro Valles, donde se esperaban que todavía se estuviera librando una feroz batalla. Para sorpresa de todos ellos, la habían encontrado prácticamente igual que como la habían dejado. Tras la destrucción de la Basílica Negra, los Nacidos de la Sangre se habían parapetado tras la muralla de su fortaleza improvisada y se habían mantenido agazapados. Sólo más tarde fue evidente que sin Honsou, los soldados de los Nacidos de la Sangre carecían por completo de cualquier clase de liderazgo.
Los defensores imperiales todavía estaban decidiendo si debían aprovecharse o no del estado letárgico del enemigo cuando alguien tomó la decisión por ellos. Learchus, procedente de la superficie, había organizado una columna heterogénea de vehículos blindados y había reagrupado a varias unidades de las fuerzas auxiliares, e hizo que todo aquel destacamento cruzara la Puerta de Guilliman para atacar la retaguardia del ejército de los Nacidos de la Sangre.
Atrapados entre el martillo de Learchus y el yunque de los defensores de la garganta, los Nacidos de la Sangre estaban condenados. Lo que había empezado siendo una batalla acabó convirtiéndose en una matanza cuando los soldados de los Nacidos de la Sangre fueron aplastados sin misericordia alguna. Las fuerzas imperiales victoriosas salieron a la superficie de Calth y recapturaron Ciudad Alta, lo que dispersó a todas las fuerzas de los Nacidos de la Sangre.
El magos Locard recuperó a su vez el control de las defensas orbitales y purgó sus sistemas del código corrupto, por lo que volvieron a estar en manos imperiales. Luego, con una precisión metódica, apuntó las formidables baterías geoestacionarias y los silos de misiles hacia la flota enemiga anclada en órbita alta y destruyó una docena de naves en menos de una hora.
Por último, encabezada por el Vae Victus, la flota imperial se había reagrupado en Ultima Seis Ocho para entrar de nuevo en combate, y tras una batalla que había durado seis horas, sólo una nave enemiga consiguió escapar de aquella carnicería estelar. Apenas estuvo ganada la batalla por Calth, Uriel embarcó a su compañía y se dirigió hacia Talassar. En ruta hacia el planeta se encontró con el Venganza de Valin.
El capitán Sicarius le comunicó la gran victoria que había conseguido en Espandor junto con la noticia del sufrido triunfo logrado en Quintarn, donde la Quinta y la Sexta habían conseguido derrotar a los Nacidos de la Sangre. Las barcazas de combate Octavius y Severian ya se estaban acercando a Talassar, y todo el mundo se dio cuenta de la coincidencia de aquella sincronización.
Mientras Uriel y los guerreros de la Segunda y de la Cuarta descendían desde los cielos sobre Talassar, las dos barcazas de combate ya estaban machacando las defensas de la Indomable.
Si aquélla iba a ser la batalla que debía salvar a Ultramar, la ganaría todo el Capítulo.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Uriel se había desplegado en combate desde una Thunderhawk en vuelo, pero adoptó con rapidez la posición de descenso óptima: la cabeza hacia abajo, los brazos pegados al cuerpo y las piernas hacia atrás. El valle subió a toda velocidad para reunirse con él. Era un enorme conjunto de retales grises y marrones, y el azul de los supervivientes de la Primera Compañía destacaba en el centro. A su alrededor caían guerreros con armadura, las fuerzas combinadas de la Segunda y de la Cuarta. Era un espectáculo capaz de elevar la moral de cualquier soldado imperial, y Uriel no recordó que se hubiera producido nunca el despliegue de ese modo de dos compañías en mitad de un combate.
Vio la capa roja ondeante de Sicarius a su derecha, y aunque jamás habían compartido una amistad, Uriel reconoció la grandeza de su camarada. Oír el relato de su increíble victoria en Corinto le había servido para recordar el guerrero tan temible que era Cato Sicarius.
Volvió a concentrarse en el suelo y ajustó el descenso con un leve giro de los hombros.
Llegar al punto de aterrizaje deseado no era tarea fácil, sobre todo si el salto se producía desde una altura tan elevada y desde una nave tan veloz. Uriel desvió la trayectoria para dirigirse hacia el señor del Capítulo y luego giró el cuerpo para poner las piernas por delante.
Era el descenso de combate más peligroso que jamás había intentado, y el agudo zumbido de advertencia que sonaba en el interior del casco lo avisó de que estaba tardando demasiado en encender el retrorreactor. También la runa de advertencia lo avisó con un parpadeo un momento antes de que activara los cohetes y el rápido descenso se viera interrumpido casi en seco con una erupción de chorros de fuego.
Uriel aterrizó en la superficie de Talassar con un crujido atronador de piedras rotas. El humo envolvió el aterrizaje y la roca a sus pies se vitrificó debido al intenso calor. Empuñó de inmediato la espada, casi al mismo tiempo que unas criaturas monstruosas con cabezas en forma de cuña y rematadas por unos cuernos semejantes a los de los carneros se lanzaban a por él. El sonido de varios impactos también atronadores le indicó que los guerreros de la Segunda y de la Cuarta ya se habían unido a la lucha, y la batalla de Talassar cambió rápidamente de cariz.
Uriel se abrió paso a mandobles a través de los demonios cornudos, ayudado por los rugientes disparos del lanzallamas de Pasanius y las ráfagas precisas y letales del bólter de Leanchus. La escuadra de mando de Uriel luchó con un nuevo propósito y cohesión al haberse forjado como unidad de combate en las batallas de Calth.
Cualquier enemigo normal se habría desmoralizado y habría huido ante un ataque tan repentino y feroz, pero los demonios no eran enemigos normales. Siguieron luchando con tanta fiereza y vigor como hasta entonces, impertérritos ante la brusca aparición de casi doscientos astartes en mitad de sus filas y de dos naves de combate estelares que estaban tan cerca que parecía que casi podían tocar con la mano.
Uriel vio que el Tres Veces Nacido se inclinaba sobre el señor del Capítulo, y se apresuró a saltar para defenderlo. Alzó la espada y desvió un golpe que sin duda hubiera destripado a Marneus Calgar. El señor demoníaco volvió su mirada abrasadora hacia Uriel, y éste sintió el terrible poder de su antigua maldad. Había albergado una rabia que duraba ya diez mil años, sostenida por el odio que sentía hacia los mundos y los guerreros de los Ultramarines.
Comprendía cuál era el núcleo de esa maldad, ya que conocía la historia del Capítulo tan bien como cualquier otro guerrero ultramarine. Sabía que la legión de los Portadores de la Palabra había atacado Calth de forma cobarde en los días de la Gran Traición de Horus, y también conocía las batallas que habían librado Roboute Guilliman y el capitán Ventanus para salvar al planeta después de que envenenaran su sol para siempre.
Lo que no contaban las leyendas, lo que nadie del Capítulo había sabido hasta entonces, era lo que había sido de uno de los apóstoles oscuros más poderosos de los Portadores de la Palabra, una figura temible llamada Maloq Kartho. Aunque no quedaba rastro alguno del cuerpo de ese guerrero en el aspecto del Tres Veces Nacido, Uriel se dio cuenta con claridad del modo con el que los malignos dioses de Maloq Kartho lo habían recompensado por sus odiosos actos en Calth.
Ése había sido el último regalo del capitán Ventanus: el verdadero nombre de M’kar.
El demonio que antaño fue Maloq Kartho soltó un aullido ansioso de almas y levantó de golpe a Marneus Calgar con una garra. El señor del Capítulo forcejeó para liberarse, pero fue incapaz de impedir que lo acercara a sus relucientes colmillos. Uriel se dio cuenta de que el Tres Veces Nacido había abandonado toda idea de lograr una gran victoria, y que se contentaba con asesinar al guerrero que representaba a sus enemigos más odiados y que habían hecho fracasar sus planes más ambiciosos.
Uriel empuñó con rapidez la daga que llevaba en la vaina del costado.
—¡Yo te llamo Maloq Kartho! —gritó—. ¡Tu verdadero nombre mortal!
El señor demoníaco echó la cabeza hacia atrás en un gesto de dolor cuando un paroxismo de rabia le sacudió todo el cuerpo, desde la punta de sus cuernos ennegrecidos hasta las patas rematadas por pezuñas. Uriel notó que la empuñadura de la daga se volvía tibia, como si reconociera un objetivo para la malicia mortífera que albergaba su hoja, encadenada allí por herreros desconocidos milenios atrás. Un estremecimiento de terror puro recorrió a M’kar cuando al mirar de nuevo a Uriel vio la daga centelleante que empuñaba. Abrió los ojos de par en par la reconocerla.
—¡La esquirla de Erebus! —gritó.
Por mucho que Uriel deseara clavársela al señor demoníaco por todo el sufrimiento y las muertes que había causado, sabía que no era ésa la misión que le tenía reservado el destino.
Él era el Centinela de la Torre, no el Señor de la Torre.
Uriel lanzó la daga con la empuñadura por delante hacia Marneus Calgar.
El señor del Capítulo la atrapó con habilidad. El arma parecía absurdamente pequeña en su mano, pero aunque los Guanteletes de Ultramar eran capaces de causar una gran destrucción, también eran capaces de realizar movimientos de gran destreza. Lord Calgar estaba a menos de un metro de la cara del seño demoníaco. Se lanzó hacia delante y le clavó la daga en mitad de la garganta.
El efecto fue instantáneo e incandescente.
Un fuego cegador surgió de la herida letal que había sufrido el señor demoníaco. Fue un chorro de energía de disformidad que se descargó en el aire como una mancha de luz corrupta. M’kar soltó a lord Calgar, que se desplomó en el suelo, ante el demonio moribundo. Uriel se acercó corriendo al señor del Capítulo, y con la ayuda de Pasanius, lo arrastró lejos de M’kar.
—¿Qué era esa daga? —le preguntó jadeante Marneus Calgar.
—No lo sé. Estaba en la tumba del capitán Ventanus —le contestó Uriel.
—¿Ventanus? ¿Del Capítulo perdido?
—El mismo —le confirmó Uriel.
La batalla en el valle se interrumpió mientras el señor demoníaco se enfrentaba a su propia disolución luchando con sus últimas fuerzas para resistirse a la daga antigua. Sin embargo, no tenía nada que hacer frente a la obra de unos creadores desconocidos y a la revelación de su verdadero nombre. Todos sus intentos por mantener su existencia fueron inútiles.
A su alrededor, la horda demoníaca aulló poseída por una rabia insensata a medida que M’kar absorbía sus energías en un esfuerzo por contrarrestar su propia disolución. Los demonios se fueron desintegrando uno por uno a medida que su asidero al mundo material se rompía y eran lanzados de regreso a la disformidad. A los pocos momentos, el valle se quedó vacío, a excepción de los defensores de Castra Tanagra.
La forma de M’kar se fue encogiendo y su perfil se fue haciendo más borroso, cada fragmento de su existencia se iba destruyendo. Aquello era una muerte definitiva, el olvido absoluto y el terror de la nada. Y el señor demoníaco lo sabía. El cuerpo de M’kar estalló con un último alarido de terror transformado en una onda expansiva de fragmentos de luz.
En ese mismo instante, la fisura abierta en el tejido del mundo material desapareció con un trueno. La oscuridad que cubría las cimas y los valles cubiertos de nieve de Talassar se desvaneció, y el sol brilló sobre un mundo liberado de toda presencia demoníaca. Un viento purificador llegó soplando desde las montañas orientales, llevando consigo la promesa de un día nuevo, de esperanza y de la dulce belleza de la vida. Jamás brilló el sol con tanta fuerza, ni el viento fue tan renovador. Ningún día sería tan memorable como aquél.
—¿Se acabó? —preguntó Pasanius mientras miraba la piedra achicharrada donde el demonio se había desvanecido.
—Sí, se acabó —le respondió Uriel con el corazón más alegre de lo que lo había sentido desde hacía mucho tiempo.
Las barcazas de batalla Octavius y Severian completaron la victoria de Talassar al destruir la Indomable con una serie de feroces descargas de sus cañones. Los torpedos lanzados por las naves de varias flotas de los Ultramarines destrozaron la corrupta fortaleza estelar, que quedó desgarrada por las numerosas explosiones provocadas por los escapes de plasma. Las naves de menor tamaño sumaron la potencia de fuego de sus baterías para arrasar la antaño poderosa estructura y transformar aquel milagro de la ingeniería en una masa retorcida de metal fundido.
El núcleo de disformidad de la fortaleza se colapsó y sus reactores entraron en fase crítica cuando sus sistemas, ya al borde del derrumbe estructural, acabaron fallando. La fortaleza estelar cayó desde la órbita y fue bajando más y más en espiral hasta que la fuerza de gravedad de Talassar la atrapó y la arrastró a su final definitivo.
La Indomable atravesó la atmósfera del planeta transformada en la estrella más brillante del firmamento, dejando a su paso una estela de trozos de metal fundido y de oxígeno incendiado. Todo rastro de su corrupción quedó quemado mientras se desplomaba hacia la superficie cada vez a mayor velocidad y con un brillo más radiante, hasta que el cielo de Talassar quedó iluminado por su fulgor moribundo.
Los vencedores del asedio de Castra Tanagra contemplaron en silencio la caída, mudos ante un espectáculo como aquél.
Los restos de la Indomable cayeron en el océano de Talassar y provocaron una columna de agua de varios kilómetros de altura. El impacto creó un tsunami gigantesco, pero era tal la inmensidad del océano de Talassar, que para cuando llegó a los acantilados de Glaudor era poco más que una marejada.
Mientras Uriel contemplaba cómo la Indomable se desvanecía al otro lado del horizonte, le vinieron a la memoria unas palabras pronunciadas por alguien imposiblemente lejano e inimaginablemente viejo.
«Su destino está entretejido en el tapiz de la muerte de un gran héroe, de la caída de una estrella y de la aparición de un mal que se creía muerto mucho tiempo atrás.»
Sabía que ese recuerdo no era suyo, y Uriel reconoció con un estremecimiento su conexión con el ingénito, el chico llamado Samuquan. Jamás sabría dónde se habían pronunciado esas palabras, pero cuando sintió a su lado la sombra fantasmal del guerrero de armadura negra, supo qué muerte se había predicho.
La de Ardaric Vaanes.
Se tardaron otros seis meses en eliminar por completo la corrupción de los Nacidos de la Sangre de todo Ultramar, ya que los últimos restos de los ejércitos invasores siguieron luchando a pesar de que su señor infernal ya no existía. Uriel dirigió los asaltos en Quintarn junto a Galenus, de la Quinta Compañía, y luchó al lado de Sicarius en numerosos ataques contra los enclaves donde los corsarios se habían hecho fuertes. Muchos fueron los combates que tuvieron que librarse para limpiar todas las trazas de la infección de los Nacidos de la Sangre, y sólo cuando Marneus Calgar en persona dirigió el último asalto en Tarentus, contra un cónclave de adoradores del Caos de los Nacidos de la Sangre, junto a Varro Tigurius y Severus Agemman, se dio por vencida la invasión.
Había sido el ataque más devastador que había sufrido Ultramar desde la invasión de la flota tiránida Behemoth, y muchos eran los nombres que habría que tallar en oro en las losas de mármol del Templo de la Corrección. En total, el Capítulo había perdido a trescientos cuarenta y siete Ultramarines, que habían caído en combate contra los diferentes ejércitos del Tres Veces Nacido.
Su recuerdo sería honrado en una ceremonia celebrada seis meses después del día de la derrota de M’kar en Talassar.
Todos los guerreros declarados aptos para el combate por los apotecarios se reunieron bajo la sombra del gran primarca. Seiscientos astartes se congregaron ante la forma reluciente de Roboute Guilliman, entronizado en su sepulcro dorado y mantenido en estasis suspendido para toda la eternidad. Las puertas doradas del templo habían quedado cerradas para los miles de peregrinos que esperaban al otro lado, ya que aquélla era una ceremonia reservada para los miembros del Capítulo. Era un asunto privado, aunque algunas personas ajenas al Capítulo tuvieron el honor de asistir.
La inquisidora Suzaku era uno de los pocos mortales presentes. La miembro del sagrado ordos había sobrevivido a las tremendas lesiones que había sufrido en las profundidades de Calth. Todavía no se había recuperado de las graves heridas que le habían infligido los Bailarines de las Espadas y los Guerreros de Hierro de Honsou, pero había aceptado con agradecimiento la oportunidad de recordar a los muertos. El magos Locard y el comandante Trejo de los skitarii estaban a su lado, ya que aquellos sirvientes del Adeptus Mechanicum compartían el honor por su participación en la defensa de Calth. Ambos lucían unas medallas doradas con una «U» grabada para recordarles siempre su amistad con los Ultramarines.
El capitán Aethon Shaan de la Guardia del Cuervo estaba al lado de Uriel, simbolizando así su lugar al lado de la Cuarta Compañía de los Ultramarines. Habían colocado una serie de banderas negras, cada una representando a un hijo muerto de Corax, junto a las filas de Ultramarines en formación. A esos guerreros se les había concedido un lugar de honor en la formación de batalla por su servicio a Ultramar.
Marneus Calgar estaba de pie sobre un pedestal de mármol negro situado bajo el padre de todos los Ultramarines. Los mejores maestros armeros del Capítulo le habían restaurado la armadura para que tuviera su anterior aspecto magnifico. El señor del Capítulo era una figura solemne, que mostraba una mayor humildad que antes, pero también un mayor ánimo por el coraje y el honor que habían mostrado los guerreros y los ciudadanos en la defensa de sus hogares.
Los exterminadores de armadura dorada lo flanqueaban y una guardia de honor sostenía las antorchas que iluminaban el interior del Templo de la Corrección con un resplandor cálido que hacía que la inmensidad del recinto fuera menor, más íntima y más personal.
Lord Calgar alzó la voz para que todos pudieran oírle.
—Serán puros de corazón y físicamente fuertes, libres de cualquier duda y de las limitaciones del orgullo. Serán como estrellas brillantes en el firmamento del campo de batalla. Serán ángeles de muerte bajo cuyas brillantes alas se producirá la rápida aniquilación de los enemigos de la humanidad. Así será durante miles de veces a lo largo de miles de años, hasta el fin de la eternidad y la extinción de la carne mortal.
Uriel sintió que el corazón se le henchía de orgullo al oír las palabras de Roboute Guilliman, unas palabras que habían sido los cimientos de los Adeptus Astartes desde los primeros días del Imperio.
—Hermanos, hemos logrado una gran victoria, y hoy nos reunimos aquí para honrar a los muertos, para recordar los sacrificios que hicieron y para asegurarnos de que su legado no se olvida. Ha sido una lucha larga y dolorosa, en la que se ha derramado mucha sangre en la defensa de nuestro modo de vida. Somos únicos en Ultramar. Somos una hermandad de guerreros y de mortales, unidos por lazos más fuertes que el adamantium. Pero Ultramar es algo más que la fuerza de sus armas. La fuerza de Ultramar es la humanidad, y la fuerza de la humanidad es Ultramar. Si una se separa de la otra, perderemos todo lo que nos hace fuertes.
»Trescientos cuarenta y siete Ultramarines han perdido la vida en esta guerra, pero esta victoria es la suya, porque, ¿cuál es el terror mayor en la muerte? Morir sin terminar nuestra tarea. La alegría de la vida es saber que la hemos cumplido.
Calgar le hizo un gesto de asentimiento a cada uno de los capitanes de compañía, y Uriel se agachó para recoger un bulto envuelto en un paño que tenía a los pies. Luego los capitanes se separaron de sus compañías para dirigirse hacia las relucientes paredes negras del templo mientras el señor del Capítulo hablaba de nuevo.
—El guerrero que actúa de forma honorable no puede fallar. Su deber es el honor —dijo lord Calgar mientras Uriel desenvolvía el bulto, que contenía un martillo, un cincel y numerosas hojas de oro—. Incluso su muerte es una recompensa y no puede ser un fallo, ya que ha llegado a través del deber. Recordamos a los muertos, pero somos Adeptus Astartes, y no desperdiciamos las lágrimas. No hemos nacido para ver cómo se apaga el mundo, ya que nuestras vidas no se miden por el paso de los años, sino por nuestros logros.
Marneus Calgar inclinó la cabeza mientras cada capitán se arrodillaba al lado de un trozo en blanco de las losas de mármol y comenzaba a grabar los nombres de los muertos.