Veinte

Helicas lanzó un misil a través del hueco de la puerta que explotó en la cavidad torácica de un guerrero vestido del rojo óxido de los Cosechadores de Cráneos. Los fragmentos de hueso y de armadura atravesaron al guerrero que había detrás de él, y la onda expansiva hizo que el resto cayera por las escaleras. La explosión les había dado unos momentos más, pero sin tiempo para recargar, Helicas soltó el lanzamisiles y cogió su bólter.

Scipio disparó el suyo hacia el hueco de la escalera y oyó los ecos de las detonaciones cuando los proyectiles hicieron blanco. Coltanis no disparó hasta que otra silueta cruzó el umbral. El berserker murió con medio torso menos y un rayo cegador de plasma destruyó su cuerpo con un siseo de sangre hirviente y ceramita fundiéndose.

Más guerreros fueron llegando por las ruinas del pasaje que llevaba al tejado de la torre, y se encontraron con una tormenta de fuego de bólter y cuchilladas de espada.

Scipio cambió de arma y cortó el cuello de un berserker con su espada sierra, blandiendo el arma con ambas manos para asegurarse de que la herida era fatal. Liberó la hoja y le dio una patada al guerrero que venía detrás, tirándolo escaleras abajo.

—¡Esta torre será siempre de Ultramar! —gritó.

Las furiosas andanadas de proyectiles que venían desde abajo intentaron demostrar que estaba equivocado mientras los Nacidos de la Sangre se reunían y rodeaban la torre como una marea inquieta. Arrojaron granadas que explotaron contra los muros plateados de la torre, y cientos de rifles láser descascarillaron las piedras cuando el enemigo intentó bajarlos de su improvisado pedestal. Las esquirlas de piedra llenaron el aire y el sonido de los disparos resonó como un rugido en sus tímpanos.

Scipio blandió su espada contra un berserker lanzado a la carga. La hoja se clavó en la garganta del guerrero y un chorro de sangre salió disparado formando un arco. Empujó hacia atrás al traidor muerto, haciendo tropezar a otro enemigo al que Helicas se encargó de disparar. Las estrechas escaleras estaban frustrando los intentos del enemigo de llegar hasta ellos, pero era tal la superioridad numérica de los que presionaban desde abajo, que había una especie de inevitabilidad desesperada en esa batalla. Otro disparo de plasma desde donde estaban los atacantes y a Scipio le llegó el olor a carne quemada.

Una cortina de humo cubría la plaza central de Corinto, las llamas seguían expandiéndose y devorando más partes del campamento de los Nacidos de la Sangre. Aunque ellos no eran más que diez guerreros, le habían causado al enemigo una importantes pérdidas.

Nivian disparó la pistola que le había dado Scipio y después, cuando el percutor golpeó en una cámara vacía, la utilizó como porra. Los cuatro Ultramarines pelearon con toda la fuerza que les habían imbuido los genetistas del capítulo y el coraje que tenían por naturaleza todos los guerreros de Ultramar. Lucharon con más denuedo de lo que lo habían hecho en sus vidas, echando mano de sus reservas internas de fuerza para mantener a raya al enemigo.

Una y otra vez los astartes enemigos llegaron hasta donde estaban ellos, y todas las veces consiguieron repelerlos. Los Nacidos de la Sangre intentaron escalar la torre con la ayuda de ganchos y cuerdas, pero Nivian, con nada más que un brazo, tuvo la fuerza suficiente para ir tirándolos al vacío. Scipio perdió la noción del tiempo que llevaban luchando, pero el sol se estaba poniendo cuando el último berseker cayó ante una andanada combinada de proyectiles de bólter. Detrás del guerrero muerto, Scipio vio los uniformes naranjas y negros de los Garras de Lorek cayendo por las escaleras de la torre.

—¡Por el coraje! —gritó Scipio.

—¡Por el honor! —le imitó Helicas.

—¡Por Ultramar! —pronunciaron a la vez Nivian y Coltanis.

Scipio nunca había estado más orgulloso de ser su sargento. Unas nuevas ráfagas de disparos les hicieron buscar la cobertura del parapeto, pero Scipio sabía que sólo tendrían unos momentos antes de que los astartes traidores intentaran volver a subir a la torre. Miró el cronómetro que tenía en su visor, sorprendido de que hubieran pasado cerca de treinta minutos desde que habían tomado la torre.

—Helicas, prepara tu lanzamisiles para disparar de nuevo —le ordenó—. Nivian, dame la pistola para que te la vuelva a cargar. Volverán pronto.

—Que vengan... —contestó Nivian pasándole la pistola.

—Maldita sea, le has hecho un buen destrozo a mi arma —le dijo Scipio—. Los armeros pedirán mi pellejo por esto.

—Lo siento, sargento, pero esos berserkers tienen las cabezas duras. Ha hecho falta insistir para abrírselas.

Scipio sonrió y recargó la pistola. De repente, un rugido ensordecedor atravesó los sentidos automáticos protectores de su armadura y eclipsó el repiqueteo constante de los disparos. Como una serie de relámpagos en un día claro, la parte superior de la torre se vio repentinamente iluminada por las ardientes lenguas de fuego de las armas antiaéreas.

Mil proyectiles por minuto rugieron al salir de cada uno de los cañones de las armas cuádruples, abriendo grandes claros en el grupo de enemigos que se arremolinaba alrededor de la torre. Cientos murieron cuando Laenus y Bradua rotaron la torreta de su arma, y secciones enteras del campamento se desintegraron bajo la furiosa tormenta de fuego. Empezaron a surgir explosiones en líneas paralelas por todo el campamento de los Nacidos de la Sangre cuando el fuego de las armas diseñadas para derribar naves blindadas caía ahora sobre los cuerpos blandos y carnosos.

Natalis e Isatus escupieron el fuego de la segunda arma encima de los Nacidos de la Sangre, cortando dos aerodeslizadores por la mitad en medio de una terrible tormenta de proyectiles. El aerodeslizador más pesado de los de la Reina Corsaria se apartó de las líneas de fuego y giró las armas de su proa y de su popa hacia la torre. Los proyectiles aullantes impactaron en el parapeto y atravesaron los manteletes que protegían las armas antiaéreas. Natalis murió al instante, con el cuerpo arrasado en una bola de fuego y sangre. A Isatus lo arrancaron del asiento del artillero y cayó por el aire para aterrizar en medio de los Nacidos de la Sangre.

Scipio gritó, pero no había nada que pudiera hacer por sus dos guerreros.

Laenus giró su arma para interceptar el aerodeslizador de la Reina Corsaria, pero ya habían anticipado esa respuesta y se habían acercado a la torre para situarse en la zona muerta que quedaba bajo el ángulo de inclinación del arma. Al ver imposibilitado su blanco principal, Laenus se volvió para disparar a los depósitos de armamento que había en el borde de la plaza. Un fuego brillante surgió de las estructuras destrozadas y las explosiones consumieron una veintena de pelotones que disparaban cerca de allí. A Scipio se le cayó el corazón a los pies cuando vio docenas de otros pelotones preparando morteros de gran calibre. Detrás de ellos, media docena de tanques estaban tomando posiciones en el borde de la plaza.

—¡Por la sangre del Emperador! —exclamó al comprender por qué los astartes traidores habían abandonado sus intentos de subir a la torre. Los morteros atronaron con sus toses metálicas y Scipio oyó el silbido de los proyectiles.

—¡Al suelo! —gritó Scipio.

Rodó y se apretó contra la cara interior del parapeto cuando una lluvia de granadas cayó sobre ellos. La primera andanada pasó de largo. Los estremecedores impactos lanzaron por los aires cuerpos y adoquines, y la torre se sacudió.

Sin embargo, dos proyectiles dieron de lleno en la torre, y Scipio se vio elevado en el aire por la fuerza de los impactos. Dejó de ver cuando su casco se partió al golpear contra el muro, y unos trozos de cristal blindado se le clavaron en la cara. La metralla hundía el aire. Scipio gruñó cuando un fragmento de metal al rojo de un palmo le cayó en el brazo, por encima del codo. Se lo quitó a la vez que explotaba otro proyectil que envió un abanico de esferas metálicas hacia abajo.

Laenus chilló cuando le perforaron la armadura y cayó de su asiento. Se arrastró a gatas hasta el parapeto, dejando un rastro de sangre brillante detrás de él. Nivian y Coltanis también gritaron cuando sus armaduras se agujerearon bajo una tormenta de metralla.

La armadura de Scipio tenía varias brechas y sintió que la piel le quemaba por culpa de algunos fragmentos humeantes. Se arrancó el casco destrozado y lo tiró a un lado. El humo acre envolvía la torre, el aire apestaba a propelente quemado. La sangre manchaba la piedra pintada de los muros y Scipio tosió y escupió saliva manchada de rojo.

Otro proyectil impactó en el tejado y cayó hacia las entrañas de la torre. Una columna de fuego y humo se proyectó hacia el cielo tras la detonación. Llovieron piedras y la estructura se quejó de forma alarmante cuando otro proyectil impactó en la segunda torre. Uno tras otro siguieron impactando los proyectiles de los morteros, la mayoría explotando en el interior, pero algunos detonando por encima y desperdigando sus trozos. Proyectiles incendiarios en el tejado y Scipio tuvo que meterse bajo un bloque caído de piedra resquebrajada cuando la bola de fuego se precipitó sobre él.

Scipio perdió de vista a sus hombres y adivinó que estarían enterrados entre los escombros o vaporizados por la tormenta de explosiones. Rodó en busca de cobertura, sacando la espada cuando un rugido ensordecedor resonó por encima de su cabeza.

—Si voy a morir, que sea de pie —se dijo, y se apoyó en el bloque caído para incorporarse y blandir la espada en alto. Unas sofocantes nubes de humo oscurecieron el atardecer, pero un viento caliente creó una suerte de vacío entre la tierra y el cielo. En ese vacío, Scipio vio algo que podía haber salido directamente de las leyendas del Capítulo.

Eran cuatro naves Thunderhawks con el distintivo de la segunda compañía: Gladius, Spatha, Pilum y Xiphos.

Llegaron como ángeles vengadores mostrando el azul de los Ultramarines. Scipio Vorolanus pensó que nunca había visto algo mejor.

Era Sicarius.

A pesar del hecho de que se trataba de un templo dedicado a un héroe de los Ultramarines, Honsou estaba impresionado por el carácter monolítico de la tumba de Ventanus. Desde el exterior resultaba impresionante, pero quien lo diseñó (sin duda los Ultramarines dirían que había sido su primarca) sabía que el verdadero valor de un edificio estaba en la funcionalidad de su interior.

Aunque una parte de la fachada se había derrumbado, la enorme joya que constituía la bóveda seguía intacta y el techo no se había visto afectado. La planta de la tumba era circular, diseñada como un gran anfiteatro o salón de reuniones. Pero en vez de gradas o asientos, alrededor del espacio central había cientos de sarcófagos de piedra colocados en círculos concéntricos, cada uno de un miembro de algún capítulo de los Ultramarines del tiempo en que se organizaban como una legión. En el centro de la tumba, directamente bajo la cúpula de la bóveda, había un brillante sarcófago de mármol negro y milagrosamente sin una mota de polvo después de todos aquellos siglos de abandono.

El sarcófago no tenía ninguna ornamentación, aparte de la placa de plata que llevaba el nombre del guerrero allí enterrado. Y eso era lo que M’kar les habían enviado a destruir: la última morada del capitán Ventanus de los Ultramarines. M’kar no le había dado muchas explicaciones cuando le dio la orden a Honsou de que el templo debía reducirse a escombros. Sólo había especificado que tenía que asegurarse de que el cuerpo de Ventanus y todo su equipo de guerra quedaran totalmente consumidos.

—Me parece una lástima destruir este lugar —dijo el ingénito siguiendo la mirada de Honsou, que observaba a los Guerreros de Hierro mientras se desplegaban por toda la estructura. Los equipos de demolición estaban colocando los cables de enormes cantidades de explosivos en cadena que harían que la estructura se viniera abajo en una avalancha de fuego y cascotes.

Honsou se encogió de hombros.

—¿Y por qué te importa?

—No me importa. Sólo aprecio el esplendor arquitectónico de este lugar.

—¿Eres una autoridad en arquitectura?

—No, pero puedo reconocer un espacio armonioso cuando lo veo.

Honsou rió.

—Escúchate. Eres una criatura de la disformidad y un asesino, pero te estás lamentando por la destrucción de una estructura enemiga, ¿porque es bonita?

—Supongo que sí. ¿Es raro eso?

Honsou no respondió y volvió su atención hacia los equipos de demolición. Preparar el edificio para su destrucción estaba llevando más tiempo de lo que le hubiera gustado. El arquitecto, fuera Guilliman o no, conocía bien su oficio. Era una estructura tremendamente estable.

Pero no había mejores artistas de la demolición que los Guerreros de Hierro, y una cosa que Honsou sabía era que cualquier edificio se derrumba si lo llenas con los explosivos suficientes y bien colocados.

—¿No te preocupa que Uriel Ventris esté ahí fuera? —le preguntó el ingénito.

—¿Debería preocuparme? —preguntó Honsou—. Creo que los Bailarines de las Espadas y Grendel pueden manejar a ese heterogéneo grupo de héroes.

—¿Y si no pueden?

—Entonces te tengo a ti para protegerme —dijo Honsou.

El ingénito ladeó la cabeza y lo miró sorprendido.

—Creo que quieres que Grendel y los Bailarines de la Espada fracasen.

—Tal vez —admitió Honsou—. Me parece una lástima haber venido hasta aquí y no matar a Ventris con mis propias manos. Pero ¿por qué tanta preocupación? Creía que querías volver a ver al hombre que te originó...

—Y quiero —afirmó el ingénito.

—Entonces esperemos que los dos tengamos lo que queremos.

Vaanes los había llamado Bailarines de la Espada y ése era un nombre adecuado. Uriel casi creyó que los enemigos que salían de la tumba parecían un grupo de acróbatas. Pero eran diecisiete amenazas. De extremidades delgadas y sólo vestidos con placas sueltas y cuero, parecían una fuerza absurda para ser enviada a enfrentarse contra veintisiete astartes y una inquisidora de los sagrados ordos. De sexo indeterminado, cada uno de ellos empuñaba una espada brillante, mientras que su líder, una figura andrógina con una armadura plateada, llevaba espadas de oscuridad y de luz.

Un guerrero que llevaba una armadura con el color metálico y el amarillo rayado de los Guerreros de Hierro también iba hacia ellos. Se movía lentamente en comparación con el grupo de las espadas. Sus movimientos le resultaban familiares, pero Uriel vio inmediatamente que no se trataba de Honsou. No conocía a ese guerrero, no obstante, pretendía matarlo igualmente.

—¡Espadas de Calth, disparad a la derecha! —ordenó Uriel—. ¡Llameantes, a la izquierda!

Los bólter se elevaron a la vez cuando los Ultramarines avanzaron. Shaan dividió su escuadra de la Guardia del Cuervo y lideró un grupo, que se dirigió a la derecha, por encima de los bloques de piedra. Revys Kyre dirigió un segundo grupo hacia el exterior.

—¡Fuego! —gritó Uriel, y los bólter de los guerreros tronaron.

No derribaron ni a uno solo del grupo.

Fallaron todos los disparos y Uriel se quedó atónito. Los bailarines se movían como el mercurio, apartándose del camino de los proyectiles como si éstos fueran a cámara lenta. Otra andanada demostró ser igualmente ineficaz, pero la tercera abatió a dos de esos ágiles enemigos. Los disparos volvieron a resonar en las paredes de la caverna, pero al momento siguiente los bailarines estaban otra vez entre ellos.

Las espadas salieron disparadas como si fueran las lenguas de acero de una serpiente, acuchillando con la velocidad de un látigo y cortando las armaduras con una facilidad pasmosa. Dos de los guerreros de la escuadra de Pasanius cayeron con las cabezas separadas limpiamente de sus cuellos, y Uriel vio cómo Livius Hadrianus dejaba caer su rifle de fusión cuando una de esas hojas segadoras le cortó el hombro. Brutus Cyprian rugió y lanzó el puño a la cara del atacante de Hadrianus, giró sobre sus talones y le incrustó el codo en el pecho a otro bailarín, lanzándolo por el aire. Uriel esquivó un mandoble que tenía la intención de abrirle la yugular y paró desesperadamente una serie de estocadas y contragolpes, veloces como rayos. El Anciano Peleus plantó el estandarte para ponerse a disparar en dirección a la melé en constante movimiento. Sólo un tirador superlativo se atrevería a hacer disparos como ésos, pero cada uno de ellos acabó con uno de los Bailarines de las Espadas.

La inquisidora Suzaku se movía con agilidad en mitad del combate, tan elegante como cualquiera de sus enemigos. Luchaba con un bastón de marfil con vetas verdes en cuya punta chasqueaban arcos de energía psíquica. Con la excepción de sus guardaespaldas, el resto de su séquito se mantenía apartado de la batalla. Los acólitos, con Vaanes sujeto con los atrapahombres, mantenían una distancia prudencial. No querían tener a un traidor cerca de ninguna lucha desesperada por la supervivencia.

Selenus fue abriéndose camino para llegar hasta los guerreros caídos, matando a un bailarín con una ráfaga de bólter. Dos guerreros del pelotón de Pasanius lo acompañaban mientras él se aseguraba de recuperar la semilla genética de los guerreros muertos.

El único de los Espadas de Calth que podía hacer frente en igualdad de condiciones a esos atacantes era Petronius Nero. Hadrianus y Cyprian luchaban espalda contra espalda para repeler a los espadachines, pero Nero se desplazaba fácilmente entre sus filas y su espada se movía tan rápido como la de sus oponentes. Normalmente luchaba con cierta espectacularidad, pero ahora no había nada de eso; sólo los eficaces golpes asesinos de un espadachín consumado. En cuanto acababa con un enemigo, Nero pasaba al siguiente.

Uriel estaba maravillado con la habilidad del guerrero, porque él tenía que utilizar toda la suya para mantenerse con vida. Frenó una estocada que pretendía decapitarle y se lanzó contra el guerrero para tirarlo al suelo. No había ningún refinamiento en esa táctica, ni era un movimiento que le hubieran enseñado los maestros de esgrima de Macragge, pero funcionó. Le incrustó el casco en la cara a su oponente y le pulverizó las facciones bajo la máscara plateada. Se zafó de él mientras otro bailarín aterrizaba a su lado y le ponía una espada en el pecho.

Uriel rodó antes de que la punta pudiera penetrar más y golpeó la hoja con la palma de la mano, haciendo que se rompiera a la altura de la empuñadura. Soltó una patada que le partió la rótula al espadachín y le agarró de las tiras de cuero mientras caía, para después empujarlo hacia el suelo y golpearle la cabeza contra las rocas, hasta que oyó el crujido húmedo de un cráneo partiéndose.

Uriel se puso en pie rápidamente y observó que el guerrero de hierro había llegado por fin a donde se estaba desarrollando la batalla. Al principio Uriel pensó que llevaba una monstruosa máscara para asustar, pero después se dio cuenta de que la cara del hombre estaba terriblemente quemada y ennegrecida por el fuego. Llevaba un rifle de fusión y lo disparó con un jubiloso bramido de odio en dirección a la masa de guerreros que luchaban. Un rugido de aire hirviente resonó y dos de los guerreros de Pasanius cayeron con medio cuerpo abrasado y despidiendo un fétido vapor.

Pasanius rugió de odio y se abrió paso hacia el guerrero de hierro, apartando a los Bailarines de las Espadas de su camino con las manos desnudas en su furia por llegar hasta el asesino lleno de cicatrices. Uriel los perdió de vista cuando dos bailarines se lanzaron a por él. Una era la líder de la armadura plateada, una mujer con una belleza tan repulsiva que Uriel apenas podía mirarla. Sus espadas gemelas dibujaban un patrón resplandeciente de luz por encima de ella, y Uriel se dio cuenta en ese mismo momento de que no podría vencerla.

Aún estaba pensando en ello, cuando los guerreros de la Guardia del Cuervo atacaron.

Aunque no habían hecho ningún intento de ocultarse, Uriel se había olvidado de que estaban ahí, unas sombras mezclándose con la penumbra reinante. Las lanzas negras fueron atravesando los órganos vitales de un enemigo que no los esperaba. Atacaron desde el flanco y desde detrás, abriéndose camino con sus garras hasta los Bailarines de las Espadas con las resplandecientes hojas de sus guantes. Shaan se movía como un depredador, todo estocadas, cuchilladas y brillo de garras. Los guerreros iban cayendo a su alrededor, heridos de muerte o mutilados.

Revys Kyre luchaba con más refinamiento, dirigiendo las cuchilladas con una medida precisión, siempre consciente del espacio a su alrededor y del lugar adonde lo llevaría el siguiente paso. Los Bailarines de las Espadas fueron cayendo mientras la Guardia del Cuervo atravesaba sus filas y los Ultramarines se beneficiaban del repentino ataque por el flanco. En unos instantes, el impulso de sus gráciles atacantes quedó aniquilado y éstos tuvieron que pelear por sus vidas. No podía haber rendición; sólo la aniquilación acabaría con ese combate.

Uriel se lanzó hacia dos Bailarines de las Espadas que había delante de él, esperando que su repentino salto los sorprendiera. Pero ellos simplemente se apartaron a un lado y sus espadas rozaron su coraza y su hombro. La sangre empezó a salir de los cortes y Uriel sintió un dolor caliente en sus extremidades, como si las mismas hojas ardieran. Bloqueó una estocada que se dirigía a su vientre y giró las muñecas sobre la hoja, haciendo que la punta atravesara a un atacante entre los ojos.

—Tú eres el líder —le dijo la bailarina de las espadas que quedaba, volteando las hojas sobre su cabeza en lo que Uriel supuso que sería un ritual de desafío—. Uriel Ventris, ¿no?

—Ése soy yo —dijo levantando su espada—. ¿Y quién eres tú?

—Xiomagra, señora de los Bailarines de las Espadas —respondió ella—. Las espadas exigen un nombre antes de matar.

La Gladius descendió justo encima de las ruinas anibeladas de la torre, con sus propulsores rugiendo y sus armas creando un camino mortífero entre los Nacidos de la Sangre. La rampa de asalto bajó con un golpe seco y allí estaba: Sicarius. Regente de Talassar y paladín de Macragge. Su capa escarlata ondeaba a su alrededor por el aire caliente que provocaban los Thunderhawks al aterrizar y el dorado de su armadura brillaba como el sol de la mañana. Los Leones de Macragge lo siguieron en su descenso, sin dejar de disparar a los Nacidos de la Sangre que rodeaban la zona de aterrizaje.

Scipio salió del precario refugio que le proporcionaba el bloque de piedra y escaló sobre los restos y los escombros producidos por los impactos de artillería. Helicas estaba tendido boca abajo sobre su lanzamisiles, que tenía el tubo aplastado e inutilizado. Coltanis estaba a su lado y Nivian tirado sobre los restos del parapeto.

—¡Arriba! ¡Arriba! —les gritó—. Sicarius ha llegado.

Helicas fue el primero en levantarse, quitándose los restos de piedra y ayudando a Coltanis a ponerse en pie. Su especialista en armas recuperó su arma de plasma, comprobó sus mecanismos y luego apoyó a un Nivian maltrecho en el parapeto.

—No estoy muerto —dijo éste como si no pudiera creérselo sin pronunciar las palabras.

Scipio miró hacia el arma antiaérea, su armazón destrozado y ennegrecido por el impacto de un proyectil. Por mucho que estuviera deseando ir a buscar a Laenus y Bradua entre las ruinas, era imposible que hubieran sobrevivido.

Spatha, Pilum y Xiphos rugieron al aterrizar junto a Gladius y el corazón de Scipio se llenó de orgullo cuando los guerreros de la Segunda Compañía cargaron. Cerca de cien guerreros de los Adeptus Astartes, una fuerza que no tenía igual en la galaxia, masacró a la masa de Nacidos de la Sangre en una carnicería gloriosa.

—Vamos —gritó Scipio—. ¡Es nuestro momento! ¡Hemos ganado esta batalla!

Rodeado por lo que quedaba de su pelotón, Scipio bajó corriendo de la torre que tanto habían luchado por mantener. Los escalones estaban cubiertos de cuerpos rotos y las paredes chorreaban sangre. No encontraron resistencia durante el descenso y emergieron del umbral destrozado para contemplar una matanza espectacular.

La Segunda Compañía avanzaba en cuña hacia las asombradas tropas de Nacidos de la Sangre. Al ver tantos astartes, el enemigo había vacilado un poco, pero se estaban reagrupando más rápido de lo que Scipio hubiera creído si no lo hubiera visto con sus propios ojos.

—¡Relámpagos, adelante! —gritó, no queriendo perderse la batalla.

La Segunda Compañía no había luchado así desde Damnos, y combates como aquél eran los que alimentaban la leyenda del capítulo. Perderse una batalla como ésa sería un peso que un guerrero llevaría durante el resto de su vida.

Dos rugientes cañones de asalto anunciaron la presencia de los hermanos Agnathio y Ultracius, los dos dreadnoughts que acababan de salir del vientre de la Pilum y que habían formado un segundo frente con los devastadores de Tirian y Atavian detrás.

La punta de la lanza era Sicarius, el guerrero magnífico que acuchillaba enemigos por docenas con su espada, Tempestad. El pelotón de asalto de Ixion formaba en su flanco derecho y Strabo en el izquierdo. Todos juntos formaban una punta de flecha letal rodeada de hojas que se abrían paso a cuchilladas entre los Nacidos de la Sangre hacia el palacio. Los proyectiles de mortero caían en medio del asalto, pero no estaban bien dirigidos y sólo derribaron a un puñado de guerreros. Todos excepto uno pudieron volver a la batalla y la cuña penetró aún más.

Las fuerzas de la Reina Corsaria se reagruparon a su alrededor, una masa de soldados que formaban en líneas apretadas con las armas levantadas disciplinadamente. A pesar de lo sorprendente y feroz del asalto, las fuerzas de Kaarja Salombar estaban listas para enfrentarse a él.

Scipio vio que el aerodeslizador blindado de la reina disparaba a uno de los cañones láser de Tirian, pero una onda de energía pulsátil disipó su poder lo bastante para que el impacto no causara daños. El aerodeslizador huyó para ponerse a cubierto, pero no sin antes soltar una andanada de disparos de gran potencia con su cañón de proa. Una docena de marines espaciales cayeron y ninguno de ellos pudo volver a levantarse.

Scipio y su pelotón alcanzaron la Spatha y su cara se iluminó al ver a Iulius Fennion formando con los Inmortales. Marchaban por la rampa de asalto con los bólter preparados. Scipio llamó a Iulius, que se volvió a oír su nombre.

—¡Scipio! —dijo Iulius—. ¡Maldita sea, nos has dejado a todos impresionados con esto!

—Si quieres que un trabajo se haga bien, encárgaselo a los Relámpagos.

—Y después llama a los Inmortales para que lo terminen —rió Iulius.

—¿Dónde está Manorian?

—¿Praxor? Al otro lado de la torre —le dijo Iulius—. Evitando que el resto de estos cabrones no nos dejen matar a esa bruja.

—¿Un pelotón contra toda un ciudad?

Iulius se encogió de hombros.

—Lo sé, es Ghospora otra vez. Casi me parece injusto para nuestros enemigos. Pero basta de hablar de Manorian, el capitán Sicarius te pide que te unas a él. Dice que tiene que matar a una reina y que te quiere a su lado cuando reclame su cabeza.

Xiomagra se lanzó hacia Uriel como una exhalación, y sus espadas gemelas soltaron una estocada tras estocada. Uriel las bloqueó y se defendió con desesperación, sabiendo que lo superaba. Dos veces intentó contraatacar, pero ella cada vez rechazó su ataque con desdén y le clavó una de las hojas en la carne. Uriel sangraba por una docena de heridas, pero la bailarina de las espadas no tenía ni una. Intercambiaron estocadas durante un rato; ninguna de las de Uriel la alcanzaba y las de ellas siempre lo herían. Estaba jugando con él, saboreando su muerte lenta y disfrutando de su creciente desesperación.

La furia llenó a Uriel y dirigió su hoja hacia el corazón de Xiomagra.

Era el movimiento que la mujer había estado esperando; se echó a un lado, arrancándole la espada de la mano con un giro de su hoja plateada. Uriel se giró a tiempo para ver su espada describiendo un arco en dirección a su cuello, y supo que el juego se había acabado.

Un sable curvado que despedía chispas de energía apareció delante de él para interceptar la hoja con una tormenta de chispas azules.

—Yo me ocupo, capitán —dijo Petronius Nero girando su hoja y cortando una de las hombreras de Xiomagra. Uriel vio cómo la señora de los Bailarines estudiaba a su campeón y que sus ojos se abrían de par en par por la sorpresa.

—Soy Petronius Nero —dijo el guerrero—. Has intentado matar a mi capitán. Prepárate a morir.

Nero y Xiomagra se dedicaron el uno al otro una brillante demostración de estocadas, cada uno un maestro en su propio arte. Xiomagra luchaba con sus hojas gemelas, que parecían extensiones fluidas de sus extremidades, mientras que Petronius Nero manejaba su espada y su escudo en perfecta armonía. Intercambiaron a toda velocidad una serie de estocadas demasiado rápidas para seguirlas, y después se separaron de nuevo. Era imposible ver quién llevaba ventaja, pero el combate acabó tan rápido como había empezado. Nero, calmado y frío ante las florituras de Xiomagra, soltó un mandoble y le cortó la garganta con la punta de la espada.

La sangre salió en un chorro mientras Nero mostraba la hoja en un breve saludo ante su enemiga. Xiomagra cayó con las manos en la garganta, intentando en vano detener el flujo de sangre que se le escapaba. Nero se apartó y volvió a la batalla sin molestarse siquiera en presenciar los últimos momentos de Xiomagra.

Antes de que Uriel pudiera ir tras su paladín, un borrón de hierro amarillo lo derribó. Una pesada figura con armadura lo tiró al suelo y un puño impactó en su casco. La cabeza de Uriel golpeó contra las rocas y la visión de un ojo se le emborronó momentáneamente.

Levantó el brazo para protegerse del siguiente golpe y miró la cara llena de cicatrices del guerrero de hierro que estaba de rodillas sobre él. El rifle de fusión del guerrero había desaparecido y ahora amenazaba a Uriel con sus puños de nudillos erizados de púas. Un tremendo derechazo aplastó la parte delantera del casco de Uriel y después le clavó las púas, astillándole la lente. Con otra púa afilada cortó los cierres que sujetaban el casco al cuello de Uriel. El guerrero se lo arrancó para mirarlo a los ojos.

—He oído de todo sobre ti, Ventris, pero no eres para tanto —le escupió sin detener la sucesión de puñetazos. La sangre empezó a correr por las mejillas y los labios de Uriel mientras intentaba bloquear los golpes. Una de sus manos encontró la hoja de combate que llevaba en la cadera y rodeó su mango.

—¡Grendel! —gritó una voz, y el guerrero levantó la vista con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

Uriel se aprovechó de la distracción para sacar la hoja de combate de la funda y clavársela en la unión entre el muslo y la pantorrilla, mientras una silueta que se movía con rapidez golpeó al guerrero en la cara llena de horribles cicatrices.

El guerrero que su salvador había llamado Grendel cayó hacia atrás y Uriel se zafó de su cuerpo. Con una velocidad impresionante Grendel rodó para ponerse de pie y bloqueó una cuchillada con el codo. Acto seguido, se agachó para darle un puñetazo a su agresor en el vientre. Uriel se puso en pie cuando el guerrero dirigía un gancho cruzado de derecha hacia la mandíbula de su atacante.

Ardaric Vaanes encajó el puñetazo y se giró delante de Grendel. Rodeó el cuello de su oponente con el brazo y se lo retorció. Pero la armadura y los poderosos músculos del cuello de Grendel eran demasiado fuertes y consiguió quitarse a Vaanes de encima con facilidad.

Uriel se quedó mirando con la boca abierta al renegado de la Guardia del Cuervo que esquivaba como podía los golpes brutales de las manos de Grendel. Cualquiera de esos golpes podría romper una extremidad, incluso a un astartes duro como el hierro. El collar de pinchos que llevaba Vaanes había desaparecido, pero había dejado una sangrienta línea de pinchazos en su garganta, la sangre seca le cubría el cuello y empapaba los hombros de su uniforme de prisionero. Los dos acólitos de Suzaku estaban en el suelo, inconscientes, detrás de él, y Uriel se maldijo sabiendo que no debería haber creído que un astartes podía ser custodiado por dos soldaditos de hojalata como aquéllos.

Grendel consiguió darle un golpe a Ardaric Vaanes y lo tiró de rodillas. Uriel oyó el crujido como de madera seca del hueso y vio que Vaanes hacía una mueca de dolor cuando se le rompieron las costillas.

—Siempre he querido matarte, Vaanes —gruñó Grendel.

—El sentimiento es mutuo —contestó Vaanes.

Aunque tenía delante a dos guerreros enemigos, Uriel supo que sólo había una forma de intervenir en esa pelea. Echó a correr y se tiró sobre Grendel, clavándole un codo en un lado de la cabeza. Grendel se tambaleó, pero logró girarse e impactar con su puño en la mandíbula de Uriel. Éste intentó absorber el impacto, pero era enorme, como si lo hubieran golpeado con un martillo de asedio. Consiguió esquivar el gancho siguiente y se apartó hacia la izquierda mientras Vaanes se situaba a la derecha.

Se lanzaron sobre él a la vez, Uriel con una sucesión de golpes dirigidos al vientre de Grendel y Vaanes atacando desde arriba. Grendel logró agarrarle el brazo a Uriel y se lo retorció, haciendo que cayera de rodillas. Sin perder ni un segundo lo golpeó en la cara con el muslo. Uriel se tambaleó, pero encontró el mango de la hoja de combate que le había clavado antes. La liberó y salió un chorro de sangre a la vez que Grendel bloqueaba una patada de Vaanes, le retorcía la pierna y lo giraba en el aire para tumbarlo de espaldas. Pero Vaanes aterrizó apoyándose en los talones de los pies y gruñó cuando los extremos astillados de sus costillas rozaron unos con otros.

Grendel se rió.

—Siempre supe que ibas a traer problemas. Ya es suficientemente malo tener que luchar con un cabrón mestizo, pero ¿con un renegado? Eres un astartes demasiado estúpido para saber por quién quieres luchar.

—Yo sé por quién quiero luchar —le respondió Vaanes saltando en el aire y lanzando el puño hacia la garganta de Grendel.

El guerrero de hierro se apartó, pero Uriel observó asombrado cómo el cuerpo de Vaanes pareció combarse alrededor de Grendel mientras dirigía el puño hacia la sien del guerrero de hierro. Cada gramo del odio y el autodesprecio de Vaanes estaba acumulado en ese golpe, y Uriel pudo ver cómo el cráneo de Grendel se hacía pedazos y la sangre salía de su boca y su nariz cuando su cabeza se vio proyectada hacia un lado con un crujido letal.

El guerrero de hierro se derrumbó con un sonoro golpe metálico contra la piedra. Vaanes cayó sobre el cuerpo, sin aliento y con su cara gris bañada en sudor. Uriel recuperó su bólter y apuntó a Ardaric Vaanes.

—¿Por qué? —le preguntó Uriel.

Vaanes levantó la vista, con la cara torturada y desprovista de su máscara de arrogancia.

—No se puede luchar contra lo que uno es —susurró Vaanes, y Uriel supo que no había dicho esas palabras en respuesta a su pregunta.

—Lo que te preguntó Grendel... —prosiguió Uriel—. No le respondiste... ¿Para quién luchas?

Vaanes sonrió débilmente.

—No para Honsou.

—Eso no es suficiente —dijo Uriel cuando el campo de batalla se fue quedando en silencio.

—¿No? Bien. Lucho por mí mismo —contestó Vaanes—. Supongo que por eso no era un buen astartes. Nunca la sentí de verdad, ¿sabes? Esa hermandad que hace falta para ser parte de algo más grande que tú mismo. Incluso rodeado por mis hermanos de batalla me sentía solo.

—¿Qué te ocurrió, Vaanes? Podías haber sido uno de los grandes.

—No te lo voy a decir nunca —aseguró—. Así hacemos las cosas en la Guardia del Cuervo.

—Tú no sabes nada de la Guardia del Cuervo —le escupió Aethon Shaan, apareciendo al lado de Uriel. Los seis guerreros de Shaan que habían sobrevivido rodearon a Vaanes como aves carroñeras alrededor de un cadáver reciente.

—Mátame —le pidió Vaanes—. Es lo que prometiste.

Una estruendosa detonación llegó desde el interior de la tumba del capitán Ventanus y una nube de humo salió por la fachada derrumbada. El ruido resonó en toda la caverna, y Uriel se volvió para mirar a Vaanes.

—No —le dijo—. Esto no se ha acabado todavía.