
En un Imperio compuesto por millones de planetas, ¿qué importancia tiene la pérdida de un mundo? Los dominios del Emperador se extienden hasta los rincones más lejanos de cada brazo de la espiral de la galaxia, y sus innumerables ejércitos mantienen su señorío sobre ellos mediante el poder del valor y de la devoción. Llegar a conocerlos a todos es una tarea imposible, pero a los miles de millones de escribas enfrascados en la penumbra polvorienta iluminada por velas de la Aexactoria Imperial no les importa la futilidad de su tarea. Los registros con cientos de años de antigüedad se actualizan a medida que los retazos de información se introducen con cuentagotas en esa maquinaria ciega pero, a pesar de todo ello, en el interior de los sepulcros sombríos que son las casas de cuentas del Emperador, algunos mundos brillan con más fuerza que otros.
Armageddon, el mundo llamado así por el fin de los tiempos; Fenris, el hogar de los salvajes Lobos Espaciales; Cadia, el planeta fortaleza situado en la entrada del Ocularis Terribus; Catachán, mundo letal y hogar de los luchadores infernales.
Incluso ante unos nombres tan famosos, existen planetas cuyo legado supera incluso los logros de unos mundos tan heroicos. A esos planetas se los conoce y se los respeta a lo largo y ancho de todo el Imperio, tanto entre los nobles de los gremios patricios de Terra como entre los pandilleros de las zonas inferiores de Necromunda.
Son los mundos de Ultramar, los faros gloriosos que llevan la luz de la civilización a los rincones más lejanos del Imperio. Allá donde el brillo del Emperador reluce con menos potencia en la oscuridad, los mundos de Ultramar la fortalecen. Allá donde las fronteras de los dominios del Emperador son débiles, las refuerzan.
Talassar, azotado por las tormentas; la troika reseca de Quintarn, Tarentus y Masali; el abrupto Espandor y el relajante jardín del propio Ultramar. La superficie arrasada de Calth oculta un entramado subterráneo increíble de cavernas tan luminosas y aireadas como cualquier paisaje abierto al cielo.
Los diferentes sistemas y planetas brillan en la oscuridad del espacio, pero todos están engarzados con la joya reluciente situada en el centro de Ultramar, el orbe verde y azulado al que todos los demás deben lealtad. Es el único de los planetas del Imperio que tiene bajo su dominio a otros, ya que su señor es el gobernante de un imperio estelar propio. Ningún otro mundo imperial puede reclamar un poder semejante, y sólo debido a un acuerdo secreto antiguo, desconocido incluso para el propio Emperador, es posible que exista una entidad tan singular.
El planeta se llama Macragge, la gema situada en la oscuridad que es la soberana de todas las demás.
Sus océanos centelleantes son tan claros como el cristal y rebosan llenos de vida, aunque la mayor parte de la superficie del planeta está cubierta por gigantescas montañas quebradas de piedra clara que arañan el cielo. Estas cumbres son tan inhóspitas que ni siquiera los habitantes de Macragge, a pesar de lo resistentes que son, pueden vivir en ellas. En vez de eso, se apiñan en las llanuras fértiles que rodean al valle de Laponis y el enorme baluarte de los señores del planeta.
La Fortaleza de Hera se construyó en las montañas más altas, a partir de las siete cimas más elevadas, que fueron allanadas y alteradas para albergar el hogar de la legión más importante del Emperador, la de los Ultramarines. Incluso entre guerreros como los miembros del Adeptus Astartes, los nombres de los héroes ultramarines son sinónimos de coraje y honor: el Anciano Galatan, que portó los colores del Capítulo en la Brecha de Corinto; el capitán Ventanus, de la desaparecida Sexta Compañía, que conservó a Calth en manos imperiales frente a las fuerzas de los architraidores guerreros de los Portadores de la Palabra; Invictus, de la Primera Compañía, que marchó al combate a sabiendas de que moriría en la defensa de su planeta natal, al que asediaba una horda del Gran Devorador.
El primarca Roboute Guilliman organizó los dominios de Ultramar en siglos pasados, y sus guerreros defienden las fronteras del Imperio contra todos sus enemigos, derrotándolos con bólter y espada para conservar lo que su padre genético creó a partir de la oscuridad.
En un Imperio compuesto por millones de planetas, ¿qué importancia tiene la pérdida de un mundo?
Eso depende de cuál sea ese mundo.
Los mundos de Ultramar son prósperos y autosuficientes, todo lo alejados que se pueda imaginar uno de esos infiernos industriales que son tan comunes por todo el Imperio. Sus habitantes son individuos de cuerpos armoniosos, bien alimentados y satisfechos. Todos los miembros de la sociedad se educan en un entorno guerrero, por lo que no se admite a aquellos que no son capaces de cumplir con sus deberes. Aunque cada planeta es muy distinto, todos comparten cierto rasgo con Macragge: la determinación inquebrantable de ser un contribuyente valioso y trabajador para el bien de la humanidad.
En el corazón de Macragge, en el santuario más impresionante jamás construido, se encuentra el cuerpo de Roboute Guilliman. Sus restos mortales yacen inmóviles en un campo de estasis que al mismo tiempo le conserva la vida y le impiden seguir vivo. De la herida fatal causada por un hermano traidor todavía cuelgan suspendidas varias gotas de sangre, semejantes a rubíes centelleantes, y los ojos que antaño vieron al Emperador caminar entre los suyos están inmóviles y sin expresión alguna. Ciertos objetos admirables inspiran devoción, y desde que el cuerpo del primarca fue colocado en el Templo de la Corrección, miles y miles de peregrinos han acudido a postrarse ante él para honrar su recuerdo. Sin Guilliman, no habría existido Ultramar. Sin Guilliman, no existiría el Imperio.
Semejante deuda de gratitud nunca podrá pagarse por completo, por lo que decenas de miles de personas recorren la Senda de Peregrinaje de Roboute Guilliman, donde siguen sus pasos y respiran el aire de los planetas que salvó. Un millar de millares de capillas y santuarios salpican las rutas que cruzan Ultramar, y los peregrinos acuden desde todos los rincones de la galaxia para mostrar su devoción hacia el guerrero legendario que se enfrentó a la creciente oscuridad cuando la luz del Emperador disminuyó por culpa del Gran Traidor.
Cientos de naves fletadas para la ocasión viajan todos los días por las rutas que unen los mundos de Ultramar y llevan a miles de devotos para que puedan rezar a los pies del primarca. Encontrarse en presencia de uno de los hijos del Emperador es un honor que muy pocos pueden alcanzar en su vida, por lo que muchos de los peregrinos gastan hasta su último crédito simplemente para llegar a aquel lugar. Muchos no se marchan, y mueren en Macragge tras haber cumplido su sueño de quedar bañados por la luz dorada que llena ese glorioso sepulcro.
Todos los mundos de Ultramar poseen sus propias leyendas, santuarios y razones para que los peregrinos desciendan a su superficie. Tallasa tiene las ruinas majestuosas de Castra Tanagra; Calth posee las maravillosas cuevas y los viejos campos de batalla de los tiempos de la Gran Traición.
La superficie reseca y azotada por tormentas ardientes de Tarentus no era diferente en ese sentido, pero la inmensa fortaleza orbital que entró en su órbita no había llegado para rendir tributo al primarca.
Nada ocurría en Tarentus. Esa verdad universal se había mantenido inmutable durante los seis años que habían transcurrido desde que Rufus Quintus fue nombrado prefecto de Tarentus, lo mismo que los sesenta anteriores a ese nombramiento; pero si la llamada urgente que había recibido del centro de mando orbital era la mitad de grave de lo que Nkiru había sugerido, era muy posible que los años de paz se hubieran acabado.
Quintus llevaba puesta una túnica de color azul oscuro sobre su cuerpo voluminoso y alterado genéticamente, y sobre ella tenía prendida la insignia de plata y oro de su cargo de prefecto. La túnica era amplia y estaba confeccionada a su medida de un modo elegante, pero no podía ocultar su fornida constitución de astartes, ni el modo en el que cojeaba al andar. Su porte era el de un guerrero, aunque su actitud mostraba cierta relajación que sugería que habían pasado muchos años desde la última vez que se había enfrentado a los enemigos del Emperador con un bólter.
—¿Se sabe algo más sobre lo que ha alarmado tanto al magíster Unathi? —preguntó Quintus.
—No, mi señor —le respondió Nkiru tras consultar de nuevo la placa de datos que siempre llevaba con él—. No determinó la naturaleza de la alarma, pero por su tono de voz, sospecho que se trata de algo grave.
—¿De su tono de voz? Unathi no tiene un tono de voz, ¿verdad?
—Esta vez sí, mi señor. Eso es lo que me hace pensar que se trata de algo serio.
Quintus soltó un exabrupto en voz baja. No era propio de Unathi provocar falsas alarmas, pero era muy lacónico a la hora de dar detalles sobre la naturaleza de los avisos. La concisión era un rasgo que Quintus admiraba, pero en este caso, la alerta de Unathi podría significar cualquier cosa, desde la aparición de un pecio espacial hasta la simple llegada inesperada de una lluvia de escombros estelares.
Se detuvo un momento y se asomó por la balaustrada del claustro.
La ciudad de Axum se extendía a su alrededor. Era una maravilla arquitectónica de precisión geométrica, llena de edificios coloridos y formas agradables a la vista. La había planificado el propio Roboute Guilliman, y se encontraba en la confluencia de tres ríos caudalosos, rodeada por millones de hectáreas de tierra cultivable. Muy por encima de él se alzaba la cúpula principal, que cubría toda la ciudad y llegaba cientos de kilómetros más allá, y que protegía la zona agrícola que rodeaba a la ciudad del clima árido y la tierra reseca que absorbían toda la humedad de la superficie del planeta.
Era un lugar muy agradable, con una población tan hermosa y trabajadora como la de cualquier otro planeta de Ultramar, pero seis años eran muchos para pasarlos en compañía de granjeros y ciudadanos comunes. Quintus alzó la mirada hacia la cúpula centelleante, hacia el cielo ocre del anochecer, en busca de cualquier señal que le indicara qué había provocado aquella alarma. No vio nada, pero tampoco esperaba verlo.
La cúpula era tan enorme que poseía su propio microclima. Un céfiro cálido llegaba en esos precisos momentos. Era un viento que había quedado suavizado por el paso sobre los amplios campos de cultivo de grano. Dejó que la sutil combinación de sabores se entremezclara en la glándula sensorial que tenía implantada en la parte posterior de la garganta.
—Comunícale a los comisionados de la irrigación que el suelo de la franja oriental es un poco ácido —dijo Quintus—. Los aditivos químicos que han empleado son demasiado fuertes. Harán que disminuya la cosecha.
—De inmediato, mi señor —le contestó Nkiru al tiempo que sacaba un estilo de la placa de datos y anotaba la orden.
Quintus meneó la cabeza con una sonrisa a medias en los labios.
—¿He dicho algo divertido, mi señor? —le preguntó su asistente.
—No, Nkiru. Solo pensaba en lo extraño que me resulta ocuparme de la acidez de la tierra cultivable en vez de preocuparme por la disposición de las líneas enemigas o de recitar las letanías de combate antes de asegurarme con los arneses de una cápsula de desembarco.
—Todos servimos al Emperador, pero de maneras distintas —se apresuró a contestarle Nkiru.
Rufus Quintus sirvió como sargento de combate de la compañía de veteranos del capitán Agemman durante más de un siglo. Había luchado junto a sus hermanos de batalla hasta aquel fatídico momento en Ichar IV, cuando una mina espora tiránida había estallado en mitad de su escuadra. Los corrosivos ácidos biológicos le habían derretido la armadura y le habían devorado las piernas mientras el veneno que transportaban le quemaba la superficie de los pulmones con cada respiración jadeante.
Que hubiera sobrevivido era todo un milagro, pero lo había conseguido, y aunque su servicio como guerrero de primera línea de combate se había acabado, todavía podría serle de utilidad a su Capítulo. Estaba demasiado indemne para que lo metieran en el sarcófago blindado de un dreadnought, pero demasiado dañado para seguir sirviendo como guerrero, Quintus fue recuperado para el Capítulo todo lo que pudieron lograr los tecnomarines y los apotecarios del mismo. Las piernas y los pulmones fueron reemplazados por implantes biónicos, y su largos años de dedicación al Capítulo fueron recompensados con el cargo de praefectus orae Tarentus.
Tarentus era uno de los tres planetas que orbitaban alrededor de un centro de gravedad común, un mundo agrícola que formaba parte del granero de Ultramar. Tarentus producía billones de toneladas de comida, y sólo mediante una agricultura a escala planetaria como aquélla podían desarrollarse otros mundos del Imperio.
A Quintus no le satisfacía que su prefectura fuese un engranaje vital en la maquinaria del Imperio, ya que lo que él deseaba era servir en combate a su Capítulo. Las mentes más brillantes del Imperio habían desarrollado la ciencia que lo había elevado por encima de los límites humanos, pero ya no podía cumplir el fin para el que había sido creado.
A pesar de todo ello, seguía siendo un guerrero ultramarine, un individuo con el que se podía contar para que cumpliera su deber y gobernara con una mente meticulosa.
—Vamos, Nkiru. Veamos cómo va a explicarnos el magíster Unathi el motivo de toda esta alarma.
El interior del centro de mando orbital era seco y desagradable, con el ambiente cargado por los olores empalagosos que surgían de las capillas mecánicas situadas en diversos huecos de las paredes y dedicadas al Dios Máquina. Una batería de artefactos que no dejaban de emitir zumbidos ocupaba por completo una de las paredes, y había una fila de servidores conectados directamente a cada uno de aquellos aparatos. Un trono de mando algo desgastado se alzaba en una de las esquinas de la estancia, y también estaba conectado con toda la pared de aparatos mediante un grueso manojo de cables. Desde allí, el magíster Unathi del Adeptus Mechanicum vigilaba Axum y Tarentus.
Unathi estaba al mando de las defensas orbitales del planeta, que consistían en una serie de estaciones de misiles geoestacionarias, varias baterías de cañones y una pequeña flota de cañoneras de defensa. Cada una de ellas realizaba rastreos elípticos alrededor de los tres planetas, pero no se veía a ninguna de ellas en despliegue orbital del pictógrafo principal. En vez de eso, lo que se veía era la imagen borrosa de lo que parecía ser una fortaleza cubierta de pinchos y de torreones de aspecto horrible en mitad de la holografía de color verde mar. Quintus no conocía la existencia de ninguna fortificación semejante en Tarentus, y se preguntó por qué aquella estructura repugnante aparecía en el pictógrafo principal de su centro de mando.
La puerta de seguridad interior se cerró a su espalda.
—Muy bien, magíster Unathi, ¿qué os ha inquietado?
—Eso —repuso Unathi señalando con un serpenteante mecadendrito alargado la imagen de la fortaleza.
Quintus volvió a mirar la imagen del pictógrafo, y al hacerlo, notó cierta familiaridad en sus líneas y en sus torres almenadas. Aunque le pareció inquietante, no pudo evitar reconocer en parte el perfil de algo que antaño había sido magnífico y honorable, y que en ese momento estaba enterrado bajo varias capas de adornos infernales.
—Por la sangre del Emperador... —musitó—. ¿Es lo que creo que es?
Quintus llevaba mucho tiempo ansiando algo, cualquier cosa, que le recordara lo que significaba ser un guerrero de los Ultramarines, pero aquello era más de lo que hubiera querido. Le vino a la mente una frase que se había convertido en el lema particular del sargento Patrobus, de la Quinta Compañía. Era una frase que Quintus no había terminado de entender nunca, hasta ese momento.
«Ten cuidado con lo que deseas.»
—¿Mi señor? —dijo Nkiru al ver que el rostro del marine se quedaba blanco.
—¿Es lo que creo que es? —repitió Quintus, temeroso de la respuesta.
—Aclaración. ¿Qué creéis que es? —le contestó Unathi.
Quintus recordó que todos los miembros del sacerdocio marciano tendían a ser muy literales.
—¿Eso es la Indomable?
—Afirmativo —le confirmó Unathi.
Quintus recorrió las murallas de la ciudad con Nkiru a su lado. Su cuestor tenía que caminar al trote para poder mantenerse a su lado al tiempo que esquivaba los preparativos apresurados que habían transformado Axum de un populoso centro de comercio industrial en un bastión defensivo. Miles de hombres y de mujeres defendían las murallas, y todo el personal llevaba una chaqueta de uniforme de color azul con las tres hojas de maíz entrelazadas, el emblema de Tarentus. Las fuerzas auxiliares de defensa de la ciudad habían respondido con una celeridad increíble, y la milicia ciudadana había acudido a la llamada a las armas con celeridad y decisión.
Eso era lo habitual en los mundos gobernados por los Ultramarines.
Quintus llevaba su armadura de combate, con placas de un azul reluciente. El marfil de los rebordes de las hombreras y el dorado del águila engastada en la placa pectoral brillaban bajo la luz del sol, y aunque sus piernas eran del color apagado del hierro, no por ello dejaba de ser una visión impresionante. Tenía el bólter sujeto al muslo, y en la espalda una espada de empuñadura de ebonita, casi oculta bajo la capa de color crema con rebordes de dibujos geométricos.
Ya habían avisado a las demás ciudades de Tarentus y se había enviado un mensaje astropático de alerta a Macragge. Quintus se detuvo junto a un balvare que sobresalía de la muralla para observar cómo los artilleros elevaban hacia el cielo el cañón de la torreta defensiva. A través de ese mismo cielo caía una multitud de chispas de luz en un espectáculo semejante a una lluvia de meteoritos dispuesta a cubrir las montañas del norte. Quintus habría disfrutado de aquel espectáculo cualquier otro día, pero aquello no era una lluvia de meteoritos.
Todas las defensas orbitales habían quedado destruidas, completamente arrasadas por la increíble potencia de fuego de la Indomable. Lo que caía por el cielo eran los restos destrozados de esas defensas, que se precipitaban contra la superficie del planeta envueltos en llamas. Las naves de defensa que quedaban ya estaban camino del planeta, pero Quintus no esperaba que supusieran ninguna diferencia en la batalla que estaba a punto de comenzar. Las dos naves que orbitaban de forma permanente alrededor de Tarentus habían sido perseguidas y cazadas por el enjambre de naves que acompañaban a la gigantesca fortaleza espacial.
Quintus sabía sin duda alguna que, tras la destrucción de las defensas planetarias, llegaría el asalto. Sin embargo, fueran quienes fuesen los atacantes, descubrirían que todas las ciudades de Ultramar tenían garras y dientes con los que sabían defenderse.
Les hizo un gesto de asentimiento a los artilleros y alzó la vista para mirar más allá de la superficie titilante de la cúpula que los cubría.
—¿Nos protegerá? —le preguntó Nkiru, quien había seguido la dirección de su mirada.
—La cúpula es resistente, y está protegida por varias capas de vacío, pero me temo que frente a las armas de una fortaleza estelar de la clase Ramilies quedará destruida en pocos instantes.
—Entonces, ¿estamos condenados?
—Si en lo único que piensan nuestros enemigos es en destruirnos, entonces sí, porque tenemos muy pocas posibilidades de sobrevivir a un bombardeo.
—Pero entonces, ¿por qué hemos ordenado que todos ocupen sus puestos de combate? —quiso saber Nkiru, y Quintus se enorgulleció de la falta de miedo que notó en la voz de su cuestor.
—Porque nos encontramos en presencia del enemigo, y es lo que nos indica que debemos hacer el Codex Astartes.
—Por supuesto —replicó Nkiru.
—Pero, aparte de eso —añadió Quintus—, la fortaleza estelar que está sobre nuestras cabezas es la Indomable, que se dio por perdida con toda su tripulación hace seis meses. Ha permanecido en los escondites más recónditos del espacio de Ultramar desde que lord Calgar derrotó a uno de los señores infernales de los Poderes Siniestros. Si ha regresado, sin duda los que están al mando querrán humillarnos y no se conformarán con una simple destrucción absoluta desde la órbita.
—¿Sabéis quién está al mando?
—No estoy seguro —admitió Quintus mientras se llevaba una mano al águila que llevaba engastada en la placa pectoral—. Sin embargo, después de ver la corrupción que se ha apoderado de la Indomable, me temo lo peor.
El planeta que se veía en la pantalla era un orbe resplandeciente de un color amarillo pálido y de un azul suave. Su contorno estaba borroso debido a lo cálido de su clima y a los sistemas atmosféricos. Había sido tremendamente fácil acabar con las defensas orbitales del planeta, y aunque el poder de la Indomable era tal que podía convertir ciudades enteras en un montón de cenizas ardientes, Honsou sabía que a sus defensores les esperaba un final mucho más terrible.
Se encontraba de pie en la capilla de mando de la Basilica Dominastus, la enorme ciudadela que se alzaba en el corazón de la fortaleza estelar que hasta hacía poco había sido el centro de mando de una guarnición de Ultramarines. Todos esos guerreros habían muerto durante la toma de la Indomable.
Por debajo de él, en los huecos destinados a la tripulación, los guerreros que lo habían seguido desde Medrengard esperaban impacientes la orden de descargar todo el nuevo poder de la fortaleza estelar. Cadaras Grendel, el asesino cubierto de cicatrices horribles, abría y cerraba los puños por lo inminente de aquella oleada de violencia. El recién nacido lo observaba con el interés propio de un estudiante, mientras que Ardaric Vaanes se mantenía apartado de sus camaradas guerreros.
Honsou apartó la vista de su cábala de seguidores y dirigió la mirada hacia el hueco donde antaño se habrían conectado los tecnomarines a los sistemas de armas y de detección de la fortaleza estelar. Sin embargo, en vez de un tecnomarine, quien se encargaba de los guerreros y esclavos modificados que llenaban la capilla corrompida era una forma monstruosa, en parte orgánica, en parte máquina y en parte materia de la disformidad.
Aquel híbrido infernal de dreadnought y de engendro de la disformidad era el gran demonio M’kar, una masa enorme de hierro negro y carne fluida que burbujeaba llena de energía inmaterial y de una maldad de eones de antigüedad. Los pies, rematados por garras abiertas como las de un reptil, quemaban el suelo donde se posaban, y la superficie de su corpachón repugnante se ondulaba cargada de una vida antinatural en los puntos donde las placas blindadas del sarcófago del dreadnought eran incapaces de contenerlo. La cabeza rematada por cuernos mostraba un aspecto bestial y ulcerado, semejante al de un trozo de carne quemada dejado a la intemperie para que se pudriera. Sus colmillos eran enormes y curvados. De cada uno de los anchos hombros blindados de su masa colgaba un brazo que cambiaba de forma de un modo continuo. Aquellas extremidades, impulsadas por un poder surgido de la disformidad, por unos pistones y unas cadenas de color oscuro y siniestro, se retorcían como las de las del adepto Cycerin. Uno de los brazos, de un color negro reluciente, estaba rematado por un enorme martillo movido por pistones mecánicos, y el otro por un cañón giratorio de un calibre asombroso.
Unos ojos cargados de una luz impía contemplaron el planeta que aparecía en la pantalla con un odio tan puro que casi era tangible. Aquella criatura había caminado por los mundos de la humanidad cuando las legiones habían forjado el Imperio a partir de la materia prima de la galaxia, y había pasado milenios refinando ese odio. Era un ser creado a partir de la oscuridad más absoluta, un avatar elegido de los dioses primigenios del empíreo.
Para Honsou era un arma que podría utilizar para conseguir la destrucción de todo lo que le importaba a su némesis. Los mundos de Ultramar eran algo que Uriel Ventris amaba profundamente, y el guerrero ultramarine era el único que lo había desafiado y seguía con vida, por lo que todos aquellos planetas se habían convertido en el objetivo de la furia de Honsou. A él le importaba muy poco la Larga Guerra, el conflicto que desde hacía milenios libraban los seguidores de Horus Lupercal, que se inició tras su derrota en un tiempo tan lejano que bien podría no haberse producido nunca.
Sin embargo, por su parte, M’kar seguía albergando el fuego abrasador del odio contra los Ultramarines, y eso era lo único que le importaba a Honsou.
Se había enterado de la existencia del gran demonio al leer unos textos antiguos que había conseguido recuperar de entre los restos destrozados de la fortaleza en ruinas de Khalan-Ghol, y había partido dispuesto a someterlo a su voluntad.
Con la ayuda de Moriana, la vidente condenada que guiaba las guerras del Saqueador, Honsou había descubierto el enigma del destino que le había acaecido a M’kar. La propaganda imperial había proclamado que Marneus Calgar, de los Ultramarines había derrotado a M’kar y lo había desmembrado por completo, y que de ese modo lo había desterrado de regreso a la disformidad, pero Moriana le había contado a Honsou lo que había ocurrido de verdad en ese combate. Era cierto que M’kar había sido derrotado, pero no había sido destruido. Marneus Calgar se había visto incapaz de destruir la esencia del demonio, por lo que se había visto obligado a encerrarlo en el interior de la Indomable, una fortaleza estelar de la clase Ramilies que recorría los lugares más recónditos de las zonas más ignotas de Ultramar.
El poder del demonio había quedado sometido mediante una serie de horribles hechizos y runas, y cuanto más se esforzaba por liberarse, más le atenazaban. Allí había permanecido durante decenios hasta que Honsou había decidido dedicar todos sus esfuerzos a liberarlo. Los Guerreros de Hierro y los miles de soldados que Honsou había atraído a su bandera durante la Cosecha de Cráneos de Huron Corazón Negro habían asediado la fortaleza estelar y habían liberado al gran demonio de su encarcelamiento.
Honsou tenía por fin al alcance de la mano la venganza contra Uriel Ventris y los Ultramarines.
—Tarentus... —dijo M’kar con un siseo. Su voz era una mezcla repelente de ecos sin fondo procedentes de otro mundo y de gruñidos mecánicos—. Recuerdo cómo era ese planeta cuando el Imperio era joven. Nada ha cambiado.
Pronunció aquellas palabras con un siseo de disgusto, como si la idea de que un lugar así pudiera permanecer sin cambio alguno fuese un anatema para él.
—¿Necesitas a la Indomable para abrir antes la cúpula? —le preguntó Honsou.
El gran demonio volvió su mirada abrasadora hacia Honsou, y éste sintió toda la fuerza de su furia, toda una era de odio contra los hijos de Guilliman que no se había apagado jamás. El demonio sacudió la cabeza, lo que provocó el chasquido de la carne húmeda y el chirrido de los engranajes oxidados.
—¿Es que crees que una barrera tan débil sería capaz de resistirse a mi ejército demoníaco?
—No lo sé. ¿Podría hacerlo?
El demonio se echó a reír, y el sonido fue semejante a los estertores de una muerte por consunción.
—Siempre tienes que cortejar a la muerte, ¿verdad, mestizo? —le advirtió M’kar con un siseo al mismo tiempo que le señalaba con una garra—. Un día irás demasiado lejos.
—Me lo dicen mucho, pero aquí sigo.
—Desafíame y te destrozaré el alma —le prometió M’kar.
Honsou hizo un gesto negativo con la cabeza antes de girarse.
—No, no lo harás. Me necesitas.
—Ya lo veremos —le replicó el demonio.
Honsou señaló con un gesto del mentón el planeta de la pantalla.
—Estoy esperando. Quiero ver lo que eres capaz de hacer.
Quintus oyó las actualizaciones que le enviaba el magíster Unathi cada pocos instantes, y se sintió cada vez más intranquilo. A pesar de las palabras llenas de confianza que le había dirigido antes a Nkiru, no había señal alguna de que el enemigo se dispusiese a lanzar un asalto planetario. La noche ya había caído, y el aire estaba cargado con los olores de la tierra removida y de las cosechas recolectadas. Los brillantes chorros de luz de los focos escudriñaban el terreno que se abría al otro lado de las murallas de Axum y acuchillaban el cielo en busca de cualquier nave enemiga.
Todas las armas de la ciudad apuntaban hacia el cielo, y la tensión era cortante como el filo de un cuchillo. Aquel nivel de concentración no podría mantenerse durante mucho tiempo, y Quintus estaba a punto de ordenar una disminución en el nivel de alerta del sistema defensivo de la ciudad cuando captó algo rancio en el viento que llegaba desde el este.
Comenzó con un olor repugnante que le recordó las extensiones de organismos alienígenas muertos envueltas en llamas en Ichar IV que habían incendiado después que acabaran los combates. Las piras gigantescas de cadáveres alienígenas ardieron hasta convertirse en cenizas tras la batalla, y el hedor a carne quemada se pegaba al paladar, ya que ningún filtro era capaz de anularlo.
Quintus notó en ese momento un sabor similar, una pestilencia horrible a criaturas muertas y a corrupción, una hediondez que era antinatural. Se trataba de algo que era la antítesis de todo lo que era bueno y puro en el mundo, y Quintus no pudo evitar que le provocara arcadas.
Giró la cabeza hacia el este, y los sentidos automáticos del visor de su casco penetraron con facilidad en la oscuridad de los campos más lejanos. El corazón le dio un vuelco cuando vio una hectárea tras otra de materia vegetal descompuesta, cientos de kilómetros cuadrados de cosechas cubiertas de moho y de campos podridos. Toda la zona oriental de la ciudad se había convertido en un mar de vegetación putrefacta y de tierra estéril.
Un foco cercano a Quintus estalló lanzando una lluvia de chispas anaranjadas a su alrededor, y el marine concentró de nuevo la atención en la ciudad cuando notó que aquel viento siniestro se extendía como un miasma. Notó el sabor a cenizas y la bilis amarga de la desesperación, una desmoralización desoladora que se extendió por todo su ser como si fuera un virus. Quintus sacudió la cabeza con un gesto iracundo para librarse de aquella sensación, y apretó los dientes mientras se concentraba en su deber como comandante en jefe de aquel mundo.
Marneus Calgar le había entregado el cetro de la prefectura, y le había encomendado la defensa de Tarentus, y no estaba dispuesto a incumplir su deber.
Las luces empezaron a apagarse por toda la ciudad y un zumbido repelente comenzó a sonar, aunque apenas fue audible al principio. Era semejante a la estática de un millón de pictógrafos que emitieran todos al mismo tiempo una señal cargada de chirridos y aullidos.
Los soldados cayeron de rodillas cuando el sonido resonó. Nadie era capaz de determinar su procedencia. Y ningún medidor de decibelios habría registrado poco más allá de un ruido de fondo, ya que resonaba en el interior de la mente de cada uno de ellos. Era el sonido de la locura y del sufrimiento combinados en una cacofonía única. Los soldados acabaron disparando sus armas contra enemigos invisibles, y sus disparos cruzaron al azar la oscuridad. Los gritos de miedo se convirtieron en gritos de terror y dolor cuando los miembros de la milicia auxiliar de defensa se atacaron entre ellos con las espadas y las pistolas, y lucharon como si se enfrentaran a sus peores pesadillas hechas realidad.
Aquel viento cargado de oscuridad sopló con mayor fuerza todavía y el aire del interior de la cúpula se llenó de luz cuando unas tormentas de colores antinaturales se formaron con una rapidez igualmente antinatural. En el interior de las nubes se movían unas siluetas borrosas, semejantes a tiburones que atravesaran nubes de sangre en mitad del océano. Quintus notó que una multitud de ojos hambrientos observaban la ciudad, ojos de unas criaturas gigantescas, de cuerpos tan enormes que no podían existir en aquel mundo. Eran unas bestias babeantes poseídas por un apetito horrible y una glotonería con eones de antigüedad que ansiaban las almas de los seres humanos. Unas carcajadas sobrenaturales resonaron en el viento, y las nubes se arremolinaron hasta formar un único cúmulo tormentoso gigantesco.
De esa misma nube surgió un relámpago de un fulgor imposible. Se estrelló contra el centro de la ciudad, pero en vez de desaparecer en un estallido momentáneo de luz, el rayo se quedó inmóvil, igual que la imagen congelada de un pictógrafo. El relámpago mantuvo unidos el cielo y la tierra mediante un entramado retorcido de reluciente energía.
Quintus notó que el aire perdía consistencia, como si la propia realidad se hubiera vuelto membranosa y una multitud de mundos invisibles se esforzaran por entrar desde todos lados. Se quedó mirando el rayo de brillo cegador y observó horrorizado cómo empezó a partirse como un desgarrón en la cortina de la noche.
Abrió la boca para lanzar un aviso, pero ya era demasiado tarde.
El desgarrón se abrió más todavía y un ejército imparable de criaturas de pesadilla surgió en tromba del relámpago.
—Es impresionante —admitió Cadaras Grendel.
Honsou se vio obligado a estar de acuerdo con su lugarteniente al contemplar las escenas de la matanza que se estaba produciendo en el planeta que tenían a sus pies. Unas bestias con cuerpos que parecían despellejados y con cuernos y garras de obsidiana se dedicaban a arrancar la carne de los huesos de los defensores mientras que otras criaturas sin forma concreta y con la consistencia de la gelatina, pero repletas de dientes, devoraban los cadáveres de los que ya habían caído. Unos seres con alas semejantes a las de los murciélagos daban vueltas por el cielo y hacían vibrar el aire sobre la ciudad con sus chillidos apocalípticos.
Una feroz oleada de abominaciones engendradas por la disformidad llenaba la ciudad. Unos monstruos enormes de músculos de bronce demolían las construcciones mientras que las manadas de cazadores aullantes sacaban a rastras a sus víctimas sollozantes de los escondrijos donde se habían ocultado. Una avalancha de formas y siluetas horribles destrozaba la ciudad a placer, y los defensores no podían hacer nada por detenerla.
—Ése debe ser el jefe de todos —comentó Honsou al tiempo que señalaba la imagen de un guerrero de armadura azul que se enfrentaba a aquellas hordas con una espada envuelta en un campo de energía—. Uno de los lacayos de Calgar.
—Un veterano —añadió Ardaric Vaanes, el guerrero renegado de la Guardia del Cuervo que Honsou había reclutado antes de abandonar Medrengard—. Uno lisiado.
Honsou se fijó con más atención y vio los rebordes de color marfil de la armadura del guerrero y el brillo apagado de varios implantes bajo la masa de monstruos que lo atacaban. La espada del veterano se clavó en el cuerpo de un demonio membrudo con la piel del color de una herida infectada. Del cuerpo saltó un chorro de icor negro, pero antes de que el guerrero tuviera tiempo de sacar la espada, una criatura parecida a un minotauro escamoso de piel rojiza y con unos cuernos cargados de energía relampagueante lo destripó y arrojó su cuerpo desde lo alto de la muralla. Honsou perdió de vista al veterano cuando se estrelló contra el suelo y las manadas de depredadores se abalanzaron sobre él para destrozarlo con sus garras y sus dientes.
—¿Así es como vamos a conquistar Ultramar? —preguntó el recién nacido. Su piel muerta se veía iluminada por la luz reflejada de la muerte de la ciudad—. No parece muy... honorable.
—¿Honorable? —dijo Grendel entre dientes antes de soltar una risa llena de diversión cruel—. ¿Qué demonios tiene que ver el honor con todo esto?
—¿Y quién ha hablado de conquistar? —añadió Honsou.
—Entonces, ¿para qué hemos venido aquí? —quiso saber Vaanes.
—Hemos venido a destruir —le contestó Grendel con un placer evidente, y de las cicatrices que le rodeaban la boca y los ojos le salieron supurando varios hilos de fluido infectado. Vaanes torció la boca en un gesto de asco, y no sin razón.
El rostro de Grendel era una masa horrible de cicatrices mal curadas. Su capacidad como astartes para sobrevivir a las heridas más terribles se había visto llevada al límite por el daño que había sufrido en los últimos momentos de la toma de la Indomable. Un agente imperial le había disparado con una pistola de fusión de diseño arcaico, y aunque su armadura y su maldad intrínseca le habían salvado la vida, su cara había quedado quemada hasta un punto horrible. Verlo al lado del recién nacido era igual que ver a dos hermanos gemelos juntos, ya que el rostro de este último estaba tan deformado como el de Grendel.
La cara del ingénito estaba cubierta por una mescolanza de trozos de piel robada de los cadáveres de Medrengard. A través de dos huecos de aquella máscara repugnante se asomaban unos ojos de color gris tormenta que le resultaban demasiado familiares, y que lo miraban todo con una inocencia cargada de dolor. Honsou casi se echó a reír cuando se le ocurrió aquella imagen, ya que sabía las carnicerías atroces que había cometido en su nombre. Lo había creado la matriz de una de las madres convertidas en entidades demoníacas, lo habían sacado a la existencia los mortuarios bestiales y le habían colocado la armadura de los Guerreros de Hierro. No había nada inocente en el ingénito.
El único de los seguidores de Honsou que había logrado salir de todos los conflictos por los que habían pasado sin quedar desfigurado era Ardaric Vaanes, aparte de unos cortes rituales en las mejillas y un trío de cicatrices situadas sobre el ojo izquierdo, de donde le habían sacado los tachones que indicaban sus largos años de servicio. Todas las placas de su armadura eran negras, y en las hombreras no mostraba insignia o emblema. Los vientos arrasadores del planeta donde Honsou había consultado a Moriana le habían dejado pulida la superficie de la armadura, y Vaanes había decidido no repintarlos.
—¿Eso es cierto, Honsou? —quiso saber Vaanes—. ¿No hemos venido aquí más que para que tú te vengues?
—¿Y qué si es así?
Vaanes se encogió de hombros, como si el motivo en realidad no tuviera importancia alguna.
—Necesito saber por qué lucho. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo supe.
—Luchas porque eso es exactamente lo que él te ordena que hagas —le replicó Grendel—. Es una razón más que suficiente para matar imperiales, ¿o no?
—Será lo bastante buena para ti, Grendel —le replicó Vaanes.
Honsou dejó que se enfrentaran, a sabiendas de que un poco de disensión entre sus subalternos siempre le venía bien. Si se peleaban entre ellos, no podrían unirse para arrebatarle el mando. El ingénito observó todo aquello con gesto impasible. La lealtad que sentía hacia Honsou se había forjado a lo largo de meses de adoctrinamiento y de condicionamiento psicológico. Ni siquiera los ataques convulsivos, los de locura o las visiones de una vida que no había llegado a vivir habían conseguido mellar esa devoción.
—Hemos venido a matar a Uriel Ventris y a hacerle daño con lo que más le importa —dijo Honsou.
—No —dijo una voz que sonó por encima de ellos al mismo tiempo que una sombra los cubría con su contacto frío e impuro.
Honsou giró la cabeza y vio que la atemorizadora forma de M’kar se alzaba sobre ellos. Su piel blindada estaba cubierta de descargas de energía de la disformidad. Todavía se veían partes del dreadnought que había poseído bajo su ondulante carne de disformidad, y Honsou se fijó en los restos quemados de la omega invertida, el símbolo de los Ultramarines, que llevaba en el hombro.
—Tu venganza no tiene importancia alguna, mestizo —le dijo sibilante el demonio—. El corazón del Imperio de Guilliman debe arder. Los Poderes Eternos lo exigen. Todo lo demás es irrelevante.
El demonio se dio media vuelta, y cada uno de los pasos que dio resonó como el golpe de un martillo que hundiera clavos en la madera de un ataúd.
Honsou se contuvo para no soltar una réplica iracunda mientras sentía los ojos de todos los guerreros fijos en él.
—¿Y ahora, qué? —le preguntó Grendel.
—Dejemos que ese monstruo tenga su momento y destruya todas las ciudades de este planeta —respondió Honsou señalando con un gesto de la barbilla el planeta que aparecía en la pantalla—. Este mundo no significa nada para mí, no es más que la llama para encender la mecha.
—¿Y después? —insistió Grendel.
—Esperaremos a que los Ultramarines reaccionen.
—Vendrán en gran número —apuntó Vaanes.
Honsou sonrió.
—Con ello cuento.