Uno

El traidor habitó antaño en las escarpadas laderas de las colinas Owsen. El fallecido Kasimir de Valtos vivió en una casa de campo lujosa, con un pórtico de mármol decorado con todos los detalles que su riqueza y su posición podían proporcionar. Su extensa propiedad estaba habitada por un gran número de piezas de caza, los sirvientes satisfacían todas y cada una de sus necesidades, y los miles de trabajadores que se afanaban esclavizados en sus muchas fábricas de armas, plantas de montaje de motores y manufactorías de artillería tan sólo podían imaginarse la vida de lujos que llevaba su amo.

Había tenido en sus manos la riqueza, la posición social y el poder, pero ese traidor ya había muerto y en sus propiedades crecían las malas hierbas, con lo que los tocones y escombros de piedra de su residencia palaciega estaban prácticamente cubiertos por un mar de maleza de superficie ondulante y sin control alguno. Los trabajadores más vengativos habían saqueado el palacete llevándose todo lo que había de valor tras el estallido de la guerra civil que había provocado la conjura organizada por De Valtos. Derribaron las paredes e incendiaron el lugar donde el traidor había conspirado para convertirse en un dios inmortal.

Así eran los sueños de los humanos, grandiosos y fugaces.

El agua del lago ornamental rielaba bajo la luz del sol justo delante del palacete en ruinas. Recibía el caudal de un conducto subterráneo que lo unía con el ancho río que bajaba hacia el sur desde la cordillera Tembra. El río atravesaba los terrenos de la propiedad de De Valtos, y allí se dividía en decenas de pequeños cursos de agua a medida que recorría las ondulaciones del terreno. Al final, todos aquellos pequeños arroyos se unían de nuevo y serpenteaban hacia el sur para sumarse al río Brandon en su viaje hacia el océano occidental.

Aunque las tierras pertenecientes a la familia De Valtos habían quedado abandonadas, con el paisaje en silencio y el bosque creciendo de forma incontrolada, no estaban en absoluto vacías. Dispersos por todas las colinas Owsen, unos observadores ocultos vigilaban con paciencia los barrancos de flancos cortados a pico y los valles envueltos en sombras.

El traidor había muerto, pero sus tierras seguían siendo importantes.

Un temblor en la hierba fue la primera señal de que algo se acercaba. Fue una onda apenas discernible producida por una figura humanoide de movimientos cautelosos que llevaba puesta una armadura de color verde oliva. Se movió con lentitud y sigilo al salir de la línea de árboles que se alzaban en la base de una colina baja. Avanzó con cierta elegancia, algo encorvado, y dio cada paso con gran cuidado mientras la cabeza cubierta por el casco giraba de un lado a otro para observar el terreno que lo rodeaba con el ojo paciente y el detenimiento de un cazador.

«O de un explorador», pensó Uriel Ventris desde su posición entre un puñado de peñascos caídos en la ladera de la colina que se alzaba sobre el palacete derruido.

No tardaron en aparecer unos cuantos exploradores más, que siguieron al primero. Avanzaron por parejas hacia los muros derruidos del palacete De Valtos. Eran ocho en total, y todos caminaban con movimientos ágiles y profesionales.

Aunque los exploradores avanzaban con zancadas precisas y elegantes, había algo intrínsecamente erróneo en sus movimientos, algo inhumano. Su postura general era sutilmente distinta, como si su estructura ósea no fuese la correcta o sus pies tuvieran una forma distinta a la de los humanos.

Los Ultramarines habían aprendido mucho de los tau y de su imperio en rápida expansión en los campos de batalla de Malbede, Praetonis V y Augura.

Estaban aprovechando al máximo esa experiencia allí, en Pavonis.

El explorador jefe llegó al borde exterior de las ruinas y se llevó un guantelete a un lado del casco, donde llevaba un artefacto óptico semejante a una gema. Al otro lado tenía una pequeña cúpula de la que sobresalía una antena corta.

Uriel observó el modo en que se habían desplegado los exploradores y se dio cuenta de que habían estudiado con atención el terreno.

Exactamente lo mismo que había hecho él a primera hora de ese mismo día.

En la superficie interior del visor de su casco se iluminó un icono parpadeante. Era una petición insistente de su sargento mayor para que permitiera a sus guerreros atacar con su precisión mortífera habitual. No le hizo caso de momento. El instinto perfeccionado en cientos de campos de batalla le indicaba a Uriel que su presa no había terminado de entrar en la zona de caza, y el riesgo de que su objetivo captara el flujo de comunicaciones era demasiado elevado.

En cuanto el explorador cortó la comunicación silenciosa que había mantenido hasta ese momento, un vehículo de costados curvos que se había mantenido al acecho entre los árboles surgió del bosque. Era tan voluminoso como un tanque, pero se mantenía flotando a poca distancia del suelo, y dobló los tallos de hierba cuando avanzó hacia los exploradores. El conjunto de tubos múltiples del cañón que llevaba instalado en el morro truncado giró con lentitud sobre sí mismo, y las toberas dorsales centelleantes lo mantuvieron en el aire con un zumbido apenas audible.

El diseño del tanque era inconfundiblemente alienígena. Sus líneas curvas y la amenaza silenciosa que representaba le hicieron pensar a Uriel en un tiburón nadando sobre el lecho marino.

Lo reconoció al recordar los informes de inteligencia que había leído mientras viajaba de Macragge a Pavonis. Era un Mantarraya, un transporte de tropas análogo al Rhino. Era veloz y ágil, y estaba blindado en su parte frontal, pero era vulnerable a los ataques por la parte posterior. Las tácticas de emboscada del Codex les serían de gran ayuda.

El tanque alienígena se detuvo, y un par de discos planos con armas incorporadas en la parte inferior se separaron de las aletas frontales del vehículo. Se quedaron flotando por encima del mismo, y las espinas sensoras que llevaban en la cubierta se estremecieron mientras giraban.

«Perros rastreadores.»

Uriel miró con cierto nerviosismo hacia los montículos herbosos que se extendían entre las ruinas del palacete de la familia De Valtos.

Los discos flotantes regresaron a sus monturas en el Mantarraya, aparentemente satisfechos de no haber descubierto ninguna amenaza en las cercanías. El explorador jefe cogió un artefacto sujeto a la mochila rígida que llevaba a la espalda. Uriel observó cómo del aparato surgían un par de patas delgadas antes de que el explorador lo clavara con firmeza en el suelo delante de él.

Unas cuantas luces destellaron en la superficie del artefacto, y los sensores automáticos de la armadura de Uriel captaron una onda de baja presión que recorrió todo el paisaje.

Quizá se trataba de un aparato cartográfico de tres dimensiones. Las fuerzas imperiales que ya se habían enfrentado a los tau habían bautizado a esos guerreros como «los rastreadores». El nombre era más que adecuado. Aquellas tropas avanzaban por delante del ejército principal para reconocer el terreno y determinar las mejores rutas de avance.

Los rastreadores actuaban con rapidez, y cada segundo que Uriel se retrasaba les proporcionaba más tiempo para detectar a sus guerreros. Los Ultramarines ya estaban en posición, y tras observar un momento más a los exploradores enemigos, el capitán supo que había llegado el momento de actuar.

—Unidades primarias, adelante —susurró a través del micrófono de la garganta. Sabía que sería la última orden que tendría que dar en esa batalla.

El rastreador jefe alzó la cabeza de repente, en cuanto Uriel pronunció aquellas palabras, pero ya era demasiado tarde para el tau.

Dos marines espaciales de la escuadra devastadora de Uriel se irguieron detrás de unas rocas situadas al este del palacete derruido cargando sendos lanzacohetes pesados al hombro. Los tau se dispersaron de inmediato, y el zumbido de los motores del Mantarraya se hizo más agudo cuando el piloto hizo virar el morro hacia la amenaza.

Uriel sonrió con ferocidad cuando los devastadores abrieron fuego. Los proyectiles surcaron el aire con un rugido sibilante y dejaron atrás una estela de humo.

El primer cohete explotó sobre un par de rastreadores que intentaban llegar a la cobertura que ofrecían los árboles y convirtió sus cuerpos en una masa de carne picada y placas de armadura destrozadas. El segundo impactó contra el blindaje frontal del Mantarraya con un estampido atronador al que siguió un surtidor de humo negro y metralla.

El Mantarraya se bamboleó bajo el impacto del cohete, pero el blindaje resistió. El cañón giratorio aceleró sus rotaciones y disparó un chorro de proyectiles de gran calibre que dibujaron un arco reluciente entre el tanque y sus atacantes. El terreno situado por encima del palacete estalló cuando la colina se desintegró bajo aquel huracán de disparos, pero los guerreros de Uriel ya se habían puesto de nuevo a cubierto.

El rugido del cañón fue ensordecedor, pero a pesar de ello, Uriel fue capaz de distinguir el estampido metálico del disparo de otros dos lanzacohetes. Miró hacia el oeste, donde la otra mitad de la escuadra de devastadores acababa de abrir fuego. El tanque intentó cambiar el sentido del giro, pero los cohetes fueron más veloces.

El primero atravesó la rampa de desembarco posterior y el otro impactó en la carcasa exterior del motor izquierdo. La parte trasera del Mantarraya estalló convertida en una lluvia de fragmentos metálicos al rojo vivo que acabó con otro rastreador. Una explosión secundaria remató su destrucción, y el vehículo ya envuelto en llamas se estrelló contra el suelo.

Uriel se puso en pie y apoyó el bólter en el hueco del codo. A su espalda se alzó una escuadra de diez marines espaciales de armadura azul y avanzaron al paso con él en dirección a la zona de combate.

Los alienígenas supervivientes echaron a correr para ponerse a cubierto entre los restos del palacete, pero Uriel sabía que no lo lograrían.

Cuando los rastreadores llegaron al borde de las ruinas, los matorrales que se alzaban entre las paredes derruidas se movieron y toda una escuadra de exploradores de marines espaciales se quitó las capas de camuflaje.

Los exploradores abrieron fuego y los proyectiles bólter atravesaron las delgadas placas de armadura que protegían a los rastreadores y los lanzaron de espaldas en plena carrera. Dos de ellos murieron al instante, y un tercero lanzó un grito agónico cuando el estallido de uno de los proyectiles explosivos le arrancó un brazo de cuajo.

Los dos rastreadores supervivientes respondieron al fuego y sus rifles dispararon entre los exploradores unas ráfagas cegadoras de luz y de sonido. Los alienígenas hicieron una última descarga desafiante para luego echar a correr hacia los árboles olvidando todo esfuerzo por ser sigilosos en su intento de escapar de la trampa que les habían tendido.

Uriel se arrodilló sobre una pierna y se llevó al hombro el reluciente bólter con una águila estampada. El mecanismo de puntería del arma estaba conectado a su casco. Siguió el recorrido zigzagueante de uno de los guerreros enemigos antes de apretar el gatillo.

El retroceso del bólter fue tremendo, y el rastreador se desplomó en el suelo cuando la parte inferior de su pierna derecha quedó desintegrada por la explosión del proyectil. Al darse cuenta de que no tenía ninguna posibilidad de escapar, el último guerrero tau se detuvo y arrojó a un lado el arma. Luego se dio la vuelta y comenzó a caminar con las manos en alto hacia los restos envueltos en llamas del Mantarraya.

—Se ha oxidado un poco con sus rituales de puntería —dijo una voz al lado de Uriel—. Le apuntaba a la espalda, ¿verdad?

Uriel se dio la vuelta, se colgó el bólter del hombro y luego se llevó las manos a la gorguera para abrir los sellos de vacío del casco. El aire presurizado siseó al escapar y se quitó el casco decorado con dos alas doradas. Se volvió hacia quien le había hablado, un marine espacial que mostraba las insignias de un sargento veterano de los Ultramarines, con su casco rojo rodeado por una corona de laurel blanco.

—Así es —admitió Uriel—. Y tienes razón con los rituales de puntería. Perdí la costumbre mientras estaba lejos.

—Entonces será mejor recuperar la costumbre, y con rapidez.

—Así lo haré —le contestó Uriel, sorprendido por el tono de voz cáustico del sargento.

—Deberíamos bajar. Los exploradores ya se han hecho cargo del prisionero —apuntó el sargento antes de comenzar a descender por la ladera.

Uriel se limitó a asentir y siguió a Learchus.

Se sentía bien por estar de nuevo al mando de guerreros en un combate, aunque su implicación había sido mínima una vez se habían hecho todos los planes. El humo del Mantarraya en llamas se le pegó al fondo de la garganta, y Uriel notó que los restos químicos despertaban una serie de impulsos sensoriales en su interior. Captó los compuestos abrasivos que se habían utilizado para grabar la insignia del casco del vehículo, los lubricantes alienígenas utilizados en los mecanismos de los motores, y el olor áspero y tostado de la tripulación abrasada.

Se pasó una mano por el cuero cabelludo, apenas cubierto por el pelo oscuro cortado a cepillo. En las sienes le habían aparecido unas franjas plateadas, aunque la mirada de sus ojos grises, del color de la tormenta, seguía siendo tan aguda como siempre. El rostro de Uriel mostraba unas facciones clásicas, angulosas y duras, sin los rasgos aplanados comunes en algunos miembros de los Adeptus Astartes.

Tenía una complexión delgada para un marine espacial, aunque equipado con su armadura nueva mostraba un aspecto tan atemorizador como el resto de sus guerreros. Llevaba al cinto la espada de Idaeus, y de los hombros le colgaba una capa verde, ceñida con un broche en forma de rosa blanca que recordaba su último viaje a Pavonis.

Uriel estudió la completa destrucción provocada en el enemigo mientras Learchus distribuía a los guerreros de la cuarta compañía para que formaran un perímetro alrededor de la zona de la emboscada.

Dos marines espaciales custodiaban al prisionero tau, el único superviviente de la emboscada. Estaba de rodillas delante de una losa blanca con las manos sobre la cabeza. Dos transportes Rhino estaban a la espera, con los motores en marcha, en lo que antaño había sido un ancho sendero ornamental de gravilla. Ambos tenían las escotillas laterales abiertas y había un marine artillero al cargo del bólter de asalto montado en la cúpula delantera de cada vehículo. Los grupos de ataque de los exploradores recogieron sus capas de camuflaje fotoabsorbentes de entre las ruinas. Esas capas eran las que les aseguraban que la primera señal que los objetivos de los exploradores tenían de su presencia era el sonido del disparo que les volaba la cabeza.

Al contemplar cómo Learchus impartía las distintas órdenes, Uriel se quedó sorprendido de ver cuánto había cambiado su antiguo amigo desde que él mismo y Pasanius habían abandonado la Fortaleza de Hera en dirección al exilio.

Learchus le había prometido a Uriel que cuidaría de sus guerreros, y había realizado una tarea excelente. Había reorganizado a la compañía después de las pérdidas sufridas en Tarsis Ultra y había dirigido a sus guerreros en combate contra una horda de orkos en Espandor. Las órdenes del sargento se obedecían con rapidez y respeto, y aunque Uriel estaba seguro de que tan sólo se trataba de su imaginación, le dio la impresión de que Learchus parecía un poco más alto.

Por lo que se veía, el mando le había sentado bien.

Uriel le indicó con un gesto que se acercara mientras se dirigía hacia los restos del Mantarraya.

—Sargento —lo saludó Uriel cuando Learchus llegó a su altura.

El sargento se puso en posición de firmes y se golpeó con un puño en la placa pectoral, para luego quitarse el casco.

Learchus era todo lo que un marine espacial debía ser: alto, de porte orgulloso, con un aspecto regio que era la viva imagen de los héroes tallados en mármol luminoso en los peldaños que llevaban al Templo de la Corrección de Macragge. Llevaba el cabello rubio cortado a cepillo, y sus rasgos francos indicaban con claridad un linaje de los más ilustres.

Cada uno de los mundos de Ultramar poseía características genéticas propias que ninguna clase de mejora genética era capaz de borrar, lo que hacía que fuera fácil determinar de dónde procedía cada guerrero. Learchus era inconfundiblemente un nativo de Macragge, el mundo fortaleza de los Ultramarines, el planeta de donde habían salido los mayores héroes de leyenda.

—Capitán —respondió Learchus.

—¿Todo va bien?

—Todo está en orden. Los centinelas ya se encuentran en sus puestos, hemos recuperado las armas de los muertos y he situado a unos cuantos vigías para avisar de la llegada de posibles refuerzos enemigos.

—Muy bien —contestó Uriel procurando que la voz le sonara despreocupada—. Pero no preguntaba por eso.

—Entonces, ¿qué preguntaba?

—¿Planeas dejarme hacer algo?

—Todo lo que requería atención ya está resuelto —replicó Learchus—. ¿Qué órdenes quedan por dar?

—Yo soy el capitán de esta compañía, Learchus —le replicó Uriel a su vez, aunque odió sonar tan petulante—. Soy yo quien da las órdenes.

Learchus poseía demasiado autocontrol como para mostrar ninguna clase de emoción, pero Uriel captó la sombra que le cruzó el rostro y supuso la razón para aquel comportamiento seco tan formal. Decidió no insistir en el asunto. A los jefes de la compañía debía vérseles con una unidad de propósito, sobre todo en un momento como aquél, tras el regreso de Uriel.

—Por supuesto, señor. Lo siento, señor —contestó Learchus.

—Ya hablaremos de eso más tarde. —Luego se dio la vuelta y se dirigió hacia el rastreador capturado—. Y ahora, veamos qué tiene que contarnos el prisionero.

El alienígena oyó sus pasos mientras se acercaban y volvió la cabeza hacia ellos. Uno de los guardias le propinó un fuerte golpe con la empuñadura del bólter en el cuello, y el alienígena se desplomó contra lo que quedaba de la pared derribada al mismo tiempo que lanzaba un grito agudo de dolor.

El cautivo se agarró a la pared y Uriel se dio cuenta de que sólo tenía cuatro dedos en cada mano.

—Ponedlo en pie —ordenó Uriel.

Learchus se agachó un poco y levantó de un tirón al prisionero. Uriel se sintió impresionado por su lenguaje corporal desafiante. La criatura pertenecía a una especie alienígena, una raza absolutamente distinta a la humana, pero la hostilidad que mostraba su postura era inconfundible.

—Quítatelo —le ordenó Uriel al mismo tiempo que imitaba el gesto inconfundible de sacarse el casco de la cabeza.

El alienígena no se movió, y Uriel desenfundó la pistola bólter y le dio un par de golpecitos en el casco con el cañón del arma.

—Quítatelo —le repitió.

El tau se llevó las manos a la cabeza, desabrochó un trío de cierres, desconectó un cable de su enganche en la armadura y se quitó el casco.

Learchus casi se lo arrancó de las manos, y Uriel se quedó mirando el rostro del prisionero.

La criatura tenía la piel del color del plomo desgastado, gris y arrugada como el lino viejo, con un leve brillo que quizá podía achacarse al sudor. Desprendía un olor extraño, una curiosa mezcla de aromas que a Uriel le resultó imposible fijar con precisión, ya que eran en parte animal y en parte plástico quemado y especias calientes, pero que era absolutamente alienígena.

Una mata de cabello blanco recogida en una cola le bajaba desde la coronilla hasta la base del cuello, y la llevaba anudada con unas bandas doradas tachonadas de gemas.

El alienígena levantó la vista hacia Uriel y lo miró con unos ojos de un color rojo apagado y hundidos en una cara que por lo demás era lisa, sin muestra alguna de nariz. En el centro de la frente tenía una curiosa hendidura vertical, semejante a una antigua herida quirúrgica o a una marca de nacimiento, y el conjunto de sus rasgos, aunque alienígenas y desconocidos, sugería que su prisionero era, en realidad, una prisionera.

En las pupilas ambarinas de la alienígena brillaba el fuego de la hostilidad.

—Estás en un mundo del Imperio. ¿Por qué has venido? —inquirió Uriel.

La alienígena soltó un chorro de sonidos, un flujo lírico de tonos desconocidos y palabras exóticas. Las facultades cognitivas reforzadas de Uriel le permitieron dividir el chorro de sonidos en diferentes grupos de palabras, pero no logró darle sentido alguno a lo que resultó. No esperaba entender el idioma del alienígena, pero sí que éste hablara un poco del gótico imperial.

—¿Me entiendes? —le preguntó con lentitud y esforzándose por pronunciar con cuidado cada palabra.

La cautiva volvió a hablar en su idioma cantarín, y Uriel se dio cuenta de que se había limitado a repetir las palabras que ya había dicho antes.

—¿Sabe lo que está diciendo? —le preguntó Learchus.

—No, pero no necesito un intérprete para captar su significado.

—Entonces, ¿qué está diciendo?

—A mí me suena que lo que dice es su nombre, su rango y la unidad a la que pertenece. Creo que es una oficial y que se llama La’tyen.

—¿Una... oficial?

—Sí. Al menos, creo que es «una».

—¿Qué quiere que hagamos?

—Atadle las manos y metedla en uno de los Rhino. La llevaremos a Puerta Brandon y la meteremos en el Invernadero. Haré que me traigan un servidor xenoléxico de la Vae Victus para poder interrogarla. Tenemos que descubrir cuántos tau más hay en Pavonis.

—¿Cree que hay más?

—Probablemente —contestó Uriel mientras se alejaba de la prisionera—. Puerta Brandon se encuentra a tan sólo sesenta kilómetros de aquí, al este, y el terreno hasta la ciudad es llano y sin obstáculos. Estas colinas son el lugar lógico para que una fuerza enemiga con propósito de realizar un ataque lleve a cabo una exploración. Los rastreadores son los ojos y oídos de cualquier fuerza de combate tau, y me sorprendería mucho que esta unidad actuase sola.

—Si existen más unidades, las encontraremos —respondió a su vez Learchus—. La telemetría recogida en la campaña de Zeist nos ayudó a descubrir a esta unidad, y si tenemos que hacer caso de lo que ha ocurrido en esta batalla, no deberíamos tener muchos problemas en acabar también con ellas.

—Esto no ha sido una batalla —le replicó Uriel.

—¿Ah, no? Entonces, ¿qué ha sido? —inquirió Learchus, poniéndose a su lado mientras caminaban.

—Por el modo en que mi sistema adrenal reaccionó cuando empezamos el combate, bien podíamos haber estado en un ejercicio de entrenamiento. Todo lo que hicimos fue según el manual, desde el disparo de distracción hasta la escuadra de exploradores oculta y la de fuego de apoyo.

—¿Y eso es malo? Hemos ejecutado una emboscada perfecta, según el Codex. Pillamos completamente por sorpresa a los tau. Engañamos a la tripulación del tanque para que cometieran un error de maniobra de principiantes, y luego acabamos con los supervivientes. Ojalá libráramos todos los combates con tanta precisión.

—Estoy de acuerdo, pero los rastreadores tau fueron tremendamente descuidados en su avance. Por lo que he oído de otras batallas que el capítulo ha librado contra los tau a lo largo de estos últimos años, es algo que me sorprende encontrar en unos guerreros con una reputación tremenda de ser cuidadosos.

—Quizá se trata de tropas novatas que todavía no habían entrado en combate —sugirió Learchus.

—Es bastante posible —admitió Uriel—. Aunque me sigue resultando extraño que lográramos acabar con ellos con tanta facilidad.

—Luchamos con el Codex Astartes como nuestra guía precisamente porque el orden que lleva a nuestros combates hace que parezcan fáciles a aquellos que no conocen sus enseñanzas.

—Eso ya lo sé, Learchus. No hace falta que me lo recuerdes.

—¿No? Lo exiliaron precisamente por no seguir esas enseñanzas.

—Así fue, y comprendí mi error en Medrengard —replicó Uriel, quien tuvo que esforzarse por contener la irritación que le provocaban las palabras de Learchus, aunque sabía que estaban justificadas.

—Espero que sea verdad.

—Amigo mío, te lo juro. Ha pasado mucho tiempo desde que luché al mando de un grupo tan sublime de guerreros. Casi había olvidado lo que es disponer de la ventaja en una situación táctica. Pasanius y yo pasamos también mucho tiempo luchando en unas situaciones casi imposibles de superar.

—Evidentemente, no lo bastante «imposibles» —comentó Learchus—. Después de todo, ambos consiguieron regresar.

La Fortaleza de Hera. Uriel no se había atrevido a pensar que algún día se encontraría de nuevo ante aquella inmensidad marmórea y reluciente. No se había atrevido por temor a que cuanto más lo quisiera, más se alejaría ese deseo de cumplirse.

Las murallas del blanco más puro se elevaban gigantescas por encima de ellos, coronadas por unas torres majestuosas, rematadas a su vez por cúpulas doradas que albergaban armamento, entre las cuales se alineaban los parapetos de adamantium construidos para resistir cualquier asedio, todo tan hermoso como mortífero. La fortaleza parecía crecer a partir de la propia roca de las montañas, como si fuera un coral viviente de belleza indescriptible. Se trataba de un edificio asombroso concebido por el primarca de los Ultramarines en una época muy anterior.

Se alzaba sobre la cadena montañosa más elevada como un testamento al genio y a la visión legendaria de un individuo. A pesar de ser una construcción maravillosa y colosal, la Fortaleza de Hera no se había erigido como un monumento a la arrogancia, sino más bien como una obra maestra de la arquitectura y de la ingeniería que elevaba el alma y que les recordaba a todos aquellos que la admiraban que siempre podían aspirar a algo mejor. Era una creación de poesía y magnificencia visuales que hablaban del corazón, no del ego.

Uriel y Pasanius se encontraban solos en la amplia plaza rodeada de estatuas que se abría en un extremo de la Vía Fortissimus, la gran avenida procesional que subía serpenteando desde la base de las montañas hasta la propia Porta Guilliman. La enorme puerta de la fortaleza era una gigantesca losa dorada donde se habían grabado las diez mil hazañas de Roboute Guilliman, y Uriel recordó con claridad el odioso sonido que oyó cuando se cerró a su espalda.

El doloroso estampido metálico del adamantium al chocar contra sí mismo le había parecido el sonido definitivo del final de todo, pero en ese momento, en el que la puerta empezó a abrirse con lentitud, la luz que fue surgiendo del interior le pareció el amanecer de la creación.

A su espalda, el casco de la Thunderhawk que los había bajado desde la nave de los Caballeros Grises situada en órbita crujía y soltaba chasquidos a medida que su superficie se enfriaba tras el descenso a través de la atmósfera. Los servidores de carga ya estaban sacando las armaduras de los Hijos de Guilliman que habían llevado hasta allí desde Salinas, y la cañonera no tardaría mucho tiempo en partir hacia el frío espacio una vez más.

—Estamos en casa —dijo Pasanius, pero Uriel estaba demasiado embargado por la emoción como para ser capaz de contestar.

Su mejor amigo y hermano de batalla estaba llorando, y las lágrimas de alegría le caían de los ojos sin vergüenza alguna mientras paseaba la mirada por las altas murallas y las almenas relucientes de la fortaleza.

Uriel se llevó una mano a la cara y no se sorprendió lo más mínimo al descubrir que él también estaba llorando ante la increíble sensación que amenazaba con sobrecogerlo por completo ante su tremenda intensidad.

—El hogar —dijo casi para sí, como si temiera pronunciar en voz alta aquel pensamiento.

—¿Creíste de verdad en algún momento que volveríamos aquí? —le preguntó Pasanius con voz débil y temblorosa.

—Siempre mantuve la esperanza de que lo haríamos, pero procuraba no pensar mucho en ello. Sabía que si pensaba demasiado en lo que habíamos perdido, no tendría fuerzas para continuar.

—Yo no dejaba de pensar en el hogar. No creo que hubiera conseguido regresar sin albergar la esperanza de volver a verlo una vez más —confesó Pasanius.

Uriel se volvió hacia Pasanius y le puso una mano en el hombro. Pasanius era un gigante entre los Ultramarines, el marine espacial de mayor tamaño que jamás hubiera visto Uriel. Con la armadura puesta, le sacaba una cabeza a su capitán. El brazo derecho de Pasanius acababa en un muñón a la altura del codo. La extremidad se la había cortado en las profundidades de otro planeta una criatura surgida del amanecer de los tiempos.

Los armeros de los Caballeros Grises le habían reparado la armadura y habían añadido las piezas que faltaban, y con esa recuperación conseguida, una parte del alma de Pasanius, que había quedado desgarrada en el exilio, se sintió completa de nuevo.

—Cada uno de nosotros se aferró a aquello que le hacía seguir adelante, amigo mío —le contestó Uriel—. Para ti era la idea de regresar al hogar, y para mí, la propia misión. Sin ese equilibrio existente entre nosotros, no creo que ninguno de los dos se encontrara aquí en este momento.

Pasanius asintió y abrazó a Uriel con el brazo que le quedaba y con la fuerza de un oso. Los sentimientos del enorme guerrero seguían a flor de piel, heridos, pero ya se estaban curando. Habían compartido aventuras y horrores a lo largo del viaje juntos, y sobrevivir a todo aquello, y mucho más con el espíritu indemne, era un milagro increíble del cual ambos se dieron cuenta en ese preciso instante.

Uriel empezó a notar la fuerza asfixiante de su camarada y se echó a reír.

—¡Me estás ahogando, bruto! —logró jadear.

Pasanius lo soltó en el mismo momento que la Porta Guilliman se abría del todo y la luz procedente del interior de la fortaleza brillaba con más intensidad.

Ambos guerreros se pusieron en posición de firmes con las espaldas rectas como barras de hierro y la barbilla alzada.

Habían superado la misión que habían llevado a cabo en el corazón de la galaxia y en el interior de las almas de los hombres, y cada prueba los había acercado un poco más a la redención final. La conclusión de esa tarea impuesta estaba a punto de llegar, y Uriel sintió que el corazón le latía en el torso desprovisto de costillas como si estuviera a punto de entrar en combate.

Tres guerreros surgieron del brillo cegador de la fortaleza. Eran tres gigantes de las leyendas de los Ultramarines, cuyos nombres representaban los valores del coraje y del honor a lo largo y ancho del Imperio.

A la cabeza del trío, espléndido con la armadura de Antilochus, de aspecto grande y terrible, y con las manos enfundadas en los guanteletes de Ultramar, caminaba Marneus Calgar, el señor del capítulo de los Ultramarines. Era un guerrero sin parangón y un estratega magnífico, y ejemplo definitivo de lo que significaba ser un comandante de los Adeptus Astartes.

A un lado de Calgar caminaba un guerrero enorme equipado con una armadura de tono azul lustroso y con la cabeza casi cubierta por una capucha cristalina. Se trataba de Varro Tigurius, el bibliotecario jefe de los Ultramarines, y Uriel sintió su poder cuando el poderoso guerrero le dirigió la mirada, una luz brillante que encontraría cualquier indicio de oscuridad y acabaría con ella sin compasión alguna.

Por último, a la derecha de Calgar marchaba el miembro más venerable de los Ultramarines que seguía en servicio activo, el capellán Ortan Cassius, el Señor de la Santidad y guardián del alma del capítulo. A diferencia de sus hermanos de batalla, la armadura de Cassius era de un color negro intenso, y mientras que sus camaradas eran guerreros de noble porte, el rostro del capellán era un entramado horrible de carne quemada e implantes biónicos.

Uriel y Pasanius cayeron de rodillas e inclinaron la cabeza en cuanto vieron que aquellos magníficos guerreros legendarios se dirigían hacia ellos. Estar en presencia de uno de ellos ya habría sido de por sí un honor inmenso, pero ser recibido por tres individuos de semejante importancia entre los astartes era algo absolutamente increíble.

—Has vuelto a nosotros, Uriel Ventris. No esperaba volver a verte —dijo lord Calgar, y Uriel sintió que el corazón se le henchía en el pecho al notar un sentimiento de bienvenida y respeto en su voz.

Uriel alzó la mirada hacia lord Calgar y se maravilló ante la visión de un guerrero tan perfecto. Los rasgos del rostro de Marneus Calgar eran tan duros y severos como el granito sacado de la cantera más profunda, pero estaban marcados por la sabiduría y la nobleza. Sus ojos mostraban un brillo acerado, pero estaban llenos de humanidad.

—Yo tampoco esperaba poder volver a veros, mi señor —respondió Uriel, incapaz de evitar que se le escaparan unas cuantas lágrimas.

—Varro me dijo que volveríamos a vernos, pero no le creí. Debería haberle hecho caso.

—Sí, así es —apuntó Tigurius—. ¿No dije que el Centinela de la Torre lucharía a nuestro lado cuando el Tres Veces Nacido se encarnara de nuevo?

—Sí, sí que lo dijiste, Varro, y ya me explicarás algún día lo que eso significa —respondió Calgar.

El señor del capítulo se volvió hacia Uriel y le puso una mano en la cabeza. El pesado guantelete de Calgar era capaz de aplastar hasta el metal más resistente, pero también podía sostener la escultura de cristal más delicada sin que sufriera daño alguno. La vida de Uriel estaba literalmente en manos de su señor, pero a él no se le ocurrió nadie más en quien depositar su futuro sin temor.

—¿Tú qué dices, Uriel? ¿Vuelves a nosotros lleno de gloria?

—Volvemos al capítulo tras completar el juramento de muerte que hicimos, mi señor —contestó Uriel.

—Entonces sois bienvenidos.

—Las criaturas que descubrí en mi visión... —dijo Tigurius, y Uriel notó que las palabras estaban cargadas de un sentido que iba más allá de su simple significado—. Las criaturas de crianza demoníaca. ¿Las encontrasteis?

—Así fue, mi señor —le confirmó Uriel—. En un mundo sometido a los Poderes Malignos. Las encontramos y las destruimos. Nuestro viaje ha sido largo y muy duro, hemos contemplado numerosas situaciones terribles, pero también grandes actos llenos de gloria e inspiración. He visto a hombres convertirse en monstruos, y a monstruos convertirse en héroes.

—¿Y tú apoyarás todo lo que él nos cuente, Pasanius? —quiso saber Cassius con un gesto que parecía ser sarcástico, pero que no era más que el resultado de las cicatrices que le cubrían el rostro—. Ya lo hiciste antes, y eso provocó que se te expulsara del capítulo. Debió de ser algo tan doloroso como la pérdida de tu brazo.

Pasanius se encogió de hombros.

—Estoy completo en mi interior, mi señor capellán.

—Eso ya lo veremos —comentó Tigurius dirigiéndose a ambos recién llegados—. Habéis regresado a nosotros como hermanos, pero habéis pisado el suelo y habéis respirado el aire de un mundo condenado. El hermano Leodegarius de los Caballeros Grises asegura que vuestro cuerpo y vuestra alma son puros, y ha sido su palabra lo que os ha permitido descender con vida hasta a la superficie de Macragge.

Tigurius se acercó y se irguió con toda su estatura sobre las figuras arrodilladas de Uriel y de Pasanius. La matriz cristalina de su capucha resplandeció cargada de energía psíquica.

—Me contaréis todo lo que ha ocurrido a lo largo de vuestro viaje —declaró Tigurius. En las pupilas le destelló la luz de un poder ancestral—. Y ay de vosotros si descubro la más mínima señal de impureza.