Uno

¿Modifican las personas los planetas en los que viven, o son modificadas por ellos? Las gentes de Mordia tienen un carácter melancólico y sombrío. Los habitantes de Catachán son pragmáticos y resistentes. ¿Se debe a los climas extremos respectivos y a las brutales necesidades para la supervivencia, o acaso las personas que colonizaron esos planetas siglos atrás ya mostraban estas características? ¿Es posible que el carácter de un planeta afecte a toda la población, o es el alma humana más fuerte que la mera geografía?

¿Podría un observador atribuir con mayor facilidad un comportamiento menos malvado, un carácter menos temible, a aquellos que caminan sin sentir preocupación alguna por su seguridad bajo los arcos dorados de un mundo santuario antes que a las personas que se encogen de miedo en la oscuridad de un planeta desgarrado por una guerra o una rebelión?

Sea cual sea el caso, los brezales solitarios, las montañas hostiles y las ciudades acosadas por las luchas internas del planeta Salinas hubieran proporcionado un excelente material de estudio para cualquier observador.

La lluvia lo empapaba todo al caer sin parar, como un riego por aspersión, desde el cielo gris plomizo. Las gotas diminutas flotaban por el aire y hacían que las laderas de las montañas cuajadas de cuarzo relucieran y centellearan. Varias manadas de herbívoros peludos pastaban las hierbas de hoja larga de los prados inferiores mientras las negras nubes de tormenta procedentes del este se amontonaban sobre los picos amenazantes.

Las caudalosas cascadas bajaban rugientes por los riscos negros, y los pocos árboles resecos que se mantenían en pie en las laderas y que rodeaban los restos de una ciudad muerta se doblaban y balanceaban como bailarines bajo el fuerte viento que bajaba desde las tierras altas cubiertas de nubes. Un silencio ominoso, semejante a una pausa incómoda en una conversación, flotaba sobre la ciudad muerta, como si el paisaje temiese inmiscuirse en su pena íntima. Las calles repletas de escombros se retorcían entre edificios ennegrecidos de acero retorcido y piedra derruida, y los helechos de hojas rojizas como el óxido o la sangre seca crecían en abundancia en las avenidas desiertas.

Los cascotes y las vigas de metal corroído azotados por el viento yacían en el mismo lugar donde habían caído. El mismo viento que gemía al atravesar las ventanas abiertas y las puertas destrozadas. Su lamento provocaba la sensación de que la ciudad estaba lanzando un último suspiro de muerte, largo e interminable.

Antaño había vivido gente en aquel lugar. Habían amado, luchado y participado en miles de dramas, tanto grandes como pequeños, los habituales en todas las ciudades. Habían tenido lugar grandes celebraciones, intrigas escandalosas y crímenes sangrientos, pero todo aquel teatro había pasado a formar parte de la historia, aunque no se había borrado de la memoria.

Cientos de calles, de avenidas, de travesías y de caminos cruzaban la ciudad vacía y atravesaban su desolación como si buscaran a alguien que las recorriese de nuevo. Las puertas abiertas se estampaban una y otra vez contra las jambas, como reclamos sonoros para que cualquier visitante anónimo entrara de nuevo en los edificios y los convirtiera una vez más en algo útil. El agua de la lluvia corría formando pequeños arroyos por el pavimento agrietado o surgía a chorros de las alcantarillas para crear charcos allá donde el suelo había cedido.

Una gran iglesia con una imponente fachada de piedra, aunque cubierta de una pátina negra y grasienta, se alzaba orgullosa en mitad de las ruinas. Daba la sensación de que fuera cual fuese la desgracia que había azotado a la ciudad, había decidido no concentrar su atención destructiva en aquel imponente edificio. Las altas torres proyectaban largas sombras sobre la ciudad, y el águila de grandes alas que formaba el frontón principal sobre la entrada arqueada mostraba un aspecto lamentable, con las alas partidas y cubiertas de manchas verdes de corrosión.

Los ventanales alargados donde se glorificaba al Emperador y a sus muchos santos estaban destrozados y los numerosos fragmentos de cristal coloreado sobresalían de los marcos podridos como dientes desparejados. Las pesadas puertas de hierro que antaño habían protegido el vestíbulo principal de la iglesia yacían rotas y torcidas sobre las losas agrietadas de la explanada frontal. Junto a las puertas se veían estatuas desmembradas que habían caído desde el tejado y habían sido abandonadas allí a su suerte.

El viento se agolpaba allí, como si lo atrajese una orden imperativa que lo obligaba a soplar en la plaza abierta que se extendía delante de la iglesia. Arrastraba a su paso volutas de niebla y trozos de tela, de papel y hojas que giraban formando torbellinos diminutos a medida que el viento adquiría fuerza.

La aplastante negrura de la entrada de la iglesia parecía tragarse la poca luz que quedaba del día, y aunque el viento empujaba de un lado a otro cada vez con más fuerza los restos que había encontrado por toda la ciudad, ninguno de aquellos fragmentos se atrevía a perturbar en la oscuridad que llenaba el interior del edificio abandonado.

De las profundidades de la iglesia surgió un gemido ahogado, aunque allí dentro, ni tampoco en el resto de la ciudad, vivía criatura alguna. Una ráfaga de aire más fría que las demás surgió para soplar sobre la plaza.

Aparecieron una serie de puntos luminosos en mitad de la negrura, y no tardaron en convertirse en ondas de luz que brotaron de la entrada y fluyeron por el suelo igual que unas líneas de mercurio fantasmales formando dos trazos paralelos. Momentos antes, la iglesia daba una impresión de firmeza, de ser algo inamovible, pero ahora toda su estructura parecía ondular y combarse, como si la estuviese azotando una monstruosa deformación atmosférica provocada por una oleada de calor.

El gemido aumentó de volumen y pasó de ser un sonido lejano a convertirse en algo mucho más cercano, en el aullido estridente de algo que sufría de un modo agónico en su esfuerzo por mantenerse unido por completo, algo al que le estuviesen separando de nuevo hebra por hebra los tendones a cada segundo que pasaba.

La oscuridad del interior de la iglesia pareció hincharse y salió al exterior como una mancha explosiva de tinta. Un instante después se replegó de nuevo pasando por encima de algo que había violado las reglas del tiempo y del espacio para llegar hasta aquel planeta. Era el resto ardiente y humeante de algo que había recibido su forma original en otra era.

Parecía ser una gigantesca máquina de hierro. Sus costados relucientes palpitaron repletos de una energía antinatural mientras salía retumbante de la iglesia. De cada una de las puntas de los remaches con forma de cráneo de risa enloquecida salía un leve chorro de vapor. Las ruedas de hierro oxidado, que se iban disolviendo, hundieron en la tierra a su paso las líneas de brillo mercurial.

Lo que había en el interior de aquella estructura fragmentada podía haber sido en otros tiempos una antigua locomotora impulsada por vapor, pero unas fuerzas desconocidas y algunas energías de la disformidad lo estaban transformando en algo completamente distinto.

Daba la impresión de que fuera cual fuese el poder que había creado aquella amalgama monstruosa de máquina y de energía siniestra, había decidido empezar a deshacerla. Comenzó a emitir descargas centelleantes de luz que se fueron desgajando igual que las capas de una cebolla. Hasta el propio aire parecía venenoso y contrario a su existencia, ya que de toda su superficie surgieron humaredas sibilantes de pestilente luz vaporosa.

La terrible máquina aulló como una bestia herida, pero las profundidades de los gritos de agonía de su disolución albergaban una nota aguda de bienvenida liberación, como si se estuviese poniendo fin a una eternidad de tormentos. Su avance fue reduciéndose hasta que se detuvo por completo, igual que una bestia herida, acosada en una cacería, que hubiese llegado al límite de sus fuerzas y ya no pudiera seguir corriendo.

En las entrañas del extremo destrozado de la máquina se oyeron unas débiles voces, el indicio de unas criaturas que no formaban parte de su descomposición. El sonido de las voces aumentaba de volumen, como si los que gritaban lo hicieran desde una estancia recién abierta pero increíblemente lejana.

Una parte de la gigantesca maquinaria se desvaneció y dejó al descubierto el repugnante espectáculo de su interior, iluminado por una luz rojiza procedente un horno crematorio que apestaba por las innumerables matanzas y carnicerías. Dentro rugía un fuego que había participado en un eón de asesinatos.

Unas siluetas se movieron bajo aquella luz rojiza, un puñado de figuras que se tambaleaban como niños pequeños mientras se desparramaban alrededor de la máquina moribunda. Eran unas criaturas humanoides, de estatura elevada y hombros anchos, que se alejaron de la luz arrastrándose y trastabillando, como si les hiciera daño.

Las figuras acabaron de salir, envueltas en volutas de humo, de la monstruosidad que los había llevado hasta aquel mundo. Los pasos que daban eran apresurados e inseguros, pero a pesar de esa inseguridad no cejaban en su avance con tal de alejarse de la máquina en proceso de disolución.

Cuando las figuras se hubieron apartado lo suficiente de la máquina, su contorno se hizo más claro, aunque si alguien hubiera estado contemplando aquello, probablemente habría deseado que eso no ocurriera.

Eran monstruos: los sinpiel.

Eran aberraciones de la naturaleza, el resultado bastardo de una cirugía repulsiva, unos experimentos fallidos con un poder terrible de origen antinatural. Todos eran diferentes entre sí, con unos cuerpos gigantescos y grotescos, carentes de toda piel. Tenían las cabezas hinchadas, unas pesadillas encefálicas de ojos dilatados, rostros contrahechos y colmillos aterradores.

Ver algo así habría hecho enloquecer de miedo a cualquier persona, pero si alguien hubiese tenido el valor de mirar más allá de sus deformidades físicas y de aquellas odiosas malformaciones de carne y hueso, habría visto algo más, algo que sin duda habría incrementado su horror: el brillo de una conciencia y una inteligencia humanas.

Otras dos siluetas aparecieron detrás de las criaturas monstruosas, tan tambaleantes y aturdidas como éstas, pero sin las horribles aberraciones que afectaban a las primeras. Ambas mostraban las características físicas de los Adeptus Astartes, aunque una de las figuras era mucho más corpulenta que la otra, a pesar de que su brazo derecho estuviese amputado a la altura del codo.

La primera, de cabello corto y rubio y rasgos amables, estaba completamente protegida por una armadura de color azul, mientras que la segunda, de cabello oscuro, ojos grises y rostro adusto y noble, sólo llevaba puestos algunos fragmentos de armadura del mismo color.

Era evidente por las heridas que mostraban y las armas que empuñaban que conocían muy bien el fragor del combate. Ambos siguieron alejándose trastabillando de la maquinaria en proceso de desintegración hasta que acabaron desplomándose en el suelo, donde jadearon con ansia para llevar grandes bocanadas de aire fresco a los pulmones.

Una vez desembarcados sus pasajeros, la poderosa máquina que los había llevado hasta allí soltó un chirrido cuando las ruedas de hierro ardiente comenzaron a arrastrarla lejos de aquel lugar.

La materia que la formaba había estado restringida durante tanto tiempo a unos planos situados más allá del universo material que no estaba acostumbrada al ataque de los elementos que conformaban aquel plano existencial, por lo que la cualidad abrasiva de esa realidad estaba deshaciendo aquella estructura con origen en la disformidad con la misma rapidez que una llama derretía el hielo.

Sus antiguos pasajeros contemplaron cómo adquiría velocidad, pasando de moverse con lentitud a acelerar a medida que su forma se hacía más brillante, como si en su interior radicase alguna fuente de poder infernal que se estuviese aproximando a su masa crítica. El brillo no tardó en ser cegador e intolerable, incluso para aquellos cuyos ojos estaban diseñados para soportar algo así. La máquina viviente lanzó un aullido desgarrador, aunque nadie fue capaz de discernir si se trataba de un grito de agonía o de liberación, y desapareció en mitad de una explosión de luz.

Del estallido no surgió onda expansiva alguna, pero una reluciente lluvia de luz cayó por doquier y saturó el aire con la sensación de que alguien había soltado un poder infinito en aquel planeta.

El ambiente lúgubre y siniestro de la ciudad muerta se posó de nuevo cuando se produjo la disolución, o huida, de la enorme máquina antinatural. La lluvia cubrió a aquellos viajeros andrajosos con una humedad fría y pegajosa.

Los dos astartes se dirigieron el uno hacia el otro bajo la lluvia y se abrazaron como hermanos por la simple alegría de haber vuelto a un mundo donde el aire no era una mezcla tóxica de sustancias contaminantes y cenizas, cargado con el desagradable y penetrante olor a hierro quemado y a guerra.

El guerrero de mayor tamaño se pasó la mano por el pelo mientras contemplaba el triste paisaje que los rodeaba.

—¡Gracias sean dadas al Emperador! ¡Ya no estamos en Medrengard! —exclamó.

Su compañero echó la cabeza hacia atrás para que la lluvia fría le mojara bien la cara, como si esa sensación fuese un regalo escaso y valioso.

—No, Pasanius, ya no estamos en Medrengard.

—Entonces, ¿dónde estamos?

—Creo que casi hemos llegado a casa, amigo mío —le respondió Uriel Ventris.

Aunque ya estaba anocheciendo, los ojos de Uriel captaron todo lo que los rodeaba una vez el destello de la desaparición del Daemonium Omphalos se le borró de las retinas. No quedó rastro alguno de su presencia, y Uriel se sintió profundamente agradecido de haberse librado de aquella vil creación demoníaca.

Antaño había sido el transporte infernal utilizado por una poderosa criatura de la disformidad, una máquina con la que podía viajar por las tenebrosas regiones del espacio disforme, del tiempo y del espacio para llevar la destrucción a los mortales que vivían por toda la galaxia. Ese demonio había desaparecido, destruido por uno de sus hermanos diabólicos, lo que había permitido a Pasanius y a Uriel escapar del mundo demoníaco de Medrengard en su interior empapado de sangre.

—¿Adónde crees que habrá ido? —le preguntó Pasanius, mientras empuñaba con más firmeza un bólter que había recuperado del campo de batalla.

Aunque el brazo derecho de Pasanius acababa en un muñón a la altura del codo, Uriel sabía que su camarada era igual de mortífero disparando con la mano izquierda. Él también iba armado, aunque lo que blandía era una espada de empuñadura dorada que antes había pertenecido al capitán Idaeus, su mentor y antiguo comandante de la Cuarta compañía de los Ultramarines.

—No lo sé y no me importa —contestó Uriel, al tiempo que aspiraba con fuerza el aire fresco y los olores silvestres que llegaban procedentes de los bosques que cubrían las montañas de alrededor. Vio varias manadas de herbívoros pastando en las laderas, y la visión de algo tan poco amenazador le dio una absurda sensación de tranquilidad—. Me alegro, simplemente con habernos librado de esa abominación.

—Sí, es verdad. Ahora sólo tenemos que averiguar dónde nos ha soltado. Yo no he pilotado en absoluto ese cacharro. ¿Y tú?

—Yo tampoco, pero no creo que el Daemonium Omphalos fuese pensado para ser dirigido por mortales como nosotros.

—De modo que podemos estar en cualquier sitio.

—Así es.

Uriel sentía tanta curiosidad como su amigo por saber dónde se encontraban. No tenía ni idea de por qué la máquina demoníaca había decidido acabar el viaje en aquel planeta, fuera el que fuese, pero todo el tiempo que había permanecido en el interior de la misma había estado visualizando Macragge y su planeta natal de Calth, deseando contra toda esperanza que pensar en sitios familiares serviría de algún modo para guiar a la poderosa máquina hacia ellos.

No había funcionado. Aquel planeta no se parecía ni le daba la sensación de ser uno de los que conocía. El cielo era de un color gris plomizo, y unas grandes nubes de aspecto amenazante rodeaban las cimas de las elevadas montañas que vigilaban la extraña ciudad abandonada en la que se encontraban.

Uriel le dio la espalda a las montañas para estudiar con mayor detenimiento el entorno más cercano a ellos, una amplia plaza con el suelo de losas de mármol llena de escombros y de hierbas. Los edificios que delimitaban la plaza habían quedado en ruinas por el paso del tiempo y por los inconfundibles y brutales efectos de la guerra. Los agujeros de proyectiles, las quemaduras de los disparos láser y de las llamaradas de promethium marcaban casi cada centímetro de las piedras, y en el aire todavía flotaba la sensación fría que provocaba la muerte.

—Sigo sin saber dónde estamos —comentó Pasanius, mientras giraba sobre sí mismo para mirar a su alrededor—. Al menos, es un planeta imperial.

—¿Cómo lo sabes? —quiso saber Uriel.

—Mira —respondió Pasanius, señalando con un gesto del mentón el edificio que su capitán tenía a la espalda.

Uriel se dio la vuelta y vio un águila de bronce de dos cabezas que colgaba en un extraño ángulo de un edificio alto de piedra ennegrecida. Los nichos arqueados y las estatuas, aunque rotas y en un estado lamentable, mostraban a las claras que se trataba de un templo imperial. Los sinpiel se arremolinaron bajo el águila imperial con las cabezas echadas hacia atrás en un gesto de adoración al símbolo del Emperador.

—O al menos era un planeta imperial —añadió Pasanius—. Este lugar está muerto.

—Sí —confirmó Uriel—. Este lugar está muerto, pero ya encontraremos otros más.

—¿Estás seguro? Espero que tengas razón.

—Lo estoy. No sé cómo lo sé, pero lo sé.

—¿Es otro de tus presentimientos? Entonces, que el Emperador nos proteja. Eso siempre es señal de que va a haber problemas.

—Bueno, estemos donde estemos, tiene que ser mejor que Medrengard.

—Eso no es muy difícil —le señaló—. No conozco muchos lugares que no sean mejores que un planeta del interior del Ojo del Terror.

Uriel admitió que así era, e intentó no acordarse de las factorías del tamaño de continentes de Medrengard, de sus fortalezas gigantescas, de las nubes de cenizas todavía calientes que abrasaban la garganta con cada inspiración y las viles criaturas muertas que flotaban en las corrientes cálidas de aire generadas por aquella industria infernal.

Habían soportado toda clase de horrores en Medrengard por cumplir su juramento de muerte, pero a pesar de todo lo que el planeta natal de los Guerreros de Hierro había utilizado para acabar con ellos, habían logrado sobrevivir y escapar.

Pero ¿dónde estaban?

Uriel se vio interrumpido en sus cavilaciones cuando todos aquellos sinpiel que pudieron hacerlo se pusieron de rodillas delante de la iglesia del Emperador. Aquellos cuyos cuerpos eran demasiado deformes como para arrodillarse se limitaron a inclinar la cabeza. De las gargantas deformadas de aquellos seres surgió un gemido bajo y agudo. Uriel no fue capaz de imaginarse lo que aquellas pobres y desgraciadas criaturas estarían sintiendo.

La criatura de mayor tamaño pareció darse cuenta de que la estaban mirando y se volvió para dirigirse hacia él arrastrando los pies. Sus pasos eran pesados, y los enormes músculos de su cuerpo de superficie brillante se abombaron y contrajeron con cada una de las zancadas. A la criatura la acompañaba un olor animal penetrante. Era el señor de los sinpiel. Por su cuerpo de aspecto crudo y carmesí, como la carne sin cocinar, se deslizaban las gotas de lluvia convertidas en gotas de sangre.

Como siempre, el aspecto de la criatura le provocó una mezcla de sentimientos: horror, pena, rabia y un deseo protector para evitar que fueran tratados siguiendo el primer impulso que provocaba su aspecto, ya que el señor de los sinpiel era, en el sentido más estricto de la palabra, un monstruo.

De estatura más elevada que el propio Uriel, el cuerpo del señor de los sinpiel estaba hinchado de un modo grotesco, con una corpulencia superior incluso a la de un marine espacial. Antes, no mucho tiempo atrás, no había sido más que un niño, un prisionero capturado por los temibles Guerreros de Hierro, que lo habían llevado a Medrengard, donde la magia demoníaca y los procedimientos despiadados de los mortuarios bestiales lo habían convertido en aquel monstruo de pesadilla.

Las diabólicas criaturas cirujanas del herrero forjador Honsou habían intentado conseguir nuevos guerreros mediante la implantación de niños secuestrados en unas grotescas matrices demoníacas, para luego alimentar su anatomía en desarrollo con una mezcla de material genético obtenido a partir de la semilla genética de Guerreros de Hierro muertos y de astartes capturados.

El proceso era una alquimia imprecisa e impredecible en el mejor de los casos, por lo que daba como resultado muchos más fracasos que aciertos, y aquellos fracasos mutantes y patéticos a los que se consideraba demasiado degenerados o alterados como para continuar en el proceso de transformación eran expulsados de los laboratorios infernales igual que si fuesen excrementos.

La mayor parte de aquellos seres deformes moría en los desiertos contaminados de Medrengard, pero algunos conseguían sobrevivir, y continuaban su existencia como monstruos sin piel empujados al abismo de la locura y de la desesperación más profundas por el horror de su misma existencia.

Uriel y Pasanius habían visto por primera vez a los sinpiel, que era el nombre que les habían puesto los otros habitantes de Medrengard, cuando mataron a todos los prisioneros deformados de un campamento de carne de los Guerreros de Hierro. Había quedado horrorizado por su salvajismo, pero más tarde se dio cuenta de que eran tan víctimas de los Guerreros de Hierro como cualquiera de las almas perdidas cuyos cuerpos habían sido torturados más allá de lo soportable en aquellos campamentos.

Cuando Uriel se percató de la verdadera naturaleza de la existencia de los sinpiel, se sintió angustiado y lleno de compasión por aquellos enormes monstruos, ya que eran unas criaturas de carne y hueso que albergaban en su interior la esencia de los heroicos marines espaciales.

Todos mostraban unas características físicas que recordaban de un modo grotesco a disfraces de carnaval, ya que incluso llevaban grandes parches de piel muerta sobre sus deformidades en un intento de ocultar los músculos malformados. Una de las criaturas llevaba siempre abiertas las mandíbulas a causa de unos gigantescos colmillos que parecían huesos partidos. Otra cargaba con el cuerpo reseco, pero todavía vivo, de su mellizo unido a su torso, y otro mostraba una estructura esquelética tan deformada que ya no se parecía a nada remotamente humano y se movía de un modo diferente a cualquier ser, animal o no.

—¿El mundo del Emperador? —le preguntó el señor de los sinpiel. Le costó que su lengua correosa formara las palabras, apoyándose en unos colmillos tan grandes y afilados.

Uriel asintió, sin que se le escapara el dolor que mostraba la mirada del monstruo.

—Sí, así es. Bueno, es uno de ellos, al menos.

—¿Más mundos como éste?

—Sí, millones —le confirmó Uriel. Vio la confusión que apareció en el rostro del señor de los sinpiel y se dio cuenta de que lo más probable era que no comprendiera un número tan elevado—. Existen muchos mundos como éste —le explicó, al mismo tiempo que señalaba a los centenares de estrellas que empezaban a brillar en el cielo cada vez más oscuro—. Cada una de esas luces es un planeta como éste.

Uriel sabía que eso no era cierto del todo, pero cuando el señor de los sinpiel alzó la mirada, vio que en su rostro se dibujaba lentamente una sonrisa.

—Cielo negro.

—Sí —respondió Uriel, sonriendo a su vez. Se dio cuenta en ese momento de lo mucho que había echado de menos el ciclo natural diurno de un planeta habitable—. El cielo es negro, y por la mañana llegará de nuevo la luz.

—¿Como en el mundo de los hombres de hierro?

Uriel se estremeció al recordar el cielo muerto e inmutable de Medrengard y el sol negro que brillaba incesante sobre todo el paisaje.

—No, no se parece en nada al mundo de los hombres de hierro. Aquí el cielo es dorado y cálido. Ya lo verás.

—Bien. El mundo de los hombres de hierro es malo —le respondió el señor de los sinpiel—. Este mundo también huele mal. No tan mal como el mundo de los hombres de hierro, pero mal.

Uriel sintió curiosidad.

—¿Este mundo huele mal? ¿Qué quieres decir?

—Aquí ocurren cosas malas —le explicó el señor de los sinpiel mientras miraba a su alrededor con expresión cautelosa—. Aquí se ha derramado sangre. Mucha sangre. No se ha borrado todavía. Hace que los sinpiel tengamos hambre.

Uriel intercambió una mirada con Pasanius, ya que ambos sabían lo peligrosa que podía ser el hambre de los sinpiel. Habían combatido junto a ellos en Medrengard por pura necesidad y por lo desesperado de las circunstancias, pero Uriel no tenía interés alguno en descubrir cuánto tiempo sobreviviría aquella extraña alianza frente al terrible apetito de los sinpiel. Alzó la mirada hacia las montañas, donde todavía era posible distinguir las manadas de animales herbívoros. El astartes señaló hacia allí.

—¿Ves a esas bestias en las laderas?

El señor de los sinpiel asintió, y Uriel recordó que su cuerpo, al menos en parte, tenía origen en la semilla genética de los marines espaciales, lo que incluía una agudeza visual superior a la humana normal.

—Podéis cazarlas. Es buena carne, pero sólo podéis comer esa carne. ¿Lo entiendes?

—Sí.

—La carne humana es carne mala —le insistió Uriel—. No podéis comerla. El Emperador no quiere que sigáis comiendo carne humana.

—Lo entendemos. No comemos humanos.

—Si veis humanos a los que no conocéis, debéis esconderos. No dejéis que os vean —añadió Pasanius.

El señor de los sinpiel inclinó la enorme cabeza. Unos gruesos chorros de baba empezaron a caerle de entre los colmillos, y Uriel supo que ya estaba pensando en el sabor de la carne fresca y la sangre caliente. Sin decir nada más, la poderosa criatura se dio la vuelta y emitió una serie de órdenes guturales a los demás monstruos, que se pusieron en pie desde su posición de veneración al águila del templo y siguieron a su jefe cuando éste se dirigió hacia las montañas.

—¿Crees que estarán bien si los dejamos solos para que sobrevivan por sus propios medios? —le preguntó Pasanius a Uriel.

—No lo sé —admitió Uriel—. Pero eso espero. Que el Emperador me perdone.

Uriel y Pasanius los observaron hasta que desaparecieron de la vista engullidos por la oscuridad de la ciudad muerta.

—Y ahora, ¿qué? —quiso saber Pasanius.

Uriel se volvió hacia su sargento.

—Ahora vamos a tener una charla.