
Lord Calgar comenzó el consejo presentando a los asistentes que no pertenecían al Capítulo, aunque Uriel ya había reconocido a uno de ellos. El sacerdote de Marte, vestido con una túnica blanca, ya era conocido por los guerreros de la Cuarta Compañía, ya que habían luchado junto a su señor en los campos de batalla de Tarsis Ultra.
—Os presento a Vianco Locard, del Adeptus Mechanicum —dijo Calgar, y el sacerdote hizo una seca reverencia.
El magos llevaba al cuello un medallón dorado con forma de engranaje y, aparte del implante chirriante que le cubría el ojo derecho, su rostro, sin cabello alguno, no mostraba nada artificial. Tenía una serie de lentes de distinto tamaño acopladas a un artefacto que llevaba al hombro, y que zumbaba cada vez que se activaba. Cada una de esas lentes se encajaba en el reluciente implante visual de color rojo según la necesitara.
Uriel se acordó de cuando vio por primera vez al magos. Fue en la estancia que albergaba el famoso fresco de Tarsis, en la reunión donde se dedicaron a planear cómo enfrentarse a la fracción de la flota tiránida que los atacaba. Locard caminaba sobre unas patas metálicas delgadas semejantes a las de una araña que le sobresalían por debajo de la túnica.
Unió las manos metálicas, que chasqueaban cada vez que sus diminutos mecanismos internos se movían, y una leve sonrisa apareció en su pálido rostro.
—Capitán Ventris, me alegro de verlo de nuevo —le dijo con una voz que sorprendió a todos por su calidez y su sonoridad.
—Diría lo mismo, pero me temo que viene con malas noticias.
—Es lamentable, pero así es. Sin embargo, dejaré que sea vuestro señor quien comunique esas noticias.
Uriel asintió mientras el guerrero de la Guardia del Cuervo con el casco alado se reunía con Locard en el patio. Abrió los cierres que sellaban el casco a la gorguera, y de la abertura surgieron unos suaves chorros de aire antiguo, semejante al que saldría de una tumba sellada. Uriel notó un regusto a polvo y oscuridad en ese aire.
El rostro enjuto del individuo era el de un muerto, con la piel pálida como el alabastro y los labios del color azul cianótico que suelen tener los ahogados. Los ojos eran amarillos y semejantes a los de los gatos, pero el cabello oscuro mostraba un brillo saludable y estaba recogido en una cola tensa y sujeto al cráneo mediante una diadema plateada colocada a la altura de las sienes.
Marneus Calgar le colocó una mano en el hombro y Uriel captó un levísimo gesto de irritación en aquel rostro blanquecino.
—Me parece que no es alguien acostumbrado a tratar con la gente —musitó Pasanius.
—No —le contestó en voz baja Uriel mientras lord Calgar seguía hablando.
—El capitán Aethon Shaan, de la Guardia del Cuervo, comandante de la ilustre Cuarta Compañía de ese Capítulo. Tanto él como sus mejores escuadras han acudido a Ultramar para pedirnos ayuda en un asunto muy delicado, así que espero la cooperación de todos.
Los capitanes Ultramarines asintieron como muestra de respeto, y la coincidencia de la compañía de Shaan con la suya no se le escapó a Uriel. Comenzó a sospechar que su convocatoria a aquella reunión se debía a algo más que su rango de capitán.
Se abrió una puerta a su espalda, y al darse la vuelta, vio que se trataba de Varro Tigurius, el bibliotecario jefe de los Ultramarines, que caminaba delante de una mujer con la piel de color caramelo y una melena de un blanco puro. Llevaba un abrigo de combate que le llegaba hasta los tobillos, y Uriel vio que debajo se protegía con un coselete de bronce, y que debajo de éste lucía un traje monopieza ajustado.
—Nuestra invitada ha llegado de Talasa Prime —anunció Tigurius, al tiempo que señalaba a la mujer que lo acompañaba y a su séquito de sabios, lógicos y soldados, todos vestidos con abrigos de combate idénticos. Ninguno de los soldados llevaba armas, y Uriel se dio cuenta de la incomodidad que sentían aquellos individuos habituados a combatir al acompañar desarmados a su señora.
Tigurius pasó al lado de Uriel con un breve gesto de asentimiento a modo de saludo, y éste se alegró de la rapidez con la que lo hizo, ya que era difícil sentirse cómodo con Varro Tigurius. Sus profundas cuencas oculares, sus mejillas hundidas y sus rasgos angulosos indicaban que era diferente, pero eran sus portentosos poderes psíquicos lo que realmente lo diferenciaban de sus hermanos de batalla. No importaba que su lealtad y su valor estuvieran fuera de toda cuestión, o que hubiera salvado al Capítulo en muchas ocasiones gracias a su don: su capacidad de manipular el poder de la disformidad lo mantendría siempre apartado de aquellos que no poseían ese talento.
Uriel estudió a la mujer mientras ésta se dirigía hacia lord Calgar. Al igual que el capitán de la Guardia del Cuervo, sus movimientos eran ágiles y elegantes. Llevaba a la espalda una larga espada de hoja estrecha, y la abertura de su abrigo de combate cuando se sentó dejó entrever una pistola que colgaba de su cinto. Tigurius había mencionado a Talasa Prime, lo que indicaba que pertenecía a uno de los ordos sagrados de la Inquisición.
Uriel ya había colaborado con la Inquisición en otras ocasiones, y en cada una de ellas, había sentido emociones encontradas. Aunque eran unos fanáticos servidores del Imperio que se enfrentaban a unos enemigos tan terribles que era mejor ni siquiera pensar en ellos, su modo de luchar era demasiado absoluto, demasiado al estilo o blanco o negro, para el gusto de Uriel. El inquisidor Barzano casi había destruido Pavonis para impedir que el Portador de la Noche recuperara su nave primigenia, y el antiguo señor de Locard, Kryptman de la Ordo Xenos, había quemado todo el planeta Chordelis con sus habitantes para evitar que cayera en manos de los enjambres tiránidos.
—La inquisidora Namira Suzaku —anunció lord Calgar mientras la mujer paseaba la mirada por todos los guerreros allí reunidos.
Uriel tuvo que reconocer su entereza, ya que la inquisidora no pareció mostrarse impresionada por semejante reunión de personajes ilustres, una reunión que hubiera dejado sin habla a la mayoría de los mortales.
Uriel sospechó que Suzaku no era como la mayoría de los mortales al ver un pequeño tatuaje en forma de martillo en la parte inferior de una de sus muñecas.
La inquisidora inclinó la cabeza y Uriel captó el brillo de una luz artificial en el interior de sus ojos.
Una vez llegaron los últimos miembros de la reunión, lord Calgar se dirigió al centro del patio, y los únicos sonidos que se oyeron en el lugar fueron el gorgoteo del agua en la fuente y el susurro de los estandartes de hilo dorado que ondeaban al viento en las balconadas superiores.
—Seré breve, ya que el tiempo corre en nuestra contra —empezó diciendo lord Calgar—. Nuestros enemigos han sido los primeros en golpear, y no tenemos modo de saber dónde atacarán a continuación.
—¿Enemigos? ¿Qué enemigos? —lo interrumpió Sicarius.
—Las fuerzas de los Poderes Siniestros —le contestó la inquisidora Suzaku—. Un príncipe demonio del empíreo ha regresado de su exilio en la disformidad y ha arrasado Tarentus.
Uriel sintió la oleada de asombro que recorrió la estancia. Su propio corazón palpitó con fuerza ante aquella noticia espantosa. La idea de que un mundo de Ultramar sufriera un ataque sin que los capitanes de los Ultramarines se enteraran de ello era imposible.
—Eso es ridículo —exclamó Agemman—. El prefecto Quintus nos habría avisado de que los estaban atacando. No hemos sabido nada al respecto. Su información no es correcta.
—Me temo que lo es, amigo mío —le contestó Calgar antes de volverse hacia Suzaku—. Muéstreles Tarentus.
Suzaku le hizo un gesto a uno de sus ayudantes. Era un individuo de aspecto ascético con una varilla de proyección que estaba conectada a una máquina de edición que llevaba a la espalda y que recordaba al cargador de munición de un marine devastador. El ayudante movió la varilla en el aire, lo que cargó las partículas y dejó una chisporreante neblina a su paso. Suzaku asintió de nuevo y la imagen pasó de ser una estática granulosa a convertirse en una matanza.
La calidad de la imagen era pobre, ya que era evidente que la fuente de aquella grabación se encontraba en órbita alrededor de Tarentus y estaba funcionando a la mayor ampliación posible. Sin embargo, a pesar de la escasa calidad de visión de las escenas que se desarrollaban ante sus ojos, no había forma de confundir el horror que mostraban.
Se trataba de una ciudad construida con las líneas pulcras propias de un diseño arquitectónico de Ultramar, y estaba envuelta en una batalla. Uriel abrió la boca al ver los monstruos que recorrían sus calles. Eran bestias con cuernos y garras con multitud de formas diferentes, demasiado estrambóticas para ser producto de ninguna clase de proceso evolutivo. Eran unos monstruos de locura, y sólo había un lugar capaz de engendrar semejantes abominaciones.
—Demonios —susurró Uriel.
—Exacto —le confirmó la inquisidora—. Un ejército de demonios que atravesó las puertas del empíreo sin que apareciera una sola muestra de fragilidad en la matriz dimensional. Tan sólo un ser con un poder inmenso podría lograr algo así.
—¿Cómo se lograron esas imágenes? —quiso saber Tigurius.
—La Inquisición no revela sus fuentes de información —le contestó Suzaku con cierta altanería.
—Todos los mundos de Ultramar tienen al menos una cápsula de grabado en órbita que pertenece a la Inquisición —le informó lord Calgar, y Uriel disfrutó al ver que Suzaku entrecerraba los ojos en un gesto de enfado. Lord Calgar le sostuvo aquella mirada enfurecida—. ¿De verdad creían que no lo sabía?
—Pensé que los velos de ocultación serían demasiado sutiles —declaró Suzaku sin mostrar arrepentimiento alguno por aquella violación de confianza tan descarada.
Los Ultramarines permitían que la Inquisición mantuviera una base permanente en Ultramar, pero se suponía que aquel acuerdo estaba basado en la premisa de que ninguna de las dos organizaciones interferiría en los asuntos de la otra. El ambiente en el patio cambió de inmediato. Un momento antes, Suzaku era alguien con quien había que tener cuidado, y un instante después, era alguien del que directamente se debía desconfiar.
—¿Es que espían nuestros mundos? —declaró Agemman con voz beligerante.
—No hacemos más que cumplir nuestro deber —le replicó Suzaku.
—Eso no importa —les cortó Calgar para acabar con aquel enfrentamiento—. Han atacado un mundo de Ultramar. Eso es en lo que debemos concentrarnos todos.
—¿Sabemos cómo ocurrió? —quiso saber Uriel—. ¿Cómo llegaron esos demonios a Tarentus?
—Siga mirando —le indicó Suzaku.
La panorámica que se veía en el aire cargado de electrostática cambió y la máquina centró el foco con mayor claridad en el espacio con una serie de chasquidos. La curva arenosa de Tarentus llenó la parte inferior de la imagen, pero en la esquina superior se veía una estructura gigantesca, el borde de algo tan inmenso que era inconcebible que no estuviese anclado a la superficie del planeta.
Sus líneas eran brutalmente angulosas, agresivas y estaban levemente tapadas por un velo de gases cristalizados. Se veía de forma difusa una especie de muralla almenada o unas enormes fortificaciones cubiertas por bosques de alambre de espino. La lente del aparato parpadeó una vez más y toda la estructura fue visible durante una fracción de segundo antes de que la imagen se quedara congelada sibilante y cargada de estática.
—¿Qué es eso? ¿Un pecio espacial? —preguntó Epathus.
—No, es algo mucho peor —le respondió Marneus Calgar, y Uriel captó un matiz de remordimiento en la voz del señor del Capítulo.
—Peor que un pecio espacial. Ya me gustaría verlo —comentó Sicarius.
—No, no te gustaría —le respondió Uriel al recordar el horror compuesto por garras afiladas que había salido de la oscuridad de la Muerte de la Virtud—. Fíate de mí.
Sicarius lo miró con ferocidad, pero no dijo nada. El capitán de la Segunda Compañía había sido uno de los más ardientes defensores de una condena firme contra Uriel después de la campaña de Tarsis Ultra, y también había sido el más reticente a aceptarlo de nuevo en el seno del Capítulo después de que cumpliera su juramento de muerte. La reciente guerra en Pavonis le había devuelto por completo la capitanía de la Cuarta a Uriel, pero había algunos que todavía sentían que su regreso se debía mirar con cierta suspicacia.
—No es un pecio espacial —confirmó Galenus, el capitán de la Quinta. La rabia que sentía era tal que casi le bullía bajo la piel—. Es la Indomable.
—¿La Indomable? ¿Cómo es posible? —exclamó Epathus.
—Es posible porque me vi obligado a tomar una decisión terrible —declaró lord Calgar con la cabeza bien alta mientras hablaba—. Todos habéis oído hablar del príncipe demonio M’kar.
—Sí, es la criatura demoníaca cuya flota destruí en el Abismo Halamar —contestó Sicarius a la par que se daba un golpe con el puño en la placa pectoral—. Vos también lo vencisteis, mi señor.
—Sí que lo hice, Cato —le confirmó lord Calgar volviéndose hacia Agemman—. Yo mismo en persona dirigí a los guerreros de la Primera Compañía, reconstruida tras la batalla de Macragge. Abordamos la Indomable y lo derrotamos.
—¡Lo despedazasteis! —rugió Sicarius.
—No. No lo hice.
Tigurius entró en el patio con la mirada desenfocada mientras contemplaba la imagen parpadeante de la Indomable. Alargó una mano, como si quisiera tocarla, pero cerró los dedos en el último momento. Se giró y Uriel se estremeció al ver la luz espectral que inundaba los ojos del bibliotecario.
—El Tres Veces Nacido. Ahora lo veo —musitó—. Derrotado en Halamar, vencido de nuevo en la Indomable... Ha regresado para provocar una matanza entre los hijos de Ultramar. El Centinela de la Torre ha regresado a nosotros y el Tres Veces Nacido está encarnado de nuevo...
—¿Es éste ese momento, Varro? —le preguntó Calgar, como si temiese la respuesta.
—Así es, mi señor —le confirmó Tigurius.
La sangre se le heló en las venas a Uriel a oír las palabras de Tigurius. El hermano Leodegarius de los Caballeros Grises había realizado una sesión de Cartomancia en Salinas, y había sacado la Torre para representar a Uriel. Era una carta que simbolizaba el cambio, el conflicto y la catástrofe. Un giro absoluto del orden de cosas existente. Eso, unido a las palabras de Tigurius, era un mal presagio.
—¿El Tres Veces Nacido? ¿Ése es el señor demonio M’kar? —preguntó Galenus.
—Lo es —dijo Tigurius un momento antes de que sus ojos recuperaran su color habitual—. Sí, siempre lo ha sido. Ha permanecido atrapado en la Indomable durante sesenta años, encadenado al núcleo de disformidad con unos sellos místicos y con un rumbo a un punto desconocido a través del espacio.
—¿Cómo es posible? —exclamó Galenus—. Lord Calgar, volvisteis de la Indomable con la noticia de que el demonio había muerto. ¡Mis hombres estaban de guarnición en esa fortaleza estelar!
Lord Calgar asintió con lentitud.
—Para mi eterna vergüenza, me temo que ya estarán muertos. Olantor, Decimus, Sabbatina e incluso el venerable hermano Altarion —declaró mientras se volvía hacia sus capitanes—. Logré derrotar a M’kar con la ayuda de la Inquisición, pero no fui capaz de destruir su esencia. Para hacerlo habría necesitado una fuerza que ni siquiera yo poseo. Al final, lo único que pude hacer fue encadenar esa esencia al corazón del núcleo de disformidad de la fortaleza estelar, una prisión que se hacía más estrecha con cada uno de sus intentos enloquecidos por liberarse. Establecimos un rumbo para la Indomable que la llevaría hasta el olvido, donde se desvanecería para siempre en las profundidades de la disformidad. Sin embargo, el odio de M’kar era tan fuerte que no importaba el rumbo que trazaran los navegantes: siempre regresaba a Ultramar.
—Por eso siempre hemos mantenido una guardia —dijo Galenus. La pérdida de la mitad de su compañía fue demasiado para él—. No pudisteis libraros de él, así que había que vigilarlo.
Lord Calgar asintió. Uriel sintió que la roca sobre la que se cimentaban todas sus creencias se desmoronaba un poco más con cada palabra que pronunciaba el señor del Capítulo. La destrucción de M’kar formaba parte de la leyenda de lord Calgar, y esa narración inspiradora que se contaba a los reclutas para llenar sus corazones de ardor y de ambición. Enterarse de que les había mentido tanto a él como al resto del Capítulo era un golpe capaz de hacer que se tambaleara incluso la certidumbre del carácter más fuerte. Miró a su alrededor, y vio una expresión dolida en el rostro de todos y cada uno de los guerreros. La idea de que un guerrero ultramarine tan respetado como lord Calgar hubiera faltado a la verdad era tan pasmosa como inimaginable.
—Entonces, alguien ha encontrado a la Indomable y ha liberado al Tres Veces Nacido —dijo Tigurius.
—Es la única explicación —dijo lord Calgar con tristeza.
—Pero ¿quién? —quiso saber Sicarius—. ¿Quién habría sabido dónde encontrarlo?
—Creo que puedo arrojar alguna luz a ese respecto —intervino el magos Locard.
Las patas de Locard repiquetearon sobre las losas de mármol cuando se acercó al ayudante de la inquisidora Suzaku.
—¿Me permite?
Suzaku asintió y Locard se giró para pasarle una hoja de información al ayudante del pictógrafo. Éste metió la hoja en la máquina de edición y movió de nuevo la varita de proyección. De inmediato apareció la imagen de un planeta junto a una serie de flujos de datos biométricos, geográficos y cartográficos. La vista se aproximó a la superficie del planeta, lo que reveló un mundo lleno de vegetación, cubierto de junglas y de enormes regiones dedicadas a la agricultura que se extendían por todas sus áreas fértiles.
Uriel no vio nada de particular en aquella imagen hasta que el campo visual se centró en unas instalaciones de diseño obviamente imperial. Sólo entonces se percató de la escala de las junglas y de los bosques que las rodeaban.
—El Complejo Golbasto —les informó el magos Locard—. Un puesto de avanzada de investigación bastante aislado establecido hace cincuenta y tres punto nueve años terráneos estándar para estudiar el efecto de diversos exacerbadores del crecimiento en las cosechas de alimentos más básicos. La investigación no tuvo demasiado éxito al principio, pero hace dos años, el magos Szalin informó de unos resultados muy prometedores con un nuevo agente vírico al que llamó la cepa Heraclitus.
La imagen fue recorriendo la superficie del planeta, y al saber Uriel lo que el Adeptus Mechanicum había estado intentando, se dio cuenta de la inmensa escala de la producción en Golbasto. Los gigantescos huertos de árboles producían frutos del tamaño del torso de un ser humano, las cosechas mostraban granos del tamaño de granadas de mano, y había campos de trigo y maíz de mayor altura que un Warhound. El potencial de semejante investigación era increíble, pero Uriel no conseguía ver la relación que tenía con la crisis en la que estaban envueltos en ese momento.
—¿Qué tiene eso que ver con esta situación? —exigió saber Agemman, que sentía la misma confusión que Uriel.
—Todo, capitán Agemman —le aseguró Locard—. Todo está relacionado y todos los detalles tienen su importancia. Permítame demostrárselo.
La imagen volvió a centrarse en el Complejo Golbasto, pero en esta ocasión, del puesto no quedaban más que ruinas. Y el humo de numerosos incendios que ya comenzaban a extenderse a los huertos y campos cercanos ascendía hacia el cielo.
—¿Qué ocurrió? —le preguntó Uriel.
—Las instalaciones fueron atacadas y destruidas, y todas las reservas de la cepa Heraclitus fueron robadas. Estas imágenes son todo lo que los filtros de datos consiguieron recuperar de las bobinas de memoria rotas del magos de tercera clase Evlame, el único cuerpo que logramos encontrar entre los restos del lugar.
La imagen cambió de nuevo, pero lo que se vio fueron una serie de tomas fijas cargadas de estática: una cúpula plateada del centro de la instalación envuelta en llamas; la silueta borrosa de un rostro cadavérico cosido con alambre, y por último, un grupo lejano de guerreros con armadura que sin duda eran marines espaciales. La mayoría de ellos llevaban armaduras con el metal de las placas al descubierto, pero uno de ellos destacaba entre los demás por el color negro lustroso de su armadura.
—¿Quiénes son? —preguntó Uriel, aunque ya había comenzado a sentir una terrible sospecha en el fondo del estómago.
Locard movió una extremidad artificial y los receptores táctiles manipularon la imagen para centrarse en cada una de las figuras. La grabación era demasiado borrosa para reconocer el rostro de cada individuo, pero la imagen era lo bastante clara para identificar las insignias. Los bordes de las placas de cada armadura estaban decorados con conjuntos de rayas amarillas y negras, y en una de las hombreras se veía un odioso cráneo de hierro rodeado por una estrella de ocho puntas.
—No. Los Guerreros de Hierro. No puede ser —musitó Uriel.
—Pero ¿quién es el otro? El de la armadura negra —inquirió Learchus.
Uriel no le respondió, pero la postura del guerrero de negro le parecía extrañamente familiar. Su lenguaje corporal dejaba muy a las claras su fuerza, su capacidad y su habilidad en combate. Aquel guerrero era un asesino emboscado, un cazador que atacaba desde las sombras, y Uriel tuvo la certeza de saber dónde lo había conocido.
—Sospecho que existe en este asunto algo más personal que la ira de una entidad demoníaca —continuó explicando Locard—. Tengo la teoría de que el instigador del ataque contra Tarentus tiene un odio personal contra el capitán Ventris.
—¿Y cómo sabe eso? —le preguntó lord Calgar.
—Fue el ataque a otro mundo el que me llevó a descubrir la destrucción del Complejo Golbasto. Ese mundo resultó arrasado por la cepa Heraclitus.
—Tarsis Ultra —apuntó Uriel, quien ya sabía dónde acabaría todo aquello—. No me equivoco, ¿verdad?
—No, no se equivoca —le confirmó el magos Locard con un remordimiento muy humano—. Descubrimos trazas de la cepa Heraclitus en la poca vegetación que quedó en Tarsis Ultra. Al parecer, los atacantes se apoderaron del silo orbital de misiles y lanzaron una serie de cabezas de guerra cargadas con el virus.
—¿Tan peligroso era ese virus? Se supone que incrementaba el crecimiento de las cosechas. ¿Cómo fue capaz de arrasar todo un planeta? —preguntó lord Calgar.
—No podía hacerlo, a menos que ese planeta estuviera contaminado por los residuos de una invasión tiránida, mi señor —le explicó Locard—. Aunque la flota tiránida fue derrotada, buena parte de la materia biológica depositada ya en Tarsis Ultra permaneció allí, a pesar de todos los esfuerzos de los programas de erradicación que se llevaron a cabo tras la victoria. Hay que entender que todos los organismos tiránidos tienden a propagarse de forma incesante, lo que es un rasgo hiperrevolucionario diseñado para cubrir cualquier planeta con crecimientos de esporas que ahoguen toda la vida existente y de ese modo los organismos de cosecha biológica puedan digerirlo todo con mayor facilidad. La cepa Heraclitus provocó que los organismos tiránidos iniciaran un crecimiento frenético, y nada pudo detenerlos. Cubrieron toda la tierra con algas corrosivas, infectaron hasta la última molécula de oxígeno y quemaron la atmósfera. A los pocos días, el planeta quedó consumido e indefenso ante la radiación del sol. Ahora no es más que una roca desolada.
Locard miró a Uriel y regresó al lado de la estatua de Konor, donde se agachó para recoger una caja plateada.
—Sin embargo, en mitad de toda aquella destrucción encontramos algo que no nos esperábamos. También lanzaron un misil sin cabeza de combate desde la plataforma orbital, y lo utilizaron para llevar algo más a la superficie del planeta. Llevaba una baliza localizadora, así que era evidente que alguien quería que lo encontráramos.
—¿Eso contiene lo que transportó el misil? —quiso saber Uriel.
—Sí.
Locard abrió la caja y sacó un casco Mark VII, de clase Aquila, ya bastante desgastado. La pintura casi se había borrado por completo, pero todavía se veía con claridad el color original y un poco menos la omega invertida. Locard le dio la vuelta al casco y leyó la marca del armero grabada en el reborde interior.
—Seis Epsilon Gladius.
—Es mi casco. El que llevaba puesto en Medrengard. El que me dejé allí.
—Por lo que parece, estás más relacionado con esta guerra que se avecina de un modo más personal que la mayoría de nosotros. ¿Cómo es posible? —le preguntó lord Calgar.
—Sólo existe una explicación: Honsou —declaró Uriel.
Uriel pasó la siguiente hora contando de nuevo la narración épica de su juramento de muerte. Contó cómo Pasanius y él fueron llevados casi al otro extremo de la galaxia por el Omphalos Daemonium, hasta Medrengard, un mundo dejado de la mano del Emperador situado en el Ojo del Terror, y cómo se vieron envueltos en la guerra que libraban dos herreros de los Guerreros de Hierro. También les contó el encuentro con los astartes renegados y con su líder, Ardaric Vaanes, de la Guardia del Cuervo, y en ese punto fue evidente que había captado toda la atención del capitán Shaan.
Aunque muchos de los Ultramarines que se encontraban en el patio ya habían oído aquel relato, escucharon de nuevo con atención. Uriel no dudó en ningún momento a lo largo de la narración, y siguió contando cómo Pasanius y él se habían infiltrado en la temible fortaleza de Honsou en mitad del asedio infernal para acabar siendo atrapados por la criatura llamada Onyx.
Honsou había creído que eran renegados al igual que Vaanes, por lo que les había ofrecido un puesto a su lado, algo que había horrorizado a los dos ultramarines. Hasta Sicarius sonrió cuando Uriel contó cómo le habían escupido a la cara al rechazar su oferta. Esas sonrisas se desvanecieron de inmediato cuando narró la guarida macabra de los mortuarios bestiales, su encierro dentro de una de las criaturas matriz llamadas daemonculata y el horror de su huida.
Más de uno alzó las cejas en gesto de reprobación cuando contó su alianza con los sinpiel y todos bufaron despreciativos al oír que Ardaric Vaanes había rechazado la oportunidad de redimirse que Uriel le había ofrecido.
Cuando contó cómo habían llevado a cabo la destrucción de la fortaleza de Honsou, un silencio denso y pesado cayó sobre todos los presentes, y ninguno se atrevió a hablar, ya que nada menos que los propios Caballeros Grises habían declarado que tanto Pasanius como Uriel estaban libres de toda impureza del Caos. En cuanto regresaron a Macragge, los capellanes y el apothecarion habían realizado una serie exhaustiva de pruebas físicas, mentales y espirituales que confirmaron el dictamen de los Caballeros Grises.
Uriel y Pasanius habían regresado puros al Capítulo.
—Lo que no entiendo —declaró el capitán Galenus— es cómo sabía ese tal Honsou que debía atacar Tarsis Ultra. Cómo es posible que eligiera un planeta con una relación tan precisa con el capitán Ventris. ¿Cómo podía saberlo?
—No lo sé —respondió Uriel mientras bajaba de nuevo al patio—. Pero lo sabía, y quería que nosotros supiéramos que se trata de él. Este ataque no va dirigido contra mí, sino contra todos nosotros. Nuestro Capítulo juró por la Deuda del Guerrero que defendería Tarsis Ultra, y el honor de todos y cada uno de nosotros está mancillado por esa matanza tan impía. Pero si Honsou ha venido a Ultramar, debo ser yo quien se enfrente a él y quien lo mate. Han sido mis actos los que han provocado que esta venganza se desencadene contra nosotros, y no importa cómo ha logrado realizar todo lo que ha hecho. Está aquí, y hay que acabar con él como el perro rabioso que es.
Uriel sintió que el corazón le palpitaba con impaciencia por entrar en combate. Miró a su alrededor y observó a los guerreros a los que llamaba «hermanos» y a aquellos que habían acudido a Ultramar para combatir al lado de sus guardianes. Los capitanes ya estaban en pie, preparados para marchar al combate, aunque el bibliotecario Tigurius le miraba fijamente, sin ocultarlo, y con una intensidad que le resultó perturbadora.
Marneus Calgar se acercó a Uriel y le colocó uno de sus enormes guanteletes sobre un hombro. El señor del Capítulo clavó su mirada en las profundidades del alma de su capitán y vio la fuerza que existía en su interior, una fuerza que haría frente a aquel audaz enemigo y que lo derrotaría.
—Varro me ha dicho que serás una pieza clave en las batallas que se avecinan —le dijo lord Calgar.
—Pero ¿para bien o para mal? —preguntó Sicarius.
—¿Quién puede saberlo con seguridad? —le contestó Tigurius mientras rodeaba a Uriel y lo miraba con expresión valorativa—. ¿Será nuestra salvación, o el portador de nuestra condenación? En cualquiera de esos dos casos, el destino de los Ultramarines está unido a la enemistad encarnizada que este enemigo ha traído a nuestro territorio. Sea lo que sea lo que ocurra a continuación, el capitán Ventris estará en el centro de la acción.
Uriel notó un reconocimiento por sus actos en las palabras del bibliotecario, y se giró hacia el capitán Shaan. Se quedó mirando a los ojos hundidos del guerrero de la Guardia del Cuervo, muy parecidos a los del guerrero renegado junto al que había combatido en Medrengard.
—Habéis venido en busca de Ardaric Vaanes, ¿no es así?
—Así es —le confirmó Shaan—. Ese traidor tiene la sangre de los míos en sus manos, y la Guardia del Cuervo no olvida a aquellos que la han ofendido.
Uriel alargó una mano.
—Entonces, venid conmigo a Tarentus, y juntos se lo haremos pagar.
Shaan asintió, la expresión de su rostro era sombría e inmisericorde. Estrechó la mano que Uriel le ofrecía.
—Acabaremos juntos con esos traidores. A la vieja usanza.