
Uriel parpadeó sorprendido, y la niña desapareció. Se desvaneció de la vista como si nunca hubiera existido.
Se puso en pie de inmediato y echó a correr hacia el lugar donde la había visto.
Al llegar al final de la calle miró a derecha y a izquierda y no vio indicio alguno de la niña. Empezó a preguntarse si la había visto de verdad. La imagen había sido tan fugaz que no estaba seguro de no haberla simplemente imaginado después de verla en la pictografía. Pero le había parecido tan real…
Justo cuando comenzaba a considerar todo aquello un producto de su imaginación, oyó delante de él un leve suspiro, apenas una exhalación, y vislumbró un destello blanco. Con movimientos precavidos, cada sentido alerta en busca de posibles peligros, Uriel desenvainó la espada y avanzó a lo largo de la calle en dirección al sonido. Los edificios que lo rodeaban estaban a oscuras y parecieron inclinarse sobre él.
Pasó junto a unos cuantos montículos de piedras más, pero no se detuvo a examinarlos, ya que el tono del sonido cambió y pasó de ser una respiración a un lamento, el de la pena inconsolable de un niño.
Uriel se detuvo cuando el sonido pareció alejarse, y se encontró delante de un edificio de piedra con dos ventanas cerradas. Las contraventanas colgaban de unas bisagras oxidadas. Una parte del edificio había quedado acribillada por los proyectiles y las explosiones, pero se trataba sin duda del mismo edificio de la imagen.
¿Lo habían conducido hasta allí?
La idea debería haberle inquietado como mínimo, pero no sintió preocupación alguna por aquel lugar.
Todos los sonidos se habían apagado, y hasta el viento había dejado de soplar. Uriel atravesó una de las paredes rotas y se adentró en el interior del edificio con la espada preparada. Pensó en la posibilidad de ir a buscar a Pasanius, pero no sintió amenaza alguna allí dentro, tan sólo una sensación de soledad dolorosa.
Los ojos de Uriel se ajustaron de nuevo al cambio de condiciones lumínicas y vio una habitación destrozada con los restos de los muebles esparcidos por doquier. Una mesa y sus sillas correspondientes yacían hechas astillas, quemadas y ennegrecidas por el fuego. La estancia olía a humo, y Uriel pasó un dedo por la pared que tenía más cerca. Notó la capa de residuo que dejaba el promethium quemado.
Miró a su alrededor y vio los tristes restos de unas vidas arrasadas en un instante. En la pared del otro extremo se veían dos siluetas quemadas, con los brazos alzados en un gesto de horror, o en un intento final e inútil de protegerse de las llamas que las habían matado.
Se imaginó la estancia consumida por las llamas y el terror y la agonía de aquellos que se vieron atrapados allí mientras se quemaban. Tuvo la esperanza de que sus muertes hubieran sido rápidas. Los fragmentos de cerámica y de cristal crujían bajo sus pies. Se agachó para recoger algo metálico que destacaba entre las cenizas y los demás restos. Era un casquillo de bala, probablemente, por el calibre de rifle automático, con el sello estampado del águila imperial y un código de serie del Departamento Munitorum.
«¿Disparados en ataque o en defensa?», se preguntó Uriel.
Luego vio la silueta ennegrecida de un rifle automático en una esquina de la habitación. El cañón del arma se mantenía recto y plateado, aunque algo cubierto de óxido. ¿Cómo había logrado escapar de los efectos del calor infernal que había destruido el resto del lugar?
Recordó la colocación de las ofrendas votivas que había visto diseminadas por las calles y captó el significado de la disposición del arma. Siguió la dirección que indicaba el cañón del arma y se adentró en una habitación trasera.
Al igual que la estancia principal, aquella habitación estaba ennegrecida por el fuego. Las paredes se habían desconchado y en la superficie habían aparecido burbujas allí donde el calor no había sido lo suficientemente elevado como para quemarlas por completo. La habitación estaba vacía y a oscuras, y debió de ser un dormitorio a juzgar por la estructura oxidada de una cama que yacía en un rincón.
Uriel dio una vuelta completa por la estancia en busca de algo a lo que el rifle de la otra habitación hubiera podido estar señalando. Se sintió un poco estúpido, y estaba a punto de marcharse cuando vio las palabras escritas en la pared.
Estaban tapadas parcialmente por el polvo, pero las palabras resultaban perfectamente visibles gracias a su capacidad ocular mejorada. Estaban ocultas, pero en realidad, a la vista de quien las estuviera buscando.
¡LOS HIJOS DE SALINAS SE ALZARÁN DE NUEVO!
Uriel frunció el entrecejo al leer aquello y se preguntó qué significaría.
¿Quiénes eran los Hijos de Salinas?
¿Una secta? ¿Un movimiento de resistencia? ¿Una facción proimperial?
Fueran quienes fuesen, habían tenido buen cuidado de ocultar su llamada a la rebelión, y ese simple hecho hacía que Uriel ya sospechara de ellos.
¿Salinas era una persona o el nombre del planeta donde se encontraban?
Se volvió en redondo cuando en la pared que tenía delante apareció una sombra. Unos pasos pesados y un olor húmedo a animal le indicaron quién lo había seguido, por lo que bajó la espada.
Regresó a la habitación principal de la casa, y en cuanto cruzó el umbral vio al señor de los sinpiel encorvado delante de la pared donde se encontraban las dos siluetas ennegrecidas. La criatura había bajado su enorme cabeza hasta pegarla a la pared para husmearla, y abrió los ojos de par en par al captar el origen del olor.
—¿Esta gente…? —preguntó el señor de los sinpiel.
—¿Qué ocurre con ellos?
—Este lugar… ¿Muchas familias?
—Sí —le confirmó Uriel—. Esto era una ciudad.
—¿Y esta gente? —insistió el señor de los sinpiel.
—Vivían aquí.
—Murieron aquí.
Uriel asintió al mismo tiempo que envainaba la espada.
—Así es, pero no conozco el motivo.
—Este mundo parece mal, enfermo. No creo que nosotros felices aquí —susurró la enorme bestia—. Los hombres que mataron a esta gente… son hombres malos, como los hombres de hierro.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Uriel.
La gigantesca criatura se encogió de hombros, como si la respuesta fuera evidente. Luego se apartó de la pared y se dirigió hacia un puñado de juguetes que estaban esparcidos en una esquina de la habitación. El señor de los sinpiel se puso en cuclillas junto a ellos. Entre otros había una muñeca medio derretida con el vestido quemado y un puñado de bloques de construcción con las letras borradas por el calor.
En el rostro de la criatura comenzó a aparecer lo que podría haber sido una sonrisa, y Uriel sintió que una oleada de cariño hacia el señor de los sinpiel le embargaba el corazón. Se preguntó qué le habría deparado el futuro a aquel niño si no hubiera sido secuestrado por los Guerreros de Hierro.
—Los hombres malos querrán matarnos —dijo el señor de los sinpiel sin levantar la mirada.
—¿Por qué dices eso? —le preguntó Uriel, aunque temía que aquello fuese cierto.
—Sé que somos monstruos. Un hombre malo que mate familias nos tendrá miedo.
—No. No voy a permitir que eso ocurra.
—¿Por qué?
—Porque creo que os merecéis la oportunidad de vivir.
—¿Crees que los sinpiel podemos vivir aquí?
—No lo sé —admitió Uriel—, pero ¿qué oportunidades de sobrevivir teníais en Medrengard? No sé nada de este planeta, ni cómo se llama ni dónde se encuentra, pero te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que aquí tengáis una vida mejor. Lo que os ocurrió fue algo… monstruoso, pero no os merecéis que os condenen por ello. Sólo tenéis que ser un poco más pacientes y quedaros escondidos hasta que encuentre el momento adecuado para hablarle a la gente de vosotros. ¿Podréis hacerlo?
—Los sinpiel se esconden muy bien. Nos nos verán si no queremos. Lo aprendimos en el mundo de los hombres de hierro.
—Entonces, quedaos aquí, y cuando llegue ese momento, Pasanius y yo vendremos a buscaros. Luego podréis disfrutar del sol en el rostro y no tendréis que preocuparos más por los hombres de hierro.
—Una vida mejor —musitó el señor de los sinpiel—. ¿Lo prometes?
—Una vida mejor —prometió Uriel.
—¿Y el Emperador nos amará?
—Lo hará. Él ama a todos sus súbditos.
El señor de los sinpiel asintió y volvió su enorme cabeza hacia él. Un rostro tan horrible y retorcido era incapaz de ocultar engaño alguno, y Uriel sintió el tremendo peso de la responsabilidad por la fe que la criatura ponía en él. Le había prometido un futuro mejor, y tenía que cumplir esa promesa.
El señor de los sinpiel levantó de repente la cara hacia el cielo y los pliegues de piel que tenía sobre las mandíbulas retemblaron un instante.
—Vienen hombres —dijo de repente—. Hombres sobre máquinas.
La coronel Verena Kain contuvo el bostezo que estaba a punto de escapársele y se pasó la mano enguantada por los ojos mientras su cuerpo se balanceaba siguiendo con movimientos naturales las sacudidas del vehículo de transporte blindado Chimera en el que viajaba. Al estar sentada con medio cuerpo fuera en la escotilla del comandante disponía de un amplio campo de visión sobre el paisaje sumido en la penumbra previa al amanecer, mientras seguían el curso de un río en dirección a la ciudad en ruinas de Khaturian.
Distinguió la silueta irregular de la ciudad allí delante, recortada contra el fondo melancólico de las montañas. Era una visión desoladora en aquella hora tan temprana y tan poco apetecible del día. Seis Sentinel de exploración avanzaban con su característico paso bamboleante en vanguardia. Las máquinas bípedas estaban allí para asegurarse de que aquella operación estúpida iniciada por la advertencia de Mesira Bardhyl no se convirtiese en una emboscada de los Hijos de Salinas.
La psíquica flacucha había llegado al palacio en mitad de la noche exigiendo ver de inmediato al gobernador Barbaden, lo que demostraba su grado de estupidez. Insistía en que tenía algo muy importante que decirle, y una vez la llevaron ante la presencia del gobernador, comenzó a gimotear tonterías sobre unos monstruos y sobre océanos de sangre que salían del Campo de la Muerte.
La bofetada que Kain le había propinado en plena cara había interrumpido esas divagaciones. La coronel sonrió al recordar la expresión de asombro que apareció en el rostro enjuto de la mujer. Mesira Bardhyl era la psíquica autorizada asignada a las Águilas Aullantes, pero también fue una de los cobardes que había escogido licenciarse del regimiento tras la desmovilización parcial de las Falcatas que se había producido después de la Restauración. Kain no soportaba aquellos arrebatos, y la oportunidad de poner en su sitio a Bardhyl era demasiado buena como para dejarla pasar.
Al tratarse de una psíquica, Bardhyl debería haber sido entregada al Comisariado después de la desmovilización, pero por alguna razón que sólo él conocía, Barbaden le había permitido abandonar el regimiento sin mayor problema. A Kain no se le ocurría explicación alguna para que el gobernador hubiera decidido hacer aquello, pero se esforzaba demasiado por no ahondar mucho en aquel asunto, ya que la mente fría y calculadora de Leto Barbaden era un instrumento letal que podía acabar con su carrera con la misma seguridad que su apoyo le había permitido ascender hasta el rango que él mismo había ostentado antaño.
Una vez Bardhyl se tranquilizó lo suficiente como para hablar sin necesidad de recurrir a hipérboles innecesarias, les contó que había sentido la aparición de un tremendo foco de energía de disformidad en la ciudad destrozada de Khaturian. Barbaden había consultado con los janiceps y se lo habían confirmado, por lo que le ordenó a Kain que tomara el mando de un destacamento y se dirigiera al Campo de la Muerte para investigar.
Detrás del vehículo de Kain avanzaban, desplegados en formación de punta de flecha, otros once Chimera que transportaban a más de un centenar de soldados de las Águilas Aullantes. Eran veteranos con decenas de campañas a sus espaldas, y los soldados más disciplinados y temidos de todas las Falcatas Achamán. Los Águilas Aullantes eran sus guerreros favoritos cuando había que restaurar el orden con la máxima rapidez y eficiencia.
Kain sintió que un estremecimiento de aprensión le recorría el cuerpo cuando se aproximaron a las afueras de la ciudad, pero se rehízo de inmediato. La última vez que había visto aquel lugar estaba completamente envuelto en llamas, y lo que había presenciado aquella noche regresó con la fuerza inesperada de un recuerdo que acudía sin ser llamado.
Se dio cuenta de que no había pensado en aquella noche desde hacía muchos años, pero ese recuerdo no la incomodó, al contrario de lo que le ocurría a algunos miembros de su regimiento. Habían hecho lo debido, y el planeta había sido sometido de nuevo. No se arrepentía de nada. Se llevó una mano con gesto inconsciente a la medalla en forma de águila que le colgaba de la pechera del uniforme.
El Chimera se elevó un poco en el aire al pasar por encima de un obstáculo del desigual terreno. La coronel se llevó a la cara unos magnoculares de aspecto gastado y estudió con detenimiento la ciudad mientras los Sentinel se acercaban ya a la alambrada de espino que rodeaba toda la zona.
Lo que vio fueron edificios en ruinas, teñidos de un tono verde lechoso debido al mecanismo de los magnoculares. Apenas había nada más que ver. La ruta de aproximación se hizo más agreste y todavía debía atravesar algunas colinas boscosas, por lo que Kain pegó los brazos al cuerpo y se metió de nuevo en el vehículo.
Merecía la pena ser cuidadosa. Los Hijos de Salinas habían aumentado el número de ataques de su campaña de guerrillas, y aunque era improbable que intentaran enfrentarse a una fuerza tan numerosa y bien armada, era muy posible que hubieran desplegado unos cuantos francotiradores sobre el terreno. Todo aquello podía ser simplemente una treta para atraer y matar a un oficial imperial.
El interior del Chimera era oscuro y ruidoso. El estruendo del motor llegaba rugiente desde la parte posterior, y el fuerte olor a combustible y a ungüentos sagrados cargaba el aire. Era un lugar estrecho y abarrotado de estructuras de hierro y piezas móviles pero sólidas, por lo que le vino muy bien tener una constitución delgada mientras se dirigía al puesto del comandante.
—¿Ha visto algo, señora? —le preguntó Bascome, su ayudante de campo, desde su puesto al lado del comunicador.
—Ahí fuera no hay nada —contestó ella a gritos para hacerse oír por encima del rugido del motor.
—¿Tiene alguna idea de lo que podemos encontrarnos?
Lo cierto era que Kain no tenía ni idea de lo que podían encontrarse debido a la frustrante vaguedad de la advertencia de Bardhyl, pero no era propio de un coronel admitir su ignorancia delante de oficiales de rango inferior.
—Probablemente se trate de alguna clase de actividad de los Hijos de Salinas —contestó finalmente—. O quizá se trate de más estúpidos que vienen a colocar cacharros sobre una pila de piedras.
Bascome negó con la cabeza.
—Lo lógico sería esperar que hubieran aprendido que es mejor no venir por aquí, sobre todo después de que fusiláramos al último grupo.
Kain no respondió. Recordó a los tres individuos que habían acabado de espaldas contra la pared del palacio y delante de un pelotón de fusilamiento por atravesar el cordón de seguridad establecido alrededor de Khaturian. La entrada a la ciudad estaba absolutamente prohibida, además de castigada con la pena de muerte, pero aquello era algo que no parecía disuadir a los muchos idiotas que de forma regular arriesgaban la vida para colocar memoriales por toda la ciudad.
Si Barbaden le hubiera hecho caso, las ruinas habrían quedado arrasadas por completo mediante un bombardeo concentrado de Basilisks una hora después del Día de la Restauración, pero el recién nombrado gobernador había decidido que con un acto semejante tan sólo se conseguiría encender de nuevo las llamas de la rebelión, extinguidas tan poco tiempo atrás.
Bueno, pues los diez años anteriores habían mostrado lo bien que había funcionado la idea. Había sido una década de bombardeos, de revueltas y de descontento en una población que era demasiado estúpida como para darse cuenta de que había sido sometida. El régimen imperial dominaba aquel planeta, y los Hijos de Salinas no eran más que una banda de derrotados, sin importar lo carismático o astuto que fuese su nuevo jefe, Pascal Blaise.
Se oían multitud de rumores absurdos sobre el líder de los Hijos de Salinas. Se decía que antaño había servido en la Guardia Imperial, que había sido el jefe de seguridad de Barbaden antes de que lo sustituyera Daron Nisato. Incluso se rumoreaba que era un inquisidor que iba por libre. Fuera cual fuese su verdadera vida anterior, Kain había matado a suficientes seguidores suyos como para saber que no era tan buen jefe como se pensaba.
—Espero que se trate de los Hijos de Salinas —comentó Bascome—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que libramos un combate de verdad.
Kain compartía el deseo de su ayudante. Los falcatas apenas habían tenido un enemigo en condiciones desde el Día de la Restauración. No se habían enfrentado a alienígenas ni a los guerreros de los Poderes Siniestros, sino a masas de civiles enfurecidos, sin contar las ingratas patrullas a través de los asentamientos levantados a partir de los restos de sus propios vehículos, donde los esperaban trampas explosivas que les arrancaban extremidades o francotiradores que acechaban para disparar contra los soldados imperiales antes de desaparecer de inmediato.
La situación no tenía sentido alguno para Kain. ¿No habían liberado a todo el sistema estelar de los Poderes Siniestros? Era verdad que no se había producido una rebelión abierta en Salinas, pero después de que los otros tres planetas del sistema cayeran en la herejía, tan sólo era cuestión de tiempo que Salinas se entregara al gran enemigo. ¿Es que aquella gente no se daba cuenta de la suerte que habían tenido en realidad?
Los Falcatas habían llegado envueltos por la pompa y la ceremonia, con un boato exigido por el señor de la cruzada, el general Shermi Vigo, un individuo que odiaba a Leto Barbaden y que, en justa respuesta, era despreciado por éste. Aquello sólo había servido para provocar a la gente, lo que llevó a tres años de una guerra infame y carente de toda gloria.
En ningún momento se había puesto en duda el resultado de aquella campaña de pacificación, ya que las Falcatas Achamán ya habían pasado por los infiernos traicioneros de dos de los planetas del sistema y no estaban dispuestos a ofrecer misericordia alguna. A pesar de lo feroz y de lo brutal que habían sido las batallas, no había gloria alguna en matar a civiles que se creían soldados por el simple hecho de empuñar rifles.
—No esperes demasiado, Bascome —le advirtió Kain—. Es probable que esto no se salga de lo habitual.
—¿Qué te parece? —le preguntó Pasanius.
—Me suena a motores de Chimera, y a Sentinel.
—Eso me parecía a mí también —confirmó Pasanius—. ¿La Guardia?
—Eso creo.
—Esperemos que sean de los nuestros.
Uriel asintió y se pasó una mano por el cráneo mientras el sonido de los motores se acercaba. La extraordinaria capacidad auditiva del marine le permitió filtrar las distorsiones provocadas por lo escarpado del entorno y captar con claridad los distintos tipos de motor y localizar con exactitud su situación en el terreno.
Los vehículos se encontraban aproximadamente a unos dos kilómetros de allí, y llegarían a la ciudad en cuestión de momentos.
Uriel había recorrido las calles a la carrera y había sentido de nuevo su cambio de carácter. El viento azotaba serpenteante la ciudad como si con cada ráfaga intentara avisar de la llegada de los desconocidos. El señor de los sinpiel no había tardado mucho en dejarlo atrás, ya que sus enormes zancadas y sus extremidades largas y elásticas le permitían correr por las calles cubiertas de escombros con una agilidad y una elegancia increíbles.
Pasanius ya lo estaba esperando, y ambos recogieron sus escasas pertenencias y se dirigieron a la zona sur de la ciudad. Fueran quienes fuesen aquellos hombres sobre máquinas, Uriel y Pasanius se enfrentarían a ellos con la cabeza bien alta.
Uriel se volvió hacia el señor de los sinpiel mientras se preparaban para marcharse. Alargó una mano para colocársela en el brazo, pero recordó lo doloroso que había resultado aquel gesto para la criatura, por lo que la retiró.
—¿Sabes lo que tenéis que hacer? —le preguntó Uriel.
La enorme criatura asintió, y su grupo de deformados seguidores repitió el gesto.
—Escondernos.
—Sí, tenéis que esconderos. Pero no será por mucho tiempo. Te lo prometo. Hablaremos con esos hombres y nos enteraremos de más cosas sobre este mundo.
—¿Y entonces vendrás a por nosotros? ¿Les dirás que no nos teman?
Uriel dudó un momento antes de responder, sin saber qué decir. Se sentía reacio a prometer algo que quizá no podría cumplir.
—Volveré a por vosotros en cuanto sea seguro hacerlo, pero hasta entonces tenéis que estar escondidos. Subid a la parte alta de las montañas. Allí parece haber agua y comida, y no deberíais tener problemas mientras os mantengáis alejados de cualquier asentamiento humano.
El señor de los sinpiel se quedó un momento callado para asimilar todo lo que le había dicho Uriel, y su gigantesco cuerpo pareció encogerse. Uriel se dio cuenta de que la criatura sentía miedo, y a pesar de lo ridículo que pudiera parecer aquello, era perfectamente comprensible. El señor de los sinpiel se había mantenido cerca de Uriel durante los últimos días de su estancia en Medrengard, como un niño que esperara la guía de su padre.
Esa guía iba a desaparecer, y Uriel captó el miedo del abandono en los ojos lechosos e inyectados en sangre de la criatura.
—Estaréis a salvo —le insistió Uriel—. Os doy mi palabra. No permitiré que os pase nada malo. Ahora tenéis que marcharos. De prisa.
El señor de los sinpiel se dio media vuelta y dirigió a sus seguidores hacia el interior de la ciudad en ruinas. Uriel los observó mientras se alejaban, con la esperanza puesta en que consiguieran una vida mejor en aquel planeta.
Unos minutos después, delante de la alambrada de espino que al parecer rodeaba toda la ciudad, ya no se sintió tan seguro al respecto. La exploración que había llevado a cabo la noche anterior no lo había llevado tan al sur, y descubrir que aquella ciudad muerta tenía un perímetro de aislamiento le preocupó un poco.
—Me suena a que son amigos —comentó Uriel—. Los vehículos de la Guardia Imperial que han sido saqueados no suenan como si tuvieran los motores a punto. Los de éstos han sido revisados y están en condiciones, eso se nota.
—Bueno, la verdad es que siempre has tenido mejor oído que yo — respondió Pasanius con un tono de voz despreocupado, pero Uriel captó la intranquilidad de su amigo—. ¿A ti qué te parece esta alambrada?
Uriel miró a izquierda y derecha siguiendo la línea de postes de madera clavados en el suelo y unidos mediante tramas de alambre de espino de aspecto peligroso y tremendamente afilado.
—Lo que está claro es que lo han colocado con toda la intención de cortar el paso. Cualquiera que quedara atrapado en esta valla acabaría hecho jirones ensangrentados en cuanto se moviera.
—Sí —contestó Pasanius, mostrándose de acuerdo sin dejar de mantener empuñado el bólter—. Y por los trozos de tela y las manchas de sangre, no falta gente que intente cruzarla.
Habían llegado al límite exterior de la ciudad y seguido un camino que llegaba a una puerta ancha, de la que colgaban lazos de colores y guirnaldas de flores ya secas. Del alambre también pendían unas cuantas tiras de plegarias. Todo aquello le daba un aspecto un tanto festivo a la puerta.
—¿Qué vamos a hacer exactamente? —le preguntó Pasanius.
—Actuar con cuidado. Es lo único que podemos hacer. Quisiera ser sincero con esta gente, pero lo que no quiero es que me acribille un guardia imperial demasiado celoso por cumplir su deber y de gatillo fácil.
—Bien visto. Será mejor que no mencionemos dónde hemos estado.
—Sí, será lo mejor. Al menos, de momento.
Pasanius señaló con un gesto del mentón al horizonte.
—Ahí vienen.
Uriel contempló cómo un trío de vehículos cuadrangulares y bípedos aparecía caminando por el horizonte en dirección a la ciudad. Avanzaban con grandes zancadas mecánicas y chirriantes. Los tres estaban pintados de un color rojo óxido oscuro y, para alivio de Uriel, llevaban estampada un águila dorada en la parte frontal del blindaje. Dos de ellos iban equipados con cañones automáticos, mientras que el tercero estaba armado con un cañón láser que emitía el zumbido propio de una poderosa carga de energía eléctrica.
—Hay otros más aparte de esos tres —comentó Pasanius con la cabeza inclinada hacia un lado.
—Sí. Uno a nuestra derecha y otros dos escondidos en el bosque que hay a la izquierda.
—Dos cañones automáticos y un cañón láser… Nos van a hacer picadillo como empiecen a disparar.
—Pues entonces no les demos razón alguna para hacerlo, ¿vale?
—Por mí bien.
Uriel observó con atención como los tres Sentinel visibles reducían su velocidad de avance y se acercaban a la puerta con mayor precaución después de detectar la presencia de los dos marines. Les apuntaron con las armas, activaron los servomotores y las cámaras de armado soltaron a los espíritus guerreros que albergaban los cañones.
—Tranquilo —susurró Uriel.
Los tres Sentinel tenían las armas apuntadas sin titubeo alguno contra ellos.
—Si abren fuego… —musitó Pasanius mientras empuñaba con más firmeza el bólter.
Uriel captó el gesto.
—Con mucha, mucha lentitud, deja el bólter en el suelo.
Pasanius bajó la mirada al arma, como si se hubiera olvidado de que la tenía en la mano, y asintió. Alzó el muñón del brazo amputado, se arrodilló y dejó el bólter en el suelo. El Sentinel armado con el cañón láser siguió todos sus movimientos.
Ninguno de los otros dos vehículos se movió, aparentemente satisfechos con apuntarlos con las armas.
—¿Por qué no hacen nada?
—Supongo que se estarán comunicando con el oficial al mando.
—No me gusta nada esto —insistió Pasanius.
—A mí tampoco, pero no tenemos otra elección. Teníamos que ponernos en contacto con las autoridades imperiales en algún momento.
—Es verdad. Lo que pasa es que me hubiera gustado hacerlo sin que me apuntara la potencia de fuego de media compañía de apoyo pesado.
Los Sentinel que estaban delante de ellos no se movieron, pero Uriel oyó como avanzaban los que estaban fuera de la vista, lo que confirmó que no estaban solos. Deseó con todas sus fuerzas que el señor de los sinpiel hubiera conseguido salir de la ciudad con los suyos, ya que si el comandante de aquella unidad era mínimamente competente, registraría la ciudad para confirmar que los dos desconocidos estaban solos.
Uriel oyó poco después el retumbar de varios vehículos con orugas, y entonces apareció una columna desigual compuesta por una docena de Chimera. En cuanto llegaron aquellos vehículos blindados, los Sentinel iluminaron a los marines con sus focos cegadores. Uriel parpadeó con fuerza para eliminar los destellos que le quedaron en la retina mientras el globo ocular se ajustaba a la nueva intensidad de luz.
Aunque el amanecer ya estaba asomándose por el horizonte oriental, la potencia de los focos era intensa, por lo que Uriel tuvo que entrecerrar los ojos para captar lo que fuera que estuviera ocurriendo por detrás de los Sentinel. Los ojos de un humano normal hubieran quedado cegados por completo, pero los de un marine espacial eran capaces de filtrar prácticamente cualquier intensidad de luz, excepto la absolutamente cegadora.
En cuanto Uriel logró enfocar de nuevo la mirada vio que los Chimera se habían desplegado y que tenía todo un escuadrón de armas pesadas apuntándolos a él y a su sargento. Las compuertas traseras de los vehículos se abrieron y decenas de soldados desembarcaron de los transportes.
—Son buenos, tengo que admitirlo —musitó Pasanius, y a Uriel no le quedó más remedio que mostrarse de acuerdo.
Los soldados estaban equipados con unas armaduras de placas de color rojo reluciente y cotas de malla con los bordes festoneados de piel. Llevaban a la espalda unas capas cortas carmesíes que sujetaban con un lazo por encima del hombro izquierdo. Los rifles que empuñaban no dejaron de apuntar a los marines de un modo certero, ya que los soldados se movían con pasos ágiles pero manteniendo firme el arma.
Se protegían la cabeza con unos cascos de bronce que incluían protecciones metálicas para las mejillas y unos pliegues de malla flexible para proteger la zona del cuello. Todos llevaban al cinto una espada de hoja curvada y aspecto pesado, y Uriel tuvo la sensación por el aspecto general de que no se trataba de un arma ornamental.
—Se han tomado muchas molestias sólo por nosotros dos —susurró Pasanius.
—Lo sé. ¿Cómo se enteraron de que estábamos aquí?
—Supongo que no tardaremos en saberlo. Por lo que se ve, van a acercarse.
Un sargento equipado con implantes oculares integrados en el casco hizo señales para que avanzaran dos de las escuadras. Justo delante de la puerta colocaron un artefacto pesado y cuadrado del que salía un cable. Un tecnoingeniero cubierto por una túnica con capucha y una mochila repleta de instrumentos de bronce y de engranajes siseantes lo conectó directamente con el primer Chimera.
Alrededor de la caja que había quedado pegada a la puerta comenzó a relucir un leve brillo, y el chasquido seco de una descarga eléctrica recorrió toda la valla de alambre. En cuanto el brillo se desvaneció, los soldados abrieron de una patada la puerta antes sellada magnéticamente.
Los guardias imperiales de armadura roja se desplegaron en el interior por parejas para tenerlos cubiertos de forma experta con ángulos de tiro que se solaparan.
—¡Despejado! —gritó uno de los soldados, grito que repitió el soldado que tenía enfrente.
Uriel se dio cuenta al tenerlos más cerca de que realmente eran soldados profesionales. Mantenían una distancia exacta respecto a sus objetivos, lo bastante cerca como para que resultara imposible fallar un disparo si la situación se ponía violenta. Ninguno de ellos parecía estar ni siquiera impresionado por el hecho de estar apuntando sus armas a unos guerreros que, resultaba evidente, tenían el físico corpulento de un astartes.
El sargento de los implantes oculares se acercó con la espada curva desenvainada. Uriel vio con claridad que el arma era un tipo de falcata, una espada de un solo filo que se doblaba longitudinalmente hacia abajo cerca de la punta. Un arma así era pesada y tenía la capacidad de propinar un golpe con la fuerza de un hacha, pero al mismo tiempo poseía la precisión y el borde cortante de una espada. La empuñadura estaba rematada en forma de gancho y los gavilanes de la guarda simulaban las alas de un águila llameante.
El sargento utilizó la punta de la espada para apartar el bólter de Pasanius del astartes, y luego le indicó con un gesto a un soldado que estaba a su espalda que se llevara el arma. El individuo tuvo que esforzarse debido al peso, y Uriel vio como se lo entregaba al tecnoingeniero, que lo esperaba impaciente.
El suboficial miró luego a Uriel de arriba abajo, aunque su rostro permaneció invisible tras la combinación de máscara respiratoria y comunicador que llevaba acoplada a la boca y los implantes biónicos. Los soldados se relajaron un poco después de que les hubieran quitado su única arma, y Uriel sintió que su respeto hacia ellos también disminuía un poco, ya que todavía disponía de su espada. Cualquier soldado debía saber que un marine espacial era tan bueno matando con las manos vacías como empuñando un arma.
Nadie se movió hasta que la escotilla superior de uno de los Chimera se abrió y apareció una figura esbelta vestida con el uniforme de un oficial. Uriel vio que se trataba de una mujer, de estatura elevada y piernas largas, que se dejó caer hasta el suelo con los movimientos llenos de seguridad de alguien acostumbrado a salir al campo de batalla.
La mujer se quitó el casco y se pasó una mano por la cabeza. Llevaba muy corto el cabello oscuro, y su rostro era anguloso, casi tallado con cincel. Se alejó del Chimera seguida por un individuo más bajo que ella que llevaba un comunicador portátil a la espalda.
Al igual que el resto de los soldados, también iba armada con una falcata. En la chaqueta de su uniforme brillaba una medalla dorada con la forma de un águila.
La oficial se detuvo al lado del sargento, claramente sorprendida por ver a dos guerreros de aquella talla. Sin embargo, la sorpresa apenas le duró unos segundos.
—¿Quiénes son?
—Soy Uriel Ventris, y él es Pasanius Lysane.
—¿Son Adeptus Astartes?
Fue más bien una pregunta retórica, pero Uriel asintió de todas maneras.
—Somos Ultramarines.
Uriel vio que se sorprendía de nuevo, pero se recuperó una vez más con rapidez.
—¿Ultramarines? Pues están muy lejos de su hogar. ¿Cómo han llegado hasta aquí?
—Con el debido respeto, ni siquiera sabemos dónde estamos. ¿Cómo se llama este planeta?
La oficial hizo caso omiso de la pregunta.
—Uriel Ventris, han entrado en una zona prohibida. Adentrarse en Kathurian conlleva aparejada la pena de muerte.
Uriel miró sorprendido a Pasanius, que le respondió con la misma mirada. La increíble presencia física y la legendaria valía de combate de los marines espaciales eran más que suficiente como para que la mayoría de los humanos normales se quedaran mudos por el asombro y el respeto, pero a aquella mujer no parecía preocuparle que se estuviera enfrentando a dos de los mejores guerreros del Emperador.
Uriel se enfureció un poco y dio un paso hacia ella.
De inmediato, todos los rifles láser le apuntaron y la actitud alerta de los soldados quedó patente en un instante.
—Somos marines espaciales del Emperador —le gruñó Uriel. La frustración provocada por el largo tiempo que habían pasado en el exilio subió a la superficie. Agarró la empuñadura de la espada con la mano antes de seguir hablando—. Somos guerreros de la Cuarta compañía del capítulo de los Ultramarines, ¡y nos mostrará el debido respeto!
La mujer no se acobardó ante el estallido de ira de Uriel, pero llevó a su vez una mano a la falcata.
—Si intentara desenvainar esa espada, estaría muerta antes de ni siquiera haberla sacado a medias —le advirtió Uriel.
—Y usted moriría medio segundo después —le prometió ella.
—Es posible, pero al menos habría callado para siempre esa lengua insolente —le replicó Uriel.
Notó una mano en el brazo y se volvió. Era Pasanius, que lo miraba con una expresión de resignada diversión en los ojos.
—¿Recuerdas que te pregunté qué íbamos a hacer exactamente? —le dijo Pasanius—. «Actuar con cuidado», eso me dijiste. ¿Qué parte de todo esto se ajusta a lo de tener cuidado?
La furia de Uriel desapareció al instante, y sonrió por lo absurdo que había sido su comportamiento delante de tanta potencia de fuego. Apartó la mano de la empuñadura de la espada y se volvió hacia la oficial, que seguía mirándolo enfurecida y con la mano en el pomo de su propia espada.
Pasanius se interpuso entre ambos.
—A ver, antes de que esto se nos escape de las manos y alguien acabe muerto, todos deberíamos respirar profundamente para tranquilizarnos y empezar de nuevo. Somos forasteros en este mundo y no sabíamos que entrar en esta ciudad estaba prohibido. Tan sólo intentamos regresar a nuestro capítulo, y nos vendría muy bien su ayuda. ¿Puede decirnos al menos en qué planeta estamos y quién está al mando?
La mujer se relajó un poco y soltó su arma. Respiró profundamente, se alisó la pechera del uniforme y luego cruzó las manos a la espalda.
—De acuerdo. Soy la coronel Verena Kain, oficial al mando de las Falcatas Achamán, y estamos en el planeta Salinas.
—¿Quién está al mando?
—El gobernador imperial Leto Barbaden es el comandante de todo el planeta.
—¿Puede llevarnos ante su presencia?
—Tendrán que viajar bajo la supervisión de una escolta armada hasta que podamos verificar sus identidades.
—¿Verificar? ¿Es que no se cree que seamos marines espaciales? ¿Está ciega?
—Pues no —le replicó Kain—. He pasado décadas combatiendo contra los enemigos del Emperador, y algunos de ellos tenían un aspecto muy parecido al suyo, así que me perdonarán si no me fío por completo de que sean lo que parecen ser.
Uriel estaba a punto de replicarle cuando Pasanius lo interrumpió.
—Uriel, la coronel Kain tiene razón. Venga, ¿qué importancia tiene? Al final vamos a ir exactamente donde queríamos ir.
—Supongo —admitió Uriel.
—Viajarán en la parte posterior de uno de los Chimera —les dijo la coronel mientras calculaba su envergadura—. Estarán un poco justos, pero estoy segura de que podrán apretarse un poco.
—Claro —respondió Pasanius, y tomó a Uriel del brazo para que empezara a caminar, lo que hicieron bajo la atenta vigilancia de los rifles láser de los guardias imperiales.
Pasanius se volvió una última vez hacia la coronel mientras se dirigían a los Chimera.
—Una pregunta más. ¿En qué año estamos?