Trece

Los demonios atacaron cuando la luz del sol empezaba a ocultarse sobre las Montañas Lirianas, bañando la Garganta Capena con una luz rojiza. Tigurius se esforzó por controlar el malestar de sus entrañas y se obligó a concentrarse en la horda que avanzaba. Venían desde el rayo inmóvil que había aparecido, y formaban una oleada de carne demoníaca, una hueste de monstruosidades de todo tipo.

—¡Primera línea, abran fuego! —dijo un grito desde las murallas.

Tigurius levantó la mirada para ver las crispadas caras de los defensores mortales de Castra Tanagra: una variopinta mezcla de civiles y siervos del Capítulo, que permanecían hombro con hombro, unidos en la defensa de ese mundo. Sacó fuerzas de su valor. Sus líneas estaban reforzadas por la presencia de los marines espaciales veteranos y el primer capitán Agemman. El Regente de Ultramar era una clamorosa presencia, una roca sobre la que reposaba la defensa de las murallas.

Una andanada sincronizada de disparos alcanzó a la horda demoníaca. Los proyectiles bólter y los rayos láser atravesaron las filas enemigas, pero por cada monstruo destruido había muchos más para ocupar su lugar.

Tigurius se movió hacia el centro de la gran brecha, donde Marneus Calgar y su guardia de honor se habían desplegado. El señor del capítulo era una visión magnífica con su Armadura de Antilochus y los Guanteletes de Ultramar preparados para entrar en acción.

—¿Preparado para volver a hacerlo? —le preguntó Calgar cuando Tigurius ocupó su lugar junto a él.

—Lo estoy —replicó Tigurius, aunque en realidad sentía una fatiga que le llegaba hasta la médula de los huesos.

Las dos últimas semanas habían sido extremadamente agotadoras para todos ellos, pero Tigurius había notado el agotamiento de forma mucho más aguda que los demás. Sus poderes eran anatema para los demonios, pero cada vez que los utilizaba le robaban más y más de él mismo, mucho más de lo que su prodigioso físico podía recuperar fácilmente. Sin la calmante reflexión del Librarius, tras cada batalla le costaba más tiempo recuperarse, y los demonios apenas les daban un respiro entre ataque y ataque.

—Sé que es mentira —dijo Calgar—, pero te necesitamos. Ahora más que nunca.

Tigurius asintió. Ya habían muerto centenares en la defensa de Castra Tanagra, y docenas de heridos llenaban la torre, que se había convertido en un improvisado Apothecarion. Los demasiado viejos o los demasiado jóvenes para luchar atendían a los soldados heridos, pero con sus escasos suministros médicos, la mayoría sin duda moriría.

Era una idea deprimente, y Tigurius volvió su atención a los demonios.

Éstos eran escamosos y horripilantes, aullando con un hambre y un paroxismo demenciales, sus cuerpos rebosados de una energía antinatural. Eran desechos, cosas nacidas del aire, alimentadas por la energía del señor de los demonios que habitaba en el corrupto fuerte estelar que permanecía por encima de ellos. Algunos estaban armados con espadas negras que podían cortar con igual facilidad la carne y las armaduras, pero la mayoría utilizaban simplemente sus garras y su fuerza disforme para desgarrar y despedazar.

Pero ante ellos se encontraban los mejores guerreros de la galaxia.

Un sólido muro de Ultramarines cubría la brecha con tanta solidez como una barrera de piedra, cada uno de los guerreros equipado con una fabulosa armadura ornamentada y empuñando una deslumbrante espada.

No había dos de esas armas que fueran iguales, pues cada una de ellas era una de las más sagradas reliquias de Macragge. Esas armas habían sido cuidadosamente forjadas por maestros artesanos y portadas por los más grandes héroes de los Ultramarines. Tigurius contó dos armas procedentes de los tiempos de la Apostasía, y al menos una de la era en que Roboute Guilliman caminaba entre sus guerreros.

Los demonios cargaron a través de una letal cortina de fuego, saltando por encima de las rocas para llegar hasta sus víctimas. La mayor parte se dirigieron a la brecha, pero miles más escalaron las murallas de mármol con sus garras. El poder entrelazado en la misma esencia de las murallas los abrasaba, pero aún así seguían escalando. Su impura carne siseaba y se fundía, pero el dolor tan solo parecía exaceraban su furia.

—¡Guerreros de Ultramar! —gritó Marneus Calgar con la cabeza expuesta a los elementos—. ¡Coraje y honor!

Todos los guerreros repitieron el desafiante grito de guerra, y la guardia de honor se aprestó para recibir la carga de los demonios, preparando las armas para enfrentarse a sus enemigos. Una jauría de feroces mastines saltó entre las rocas apiladas en la brecha y un ardiente torrente de proyectiles bólter acabaron con tres de ellos en medio de un salto cuando Marneus Calgar abrió fuego. Sus guanteletes dispararon a derecha e izquierda, creando un torrente de destrucción que a pocos dejó indemnes.

Tan sólo seis mastines sobrevivieron para llegar hasta el interior de la brecha, y Tigurius los apuntó con su báculo, entonando la Letanía del Odio mientras lo hacía. Unos rayos de energía actínica surgieron del cráneo cornudo de su punta, y tres de las bestias se desvanecieron en medio de explosiones de cenizas negras. Otro murió con una lanza de filo dorado atravesándole el pecho, un segundo cuando una alabarda le partió la columna.

La última bestia saltó hacia el señor del Capítulo, pero se encontró con lord Calgar a medio salto. El parpadeante guantelete saturado de energía le golpeó la cara y le atravesó el cuerpo. La bestia fue destripada mientras emitía un aullido que resonó en los oídos de Tigurius. Unos monstruosos señores de las bestias subieron con dificultad por las barricadas, unos demonios escamosos con cabezas embotadas y angulosas aperturas llenas de dientes por bocas. Empuñaban espadas negras y se lanzaron sobre la guardia de honor con desgarradores gritos de odio.

Tigurius golpeó con su báculo al más próximo. Unas llamas azules surgieron de la herida, y la criatura aulló mientras se consumía. Lord Calgar golpeó con sus puños a los demonios, cada golpe era preciso y asestado con una económica fluidez de movimientos. Para ser un hombre equipado con las pesadas placas de una armadura de exterminador, Marneus Calgar se movía como un guerrero equipado simplemente con ropas de entrenamiento. Las espadas cortaban el aire lejos de su cabeza, y las garras tan sólo encontraban un espacio vacío donde antes estaba su cuerpo.

Tigurius era un guerrero soberbio, con instintos potenciados por sus formidables poderes psíquicos, pero ni siquiera él podía ser rival de los rápidos reflejos sobrenaturales del señor del Capítulo. Era como si se moviera un latido de corazón por delante del resto de la batalla, no en vano se consideraba a Marneus Calgar uno de los mejores guerreros conocidos. Ningún arma podía alcanzarle, ninguna bestia podía herirle, y los que lo intentaban eran destruidos. Sus puños eran armas de destrucción absoluta.

Y su guardia de honor no era menos letal. Su habilidad se había forjado a lo largo de siglos de guerra, templada en los conflictos más violentos y afinada por los mejores guerreros de la galaxia. Únicamente a unos guerreros tan superlativos como éstos se les confiaría la seguridad del señor del Capítulo. Luchaban como una unidad cohesionada, avanzando y matando como un solo individuo. Las décadas de entrenamiento conjunto habían logrado crear una máquina de matar tan eficiente como letal. Sus antiguas armas atravesaban a los demonios, haciéndoles retroceder con cada contraataque.

Los siseantes demonios de piel coriácea se escabulleron por la brecha. Sus largos brazos estaban culminados en garras como cuchillas, y se movían realizando saltos que les llevaron fácilmente por encima de los derruidos bloques de mármol. Unas bestias cornudas con horripilantemente mandíbulas los seguían. Su velocidad era increíble, como fantasmas que aparecieran y desaparecían de la vista, y se movieran de un punto a otro con un simple parpadeo.

Rodearon a Marneus Calgar y a su guardia de honor con su frenesí, y unas mandíbulas corruptas por la disformidad se clavaron en los acorazados astartes. Las placas de armadura se combaron y abollaron, pero resistieron. Marneus Calgar golpeó a los demonios, unas relampagueantes descargas de energía surgían de sus puños a medida que los golpeaba a diestro y siniestro. Uno de los guardias de honor fue derribado por un demonio, que le clavó las mandíbulas en el casco para arrancarle la placa facial y la mitad delantera de su cráneo.

Tigurius alanceó con su báculo la espalda del demonio y su piel se consumió al lanzarle una descarga de energía psíquica. Se alejó del demonio, golpeando con su báculo a derecha e izquierda. Cada impacto causaba la destrucción de un demonio, pero su fuerza iba agotándose y cada muerte le costaba más y más esfuerzo. Sin embargo, imperceptiblemente, Tigurius pudo notar que el curso de la batalla iba volviéndose a favor de los Ultramarines.

Los demonios no lograron penetrar las defensas, y cada instante que pasaba su poder flaqueaba, consumido por el esfuerzo de mantener su presencia ante el implacable coraje de los defensores. Marneus Calgar también pudo notarlo, y se lanzó contra los demonios con un rugido de odio, convertido en un ariete de destrucción y desolación.

La guardia de honor siguió a su señor, formando una lanza con él como punta. Tigurius recurrió a sus últimas reservas de energía para mantener el paso del señor del capítulo y sus guerreros, haciendo retroceder a los monstruos con destructores rayos de fuego incandescente. Juntos se lanzaron contra los demonios y los alejaron de la brecha hasta que no quedó ninguna criatura con vida.

Tigurius apoyó su báculo en el suelo, tanto para sostenerse como un gesto de desafío. Sus fuerzas estaban casi agotadas, y el cansancio lo invadió. Sus párpados se cerraron y una neblina gris se acumuló ante sus ojos.

Vio a Marneus Calgar retrocediendo hacia él con la armadura cubierta de icor negro.

El señor del Capítulo tenía el puño en alto y Tigurius oyó vítores.

—Lo hemos logrado, Varro —exclamó Calgar.

Tigurius pudo ver las poderosas energías vivas que emanaban de él. Allí donde triunfaba Calgar, los hombres podían sentir cómo sus corazones se aliviaban y su valor se reforzaba. Su presencia equivalía a un millar de hombres sobre el campo de batalla, y Tigurius trató de sonreír en respuesta.

—Hemos sobrevivido a este ataque —dijo con una voz que apenas era un susurro—, pero mañana regresarán.

—De eso ya nos preocuparemos mañana —dijo Calgar al intensificarse los vítores—. Esta noche estamos vivos y la luna nos sonríe. Cada ataque que rechazamos nos vuelve más fuertes, y cada derrota debilita a nuestros enemigos.

—Estos demonios no eran más que los desechos del señor de los demonios —dijo Tigurius—. Cuando estemos más débiles es cuando M’kar vendrá a por nosotros.

—Y cuando lo haga lo mataré —le prometió Calgar.

—No es tan sencillo —dijo Tigurius.

—Sí, Varro, lo es —dijo Calgar pasando un brazo por encima de un hombro de Tigurius—. El señor de los demonios vendrá y, o lo destruyo yo, o él me mata a mí. Es así de sencillo.

—No, mi señor —insistió Tigurius—, no lo es.

Un Rhino no es un vehículo cómodo de montar en ninguna circunstancia, pero el que Scipio Vorolanus y los miembros de su escuadra habían capturado a los Garras de Lorek era especialmente odioso. El interior apestaba a contaminantes y a falta de limpieza, y sus filtros de aire estaban saturados de vapores que se habían desprendido del bloque del motor. Y no sólo eso, sino que además el suelo estaba cubierto de casquillos gastados, de paquetes de raciones tirados y de huesos.

Todo ello podían soportarlo, pero mientras que un Rhino Ultramarine era portador de reliquias y templetes al Emperador y su primarca, los Garras de Lorek habían grabado toscos símbolos de origen desconocido que Scipio había ordenado eliminar fundiendo el metal. A pesar de la desconfianza de Leanus, el motor del Rhino no había fallado, aunque sin duda era sólo cuestión de tiempo.

Habían cruzado las montañas evitando las carreteras más utilizadas, y se habían abierto camino a través de vías secundarias por los valles superiores. No se habían encontrado con fuerzas enemigas, pero eso estaba a punto de acabar.

La carretera que estaban siguiendo estaba pavimentada, pero para disgusto de Scipio el asfalto se había dejado deteriorado. Descendía entre los árboles y, si su sentido de la dirección no estaba atrofiado, al final de ese tramo llegarían casi a las puertas de Corinto.

—Recordad —dijo dirigiéndose a sus guerreros, sentados en bancos a ambos lados—. Ésta no es una misión ofensiva, sino de reconocimiento. Estamos aquí para averiguar si la Reina Corsaria está ahí. Para nada más.

Ellos murmuraron su conformidad, aunque Scipio vio la reticencia en su rígida postura y su lenta respuesta. Él los comprendía, pues ni siquiera parecía ya uno de ellos. Su armadura estaba guardada en las cajas de almacenamiento, y llevaba una escabrosa colección de harapos para cubrirle los tatuajes de la Segunda Compañía de Ultramarines. También llevaba la cabeza descubierta y se había sacado las marcas que habitualmente tenía clavadas en la frente. Su reticencia era comprensible, pues ¿quién de entre todos ellos no quería liberar la furia de los Ultramarines sobre esos invasores?

Scipio se cogió a un asidero cuando el Rhino se tambaleó.

—Sargento Vorolanus —dijo Laenus a través de la rejilla que lo separaba del compartimento de transporte—. Corinto a la vista.

Scipio asintió y se colocó en la escotilla de mando. Hizo girar la rueda que la cerraba. Estaba dura y oxidada, pero pronto cedió. Salió al exterior y miró hacia la gran ciudad fluvial de Corinto.

—¡Por Guilliman! —exclamó viendo las ruinas cubiertas de humo de lo que anteriormente había sido la segunda ciudad de Espandor.

Famosa por una gran victoria conseguida por los Ultramarines contra los pielesverdes, Corinto había sido una ciudad dorada para la cultura y la educación. A pesar de lo rústicos que eran a veces los habitantes de Espandor, Corinto demostraba la falsedad de aquel tópico, ya que contaba con numerosos templos de mármol blanco, casas de baño, bulliciosos mercados y asombrosos teatros. En ella se habían criado algunos de los mejores arquitectos de Ultramar, y muchas de las estructuras del interior de la Fortaleza de Hera lucían diseños corintios.

Y todo eso había desaparecido. Corinto había sido arrasada.

El cielo por encima de la ciudad estaba cubierto de cenizas y humo, las nubes lloraban una suave lluvia sobre la ciudad que había albergado a Marneus Calgar durante un mes en los días siguientes a su proclamación como señor del Capítulo. Sus antiguamente poderosos templos habían sido derribados, quemados hasta los cimientos por los que odiaban al Emperador, y sus magníficos erarios, palacios y exquisitas mansiones ya no eran más que ruinas vacías, sus grandiosos interiores devorados por el fuego y saqueados por los guerreros de los Nacidos de la Sangre.

El odio invadió a Scipio, pues no se trataba de la destrucción indiscriminada propia de los salvajes pielesverdes o de unas bestias sin mente, sino de un metódico vandalismo. La gente que lo había hecho debería pagar.

Una curva cerrada del río Konor dividía la ciudad en dos, y ahora sus diáfanas aguas estaban contaminadas con manchas de combustible e innombrables contaminantes que se vertían desde sus orillas. Antaño tres puentes habían cruzado el caudaloso río, pero ahora unos meros tocones de piedra ennegrecida sobresalían del agua. El sargento Learchus de la Cuarta Compañía había destruido esos puentes para detener el avance de la invasión pielverde, una estratagema que había salvado la ciudad de Corinto, pero que le costó a la ciudad una buena parte de su herencia. Amarrado a los restos del arco central, un amplio puente de pontones oscilaba con la corriente, soportado sobre vacíos bidones de promethium. Hacia esta estructura temporal se dirigía el Rhino capturado de Scipio.

El Rhino patinó y aceleró colina abajo, sobrepasando los últimos árboles mientras la carretera se acercaba a la intersección con una autopista. Cientos de camiones y transportes de tropas que vomitaban hollín se movían por ella, pero Scipio no pudo deducir ningún tipo de orden o propósito en todo ese tráfico, no era más que una masa de blindados, vehículos saqueados y columnas de infantería empujándose por encontrar un sitio en la vía.

—¿Qué quiere que haga, sargento? —dijo Laenus desde abajo.

—Ve hacia esa autopista —le indicó Scipio—. Tengo el presentimiento de que nos van a hacer hueco.

Estaba en lo cierto, pues los camiones de los Nacidos de la Sangre redujeron la velocidad para permitirles unirse al tráfico. Los soldados de los Nacidos de la Sangre se apartaron rápidamente, hincando la rodilla y desenfundando sus espadas a modo de saludo. Scipio observó con odio a su mortales enemigos, hombres pintarrajeados con pinturas de guerra y vestidos con extravagantes vestidos más adecuados para el Theatrica Imperialis que para un campo de batalla. Ellos confundieron su odio por desprecio y bajaron la mirada.

Los astartes debían ser temidos, incluso entre el Archienemigo.

El Rhino rugió, moviéndose contra el flujo del tráfico, pero a mayor velocidad que los que se movían siguiendo esa dirección. Los camiones se apartaban, la infantería se echaba a un lado y los blindados revolucionaban sus motores mientras trataban de abrir un camino para ellos, creyendo que eran los paladines de sus odiosos dioses.

Laenus giró hacia los pontones, y el estómago de Scipio se rebeló mientras el puente crujía alarmantemente bajo su peso. Habían clavado palos y hierros a los bidones, podía verse la espuma del agua a través de los amplios agujeros. El Rhino siguió aproximándose a las puertas en ruinas de Corinto en medio de las oscilaciones del puente.

Había empezado a albergar alguna esperanza acerca de que lograrían cruzar sin ningún incidente cuando vio a dos Rhinos atravesando la puerta y dirigiéndose hacia los pontones.

Sus cascos eran de un apagado marrón rojizo, pero era imposible discernir si lo que cubría sus superficies era pintura o sangre. Los motores de ambos tanques gruñeron como depredadores hambrientos. Un guerrero con armadura del mismo color se mantenía erguido en la escotilla de mando del Rhino que iba en cabeza. Su armadura brillaba con sangre recién derramada, y sostenía un hacha con un pesado guantelete. Afortunadamente, el guerrero llevaba un casco. Scipio no creía que pudiera resistir ver a alguien tan corrupto cara a cara. Mirar a un demonio como ése a los ojos y no matarlo habría sido superior a sus fuerzas.

—¿Sargento? —le llamó Laenus.

—Lo he visto —dijo Scipio manteniendo la voz queda—. Sigue conduciendo.

El Rhino llegó a su nivel y el guerrero del dios de la sangre sostuvo el hacha en dirección a Scipio en un gesto de saludo. Scipio respondió de la misma forma, sosteniendo su puño cerrado y golpeándose en el pecho con lo que esperaba que fuera un adecuado rugido bestial. Su rugido fue contestado y los Rhinos enemigos siguieron adelante.

Scipio cerró los ojos y dejó escapar aire mientras los otros desaparecían en el caótico tránsito. Había necesitado toda su fuerza de voluntad para no sacar la pistola de debajo la escotilla y dispararle un proyectil bólter entre los ojos al traidor. Levantó la mirada al notar que las orugas del Rhino habían llegado nuevamente a terreno firme. La grava y las piedras rotas crujieron bajo las orugas mientras se dirigían montaña arriba, hacia la destruida puerta de la ciudad. El Rhino pasó bajo su demolida arcada y penetró en las ruinas de Corinto, controladas por el enemigo.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Scipio.

—El vientre de la bestia —susurró al ver los fuertemente armados guerreros Nacidos de la Sangre que llenaban las calles y las avenidas de Corinto—. Que el Emperador nos proteja.

Aunque por todo Calth, Espandor y Talassar podían verse las huellas de la invasión de los Nacidos de la Sangre, las batallas libradas por todo Ultramar no se limitaban a estos mundos. En Quintarn, la Quinta y la Sexta Compañías se enfrentaron con las máquinas de guerra de Votheer Tark y un ejército de miles de hombres de los Nacidos de la Sangre. Mientras otros planetas habían visto sus destinos coronados por los campeones, el destino había decidido hacer girar la rueda de la galaxia. La guerra en las fértiles planicies de Quintarn se caracterizaba por demoledores choques en los que ambos ejércitos se machacaban entre ellos antes de retirarse sin que surgiera un claro vencedor.

Votheer Tark no era un general, más bien era una furiosa masa de conexiones neurales unidas a una conciencia artificial fragmentaria infectada por un código corrupto y una entidad demoníaca menor. Por ello, los capitanes Ultramarines tenían pocas dificultades en superar a sus máquinas de guerra. Pero mientras que los Ultramarines tenían una clara ventaja táctica, Tark parecía la habilidad de un carroñero para convertir casi cualquier cosa en una letal máquina de guerra.

Los Ultramarines eran guerreros superiores, pero la cantidad de efectivos de Tark tenía cierta cualidad en ella misma.

Los adeptos del Mechanicum Oscuro de Tark saqueaban las ciudades agrícolas en busca de maquinaria, convirtiendo máquinas de cultivo y crecimiento en armas de destrucción y erradicación. Las gigantescas máquinas recolectoras eran blindadas y equipadas con todo tipo de armas y enviadas al campo de batalla junto con tanques pediculares provistos de lanzallamas que anteriormente habían sido pulverizadores de pesticidas.

Las batallas en Quintarn eran una informe masa de tanques híbridos chocando contra la ordenada línea de batalla de los Ultramarines y lo que quedaba de las fuerzas auxiliares de Quintarn tras la invasión inicial. Esas batallas brutales permitían ganar poca gloria y no creaban héroes, pues ¿quién podría vanagloriarse de destruir esas máquinas tanque? Galenus y Ephatus dirigían batallas perfectamente coordinadas, luchando conforme al Codex Astartes, pero contra ese enemigo monstruoso sus estratagemas servían de poco.

A pesar de ello, algunos guerreros se encontraban en su elemento.

Antaro Chronus, el hermano sargento encargado del arsenal de los Ultramarines era un táctico excelente en la guerra blindada, y dirigió numerosas contracargas en medio de batallas que corrían el riesgo de convertirse en sangrientos puntos muertos. Pese a que perdió cuatro tanques mientras estaba al mando de ellos, cada uno de esos blindados fue capaz de destruir a muchos enemigos antes de caer.

A pesar de su valor y fortaleza, la guerra en Quintarn no estaba yendo bien para los Ultramarines. Mientras que las bajas de Tark podían ser fácilmente reemplazadas, cada vehículo imperial fuera de servicio disminuía en gran medida la fuerza de los Ultramarines. Por mortificante que resultara decirlo, las fuerzas enemigas en Quintarn eran demasiado poderosas.

Tan sólo cuando tres de los complejos fabriles de Tark quedaron destruidos, el curso de la batalla se volvió a favor de los Ultramarines. Esas odiosamente transformadas ciudades agrícolas eran las cadenas de montaje del Mechanicum Oscuro, y supusieron que esas forjas de pesadilla habían sido víctimas de las oscuras prácticas de sus creadores.

Esa idea fue descartada con la llegada al centro de las fortificaciones imperiales de Thorias Telion y cuarenta y tres exploradores Ultramarines.

Ninguno de los capitanes había sido consciente de la presencia de Telion en Quintarn, pero el veterano sargento de exploradores se quedó el tiempo mínimo necesario para reabastecerse de munición, de comida y de explosivos, antes de volver a desaparecer entre los campos de Quintarn.

La repentina aparición de los exploradores de Telion dividió a los comandantes ultramarines. Algunos agradecieron su presencia, mientras que otros le exigieron que se uniera a su orden de batalla. El capitán Galenus quiso reprender al barbudo Telion por no reconocer la cadena de mando, pero las cabezas más sensatas del capellán Cassius y del capitán Ephatus lo convencieron de lo contrario.

Mientras los tanques de la Quinta y de la Sexta volvían a prepararse para la batalla, todos sabían ya que Thorias Telion los estaba apoyando.