
Orgullo. Seguridad. Emoción. Esas sensaciones eran las que destacaban en la mente de Nathaniel Winterbourne mientras observaba sus fuerzas camino a la batalla. Los tanques Leman Russ Conqueror y Leman Russ Vanquisher atronaban por las calles anchas y llenas de humo de las manufactorías exteriores de Puerta Brandon.
Dentro de la ciudad con forma de estrella los edificios eran magníficas construcciones de piedra, acero y mármol, pero más allá de la atmósfera enrarecida de los muros, quedaba reafirmada la ennegrecida realidad de la industria que era el corazón de Pavonis.
Los complicados laberintos de hangares enmarcados por grandes portones, de enormes silos de minerales, de ruidosas fábricas de armas y de miles de kilómetros de tuberías siseantes se extendían desde el oasis que había en el centro de las zonas industriales interiores.
Era, en opinión de Winterbourne, un lugar horrible para librar una batalla.
Los tanques nunca estaban seguros en un lugar tan urbanizado, donde un simple soldado de infantería armado con un lanzacohetes podía inutilizar o destrozar un vehículo blindado. Esos lugares eran los dominios de los soldados a pie, pero Winterbourne no iba a permitir que ese hecho lo disuadiera de ir al encuentro de la avanzadilla ofensiva de los tau.
Los tanques del 44.º que había a este lado de Puerta Brandon (quince Leman Russ Conqueror y media docena de Chimera) se habían reunido en la plaza de la Liberación antes de encaminarse hacia el suroeste por las calles doradas de la Vía Commercia en dirección a la puerta más meridional de la ciudad. Los vehículos de la FDP se estaban congregando en los cruces de carreteras, mientras las pesadas excavadoras formaban terraplenes defensivos de escombros y los ingenieros de combate lavrentianos iban desenroscando alambre de púas para formar barreras.
Winterbourne tenía poca fe en que las unidades de la FDP aguantaran ante un ataque combinado por parte de los tau, pero si el enemigo llegaba hasta ese punto de la ciudad, la lucha ya estaría perdida. Unos cuantos civiles indignados discutían con los oficiales de la FDP por la destrucción de la carretera, pero la mayoría de la población de la ciudad se estaba guareciendo en sus casas, desesperados por proteger las pocas posesiones que les quedaban.
Sintió un cierto desprecio por esa gente. Cualquier ciudadano imperial capaz de empuñar una arma debería estar en las calles y metido en una barricada. La Franja Este no era lugar para vagos, y sentarse cómodamente mientras otros luchaban contra un enemigo alienígena en las mismas puertas de tu propia casa era algo propio del peor de los cobardes.
El convoy blindado de Winterbourne cruzó la Puerta Commercia, un sólido portal de adamantium cubierto de bronce grabado con la historia de los miembros fundadores de los cárteles. Una enorme torre circular de granito gris pulido flanqueaba la puerta. En sus paredes curvadas había esculpidas escenas de comercio y pretendía ser un monumento a los principios fundamentales de la integridad, la filantropía y la resolución.
Winterbourne pensó que era una pena que los descendientes de los que la construyeron no cumplieran con esos ideales.
Más allá de la ciudad, los escuadrones de tanques emergían de Campamento Torum reunidos y formados sobre la cinta de cemento que separaba el corazón de la ciudad del centro industrial que la rodeaba. La mayor parte de la región estaba en ruinas, diezmada por las luchas durante la rebelión de De Valtos.
Tras salir de la Fortaleza Idaeus en un Chimera de mando, Winterbourne desembarcó con su destacamento de protección y marchó hacia el Padre Tiempo.
Era enorme y nunca dejaba de asombrar a Winterbourne que una masa de acero tan colosal pudiera siquiera moverse, y mucho menos luchar.
Padre Tiempo era un inmenso tanque Baneblade que había servido como vehículo de mando de Winterbourne desde que lo ascendieron a coronel. Era el más poderoso de los tanques que habían salido de las líneas de producción de Marte, un vehículo tan potente que nada menor que una máquina de las Legiones Titanes se atrevería a enfrentarse a él. El tanque de Winterbourne era una del puñado de increíbles máquinas de guerra cuyo historial se podía seguir hasta las plantas de montaje de los Montes Tharsis; su lista de honores y su legado de batalla estaban inscritos en las caras internas del anillo de su torreta.
Desgraciadamente, muy pocos de los mundos forja del Mechanicum podían todavía fabricar esos monstruos ajustándose con exactitud al modelo, y sus copias eran consideradas por los sacerdotes de Marte como una segunda generación de máquinas de guerra, en el mejor de los casos.
Ahora, encerrado herméticamente dentro del vientre de ese magnífico vehículo, miró con frustración la pantalla del auspex cuya imagen saltaba y chirriaba por las interferencias.
—¿No puedes limpiar esta puñetera imagen, Jenko? —pidió—. No veo nada.
—Lo intento, señor —dijo Jenko—. Es por culpa de las malditas estructuras de metal que nos rodean. Su composición y la conductividad hace que se compliquen los retornos. Hay tantas interferencias que la señal del auspex salta como un raptor de arena en una parrilla.
A pesar de la tensión, Winterbourne sonrió ante la imitación inconsciente de sus patrones de habla y por la colorida metáfora. El oficial de selección de objetivos del Padre Tiempo apenas había superado la adolescencia, pero el chico podía enviar un proyectil que atravesara un blindaje directamente al culo de un tanque enemigo sin que artilleros más veteranos con décadas de experiencia se dieran ni cuenta. El chico tenía una especial afinidad con el venerable tanque, y eso lo convertía en parte integral de la tripulación.
—Date prisa, muchacho —lo animó Winterbourne—. No podemos luchar contra un enemigo que no vemos.
—Casi lo tengo —afirmó Jenko—. Sólo hay que sincronizar nuestro auspex para que filtre ciertas frecuencias.
—No me importa cómo lo hagas —lo apremió Winterbourne—, pero consígueme una imagen clara.
El asiento de mando de Winterbourne se situaba a bastante altura en el interior de la torreta principal, detrás de la tripulación del vehículo: nueve soldados muy bien entrenados, escogidos uno a uno para servir en esta máquina. El interior del Baneblade, como el de cualquier tanque imperial, era un lugar estrecho, grasiento, ruidoso y peligroso, y aparentemente se había diseñado en un tiempo en que sólo los enanos y las víctimas de hambrunas eran elegidos para formar parte de sus tripulaciones.
Winterbourne volvió a mirar su lector de auspex al mismo tiempo que Jenko lo avisaba.
—¡Lo tengo, señor! Llegan las señales. Vehículos aproximándose. Los aparatos dicen que son enemigos.
Las curvas ondulantes de estática formaban una neblina en el panel del auspex, pero se fueron disipando hacia un segundo plano a medida que una multitud de contactos hostiles se iluminaban en la pantalla de detección.
—¡Demonios del infierno! —exclamó Winterbourne—. ¡Los tenemos casi encima!
Cambió la posición del interruptor de comunicación para transmitir a la red de todo el escuadrón.
—A todos los vehículos. Alerta por inminente contacto —comunicó Winterbourne—. Lavrentia espera de todos y cada uno de los hombres que cumplan con su deber. ¡Luchen como si sus padres los estuvieran observando! —Winterbourne cambió al canal interno—. ¡Izen la bandera!
—Sí, señor —respondió Lars, el operador de comunicaciones del Baneblade.
Aunque no podía verla, una antena telescópica se había desplegado desde la torreta del tanque con la enseña verde y dorada del 44.º de Húsares Lavrentianos. Winterbourne sabía que era una imprudencia lucir la bandera, pero jamás se le habría ocurrido marchar al combate sin que los colores de su regimiento ondearan en Padre Tiempo.
Se inclinó para mirar a través de los bloques de visión que había por encima del arma principal y pudo ver una franja del mundo exterior a través de las grietas y rozaduras del cristal blindado. Varias formas blindadas amenazadoras se movían por la enmarañada masa de estructuras que había más adelante. Un ágil tanque tau se deslizó por detrás del edificio ennegrecido de una refinería y tras él apareció un nutrido grupo de vehículos aerodeslizadores con armas pesadas y baterías de misiles montados en sus torretas.
—¡Enemigo a la vista! —gritó Winterbourne—. ¡Que todos los tanques abran fuego!
Algo cayó sobre el blindaje de su Baneblade con un sonoro chasquido hueco de metal contra metal, y Winterbourne se apartó de los bloques de visión de un salto. Con incredulidad observó lo que parecía un par de patas blindadas, como si fueran las de alguna máquina de guerra bípeda, y al final reconoció que pertenecían a una armadura de combate. Un destello de luz cegadora inundó la torreta cuando una arma disparó y comenzaron a sonar las alarmas.
—¡Contacto! —gritó agarrando los controles de la torreta principal y tirando de ellos hacia un lado. El metal de la torreta chirrió y los motores rugieron por la brusquedad de la maniobra. El campo de visión de Winterbourne giró a la vez que la torreta se desplazaba sobre sí misma. Sintió que el disparo del arma principal impactaba en algo, y cuando volvió a mirar la armadura de combate ya no estaba.
—¡Un objetivo, Jenko! —volvió a gritar.
—¡Cabezamartillo a las diez en punto! ¡A seiscientos metros!
—¡Lo veo! —respondió Winterbourne girando de nuevo la torreta para apuntar—. Objetivo marcado. ¡Carguen antitanque!
—¡Antitanque, señor!
Los antiguos mecanismos, que ya no comprendía nadie excepto los sacerdotes de Marte, se quejaron y chirriaron al alinear el arma principal del Baneblade con el objetivo. Por encima de la pantalla de detección de Winterbourne apareció un panel con dos culatas de pistola esmaltadas, una a cada lado.
Winterbourne empuñó las culatas a la vez que una luz verde se encendía en la pantalla.
—¡Dentro! —anunció el cargador—. ¡Lista!
—¡Fuego! —anunció Winterbourne apretando los gatillos.
La potencia del arma principal era tal que incluso el increíble peso del Baneblade se vio impulsado hacia atrás por la fuerza del retroceso. A pesar de que el vehículo estaba formado por varias capas de blindaje y de material para amortiguar el sonido, el estruendo del disparo fue ensordecedor y el humo acre se coló en los compartimentos de la tripulación desde la recámara de la enorme arma en el momento en que se disparó el proyectil.
—¡Le he dado! —chilló Winterbourne al ver el tanque tau reducido a metal pulverizado por la fuerza del impacto.
—¡Mantarrayas, a las once, las doce y la una! —exclamó Jenko.
—¡Carguen con proyectiles de alta potencia! ¡Preparados artilleros de las baterías laterales!
El misil dibujó un arco ascendente y después cayó para impactar en la delgada capa superior del blindaje del Mantarraya. El vehículo reventó con un crujido atronador. Las llamas y el humo se elevaron y el tanque gravítico enterró el morro en la tierra cuando estallaron sus motores.
—¡Eso por Alithea! —masculló entre dientes el capitán Mederic mientras se deslizaba por un montículo de metal retorcido y piedras hechas añicos y le pasaba el humeante lanzamisiles a su cargador, un nuevo recluta de los Mastines llamado Kaynon.
Mederic se enjugó el sudor que le caía sobre los ojos mientras Duken, su tirador auxiliar, se dejaba caer desde el borde del terraplén para reunirse con él.
—¿Blanco? —preguntó.
—Sí —asintió Duken—. Un Cabezamartillo con misiles. Liquidado.
—Impresionante —reconoció Mederic dando una palmadita en el hombro de Duken en el lugar donde llevaba la insignia de los Mastines, la compañía de exploradores del 44.º—. Ahora salgamos de aquí.
—No pienso discutir eso —dijo Duken.
—¡Cambio de posición! —gritó Mederic, e hizo un movimiento cortante a lo largo del borde del terraplén de escombros.
Avanzó agachado entre los cascotes sabiendo que en ese preciso momento un tanque tau estaría fijando su punto de mira en el lugar de origen de sus disparos. Su escuadrón de seis mastines no necesitaba instrucciones para reposicionarse después de disparar, pero la mayor Ornella los había entrenado para que siguieran los procedimientos correctos, y de los soldados del 44.º se podía decir cualquier cosa menos que estaban mal entrenados.
Una explosión de aire ionizado pasó sobre ellos cuando la posición que había a su espalda estalló con un fuego violeta y la caliente descarga eléctrica del fuego de las armas alienígenas.
—Demasiado lento... —murmuró entre dientes mientras caía de rodillas y miraba a través de un hueco entre los montones de cemento y acero.
El campo de batalla que había ante los muros de Puerta Brandon era una visión infernal de edificios hechos pedazos e impresionantes columnas de fuego y humo acre que iban de un lado a otro. Los tanques imperiales se medían con los de los tau en el laberinto del cinturón industrial que rodeaba la ciudad creando una endiabladamente furiosa tormenta de fuego de artillería y de rayos de energía actínica.
Mederic y sus mastines estaban justo en medio de todo aquello, ayudando a equilibrar la balanza con sus ataques a la retaguardia de los tau. Otros cinco escuadrones estaban ejerciendo presión entre las ruinas para sembrar la confusión en el enemigo. Un ataque de infantería en medio de una batalla de tanques no era precisamente la acción que Mederic elegiría, pero eso mantenía su instinto de supervivencia bien alerta.
Por todos lados ardían los tanques con las tripulaciones muertas en su interior, y los guardias de a pie luchaban contra los guerreros de fuego salidos de los restos carbonizados de lo que habían sido sus transportes. No era una carga de tanques gloriosa como las que figuran en los anales de los regimientos, sino una pelea innoble y sucia de unidades blindadas que iban unas a la caza de otras a través de cortinas de humo negro.
La torre circular que una vez había flanqueado la entrada yacía ahora hecha añicos ante los destrozados restos de la magnífica puerta de bronce y un importante sector de los muros. Un ataque de misiles coordinado había machacado la mayor parte del perímetro de esa sección de la ciudad hasta dejarlo en ruinas, y los tau seguían ejerciendo presión en la brecha.
El 44.º estaba resistiendo bien, con el Padre Tiempo de lord Winterbourne en el centro de la batalla, desde donde destruía todo enemigo que se le acercaba con una precisión y una ferocidad implacables. El Baneblade era el pilar de la defensa imperial, junto con los Leman Russ y los Hellhound que luchaban a su lado como guardaespaldas blindados.
Los tanques peleaban entre las ruinas a corta distancia, y sembraban la destrucción con descargas instantáneas y a quemarropa que atravesaban los blindajes y explotaban; sólo había fracciones de segundo entre la descarga y el impacto. Las piezas de artillería Basilisk y Medusa ubicadas dentro de los límites de Puerta Brandon se estaban ocupando de los últimos elementos del avance tau, pero los artilleros no se atrevían a disparar tan cerca de los muros por miedo a alcanzar a sus propios hombres.
Mederic vio una mancha borrosa pasando por delante de él: un Leman Russ lleno de marcas y arañazos (el Atronador tal vez), seguido rápidamente por las formas oscuras del Terra Volta y el Estrella de Lavrentia. No tenía ni idea de adónde iban, pero les deseó buena caza.
Los destellos cegadores de una luz imposiblemente brillante salieron del tejado de un almacén de mineral cercano y el Estrella de Lavrentia explotó. El tanque se ladeó sobre su oruga derecha por la fuerza del impacto antes de volcar. Varias ráfagas brillantes de aire inflamado recorrieron la trayectoria del proyectil del arma que había acabado con el tanque, y Mederic levantó la vista a tiempo de ver un trío de armaduras de combate de anchos hombros recortados contra el humo y las llamas de la batalla.
Cada uno de ellos llevaba un par de armas enormes, parecidas a los cañones de batalla pero más planas, montadas sobre pesadas plataformas que cargaban a la espalda. Realizaron un movimiento que sólo podía significar que se estaban preparando para disparar de nuevo. Otra descarga como ésa y reducirían a los otros dos tanques imperiales a amasijos de metal.
—¡Blancos! —gritó Mederic—. ¡A las seis! ¡Eliminadlos!
Su cargador le pasó el tubo del lanzamisiles y se ajustó la mira en el ojo para ver a las tres unidades enemigas en un crudo blanco y negro. Presionó el botón de medición de alcance que había en la parte posterior de la empuñadura de disparo y como recompensa oyó el sonido cantarín en su oreja.
—¡Blanco fijado! —volvió a gritar.
La armadura de combate del centro del grupo inmediatamente giró la cabeza hacia él. Levantó los brazos y Mederic vio hileras de cabezas de combate en sus lanzadores.
—¡Mierda! —exclamó Kaynon—. ¡Nos han visto! ¡Dispare!
—¡Fuera!
El misil saltó del tubo y se alejó una distancia segura antes de que el motor del proyectil entrara en ignición y proyectara el cohete hacia arriba. Otros dos se unieron a éste y cortaron el aire en su camino hacia las armaduras de combate tau.
—¡Moveos! —ordenó Mederic.
No se molestó en devolverle el lanzamisiles a Kaynon, sino que simplemente echó a correr hacia la zona más cercana donde poder ponerse a cubierto. Sus hombres lo imitaron mientras buscaban la forma de escapar de los disparos de respuesta de los tau. El terreno que tenían detrás se estremeció bajo un chaparrón de cohetes antipersona que impactaron contra el suelo en una rugiente sucesión de detonaciones sordas.
Mederic estaba hecho un ovillo en el suelo con polvo de rocas y tierra cayendo a su alrededor como una lluvia sólida. Tosió humo y tierra, sacudió la cabeza para quitarse los ecos resonantes de las detonaciones cercanas y rodó hasta quedarse boca arriba y quitarse de encima los fragmentos de roca. Detrás de él vio a un par de sus soldados muertos, derrumbados sobre pilas informes de carne que era todo lo que quedaba de sus extremidades inferiores.
Levantó la cabeza para ver que una de las armaduras de combate había desaparecido, pero que todavía quedaban dos en pie. Una de ellas ya no tenía el arma en la plataforma del hombro, pero el otro parecía haber logrado escapar a lo peor de los impactos de los misiles. Las armaduras de combate ya estaban apuntándoles de nuevo con sus enormes armas, lo que significaba que tanto él como sus hombres ya podían darse por muertos.
Entonces, como si un volcán que llevara siglos durmiendo volviera a la vida de repente, la parte superior de un almacén de mineral desapareció en una bola de fuego abrasadora cuando un par de proyectiles de alto poder explosivo impactaron contra él y el inconfundible eco del disparo de un cañón resonó por encima de Mederic.
Se incorporó sobre un codo a tiempo para ver a Atronador y a Terra Volta volviendo a sus posiciones centrales una vez neutralizada la amenaza.
—Si salimos de ésta vivos, recuérdeme que invite a algo a esos chicos —dijo Duken acercándose a gatas adonde estaba él.
—No creo que supieran que estábamos aquí —respondió Mederic mientras recogía las melladas y ensangrentadas chapas de los soldados muertos. Tenían la forma de un perro gruñendo y todos los exploradores del 44.º las llevaban con orgullo.
—Tal vez no, pero cualquier ayuda es bienvenida.
—Estoy de acuerdo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Kaynon echándose al hombro su reserva de cohetes.
—Nos vamos —dijo Mederic recogiendo el polvoriento lanzamisiles del suelo—. No nos pagan para que volvamos a la base con misiles sin usar.
La sangre caía por la mejilla de Winterbourne desde el lugar donde su cabeza había golpeado la cara interna de la torreta tras una descarga especialmente dura por parte de un grupo de Cabezamartillo. Un trío de proyectiles de hipervelocidad había impactado contra el blindaje lateral de Padre Tiempo y le había arrancado el compartimento del artillero lateral y hecho saltar de sus puestos al resto de la tripulación.
Winterbourne había perdido el conocimiento un momento, y cuando lo recobró, los tres tanques tau estaban aniquilados. El Terra Volta se había encargado del primero, el Orgullo de Torum de otro, y una serie de misiles de uno de los escuadrones de los mastines de Mederic se había ocupado del último.
La metralla que se había desprendido por los impactos había acabado con su operador de comunicaciones y con uno de los cargadores. El interior del vehículo olía a sangre, a grasa y a sudor, y Jenko hacía ahora las funciones de enlace con el resto de los vehículos así como las suyas propias de oficial de elección de objetivos.
—¿Se sabe algo de Uriel? —preguntó Winterbourne.
—Nada, señor —respondió Jenko apretándose los auriculares pegajosos a un lado de la cabeza.
Winterbourne soltó un juramento en voz baja y volvió su atención al panel de detección.
La batalla era una enorme confusión de vehículos destrozados, disparos, blindajes en movimiento y explosiones. El número de bajas imperiales iba subiendo rápidamente. Era imposible decir con exactitud cuántos tanques habían quedado destruidos en la batalla, pero cada pérdida era un duro golpe. A Winterbourne no le iba a resultar fácil tener que revisar la lista de muertos al final del combate. El Hacedor de Cráteres pasó a toda velocidad por el flanco con el cañón de batalla rugiendo y un trozo de un molino se desintegró unos metros más adelante. Al principio Winterbourne pensó que el tanque había errado el tiro, pero entonces los pisos superiores del edificio se derrumbaron y apareció un tanque Mont’ka Shas, un Cabezamartillo modificado para lanzar misiles, que estaba refugiado tras una pila de trozos de hormigón desintegrados. Gematria y Atronador se pusieron en movimiento mientras sus torretas giraban y dispararon a una masa de tanques tau que se acercaba: dos Cabezamartillo y un Mantarraya.
—¡Objetivos a la derecha! —gritó haciendo girar la torreta del Baneblade—. ¡Disparen proyectiles de alto explosivo a discreción!
—Sí, señor.
—¡Doscientos metros!
—¡Dentro! ¡Listo!
—¡Fuego! —gritó Winterbourne, y el Padre Tiempo se estremeció con el retroceso del arma principal.
El repiqueteo de la recámara abriéndose y cerrándose se perdía en el ensordecedor rugido que llegaba desde la brecha en el blindaje dónde habían arrancado el arma lateral, y Winterbourne supo que pasarían días antes de que los ecos de todo aquello abandonaran sus oídos.
Uno de los Cabezamartillo estaba neutralizado, partido por el pesado proyectil, y con la torreta, que no se veía por ninguna parte, arrancada del chasis. El otro estaba manteniendo un duelo que iba a perder con Gematria y Atronador. Tenía los motores en llamas y el blindaje abierto por alguna descarga que lo había atravesado. El Mantarraya estaba sensiblemente tocado, así que descargó sus tropas antes de intentar huir de las vengativas armas de los tanques imperiales.
Cientos de guerreros de fuego se aventuraron entre las ruinas, y a Winterbourne no le quedó más remedio que admirar su coraje. Avanzar en medio de una batalla de blindados requería una buena cantidad de valor, y sus armas, aunque no suponían ninguna amenaza para los tanques, sí que estaban cobrándose una cuenta espantosa entre los guardias de a pie.
Unos drones zigzagueantes aparecieron a toda velocidad en medio de la batalla para marcar objetivos a los tanques auxiliares de los tau, y el aire se llenó de chisporroteantes disparos láser y de proyectiles sólidos mientras los soldados imperiales intentaban derribarlos y ganarse un pequeño respiro en la constante lluvia de misiles.
Los Sentinel peinaban los escombros y los destrozos de la batalla luchando con las ágiles armaduras de combate entre las ruinas del barrio industrial de Puerta Brandon. Aunque los superaban en número, los Sentinel lucharon con todas sus fuerzas y sus cañones automáticos barrieron el terreno deshaciéndose de un buen número de enemigos con cada salva. Era una lucha desigual, y las armaduras de combate, ayudadas por los misiles teledirigidos de los drones, finalmente pudieron con ellos.
—No podemos seguir así —se dijo a sí mismo en un susurro volviendo su atención hacia al panel de detección. Las lecturas eran confusas, pero la impresión que daba era que los dos bandos estaban a la par. Los tau no parecían tener intención de continuar su avance por el hueco abierto en los muros, mientras que la fuerza de Winterbourne mantenía su posición pero no podía hacerlos retroceder.
Era un callejón sin salida que sólo terminaría cuando ambas fuerzas acabaran la una con la otra.
—¿Señor? —preguntó Jenko.
—Esto no funciona —dijo Winterbourne—. No están presionando lo suficiente y nosotros sólo nos estamos manteniendo en la lucha.
Una luz amarilla destellante apareció en el bloque de visión y Winterbourne miró para ver como el Hellhound Luz del Emperador hacía que las destruidas ruinas de una planta de procesamiento quedaran bañadas en voraces llamas. Un nutrido grupo de kroots tuvo que salir de su escondite y Winterbourne sonrió al ver su obvio dolor. Sólo un guerrero kroot, uno con una llamativa cresta de plumas rojas, evitó la letal avalancha de promethium y desapareció entre los escombros.
—Eso es lo que tenemos que hacer —dijo—. Presentarles batalla. Sólo estamos reaccionando ante sus ataques.
—¿Señor?
—Maldita sea, Jenko, nos tienen como marionetas danzando al son de su música —maldijo Winterbourne—. No sé a qué juego están jugando, pero nos tienen a nosotros jugándolo también. Pues Nathaniel Winterbourne no baila a ningún son que no sea el suyo propio. ¡Pase mis órdenes a todos los tanques! ¡Avancen! ¡Abran una brecha en el centro de la línea y empujemos a esos cabrones de vuelta a la autopista!
Una explosión cercana hizo tambalearse al Padre Tiempo, pero Winterbourne no sintió nada ahora que había llegado a ese lugar que hay en la mente de los guerreros en el que todos los miedos quedan relegados por la completa convicción sobre el curso de acción que han elegido.
—¡Todos los vehículos confirman que han recibido las órdenes, señor! —gritó Jenko.
Los motores del Padre Tiempo rugieron y expulsó una oscura nube de humo por el tubo de escape antes de lanzarse hacia adelante desparramando roca pulverizada. La bestia blindada pisó acero y piedras, triturando todo lo que quedaba bajo su peso en su avance imparable. Sus armas principales soltaron rugidos que resonaban por todas partes, y cada proyectil monstruosamente poderoso destruía todo objetivo a su alcance.
Su batería de armas antipersona de calibre pesado limpiaba la zona que tenía delante de él como si estuviera segando con una guadaña, y los guerreros de fuego huían presas de terror. Aquéllos que no eran lo suficientemente rápidos o sensatos para retirarse, acababan bajo las orugas del Baneblade, aplastados por su descomunal peso. Nada podía dañar a una máquina de guerra tan poderosa. Las brillantes ráfagas de luz que salían de las armas de los guerreros de fuego hacían poco más que arañar la pintura de las impenetrables placas de su blindaje.
En la estela del enorme tanque iban todos los blindados del 44.º Regimiento Lavrentiano: Conqueror, Vanquisher, Executioner, Hellhound y Chimera. Cada comandante de tanque seguía el ejemplo de su líder y conducía a toda velocidad hacia las líneas enemigas con las armas rugiendo en una incansable andanada de proyectiles.
Un grupo de Cabezamartillo en formación de cuña intentó interceptar a Padre Tiempo, pero el conductor de Winterbourne los vio venir y aceleró los motores mientras giraba su montura blindada hacia ellos. Los proyectiles de hipervelocidad se estrellaron contra la parte frontal del Baneblade haciendo grandes boquetes en el blindaje, pero no consiguieron detener su avance. Un tanque alienígena giró sobre sí mismo y huyó, pero los demás mantuvieron su posición.
El Padre Tiempo se estrelló contra el primero y toda su masa se levantó al pasar sobre el vehículo tau. El blindaje de los tanques alienígenas era fuerte y ligero, pero no podía hacer frente a las trescientas toneladas de un Baneblade. Como si fuera un trozo de hojalata bajo la bota de un soldado, el vehículo tau quedó aplastado en una explosión cegadora provocada por una descarga eléctrica.
El segundo vehículo hizo un solo disparo antes de intentar escapar, pero la valentía de su tripulación iba a costarles la vida, porque el Padre Tiempo se estrelló contra ellos de lado. El Cabezamartillo cayó de costado y el Baneblade lo desplazó hacia adelante diez metros para finalmente lanzarlo al abismo.
Fue una carga gloriosa, pero no exenta bajas. El Cazador Estepario, el depredador de las emboscadas que había roto la línea enemiga en Charos, desapareció en una bola de fuego cuando un disparo a corta distancia de una armadura de combate prendió en los tanques de combustible e incendió el compartimento de municiones. El Hacedor de Cráteres encajó un disparo directo que abrió en dos su blindaje y destrozó el motor. En cuanto la tripulación salió, todos cayeron ante una horda de guerreros kroot liderada por el de las plumas rojas en la cabeza que antes había visto Winterbourne.
Los kroot descuartizaron a la tripulación del Hacedor de Cráteres, pero cuando estaban completando su carnicería, una figura solitaria con las vestimentas negras de un mortificante emergió del fuego de la batalla con una enorme espada destripadora en la mano. El sacerdote aullante empezó a lanzar tajos entre los kroots, pero Winterbourne no pudo ver más entre el humo y la confusión de la carga de blindados.
La carga de Winterbourne estaba haciendo retroceder a los tau, pero los alienígenas les estaban pasando una horrible cuenta de sangre por cada metro recuperado. Una segunda línea de tanques tau vinieron a toda velocidad desde los límites surorientales de las ruinas en llamas, y, cuando los tanques imperiales giraron hacia ellos, quedó claro que iba a costar mucha sangre echarlos de ese reducto que habían conquistado.
Entonces el primero de los tanques tau explotó; una luminosa lanza de brillante energía láser le atravesó el débil blindaje trasero e hizo detonar su núcleo de energía. Empezaron a surgir explosiones en las líneas de guerreros de fuego, y ráfagas intermitentes de fuego de artillería perfectamente coordinado acabaron con las pocas armaduras de combate que todavía quedaban en pie.
Saliendo de los restos incendiados de las plantas de montaje de tanques, los marines espaciales llegaron con el fuego y el trueno. Un torbellino de carros de combate auxiliares hicieron llover ráfagas de cohetes sobre los tau, mientras que tres Land Raider se estrellaban contra la retaguardia de la formación tau. Los cañones láser montados en las barquillas laterales desgarraron el blindaje de los tanques enemigos, y las tormentas de fuego de bólter añadieron su terrorífico acompañamiento a la batalla.
Detrás de ellos llegaron los propios marines espaciales, guerreros de azul ultramarino cuyas armas eran como cánticos de guerra y cuya bandera dorada y azul era un faro de justicia entre la carnicería. Los poderosos dreadnought pasaron por encima del amasijo de hierros con las armas tronando y sus poderosos puños arrancando la vida de cualquier cosa que no tuviera tiempo de escapar a su inexorable avance.
Atrapados entre dos enemigos implacables, los tau rompieron las líneas y huyeron hacia la seguridad al sur de la autopista, pero esa seguridad no era más que una ilusión.
Destrozados por el mortífero fuego cruzado, sólo dos docenas de vehículos enemigos sobrevivieron para alcanzar la autopista, pero en minutos se vieron rodeados de fuego de artillería y reducidos a hierros ennegrecidos que quedaban abandonados en la carretera. Sus tripulaciones se quemaron vivas o huyeron de sus vehículos sólo para acabar cazados y muertos por los marines espaciales que los perseguían.
La lucha dejó de ser una batalla para convertirse en una masacre.
Las fuerzas de los lavrentianos y de los marines espaciales se reunieron junto a una forja de armas incendiada, cuyas llamas se elevaban hacia el cielo con un brillo anaranjado propio del infierno. El Padre Tiempo, lleno de abolladuras, maltrecho y cuajado de cicatrices de guerra, se detuvo con un suspiro de los motores, y lord Winterbourne salió por la escotilla de mando.
El coronel de los lavrentianos estaba cubierto de grasa y de sangre, pero sus ojos brillaban y su paso era seguro cuando se acercó al líder de los marines espaciales. Como Winterbourne, Uriel también estaba cubierto de sangre, pero muy poca de ella era suya.
Los dos líderes se encontraron y se estrecharon las manos, ambos contentos de ver vivo al otro.
—Me alegro mucho de verte, amigo mío —dijo Winterbourne frotándose las palmas en la chaqueta del uniforme en un vano intento por limpiarlas.
—Lo mismo digo, Nathaniel —respondió Uriel.
—Un golpe decisivo, ¿no crees?
—La victoria ha sido decisiva, sí —reconoció Uriel—, pero no creo que con este asalto pretendieran tomar y permanecer en Puerta Brandon.
Winterbourne se pasó una mano por el pelo y asintió.
—Estoy de acuerdo, Uriel. Por muy feroz que haya sido la batalla, no había verdadero convencimiento en ella. Han venido con muchos blindados, pero no había suficientes fuerzas para hacerse con toda la ciudad.
—Exacto. Se parece a lo que vimos en las propiedades de los Shonai. Todo esto es parte de un intento de los tau por decapitar el liderazgo de Pavonis. Las comunicaciones se han interrumpido, el gobernador ha sido capturado y han intentado eliminar a las figuras relevantes del liderazgo planetario.
—Así que este ataque ha sido ¿qué? ¿Una distracción?
—Eso creo —asintió Uriel—. Un golpe para debilitarnos y distraer nuestra atención de donde va a caer el martillo con toda su fuerza.
—Olzetyn —dijo Winterbourne.
—Olzetyn —repitió Uriel.