Trece

La armadura estaba cobrando vida ante él. Uriel podía sentir la energía circulando por sus antiguos sistemas como podía sentir la sangre corriendo por sus venas. La sutil vibración de la vida estaba regresando a la armadura, y la aprobación que sentía ante este renacimiento era palpable.

Uriel casi podía ver los rayos distribuyéndose por la armadura, la fuerza regresando a los largo tiempo dormidos músculos que proporcionaban a su portador la potencia para destruir a sus enemigos y la protección para resistir sus ataques.

Llevar una armadura como ésa era un honor del que pocos eran merecedores, y que Uriel sabía que debía ganarse.

Pasanius se le había unido, de pie ante la armadura, y Uriel se sintió nuevamente agradecido por la lealtad y amistad que su camarada le ofrecía.

—¿Cuánto falta, ingeniero Imerian? —inquirió Uriel, levantando la voz para que se le oyera por encima del atronador rugido de los motores de los Leman Russ que le estaban proporcionando la energía.

Imerian se arriesgó a sacar la cabeza por encima de la barrera de sacos de arena.

—He obtenido la frecuencia adecuada, capitán Ventris, por lo que sólo se precisarán unas pocas horas para que el generador dorsal quede totalmente cargado.

Uriel no replicó, pues había visto la expresión de combate que se había apoderado de la cara de Pasanius. Un segundo después supo la razón. Por encima del rugido de los motores de los tanques, su oído potenciado había captado el sonido de disparos.

—¡Coronel Kain! —gritó, señalando la dirección del sonido—. ¡Disparos en el perímetro!

Verena Kain salió de detrás de la barrera de sacos y puso la mano junto a la cabeza. Uriel vio como su expresión pasaba de irritación a fría y dura rabia.

—Apaguen eso —ordenó a Imerian antes de desenfundar su pistola y su falcata, con la que señaló a los Leman Russ—, y ponga en movimiento esos tanques.

—Vamos —dijo Uriel, desenvainando la espada.

Pasanius lo siguió, con el bólter prestado fuertemente sujeto en su mano izquierda, mientras un destacamento de soldados formaba junto a la coronel Kain. La comandante de los Falcatas se dirigió al trote hacia las puertas del hangar mientras éstas todavía estaban abriéndose.

Uriel llegó a las puertas al mismo tiempo, y Kain lo recompensó con una desarmante expresión de desdén.

—Si esto tiene algo que ver con usted… —La coronel dejó la amenaza inacabada.

—Entonces ya tendrá tiempo de reprenderme después —replicó Uriel.

Las puertas se abrieron lo suficiente para permitir la salida del hangar, y la coronel Kain se deslizó por el hueco con los soldados siguiéndola rápidamente al exterior. Uriel la dejó salir primero; después de todo era la persona al mando, pero se aseguró de alcanzarla rápidamente.

En cuanto salieron a campo abierto en el centro del campamento, una sirena de alarma desgarró la noche. Con un estallido de actínica conexión de circuitos, los cegadores reflectores cobraron vida, ahuyentando la oscuridad de la noche y bañándolo todo en una pálida claridad.

—Oh, no —exclamó Uriel al ver la masacre junto al muro.

Unos monstruos campaban a sus anchas por el patio.

Los sinpiel masacraban a voluntad los soldados de los Águilas Aullantes, arrancando extremidades de sus torsos, deformando sus formas humanas con golpes demoledores y partiéndoles los huesos. Los monstruos tenían formas gigantescas e hinchadas; sus anteriormente expuestos órganos y músculos ahora estaban cubiertos de una legamosa capa de piel nueva.

El señor de los sinpiel rugió al encenderse las luces, irguiéndose de forma majestuosa e indescriptible, como si por sus venas circulara luz en vez de sangre. Su tribu penetró en el patio como un ejército, aunque sólo quedaban una docena con vida. Los hombres huían ante ellos, pero únicamente lograban ser despedidos por el aire antes de ser despreocupadamente despedazados. Brillaron varios rayos láser que quemaron el aire, pero la piel de esos monstruos resultaba impenetrable a unas energías tan nimias.

—¿Qué están haciendo? —susurró Uriel

—Matar —replicó Pasanius con un fuerte tono de reproche en su voz.

La coronel Kain y los falcatas que la rodeaban observaron con horror la carnicería que se estaba produciendo en el interior de su sanctum. Los soldados empezaban a salir de uno de los barracones, pero una grotesca bestia con las articulaciones de las piernas al revés y una horripilantemente curvada columna de cartílago nudoso los iba golpeando a medida que salían. Un cañón emplazado tras unos sacos de arena abrió fuego sobre el muro, sabedores los artilleros que matar a sus propios hombres sería un acto de caridad. Los proyectiles de gran calibre golpearon la parte interior de los muros de cemento, destrozando los cuerpos ensangrentados de los soldados muertos y hundiéndose en los cuerpos de los monstruos.

El señor de los sinpiel saltó del muro. Su gran fuerza y potencia le hicieron surcar el aire hasta aterrizar en el techo del segundo barracón. Su enorme cuerpo atravesó el techo de uralita y desapareció de la vista, aunque sus rugidos de rabia seguían oyéndose.

Uriel corrió hacia el violado edificio, con Pasanius pegado a sus talones, mientras la coronel Kain trataba de imponer algún tipo de orden entre sus hombres. Los gritos y rugidos llenaban el aire. Los sinpiel se abrían paso a golpes a través de los Águilas Aullantes sin ninguna piedad.

Una bestia con dos cabezas fusionadas y brazos muy largos culminados en una especie de muñón con garras se abría paso entre los soldados de armadura roja mientras su cuerpo era agujereado por los proyectiles y chamuscado por los rayos láser. Uno con un monstruoso gemelo surgiendo de su carne masacraba hombres y mujeres con los que alimentaba a su hambriento apéndice, que, en su lunático apetito, no se preocupaba en absoluto de si su comida estaba viva o muerta.

Uriel trató de hacer caso omiso a esos horrores y esquivó una viga de metal caída del techo del barracón. En el interior podían escucharse gritos desesperados, aleatorias descargas de láser y un terrorífico rugir de puro odio. Abrió de una patada la deformada puerta y penetró en aquel lugar.

El interior del barracón era un matadero, mucho peor que nada que Uriel pudiera haber soñado mientras estaba en las entrañas del Daemonium Omphalos. Chorros de sangre cubrían todas las paredes, cuerpos destrozados y miembros arrancados yacían dispersados como restos después de una explosión. Parecía imposible que tantos hombres hubieran podido morir en tan poco tiempo.

—¡Por la sangre del Emperador! —exclamó al ver al señor de los sinpiel doblar a un hombre por la mitad hasta que su columna vertebral se partió y el hueso astillado emergió por su estómago. La sangre salpicó a la gigantesca criatura, y Uriel sintió casi dolor físico ante esa traición.

—¡Detente! —le gritó, levantando la espada. Sabía que el arma era poca defensa contra la colosal criatura.

—¡En nombre del Emperador, ¿qué estás haciendo?! —rugió Uriel.

La cabeza del señor de los sinpiel se volvió hacia él, pesada y goteando sangre. Fragmentos de carne y de ropas le colgaban de las mandíbulas, y Uriel captó una luz apagada en sus ojos, una luz que hablaba por los miles de almas que había tras ella.

—Estos hombres merecen morir —dijo el señor de los sinpiel—. Estuvieron allí.

Uriel ya sabía algo de la historia del mundo y del regimiento que lo reclamó, pero ¿cómo podía saberlo el señor de los sinpiel?

—¡No eres quién para decidir eso! —le gritó—. ¿Por qué lo estáis haciendo?

—Porque alguien debe —respondió el señor de los sinpiel—. Los muertos deben ser vengados.

Uriel avanzó a paso lento hacia la gigantesca criatura mientras ésta recogía un soldado que lloraba; tenía el uniforme rojo destrozado y cubierto de sangre. Fueran cuales fuesen las fuerzas ajenas a ese campamento, conocían el secreto de los Falcatas y habían utilizado a los sinpiel como sus agentes.

Los gritos y el estampido de más disparos sonaron más allá de los muros del barracón, aunque en el interior reinaba una extraña paz.

—Deja a ese hombre en el suelo —le ordenó Uriel—. El Emperador se enfadará si le haces daño.

El señor de los sinpiel echó hacia atrás la cabeza y emitió un terrorífico rugido que liberó una vida entera de rabia, dolor y amargura.

—El Emperador no se preocupa por ellos —dijo el señor de los sinpiel, mostrando una elocuencia que contradecía sus anteriores sonidos—. Se olvidó de este lugar hace mucho tiempo, al igual que se olvidó de nosotros.

Las palabras fueron pronunciadas por una mente humana, pero mediante una boca monstruosa que las articulaba de forma húmeda y malformada, amarga y cruel. Uriel oyó el dolor de la pérdida en cada una de las deformadas sílabas y sintió el dolor que se ocultaba tras esas palabras, pero fuera quien fuese el que hablaba, no era el ser al que él se había dirigido. Fuera cual fuese la inteligencia que se ocultaba tras esos ardientes ojos, no era la de la criatura que había puesto pie en Salinas junto a él.

—Ya es suficiente —dijo Uriel, dándose la vuelta y asintiendo a Pasanius, quien apuntó con el bólter al señor de los sinpiel—. ¡Tienes que detener esta matanza ahora mismo!

Al ver el arma, el señor de los sinpiel levantó al lloriqueante soldado por los aires y lo metió, con la cabeza por delante, en sus enormes fauces.

—¡Emperador, no! —gritó Uriel—. ¡Pasanius, dispara!

El aire se llenó con las características explosiones de los proyectiles bólter y los proyectiles de masa reactiva se abrieron paso a través del señor de los sinpiel detonando en el interior de su cuerpo. La piel nueva y la carne vieja saltaron en pedazos, pero no antes de que el soldado fuera partido por la mitad. Uriel saltó hacia delante, pero la mitad inferior del hombre muerto salió despedida hacia él, derribándolo.

Más proyectiles de bólter lo desgarraron, pero el señor de los sinpiel no se detuvo. Uriel rodó para ponerse en pie de nuevo mientras veía como el señor de los sinpiel atravesaba la pared exterior del barracón, pulverizando los bloques carbonizados a su paso.

Pasanius ya estaba en el exterior, acosando a la criatura con ráfagas de bólter, y Uriel trepó entre los cascotes para llegar al patio anterior.

Uriel vio que Pasanius tenía la misma buena puntería de siempre, pero sus proyectiles tenían poco efecto en el señor de los sinpiel, más allá de los efectos cosméticos. La sangre y la luz manaban del señor de los sinpiel, pero el daño que esas heridas pudieran causarle, si es que le causaban alguno, era difícil de evaluar.

Los soldados luchaban en grupos compactos, sobreponiendo campos de fuego con el que rociaban a los sinpiel mediante ráfagas controladas. Las dotaciones de armamento pesado estaban emplazando sus armas para apoyar a sus compañeros más rápidos. Como siempre habían hecho cuando los Hijos de Salinas emboscaban a sus fuerzas. Verena Kain estaba reagrupando a sus soldados de forma rápida y eficiente, aunque no era suficiente.

Contra otros hombres, incluso otros soldados, su hábil liderazgo y el coraje de los Águilas Aullantes habrían logrado una rápida victoria, pero estaban luchando contra un enemigo totalmente distinto a cualquier otro al que se hubieran enfrentado. Las explosiones detonaban entre los sinpiel, pero ni la metralla ni los proyectiles parecían afectarlos.

Hacían caso omiso a heridas que hubieran matado incluso a las mayores bestias tiránidas, tres veces más grandes, arrasado pelotones enteros y matado hasta el último soldado en menos del tiempo del necesario para gritar. Cuando eran alcanzados, surgía una luz por las heridas que parecía solidificarse sobre la abertura como un vendaje.

Los monstruos eran indestructibles, y siguieron matando con demencial furia.

El corazón de Uriel se heló al ver la salvaje alegría en las caras de los sinpiel.

Fueran cuales fuesen las esperanzas que había albergado de lograr su redención, o de que iniciaran una nueva vida, se desvanecieron de su mente. No había perdón ni penitencia posible ante el regocijo de una matanza sin sentido.

Mientras corría para unirse a la batalla, un misil pasó volando sin control al ser descuartizado su operador por el golpe de un puño cubierto de garras. El misil atravesó el aire siguiendo una trayectoria espiral y descontrolada antes de alcanzar el edificio del generador principal del campamento.

Uriel se tiró al suelo cuando la cabeza explosiva atravesó la puerta débilmente blindada del edificio y estalló, destruyendo el generador en una poderosa explosión que lanzó varias decenas de metros por los aires el techo del edificio, envuelto en una columna de fuego y demoliendo parte del muro exterior.

El campamento quedó sumido en la oscuridad.

—¿Qué quieres decir con que Sylvanus Thayer sigue vivo? —exigió saber Cawlen Hurq.

—Simplemente lo que he dicho —dijo Pascal—. Aunque para él sería mejor estar muerto.

Daron Nisato estaba tan conmocionado como Hurq ante la revelación de que el antiguo líder de los Hijos de Salinas seguía vivo, pero la rabia del guardaespaldas de Pascal era pura y necesitaba manifestarse.

—¡Nos dijiste que estaba muerto! —gritó Hurq, y Mesira se cubrió las orejas con las manos para aislarse del ruido. Nisato le pasó un brazo por encima de los hombros, pero ella se estremeció ante el contacto, gimiendo de angustia.

—Y lo está a todos los efectos prácticos —dijo Pascal, tratando de atenuar la furia de Cawlen—. Lo encontré sobre el campo de batalla al día siguiente del combate. No quedaba casi nada de él, Cawlen, sólo fragmentos de carne y sangre. No sé cómo podía seguir vivo, pero lo estaba. No podía ayudarlo, así que se lo llevé a Serj Casuaban, en la Casa de la Providencia.

—¿A Casuaban? —exclamó Cawlen—. ¡Es un falcata!

Pascal negó con la cabeza.

—No, él nos ha estado ayudando desde la matanza del Campo de la Muerte.

—¿Nos ha estado ayudando? ¿Cómo?

—¿De dónde crees que proceden nuestros suministros médicos?

Daron Nisato trató de concentrarse en lo que ambos hombres estaban diciendo, pero Mesina estaba balanceándose adelante y atrás cada vez con mayor urgencia.

—¿Por qué no nos lo dijiste? —preguntó Cawlen—. Podríamos habérselo hecho saber a la gente.

—¿Y qué bien les habría hecho eso? Sylvanus ya era un mártir. Había hecho más por nosotros muriendo de lo que jamás podría haber logrado de haber seguido con vida —le replicó Pascal—. Además… él… él ya no es el mismo hombre que era antes.

Nisato captó la nota especial en el tono de Pascal y apartó la mirada de la lloriqueante Mesira Bardhyl.

—¿Qué quiere decir? ¿En qué es diferente?

Cawlen Hurq se volvió para mirarlo.

—Manténgase al margen de esto, agente. Esto no le importa.

Nisato se levantó y obligó a Hurq a darse la vuelta. El grandullón trató de desenfundar su pistola, pero Nisato cogió el arma de la funda del hombre con increíble habilidad y le hundió el cañón del arma en el estómago.

—Siéntate y cierra la boca.

A regañadientes, Hurq hizo lo que le ordenaba y Nisato se volvió hacia Pascal Blaise.

—¿Qué quiere decir con que él ya no es el mismo hombre? He tenido que disparar a hombres que se han despertado de un coma o de heridas muy graves con habilidades latentes que no poseían anteriormente. ¿Es eso a lo que se refería?

—Algo así —asintió Pascal—. No podía hablar ni moverse. No quedaba lo suficiente de él para hacerlo, pero… puedes sentirlo cuando estás cerca.

—Sentir ¿qué?

—Su odio —dijo Pascal—, su insaciable odio.

Un grito hizo que ambos hombres se estremecieran, y Nisato se dio la vuelta para ver a Mesira Bardhyl de pie ante la ventana, mirando hacia la oscuridad de la noche con el brazo extendido. Su cara estaba iluminada por el débil resplandor de la ciudad que se extendía más allá, pero mientras miraba, un brillo más intenso iluminó su cara con una ardiente luz anaranjada. Nisato corrió junto a ella.

—¿Qué pasa?

—El doliente —dijo entre dientes Mesira.

Daron Nisato y Pascal Blaise observaron la espectacular columna de fuego que se elevó más allá de los límites de la ciudad. Segundos después, el ruido de una explosión llegó hasta ellos, acompañado por el crepitar de armas de fuego ligeras.

—Es el campamento de los Águilas Aullantes —dijo Nisato—. ¿Es cosa suya, Blaise?

—No —respondió Pascal—. Yo no tengo nada que ver. Lo juro.

—Es el doliente —afirmó Mesira Bardhyl—. Ha encontrado a uno. Los está matando a todos para llegar a ella.

Se volvió hacia ellos, y Nisato vio que estaba sonriendo con una tranquila serenidad.

—Después vendrá a por mí.

Uriel no tenía otra arma que su espada, pero le dio un buen uso al abrirse paso entre la masa de cuerpos que luchaban. Los sinpiel eran más fuertes que nunca, ya que sus cuerpos estaban saturados de una energía que no poseían anteriormente, y ya entonces eran horripilantemente poderosos.

Una gigantesca forma se levantó delante de él, un monstruo con unos muñones bulbosos por piernas y un adorno de carne con vida propia que le colgaba del pecho. Unas formas óseas antinaturales bajo la piel trataron de herir a Uriel, pero logró bloquear desesperadamente todos los ataques cuando las garras buscaron la débil carne de su cuello.

Rodó por debajo del gancho óseo y con la espada atravesó la carne de la bestia, pero en cuanto la liberó de su objetivo, la extraña luz interior de las bestias restauró totalmente la carne.

La criatura aulló, pese a los efectos sanadores de la luz, y se alejó de él buscando una presa más fácil entre los Águilas Aullantes. Uriel la dejó ir, pues buscaba a la coronel Kain en medio de la confusión de la batalla.

Al estar destruido el generador, el enfrentamiento estaba librándose bajo el estroboscópico reflejo de los fogonazos de las armas, los rayos láser y el difuso brillo de las estrellas. Varios grupos de soldados desesperados corrían de una cobertura a otra mientras los sinpiel los destripaban por todo el campamento, demoliendo barricadas, emplazamientos artilleros y edificios a medida que avanzaban.

El depósito de combustible estalló en medio de una gran nube en forma de hongo llameante cuando una bala perdida atravesó la pared, y el hedor a promethium llenó el aire. Unas nubes ardientes se elevaron hacia el cielo, y unos chorros abrasadores de promethium se vertieron por todo el complejo.

Uriel corrió en medio del caos de la batalla para unirse a Pasanius. Su amigo disparó el último de sus proyectiles bólter a un monstruo de brazos hinchados que se abría paso a través del edificio médico y asesinaba a los heridos con demoledores golpes de sus puños duros como el acero.

—¿Cuántos proyectiles te quedan? —gritó Uriel por encima del clamor de la batalla.

—Un cargador entero —le informó Pasanius—, pero me resulta muy difícil recargar.

Uriel le cambió la espada por el bólter, se agachó bajo la cobertura de una barricada de sacos de arena y recargó de forma rápida y experta el arma.

—Gracias —le dijo Pasanius cuando Uriel se la devolvió y recuperó su espada—. ¿Y ahora qué? En nombre del Emperador, ¿qué diablos está pasando? ¿Por qué están haciendo esto?

—Ellos no lo están haciendo —le aclaró Uriel en el mismo momento en que localizaba a la coronel Kain.

El ladrido de las armas pesadas se unió a la lucha cuando los soldados subieron a las escotillas de los Chimera y dispararon torrentes de fuego con los multiláser o ráfagas de proyectiles de bólter pesado.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Pasanius, disparando por encima de los sacos de arena contra el monstruo que estaba atacando el edificio médico—. Yo diría que sí lo están haciendo.

—No son ellos —repitió Uriel—. No sé cómo, pero algo los está controlando, de eso estoy seguro.

Pasanius se encogió de hombros, y Uriel se dio cuenta de que, en esos momentos, poco importaba el motivo por el que los sinpiel estuvieran atacando a los Águilas Aullantes, sólo importaba que lo estaban haciendo. El señor de los sinpiel mataba soldados a docenas con cada barrido de sus gigantescos puños. Su carne era como una fortaleza inconquistable, a prueba de todas las armas.

—Entonces, espero que tengas un plan —le dijo Pasanius—. O de lo contrario nos van a matar a todos, incluidos nosotros dos.

Uriel no tenía ninguna respuesta para Pasanius, pero entonces el rugido de los motores resonó en los hangares cuando los tres carros de combate Leman Russ se pusieron en marcha en su interior. Los cañones principales serían inútiles dentro del campamento, pero cada uno de los vehículos disponía de un arsenal de armas de apoyo, y su propia masa podría cambiar el curso de la batalla.

Cuando los tanques salieron al patio se oyó un gran vítor de alegría, y la coronel Kain levantó su espada bien alto para que todo el mundo lo viera. Un soldado desplegó un estandarte y la visión del emblema carmesí de los Falcatas Achamán dio nuevas fuerzas a los soldados.

Uriel observó como el tanque más adelantado, el vehículo que había empezado a recargar su armadura, rasgaba la oscuridad con una incandescente lanza de luz procedente del cañón láser montado en su habitáculo. Una bestia con extremidades como guadañas cayó, partida por la mitad por el rayo, sus entrañas se cocieron y la sangre le hirvió hasta convertirse en vapor. Los otros tanques segaron con los proyectiles de las armas de la barquilla al resto de los sinpiel. Las criaturas retrocedieron ante aquella tremenda potencia del fuego.

Sin embargo, las grandes bestias de metal no acobardaron al señor de los sinpiel. Éste lanzó a un lado el cuerpo del soldado que acababa de matar y cargó contra los tanques con la cabeza bajada y los puños pegados al cuerpo.

Justo cuando parecía que iba a chocar contra el vehículo, el señor de los sinpiel dio un salto y aterrizó sobre la sección frontal del vehículo. Los proyectiles atravesaron su cuerpo, pero no lo frenaron ni un ápice. Sus manos monstruosamente poderosas se cerraron sobre el cañón del arma principal del tanque y unos brazos inhumanamente fuertes lo torcieron hacia arriba.

Con un chirrido de metal torturado y un chorro de chispas, la torreta entera quedó arrancada. El artillero cayó sobre los restos del habitáculo y resultó aplastado por las orugas del vehículo. El señor de los sinpiel golpeó con el cañón arrancado contra el lateral del tanque, aplastando las armas de las barquillas y hundiendo el blindaje hacia el interior con un terrible crujir de metal.

El motor del tanque aulló, y lanzó una serie de bocanadas de humo mientras tosía y se paraba. De la parte posterior surgieron llamas y, con su enemigo derrotado, el señor de los sinpiel lanzó la deformada y retorcida masa de la torreta a través del campamento hasta que se estrelló contra el suelo.

Con un ensordecedor grito de batalla, la coronel Kain encabezó la carga de los Águilas Aullantes.

Uriel salió de la cobertura mientras las tropas cargaban, admirando su valor a la vez que maldecía la futilidad del gesto. Esos hombres no podían triunfar contra los sinpiel, no mientras algún poder oscuro manejara sus cuerpos como si fueran marionetas y sanara sus heridas fatales.

—¡Vamos! —gritó, y Pasanius se levantó con él.

Cargaron a través del campamento en llamas; el tufo a promethium ardiendo saturaba sus sentidos, y la espesa nube de humo hacía que les lloraran los ojos y les ardiera la garganta. El calor era insoportable, y las llamas devoraban el campamento con voraz apetito.

Los sinpiel y los Águilas Aullantes chocaron en el centro del campamento, librándose una batalla entre el brillante calor de los incendios. Era un combate que solamente podía acabar de una forma, pero los Águilas Aullantes lucharon con un fervor que decía mucho de su implicación en la matanza del Campo de la Muerte.

Uriel preparó su espada cuando una bestia con brazos como pistones y una columna retorcida se dirigió hacia él a través del humo y las llamas. Su boca era un asimétrico horror de dientes rotos y encías podridas; los ojos, una masa putrefacta de pupilas e iris lechosos. Su carne brillaba, pero estaba podrida y enferma, como si se hubiera desarrollado a partir de cultivos enfermos.

Escupió una gran cantidad de obscenidades mientras se le acercaba agitando un puño amenazante. Uriel desvió el golpe y corrió alrededor de la criatura, hundiéndole su arma en la espalda. La hoja chirrió contra la deforme columna, y Uriel retorció la espada mientras la hundía más profundamente en el cuerpo del monstruo.

Éste chirrió y cayó de rodillas mientras Pasanius pasaba por encima de él y le golpeaba con su bota blindada en la cara. Se le rompieron los dientes y escupió una flema ensangrentada. Uriel liberó su espada en medio de una inundación de luz y sangre espumeante. Pasanius puso el cañón del bólter en el interior de la boca de la bestia y apretó el gatillo. La luz explotó en su cerebro y la parte posterior de la cabeza simplemente desapareció.

El monstruo se desplomó, vertiendo materia cerebral por el agujero abierto en su cráneo. Uriel vio una neblina de luz siguiéndolo por el aire. Gritó mientras sentía la rabiosa frustración en el interior de la luz y cayó de rodillas cuando la fuerza de ésta amenazó con desbordarlo.

Uriel soltó la espada y su visión se nubló al ver el campamento y los muros rodeados por una multitud de observadores, figuras espectrales que contemplaban desapasionadamente la carnicería realizada en su nombre. Cientos de figuras pugnaban por encontrar una posición sobre los muros, y Uriel sacudió la cabeza para librar sus pensamientos de su deseo de venganza.

—¡Uriel! —lo llamó Pasanius, y el sortilegio quedó roto.

La criatura que habían atacado estaba muerta, la luz sanadora había huido tras su muerte, pero Uriel comprobó que con ésa eran sólo dos las bestias eliminadas hasta ese momento.

Las llamas reclamaron lo que los sinpiel no habían hecho. Hombres en llamas gritaban mientras eran consumidos por el fuego, y Uriel percibió un terrible sentimiento de vindicación procedente de los observadores invisibles que habían puesto en marcha la masacre.

—Hemos de salir de aquí —le advirtió Pasanius—. No podemos vencer.

Uriel asintió mientras recuperaba su espada.

—Voy a tratar de alcanzar a Kain.

Se puso en pie y buscó el estandarte de los Águilas Aullantes. Vio un retazo entre las llamas mientras la coronel Kain libraba una batalla sin esperanza contra los monstruos que estaban asesinando a sus soldados.

—Por aquí —dijo Uriel—. Vamos.

Se pusieron en marcha entre las llamas hacia los asediados guerreros, y Uriel sintió como su piel se abrasaba por el calor. Sólo podía imaginar el dolor que los soldados mortales debían de estar sufriendo.

Uriel vio caer a Verena Kain, sangrando por una profunda herida en el hombro. La criatura se le acercó para rematar el trabajo, pero sus hombres, valerosamente, formaron una línea delante de ella disparando sus armas y golpeando con sus espadas, dispuestos a defender a su coronel.

La bestia cayó ante la gran potencia de fuego, y Uriel se detuvo junto a Kain.

El astartes tuvo que admitir que la coronel era dura. El brazo izquierdo le colgaba inerte del costado y su cara era una máscara de sangre iluminada por el fuego. Levantó la mirada hacia Uriel, y su rostro se llenó de rabia.

—¡Mis hombres están muriendo por su causa! —le gritó por encima del tronar de los disparos y el rugir de las llamas—. No sé cómo, pero sé que esto tiene algo que ver con ustedes.

—Coronel Kain —empezó Uriel—, tiene razón, pero ya trataremos eso más tarde. Tenemos que salir de aquí, ahora. Ésta no es una batalla que podamos ganar.

—¡Jamás! —exclamó Kain—. Los Águilas Aullantes jamás tocan a retirada.

—Lo sé —le espetó Uriel—. He oído que su Vieja Serenidad también lo dijo, pero él está muerto, y usted pronto lo estará si permanece aquí.

Por un momento pensó que ella iba a negarse, pero vio el destello de rabia desaparecer de sus ojos para ser reemplazado por un agotado gesto de asentimiento. Uriel asintió y se volvió hacia Pasanius mientras una enorme sombra surgió de entre la luz de las llamas. El portador del estandarte de los Águilas Aullantes murió con la cabeza arrancada de los hombros y en medio de un torrente de sangre manando de su desgarrado cuello.

Uriel se dio la vuelta mientras caía el estandarte. El señor de los sinpiel se erguía enorme junto a él, con una forma imposiblemente masiva e hinchada desde la última vez que Uriel lo había visto. La luz brillaba bajo su piel con tal intensidad que era imposible mirarla por donde rezumaba entre sus heridas, y sus músculos estaban henchidos de poder prestado.

Un puño como una roca golpeó a Uriel, lanzándolo por los aires hasta que chocó contra el casco del Leman Russ destrozado. Unas luces brillantes bailaron delante de sus ojos mientras trataba de respirar. A su lado oyó el ladrido del bólter de Pasanius abriendo fuego.

El señor de los sinpiel propinó al sargento Astertes un terrible golpe que lo aplastó contra el suelo, y a continuación se dirigió a Verena Kain. La coronel de los Águilas Aullantes había levantado el estandarte de la compañía del suelo y la ondeante seda de la bandera estaba en llamas. Uriel gritó y se puso en pie, bamboleándose mientras trataba de avanzar hacia el señor de los sinpiel.

La coronel Kain acuchilló al caudillo de los monstruos con su falcata mientras éste la levantaba del suelo con su enorme puño. De sus heridas manaban chorros de sangre y de luz, pero la mayor no pudo romper la presa a la que la había sometido la enorme criatura.

Uriel vio la rabia en la cara del señor de los sinpiel, una rabia que era tan pura y avasalladora que su singularidad le hizo detenerse. No era una rabia propia de los sinpiel, era la rabia de aquellos sin voz, la rabia de los que sólo disponían de ese último acto de venganza.

El señor de los sinpiel se llevó a la coronel mientras ésta se debatía por encima del humo del promethium, que era todo lo que quedaba del depósito de combustible. Uriel trató de seguirlo, pero las piernas le pesaban enormemente y el aire le quemaba los pulmones.

—No —dijo con los dientes apretados, mientras se daba cuenta de lo que iba a suceder a continuación.

El señor de los sinpiel se detuvo, como si se deleitara con lo que estaba a punto de hacer. Se acercó a Verena Kain, y aunque susurró las palabras, éstas resonaron en el cerebro de todos los que se hallaban en el campamento.

—Tú estabas allí.

Entonces la arrojó al calor blanco de las llamas.

Uriel lanzó una exclamación de horror ante ese asesinato, y el señor de los sinpiel echó hacia atrás la cabeza para emitir un terrible rugido de desesperación. La criatura volvió su herida y abrasada cara hacia Uriel, y la mirada que intercambiaron fue íntima, un momento de compartida repulsión.

El señor de los sinpiel apartó la mirada y el instante de conexión se difuminó mientras la multitud de mentes que habían controlado a los sinpiel aflojaban su presa.

No se produjo ningún otro disparo. El campamento quedó en silencio, excepto por los angustiados gritos de los soldados moribundos. El señor de los sinpiel rugió y llamó a su tribu junto a él mientras Uriel se tambaleaba entre los sangrientos restos de la batalla.

—¡¿Por qué?! —gritó—. ¡¿Por qué era necesario hacer eso?!

El señor de los sinpiel levantó la mirada y la blanca luz de la venganza asomó como cometas ardiendo en sus ojos.

—Porque ellos estaban allí —dijo—. Todos deben ser castigados.

Con esa terrible declaración, se alejó saltando a través del agujero abierto en el muro por la explosión del edificio del generador. Los sinpiel que quedaban lo siguieron rápidamente, y Uriel vio que se dirigían a la resplandeciente ciudad de Barbadus.

Con terrible certeza, Uriel supo que todavía no había acabado la masacre de esa noche.