Siete

El convoy salió del túnel y avanzó retumbante por la ancha carretera que subía serpenteando por las laderas de las montañas. Un vehículo de exploración Salamander encabezaba la marcha, su arma principal giraba a cada instante para cubrir la siguiente curva que tenía delante. Entre el Salamander y el transporte de tropas Chimera que lo seguía fluía un chorro constante de datos.

Un segundo Chimera seguía al primero, y un vehículo de mando, también del tipo Salamander, se encontraba entre éste y un tercer Chimera. Ocho camiones cargados hasta arriba y con el símbolo de un cráneo alado y las pistolas cruzadas del Munitorum seguían por la retaguardia. Un último Chimera cumplía la función de artillero de cola.

Dos aeronaves sobrevolaban la zona por delante de ellos formando la figura de un ocho. Eran un transporte de asalto del tipo Valkyrie y una cañonera Vulture. Ambas naves estaban pintadas con el color plata y azul claro de la fuerza auxiliar de defensa de Espandor.

El convoy avanzaba por allí ya que las autopistas que atravesaban las montañas Anasta habían demostrado ser una ruta peligrosa para las fuerzas imperiales. Muchos de los convoyes que viajaban desde la capital planetaria de Herapolis hacia las demás ciudades de Espandor habían sufrido ataques en estrechos cañones y laderas. El paisaje tenía un esplendor agreste. Grandes cataratas y enormes bosques cubrían las montañas, semejantes a torres de habitáculos con grandes franjas verdes y cristalinas.

En cuanto el vehículo que encabezaba la marcha dobló una curva, se activó un sensor remoto y una explosión sorda lo volcó, lo que dejó a la vista el agujero humeante que tenía en la panza. El polvo y los demás escombros cayeron como una lluvia ardiente mientras el primer Chimera aceleraba el motor para intentar salir de la emboscada. Las orugas chirriaron contra el pavimento cuando giró para evitar el cráter que se había abierto en el camino. De la línea de árboles surgió una cascada de disparos que rebotaron contra el blindaje mientras el artillero de la cúpula del vehículo giraba la ametralladora pesada hacia el enemigo.

Los disparos de gran calibre acribillaron la ladera arrancando ramas y astillando troncos por doquier. Se oyó otra explosión, y la superficie de la carretera se estremeció formando una ondulación parecida a una ola. Varias grietas aparecieron en el asfalto y una enorme área de la carretera saltó hacia arriba antes de hundirse para formar un cráter gigantesco. El Chimera intentó esquivarlo también, pero estaba demasiado cerca e iba a demasiada velocidad para conseguirlo. Se quedó colgando del borde por un momento antes de volcar hacia dentro y finalmente quedar boca abajo en el fondo.

Los atacantes salieron en tromba de entre los árboles. Se trataba de una horda heterogénea de kroots salvajes y de corsarios que llevaban capas de colores brillantes, placas de distintas armaduras y máscaras terroríficas de gran detalle. Varios guerreros aullantes con uniformes harapientos, cada uno con una cinta para el pelo, una faja o un cinturón de color azul intenso, portaban en alto unos viles estandartes en los que se veía un tulwar curvado. Cientos de ellos salieron de entre los árboles disparando sin apuntar desde la cadera o lanzando granadas en forma de disco. Unos cuantos rayos de láser pesado impactaron contra los lados de los tanques que quedaban en el convoy.

Las tropas de las fuerzas de defensa desembarcaron de los Chimeras y empezaron a responder al fuego, lo que llenó el espacio que se abría entre ambos bandos con descargas de luz refulgente y proyectiles sólidos que rebotaban por doquier.

En el aire resonó un zumbido sordo, y aparecieron tres deslizadores pesados desde el otro lado de la curva que flotaban sobre masas de aire. En cada una de las proas de los aerodeslizadores había un guerrero que lanzaba grandes risotadas y que tenía la cara cubierta por una máscara en forma de calavera sonriente. Todos ellos manejaban un cañón pesado. De esas armas surgieron chorros de disparos que descargaron en el aire una tormenta mortífera de proyectiles explosivos. Los casquillos que salían de las recámaras caían contra el pavimento con un repiqueteo que casi era musical.

El primer aerodeslizador estalló en pleno aire cuando un par de cohetes disparados por la Vulture impactaron en mitad de su estructura. El morro del aparato chocó contra el suelo y abrió un surco en la carretera para después lanzar cuerpos y armas a su alrededor cuando empezó a rodar sobre sí mismo en mitad de una lluvia de chispas y llamas.

Los artilleros de la cañonera apenas tuvieron tiempo de felicitarse por el derribo antes de que un trío de misiles surgiera de entre los árboles. El piloto inclinó con fuerza la nave hacia un lado, y uno de los misiles pasó por encima de la carlinga. De su popa surgió un chorro de bengalas incandescentes que engañaron al segundo misil, pero el tercero se estrelló contra la tobera y estalló.

La cañonera dio una sacudida y se desplomó casi en línea recta. Inclinó una de las alas antes de que la nave envuelta en llamas se estrellara contra la carretera con una explosión atronadora. El combustible incendiado se extendió por la zona y provocó unas grandes llamaradas.

Los vehículos imperiales empezaron a girar, pero no para intentar huir.

Las cubiertas de lona de los camiones cayeron, pero lo que quedó a la vista no fueron cajas de munición apiladas con gran cuidado, sino una carga mucho más mortífera. El segundo y el tercer camión transportaban a diez guerreros de la escuadra de asalto Ixion, mientras que en el cuarto y en el quinto iban los astartes de la escuadra devastadora Tirian. Con una rápida economía de movimientos, los devastadores empuñaron las armas pesadas y comenzaron a disparar contra la masa de guerreros enemigos.

Los misiles y los proyectiles de bólter pesado explotaron entre las filas de corsarios, y abatieron a una veintena de guerreros en un instante. Un guerrero con una capa roja escarlata y una armadura de color azul brillante con rebordes dorados saltó de la parte posterior del primer camión al tiempo que desenvainaba su espada talassariana, Tempestad. Cato Sicarius aterrizó en el camino y alzo la hoja reluciente por encima de la cabeza.

—¡Por Talassar y la Segunda! —gritó al tiempo que su escuadra se desplegaba a su alrededor.

Vandius desplegó el estandarte de la compañía mientras Prabian desenvainaba su espada de energía y Malcian preparaba su arma lanzallamas. Una horda desigual de corsarios y de kroots avanzaba a través, y Sicarius escogió a un kroot con una cresta de púas amarillas en la cabeza para que fuera su primera víctima.

No esperó a sus guerreros y se lanzó a la carga contra el grueso del enemigo a la vez que los astartes de Ixion encendían sus retrorreactores.

Empezaron a disparar contra ellos, pero su aparición había sido tan inesperada y veloz que ninguno de los disparos pasó cerca. La súbita presencia de los guerreros de la Segunda Compañía de los Ultramarines desconcertó al enemigo, pero no tardaron en recuperarse y en lanzarse contra aquel nuevo oponente.

Las líneas de los Ultramarines y de los guerreros alienígenas chocaron con un rugido de odio. Sicarius clavó su espada en el pecho del kroot de cresta amarilla y lo rajó del cuello a la cadera antes de girar sobre sí mismo y dispararle con la pistola del plasma en la cara a otro cacareante guerrero kroot. Torció la boca en un gesto de asco mientras sacaba la espada del alienígena. Ya se había enfrentado con anterioridad aquella especie mercenaria, pero su hedor repugnante y su aspecto grotesco le seguían provocando repulsión. Prabian luchaba a su lado, dando tajos y estocadas brutales. No había astucia o elegancia alguna en esos golpes. Prabian mataba, así de sencillo y de fácil.

Los rodeaban decenas de kroots. Era una masa aullante y chillona de salvajes de rasgos aviares. Sus extremidades eran nervudas y empuñaban sus rifles rematados por cuchillas afiladas y sus espadas de caza con una agilidad sobrenatural. Uno de ellos se lanzó a por él y le atrapó el brazo de la espada con el pico antes de intentar clavarle un cuchillo en el pecho. El metal de la hoja se partió al chocar contra el Eternium Ultra y Sicarius le propinó un golpe con el casco en la cara.

Aquello le partió el pico, y la criatura se retiró trastabillando, pero otras cinco ocuparon su lugar. Abatió a una con un disparo de la pistola, y a otra con un mandoble de la espada, pero antes de que tuviera tiempo de hacer nada más, Prabian ya estaba a su lado. La espada del paladín de la compañía partió en dos la cabeza de uno de los guerreros kroot, y antes incluso de que cayera el cuerpo ya había arrancado la espada del cadáver y decapitado a otro. Malcian abrió un hueco en las filas enemigas con unos cuantos chorros precisos de promethium inflamado mientras el sargento Daceus obligaba a retroceder al resto con andanadas controladas de disparos de bólter.

—¿Es que intentáis ganar esto sin nosotros? —le preguntó Daceus, y su implante ocular pareció hacerle un guiño.

Sicarius sonrió y negó con la cabeza.

—No me atrevería a hacerlo.

—Así es como tiene que ser —le contestó el sargento con la familiaridad de unos guerreros que llevaban juntos desde hacía decenios.

Unas nuevas explosiones retumbantes y más tableteos de disparos de bólter pesado acribillaron las filas enemigas. Una ráfaga segó los restos del aerodeslizador derribado cuando varios guerreros se pusieron a cubierto detrás de ellos. Sicarius alzó la mirada a tiempo de ver cómo descendía el trasporte Valkyrie utilizando los motores vectoriales en modo suspensión en vez de vuelo convencional. Vio a un puñado de soldados de asalto con armaduras azules asomados por los huecos de las compuertas laterales, ansiosos por entrar en combate.

Un individuo delgado equipado con una armadura negra y un casco con placa facial en forma de rostro de águila se encontraba entre ellos. Llevaba al hombro una escopeta de combate.

—Por lo que parece, el gobernador Gallow desea entrar en combate —comentó Daceus.

—Learchus dijo que era cabal. Parece que llevaba razón —respondió Sicarius.

Los torbellinos provocados por los chorros del descenso levantaron nubes de polvo y despejaron el humo creado por los vehículos incendiados. Sicarius vio que los dos aerodeslizadores supervivientes se alzaban detrás de la cobertura que les proporcionaban los restos del que había sido derribado. Ambos apuntaron sus armas contra la nave de asalto aéreo.

—¡Sargento Tirian, acabe con esos dos cacharros antes de que le vuelen el culo al gobernador!

—¡Ahora mismo! —contestó Tirian.

Unos instantes después, un par de misiles pasaron por encima del capitán e impactaron contra la proa de uno de los vehículos enemigos. Del casco del aerodeslizador surgieron llamaradas y se desplomó de costado. El cañón de proa disparó una ráfaga de proyectiles trazadores que pasaron muy lejos de la aeronave del gobernador. Finalmente, el aerodeslizador se estrelló contra la superficie de la carretera y su quilla se partió en dos.

—Ixion, sube a bordo y tráeme algún superviviente.

—A la orden —respondió el sargento.

El campo de batalla ya estaba asegurado. Todos los renegados estaban muertos y sus cadáveres apilados en grandes piras improvisadas. A los kroots los quemaron en la dirección del viento, ya que el hedor que desprendían sus cuerpos al quemarse era demasiado alienígena y apestoso para soportarlo. Dos de los aerodeslizadores ya no eran más que cascos ennegrecidos acribillados con agujeros de bólter y de misiles. Las tropas de la fuerza de defensa auxiliar arrastraban los cadáveres de los soldados enemigos que habían intentado huir a través del bosque y las unidades lanzallamas los quemaban hasta reducirlos a cenizas.

No se podía permitir que quedara en el suelo de Ultramar ni un solo resto de unos guerreros tan impuros.

El tercer aerodeslizador había huido después de contemplar la horrible explosión que el segundo sufrió a manos de los guerreros de Ixion. Los marines de asalto aterrizaron sobre la cubierta doblada con las espadas sierra chirriantes y las pistolas retumbantes en las manos y no tardaron mucho en acabar con los supervivientes de la tripulación. Mataron a todos menos a dos en un sangriento combate cuerpo a cuerpo que duró siete segundos justos.

—Teníais razón. No pudieron resistirse a un objetivo tan tentador —dijo el gobernador Saul Gallow, un individuo atractivo con el cabello ensortijado de color castaño y una sonrisa encantadora.

—Su comandante se volvió demasiado confiado. Atacaron del mismo modo que las tres últimas veces, y se descuidaron —comentó Sicarius.

—¿Descuidados? —preguntó Gallow—. Pelearon con fiereza. Perdimos veinte hombres y bastantes vehículos.

—Son pérdidas aceptables —le replicó Sicarius—. Ahora el enemigo sabrá que no tememos llevar la lucha a su territorio, y eso hará que se comporten con cautela, y un enemigo cauteloso ya está derrotado.

Gallow se echó la escopeta al hombro.

—Espero que tengáis razón. Ya hemos perdido seis ciudades, y no parecen derrotados.

—Eso es porque pensáis en una guerra librada entre mortales. Ahora, los Adeptus Astartes luchan a vuestro lado. No luchamos como los humanos normales.

—Lo recuerdo muy bien. Luché junto al sargento Learchus y la Cuarta Compañía.

—Contra los pielesverdes. Este tipo de lucha es de un tipo diferente.

—También lo sé. Capitán Sicarius, no soy estúpido. Soy un gobernador planetario de un mundo de Ultramar, y quien me ha nombrado para ese puesto ha sido lord Calgar en persona.

—Por muy cierto que sea eso, vuestras fuerzas están ahora bajo mi mando. Este planeta es un mundo de los Ultramarines. Debéis saber cuál es vuestro lugar.

—Eso lo sé muy bien, capitán Sicarius —le aseguró Gallow con un leve tono de dureza en la voz—. Pero esta emboscada se ha cobrado varias vidas, Cato, las vidas de mi gente. Quiero saber que no han muerto en vano. Lord Calgar no lo querría.

—Lo que quiere lord Calgar es la victoria —le replicó Sicarius, irritado porque el gobernador lo había llamado por su nombre de pila. Se dirigió hacia donde el sargento Daceus tenía a los dos prisioneros, y Gallow tuvo que trotar para igualar la velocidad de las zancadas del capitán.

—¿Qué esperas sacarles a esos dos desechos? —le preguntó Gallow.

—Quiero saber quién es su jefe. Si lo matamos, acabaremos con la horda. Funcionó en Franja Negra, y no veo por qué no ha de funcionar aquí.

—Creí que este tipo de guerra no sería como la que libramos contra los pielesverdes —comentó Gallow.

—Lo es, pero ése es un principio que nunca cambia —le respondió Sicarius sin dejar de mirar a los dos prisioneros.

Ambos llevaban unos uniformes llamativos compuesto de numerosos harapos de colores muy vivos: rosas, azules, verdes y dorados. Eran escandalosamente brillantes, y Sicarius frunció los labios en un gesto de asco. Enfrentarse a aquellas abominaciones ya era bastante malo, pero hablar con ellos...

Uno de ellos había llevado en combate un casco fijado a la cabeza con ganchos de hueso que le atravesaban la piel de las sienes, y tenía toda esa zona cubierta de sangre, ya que se lo habían arrancado. Sobre la mejilla le colgaba una tira de carne rematada por un gancho de hueso que parecía una pieza de joyería horrenda. El otro llevaba una indumentaria semejante, pero tanto sus armas como sus adornos eran de mayor calidad. La actitud desafiante que mostraba en sus rasgos enjutos indicaba que se trataba de alguna clase de oficial. Los dos lucían unas fajas de color azul brillante, que era lo único en común que mostraban ambos atuendos.

—Antes de que os mate, quiero que me digáis el nombre de vuestro comandante —le dijo Sicarius.

¡Voshad nether yousan pothai! —le espetó el primero de ellos, y Sicarius le propinó un golpe con el dorso de la mano con la fuerza suficiente como para partirle unos cuantos huesos, pero no la mandíbula.

—Quiero que te quede clara una cosa —le dijo mientras se arrodillaba al lado del prisionero y le colocaba el cañón de la pistola de plasma debajo de la barbilla—. Vas a morir. Pronuncia otra vez palabras como ésas, y tu muerte será lenta y dolorosa. Te lo preguntaré otra vez: ¿cómo se llama vuestro jefe de guerra?

—Somos nacidos de sangre. No te diremos de nada —le contestó el oficial con los dientes apretados.

Dijo aquellas palabras de un modo dubitativo, inseguro, como si hubiera pasado mucho tiempo desde que la última vez que había hablado el lenguaje imperial.

—Entonces no me sirves —dijo Sicarius.

La bocacha de la pistola destelló y la parte superior de la cabeza del oficial enemigo quedó vaporizada, y cubrió a su compañero de sangre hirviente y de trozos de hueso y cerebro. El hombre lanzó un grito y se retorció inútilmente para soltarse de la presa de Daceus mientras Sicarius se volvía hacia él.

¡Ustras mithor yushad merk! —barbotó. Las palabras le salieron de la boca con un balbuceo lleno de pánico.

—¡Háblame en gótico! Sé que me entiendes, ¡así que háblame! —rugió Sicarius.

—¡Sirvo a la Reina Corsaria! —gritó el prisionero.

Agachó la cabeza aterrorizado y Sicarius captó el olor acre de la orina. Meneó la cabeza ante la falta de coraje de aquel individuo.

—¿Y esa «reina» tiene nombre?

—Salombar —gimió el soldado, desmoralizado—. Kaarja Salombar. Está al mando de la hueste de Nacidos de la Sangre que han enviado a saquear este mundo.

—¿Nacidos de la sangre? ¿Qué es eso?

—El ejército sagrado de los Poderes Eternos —le replicó el individuo, que recuperó parte de su valor—. La Reina Corsaria es nuestra profeta, ¡y ella procurará que todos ardáis en el fuego de la ira de nuestro señor!

—No cuentes con ello. ¿Y qué es ella? ¿Humana, alienígena?

El hombre titubeó.

—Humana —dijo al cabo de unos momentos.

—¿Es que no lo sabes? —le insistió Sicarius apretando el cañón de la pistola contra su sien.

El arma emitió un siseo cuando se recargó por completo.

—¡Nadie lo sabe con certeza! Algunos dicen que tiene sangre eldar. Es rápida como ellos, pero también es fuerte.

Sicarius se puso en pie.

—Cuéntame más cosas de esa Reina Corsaria. ¿De cuántos guerreros dispone? ¿Cuáles son sus puntos débiles y sus puntos fuertes?

—Ella es muy lista —le replicó el soldado riéndose. Se había resignado al hecho de que iba a morir—. Más lista que tú si crees que va a luchar contra ti en un combate cara a cara.

—¿Quién dijo que iba a luchar contra ella en un combate cara a cara?

—Eres un ultramarine. Eso es lo que hacéis. Eso es lo que siempre hacéis —le contestó el individuo entre dientes.

—Para que veas que no sabes tanto —dijo Sicarius antes de dispararle un rayo de plasma ardiente contra el cerebro.

El espacio que rodeaba Talassar estaba cargado de restos electromagnéticos y de descargas ardientes de energía residual que los sensores del Caesar captaban mientras la nave se dirigía hacia el último mundo que había sufrido la ira de los invasores. A la enorme barcaza de combate la acompañaban una pequeña flota de fragatas y destructores que se mantenían cerca, igual que lo harían unos peces carroñeros alrededor de un depredador oceánico. Marneus Calgar se encontraba en el strategium de la proa de la nave e intentaba calibrar la escala de la batalla que se había librado en el espacio que rodeaba Talassar.

Varios pecios espaciales iban a la deriva en órbita alta pero ya en una trayectoria de descenso, y las descargas cegadoras de los reactores dañados saltaban en los sensores de exploración, llenándolos de una estática sibilante. La tripulación del puente de mando y los servidores augures se esforzaban por limpiar la imagen, pero en aquella zona se había descargado una tremenda potencia de fuego, y unas armas semejantes dejaban una señal energética brutal.

—Por el Emperador, ha sido una batalla terrible —musitó, más para sí mismo que para ninguno de los guerreros que tenía a la espalda.

Varro Tigurius y Severus Agemman estaban en posición de descanso sobre la cubierta de madera noble, y ambos tenían los brazos cruzados sobre la placa pectoral de la armadura. Ambos conocían lo suficientemente bien al señor del Capítulo para saber que se trataba de un comentario retórico, y ninguno de ellos interrumpió su abatimiento.

Calgar contempló los campos de escombros y contó los restos de al menos trece naves, de las que cuatro eran de los Ultramarines. Era tal el estado de destrucción en el que habían quedado las naves enemigas que era imposible saber con exactitud cuántos pecios flotaban en aquel sector del espacio.

—Capto señales residuales de motores —anunció Vibius, el oficial del puente de mando de la Caesar.

—No hace falta —le indicó Calgar—. Veo muy bien qué naves hemos perdido. Son la Furia de Hera, la Lanza de Guilliman, la Espada de Ultramar y la Gran Duque de Talassar.

—Las cuatro... —murmuró Agemman.

Calgar meneó la cabeza.

—Jamás pensé que sería testigo de semejante pérdida. ¿Qué hay del planeta? Dime que hay señales de vida.

Vibius negó con la cabeza.

—Lo siento, mi señor. No detecto nada, pero no puedo saberlo con certeza. Los efectos energéticos de la batalla están provocando demasiadas interferencia para saberlo con seguridad.

—No queda nada con vida, Marneus —le dijo Tigurius con tristeza,

—¿Estás completamente seguro?

—No, pero sí bastante —le contestó el bibliotecario jefe.

—Les vengaremos, mi señor —añadió Agemman—. Por mi honor que la Primera Compañía se cobrará una cantidad increíble de cadáveres enemigos en respuesta.

—Sé que lo haréis, Severus. Bueno, Varro, me dijiste que habías visto una batalla aquí, pero aquí no queda nadie contra quien luchar. ¿Cómo lo explicas?

—No puedo hacerlo, mi señor. Las visiones adivinatorias no son una ciencia exacta, pero creo que lo que vi llegará a pasar. Sé que lucharemos por Talassar, y que vengaremos sus muertos. De eso estoy seguro.

—¿Como puede ser? —exigió saber Calgar—. ¡Mira! Lo único que yo veo son pecios espaciales, las honorables naves de la flota de Ultramar y los restos destrozados de las del enemigo.

Tigurius miró atentamente hacia el espacio, y Calgar estaba a punto de reprenderlo por no contestar cuando el bibliotecario meneó la cabeza.

—No. El enemigo sigue ahí fuera. Oculto y herido, pero sigue ahí.

Calgar se volvió para mirar de nuevo al espacio mientras Tigurius se acercaba presuroso a los puestos de exploración y se agarraba al borde de la mesa de mapas. El señor del capítulo no vio más de lo que había visto antes: los pecios destrozados y a la deriva de las naves enemigas despanzurradas y las naves prácticamente destruidas de los Ultramarines, que mostraban la letra omega invertida en las proas destrozadas y rematadas por alas de águila.

Se reunió con Tigurius y con Agemman en la mesa de mapas y repasó con la mirada las señales que aparecían y desaparecían. Tigurius lo repasó todo con diversos espectros de parámetros de búsqueda, aumentó la magnificación y la centró en diversos puntos del campo de batalla espacial.

Captó descargas de energía en el extremo inferior de la ventana de detección. Eran poco más que la radiación de fondo que era de esperar tras un intercambio de disparos con aquellas armas.

—¿Qué ves? —le preguntó en voz baja.

—Están ahí —le respondió con un siseo y con una luz lejana en su mirada perdida—. Son muy astutos, pero yo soy más sabio que ellos.

Calgar miró a Agemman, pero el primer capitán se limitó a encogerse de hombros, porque sabía tan poco como él. Tigurius pasó con rapidez por una docena de imágenes y mantuvo la palma de la mano apretada contra la placa de la imagen reluciente antes de detenerse en un sector del espacio cargado de torbellinos de radiación nuclear, el resultado del disparo de un cañón nova. Unas nubes enormes de restos que flotaban con lentitud llenaban el área. Era una neblina prácticamente impenetrable de estática física y electromagnética que colgaba como un velo.

—Ahí —exclamó Tigurius con voz triunfante—. Vibius, filtra la banda del eco de las descargas de radiación y lanza una onda sensora de exploración a través de esa nube. Mándala todo lo fuerte que puedas.

—Si hay algo ahí escondido, sabrá que lo hemos encontrado —advirtió Vibius.

—Lo sé. Tú hazlo —le ordenó Tigurius.

Vibius miró a Calgar, que asintió antes de hablar.

—Haz lo que dice.

La tensión en el strategium se disparó cuando los sensores de la Caesar lanzaron una tremenda onda de energía reflectante contra la nube. Buena parte de la energía se dispersó debido a los restos espaciales, pero llegó el eco suficiente como para que se dibujara una silueta borrosa en la mesa de mapas. Aunque las diferentes líneas que la formaban titilaban y no se veían con claridad, no había forma alguna de confundir esa silueta. Calgar inspiró profundamente ante aquella imagen tan repelentemente familiar y Agemman comenzó a dar las órdenes oportunas a sus guerreros.

—La Indomable —musitó Calgar al ver por completo la silueta amurallada de la fortaleza estelar.

Había cambiado desde la última vez que la había visto. Su forma, antaño regia y orgullosa, se había visto modificada por baluartes de aspecto brutal, por torres elevadas de apariencia temible y por todas las trampas mortíferas y odiosas que conocían los arquitectos militares de los Guerreros de Hierro.

Vibius estudió con mayor atención la imagen.

—Las señales de energía sugieren que ha sufrido daños graves. Capto numerosas lecturas que indican múltiples brechas en los reactores y daños en el núcleo de disformidad.

—Casi acabaron con ella —exclamó Agemman—. Por el Emperador, casi lo consiguieron.

—Pues nosotros podemos acabar lo que ellos empezaron —declaró Calgar con el corazón convertido en un horno de rabia ardiente—. Que todas las naves formen alrededor de la Caesar. Vamos a atacar a esos cabrones y vamos a asegurarnos de que paguen por todas y cada una de las vidas que han tomado.

Agemman extendió una mano, y Calgar la estrechó.

—La Primera Compañía estará a vuestro lado, mi señor. Acabaremos esto juntos.

—Sí —le confirmó Calgar mientras notaba que la Caesar aumentaba de velocidad, como si estuviera impaciente por lanzarse al combate.

Miró la mancha borrosa de luz y de radiación desplazadas y notó la sensación habitual de emoción de marchar a la batalla de nuevo.

Acabaría la tarea que tendría que haber terminado mucho tiempo atrás.

—Esta vez no habrá aplazamiento de la ejecución —le dijo Calgar a la fortaleza estelar.

La Caesar se lanzó directamente hacia el campo de escombros que rodeaba Talassar y atravesó las tormentas de radiación y las nubes electroestáticas. Pasó al lado de las naves destruidas en la anterior batalla. Con sus cascos cubiertos de agujeros eran un testimonio sombrío de la naturaleza implacable de la guerra en el espacio.

La misión que lord Calgar se había impuesto a sí mismo era la venganza, y nada se interpondría entre él y su deber sagrado. La Caesar acababa de salir de una remodelación en los astilleros de superficie de Calth, y sus sistemas funcionaban con una eficiencia óptima. Además, su tripulación se había entrenado de forma más concienzuda e intensa que cualquiera de las naves de combate de la flota. Las luces del strategium brillaban con un color rojo, el color de la guerra, a medida que los sistemas de armamento se iban activando.

El capitán Agemman, que se encontraba en una cubierta muy por debajo del strategium, preparaba a sus guerreros para el combate que se avecinaba. Los exterminadores de la Primera Compañía realizaban las últimas comprobaciones previas a la batalla mientras los tecnomarines se ocupaban de las Thunderhawks y entonaban las bendiciones rituales en sus armas y en sus cascos.

Marneus Calgar contempló la imagen de la Indomable a medida que se acercaba. Recordó el día en que abordó la fortaleza estelar a la cabeza de la Primera Compañía, sesenta años antes. Fue una batalla que jamás olvidaría, por mucho que deseara hacerlo, ya que su desenlace había sido una mancha en su honor. Había sido imposible destruir a M’kar, por lo que había tenido que llegar a un acuerdo infernal con el inquisidor Mazeon para atraparlo en vez de eliminarlo. Lo que en aquel momento había parecido ser la mejor solución se había vuelto contra él y había descargado toda su ira contra sus hijos.

—Sobreviviste una vez —susurró mientras abría y cerraba los dedos de los poderosos Guanteletes de Ultramar—. Pero ahora no lo lograrás.

Calgar llevaba la Armadura de Antilochus, por lo que su masa destacaba incluso por encima de sus guerreros más poderosos. Las enormes placas de su armadura de exterminador eran muy gruesas y casi impenetrables. Toda la superficie de la armadura estaba cubierta de palabras diminutas grabadas, demasiado pequeñas para que se pudiera leer a simple vista. Eran las lecciones del Codex Astartes. En la armadura habían grabado cientos de miles de palabras, aunque aquello no era más que una pequeña fracción de todo aquel enorme volumen. Los simples mortales no podían plasmar con facilidad las enseñanzas de Roboute Guilliman, ni siquiera uno tan poderoso como Marneus Calgar.

—Nos acercamos al límite del alcance de las armas de la Indomable —avisó Vibius desde la mesa de despliegue táctico.

—Entendido. ¿Algún cambio en su situación?

—Negativo, mi señor. Sigue perdiendo energía, y las lecturas de su núcleo de disformidad fluctúan de un modo incontrolado. Si la dejáramos el tiempo suficiente, acabaría despedazándose a sí misma.

—Ni hablar. Esta vez no cometeré más errores. Me plantaré delante de su cuerpo y le arrancaré la vida yo mismo.

—Sí, mi señor —le respondió Vibius—. Todos estamos con vos.

Una oleada de gestos de asentimiento recorrió el puente de mando. Calgar sonrió al ver en todos los rostros la misma determinación de devolver los ataques a aquel enemigo demoníaco. Hasta los servidores conectados a los sistemas automatizados de la nave parecían llenos de energía ante la batalla que se avecinaba.

Calgar se acercó a la mesa de mapas y contempló la aparición de los datos que los numerosos sistemas sensores de la Caesar proporcionaban y cómo se combinaban con los datos que ya existían en el globo táctico. La imagen estaba cargada de destellos de radiación y borrosa por la estática resultante de las explosiones atómicas, pero la flota de los Ultramarines se veía con claridad. Eran unas cuñas de color azul claro que se dirigían a un fulgor rojo que representaba a la Indomable. A Calgar les recordó las imágenes que había visto en el apothecarion. En ellas se veía a los invasores bacterianos en la corriente sanguínea de un paciente que estaban a punto de ser atacados por los leucocitos.

Pensó que la metáfora era muy adecuada.

—Detecto múltiples proyectiles de gran calibre a la deriva entre las nubes de restos —advirtió Vibius, que estaba revisando los datos de los sensores—. Tal y como establecen los protocolos de maniobra del Codex, recomiendo el aumento del espacio entre las naves de la flota, mi señor.

—Adelante —respondió Calgar de forma automática—. No quiero que varias naves queden afectadas por la explosión de una cabeza de combate que haya quedado sin estallar. Da la alerta y asegúrate de que todos los capitanes la confirman.

Unos momentos más tarde, los puntos azules en forma de cuña de la mesa de mapas se apartaron los unos de los otros y un brillante icono de confirmación apareció al lado de cada uno. Cualquier flota de los Ultramarines era un mecanismo bien engrasado, uno fiable, en el que se podía confiar para que funcionara tan bien en combate como en una simulación o en un entrenamiento. En cuanto pensó en aquello, se dio cuenta de que su orden había sido un error.

«Fiable» era otra palabra para «predecible», y sus enemigos ya habían demostrado que sabían cómo aprovechar las acciones predecibles.

—¡Anulen esa orden! —gritó justo al mismo tiempo que una serie de iconos aparecían en la mesa táctica.

Curiosamente, unos cuantos de esos iconos tenían el color azul claro de naves amigas, y tardó un segundo en darse cuenta del motivo. Las naves Ultramarines que habían quedado destruidas en la batalla no estaban destruidas en absoluto, ¡sino en manos enemigas!

—¡A todas las naves, tenemos al enemigo encima! —advirtió Calgar mientras más iconos aparecían parpadeantes en la mesa táctica.

Sin duda, estos últimos eran hostiles, y su color rojo indicaba que la amenaza era inconfundible. Lo que los sensores habían clasificado hasta ese momento como naves destruidas se activaron y calcularon trayectorias de disparo contra la Caesar.

—¡Torpedos! —gritó Vibius—. Rumbo uno nueve tres. Alcance seis mil kilómetros. ¡Que el Emperador nos salve! ¡Los ha disparado la Furia de Hera!

—Todo avante. Encended los impulsores de maniobra y quitadnos de su trayectoria —ordenó Calgar, aunque sabía que estaban demasiado cerca para evadirse.

También sabía que debería reprender a Vibius por una exclamación como aquélla, pero era perfectamente comprensible el horror que había sentido al ver que una nave ultramarine disparaba contra otra de la misma flota.

—Calculad una solución de disparo utilizando la trayectoria de los torpedos —añadió Calgar al mismo tiempo que calculaba las diferentes permutaciones que se podría producir en la batalla que se iniciaba.

En cualquier enfrentamiento normal, las flotas enemigas maniobrarían para conseguir las mejores posiciones de disparo y así poder descargar toda la potencia de fuego de las baterías de costado o cruzar la línea del enemigo para disparar con todas sus armas, mientras que su adversario apenas dispondría de ángulo de tiro. Ese tipo de batallas se solía librar a enormes distancias, lo que le proporcionaba a cada comandante tiempo más que suficiente para calcular las diferentes estrategias y aprovechar al máximo los puntos fuertes de sus naves.

Aquella batalla se iba a librar en lo que, en términos de guerra en el espacio, se podía denominar a «quemarropa», y el enemigo había disparado en primer lugar. Aquello se iba a convertir en una situación muy difícil, muy peligrosa y muy sangrienta.

—¡Los torpedos enemigos están ya a dos mil kilómetros! —grito Vibius—. Las torretas defensivas de corto alcance ya están disparando.

—No será suficiente —dijo Calgar, y se aferró al borde de la mesa de mapas. El metal se dobló cuando apretó poseído por la rabia—. Lanza todas las contramedidas y bájanos hasta la atmósfera superior. Que todas las naves nos sigan.

—¡Más torpedos! La Indomable ha lanzado toda una andanada. Alcance, sesenta mil kilómetros. ¡Son al menos cincuenta!

Calgar volvió a mirar la mesa táctica y contempló cómo una pared de puntos rojos avanzaban hacia ellos.

—Lanza una andanada de respuesta. Desconecta todos los seguros.

—Sí, mi señor —respondió el jefe artillero—. Todos los seguros desconectados.

En condiciones normales, las naves de los Ultramarines no podían disparar unas contra las otras, pero al quitar aquel mecanismo de seguridad, cualquier nave podría ser su objetivo. Aunque le partía el corazón disparar contra naves junto a las que había combatirlo, la destrucción de más navíos de los Ultramarines era el único final posible para aquella batalla.

—Las naves de escolta ya se han trabado en combate. El Golfo de Konor está sufriendo impactos, el Ultramar Resiste, se enfrenta a tres naves de escolta enemigas, y la Prandium Memoriam informa que ha sufrido un daño catastrófico de los motores. No podrá seguir combatiendo.

—¡Preparados para el impacto! —gritó Calgar cuando las alarmas de proximidad sonaron por todo el strategium.

Allí en lo alto, en el puente de mando, los impactos se sintieron como poco más que un estremecimiento en las planchas del suelo, pero Calgar sabía que el daño en la popa de la nave sería importante.

—Informe de daños.

—Los motores de estribor son los que han sufrido el grueso de los impactos —le comunicó Vibius—. Hay brechas en el casco en los puentes que van del sexto al decimoséptimo y pérdidas múltiples de presión en las cubiertas de ingeniería. Perdemos potencia y los sistemas de maniobra están desconectados.

—Recupéralos, Vibius —le ordenó Calgar con una calma que no sentía—. Nos quedaremos inertes en el espacio sin ellos.

—Sí, mi señor. Los equipos de control de daños ya están en las zonas dañadas y todas las compuertas que dan a los compartimentos que pierden aire están cerradas y selladas. Las pérdidas estimadas se calculan en unos seiscientos muertos.

Calgar asintió y almacenó ese dato sombrío en la memoria. El duelo por los muertos podría esperar, ya que, si no, ellos acabarían en el parte de bajas.

Las naves enemigas se arremolinaron a su alrededor, como lobos alrededor de un ciervo arrinconado, pero su impaciencia por dar el golpe de gracia había vuelto descuidadas a sus tripulaciones. Una nave identificada como la Espada de Ultramar se acercaba a la Caesar por su proa, y Calgar sonrió con ferocidad al ver la correlación respecto a las naves que se acercaban por cada flanco. Vio por las posiciones que tomaban que se disponían a lanzar una serie de andanadas devastadoras con sus baterías de costado.

—Puede que tengáis mis naves, pero no a los Ultramarines.

Movió los dedos con rapidez por encima de los controles, con un movimiento mucho más delicado de lo que debería haber sido posible con unos guanteletes tan grandes. Los siglos de experiencia, una comprensión innata de las singularidades de la guerra en el vacío y su inteligencia incrementada le permitieron calcular los movimientos de sus enemigos en cuestión de segundos.

—Jefe de artillería, le paso múltiples opciones de disparo. Ejecútelas a mi orden, por favor.

—Sí, mi señor — respondió el jefe de artillería, un tecnomarine llamado Estoca—. He recibido las soluciones y están introducidas. Las naves que tenemos a babor y a estribor han abierto fuego.

—Vibius, aumenta el ángulo de proa treinta grados y desvía toda la energía que puedas a los motores. Y hazlo ya.

—A la orden —respondió Vibius.

Segundos más tarde, las luces del strategium disminuyeron de potencia cuando la energía disponible se desvió a los motores dañados de la nave. Esta vez, la tripulación del puente de mando sí que sintió las protestas de la nave, ya que toda la superestructura chirrió debido a la tensión de la maniobra. Varios conductos de presión se partieron y las sirenas de emergencia sonaron cuando el sobreesfuerzo al que se vieron sometidos los motores provocaron un estallido que voló las compuertas presurizadas y abrió nuevas brechas en el caso ya destrozado.

Pero la estratagema funcionó. Ninguno de los disparos dirigidos contra la barcaza de combate impactó. Los proyectiles explosivos pasaron de forma inofensiva por debajo de ella y continuaron su recorrido. Calgar siguió la trayectoria de los disparos y lanzó un grito de triunfo cuando vio que impactaban contra las naves que estaban a ambos costados de la Caesar.

—Tienen las naves, pero no saben cómo utilizarlas, aparte de para lanzarlas contra nosotros en gran número —musitó, y guardó esa idea para emplearla otro día. Bajó la mirada a la mesa táctica y decidió que había llegado el momento—. Maestro Estoca, abra fuego con el cañón de bombardeo de proa.

—Ahora mismo.

Los cañones principales de la barcaza de combate dispararon unos proyectiles enormes, y las naves que se encontraban a su proa estaban demasiado cerca y demasiado lanzadas al ataque como para esquivarlos. Una de ellas, una fragata de la clase Sword que había prestado servicio en la flota de combate Pacificus, quedó prácticamente borrada de la vista de forma casi inmediata, ya que quedó desgarrada de proa a popa por una serie de explosiones secundarias. La segunda, una fragata de origen desconocido, recibió numerosos impactos y se partió en tres trozos. Cada uno de ellos dejó escapar un breve chorro de oxígeno congelado y de llamas. La potencia de las distintas explosiones se fue sumando e incrementando a medida que el plasma se extendía y estallaban más cabezas de combate. Todo ello formó una nube en expansión de restos ardientes y de vórtices de radiación.

Calgar estudió la trayectoria de los torpedos que se acercaban procedentes de la Indomable y contuvo la respiración mientras la nube de restos y de radiación crecía hasta abarcarlos a todos. La imagen de toda aquella zona del espacio que aparecía en la mesa táctica se emborronó mientras los torpedos se adentraban en esa masa de gases volátiles, de plasma y de otros restos; pero tras unos segundos, Calgar dejó escapar un suspiro al ver que ninguno de los torpedos había conseguido sobrevivir a su paso por la nube de interferencias y escombros espaciales.

—¡Torpedos! —gritó Vibius—. ¡Otra vez de la Furia de Hera!

—Maldita sea —exclamó Calgar—. Siempre fue una atacante feroz cuando era nuestra, y no ha perdido nada de su agresividad. ¿Distancia?

—¡A quemarropa! ¡Se nos ha echado encima!

La Caesar se estremeció de nuevo cuando una andanada de torpedos se estrelló contra sus costados y sus motores. Las consolas estallaron en una tormenta de chispas y de llamas. Uno de los puestos de control situados en la zona delantera del strategium explotó y el fuego consumió en pocos segundos al servidor que estaba conectado al lugar. Calgar sintió las protestas de la nave y supo que ya no resistiría mucho más.

—¿Cómo estamos de mal? —preguntó.

Vibius repasó con rapidez la lista de luces de emergencia que parpadeaban y meneó la cabeza.

—Hemos perdido los motores y la presión en las cubiertas inferiores. Hay brechas por todo el casco de la nave, y las armas están desactivadas. Hemos recuperado la capacidad de maniobra, pero eso es lo único que tenemos.

Calgar asintió y estudió el mapa táctico en busca de un modo de salir de aquella situación, de un modo de evitar que aquella emboscada se convirtiera en una matanza. Ya había perdido a tres de sus naves de escolta, que estaban destruidas y a la deriva, mientras que otras dos seguían combatiendo, aunque las hordas de cazadores ansiosos las tenían rodeadas y las castigaban con andanadas terribles de baterías de costado. No tardarían mucho en caer también.

Había sido una lucha desigual desde el principio, pero era una en la que le habían puesto todo su orgullo y su ira. La rabia que sentía le había impedido ver las señales. Honsou o M’kar habían sido lo bastante astutos para sacar partido de su confianza en el Codex Astartes, pero también habrían sabido que lucharían embargados por el odio.

Lo que más le irritaba era saber que las naves que perdería en aquel combate probablemente serían recuperadas y reparadas en los muelles de la Indomable. Esas naves serían poco fiables y destartaladas, pero llevarían armas, y eso era lo único que parecía importarles a los invasores.

—Mi señor, ¿cuáles son vuestras órdenes? —le preguntó Vibius.

—Contacta con el jefe de ingeniería. Pregúntale si existe algún modo de recuperar el uso de los motores, aunque sólo sea por unos momentos.

—Mi señor... —Vibius parecía sentir incredulidad ante la idea de tener que transmitir una noticia tan terrible—. ¡Los motores ya no existen! Caemos hacia la atmósfera de Talassar, y nada podrá cambiar eso. La nave está perdida.

—Dijiste que habíamos recuperado los motores de maniobra.

—Apenas algo.

—Pues haznos atravesar la atmósfera de una sola pieza, Vibius. Eso es lo único que te pido.

—No podremos hacer aterrizar a la Caesar —le indicó Vibius.

—Lo sé. Vamos a abandonar la nave.