
Se efectuaron las presentaciones de un modo rápido y sin formalidad: Daron Nisato, jefe de seguridad de la ciudad de Barbadus; Shavo Togandis, cardenal de Barbadus y pontifex maximus de Salinas y, por último, Mesira Bardhyl, antigua psíquica autorizada de los Falcatas Achamán y simple ciudadana. A Uriel no se le pasó por alto el gesto de desprecio que el rostro de Verena Kain mostraba hacia los tres.
Leto Barbaden tomó de nuevo en la mano la copa redonda y se sentó. Ocupaba el único asiento que había en toda la estancia, por lo que los demás se vieron obligados a quedarse de pie y ver como se recostaba en el respaldo y cruzaba una pierna sobre la otra. Barbaden movió la copa en dirección a Uriel.
—Puede comenzar su relato, capitán.
Uriel se tragó la rabia y se limitó a asentir.
Empezó por contar la misión que la Cuarta compañía había llevado a cabo en Tarsis Ultra y las batallas que allí había librado contra los tiránidos, una raza de depredadores surgidos de más allá de la galaxia que pretendían devorar toda la vida que existiese en el planeta. La voz de Uriel se llenó de orgullo a medida que narraba los numerosos combates que se produjeron ante las murallas de Ciudad Erebus y el valor de los regimientos de la Guardia Imperial que participaron en la defensa.
A medida que contaba la lucha desesperada por salvar Tarsis Ultra, el capitán fue notando el tremendo orgullo que los miembros presentes de los Falcatas sentían por los logros de sus camaradas de la Guardia Imperial.
Al final, las hordas del Gran Devorador fueron derrotadas en Tarsis Ultra, pero a un precio muy elevado.
Muchos de los guerreros de Uriel murieron, y los señores del capítulo no vieron con buenos ojos sus tácticas, demasiado heterodoxas. En cuanto los supervivientes de la Cuarta compañía regresaron a Macragge, Uriel y Pasanius fueron acusados de incumplir el Codex Astartes, la gran obra que guiaba los actos de los Ultramarines en todos los aspectos de su vida y que había sido escrita por su propio primarca milenios atrás.
—¿En qué consistió el castigo? —le preguntó Barbaden.
—Nos exiliaron del capítulo.
—¿Para qué?
—Lord Tigurius, el jefe bibliotecario de los Ultramarines, tuvo una visión sobre un tremendo mal y nos envió a destruirlo. Fue nuestra misión, nuestro juramento de muerte.
—¿Un juramento de muerte? Entonces, ¿no esperaban que regresaran?
—Pocos han regresado de encomiendas semejantes —admitió Uriel.
—Sin embargo, han cumplido su juramento de muerte.
—Así es. Viajamos a un mundo tomado por los Poderes Siniestros y nos abrimos paso a la fuerza hasta la fortaleza de un señor de la guerra enemigo. Después, logramos destruirla.
—¿Y todo eso lo hicieron sin ayuda? —quiso saber Verena Kain.
—No, no del todo —respondió Uriel, eligiendo con cuidado las palabras—. Nos aliamos con algunos habitantes del planeta. Juntos fuimos capaces de cumplir nuestra misión, y ahora lo único que queremos es regresar a nuestro capítulo.
Barbaden pareció pensar en todo lo que le había contado Uriel antes de hablar de nuevo.
—Un relato intrigante, capitán Ventris, pero no encuentro en todo lo que nos ha contado la respuesta a la pregunta que me ha estado acuciando desde que me informaron de su aparición. ¿Cómo consiguieron llegar hasta aquí?
—No estoy muy seguro de cómo fue, gobernador Barbaden —empezó explicando Uriel. Era consciente de que debía contar al menos parte de la verdad—. Buena parte de lo que nos ha ocurrido últimamente está más allá de mi comprensión, pero lo que sé es que fuimos transportados en el interior de un artefacto que de algún modo logró viajar entre este mundo y el Empíreo. Nos trajo hasta aquí y nos dejó en Khaturian. No sé dónde se encuentra ahora mismo ni por qué escogió este planeta.
Barbaden miró a Mesira Bardhyl, quien asintió con un gesto breve y nervioso. Uriel comprendió que el gobernador la estaba utilizando como una especie de decidora de la verdad con poderes psíquicos. Se alegró de haber tomado la decisión de no mentirle a Barbaden, ya que sospechaba que el gobernador ordenaría a los soldados que disparasen al primer indicio de falsedad.
—Bueno, pues aquí están —dijo Barbaden al cabo de un momento—. Dos heroicos marines espaciales que comienzan su odisea de regreso a casa. Debo admitir que todo esto posee un cierto tono épico, capitán Ventris. ¿Qué necesitan de mí?
Uriel dejó escapar un leve suspiro de alivio. Aunque no era una aceptación total o una disculpa, al menos era un paso en la dirección adecuada.
—Le pedimos permiso para enviar un mensaje astropático a Macragge, un mensaje que, evidentemente, usted deberá aprobar. Hemos cumplido nuestro juramento de muerte y ha llegado el momento de que regresemos a casa.
Barbaden se bebió lo que quedaba del líquido pardo y dejó la copa a un lado.
—¿Y si accedo a su petición?
—Entonces estaremos a vuestra disposición hasta que nuestros hermanos de batalla puedan llevarnos a casa.
Aunque a Uriel le desagradó tener que hacer aquella oferta, resultó muy evidente que la posibilidad de tener a dos marines espaciales bajo sus órdenes le gustó mucho a Barbaden. El gobernador sonrió.
—No son muchas las ocasiones en las que podemos contar con los guerreros del Adeptus Astartes.
Barbaden chasqueó de nuevo los dedos y los soldados pegados a las paredes de la biblioteca bajaron las armas.
—Sí, quizá su presencia sea justo lo que estábamos buscando para solucionar algunos problemas que hemos tenido últimamente, unos problemas que según me ha contado la coronel Kain también ha sufrido en primera persona.
—Así es —contestó Uriel, aunque sabía muy bien que, a estas alturas, el gobernador conocería todos los detalles sobre el combate librado esa misma mañana contra los Hijos de Salinas.
—Estoy seguro de que su ayuda fue muy bienvenida —apuntó Barbaden.
—No nos hacía falta ayuda —intervino Verena Kain, y Barbaden sonrió por la interrupción—. Pascal Blaise no es tan buen comandante, y sus insurgentes no son más que unos aficionados.
—Y a pesar de eso, Verena, te sorprendió con una emboscada que ha destruido bastantes vehículos de combate, unos vehículos que no nos podemos permitir perder.
La coronel Kain decidió sabiamente mantener la boca cerrada, y Barbaden continuó:
—Sí, creo que puede ser una ventaja disfrutar del apoyo de los Adeptus Astartes. La gente de este planeta necesita darse cuenta de que forman parte del Imperio y que resistirse al comandante designado no servirá de nada.
Barbaden se puso en pie y cruzó las manos a la espalda.
—Prepararé una comunión entre usted y mi astrópata e intentaremos solucionar su viaje de regreso a casa. Mientras tanto, insisto en que se alojen como invitados en las estancias del palacio. Gozarán de la mejor de las hospitalidades, pero debo rogarles por su propia seguridad que no salgan de los muros de palacio sin ir acompañados de una escolta armada. Como ya han visto, las calles de Barbadus no son tan seguras como nos gustaría que fuesen.
Aunque se sintió sorprendido por el cambio de actitud de Barbaden, Uriel no quiso rechazar su oferta de ayuda simplemente porque no le gustase el gobernador. Hizo un elegante gesto de asentimiento antes de contestar.
—Es más que aceptable para nosotros, gobernador.
—Por supuesto —respondió Barbaden al mismo tiempo que hacía un gesto con el brazo para incluir a los demás asistentes que habían llegado antes de que Uriel comenzara su relato—. Ahora que ya hemos resuelto este asunto, tengo muchas otras tareas a las que atender, capitán Ventris. Además, debo hablar con mis consejeros superiores. Eversham les encontrará un alojamiento adecuado en las estancias de palacio. Le avisaré en cuanto sea posible transmitir su mensaje.
—Muchas gracias, gobernador Barbaden —le contestó a su vez Uriel, aunque vio que el individuo ya se había desentendido de ellos.
Eversham se colocó al lado de Uriel.
—Si son tan amables de seguirme, por favor.
Uriel asintió y miró a su alrededor una última vez antes de marcharse.
Ni Togandis ni Nisato habían dicho una sola palabra mientras él relataba todo lo ocurrido, y Uriel se preguntó por qué les habrían hecho ir para escuchar ese relato. ¿Para qué los habría hecho asistir Barbaden?
Tendría que pensar en ello más tarde, porque Eversham estaba esperando a su lado, sin moverse.
Uriel y Pasanius le hicieron una inclinación de cabeza al comandante imperial de Salinas y salieron de la biblioteca siguiendo a su escolta.
—¿Y bien? —preguntó Barbaden. La máscara de cortesía y educación desapareció en cuanto los dos marines espaciales salieron de la biblioteca—. ¿Qué os parece?
Nadie quiso ser el primero en hablar, y Barbaden dejó escapar un suspiro. Su reputación era tal que nadie se atrevía a expresar una opinión hasta que sabían hacia qué lado se inclinaba. No estaba de humor, así que insistió.
—Creo que hay más en Uriel Ventris y en Pasanius Lysane de lo que se ve a primera vista, ¿no os parece?
Sorprendentemente, Shavo Togandis fue el primero en hablar.
—Son Adeptus Astartes, mi señor. ¿Qué es lo que sospecha?
—Eso era lo que yo te preguntaba a ti, Shavo. No me gusta que den la vuelta a mis consultas y luego me hagan las preguntas a mí.
—Le pido disculpas, gobernador —se apresuró a decir Togandis, que evidentemente ya estaba lamentando su opinión apresurada.
Barbaden caminó entre sus subordinados y pronunció cada palabra con una claridad deliberada para que no hubiera lugar a la confusión. El tiempo que sirvió en el cuerpo administrativo de las Falcatas Achamán, antes de tomar el mando del regimiento, le había enseñado el valor de la claridad.
—El capitán Ventris proclama que viene de un mundo que ha caído bajo el control de los Poderes Siniestros. Bueno, cardenal, ¿no sería inteligente por nuestra parte que aseguráramos los aposentos que les vamos a asignar con escrituras sagradas, protecciones y salvaguardas similares? Me imagino que existirá alguna oración con la que se podría averiguar si están corrompidos.
—Ah, bueno, sí. Estoy seguro de que existe algún párrafo que cumple esa función. Quizá en los Sermones de Sebastian Thor, o en las Bendiciones y consagraciones…
—No necesito el ejemplo concreto —lo cortó Barbaden—. Encuentra un párrafo adecuado y procura que se utilice. Si traen alguna clase de corrupción con ellos, no quiero que ande suelta por mi planeta.
Una vez acabó con Togandis, Barbaden fijó la mirada en Daron Nisato, el sólido y fiable Nisato. Barbaden notaba el disgusto que producía en él, pero se lo toleraba porque era muy bueno en su trabajo y un individuo honesto.
Por eso lo había hecho salir de las Águilas Aullantes. Se sacó aquello de la cabeza.
—¿Qué hay de ti, Daron? ¿Qué piensas del capitán Ventris?
Nisato se irguió un poco más.
—No creo que nos esté mintiendo.
—¿Ah, no? Entonces te está fallando el instinto.
Nisato hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No lo creo, mi señor. Aunque no me parece que Ventris esté mintiendo, sin duda hay más en todo este asunto de lo que nos ha contado. Fue muy vago en su explicación sobre el modo en que llegaron a Salinas y sobre el planeta del que han venido, y cuando una persona es vaga en sus explicaciones, suele ser porque sabe que si da los detalles, éstos no le traerán más que problemas.
—Entonces, ¿crees que deberíamos presionarle para que nos diera esos detalles?
—Eso depende de si queremos crear problemas.
—No —contestó Barbaden, mostrándose de acuerdo—. Procuro evitar los problemas, Daron. Muy bien. Investiga la emboscada de esta mañana, efectúa unos cuantos arrestos, sacude el árbol y a ver qué cae. Quiero unas cuantas cabezas clavadas en picas esta misma tarde. No me importa de quiénes sean, ¿entendido?
Nisato asintió y se dio la vuelta. El agente le susurró algo a Shavo Togandis mientras se iba, aunque Barbaden no logró oír qué fue. El gobernador sonrió. El pobre Nisato. Siempre intentaba atar los cabos sueltos, y nunca era lo bastante astuto para darse cuenta de que algunos cabos sueltos no querían o no necesitaban ser atados.
Una vez se marchó Nisato, Barbaden se volvió hacia Mesira Bardhyl y se fijó en lo desaliñado de su aspecto y en lo demacrado de su rostro. Chasqueó los dientes. Lo mínimo que podría haber hecho aquella mujer era arreglarse para tener una apariencia más apropiada para una visita a palacio.
Barbaden había visto la misma expresión agotada y demacrada en el rostro y los ojos de muchos astrópatas, y se preguntó si ese aspecto general de tristeza sería el habitual entre los psíquicos del Imperio. Dejó a un lado aquella pregunta por considerarla irrelevante.
—¿Qué hay de usted, señorita Bardhyl? ¿Puede arrojar un poco más de luz en todo lo que se ha dicho aquí hasta el momento?
Mesira Bardhyl hizo un gesto negativo con la cabeza y mantuvo la mirada fija en un punto del suelo situado entre sus dos pies. Barbaden alargó una mano y le levantó la barbilla hasta que sus miradas se encontraron.
—Cuando hago una pregunta, espero una respuesta, Mesira. Sería una pena que llegara a sospechar que tu capacidad psíquica ha permitido que una pizca de disformidad entrara en esa linda cabeza y que tuviera que ordenarle a Daron que te pegara un tiro en ella, ¿verdad?
En los ojos de Mesira aparecieron las lágrimas, y Barbaden frunció los labios en gesto de disgusto. Las lágrimas no le gustaban, sobre todo las lágrimas de las mujeres, y se acercó un poco más cuando ella murmuró algo.
Luego la abofeteó con fuerza en la cara.
—Habla de una vez, Mesira. Creía que tendrías el suficiente sentido común como para saber que tu comportamiento histérico de esta mañana ya me había irritado lo suficiente y que deberías ahorrarte todo ese drama en mi presencia.
—Sí, gobernador. Lo siento, gobernador.
—Muy bien —le dijo Barbaden mientras le secaba las lágrimas de las mejillas hundidas—. Ahora que has recobrado la compostura, ¿puedes decirme algo que nos sirva? Y por favor, ahórrate las hipérboles que soltaste esta mañana.
Mesira Bardhyl se recuperó haciendo un esfuerzo evidente, se frotó los ojos y respiró profundamente.
—Es… es difícil de describir —empezó diciendo.
—Por favor, inténtalo —le dijo él, pero con un tono de voz que le indicó a las claras que no se trataba de una petición.
—El agente Nisato tiene razón. El capitán Ventris no nos ha mentido, pero tampoco ha contado toda la verdad. Cree en lo que dice, de eso estoy segura, y no capté corrupción alguna en sus palabras, pero respecto a lo que los trajo aquí…
—¿Qué hay de eso?
—No sé qué fue, pero se trata de algo poderoso, muy poderoso. Se abrió paso hasta este mundo y luego abrió otro agujero en las puertas del Empíreo, y una gran cantidad de energía atravesó ese agujero.
—¿Qué quiere decir todo eso? En términos prácticos.
—No lo sé. —Su cuerpo se puso tenso al admitir su ignorancia—. Creo que por eso aparecieron en el Campo de… en Khaturian.
—Explícate.
Mesira miró a las personas que tenía a su alrededor en busca de alguna clase de apoyo. No encontró nada parecido, por lo que siguió hablando. Barbaden captó la resignación de su mirada.
—Todos sabemos lo que ocurrió en Khaturian, lo que hicimos… La envergadura de lo que hicimos… Ese tipo de acontecimientos no se olvidan, ni en este mundo ni en ningún otro.
»Cuando muere una persona, su… alma, a falta de una palabra más adecuada, queda liberada en la disformidad y suele disiparse en el torbellino de energías que existe allí. Sin embargo, a veces, cuando alguien muere y su alma alberga rabia, miedo o ira, o algún otro tipo de emoción lo suficientemente fuerte como para mantenerse coherente en la disformidad, ejerce su propia atracción.
—¿Atracción a qué?
—Al lugar donde murió —le aclaró Mesira—. Fuera lo que fuese lo que trajo al capitán Ventris, era algo terrible, algo que se alimenta de la muerte y del derramamiento de sangre. Khaturian actuó como un imán.
—¿Dices que lo que trajo a Ventris ya se ha marchado?
Mesira asintió.
—Sí, apenas estuvo unos momentos aquí, pero su poder es tan enorme que las paredes que nos separan de la disformidad quedaron muy desgastadas, y ya eran bastante débiles.
—Todo eso no son más que supersticiones estúpidas —barbotó Shavo Togandis—. Mesira, el nuestro es un planeta piadoso. Es cierto, tenemos problemas algunas veces, pero somos muy concienzudos en la eliminación de psíquicos.
Barbaden sonrió ante la velada amenaza de Togandis.
—Nuestra fe mantiene a raya a la disformidad —siguió diciendo el cardenal—. Siempre ha sido así, y siempre lo será.
—¿Eso piensas, Shavo? —le gritó Mesira—. Pues entonces eres un estúpido. ¿Por qué crees que este sistema es tan inestable? ¿Qué crees que fue lo que nos trajo aquí? La disformidad se mete en las pesadillas de los habitantes de este sistema. ¡Les llena los sueños con pensamientos de muerte y de guerra! Y ahora lo hace en los nuestros.
Mesira había empezado a retorcerse las manos, como si estuviera desesperada por arrancarse la piel de la carne o limpiar alguna clase de impureza imaginada. Barbaden vio el destello de la locura en Mesira Bardhyl mientras ésta se echaba de nuevo a llorar.
—Todos habéis debido notarlo —gimió—. ¡Estábamos allí! ¡Que el Emperador nos ayude, estábamos allí!
Barbaden se acercó de nuevo a Mesira y la agarró por los hombros con fuerza. Ella se fue callando y luego lo miró a los ojos.
—Lo siento… Lo siento. Por favor —susurró—, no quiero vivir así. Por favor, no puedo…
—Chissss. Tranquila.
Mesira asintió con gesto repetido y nervioso y se abrazó a sí misma. Barbaden negó con la cabeza ante semejante muestra de debilidad. Volvió a su silla y se sentó sobre el confortable cuero, una señal inequívoca de que la reunión había terminado.
Verena Kain le entregó otra copa de raquir añejo, lo único de Salinas que había acabado gustándole. El deseo de la coronel por agradarle era tan obvio como sus ganas de sucederle en el cargo. Sonrió antes de tomar un sorbo del licor, y disfrutó de la sensación de frescura que le quedó en el fondo de la garganta.
—Podéis retiraros.
El jefe médico Serj Casuaban había pasado tantos años en la Casa de la Providencia que ya no notaba el olor a sangre. Las propias paredes estaban tan impregnadas del fluido vital que no importaba que los servidores oxidados y chirriantes las limpiaran a conciencia de forma regular: no había esfuerzo capaz de borrar por completo aquel olor.
Se preguntó cuántas vidas se habrían apagado en aquel triste lugar.
La respuesta le llegó de inmediato: demasiadas.
Sus botas resonaban con fuerza contra el suelo de rejilla del pasillo mientras recorría las salas de enfermería que se abrían a lo largo del piso central de las instalaciones. A Casuaban le sorprendía todos los días la ironía de que tres Capitol Imperialis, una de las máquinas de guerra más poderosas jamás creadas por el Imperio, hubieran acabado unidas para crear un complejo médico.
Soltó un bufido al pensar en semejante descripción. Sí, era verdad que mucha gente salía con vida de la Casa de la Providencia, pero no eran más que sombras de su antiguo ser, con miembros amputados, cicatrices horribles que les cubrían el cuerpo o desfigurados de cualquier otro modo, gracias al ingenio humano para hacerse daño los unos a los otros.
Los diez años de conflicto entre la administración de Leto Barbaden y los Hijos de Salinas les habían costado muy caro a los habitantes del planeta.
Casuaban era bastante alto, por lo que se vio obligado en numerosas ocasiones a inclinarse mientras avanzaba por el lugar. Los lamentos de la gente moribunda lo rodeaban por doquier. Tenía el cabello del color de las paredes de hierro y su rostro estaba lleno de arrugas, como el cuero viejo que ha pasado demasiado tiempo expuesto al sol. Su cuerpo mostraba la corpulencia propia de un soldado, pero diez años sin tener que pasar comprobaciones físicas semanales le habían añadido algo de peso.
Los camilleros y las enfermeras se afanaban atendiendo a los centenares de personas que llenaban el lugar. Todos lo saludaron con un gesto de asentimiento al pasar. En algunas caras vio un respeto forzado y en otras una tolerancia sin palabras. Sabía que no podía esperar menos.
Se dirigió a un compartimento lateral, una estancia que antaño había albergado los sistemas de disparo de las armas defensivas de la máquina de guerra. En su lugar habían colocado camastros de estructura de hierro pegados unos a otros, y en cada uno de ellos había un cuerpo roto y patético que se parecía a un ser humano sólo de un modo superficial.
Saludó a uno de los enfermeros, que estaba colocándole un goteo intravenoso al paciente más cercano. Un artefacto cuadrado, del que salía un manojo de cables que estaban conectados a la desoladora figura postrada en la cama, emitía pitidos de forma irregular.
—¿Cómo está? —le preguntó Casuaban.
—¿Cómo cree que está? Se muere —fue la respuesta.
Casuaban se limitó a asentir y se quedó a los pies de la cama, procurando parecer no afectado mientras tomaba en la mano el gráfico de la muchacha y comprobaba cómo había cambiado su estado durante la noche.
Se llamaba Aniq, y lo que quedaba de ella se agitó en el camastro. Se había visto obligado a amputarle las dos piernas por encima de la rodilla, y el brazo izquierdo le faltaba por completo. Todo el cuerpo de Aniq se había convertido en una masa de vendas, gasas y piel sintética, en lo que era un intento desesperado por impedir que muriera, aunque Casuaban sabía que era algo condenado al fracaso.
Aniq y su familia se habían visto atrapados en mitad de un enfrentamiento entre los Hijos de Salinas y una patrulla de los Falcatas que se había producido en uno de los asentamientos de la parte sur de Barbadus. Los proyectiles sólidos y los disparos láser habían atravesado el chasis del Chimera que la familia de Aniq consideraba su hogar. La metralla había matado a sus dos padres y le había acribillado las dos piernas y el brazo izquierdo. La mezcla volátil de un combustible producido artesanalmente había estallado en mitad del combate y le había cubierto el cuerpo de fuego.
La chica moriría esa misma noche. Habría muerto días atrás, pero era una muchacha fuerte, y Casuaban sabía que era su deber, su penitencia, luchar todo lo que pudiera por salvarla, del mismo modo en que ella estaba luchando por vivir.
—Aumente la dosis de anestésico —le indicó al enfermero.
—No servirá de nada. La chica no va sobrevivir —le contestó.
Casuaban se sintió furioso de repente.
—Tiene un nombre. Se llama Aniq —le replicó.
—No, no es más que otro modo de acallar su conciencia, doctor —bufó el enfermero antes de marcharse.
Casuaban no le hizo caso y se acercó al regulador de goteo para ajustar el flujo de morfina él mismo. Puede que no fuera capaz de salvarla, pero al menos podía aliviarle el sufrimiento.
El médico ya había visto guerra más que suficiente a lo largo de sus años de servicio en los Falcatas como para doce vidas. Tenía la esperanza de que cuando acabara su dedicación al regimiento podría retirarse a un lugar cálido donde pasaría sus últimos días esforzándose por olvidar la capacidad del hombre para la violencia. Jamás se imaginó que los Falcatas se ganarían el derecho a reclamar un planeta para ellos. Después de todo, ¿qué regimiento había conseguido dejar el servicio por completo?
Se oían relatos sobre planetas colonizados por regimientos heroicos de la Guardia Imperial, pero ninguno llegaba a conseguirlo, ¿verdad?
Pero los Falcatas lo habían hecho.
Fueron designados «ejército de conquista» por parte del general Shermi Vigo, y habían reclamado Salinas como suyo, pero en vez de acabar una guerra y establecer una dinastía política, la conquista se había convertido en un regalo envenenado.
Y la esperanza de Casuaban de llegar a una jubilación pacífica se había desvanecido.
Recordó el día en que murieron sus sueños.
Fue en el Campo de la Muerte, en mitad del páramo lleno de ceniza en que se había convertido Khaturian.
Después de la matanza había caminado por el paisaje bélico de pesadilla entre asombrado y aturdido. Las calles y los pocos edificios que quedaban en pie estaban llenos de cadáveres quebradizos en posición fetal, tal había sido el calor infernal que había asolado la ciudad.
Aquél fue el día en que su mundo se vino abajo, cuando todas sus creencias habían quedado destrozadas y había comenzado su búsqueda de la expiación. Bajó la vista de nuevo hacia la chica, e intentó contener la oleada de arrepentimiento que lo asaltaba cada vez que la veía.
¿Qué había hecho ella para ganarse la ira de Leto Barbaden y de los Falcatas?
Nada. No había hecho nada. Simplemente había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado, como la mayoría de la gente de la Casa de la Providencia.
—No te merecías esto —susurró.
Los párpados de la chica se abrieron al oír su voz. Movió la boca sin emitir sonido alguno, pero le suplicó con los ojos a Casuaban que la escuchara.
El médico se le acercó y se agachó a su lado. La voz de la chica fue poco más que un suspiro contra su mejilla.
—Tú estabas allí —le susurró, y él se encogió como si lo hubieran golpeado.
Casuaban se apresuró a ponerse en pie mientras el corazón le martilleaba con fuerza contra las costillas. Se apartó del camastro. La figura destrozada de la chica se había convertido en algo absolutamente espantoso para él. Se dio la vuelta y prácticamente salió corriendo de la estancia, igual que si estuviera huyendo.
Serj Casuaban fue avanzando por las salas de enfermería ajustando los niveles de fármacos, efectuando anotaciones en los informes y enfrascándose en un millar de tareas con tal de tener la mente ocupada y no pensar en lo que acababa de oír.
Empezaba a anochecer y ya estaba casi agotado cuando acabó con la ronda. La poca luz que entraba por las ventanas había pasado a ser un crepúsculo grisáceo antes de que se hubiera dado cuenta. Las tiras de iluminación sin protección alguna colgaban de cables atornillados a los techos de los pasillos, y su brillo enfermizo le hacía experimentar unas leves náuseas.
Se abrió camino a través de la sección central de la Casa de la Providencia y subió las escaleras que llevaban al puente de mando, donde tiempo atrás comandantes generales y señores de la guerra habían planeado la destrucción de objetivos a una escala gigantesca. La estancia tan sólo albergaba una mesa de escritorio pequeña, un par de sillas, el camastro en el que había pasado muchas noches incómodas y toda una pared cubierta de estanterías con drogas cerradas con llave.
Casuaban dejó en la mesa las notas que había tomado durante la ronda y se dejó caer en la silla metálica e incómoda que había al otro lado. Las palabras que había oído de labios de Aniq le resonaban en la cabeza como en sus peores pesadillas, y sabía que había un modo seguro de apagar el dolor y la culpa que provocaban. Abrió un cajón y sacó una botella sin etiqueta y un par de vasos pequeños. Colocó ambos sobre la mesa y los llenó.
—No tiene sentido que te escondas —dijo en voz alta—. Tómate algo conmigo.
Una sombra se separó de la pared y Pascal Blaise se sentó en la silla situada enfrente de Casuaban.
—Hola, Serj. ¿Cómo sabías que estaba ahí?
—Porque a diferencia de todo lo demás, tú no hueles a muerte.
—Es irónico, ¿no te parece?
—Quizá lo sería si pensara en ello. ¿Qué quieres?
—Ya sabes lo que quiero —le contestó Pascal al mismo tiempo que levantaba el vaso para tomar un sorbo de raquir.
—No puedo darte más material médico. Incluso nosotros ya nos estamos quedando sin material.
—Pídele más a Barbaden.
—Me dirá que no.
—A ti no te dirá que no.
—Te encanta esto, ¿verdad?
—¿El qué?
—El hecho de que el material médico que utilizas para los tuyos te lo proporcione Leto Barbaden.
—Existe una cierta justicia poética a ese respecto —admitió Pascal—. Pero eso es aparte. Hoy hemos sufrido unas cuantas bajas.
—Eso he oído. Atacasteis a las Águilas Aullantes de Verena Kain.
Pascal sonrió.
—Sí, eso hicimos. Ella se nos escapó, pero golpeamos duro a esos cabrones.
—¿Cuántos heridos tienes?
—Demasiados. Aparte de los diez muertos, tenemos dieciséis heridos. Mis hombres necesitan vendas, morfia y antisépticos.
—No puedo darte tanto —protestó Casuaban—. Trae a tus heridos aquí.
—No seas idiota —le replicó Pascal—. ¿Crees que Barbaden no tiene a Nisato y a sus esbirros vigilando este sitio por si se me ocurre hacerlo?
Casuaban se echó a reír.
—Pero tú sí que estás aquí, ¿verdad? Dime quién es el idiota.
—Sé cómo moverme sin que me vean, y sólo soy yo. Creo que alguien se daría cuenta de la llegada de dieciséis heridos en combate.
—No puedo pedirle más suministros a Barbaden —insistió Casuaban, aunque él mismo notó el tono de derrota en su voz.
Sabía que le daría a Pascal lo que quisiera, lo supo desde que sintió su presencia en la oficina.
—Sé que esto te viene muy mal, Serj —le dijo Pascal ofreciéndole unas palabras conciliadoras al ver la derrota reflejada en los ojos de Casuaban—, pero sabes que estás haciendo lo correcto, ¿verdad?
—¿Lo correcto? Ni siquiera sé ya lo que es eso. Creía saberlo cuando servía con los Falcatas. He visto demasiados hombres y mujeres jóvenes destrozados por tus bombas, los he oído gritar y llorar suplicando la presencia de sus madres, así que te odio. Odiaba a los Hijos de Salinas y todo lo que representaban. Tenía la certeza del odio.
—Y entonces pasó lo del Campo de la Muerte —apuntó Pascal.
—Y entonces pasó lo del Campo de la Muerte —repitió Casuaban—. Después de eso, me sentí perdido. Me quedé observando como Leto Barbaden ordenaba el comienzo del ataque, y supe que estaba mal, pero no dije nada, no hasta que ya fue demasiado tarde.
Pascal se tomó de un trago el raquir que quedaba y dejó el vaso en la mesa.
—Cuando mañana tú y el cardenal Togandis os ocupéis de los necesitados, deja los suministros en el Leman Russ marcado. Verás la señal.
Se produjo un silencio incómodo.
—No has preguntado… por él —dijo Casuaban al cabo.
Pascal se pasó la lengua por los labios.
—¿Sigue con vida?
—Sí —le confirmó Casuaban—. ¿Es que lo dudabas?
—Sylvanus Thayer siempre fue un cabrón muy duro —contestó Pascal al mismo tiempo que lanzaba una mirada nerviosa a las escaleras que llevaban de regreso a las salas de enfermería.
—¿Quieres verlo?
—No, no tengo ningunas ganas.
Casuaban vio como Pascal hacía el signo del aquila sobre su pecho. Se echó a reír.
—Eso sí que es una ironía —dijo con amargura.
Uriel contempló la ciudad desde arriba mientras la oscuridad se deslizaba sobre ella. Desde aquella altura tenía un aspecto pacífico, pero la emboscada que habían sufrido por la mañana desmentía esa impresión. Barbadus era una ciudad en plena guerra, bajo el control de las fuerzas imperiales, pero azotada por la disensión y los insurgentes, que se enfrentaban a sus gobernantes legítimos sin darles un respiro.
Aunque a Uriel no le gustaba Leto Barbaden, era el dirigente legítimo de Salinas, y ninguna clase de insurgencia podría cambiar eso. Salinas había sido ganado para el Imperio mediante una guerra de conquista, y el mundo les pertenecía para gobernarlo en nombre del Emperador.
Sin embargo, había algo que inquietaba a Uriel, la sospecha de que no todo era lo que parecía ser, que bajo la superficie de todo aquello se escondían algunos secretos, y que esos secretos podrían cambiar su percepción de aquel planeta si llegara a enterarse de ellos.
Se apartó de la reluciente ventana protegida por una pantalla invisible y regresó al aposento que les habían preparado. En lo que se refería a lugares de reclusión, era mucho más cómodo que otros en los que se había visto obligado a permanecer. Había dos camas, más grandes de lo habitual pero pequeñas en comparación a un marine espacial, y cada una de ellas estaba pegada a una de las dos paredes enfrentadas entre sí. A los pies de cada cama habían colocado un armario pequeño, aunque ni Pasanius ni él tenían nada que guardar.
—¿Has visto algo interesante por ahí fuera? —le preguntó Pasanius.
Su amigo estaba sentado en el suelo frotándose con gesto despreocupado el muñón del brazo, y se quedó mirando como caminaba arriba y abajo por la estancia. Pasanius parecía completamente relajado, y Uriel sintió envidia por la capacidad de su sargento para encontrar un lugar tranquilo en su interior, sin importar cuáles fueran las circunstancias.
—No. Todo parece estar bien ahora mismo —respondió, calmado sólo por el hecho de ver a Pasanius.
—Entonces siéntate, por el amor del Emperador. Vas a dejar una marca en la alfombra —le sugirió Pasanius, al mismo tiempo que levantaba un pichel de bronce que tenía en el suelo a su lado—. Toma un poco de vino. No es tan bueno como las cosechas de Calth, pero se puede beber.
Uriel tomó la copa que había en una mesa situada al lado de la cama y se sentó en el suelo frente a Pasanius. Le alargó la copa y Pasanius se la llenó hasta arriba. Tomó un largo trago, y le gustó, a pesar de las reservas del sargento respecto a su calidad.
—No está mal.
—Es pasable. ¿Te acuerdas de los vinos de Calth?
—De algunos de ellos. ¿A qué viene ese interés repentino por los vinos de mi planeta?
—Hablaban un dialecto precioso en las cavernas —continuó diciendo Pasanius—. Todavía me acuerdo de la primera vez que hablé contigo. Apenas logré entender nada de lo que decías.
—Tenía su propio carácter, sí —respondió Uriel, que empezaba a ver adónde quería ir Pasanius.
—Recuerdo que tardaste años en quitarte ese acento. ¿Todavía te acuerdas de cómo hablabas?
—Un poco —le contestó Uriel, cambiando de inmediato al dialecto que hablaban los habitantes de las cavernas de Calth—. Es el tipo de cosas que nunca dejas atrás.
Uriel tenía seis años la última vez que había hablado en aquel dialecto, pero su capacidad de memoria incrementada le permitió acceder a los centros de lenguaje del cerebro como si hubiera sido el día anterior.
—Eso es —dijo Pasanius, riéndose y cambiando también al mismo dialecto de Calth, una forma de hablar que nadie ajeno al sistema de Ultramar sería capaz de entender. Sin duda, cualquiera que estuviera escuchando la conversación quedaría confundido, e incluso las máquinas cogitadoras más sofisticadas tendrían que esforzarse para comprender un habla tan específica.
—Muy sutil —le felicitó Uriel a la vez que alzaba la copa en un brindis burlón.
—Tengo mis momentos.
—Yo recuerdo la última vez que nos sentamos a beber así —comentó Uriel.
Pasanius asintió.
—Sí, en el Vae Victus, en el sistema Tarsis Ultra. Aquélla fue una gran victoria.
—Supongo, pero nos costó mucho, y mira adónde nos ha llevado.
—Ése eres tú. Siempre mirando las nubes en lugar de buscar el rayo de sol. ¿Qué mire adónde nos ha llevado? Salvamos Tarsis Ultra. Logramos destruir las criaturas demoníacas de Honsou y estamos de regreso a casa. Piensa en todo el bien que hemos hecho, en el que todavía seguiremos haciendo.
Uriel sonrió.
—Como siempre, tienes razón, amigo mío. Tienes una rara habilidad para llegar al meollo de las cuestiones.
—Es un hecho conocido de sobra por todos que los sargentos son el cerebro de cualquier ejército.
—¿Por qué es tan importante que estemos hablando en el dialecto de Calth?
—Tenemos cosas de las que hablar —contestó Pasanius, poniéndose serio de repente—. Son asuntos que es mejor que otros no oigan, asuntos que debemos dejar claros.
—Muy bien. ¿Asuntos como cuáles?
—Como los sinpiel. ¿Cuándo piensas mencionárselos a Barbaden?
—No lo sé —admitió Uriel—. Había pensado decir algo al respecto una vez nos hubiéramos presentado en condiciones, pero después de conocerlo, ya no estoy tan seguro de hacerlo.
—Sé a qué te refieres. No creo que Leto Barbaden fuera muy comprensivo al respecto.
—Los mataría en cuanto les pusiera la vista encima.
—Entonces, ¿qué hacemos con ellos? No puedes dejarlos allí. Sé que tienes la esperanza de que la sangre de héroes que les corre por las venas prevalecerá sobre sus comportamientos más animales, pero incluso si es así, no durará para siempre. Más tarde o más temprano se convertirán en lo que eran en Medrengard.
—Es posible, pero no pienso abandonarlos. Dieron todo lo que tenían con tal de ayudarnos a acabar con Honsou. La mayoría de ellos murieron en ese empeño. Se lo debemos.
—Es cierto —admitió Pasanius—. Se lo debemos, pero procuremos que no nos maten intentando pagarles esa deuda.
—Quizá podríamos comentárselo al cardenal.
Pasanius lo miró con gesto de escepticismo.
—¿El tipo gordo? No creo que Barbaden le haga mucho caso. No creo que le haga mucho caso a nadie, tú ya me entiendes.
—Sí —contestó Uriel después de tomar un sorbo de vino—. Ya he visto antes a otros como él. Son comandantes que se aíslan por completo del hecho de que están al mando de soldados de carne y hueso. Para gente como Barbaden, las ideas de honor y valor no son más que caprichos, algo inútil. Para ellos, la guerra tan sólo consiste en números, logística, causa y efecto.
Pasanius asintió.
—Sí, son tipos peligrosos.
—Los más peligrosos de todos. A ese tipo de comandantes no les importa cuántos soldados mueren con tal de conseguir sus objetivos, siempre que logren la victoria.
—¿Y cómo es posible que un individuo como él llegara a ponerse al frente de un planeta?
—Los Falcatas eran un ejército de conquista. El derecho a asentarse en un planeta conquistado es el mayor honor que el Imperio le puede conceder a un regimiento de la Guardia que ha luchado durante más de diez años. Barbaden era el coronel del regimiento, así que lo normal era que lo nombraran gobernador, y no me sorprendería que la mayor parte de la jerarquía del planeta esté formada por antiguos miembros de la Guardia Imperial.
—Soldados que lucharon en algunas de las zonas de combate más terribles de toda la galaxia año tras año, y que ahora están a cargo de un planeta.
—Exacto. Todos esos años de matanzas y, de repente, todo se acaba.
—Y es cuando tienes que dejar a un lado todos los instintos que te han mantenido con vida precisamente a lo largo de esos años.
—Sólo que no puedes.
Pasanius soltó un suspiro y negó con la cabeza.
—No es extraño que el planeta esté hecho un desastre.