Seis

Tigurius cerró los ojos. Su respiración se hizo más profunda y su concentración se enfocó cuando entró en trance. Estaba sentado en sus aposentos privados de la Biblioteca de Ptolomeo, aquel depósito de conocimiento situado en la montaña que tenía el nombre del primer bibliotecario, y el más grande, de los Ultramarines. Se sabía muy poco de Ptolomeo, aunque algunos decían que había estado presente en el juicio a Magnus el Rojo, aunque nadie sabía con certeza si había sido uno de los acusadores o uno de los bibliotecarios que había intentado defender al primarca.

Varro Tigurius sentía fascinación por la figura de Magnus el Rojo. Aunque podía entender el ansia de conocimiento que impelía al primarca caído, lo que no era capaz de imaginarse era qué lo había impulsado a manipular las artes más impuras y creer que no lo afectarían. Semejante poder era corrupto de por sí, y nadie, ni un primarca ni un mortal, podría tocarlo sin ennegrecer su alma. La desconfianza que el Imperio sentía por todos los psíquicos era una de las hipocresías cruciales que impedían su completa unidad, pero Tigurius era incapaz de pensar en algo que solucionara aquella dicotomía.

¿Cómo podía una sociedad predicar la intolerancia contra algo que le permitía funcionar?

¿Qué diferencia había entre la hechicería y los poderes psíquicos? ¿Dependía de quién los utilizara, o dependía del resultado? ¿O eran los medios empleados para conseguir poder lo que realmente importaba? Tigurius sabía que todo eso no eran más que palabras.

En las esquinas de sus aposentos ardían velas votivas y los incensarios llenaban el aire con el olor a la esencia de mandrágora. Una neblina de vapores colgaba debajo del águila imperial tallada en la piedra del techo, y los cristales de fuego infernal, psíquicamente armonizados y engastados en el metal de su capucha blindada, emitieron un zumbido que imitaba el palpitar de su corazón.

El ritual adivinatorio que estaba a punto de intentar se podía conseguir sin toda aquella ceremonia, pero Tigurius había descubierto que todo eso le ayudaba a concentrarse, y en todos los asuntos relativos a la disformidad, la concentración era la clave para la supervivencia.

Se sacó aquello de la cabeza de momento, y la dejó como idea para una lección que impartir a los codiciarios y a los más avanzados lexicanos. Tigurius inspiró profundamente para limpiar su interior y dejó que su cuerpo se relajara para absorber el poder de la disformidad hacia los circuitos protegidos del interior de su cuerpo. La energía era fría al tacto, como si fuera mercurio líquido que le recorriera las venas, y se estremeció.

Las sensaciones provocadas por el mundo que lo rodeaba se fueron desvaneciendo una por una, y su percepción de la realidad cotidiana se vio arrollada por un torrente de estática. Dejó que aquello lo invadiera y que su conciencia fuera arrastrada por las mareas y las corrientes siempre cambiantes de la dimensión fluida que se extendía más allá de las puertas del empíreo.

Algunos individuos eran capaces de liberar sus almas del cuerpo, pero atravesar las profundidades de la disformidad era una invitación para que se produjera un desastre o algo peor. Los bibliotecarios ultramarines sabían muy bien que arriesgar sus almas inmortales en semejantes saltos a lo desconocido era una temeridad, aunque Tigurius no podía negar que se había sentido tentado de aventurarse más allá de los confines de su cuerpo físico para sentir los flujos rugientes de la disformidad que sacudían su cuerpo etéreo.

Tigurius no hizo caso de las insinuaciones de la disformidad, y reconoció lo que era realmente aquel impulso. ¡Con qué facilidad se tentaba a las almas de los mortales!

Sonrió, y un momento después, notó los primeros movimientos del inmenso entramado que es el futuro, y cómo se solidificaba a su alrededor. Sus líneas temblorosas eran de un color dorado y muy finas. Toda la existencia se encontraba contenida en aquella red, un entramado inimaginablemente complejo que resonaba de forma constante debido a los impactos que los mortales causaban en él. La inmensa mayoría de los seres eran tan insignificantes en el gran desfile de la Historia que hasta el más poderoso de ellos no provocaba más que un insignificante estremecimiento en sus fibras, pero de vez en cuando...

Los cabos que rodeaban a Tigurius zumbaban, y sintió la confluencia de diversos destinos en aquel momento. Las distintas vidas de cierta importancia se estaban reuniendo, y la fuerza de sus vibraciones a lo largo de la red era tal que Tigurius supo con certeza que muchos de ellos se quedarían quietos para siempre. Docenas de hilos dorados de su alrededor estaban en movimiento. Siguió el más cercano y dejó que los sutiles cambios en su frecuencia temporal lo guiaran hasta un futuro potencial.

Lo siguió hasta que el mundo se fragmentó a su alrededor, cuando el futuro tomó demasiados aspectos para ver ninguno de ellos con cierta claridad. El futuro de Ultramar pendía de un millón de hilos diferentes, y cada uno de ellos estaba tenso en una miríada de direcciones.

Tigurius vio un puñado de hilos entretejidos entre sí, y cada uno de ellos vibraba a medida que los acontecimientos impactaban contra ellos. Varios mundos de Ultramar ardían bañados en un fuego demoníaco, mientras que otros florecían tal y como había sido Prandium antaño.

Un mundo agreste de montañas cubiertas de bosques estaba envuelto en una feroz batalla. Tigurius reconoció el planeta. Era Espandor. Vio la gran ciudad que se alzaba a la ribera del río, el lugar bautizado con ese nombre por la muerte del Anciano Galatan. Sus antes orgullosas avenidas y paseos estaban repletas de fuerzas del Archienemigo que rodeaban a una cuña de guerreros de armadura azul. Su estandarte había caído, y Tigurius distinguió entre las imágenes de la matanza a un guerrero brillante asediado por toda clase de enemigos. La capa roja que llevaba puesta lo identificaba como Cato Sicarius.

Una bruja mestiza de cabello azul se lanzó al ataque contra Sicarius, pero los hilos vibraron de nuevo y Tigurius salió despedido de Espandor. Su visión se posó en un planeta lleno de muertos, con las ciudades convertidas en tumbas sin vida al haber quedado exterminadas todas sus gentes. Vio una ciudadela de épocas pasadas restaurada en su antigua gloria, y sus murallas de mármol defendidas por una hueste de guerreros con armaduras enormes. El estandarte del capítulo de los Ultramarines ondeaba en la más alta de las torres, y la luz de la gloria resplandecía en aquella bandera heroica, una luz que era lo único que se interponía entre el declive inevitable y un resurgimiento glorioso.

Vio rostros familiares sobre las almenas agrietadas de la ciudadela, pero antes de que pudiera ver más, los hilos oscilaron de nuevo y se vio lanzado hacia un mundo de oscuridad, un mundo de cavernas que jamás habían visto la luz del sol. A pesar de ello, en el interior de aquellos túneles sombríos, los seres humanos prosperaban en cuevas enormes, tan inmensas como cualquiera de los fértiles valles de Quintarn. Cuatro ríos subterráneos desembocaban en la caverna principal, y aunque Tigurius sabía que la superficie de aquel planeta era más mortífera que cualquier otro, su gente era tan feliz y estaba tan satisfecha como cualquier otro mundo de Ultramar.

De todos los planetas que había visto, Tigurius supo con certeza absoluta que aquél era el punto central alrededor del cual giraba todo lo demás. Aquel mundo albergaba la clave de la salvación de Ultramar, pero también podría ser el origen de su desaparición.

En cuanto se percató de ello, se desvaneció su percepción del entramado de futuros posibles, y Tigurius se vio poseído por una tremenda sensación de vértigo. Cerró los ojos y dejó que los sentidos de su cuerpo físico se ajustaran de nuevo al mundo material. Recitó todos los libros del Codex Astartes, y la relajante tarea de enumerar las obra más importante del primarca le calmó el alma antes de que abriera los ojos.

Aunque no era consciente de haberse movido, empuñaba el báculo de manera que estuviera delante de él y tenía los dedos de la mano derecha apoyados en los símbolos de los cuatro principios éticos.

—Incorruptibilidad, modestia, deber y el cumplimiento adecuado de la ceremonia —recitó Tigurius de memoria.

Hizo girar el báculo y se puso en pie con agilidad. Luego se giró hacia el gran escritorio tallado con una sola pieza de madera dorada de Iax. Sus ojos se centraron de inmediato en su piedra de tinta duanshi, en su pincel de caligrafía, en la hoja de pergamino y por último, en la propia tinta.

—Los cuatro tesoros eruditos —dijo satisfecho de que al menos una parte de su visión tuviese sentido.

Se sentó delante del escritorio mientras las visiones seguían claras en su cabeza y comenzó a escribir en el pergamino todo lo que había visto. Tardó dos horas en anotar cada indicio y cada sensación, y gastó cuatro hojas de papel, cosa que no lo sorprendió.

—Siempre el símbolo de los cuatro... —susurró.

Una vez que acabó, Tigurius salió de la biblioteca y se dirigió hacia la cima de la montaña, donde encontró a lord Calgar reunido con el primer capitán Agemman y con Sicarius de la Segunda. El sol ya estaba bajo en el cielo, y provocaba largas sombras que cruzaban el patio. Calgar alzó la mirada cuando le vio entrar, su rostro era una máscara de agresividad bajo control.

Captó en Sicarius una tremenda oleada de furia, y Tigurius se sintió sorprendido al darse cuenta de que la rabia que el capitán sentía iba dirigida contra él.

—¿Os habéis enterado de lo que ha ocurrido en Talassar? —le preguntó Sicarius.

—Así es, y lamento esa pérdida tanto como vos, amigo mío, pero la gente de Talassar será vengada.

—¿Vengada? —le replicó Sicarius—. ¡No haría falta vengarla si hubierais previsto lo que iba a ocurrir! Supisteis de antemano lo de Behemoth, supisteis lo de Nidar, y supisteis la llegada de la flota pielverde. ¿Por qué no visteis eso?

—Decidme, capitán Sicarius —repuso Tigurius modulando el tono de voz para que fuera al mismo tiempo tranquilizador y comprensivo—, ¿de verdad estáis furioso conmigo, o simplemente soy un objetivo conveniente para vuestra rabia?

Por un momento, dio la impresión de que Sicarius estaba a punto de contestar con una réplica furibunda, pero luego apretó los dientes y le hizo una reverencia.

—Os pido disculpas, mi señor. Por supuesto, tenéis razón. Soy el gran duque de Talassar, y debería haber estado allí para defender a mi gente. Les he fallado.

—Todos les hemos fallado —intervino Marneus Calgar—. Nuestros enemigos nos tomaron por sorpresa, y reaccionamos tal como dicta el Codex Astartes. Quizás ése fue nuestro error.

—¿Nuestro error? —exclamó Agemman—. No lo entiendo.

—«Si te conoces a ti mismo y a tu enemigo, podrás vencer en cien batallas sin perder a nadie» —dijo lord Calgar citando al Codex Astartes—. Es evidente que nuestro enemigo conoce muy bien nuestros métodos de combate. Nos conoce lo suficientemente bien como para saber cómo reaccionaremos en cualquier circunstancia, y lo que nos hace predecibles nos hace vulnerables.

Tigurius se sintió impresionado. Para cualquier guerrero ultramarine, sobre todo al señor del Capítulo, admitir que el fiel seguimiento de las enseñanzas del Codex Astartes podía provocar una debilidad indicaba muy a las claras su humildad y su disposición a adaptarse.

—«El luchador inteligente impone su voluntad a su enemigo, y no permite que su enemigo le imponga su voluntad» —dijo Tigurius para completar la cita que había iniciado el señor del Capítulo.

—Así es —dijo Calgar al tiempo que le hacía un gesto con la mano para que se acercara a un rollo de pergamino desdoblado que era un mapa de Ultramar.

Tigurius estudió el pergamino y vio las posiciones de las unidades de la flota de los Ultramarines. El grueso de la flota estaba reunido cerca de Macragge, con diversos elementos dispersos por todo Ultramar realizando patrullas y tareas de guarnición. Del mismo modo, la mayoría de los guerreros Ultramarines estaban desplegados en Macragge, aunque había numerosas escuadras repartidas por todo Ultramar asignadas a otras misiones.

—Yo tengo las órdenes de misión de todas nuestras unidades, Varro —le dijo Calgar dando unos golpecitos en el mapa con uno de los dedos de su pesado guantelete—. Les he ordenado a la Tercera y a la Séptima que regresen, pero sospecho que todo habrá acabado aquí para cuando hayan llegado. Sin embargo, Ultramar es un imperio muy extenso, así que dime si tus rituales adivinatorios te han revelado algún detalle de los planes de nuestros enemigos.

—Así ha sido, mi señor —le contestó Tigurius al mismo tiempo que colocaba las cuatro hojas de pergamino sobre el mapa.

Les explicó con paciencia todo lo que había visto y lo que significaba, y captó las miradas de escepticismo que intercambiaron los capitanes de combate mientras hablaba.

—No es mucho —dijo Calgar cuando Tigurius acabó de hablar.

—Existen huecos —admitió Tigurius—, pero es mejor tener cualquier plan que no tener ninguno. No existe un futuro determinado, ni siquiera existen futuros probables. Lo que todavía ha de ocurrir es semejante al agua y fluye por donde quiere, pero al igual que el trabajador de la tierra puede llegar a saber hacia dónde irá el agua, alguien que practique con astucia las artes sutiles es capaz de leer las sendas posibles del futuro.

Marneus Calgar sonrió.

—Y no hay nadie más astuto que tú, Varro.

—Me honráis, mi señor. Creo que lo que vi es cierto, y debo insistirte en que confíes en mí, Marneus.

Vio que Agemman y Sicarius torcían el gesto al oír que utilizaba el nombre propio del señor del Capítulo, pero necesitaba hacerle ver la seriedad de su petición.

—Tus visiones ya han ayudado mucho antes, Varro —le contestó Calgar sin dejar de mirar el mapa—. Si no hubiera sido por tu capacidad como vidente, Behemoth habría acabado con nosotros, y es incontable el número de otras amenazas que nos hubieran llevado al límite de nuestra resistencia. Por ello, confiaré en que lo que me dices ahora no es menos preciso que todo lo anterior.

—Así que vamos a basar nuestro despliegue en... ¿una visión psíquica? No pretendo ofenderos, lord Tigurius —declaro Sicarius.

—No hay ofensa. No os preocupéis —le contestó Tigurius—. A los guerreros a menudo les cuesta comprender las complejidades de las artes sutiles. No pretendo ofenderos, por supuesto.

Sicarius parpadeó un poco confuso, ya que no estaba seguro de si lo había insultado o no, pero sólo fue capaz de aguantar la mirada de Tigurius durante unos segundos antes de que el increíble peso del conocimiento que albergaban los ojos del bibliotecario le obligara a apartar la vista.

—¿Decís entonces que Calth es la clave? —le preguntó Agemman.

—Eso creo —le confirmó Tigurius tras apartar la mirada de Sicarius.

—Entonces, es evidente que ahí debería encontrarse el núcleo de nuestro despliegue —indicó Agemman—. Si la clave para la victoria se encuentra bajo su superficie, llevaré a la Primera hasta allí para defender el planeta.

Calgar hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No. Tú y tus guerreros seréis enviados a Talassar.

Agemman hizo ademán de protestar, pero Calgar le cortó en seco.

—Ya has oído lo que ha dicho Varro. Tú y yo lucharemos juntos, pero no será en Calth. Si no he entendido mal los vaticinios de esta visión, será otro el que cargue sobre sus hombros la pesada tarea de defender ese mundo. ¿No es así, Varro?

—Así es, mi señor. El Centinela de la Torre.

—¿Recuerdas la última vez que nosotros cuatro caminamos juntos? —le preguntó Pasanius mientras recorrían los pasillos envueltos en sombras del Vae Victus.

Uriel recordaba muy bien cuando ocurrió, pero fue el almirante Tiberius quien contestó con amargura.

—Lo recuerdo. Fue cuando nos dirigimos a reunirnos con los Mortificadores en la Basilica Mortis. Las cicatrices que esas malditas naves piloto hicieron todavía están sin reparar.

—¿No las arreglaron después de los daños sufridos en Espandor? —le preguntó Uriel.

—No, no hubo tiempo entre la batalla contra los pielesverdes y nuestra partida para combatir contra los tau.

—Esas especies alienígenas son muy maleducadas, ¿verdad? —comentó Pasanius.

Tiberius no contestó, y siguieron caminando en dirección a la cubierta de embarque, pasando por delante de capillas poco iluminadas y dedicadas al Emperador de la Humanidad, y de relicarios que contenían antiguos trofeos de batalla de los Ultramarines. De vez en cuando veían pasar a algún siervo del Capítulo vestido con una túnica azul, con pantalones de faena y equipo de combate, pero la mayor parte del recorrido la pasaron sin encontrarse con nadie más. Dada la naturaleza de los individuos que iban a subir a bordo del Vae Victus, Tiberius había restringido los movimientos de la tripulación.

El almirante era un gigante calvo equipado con una servoarmadura. Uno de los lados de su cara de piel correosa estaba cubierto de tremendas cicatrices, y sus rasgos ásperos encajaban a la perfección con el carácter de la nave que estaba bajo su mando desde hacía tres siglos. El Vae Victus había combatido en algunas de las batallas más heroicas de la historia de los Ultramarines, y lucía con orgullo sus cicatrices sin importar que Tiberius se quejara con amargura de la falta de atención que había sufrido en los astilleros orbitales de Calth. De los hombros del almirante colgaba la capa verde ceremonial propia de su rango, y aunque el cuello de piel de murciélago zorro le provocaba una irritación constante, simbolizaba su posición en la jerarquía: Señor de la Flota. En realidad, ese título debería haber recaído en Uriel, pero no era ninguna vergüenza que se le diera a un guerrero como Tiberius. Había muy pocas cosas que Lazlo Tiberius no supiera sobre la guerra en el espacio, y había aceptado ese rango como un honor.

Pasanius habló de nuevo cuando tomaron el ascensor que los llevaría a la cubierta de embarque.

—He oído decir que Sicarius y la Segunda se dirigen a Espandor. No debe estar muy contento después de lo que le ha ocurrido a Talassar.

—No lo culpo —comentó Uriel—. Sé cómo me sentiría yo si algo ocurriera a Calth y la Cuarta Compañía no fuera la encargada de ofrecer su gente. Entiendo muy bien la decepción de Sicarius.

—Lord Calgar y la Primera Compañía se dirigen a Talassar —apuntó Learchus—. Seguro que Sicarius se sentirá satisfecho de que se produzca una respuesta tan poderosa al ataque.

—Entonces es que no conoces a Sicarius —respondió el almirante con un gruñido—. La idea de que será Agemman el que tenga la oportunidad de luchar al lado del señor del Capítulo y de salvar al planeta natal del propio Sicarius no le sentará nada bien. Él es el gran duque de Talassar, y es su deber luchar por su gente. A Sicarius no le gustará nada que deje de lado a la Segunda y que refuerce la posición de Agemman.

—¿De verdad cree que Sicarius desea el puesto del capitán Agemman? —le preguntó Pasanius.

—Cato le tiene echado el ojo a un puesto más importante que el de Regente de Ultramar —contesto Tiberius.

—Ya basta —les cortó Uriel—. Cato Sicarius es un guerrero honorable y no es nada honroso que ninguno de nosotros hable de él de ese modo.

Tras aquella reprimenda, el asunto de la ambición de Sicarius desapareció de la conversación y siguieron hablando de los demás despliegues que se iban a efectuar en Ultramar.

Lord Calgar y la Primera Compañía se dirigirían hacia Talassar en respuesta al mortífero ataque que había sufrido el planeta, mientras que la Segunda Compañía ya estaba de camino hacia Espandor. Varias unidades de la Quinta y de la Sexta viajaban hacia Quintarn bajo el mando del capellán Cassius, y en respuesta a la visión de Tigurius, Antaro Chronus se había unido a sus elementos blindados.

Uriel y la Cuarta Compañía recibieron órdenes de dirigirse a Calth, aunque no viajarían solos.

Varias naves de la flota de Ultramar tenían la misión de acompañar al Vae Victus. Se trataba de una pequeña flotilla de fragatas, destructores y de naves de ataque rápido. Cada una de esas naves poseía un legado de honor que era la envidia de la mayoría de los demás capítulos.

En mitad de todas ellas estaba anclado un crucero de la clase Gótica que había combatido en la guerra que llevaba ese mismo nombre, aunque quedaba muy poco de su silueta exterior que revelara ese pasado glorioso. En la proa de la nave, semejante a una espada, se veía un cráneo mecanizado sobre una rueda de engranaje en blanco y negro. Los flancos de la nave estaban cubiertos de modificaciones que sus constructores originales jamás habían previsto.

Se trataba del Perpetuum Cogito, la nave insignia del magos Locard. Aquel navío emitía unas señales de energía tan extrañas que la tripulación del puente de mando del Vae Victus apenas era capaz de captarlas.

El resto de las fuerzas del Capítulo de guarnición en Macragge estaban bajo el mando del capitán Sinon, ya que para defender la Fortaleza de Hera hacía falta algo más que las fuerzas auxiliares y los siervos del Capítulo. El capitán Antilochus y Torias Telion, de la Décima Compañía se habían desplegado en secreto, y nadie más que el señor del Capítulo conocía el lugar hacia el que se dirigía, pero eso era algo típico de aquellos que dominaban el arte de los exploradores.

—Hay una cosa que no entiendo —dijo Pasanius cuando llegaron a las compuertas blindadas que conducían a la cubierta de embarque.

—¿Sólo una? —le preguntó Learchus con una sonrisa.

Pasanius hizo caso omiso de la pulla y siguió hablando.

—Después de lo que ocurrió en Tarentus, ¿por qué se preocupa el señor del Capítulo en ir a Talassar? Podría estar metiéndose en otra trampa.

—Lord Tigurius lo vio en Talassar —le explico Learchus—. Lo mismo que vio a Sicarius en Espandor. No se puede luchar contra el futuro.

—¿Desde cuándo te has convertido en un experto en la causalidad, Learchus? —le pregunto Tiberius.

Learchus negó con la cabeza.

—No lo soy, pero tiene sentido que si lord Tigurius vio al señor del Capítulo allí, entonces será allí donde estará.

—No creo que los poderes de un bibliotecario funcionen de ese modo —comentó Uriel—. Lo que lord Tigurius ha visto es sólo un futuro posible. Quizás el más probable, pero no el inevitable.

—¿Por eso hemos de tenerlo a bordo? ¿Para asegurarnos de que el futuro sea el que tiene que ser? —pregunto Pasanius.

—Eso lo que vamos a descubrir —dijo Uriel mientras las compuertas se abrían.

La cubierta de embarque estaba anormalmente tranquila. Lo habitual es que se desarrollara una actividad frenética semejante a la de una colmena, donde los servidores del Capítulo, los tecnomarines y los armeros se esforzarían por tener preparadas las Thunderhawks de la Cuarta Compañía o las cápsulas de desembarco listas para el lanzamiento. Su inmensidad gótica estaba inquietantemente silenciosa mientras los cuatro guerreros se dirigían hacia las luces parpadeantes de la plataforma de recuperación, un largo rectángulo de acero cubierto de manchas de quemaduras de motor que se encontraba delante del paisaje estelar que se veía al otro lado del campo de integridad.

El capellán Clausel los estaba esperando en el borde de la plataforma. El negro de su armadura se confundía con la oscuridad que llenaba la cubierta de embarque. El dorado de su crozius y el blanco hueso de su máscara de muerte relucían, y la solidez feroz de su presencia le confirmó a Uriel que recibiría a su invitado con un frente unido.

—Capellán, me alegro de que estéis de nuevo con nosotros —le saludó Uriel.

En las semanas posteriores al regreso desde Pavonis de la Cuarta Compañía, el capellán Clausel había pasado la mayor parte del tiempo en el solitarium más aislado de todo Macragge, donde había ayunado y meditado sobre su deber hacia el Capítulo. Había regresado tan sólo momentos antes de que la última Thunderhawk partiera de Macragge en dirección al Vae Victus. Uriel se alegraba de tenerlo a bordo. La Cuarta siempre combatía con mayor fiereza cuando el capellán Clausel encabezaba el ataque.

—Me alegro de haber vuelto, capitán Ventris —le contestó Clausel—. Sentí la llamada de las armas y supe que mi presencia era necesaria.

—¿Sintió todo eso allí arriba, en Illyrium? —le preguntó Pasanius

—Así es. ¿No le ocurrió lo mismo?

—Supongo que sí —admitió Pasanius al tiempo que estrechaba la mano que le ofrecía Clausel—. Será un placer combatir a vuestro lado, capellán.

—Me alegro de que estés de vuelta entre nosotros. Confío en que tu exclusión de la guerra en Pavonis te haya enseñado el valor de la sinceridad por encima de todas las cosas.

—Sí, así ha sido —le aseguró Pasanius—. No tenéis nada de lo que preocuparos a ese respecto.

Clausel asintió y saludó al resto de sus camaradas guerreros de la Cuarta. Uriel notó una sensación agridulce en aquella reunión de héroes, la intranquilidad previa a un ataque destinado al fracaso. Se preguntó mientras oía sus palabras de camaradería renovada por qué nadie más lo notaba.

¿Se trataría acaso de otro momento de clarividencia, como el que los había salvado la vida a todos en Tarentus?

—Llega tarde —dijo Learchus en voz baja, aunque en la cubierta apenas iluminada resonó como si hubiera gritado.

—Es su prerrogativa —contestó Uriel mientras se pasaba una mano por la mandíbula para ocultar su preocupación.

—¿Por qué? ¿Por ser mujer o por ser una inquisidora? —se burló Pasanius.

—Por ser una inquisidora del Ordo Malleus —le aclaró Uriel.

—¿Malleus? ¿Cómo lo sabes? —le pregunto Learchus.

—Le vi el tatuaje en la muñeca cuando el señor del Capítulo nos la presentó. No la subestiméis, y cooperad con ella en todo lo que haga falta, pero no tengáis más tratos. ¿Entendido?

Los dos sargentos asintieron, más que dispuestos a tratar lo menos posible con un inquisidor, especialmente uno que se enfrentaba a todo lo demoníaco.

—Ahí viene —dijo Tiberius a la vez que señalaba con un gesto del mentón el campo de integridad.

Una nave en forma de cuña se deslizó a través de la oscuridad del espacio hacia el Vae Victus. Sus líneas eran limpias y sus superficies antirreflectantes parecían absorber la luz. Era una nave muy pequeña para un inquisidor, pero Uriel sospechaba que habría otra nave de mayor tamaño oculta en órbita en algún punto alrededor de Macragge.

La nave atravesó el campo y Uriel sintió el frío del espacio que emanaba de su casco mientras se posaba en la plataforma en medio del zumbido de los potentes motores. Varios chorros descontaminantes de vapor sobrecalentado cubrieron toda la nave, y en cuanto se apagaron, una rampa se extendió desde uno de los costados de la nave y se abrió una puerta.

La inquisidora Namira Suzaku salió y bajó por la rampa hacia ellos con los faldones del abrigo de combate revoloteando por los chorros de gases de purga que expulsaba su nave. Sus pasos eran largos y firmes, y su porte el de una mujer que sabía exactamente qué camino debía seguir. Su séquito de acólitos la siguió. Uriel reconoció a la mayoría, pues habían estado presentes en la reunión con el señor del Capítulo. Pero hubo uno al que no reconoció, y destacaba por encima de los demás. Se trataba de un hombre de piel oscura y cabello de color blanco recogido en una larga coleta. También portaba un traje monopieza negro y un abrigo de combate largo, idéntico al de la inquisidora, y Uriel se preguntó si aquella imitación del aspecto de su señora era un gesto de afectación o un uniforme.

Suzaku se detuvo delante de Uriel y lo saludó con un breve asentimiento.

—Capitán Ventris —le dijo con una voz afilada como un cristal roto, cada sílaba tan aguda como una púa—. He oído hablar mucho de usted. Sus logros son impresionantes. Pocos son capaces de regresar del Ojo del Terror sin haber quedado corrompidos. Estaría encantada de escuchar cómo consiguió una hazaña tan increíble.

—Gracias —le contestó Uriel procurando mantener la voz tranquila ante la mención de sus sufrimientos—. Me mantuve fiel a las enseñanzas del Codex Astartes y sus palabras fueron mi guía.

—Eso me resulta muy interesante, dado que fue vuestra desobediencia de sus enseñanzas lo que provocó vuestro exilio. Muy intrigante. —Suzaku miró a la izquierda de Uriel—. Y vos debéis ser Pasanius Lysane. Es una pena que no regresaseis con esa pieza de implante corrupta. Conozco a muchos de mis hermanos que ansían estudiar ese tipo de artefactos. Se puede aprender mucho con la investigación de las armas del enemigo.

—Me alegré de librarme de eso —le contestó Pasanius—. Aunque me dolió como los fuegos de la misma condenación, todos los días le doy las gracias al Emperador porque esos monstruos me lo quitaran.

—Una metáfora muy interesante —comentó Suzaku—. ¿Conoce bien los fuegos de la condenación?

—No ha sido más que un modo de hablar —le contestó Pasanius con tranquilidad—. Sólo eso.

Suzaku se giró para mirar a Learchus.

—El sargento Learchus. El héroe de Herapolis que dirigió a la Cuarta Compañía de los Ultramarines en Espandor y que derrotó a las hordas de pielesverdes. Destruir con tu propia mano un gargante es toda una hazaña.

Uriel sonrió al ver que Learchus se sonrojaba.

—No se puede decir que le hiciera con mi propia mano. El capellán Clausel y muchos otros marines espaciales luchaban a mi lado. También se debería felicitar al gobernador Saul Gallow. Sus tropas de la fuerza de defensa lucharon con gran coraje.

Suzaku asintió, como si ya conociera todos los detalles de esa campaña, y luego se volvió hacia él capellán Clausel.

—Capellán, vuestra letanía de honores habla por sí misma.

Por último, la inquisidora se volvió hacia el almirante mientras Uriel procuraba ocultar su sorpresa ante el tono de voz diferente que Suzaku había utilizado al dirigirse al capellán.

—No hace falta que me recitéis mis honores de combate —le dijo el venerable almirante—. Los conozco mejor que vos, y no hace falta que nadie nos recuerde. Sois bienvenida a bordo del Vae Victus, pero os agradecería que os mantuvierais dentro de las zonas de la nave que os han sido asignadas. Las cubiertas de combate de una nave del Adeptus Astartes no son el lugar adecuado para nadie que no haya sido entrenado en Ultramar.

Suzaku sonrió e inclinó la cabeza hacia un lado en un gesto coqueto, como si estuviera decidiendo si debía recordarle al almirante que era una agente de la Inquisición, una organización que disponía de carta blanca en su misión de proteger al Imperio. Con una simple palabra, cualquier inquisidor podía requisar ejércitos y flotas, deponer gobernadores planetarios o condenar a muerte a sistemas estelares enteros. Sólo los muy valientes o los muy estúpidos se atrevían a interponerse en su camino.

Daba la impresión de que la inquisidora Suzaku todavía no había decidido en cuál de las dos categorías entraba el almirante Tiberius.

—Sois muy osado, almirante, pero no esperaba menos de un veterano de la batalla de Circe. Accedo a vuestra petición.

—No es una petición —le replicó Tiberius.

Suzaku asintió y se volvió hacia el individuo de cabello blanco que estaba a su lado.

—Les presento a mi acólito interrogador, Soburo Suzaku —dijo. Al ver las miradas intrigadas de los Ultramarines, tuvo que explicarse—. Suzaku es un apellido muy común en nuestro planeta natal.

Uriel buscó algún rasgo de familia en ambos rostros, pero la cantidad de sutiles implantes que Suzaku tenía en el cuerpo hicieron que esa búsqueda no tuviera sentido. Le puso una mano en el hombro al almirante.

—Inquisidora Suzaku, el sargento Learchus les enseñará a usted y a su séquito las estancias que les hemos asignado. Deberían ser suficientes para sus necesidades.

—Estoy seguro de que lo serán. ¿Cuándo efectuaremos la transición a la disformidad?

Fue Tiberius quien contestó:

—Llegaremos al punto de salto situado en la franja exterior dentro de dos días, y luego no deberíamos tardar más de una semana en llegar a Calth si la disformidad no lo impide.

—Será entonces cuando veamos lo preciso que ha sido el bibliotecario Tigurius en su lectura de las líneas del destino —añadió Suzaku.

—Jamás se ha equivocado —le replicó Uriel.

Una sombra apareció en el rostro de la inquisidora.

—Siempre hay una primera vez.