
Daron Nisato evitaba visitar el palacio imperial de Salinas siempre que podía. El edificio era demasiado frío y un símbolo demasiado evidente del poder imperial como para poder disfrutar ya de ello. Servía como punto de concentración de la ira de la gente, y ver su silueta amenazante recortada contra el cielo debía servir para hacerle sentir a uno su insignificancia ante el Imperio y, sobre todo, su insignificancia ante el gobernador Leto Barbaden.
Nisato permitió que el oficial al mando del puesto de control se quedara con sus armas, aunque le molestaba el hecho de que el agente de la ley de mayor rango de toda la ciudad no pudiera conservar su pistola en presencia del gobernador.
Aquél era el tercer puesto de control por el que había pasado, una construcción prefabricada de aspecto deprimente que olía a humedad y a abandono. El primer puesto de control había detenido a su transporte blindado personal, un Rhino, y el segundo, apenas a una veintena de pasos del primero, había confirmado su identidad mediante una serie de pruebas dolorosas de comparación de su sangre con las muestras genéticas del archivo. Sonrió con gesto torvo al preguntarse si todas aquellas comprobaciones genéticas continuas serían la explicación de los rostros pálidos y enfermizos que mostraba el personal que trabajaba en el palacio.
—¿Qué es tan divertido? —le preguntó el oficial al mando mientras guardaba bajo llave la pistola de Nisato.
—Nada —le contestó éste, muy consciente de que aquellos hombres carecían por completo de algo que se pareciera al sentido del humor—. Es sólo que me siento satisfecho del modo tan eficaz en que está cumpliendo sus tareas.
El oficial lo miró con recelo, en busca de cualquier posible indicio de una burla, pero Nisato era ya todo un experto en no mostrar lo que realmente pensaba. Finalmente, el oficial se sintió satisfecho al ver que no se estaba burlando de su solemne deber y le indicó con un gesto seco que cruzara la puerta que daba al patio del recinto del palacio.
Nisato estaba a punto de echar a andar cuando se abrió una puerta a su espalda, y el aroma inconfundible a incienso, sudor y culpabilidad le asaltó el olfato. Supo quién había entrado sin necesidad de darse la vuelta.
—Cardenal Togandis —dijo a modo de saludo.
Oyó el jadeo sorprendido y se dio la vuelta para ver la rolliza figura del pontifex maximus de Barbatus vestido con sus lujosos ropajes.
—Agente Nisato —le respondió Togandis con la piel cubierta de sudor—. Qué extraña casualidad que nos hayamos encontrado en este punto.
Shavo Togandis jamás le había parecido una persona que cayera bien, ni siquiera cuando había servido en las Falcatas como confesor de la compañía. Sus modales eran demasiado bruscos, sus aficiones demasiado desagradables y su lenguaje demasiado rebuscado. Nisato nunca había sentido la necesidad de utilizar los servicios espirituales de una persona así, y había preferido confesarse directamente al Emperador en sus plegarias.
El decenio que había pasado desde el Día de la Restauración no había mejorado el aspecto físico de Togandis. Su cuerpo, que ya era rollizo en aquel entonces, se había extendido de forma generosa en todas direcciones.
—¿También lo han convocado? —le preguntó Nisato.
—Sí, sí —se apresuró a responder Togandis mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo—. Todos servimos a nuestro amo y señor. Barbaden ordena y nosotros obedecemos con rapidez y presteza. A ninguno nos gusta hacer esperar al gobernador, ¿verdad?
—No —contestó Nisato, mostrándose de acuerdo al mismo tiempo que se echaba a un lado para permitir que el cardenal se acercara al ceñudo oficial de guardia.
El agente se dedicó a estudiar con atención al clérigo superior de Salinas mientras éste pasaba por todas las formalidades de seguridad necesarias del palacio.
No se sintió impresionado.
Aparte de un cuerpo mucho más que grueso, Shavo Togandis se comportaba de un modo nervioso que, de darse en cualquier otra persona, le habría llevado a una de las celdas de interrogatorio situadas en los sótanos del edificio de los agentes de Nisato.
El confesor confesando. Aquella idea le hizo sonreír de nuevo.
Además de una llamativa casulla de color carmesí y plateado, Togandis llevaba puesta una gran mitra repujada de la que colgaban largas tiras de oro. En la mano empuñaba un báculo largo, y en ese mismo momento estaba intentando evitar que el oficial se lo requisara.
—Escúcheme bien, buen hombre, esta llamada posprandial a palacio me ha incomodado sobremanera, y este báculo es un instrumento sagrado que forma parte del cargo, importante y nada insustancial, que ostento en este planeta. Lo aconsejable sería que no se le retirase a mi persona.
—No se permiten en palacio armas ni objetos que puedan ser utilizados como tales —le contestó el oficial igual que si estuviera leyendo al pie de la letra las órdenes recibidas—. A excepción de los miembros de las Falcatas.
—Atiende bien a lo que te digo, insignificante mirmidón, tienes que entender que existen excepciones a todas las reglas, y que me niego a ceder ante esta devoción tan obtusa. ¿Lo has entendido?
—Sinceramente, no, pero eso no importa —le contestó el oficial de guardia mientras alargaba una mano—. Tendrá que entregarme su báculo.
—Yo no seguiría discutiendo, Shavo —le aconsejó Nisato con un tono de voz tan arrogante y estirado como el del cardenal—. Incluso yo, un garante de la ley imperial, me he visto obligado a entregar el símbolo de mi puesto a semejante dignatario de palacio.
Togandis bajó la mirada a la pistolera vacía de Nisato y sonrió ante aquel aparente gesto de solidaridad, sin percatarse del tremendo sarcasmo en la voz de Daron.
—Bueno, cierto es. Debemos hacer un frente común ante semejante adversidad. —Luego se volvió y le entregó el báculo con gesto reacio al oficial de guardia—. ¡Y si descubro la más insignificante muesca en este báculo cuando regrese, haré que le caiga encima la mayor de las recriminaciones!
El oficial de guardia tomó el báculo y les indicó con un gesto cansino que podían pasar.
Nisato siguió sonriente al cardenal y ambos pasaron al patio, donde quedaron bajo la luz todavía brillante del sol en su paso de la mañana a la tarde.
El palacio se alzaba oscuro y amenazante por encima de ellos. Sus cañones y demás posiciones defensivas, aunque apuntaban hacia el cielo, seguían siendo un impresionante símbolo del poder del individuo que los tenía bajo su mando. El edificio, construido con bloques inmensos de piedra negra, le recordaba a Nisato los grandes castillos de su planeta natal, unas lúgubres fortificaciones situadas sobre los riscos de la costa.
Unos soldados con armadura de color escarlata patrullaban las zonas inferiores del palacio, con las falcatas desnudas al costado. Las placas rojas de las armaduras relucían bajo el sol, y el bronce de los cascos centelleaba como el oro, pero ni siquiera ellos podían llevar armas de fuego en aquel lugar.
A diferencia de muchos otros soldados que se comportaban de un modo ceremonial, los Falcatas Achamán eran veteranos junto a los que se había sentido orgulloso de luchar. Aquellos guerreros no cedían en combate, y luchaban con un ardor en sus entrañas que otros regimientos envidiaban. Ese ardor se había apagado desde el Día de la Restauración, pero las ascuas permanecían en sus corazones.
Un trío de transportes Chimera con la insignia de las Águilas Aullantes en los costados se encontraba aparcado justo delante del palacio, algo tan poco habitual que Nisato se preguntó quién habría viajado en ellos como para que les permitiera ese extraordinario honor.
Togandis se limpió de nuevo el sudor de la frente con un pañuelo.
—¿Vuestra orden de convocatoria incluía alguna pista sobre la naturaleza de esta audiencia? —le preguntó el cardenal.
Nisato hizo un gesto negativo con la cabeza y bajó el ritmo de las zancadas para permitir que Togandis se mantuviera al paso a su lado.
—No, pero lo cierto es que Leto siempre fue un hombre de pocas palabras, ¿verdad?
—Sin duda así era. Así era. Nada de arengas inspiradoras antes de la batalla. Tan sólo las órdenes, y precisas, que siempre había que seguir al pie de la letra.
Nisato recordó que eso en concreto era muy cierto. Él no era más que un comisario cadete cuando Leto Barbaden tomó el mando de los Falcatas Achamán, y se había encargado en persona de ejecutar a unos cuantos oficiales de rango inferior que habían creído apropiado ejercitar sus propias iniciativas en su personal interpretación de las órdenes de Barbaden.
A Leto Barbaden no le gustaba que lo malinterpretasen ni esperaba que sus órdenes se cumplieran con nada inferior a la obediencia total. Por lo que Nisato sabía, los años que habían transcurrido desde que Barbaden había cedido el mando no lo habían hecho más blando, por lo que en cuanto recibió la orden de presentarse, dejó a un lado sus investigaciones sobre los Hijos de Salinas y se dirigió al palacio.
Hasta su encuentro con Togandis, Nisato había supuesto que se trataba de algo relacionado con el ataque que la columna de la coronel Kain había sufrido cuando regresaba a la ciudad. La presencia de los Chimera reforzaba esa idea, pero el hecho de que el cardenal se encontrara también allí sugería que se trataba de algo más.
—Lo del antiguo ayudante del gobernador Barbaden ha sido un asunto terrible, ¿verdad?
—¿Cómo dice? —le respondió Nisato, sorprendido por aquella pregunta repentina e inesperada.
—Me refiero a Hanno Merbal. Según tengo entendido, se suicidó de un disparo justo delante de usted.
—Sí, lo hizo —asintió Nisato, quien repentinamente sintió curiosidad.
—Era amigo suyo, ¿verdad? —preguntó Togandis, y Nisato estuvo a punto de echarse a reír ante el intento del cardenal de parecer indiferente.
—Lo era —le confirmó Nisato. Pensó que lo mejor era dar respuestas cortas, que Togandis fuera quien hablase.
—Humm, sí. ¿Tiene alguna idea de por qué haría algo así?
—Dígamelo usted, Shavo. Era su confesor, ¿no?
—Sí, sí que lo era, Daron —le contestó Togandis, cargando de desprecio el uso de su nombre de pila—. Pero estoy seguro de que sabe que el secreto de confesión es una confianza sagrada que no se puede romper.
—¿Ni siquiera con la muerte?
—Mucho menos con la muerte —insistió Togandis—. Los pecados de los confesos se encuentran en manos del Emperador. Lo que sí puedo decirle es que tenía ciertos problemas con, digamos, el sentimiento de culpa.
—¿Por esto? —le preguntó Nisato al mismo tiempo que sacaba la medalla del águila dorada que Hanno Merbal le había enseñado antes de esparcir su cerebro por todo el bar.
Togandis apartó la mirada de la medalla, pero Nisato tenía experiencia suficiente como agente de la ley para reconocer un sentimiento de culpa en cuanto lo veía. Togandis se limpió la frente de nuevo con el pañuelo.
—No… no he pensado en Khaturian desde hace mucho tiempo —replicó Togandis, y Nisato captó la mentira.
—¿Estuvo allí? —le preguntó Nisato, y Togandis casi se encogió.
Nisato ya sabía la respuesta, ya que el cardenal llevaba colgada una medalla idéntica en la pechera de la casulla.
—Sí, estuve allí —confirmó Togandis con voz apresurada—, pero no participé en la batalla.
—Por lo que he oído decir, no hubo mucha batalla.
Togandis no le contestó de inmediato y pensó que iba a hacer caso omiso de la pregunta, pero después de unos instantes el cardenal murmuró algo.
—No, no la hubo, pero…
—Pero ¿qué? —lo presionó Nisato, ansioso por enterarse de todo lo que pudiera de aquella batalla, de la que apenas se hablaba.
Sin embargo, antes de que Togandis pudiera contestar, los llamó una voz muy formal.
—Agente Nisato, cardenal Togandis, el gobernador Barbaden los espera. Síganme, por favor.
Nisato soltó una imprecación silenciosa para sus adentros y se obligó a sí mismo a sonreír cuando apartó la mirada de Togandis y la fijó en la forzada cortesía del rostro de Mersk Eversham.
El rostro de Eversham era estrecho y anguloso, pero su cuerpo, oculto bajo una levita de corte elegante, era sólido como una roca. Nisato había visto combatir a Eversham en numerosas ocasiones, por lo que sabía que era un luchador implacable y feroz, y se preguntó de nuevo cómo era posible que Barbaden lo hubiera convencido de que se licenciase del regimiento. Era una anomalía dentro de los Falcatas, ya que se trataba de un individuo con cultura y buena educación que hubiera podido ascender con facilidad al rango de oficial, pero que había preferido alistarse como soldado raso.
En esos momentos servía a Leto Barbaden como ayudante, asistente, secretario personal y guardaespaldas. Ya hacía mucho tiempo que había sustituido al recientemente fallecido Hanno Merbal. Nisato tenía la certeza de que Eversham iba armado con unas cuantas cuchillas y armas de fuego que mantenía ocultas.
—Mersk —lo saludó Nisato, haciendo una leve inclinación con la cabeza—. ¿Cómo te encuentras?
—Me encuentro bien. Y ahora, si me siguen.
—Por supuesto, por supuesto —farfulló Togandis—. Vamos, Daron. No debemos hacer esperar al gobernador, ¿verdad?
—No, no querríamos que pasara eso.
Captó el leve indicio de una sonrisa engreída en el rostro de Eversham, y tuvo que contener el deseo de borrársela de una bofetada. En vez de eso, siguió al asesino personal de Barbaden y al cardenal mientras un destacamento de soldados de armadura roja formaban alrededor de los tres, con las falcatas relucientes bajo la luz del sol.
El simbolismo era obvio y cargado de significado, pero Nisato ni le prestó atención mientras los escoltaban hacia el palacio, donde recorrieron pasillos sinuosos, subieron estrechas escaleras de caracol y atravesaron estancias vacías y resonantes donde no había fuegos o risas que caldearan el ambiente.
Eversham no ofreció ocasión alguna de entablar conversación, y la extravagante locuacidad de Togandis desapareció ante la austeridad del palacio. Caminaron en silencio hasta que los soldados se detuvieron al extremo de un pasillo con retratos colgados a lo largo de las paredes. Nisato vio al final del mismo la forma encorvada y delgada de Mesira Bardhyl, y notó otra vez el familiar impulso protector que sentía hacia aquella mujer.
Siempre había sido una persona muy nerviosa, y no la habían tratado bien mientras sirvió como psíquica personal de Barbaden.
Los años que habían pasado desde el Día de la Restauración no la habían tratado mucho mejor.
—Por aquí —les indicó Eversham, aunque el camino era de sobras conocido tanto para Nisato como para Togandis.
Siguieron a Eversham por el pasillo. Togandis fingió admirar los retratos de los antiguos coroneles de los Falcatas mientras Nisato se preguntaba qué era lo que el cardenal había estado a punto de decir cuando Eversham lo interrumpió.
Mesira los saludó con una sonrisa tímida y un gesto de asentimiento. Nisato vio las bolsas oscuras que se le habían formado bajo los ojos y el modo en que la piel parecía colgar de su frágil cuerpo. Togandis hizo caso omiso de Mesira de un modo deliberado mientras Eversham llamaba con unos golpes secos a las puertas de madera de ese extremo del pasillo. El asistente de Barbaden esperó lo suficiente como para que le diera tiempo a oír una orden imperiosa antes de abrir de par en par las puertas.
Nisato, Togandis y Mesira siguieron a Eversham y entraron en la estancia, una biblioteca amplia y espaciosa amueblada con mesas largas y estanterías de libros que llegaban desde el suelo hasta el techo.
El gobernador Leto Barbaden se encontraba sentado en la mesa central de la biblioteca.
Era un individuo de estatura elevada, delgado y de cabello oscuro. Aquel cuerpo ascético estaba cubierto con un traje de corte impecable que recordaba la pompa de los uniformes militares debido a los botones de bronce, los pantalones con forro y las botas relucientes, pero era innegablemente civil. En el lado izquierdo del pecho se veía una hilera de pequeños galones de metal de aspecto digno y discreto.
El rostro de Barbaden era hermoso, y tenía el cabello oscuro y pulcramente recortada la barba salpicadas de canas, pero sus ojos conservaban la mirada de un depredador.
A pesar de lo imponente que era la presencia del gobernador, fueron las dos figuras que estaban de pie delante de él las que captaron por completo la atención de Daron Nisato.
—¡Astartes! —exclamó el cardenal con sorpresa.
Ambos vestían unas túnicas de color claro, aunque no se habían subido las capuchas. Los ropajes tenían un aspecto ridículamente pequeño comparados con sus cuerpos potenciados. Ambos les sacaban la cabeza y los hombros a Verena Kain y a los soldados que se encontraban alineados a lo largo de las paredes de la biblioteca. Uno de los marines espaciales era esbelto, si una descripción semejante podía aplicarse a un musculoso gigante de dos metros y medio, mientras que el otro era un guerrero tremendamente fornido al que le faltaba un brazo a partir del codo.
Decir que Daron Nisato se quedó sorprendido por aquella extraña imagen sería quedarse muy corto.
—Ah, Daron, Shavo —los saludó Barbaden con voz extremadamente amable—. Me alegro de que hayáis podido venir.
«Como si tuviéramos elección», pensó Nisato.
—Tenemos unos invitados que insisten en contarnos un relato de lo más fantástico —añadió Barbaden a continuación.
El sol se iba adentrando más y más en el interior de la cueva, lo que había empujado a los sinpiel hasta sus profundidades más oscuras. Los aullidos y las demostraciones amenazantes de su poderío físico no habían detenido su avance, como tampoco lo habían logrado las súplicas o los gemidos de miedo.
El señor de los sinpiel sintió que la rabia que hasta ese momento bullía en su interior se convertía en furia cuando la odiosa luz los cercó en su último refugio. Ya no quedaba dónde ir, no quedaba lugar donde la tribu pudiera esconderse y protegerse del resplandor asesino.
La traición era completa.
Se apretujaron detrás de él, patéticos y temerosos. Sus cuerpos monstruosos y su tremenda fuerza no eran defensa alguna frente a la luz del sol que abrasaría sus cuerpos sin piel. A pesar de lo poco que se habían expuesto a ella, sus cuerpos ya estaban cambiando, ya que las lesiones que habían sufrido se habían extendido y adquirido un color más pálido a medida que lo hacían.
Cuando la luz se hizo más fuerte, el señor de los sinpiel entrecerró los ojos. Empezó a sentir una sensación de constreñimiento en todo su cuerpo, como si lo estuviera envolviendo alguna clase de membrana invisible.
Le picó todo el cuerpo. Se llevó una mano a la cara y vio un extraño brillo blanquecino allá donde la luz del sol lo había tocado. El brazo le había cambiado del rojo y gris de la musculatura al descubierto a un color blanco luminoso.
Desconocía por completo lo que había ocurrido. Lo cierto era que su metabolismo había reaccionado a la repentina y sorprendente presencia de radiación ultravioleta activando la memoria genética de los implantes introducidos a su cuerpo. El órgano en cuestión incorporado a los marines espaciales era el melanocromo, un ingenio biológico diseñado para oscurecer la piel del guerrero y protegerlo de las radiaciones dañinas.
Los diferentes componentes del melanocromo habían sido alterados y acelerados más allá de lo razonable por la horrible naturaleza de su gestación en el interior de las matrices demoníacas de Medrengard, y en esos momentos se encontraban en pleno funcionamiento para crear la única defensa que sus imperativos biológicos instintivos le indicaban: la piel.
El señor de los sinpiel contempló como la membrana blanquecina se extendía todavía más, como fluía igual que un líquido ondulante que le subiera por el brazo hasta cubrirle los dedos, apretándose contra la carne y los huesos de su cuerpo.
Sorprendido, dio un paso adelante y colocó el brazo recién cubierto de piel bajo la luz que invadía la cueva. Sintió un cosquilleo, y la piel se oscureció pasando de un blanco lechoso a un rosado carnoso. Apartó el brazo y se fijó en que esa misma sustancia estaba cubriendo los cuerpos del resto de los miembros de la tribu.
¿Iban a estar completos de nuevo?
El señor de los sinpiel desconocía el motivo de aquel milagro, pero se puso de rodillas de todos modos y le dio las gracias al Emperador, porque ¿de dónde si no iba a proceder aquella maravilla?
Envalentonados por el cambio de su jefe, el resto de la tribu avanzó hacia la luz mientras sus cuerpos relucientes seguían el ejemplo del señor de los sinpiel.
Aullaron y gritaron cuando la luz los tocó, ya que sus cuerpos eran más degenerados que el de su líder y la luz todavía les quemaba. Miraron a su jefe en busca de una explicación, pero él no pudo darles ninguna.
Su cuerpo estaba cambiando, mutando. No sabía cómo ni por qué, pero el Emperador le estaba dando una oportunidad de mejorar, de convertirse en algo más que un simple monstruo. La furia que sentía, algo volátil y feroz, se retiró al interior de su corazón. No desapareció, pero la mantuvo a raya.
El señor de los sinpiel miró a su tribu.
—Esperad. El cambio llega. Lo que me pasa a mí también os pasará, no ahora, pero pronto.
Como si quisiera demostrarles que tenía razón, dio un paso adelante hasta quedar completamente bajo la luz. Los demás aullaron de miedo y angustia, pero él siguió avanzando paso a paso bajo la luz hasta llegar a la boca de la cueva, en la ladera de la montaña.
Sintió que la luz le quemaba la piel, pero era una sensación hecha para disfrutar, no para temer. El recuerdo olvidado de la piel volvió con todo su esplendor. Estar cubierto de piel bajo el calor del sol, ¡y reconocer la sensación en el rostro!
Vio allá abajo las ruinas de la ciudad muerta, con las sombras entrecruzándose en las calles vacías.
Aunque, al mirar mejor, se dio cuenta de que no estaban vacías.
Uriel estaba ante el gobernador de Salinas, y supo que se encontraba en presencia de uno de los individuos más peligrosos que jamás hubiera conocido. Leto Barbaden, un hombre del que sólo había oído fragmentos inconexos de información, un hombre que hasta ese momento había sido un enigma.
Era evidente que al haber estado al mando de todo un regimiento, y en esos momentos de todo un planeta, a Barbaden no se lo debía subestimar, pero Uriel vio la verdad de su ser al mirarlo a los ojos, fríos e inmisericordes.
En su anterior época de soldado, Uriel se había encontrado con toda clase de comandantes, algunos buenos, otros malos, pero en su mayoría eran hombres y mujeres que se esforzaban por tratar de cumplir con su deber y por mantener con vida a sus soldados. Era posible que Barbaden se preocupase de lo primero, pero era evidente que no le importaba lo más mínimo lo segundo.
Una vez los heridos quedaron atendidos en los barracones de las Águilas Aullantes, Uriel y Pasanius se habían embarcado de nuevo en un Chimera y habían atravesado a toda velocidad la ciudad. También habían partido unos cuantos Chimera para actuar como señuelos, pero en esta ocasión ese tipo de precauciones fue innecesario.
Habían visto muy poco de la ciudad en el trayecto, apenas poco más que unos destellos de ladrillo y de metal a través de las rendijas de visión. Uriel había tratado de memorizar el trayecto, pero no había tardado en abandonar tras un nuevo giro que lo llenó de confusión. Luego se habían detenido y puesto en marcha unas cuantas veces, sin duda debido al paso por alguna clase de puesto de control, y por último habían abandonado el transporte en un patio grande situado a los pies del palacio imperial.
El edificio era todavía más impresionante de cerca de lo que parecía a primera vista, ya que sus defensas y su armamento eran equiparables a los de muchas de las fortalezas de la periferia de Ultramar. La coronel Kain los había conducido a un grupo de barracones erigidos en la base del palacio, siempre acompañados por un destacamento de los soldados de armadura roja.
Los había recibido un individuo vestido con un largo abrigo negro, un hombre en quien Uriel captó los movimientos fluidos y los gestos ágiles de un asesino entrenado. Se lo presentaron como Eversham, el asistente personal del gobernador Barbaden. Uriel y Pasanius intercambiaron una mirada, y el antiguo capitán se sintió aliviado al ver que su amigo también había visto más allá de la falsa imagen del simple funcionario que fingía ser Eversham.
Les proporcionaron ropas limpias, y Uriel se quitó, agradecido, los restos de su armadura rota. Pasanius se había mostrado menos entusiasmado al respecto, y no había ocultado su reticencia a separarse de ella. Luego le había tocado a Uriel mostrarse reacio cuando un soldado se acercó para hacerse cargo de su espada de empuñadura dorada.
—Es un regalo de honor que me hizo un capitán de los Ultramarines —le advirtió Uriel.
—No tema por su equipo de combate —lo tranquilizó Eversham—. Lo llevaremos a la Galería de Antigüedades. Las armas y las armaduras como las suyas no le son desconocidas al conservador Urbican.
Era evidente que no había discusión posible respecto a aquello, por lo que una escuadra de soldados sudorosos se llevó todo su equipo de combate. Los dos, todavía bajo vigilancia armada, habían pasado por el bloque de abluciones para eliminar toda la suciedad que habían acumulado durante su paso por Medrengard, aunque Uriel dudó mucho de que un simple chorro de agua caliente lograra algo así.
Una vez tuvieron limpio el cuerpo, les entregaron unas túnicas sencillas que habían arreglado de forma apresurada para que pudieran ser utilizadas en sus cuerpos descomunales. Cuando consideraron que estaban en condiciones presentables para que los recibiera el gobernador, Eversham y la coronel Kain, que también se había cambiado y llevaba un uniforme limpio, los escoltaron a través del palacio, un lugar sombrío con pasillos de paredes revestidas de paneles de madera y escaso mobiliario, en el que apenas se veían objetos de decoración o nada que se pareciera a un cierto estilo que mostrara la personalidad del inquilino principal.
Aquél era un detalle revelador, ya que Uriel se había dado cuenta con el paso del tiempo de que en la mayoría de la gente era algo muy común el deseo de dejar su impronta en un planeta para hacer evidente su paso por allí y demostrar que habían sido importantes.
Uriel no vio nada parecido a aquello en las lúgubres estancias del palacio, y se preguntó qué indicaba sobre la mentalidad del individuo que consideraba aquel sitio como su hogar.
Finalmente habían atravesado un pasillo con las paredes cubiertas de retratos hasta llegar a una biblioteca de gran tamaño y bien provista de libros, en la que se encontraban una veintena de soldados que montaban guardia en el perímetro de la estancia. Sentado delante de un fuego rugiente estaba un hombre de cabello negro salpicado de canas. Tenía un porte rígido pero sin pomposidad alguna, y estaba tomando una bebida de color pardo rojizo en una copa redonda.
Eversham les dijo que tenía que marcharse a recoger a otros recién llegados, y Uriel y Pasanius se quedaron en compañía de Leto Barbaden y Verena Kain.
Kain se había colocado sin que nadie se lo dijera al lado de los soldados que estaban alineados en las paredes, y Barbaden los observó durante un largo momento con una mirada cargada de frialdad antes de ponerse en pie y dejar la copa en la mesa.
—Soy Leto Barbaden, comandante imperial de Salinas —se presentó—. ¿Quiénes sois?
—Soy el capitán Uriel Ventris, y él es el sargento Pasanius Lysane —le contestó Uriel.
—¿Es que él no puede hablar por sí mismo? ¿Ha perdido la capacidad de hablar? —quiso saber Barbaden.
—Puedo hablar cuando quiera —le contestó Pasanius.
—Pues entonces, hágalo —le sugirió Barbaden—. No deje nunca que los demás hablen por usted, sargento.
Uriel se sintió sorprendido y un tanto molesto por el tono de voz del gobernador, ya que, al igual que había hecho Kain, él tampoco mostraba el asombro o el temor reverencial que solía ser común en la gente ante la presencia de los Adeptus Astartes. De hecho, sus modales y su lenguaje corporal indicaban una hostilidad absoluta.
—Dice que es usted capitán, Uriel Ventris —continuó diciendo Barbaden mientras se sentaba en el borde de la mesa—. Capitán, ¿de qué capítulo?
—Formamos parte de los orgullosos guerreros de Ultramar. La Cuarta compañía: los Defensores de Ultramar.
—Por favor, capitán, deme respuestas concisas cuando le haga una pregunta. Detesto la locuacidad.
Uriel se irritó, pero notó que Pasanius esperaba de él que se mantuviera tranquilo, por lo que se esforzó por calmar su creciente cólera.
—Como desee, gobernador.
—Excelente —contestó Barbaden con una sonrisa—. Salinas es un mundo sencillo, y me gustaría que se mantuviese así. Procuro que todo sea sencillo, porque cuando una estructura se hace compleja, tiene más probabilidades de que algo salga mal. ¿Lo entiende?
Uriel creyó que se trataba de una pregunta retórica, por lo que no contestó.
—También me gusta que me contesten a las preguntas que hago, capitán. No pierdo el tiempo haciendo preguntas de las que ya conozco la respuesta.
—Sí, lo entiendo —replicó Uriel.
—Bien. —Barbaden parecía no darse cuenta de la creciente cólera de Uriel—. Es cierto que Salinas no es un planeta que carezca de problemas, pero ninguno de ellos es lo bastante importante como para que deba preocuparme demasiado. Sin embargo, que dos astartes aparezcan en mi planeta sin ninguna clase de aviso previo lo considero algo complejo que podría desestabilizar de un modo peligroso el funcionamiento de este mundo.
—Gobernador Barbaden, le aseguro que eso es lo último que querríamos que ocurriese. Lo único que queremos es regresar a Macragge.
Barbaden hizo un gesto de asentimiento.
—Ya veo. ¿Es ése su planeta natal?
—Sí.
—Como ya he dicho antes, capitán Ventris, me disgustan las complejidades. Añaden a la vida unas variables al azar que yo detesto. En general, confiamos en los finales predecibles para facilitar nuestro paso por la vida. Los hechos conocidos y los elementos predecibles son los cimientos sobre los que se construyen todas las cosas, y si trastocamos eso, bueno, pues se produce el caos.
—Por supuesto, gobernador… —empezó a decir Uriel.
—No he terminado de hablar —lo cortó Barbaden con sequedad—. A mí me da la impresión de que su presencia aquí es una de esas variables al azar y que lo mejor sería que simplemente me librara de ustedes.
El gobernador chasqueó los dedos y, de repente, todos los soldados que se encontraban alineados a lo largo de las paredes de la estancia alzaron sus rifles y apuntaron a Uriel y a Pasanius.
Uriel era incapaz de creerse lo que estaba viendo y oyendo. ¿Es que aquel individuo los iba a matar así, sin más? Calculó con rapidez el número y el tipo de armas que los apuntaban y las posibilidades de supervivencia. Ni siquiera la legendaria constitución física de un marine espacial sería capaz de resistir una andanada bien dirigida de aquellos soldados.
—Llegan a mi mundo sin aviso y sin pedir permiso —continuó Barbaden, apretando los dientes—. Entran en terreno prohibido, ¿y esperan que los trate como invitados de honor? ¿Por qué clase de idiota me toman?
—Gobernador Barbaden, le juro por el honor de mi capítulo que somos siervos del Emperador. Si me lo permite, le explicaré cómo hemos llegado a su planeta.
—Las explicaciones no son más que excusas. Quiero la verdad, y ahora mismo.
Uriel vio que a los ojos de Barbaden asomaba un arrebato de furia, pero observó que no pasaba de allí al resto de su cuerpo.
La furia del gobernador era algo perfectamente controlado, algo frío y que se apoyaba en su lógica interna, lo que le hacía ser más peligroso todavía, ya que no se veía afectada por otras emociones.
Barbaden podía destruirlos con un solo gesto y sin sentir arrepentimiento alguno. Uriel se descubrió pensando en la ironía que supondría haber sobrevivido a todo lo que el Ojo del Terror había lanzado contra ellos para acabar muerto a manos de un servidor del Emperador.
—Por supuesto —contestó Uriel, aunque la voz se le endureció ante aquel trato tan grosero—. Le contaremos toda la verdad respecto a nuestra llegada, y quizá entonces seamos capaces de llegar a un acuerdo por el cual nos podamos marchar.
—Eso está por ver, pero lo tendré en cuenta una vez haya oído lo que tienen que contarme.
Uriel se limitó a asentir, ya que no estaba dispuesto a ofrecerle a Barbaden nada que se pareciera ni remotamente a un agradecimiento.
—Gobernador, le advierto que se trata de un relato que parece imposible. Puede que haya partes que le cueste creer, pero le juro por mi honor que todo es verdad.
Sin embargo, antes de que Uriel pudiera empezar se oyó una llamada en la puerta.
—¡Adelante! —respondió Barbaden.
La puerta se abrió y Eversham volvió a entrar en la biblioteca por delante de otras tres personas.
Los recién llegados eran dos hombres y una mujer. Uno de los hombres era de estatura elevada, con un atractivo rudo. Tenía la piel tan oscura como la pesada armadura negra que ceñía su cuerpo. Uriel llegó a la conclusión de que debía tratarse de alguna clase de agente local de la ley.
El otro era un individuo grotescamente gordo, hasta el punto de la obesidad, una masa de carne cubierta de la cabeza a los pies con unas vestiduras escarlata y plateadas decoradas de un modo profuso. Uriel supuso que se trataba de un miembro de rango superior de la Eclesiarquía, quizá un cardenal. El individuo no hacía más que secarse la frente brillante por el sudor con un pañuelo ya empapado. Uriel percibió el olor rancio que emitían sus incansables poros.
El tercer miembro del grupo era una mujer delgada de aspecto agotado, un rostro de rasgos preocupados y un comportamiento nervioso. Uriel captó el olor de su miedo incluso por encima del olor del cardenal.
Ninguno de los tres ocultó su sorpresa al verlos a él y a Pasanius.
—Astartes —musitó el hombre gordo.
—Ah, Daron, Shavo —los saludó Barbaden—. Me alegro de que hayáis podido venir. Tenemos unos invitados que insisten en contarnos un relato de lo más fantástico.