
Uriel observó cómo las abrasadoras llamas engullían las posiciones artilleras. Sus defensas habían sido planificadas esperando tener que enfrentarse a un ejército convencional, uno que lucharía con tácticas lógicas y que reaccionaría ante los cambios de las circunstancias de formas predecibles. Eso había sido un error, las fuerzas de los Poderes Siniestros eran todo menos predecibles, pues su propia existencia derivaba de los flujos del caos en el immaterium.
Iluminados por los fuegos de los tanques ardiendo y los estroboscópicos destellos de los relámpagos, los soldados de los Nacidos de la Sangre cargaron por las pendientes de la garganta hacia los defensores imperiales. Uriel había esperado una masa de guerreros poco preparados y sin disciplina, pero en ese momento supo que eran soldados bien entrenados, no simples asesinos. Un grupo avanzaba mientras otro los apoyaba con fuego de armas automáticas.
Los tanques chocaron contra las barricadas y abrieron fuego sobre las posiciones de las fuerzas auxiliares con sus cañones principales, aprovechando los compensadores de inercia para evitar el retroceso. Una onda de explosiones detonó entre las filas de los defensores. Un intenso fuego respondió a la carga de los Nacidos de la Sangre, pero era descoordinado y sin convicción. La desesperación que les roía el alma conjurada por la magia disforme del enemigo y la lluvia negra que seguía cayendo mantenía a muchos paralizados, y sólo lentamente iban soltándose esas garras que les oprimían el corazón.
Uriel tuvo que reconocer que las tropas auxiliares estaban recuperando su coordinación y valor con más celeridad que la mayor parte de los mortales afligidos por esa hechicería, pero también sabía que eso no representaría ninguna diferencia si no actuaba rápidamente.
—¡Ultramarines! —ordenó Uriel lo más erguido que podía sobre la cúpula del Rhino—. Adelante. Avance general. Formación Gladius.
Su Rhino se apartó de su posición protegida y aceleró el motor, levantando grumos de tierra y salpicaduras de agua negra cuando sus orugas trataron de ganar adherencia en el terreno empapado. El vehículo avanzó, siguiendo un camino veloz entre los árboles, en dirección a la primera línea de batalla. Uriel había esperado poder mantener a sus guerreros en reserva el tiempo suficiente para adivinar los puntos débiles del ataque y partir el avance enemigo, pero las circunstancias se estaban precipitando.
Los Rhinos de la Cuarta Compañía se colocaron en posición detrás del suyo, la hoja del gladius, con dos Land Raiders formando los aguilones y los Thunderstrikes de la compañía, la empuñadura. Uriel aferró los disparadores de la empuñadura del bólter de asalto y dejó que los mecanismos de su nuevo ojo biónico se conectaran con los espíritus del vehículo.
—Un trabajo excepcional, magos —dijo Uriel cuando la retícula de la diana apareció en el centro de su visión. Los mecanismos internos del ojo compensaban el movimiento del tanque y las pobres condiciones de luz. Apretó el gatillo apuntando el arma a un grupo de enemigos que corrían en busca de cobertura en un templo. Dos ráfagas acabaron con ellos, y giró el arma para buscar otro grupo. Guiado por su retícula, otra ráfaga bien dirigida mató a otros seis guerreros del adversario.
Los soldados de las fuerzas auxiliares empezaron a luchar con fervor justo en el momento adecuado; el enemigo casi había llegado a sus posiciones. Los disparos centelleaban en todas direcciones, en desesperadas ráfagas, partiendo árboles y agujereando los sacos terreros. Los Nacidos de la Sangre eran un ejército de monstruos, con máscaras de hierro y bronce forjadas con formas de aullantes horrores demoníacos. Los que no tenían cascos se habían desfigurado los rasgos con cuchillos y garras, obteniendo caras grotescas que eran aún peores que las máscaras.
No había dos iguales, pero, luchaban como un todo cohesionado. Estaban bien dirigidos y se habían entrenado para ese tipo de combate. Uriel disparó su bólter de asalto sobre un grupo de enemigos que avanzaba en zigzag, acabando con ellos con una sola presión del gatillo. Su Rhino se detuvo a la sombra de un hangar para tanques vacío.
Saltó del Rhino, y cerró la escotilla detrás de él mientas las puertas blindadas de los laterales del vehículo se abrían. Petronius Nero fue el primero en salir, seguido del Anciano Peleus, que inmediatamente extendió el estandarte de la Cuarta Compañía. Los Espadas de Calth desembarcaron del Rhino con rapidez y eficacia, y Uriel los condujo hacia la barricada más próxima, donde examinó el devenir de la batalla.
Era consciente de la localización exacta de cada uno de sus guerreros, sus ángulos de disparo y la posición de las fuerzas enemigas dentro de su alcance. La información que se mostraba en su nuevo ojo era filtrada a través de su mente potenciada para proporcionarle la apreciación táctica más precisa imaginable. En segundos había trazado todas las líneas de combate.
—Sargento Aktis, fuego de supresión sobre los templos de carretera en ruinas hacia el este, el enemigo tiene armas pesadas emplazadas allí. Nestor y Theron, defended las barricadas situadas delante de vosotros y seguid disparando contra esos bosques. Pasanius, presiona hacia delante por la izquierda. Hay Nacidos de la Sangre reuniéndose en las ruinas delante de ti. Expúlsalos de allí y presiona hacia el este para obligarlos a cruzar por delante de las líneas de tiro de Aktis. El resto de las escuadras deben apoyar a los auxiliares y estar preparados para cerrar cualquier brecha en la línea. —Uriel cambió de red de comunicaciones—. Land Raiders Artemis y Capitalinus, hagan caso omiso de la infantería. Apunten a los tanques de batalla enemigos. Divídanlos por la mitad.
—¿Y qué hay nosotros? —quiso saber Brutus Cyprian, golpeando con el dedo el símbolo de los Ultramarines en el lado de su bólter—. ¿No vamos a participar?
—Todo lo contrario, Cyprian —dijo Uriel, arriesgándose a mirar la parte superior de la barricada mientras una serie de balas perdidas levantaban chispas del metal.
Las atronadoras andanadas barrían las laderas y los misiles explotaban entre los ennegrecidos tocones de madera. Uriel vio a Pasanius y al capellán Clausel encabezando a sus guerreros en medio de una tormenta de disparos en dirección a las ruinas que protegían a un pelotón de unos cincuenta Nacidos de la Sangre.
—Se acercan blindados —dijo Livius Hadrianus, y se colocó el rifle de fusión a la altura del hombro.
Varios tanques enemigos, unos cacharros de mecánica casi improvisada que perdían aceite y con cubiertas de pinchos de hierro, avanzaban por el suelo destrozado de la ladera, tratando de apuntar a las posiciones de los Ultramarines con sus cañones.
—Olvídalos —dijo Uriel, viendo la masa de soldados de los Nacidos de la Sangre que avanzaban junto a los tanques—. Nos encargaremos de la infantería.
Desviados de su trayectoria original por los disparos de las escuadras tácticas de Nestor y Theron, los Nacidos de la Sangre trataban de avanzar al abrigo de la protección de sus blindados. Fue un tremendo error.
Uriel observó que el corrupto Leman Russ explotaba cuando un achicharrador rayo láser atravesó su torreta y destrozó las armas de sus costados. Una docena de los Nacidos de la Sangre cayeron a causa de la metralla, y el suelo tembló cuando los dos Land Raiders de los Ultramarines atravesaron los huecos en las defensas destruidas por el duelo artillero con el objetivo de atacar a los tanques enemigos. Se intercambiaron unos atronadores torrentes de proyectiles entre ellos, pero el blindaje de los Land Raiders era a prueba de casi cualquier impacto.
—Ahora —gritó Uriel—. ¡Espadas de Calth! ¡Seguidme!
Uriel saltó por encima de la barricada y avanzó con la espada cobrando vida y siseando bajo la lluvia negra. El suelo bajo sus pies era fangoso y resbaladizo, pero con los nuevos sistemas incorporados en su ojo comprobó que podía mantener el equilibrio tan fácilmente como si estuviera marchando en un desfile. Los disparos de bólter de asalto procedentes de los Rhinos silbaron por encima de su cabeza, realizando fuego de supresión sobre el enemigo.
La lluvia lo convertía todo en sombras iluminadas por los destellos estroboscópicos de los disparos y de las explosiones. Los tanques ardiendo y los destellos de las detonaciones de los misiles iluminaban aquel atardecer antinatural, pero los sentidos de los marines espaciales podían fácilmente orientarse en ese infierno. Los proyectiles bólter acabaron con cuatro Nacidos de la Sangre que abandonaron un tanque en llamas. Una ardiente lengua de fuego engulló la parte posterior de la jauría. Tal vez unos veinte de ellos sobrevivieron para lanzarse contra los Ultramarines.
Visto desde lejos, las tropas de los Nacidos de la Sangre parecían perversiones de soldados, pero de cerca eran mucho, mucho, peor. Apestaban a sudor, sus raídos uniformes estaban rígidos por los excrementos, como si deliberadamente trataran de hacerse lo más repugnantes posible. Pero por muy desagradables que fueran sus Máscaras y sus uniformes cubiertos de porquería, eran mortíferos. La advertencia de la Inquisidora Suzaku le había llevado a pensar en lo peor que los Poderes Siniestros eran capaces de enviarles, pero esos guerreros eran frágiles. Cuando llegaran los demonios no tenía duda alguna de que la cosa sería completamente distinta.
Un guerrero con una máscara demoníaca se lanzó contra Uriel. Una bayoneta aserrada lo golpeó, pero Uriel bloqueó el ataque con facilidad, y giró la muñeca para hundir la espada en la garganta del hombre. Luego se agachó y cercenó con su arma las piernas de otro, y después se volvió a levantar para golpear a un tercero con el puño.
Los enemigos los rodeaban, pero los Espadas de Calth luchaban formando una cuña que penetraba en las filas enemigas. Su presencia era como un imán, que atraía a más aullantes asesinos con cada movimiento.
—¡Son muchos! —gritó Livius Hadrianus.
—¡Así podremos matar a más! —replicó Brutus Cyprian, al tiempo que aplastaba la cara de un Nacido de la Sangre con la culata de la pistola.
—Y aún vendrán más —respondió Hadrianus.
—Deben tener la promesa de una recompensa por cada uno de nosotros —dijo Uriel.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Petronius Nero ensartando a los Nacidos de la Sangre con gráciles golpes de su espada. Mientras que Nero era un artista, Cyprian y Hadrianus luchaban sin finura alguna y abatían al enemigo con golpes demoledores, con tajos salvajes de las espadas sierra y disparos a bocajarro.
—Porque es lo que yo habría hecho si fuera su comandante —respondió Uriel a las últimas palabras que Clausel le había dirigido.
Selenus luchaba junto a Uriel, disparando ráfagas cortas de pistola para apoyar al resto de la escuadra. Los Espadas de Calth se movían como un solo organismo, avanzando y matando todo lo que encontraban a su paso con torva eficiencia. Uriel perdió la cuenta de cuántos enemigos había matado. Su espada estaba ensangrentada desde los aguilones hasta la punta. La línea había resistido, y los Nacidos de la Sangre estaban lanzándose a su propia destrucción contra los guerreros de Uriel.
Varios potentes detonaciones resonaron por todos los confines de la caverna cuando los vehículos enemigos explotaron tras ser cuidadosamente seleccionados por los devastadores de Aktis o los poderosos cañones de los Land Raiders. Unos vientos cálidos soplaban por la espelunca, apestando a metal quemado y carne cocida. El espeso humo dificultaba ver lo que sucedía. La suerte del enfrentamiento estaba cambiando, y Uriel sintió que la voluntad de los Nacidos de la Sangre de lanzarse contra los dientes de los Ultramarines se estaba mermando a cada segundo que pasaba.
—¡Anciano! —gritó—. ¡Levanta bien alto el estandarte!
Peleus asintió y enfundó la pistola para levantar el estandarte de la compañía bien alto con ayuda de ambas manos para que todos los defensores pudieran verlo. Incluso en medio de la lluvia negra, el estandarte de la Cuarta Compañía captó la luz de los fuegos y una gran ovación surgió de las garganta de las fuerzas auxiliares en cuanto lo vieron. En un instante de calma entre muertes, Uriel miró atrás, reconfortado al ver que las filas de soldados mortales volvían a ocupar sus posiciones y que estaban disparando al enemigo con su habitual diligencia.
Una gigantesca bola de fuego surgió de las ruinas situadas al este. Uriel vio cuerpos ardiendo cayendo desde las destruidas torres y almenas. Por encima de él, en una ladera, los Nacidos de la Sangre estaban retrocediendo desde los bosques hacia la carretera. Detrás de ellos, Pasanius, Clausel y los miembros de su escuadra ocuparon posiciones de tiro en el lindero del bosque y empezaron a acabar con ellos con disparos certeros. No era que quedaran demasiados. Los guerreros de Pasanius habían expulsado a los Nacidos de la Sangre hacia los sectores de Theron y Nestor, y el demoledor fuego por el flanco había dejado a muy pocos con vida.
—¡El enemigo se retira! —gritó Nero.
—¿Los perseguimos? —preguntó Hadrianus, ansioso de dar rienda suelta a su furia.
Uriel realmente deseaba acabar con el enemigo, para aprovechar esa oportunidad y expulsarlo de Calth de una vez por todas, pero perseguir alocadamente al enemigo no era una cosa que el Codex Astartes aprobara. En cualquier caso, la pregunta quedó resuelta por lo que surgió de la tosca muralla que habían construido en el extremo de la Garganta de los Cuatro Valles.
Era una hueste de ingenios cibernéticos mecanizados armados con rugientes espadas sierra y armas de gran calibre, y protegidos por gruesas placas de blindaje. Los horripilantes aullidos de código corrupto salían vomitados de unos toscos emisores fijados a sus pechos y cabezas. Se movían como ruidosos insectos sobre múltiples extremidades. Eran una horrible mezcla de componentes orgánicos y mecánicos animada por la voluntad demoníaca para convertirse en infernales armas vivientes.
Ésa era la amenaza demoníaca de la que Suzaku le había advertido.
Como una plaga de langostas, se dirigieron a miles hacia los Ultramarines.
Honsou bajó las barras del arnés de seguridad y las aseguró en su lugar con un duro chasquido de metal contra metal. Le disgustaba estar tan confinado, especialmente cuando Cadaras Grendel todavía no había bajado su arnés, pero él era el líder, y un líder debía liderar. A su alrededor, los Guerreros de Hierro siguieron su ejemplo, y en pocos instantes cuarenta de sus mejores guerreros estaban formados a su alrededor. No le gustaba la idea de ir a la batalla de esa forma, confinado en un largo tubo de metal, pero suponía que eso no era muy distinto a un torpedo de abordaje o las naves de asalto Dreadclaw. Y los Guerreros de Hierro no estaban solos, ya que los Bailarines de las Espadas de Xiomagra también estaban presentes en esa misión.
Grendel y el ingénito ocuparon sus posiciones frente a él. Honsou hizo una señal con la cabeza a su teniente y su campeón mientras éstos se aseguraban. Grendel no llevaba su casco, y su desfigurada cara lo miró desde el otro lado del compartimento.
—No me gusta esto —dijo mirando los Bailarines de las Espadas—. Ya es suficientemente malo que seamos los chicos de los recados de M’kar, pero ¿tenemos que llevar a esos afeminados con nosotros?
Honsou se inclinó hacia delante.
—Diles eso a la cara. Te reto a que lo hagas.
Grendel no dijo nada, recordando la humillación que había sufrido a manos de Xiomagra. Lo cierto era que Honsou tampoco estaba contento con la idea de que se les sumaran, pero había suficiente espacio para ellos, y era muy probable que unas espadas adicionales fueran de gran utilidad.
Los Bailarines de las Espadas se sentaron en silencio en la parte posterior del compartimento, con las cabezas inclinadas y sus largas espadas sujetas, con la punta hacia abajo, delante de ellos. Honsou pensó que parecía peligroso, dadas las vibraciones que les esperaban en su viaje, pero sonrió ante la idea de que uno de los guerreros de Xiomagra se cortara la cabeza por accidente. Mantendría los ojos fijos en ellos por si eso sucedía.
Meneó la cabeza y devolvió su atención al frente cuando el ingénito le habló.
—Estoy de acuerdo con Grendel, pero no porque no me fíe de los Bailarines de las Espadas.
—Ah, entonces, ¿por qué? —quiso saber Honsou.
—Me parece... mal abandonar el campo de batalla de esta forma. Dejar la lucha cuando el resultado aún no está decidido.
—Ahí está de nuevo el ultramarine que hay en ti —se rió Grendel.
—El resultado final no importa —dijo Honsou—. Nunca ha importado. Ya no, en cualquier caso.
—¿De qué estás hablando? —quiso saber Grendel mientras el creciente rugido de los motores del vehículo y los generadores de potencia se activaba—. Pensaba que dijiste que esta misión era secundaria.
—Os mentí —le contestó Honsou—. Es necesario que se lleve a cabo, y cuanto antes mejor. Mientras la atención de los Ultramarines está centrada en la garganta, nosotros podemos estar en cualquier otro lugar.
—¿Y sabes dónde está el templo? —le preguntó Grendel al ingénito.
—Lo sé —le contestó éste —. En una cueva de dragones. Los muros están cubiertos de murales y mosaicos de ellos. Son toscos, como dibujos realizados por niños. Existe un muro de roca y un camino secreto que conduce a una caverna oculta que hay más allá. Nadie sabe que está allí, al menos ya no.
—¿Y así es como vamos a encontrarlo? —bufó Grendel con sorna—. No son unas coordenadas muy exactas, la verdad...
—Son lo suficientemente precisas —dijo Honsou—. Perforaremos las cavernas por debajo y proseguiremos a partir de ahí. Veamos qué nos depara el destino.
—Magnífico —le espetó Grendel—. Y yo que me preocupaba porque no tuvieras un plan.
—Yo siempre tengo un plan —sonrió Honsou.
Con un estruendo de engranajes engrasados y el aullante chillido de los sistemas hidráulicos, la parte posterior del compartimento empezó a elevarse y las luces rojas se iluminaron. Honsou notó la familiar emoción de ir a una misión en la que las probabilidades de éxito estaban en su contra. Los agudos chirridos de los perforadores y los láseres mordiendo la roca resonaron por todo el compartimento de las tropas cuando la máquina de guerra excavadora empezó a atravesar la roca de Calth.
—Sin duda Obax Zakayo habría dicho que esta misión era temeraria —gritó Honsou cuando el compartimento tembló violentamente por la fuerza del descenso.
—Y habría tenido razón —afirmó Grendel.
—Sí, es posible —replicó Honsou—. Pero sienta bien el intentarlo.
La holoesfera se iluminó con las indicaciones de los movimientos del enemigo y la disposición de las tropas mientras el magos Locard procesaba los miles de datos que recibía de la miríada de augurios y equipos de vigilancia de que disponía a través de las superficies del Lex Tredecim. Un Capitol Imperialis era una vasta red con capacidades de mando y control, pero uno construido por el Adeptus Mechanicum era mucho más que eso.
Equipado con máquinas diseñadas para detectar elementos, longitudes de onda y fenómenos físicos hasta un punto increíble, la información de sus sensores habría desbordado a los estrategas mortales y a sus ayudantes militares. Treinta servidores multifunción se movían por el puente de mando del Lex Tredecim, reuniendo información y subiéndola directamente a la holoesfera.
En esos momentos estaba siguiendo los movimientos de un millar de corrompidos pretorianos que estaban surgiendo de la improvisada muralla que habían erigido los Guerreros de Hierro. Aunque muchas de las emociones que los mortales daban por sentado habían sido sustituidas por facultades lógicas muy superiores, Locard sintió una profunda y amarga aversión por el magos corrupto que había pervertido de esa forma esos perfectos especímenes del Omnissiah.
Tan sólo un minúsculo fragmento del antaño poderoso fuego del Dios Máquina brillaba todavía en esas abortadas pesadillas. Un parásito movía sus músculos tejidos con fibras y animaba sus mecanizados armazones. Lo que antaño había sido bello y magnífico por su lógica distribución ahora no era más que una aberración a la que odiar y, lo más importante, a la que había que destruir.
Locard abrió una línea de comunicación con el comandante Trejo, líder de la hueste de skitarii. Situados al oeste de la entrada principal de la garganta, estaban situados en la posición ideal para contraatacar.
—Comandante Trejo, ¿está viendo eso?
—Lo veo, magos —gruñó Trejo. Su acento de la parte inferior de una colmena todavía era discernible a pesar de la gran cantidad de cirugía potenciadora que había sufrido su mandíbula—. Déjenos actuar, se lo suplico.
—Considérese libre de hacerlo —dijo. No era necesario aclarar contra qué fuerza. El odio del Adeptus Mechanicum hacia esas máquinas corruptas no era menos intenso para sus sirvientes—. Sirvan a la voluntad del Omnissiah.
—Comprendido. Trejo fuera.
En cuanto la comunicación se cortó todos los iconos dorados que representaban la hueste skitarii se movieron hacia el este, acompañados por sus servidores de combate. Los Ultramarines ya estaban trabados con las máquinas enemigas, y por mucho que deseara ver destruidas esas corruptas máquinas, era más adecuado que las inutilizaran los verdaderos servidores del Dios Máquina.
Y no existía nadie más idóneo para esa justa venganza que Trejo.
Un icono de advertencia centelleó en la holoesfera. Se trataba de un detector de temblores sísmicos, y Locard movió una mano táctil sobre la pantalla, llevando a primer plano las lecturas. Unas descargas de energía regulares atravesaban la roca. Eso, por sí mismo, no era nada inusual, especialmente en un planeta tan lleno de cavernas y túneles, pero esas lecturas eran demasiado regulares y demasiado artificiales para tratarse de un movimiento general como el que podría haberse esperado durante el curso de una batalla.
Con movimientos veloces refinó los parámetros de búsqueda de los detectores sísmicos, filtrando los movimientos locales de las placas tectónicas y los impactos de la artillería pesada. Cinco rastros estaban moviéndose por el interior de un túnel en el extremo más alejado de la garganta. Sólo podía existir una explicación para esas señales tan específicas.
—Identificar —dijo realizando una serie de análisis de rastros y vibraciones por medio de las máquinas lógicas del Lex Tredecim—. Refinar a un margen de error no superior al diez por ciento.
Como había sospechado, la respuesta no tardó en llegar, los rastros eran tan específicos e inconfundibles que no habría necesitado realmente los cogitadores para deducir qué estaba viendo.
Una nueva pantalla se abrió en la holoesfera, mostrando una brillante imagen que rotaba lentamente en tres dimensiones. Largo y cilíndrico, cubierto de ganchos y pinchos en toda su longitud, como un salvaje depredador submarino con un pico cónico.
Hizo desaparecer la pantalla con un chasquido y activó una fantasmagórica representación topográfica de la Garganta de los Cuatro Valles. Las unidades de las fuerzas auxiliares estaban marcadas en blanco, los Ultramarines en azul y las fuerzas del Adeptus Mechanicum en dorado. Locard había asignado a la Guardia del Cuervo iconos verdes, pero por razones que no podía comprender, no aparecían en la holoesfera. Curiosamente, el único icono plateado, que representaba a la inquisidora Suzaku, estaba moviéndose desde Castra Meridem hacia la línea del frente.
El rastro sísmico estaba moviéndose hacia lo más profundo del lecho rocoso del planeta, pero Locard sabía que eso no duraría mucho tiempo. Sus dedos bailaron por el aire mientras introducía numerosos escenarios posibles para su ruta de movimiento según la densidad de las rocas de la Garganta de los Cuatro Valles.
—Proyectar posibles puntos de emergencia basándose en la trayectoria actual —siseó—. Interrogante: ¿Por dónde van a salir a la superficie?
Una luz parpadeante iluminaba el horror de las máquinas de la muerte, las escalofriantes máscaras de los pretorianos poseídos por demonios y lo horripilante de su carne mutada. Componentes orgánicos y artificiales se unían en una grotesca fusión que recordaba a Uriel las heridas gangrenosas.
El diluvio negro no dejaba de caer, y el suelo se había convertido en un barrizal a través del cual cada paso representaba un gran esfuerzo. Cientos de cuerpos yacían en charcas de lluvia aceitosa y sanguinolenta. Los truenos resonaban por encima de sus cabezas y la visibilidad se limitaba a un centenar de metros o menos. Unas formas trastabillantes se movían entre las sombras, cazando grupos de servidores armados con bastones aturdidores y cortadores electrificados que crepitaban y burbujeaban con la lluvia. Otros disparaban repiqueteantes armas similares a máquinas de remaches energizadas, mientras otras más estaban equipadas con ardientes armas láser que disparaban irregulares explosiones de brutal energía.
Las máquinas demonio acechaban las ruinas y los bosques quemados de la Garganta de los Cuatro Valles, pasando de una cobertura a otra mientas avanzaban hacia las líneas imperiales. Cientos de ellas cubrían el terreno fangoso, sus cuerpos blindados machacados por los proyectiles de artillería que caían peligrosamente cerca de las líneas imperiales, pero centenares más seguían acercándose como una marea demencial.
Los Rhinos vomitaban proyectiles bólter hacia el enemigo, y los dos Land Raiders seguían luchando a pesar de los graves daños sufridos. Sus superficies blindadas estaban abolladas y quemadas, Artemis tenía una oruga dañada, y Capitalinus había perdido una de sus barquillas laterales. Ambos seguían luchando con el enemigo, pero sus reservas de munición y energía estaban peligrosamente bajas. Las demoníacas máquinas chocaron contra la línea de los Ultramarines en medio de una tormenta de espadas y aberrantes máquinas. Explosiones, disparos y aullidos mecanizados ansiando sangre se mezclaron con un terrible y profundo grito de odio eterno.
Uriel atravesó con su espada la poca carne que quedaba en un corrupto servidor de combate, haciendo manar un hediondo icor que apestaba a aceite de motor y a sangre infectada. La máquina chirrió con un crepitante estallido de dolor y cayó al suelo con sus abotargadas extremidades. Una explosión y un discordante estallido de estática en la línea de Ultramarines indicó la muerte de otra máquina. Uriel no necesitaba ver los iconos de situación en el borde de su visión para saber que los Ultramarines también estaban muriendo.
Los Espadas de Calth luchaban a su lado, con las armas cuerpo a cuerpo enfundadas para poder utilizar los bólters. Las ráfagas coordinadas de proyectiles bólter eran lo único que podía abatir a esas monstruosas máquinas. Éstas estaban fuertemente acorazadas y eran capaces de resistir un castigo muy duro antes de caer.
—¡Enemigo a la derecha! —gritó el apotecario Selenus cuando un aullante grupo de máquinas gigantescas con forma de escarabajo abandonó la cobertura de lo que había sido un Hellhound, aunque en esos momentos no era más que un montón de chatarra ardiendo. Sus caparazones eran brillantes por la lluvia, y sus cabezas, similares a las de los tiburones, tenían forma de proyectil y estaban cubiertas de metal encornado.
Peleus apuntó su pistola y atravesó con dos rápidos disparos el visor de la máquina demoníaca más cercana antes de que ésta se derrumbara sin emitir ni un sonido. Cyprian y Selenus se encargaron de la siguiente, disparando ráfagas sostenidas hasta el que blindaje cedió y los proyectiles de masa reactiva lo partieron por la mitad. Un tercero cayó bajo el rifle de fusión de Hadrianus, y Uriel vació su pistola bólter en el pecho de la cuarta. Ésta trastabilló, pero siguió avanzando, su cuerpo convertido en una sanguinolenta masa de cráteres allí donde los proyectiles habían detonado. Otros tres sobrevivieron para alcanzar los Ultramarines, y Nero cambió a su sable en un abrir y cerrar de ojos.
Las máquinas demoníacas chocaron contra los Espadas de Calth y Livius Hadrianus salió despedido por un demoledor golpe de un pesado brazo con una espada sierra. De su armadura saltaron chispas anaranjadas cuando los dientes mordieron su placa pectoral, pero antes que la espada pudiera perforar, Brutus Cyprian destruyó la máquina con una ráfaga.
Petronius Nero se agachó para esquivar las sacudidas de sus extremidades, y pareció que se adelantaba a cada uno de sus movimientos antes de clavarle el arma en un pequeño hueco en el blindaje. Hizo girar la espada y el monstruo cayó con un grito ahogado. Hadrianus rodó sobre su espalda y vaporizó una chirriante máquina con un disparo de su rifle de plasma.
Cyprian lo puso en pie cuando la batalla se intensificó a su alrededor. Uriel y Nero se acercaron a un monstruo con una cara de lobo de plata animada por una luz fantasmagórica. Una incontrolable avidez de sangre ardía en sus ojos rojos, y aulló con una voz artificial que era totalmente inhumana en su odio.
—Por la izquierda —dijo Nero, y Uriel obedeció inmediatamente la orden del espadachín.
La criatura golpeó con un puño martillo potenciado neumáticamente, y Uriel se agachó para evitar el golpe. Rodeó hasta ponerse en pie y cortó con su espada los cables que conectaban el puño a los crepitantes generadores de su espalda. Nero paró un golpe de costado lanzado por sus enormes cortadores y le hundió la espada en el tejido blando que había bajo el hombro del monstruo. Su espada cercenó arriba y abajo, cortando los tendones recubiertos de metal que le permitían mover el brazo. El arma cayó inerte mientras golpeaba a Nero con una de sus piernas cubiertas de pinchos.
El espadachín se apartó a un lado, y Uriel aprovechó la ventaja para saltar sobre el caparazón de la bestia. Ésta se encabritó y trató de tirarlo, pero Uriel se agarró a su cornuda columna y clavó la espada, destripando al demonio desde la base del cráneo hasta la clavícula. La bestia se desplomó sobre el barro, y Uriel saltó.
Nero lo miró y meneó la cabeza.
—Ésa ha sido una maniobra muy arriesgada —dijo—. ¿Y si hubiera rodado al caer? Habrías quedado aplastado.
Uriel asintió.
—Lo sé, pero está muerto, y eso es lo único que importa.
Se reagrupó con su escuadra, satisfecho al ver que todos habían logrado salir del ataque indemnes. Incluso Livius Hadrianus había evitado quedar gravemente herido, aunque manaba un poco de sangre por el agujero abierto en su placa pectoral. El resto de su escuadra estaba cubierta de barro, pero mostraban un aspecto magnífico y una actitud desafiante. Aunque la lluvia negra no había dejado de caer desde el inicio de la batalla, la tela del estandarte de la Cuarta Compañía seguía impoluta, sin ni siquiera una sola mancha.
Diez Ultramarines estaban fuera de combate, y tres de ellos no volverían a luchar nunca más. Su línea había resistido la primera oleada de máquinas demoníacas, pero al mirar hacia la garganta, vio que se estaban reuniendo para un nuevo ataque.
—Pronto van a volver a por nosotros —dijo Nero, moviendo su espada para masajear los músculos del hombro.
—Que vengan pues —respondió Cyprian golpeando la palma de la mano con el puño—. Será un combate digno de mi fuerza. Los Nacidos de la Sangre no sirven ni para entrenar. Doy las gracias al primarca por ello, pero aun así...
—Incluso tú puedes ver terminado tu trabajo ante estas criaturas —dijo Hadrianus, cargó una nueva célula de energía en su rifle de plasma.
—¿Apostarías por ello?
—No. Odiaría ver cómo una de esas cosas te arranca la cabeza sólo para demostrar que tenía razón.
—No se atreverán —advirtió Cyprian.
—Nadie puede arrancarle la cabeza a Cyprian —dijo una voz—. No tiene cuello por el que cogerla.
Uriel conocía bien esa voz, y sonrió al ver a Pasanius dirigiendo a los Llameantes junto a sus Espadas de Calth. La escuadra táctica Nestor mantenía la posición a la izquierda de Uriel, y el capellán Clausel dirigió la escuadra de Pasanius hacia sus posiciones de la derecha. Sus amigos estaban fatigados por el combate contra los Nacidos de la Sangre y las máquinas demoníacas. Ninguno había caído, pero todos mostraban unos agujeros impresionantes en sus armaduras.
—Suerte que estáis con nosotros —dijo Uriel, sorprendido de lo mucho que había encontrado a faltar tener a Pasanius a su lado en la batalla. Pese a lo coordinada que era una unidad de combate como los Espadas de Calth, no tenían las décadas de familiaridad compartidas por Uriel y Pasanius.
—Me necesitabais aquí —dijo Pasanius—. Seguro que añorabais mis poco sofisticados consejos y mis sabias advertencias. Después de todo, esto no es diferente a la Guardia. Son los sargentos los que realmente hacen que las cosas funcionen, ¿no? ¿No es eso cierto, Nestor?
El sargento Nestor asintió.
—Es tal y como decís, sargento Pasanius.
Pasanius señaló el campo cubierto de cráteres.
—Parece que aquí es donde nos van a golpear con más dureza cuando vengan nuevamente a por nosotros, así que he buscado un poco de ayuda.
Tres gigantescas formas avanzaban entre los Rhinos, acorazados gigantes de ceramita acero y carne, con un arsenal de letales armas acopladas a sus poderosos puños.
—He traído los dreadnoughts —dijo Pasanius.
Hasta ese momento de la batalla, los dreadnoughts de la Cuarta Compañía habían realizado funciones de apoyo, pero este combate sin duda sería personal, cuerpo a cuerpo y muy rápido. Tener su fuerza en la línea de batalla aumentaría la resolución y el coraje de todos los guerreros que lucharan a su sombra.
La Cuarta Compañía había llegado a tener cuatro dreadnoughts, pero el hermano Barkus se había perdido en Espandor, en la defensa de Corinto. Su muerte había sido un duro golpe, pues había servido lealmente al Capítulo durante casi un millar de años, y acumulaba una sabiduría y valor como probablemente jamás volvería a verse.
El hermano Speritas y el hermano Zethus hacían empequeñecer a los marines espaciales. Sus sarcófagos blindados estaban decorados con laureles dorados, guanteletes e iconos ultramarines revestidos de cuarzo reluciente. Ambos habían cambiado sus armas por otras más adecuadas para una batalla cuerpo a cuerpo. Speritas tenía en un puño un pesado lanzallamas de cuya bocacha ya salían pequeñas llamas azules, mientras que en el otro puño llevaba una arma neumática en forma de martillo capaz de abrirse paso a través de varios metros de adamantium en pocos segundos.
Zethus, que siempre había sido un guerrero más sutil, contaba con un crepitante puño de energía y un cañón de asalto.
Ambos dreadnoughts habían luchado junto a Uriel en la campaña de Pavonis, aunque él nunca los había conocido. Al último dreadnought de la Cuarta Compañía, sin embargo, Uriel lo conocía desde hacía muchos años.
El tecnomarine Harkus había resultado mortalmente herido en Pavonis, pero su determinación para vivir había logrado que su maltrecho cuerpo fuera mantenido en estasis y devuelto a Macragge, donde se había decidido concederle el honor de ser enterrado en una de las más sagradas reliquias del Capítulo. Su forja había sido reconstruida en Macragge, y uno de los brazos había sido reemplazado por un servo-brazo multifuncional equipado con letales taladros y cortadores de energía.
—Hermano Harkus —dijo Uriel con una inclinación—. Nos honra con su presencia.
—Ha pasado mucho tiempo desde que luché junto a mis hermanos de batalla —dijo Harkus, avanzando más allá de Uriel para ocupar su posición en la línea de batalla. Uriel le observó marcharse.
—Tan parlanchín como siempre —dijo Pasanius.
—Harkus nunca fue uno de los guerreros más comunicativos —dijo Uriel—. Ni siquiera cuando caminaba entre los guerreros de la Cuarta en su forma corporal.
—Cierto, parece que su internamiento no ha contribuido en nada a cambiar ese aspecto —observó Pasanius.
—No, pero no lo valoro por su locuacidad —dijo Uriel.
—También es cierto. Ese brazo de los taladros parece muy útil —replicó Pasanius—. Y su cañón de plasma puede hacer muchísimo daño.
Uriel miró por encima de las ruinas y el abrasado terreno de la garganta cuando los demenciales tambores sonaron por detrás del muro que los Guerreros de Hierro habían construido. Sus constructores no habían permanecido ociosos durante la lucha. Habían erigido nuevos bastiones dentro de la estructura, y su visión mejorada le permitió ver que habían sido traídos desde el interior del túnel, devorando así aún más de la preciosa tierra de Calth.
Una rabia biliosa subió por la garganta de Uriel al ver tanta destrucción en un mundo que ingenuamente creía que estaba a salvo de todos los ataques. Las ruinas ennegrecidas por el fuego lloraban lágrimas negras por sus rotas ventanas, y en los bosques incendiados saltaban chispas cuando las máquinas demoníacas surgieron del lindero del bosque. En ese mismo instante, una línea de estandartes apareció entre las almenas de la muralla y una hueste de los Nacidos de la Sangre se lanzó a la carga desde las puertas.
El suelo tembló con un rugido sordo, como los temblores iniciales de un violento terremoto, y Uriel se agarró al tubo de escape del Rhino que había junto a él. Los guerreros miraron alrededor, aturdidos, lanzando ansiosas miradas hacia el techo de la caverna cuando fragmentos de roca y polvo cayeron al suelo. Los terremotos en las cavernas no eran desconocidos en Calth, pero el sostenido ruido y las profundas vibraciones les decían que no se trataba de un temblor natural.
—¡Que Guilliman nos proteja! —susurró Brutus Cyprian, y Uriel vio la gran sombra de la Basílica Negra surgir por encima de la muralla.
Su enorme masa era aún más negra que la noche más oscura. Algunos proyectiles pasaron silbando por encima de sus cabezas procedentes de las piezas de artillería de las fuerzas auxiliares que habían sobrevivido a los relámpagos, pero unas descargas de relámpagos carmesíes centellearon con cada impacto, destruyendo los proyectiles. Su cañón frontal tronó y una sección de un centenar de metros de la línea defensiva se desvaneció en un ardiente maremoto de fuego.
El comunicador en su oreja se activó, y Uriel reconoció el icono del magos Locard en su visor. El mensaje del icono parpadeaba con un rojo furioso mientras abría la comunicación.
—Magos, éste no es el mejor momento.
—Capitán Ventris, he de informarlo de que cinco máquinas de guerra enemigas están excavando por debajo de su posición en estos mismos instantes. Mis cálculos indican que van a emerger a unos trescientos metros por detrás de su posición actual. No puedo determinar su cargamento, pero por el peso y la velocidad, sospecho que son astartes traidores.
—Como si esta batalla no estuviera ya siendo suficientemente difícil luchando en un solo frente —maldijo Uriel.
—He enviado al comandante Trejo y sus skitarii en su dirección —dijo Locard—. Estarán temporalmente con usted.
—Comprendido, Ventris fuera. —Uriel se giró—. Ultramarines, ¡preparados! Que las escuadras pares retrocedan doscientos cincuenta metros y esperen a que emerjan desde bajo tierra transportes subterráneos a nuestra retaguardia. Que las escuadras impares mantengan la posición y se preparen para la batalla. ¡Coraje y honor!
Y la matanza volvió a empezar.