Quince

Uriel oyó los gritos y el ruido del metal desgarrado. El rugir del trío de Chimera resonaba entre las destartaladas paredes de la calle, y algunos curiosos estaban empezando a asomarse para ver el drama que se estaba desarrollando ante sus casas.

Desde su posición privilegiada en la escotilla del comandante, Uriel era capaz de ver los destellos de luz y oír los gritos generados por el terror hacia los monstruos. Fuera cual fuese la sanguinaria misión que los sinpiel tenían entre manos, estaba en pleno desarrollo a juzgar por los sonidos que le llegaban.

Un destrozado edificio en la esquina de la calle proporcionó otra pista del paso de los sinpiel, y el conductor del Chimera guió con mano experta el pesado vehículo entre los cascotes y restos de madera, piedra y acero.

Más allá de la esquina, la calle se ensanchaba hasta convertirse en una plaza pavimentada, y los pocos observadores que habían bajado a la calle a causa del ruido retrocedieron rápidamente hacia sus casas al ver lo que les esperaba.

—¡Por el juramento de Guilliman! —exclamó Uriel al ver el espectáculo que se desarrollaba ante él.

Parecía como si una pirámide brillantemente iluminada de tanques destrozados con las entrañas vacías hubiera sido construida a golpe de martillo y cortada con una lanza térmica para formar una estructura con espacios interiores, salas, corredores y habitaciones de techo bajo. La luz y la gente salían a borbotones del bamboleante edificio, cuya estructura estaba siendo atacada por los sinpiel.

El señor de los sinpiel encabezaba el ataque arrancando acero con sus masivamente musculados brazos para abrirse paso hacia el interior. Numerosas luces de neón soltaban chispas y bañaban la plaza donde se encontraba el edificio así como a los monstruos en enfermizos tonos verdes, anonadantes rosas y letales azules. Los monstruos daban brincos y aullaban mientras el líder de su tribu abría un camino a través del acero y la madera, como un animal abriéndose paso a través de un nido para devorar la presa que se oculta en su interior. Si el señor de los sinpiel fue consciente de su llegada, no dio ninguna muestra de ello, sino que siguió con la destrucción de la parte frontal del edificio.

La gente que huía era atrapada por los sinpiel y retorcida y doblada hasta que se rompían, momento en que sus agonizantes gritos cesaban. Uriel oyó tiros en el interior del edificio y se preguntó qué podía querer el señor de los sinpiel de un lugar como aquél.

Los Chimera redujeron la velocidad al entrar en la plaza.

—¡No! Aumente la velocidad. ¡Utilice el vehículo! —le gritó Uriel al conductor.

Comprendiendo la orden de Uriel, el conductor pisó a fondo el acelerador y el Chimera rugió al incrementar la velocidad. Uriel se sujetó cuando uno de los sinpiel se volvió al oír el sonido del sobrerrevolucionado vehículo. Su cara pareció partirse en dos, tan grandes eran sus mandíbulas cubiertas de colmillos.

Su esqueleto era visible a través de la enfermiza y pálida piel que cubría una porción de su deforme anatomía. Largas extremidades, delgadas, oscuras y cubiertas de garras, se arrastraron por el suelo, y unas cortas y musculadas piernas le permitían avanzar como un simio.

La bestia y la máquina cargaron una contra la otra hasta que se encontraron en un estallido de carne y metal. El Chimera se hundió en la criatura, que fue consciente de toda la potencia e inercia del tanque únicamente durante una fracción de segundo antes de quedar aplastada bajo las orugas. Una luz líquida surgió de la pulverizada criatura, toda su sangre, carne y huesos convertidos en una pasta que se extendía por la pavimentada plaza.

El vehículo patinó cuando el conductor accionó instintivamente los frenos. El motor tosió una última vez y murió, soltando nubes de apestoso y acre humo por los tubos de escape mientras el conductor trataba de volver a arrancar el motor.

—¡Pasanius! ¡Sígueme! —gritó Uriel, saliendo por la escotilla del comandante. Saltó sobre el duro suelo mientras la puerta de asalto de la parte posterior del vehículo se abría y Pasanius encabezaba la salida de los guerreros a otro extrañamente iluminado campo de batalla.

Los otros dos Chimera de Uriel se detuvieron a ambos lados del suyo y los soldados desembarcaron con una eficiencia propia de la práctica. No importaba las bajas sufridas ese día, y no importaba lo que hubieran hecho en el pasado, esos hombres y mujeres eran, sobre todo y ante todo, soldados, y habían aprendido bien sus lecciones.

Formaron en escuadras, y Uriel recuperó un olvidado sentimiento de orgullo ante la idea de dirigir una vez más a los hombres en la batalla. No importaba que esos hombres no fueran Ultramarines de la Cuarta compañía, eran guerreros del Emperador, y eso los hacía poderosos.

—¡Juntos! ¡Acabaremos con esto juntos! ¿Estáis conmigo? —gritó Uriel, sosteniendo su espada de empuñadura dorada en alto para que todos la vieran.

Los soldados desenfundaron sus falcatas y rugieron su confirmación mientras Uriel se daba la vuelta y cargaba contra el devastado bar.

El grueso brazo cubierto de venas del monstruo penetró en el bar buscando a Mesira. Ella parecía agradecer la atención del monstruo, pues hizo caso omiso de los gritos de súplica de Daron Nisato para que huyera de la bestia y fuera hacia él a través de la multitud.

Cegados por el pánico, muchos de los clientes del bar se pusieron en el camino de la enorme criatura. Los más afortunados lograron evitarla y salir a la noche y la seguridad; los demás fueron destripados hasta no ser más que jirones de carne o partidos por la mitad a mordiscos.

La presión de la multitud impedía que Mesira pudiera aproximarse al monstruo, pues tal parecía que era su objetivo. La aterrorizante criatura estaba totalmente obsesionada por ella, y lo único que le impedía alcanzarla era la resistencia que seguía ofreciendo la derrumbada parte frontal del bar. Por una vez, Nisato tenía un motivo para agradecer que esa parte de Desguace estuviera construida con restos del antiguo regimiento, pues era lo único que evitaba que la criatura penetrara en el interior.

Si el bar hubiera sido construido con materiales tradicionales, la bestia ahora mismo estaría devorando los huesos de Mesira y rodeándose el cuello con sus entrañas. Únicamente las vigas y los soportales de acero saqueados de los tanques abandonados habían logrado impedir de momento que se abriera paso hasta el interior y la devorara a ella y a todos los que se hallaban allí.

La estructura del bar gimió y se combó cuando unas extremidades pesadas le golpearon. El metal soportado sobre metal como el del dintel estaba siendo comprimido y el peso redistribuido a puntos de la estructura que no habían sido concebidos para soportar esa tensión.

Los hombres armados que Cawlen Hurq había colocado en el bar dispararon al monstruo con sus pistolas, vaciando cargadores enteros de munición sin causar ningún efecto. Allí donde una bala la alcanzaba, brotaba luz y un espeso icor, pero tales heridas no lo detenían ni un ápice.

El monstruo aulló su frustración, y una ardiente y ávida luz ardió en las cuencas de sus ojos. Daron Nisato quedó paralizado por el miedo al darse cuenta de que eran un ansia y una rabia primigenias apenas concebibles en un universo racional.

—¡En nombre de la disformidad, ¿qué demonios es eso?! —gritó Pascal Blaise para hacerse oír por encima del ruido del asalto de la criatura al edificio.

—No tengo ni idea —dijo Nisato—. ¡Tenemos que alcanzar a Mesira y salir de aquí!

—¿De verdad? —le espetó Pascal Blaise, mirando en todas direcciones en busca de una posible vía de escape.

La presión de los cuerpos era demasiado fuerte y la deformación de la estructura había bloqueado las puertas en sus marcos. La gente resollaba mientras empujaba sin éxito contra ellas.

Nisato vio que la viga que impedía el avance de la bestia se doblaba, hasta que la soldadura que la fijaba al chasis de un Chimera finalmente cedió ante la presión y se rompió. El monstruo rugió triunfante e introdujo una parte de su gran masa en el local.

El rugido puso en movimiento a Nisato, y sus piernas encontraron la fuerza que necesitaba.

—¡He de ir a por Mesira!

Blaise asintió.

—Voy contigo. ¡Vamos!

Nisato bajó el hombro y empezó a abrirse camino a empujones a través de la atrapada y aterrorizada multitud, utilizando habilidades perfeccionadas en docenas de manifestaciones para abrirse paso con puños, pies y culatazos.

Su avance era lento pero constante, y distinguió fácilmente a Mesira entre las preocupadas y sucias caras de los trabajadores de las factorías. Parecía serena en medio de un mar de pánico, beatífica y calmando a los que se hallaban más próximos a ella.

Nisato finalmente llegó junto a Mesira y la cogió por su delgado brazo con un fuerte agarrón.

—¡Mesira! —le gritó—. ¡Hemos de salir de aquí!

Ella se volvió para mirarlo al sentir su contacto.

—No, Daron —protestó ella alarmada—, tú tienes que salir de aquí.

Entonces la parte frontal de la estructura finalmente cedió con un torturado chirrido de metal.

Uriel oyó como la parte frontal del bar se colapsaba y presionó el botón de activación en la empuñadura de su espada. El filo cobró vida con crepitantes energías y él sintió el poder del arma recorriendo su brazo. Los sinpiel se habían dado la vuelta para enfrentarse a ellos, y seis de las enormes criaturas se interponían entre él y el bar.

Pasanius permanecía a su lado con el bólter preparado.

—¿Cuál es el plan? —le preguntó Pasanius.

—Necesito que tomes el mando de los soldados —dijo Uriel—. Protege a los inocentes.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Voy a entrar —dijo Uriel—. Tengo la impresión de que las respuestas están en el interior.

—Ya estás otra vez —gruñó Pasanius, mientras una bestia con anchas mandíbulas y una dilatada barriga que brillaba con un movimiento vibrante se alejó de la manada para dirigirse hacia ellos—. Tú y tus malditas impresiones.

Una andanada de fuego láser atravesó a la criatura y ésta rugió de dolor. Una sibilante y cálida luz surgió de sus acribilladas extremidades y tórax.

—Vamos —lo apremió Uriel, dando una palmada en la hombrera de Pasanius—. Toma el mando.

Éste asintió y se marchó para unirse a los soldados de armadura roja que avanzaban disparando sus rifles. Individualmente, los rifles láser eran un arma muy poco efectiva, pero combinados en suficiente cantidad, eran formidables, y tan sólo un loco menospreciaría el efecto de una andanada masiva de disparos láser.

Los sinpiel abandonaron la matanza indiscriminada de clientes del bar ante estos ataques, aullando de angustia mientras la omnipresente luz los envolvía. Las criaturas temblaban bajo el brillo que surgía de sus heridas, como si sus propios deseos estuvieran enfrentados a la fuerza que los controlaba.

El señor de los sinpiel se abrió paso hacia el interior del bar y Uriel corrió hacia él, dejando que Pasanius dirigiera a los Falcatas en esa batalla. Su amigo era capaz de inspirar a los guerreros astartes para acometer insospechados actos de valor, y estos soldados tenían el honor de ser mandados por uno de los mejores entre los Ultramarines.

Si sobrevivían a esta noche, serían recordados durante el resto de sus vidas.

Uriel rodeó rápidamente la lucha, dirigiéndose hacia el enloquecido caos provocado por el señor de los sinpiel. La criatura se había abierto paso hasta el interior del bar. Los gritos y el ladrido de las pistolas resonaban por doquier.

Algunos trozos de la estructura empezaban a combarse y a gemir, y no tardaría mucho en desmoronarse toda la estructura. Hiciera lo que hiciese, tenía que hacerlo rápido.

El señor de los sinpiel penetró totalmente en el bar, y Uriel saltó por encima de un trozo de mampostería al encontrar una sección de pared en la que el panelado de hierro se había desprendido de la estructura.

Incluso sin armadura, su cuerpo era demasiado corpulento para pasar y notó como el metal le rasgaba la túnica. Agachó la cabeza y el hedor del bar lo golpeó. Apestaba a sudor, carne cruda y licor fuerte, pero por encima de todo apestaba a miedo.

El señor de los sinpiel ocupaba totalmente un extremo del bar con su forma monstruosa e hinchada. Fuera lo que fuese lo que le hubiera pasado en las montañas lo habían convertido en algo más terrible de lo que Uriel jamás podría haber imaginado, pues mezclado con el terrorífico poder que emanaba de él, Uriel pudo ver su humanidad, su piel, su rabia y su miedo.

Todas las cosas que hacían humanos a los hombres aparecían magnificadas en el interior de la bestia, pero fueran cuales fuesen los demonios que habían conducido al señor de los sinpiel a cometer aquellas masacres, eran de una magnitud muy superior a la que ningún humano podía esperar a llegar.

Una mujer con un vestido pálido estaba en pie delante del señor de los sinpiel. Su expresión era serena, en completo contraste con el horror de todas las demás caras en el bar. Uriel rápidamente recordó su nombre: Mesira Bardhyl, la psíquica buscadora de la verdad del gobernador Barbaden.

Durante el transcurso de un mero latido de corazón, Uriel también vio al agente Daron Nisato y a un hombre que sin duda debía ser Pascal Blaise. Ambos hombres luchaban para alcanzar a Mesira, pero se dio cuenta de que no llegarían a tiempo.

—¡Eh, aquí! —gritó.

Su voz se impuso fácilmente al ruido del derrumbe del bar. El vidrio se rompió, la madera crujió y el metal gimió, pero todas las cabezas del bar se volvieron hacia él.

El señor de los sinpiel levantó la mirada y sus ojos brillaron con una mezcla de rabia y de odio. La luz que lo iluminaba surgió de su boca como gotas de oro fundido, y Uriel sintió una oleada de piedad por él. El corazón del señor de los sinpiel seguía siendo suyo, pero estaba dirigido a la matanza por alguna presencia externa.

Uriel entró en el bar. Los aterrorizados clientes se apartaron de él tanto como del señor de los sinpiel. La criatura parecía momentáneamente confusa, como si estuviera librando una batalla interna.

Esta confusión le proporcionó a Daron Nisato el tiempo que necesitaba y cogió por el brazo a Mesira Bardhyl, alejándola del gigantesco monstruo. El grito de la mujer quebró el dilema interior del señor de los sinpiel, que se adelantó hacia ella con las garras abiertas.

Pascal Blaise disparó su pistola contra el monstruo, alcanzando con una bala el ojo de la criatura. Un fluido viscoso se derramó y el monstruo aulló, la luz sanadora que lo imbuía incapaz de detener el dolor de la herida.

El señor de los sinpiel trató nuevamente de atrapar a Mesira, y Uriel saltó para interceptarlo. Sabiendo que no tenía otra elección, golpeó con su espada el brazo del señor de los sinpiel. La energía del filo mordió profundamente la carne, pero vibró hasta detenerse y rebotó contra el hueso de la criatura.

El señor de los sinpiel rugió y apartó el brazo para golpearlo con el otro. Uriel se agachó y otra porción del bar quedó destruida, rompiéndose numerosas botellas y un espejo al caer al suelo.

El astartes se puso en pie y la criatura lo siguió mientras retrocedía hacia el agujero en la pared por el que había entrado en el bar.

—¡Vamos Nisato, saque a esa gente de aquí!

El agente asintió, sujetando todavía a Mesira junto a él. La cara de la psíquica estaba desencajada por la angustia, pero en el breve instante que Uriel tuvo antes de que el señor de los sinpiel volviera a por él, le pareció que era más a causa del rescate que del peligro.

Cuando el monstruo siguió a Uriel, la aterrorizada multitud se apretó contra el muro posterior del bar, que finalmente cedió permitiendo su huida hacia la libertad a través del enorme agujero que la criatura había abierto en el muro exterior.

Uriel siguió alejándose del señor de los sinpiel, dando a Nisato el tiempo suficiente para sacar a la gente. El agente pasó a Mesira Bardhyl a Pascal Blaise justo cuando la bestia se cansó de que su presa siguiera retrocediendo y cargó.

La corpulencia del señor de los sinpiel era demasiado grande para esquivarla, así que Uriel saltó hacia él. Su espada atravesó el pecho del enemigo. El filo partió con facilidad piel y carne, pero fue incapaz de penetrar profundamente en la masa ósea. Un atronador puño golpeó a Uriel en el costado, lanzándolo violentamente hacia atrás.

El marine se estrelló contra una columna de acero. El cuerpo le dolía terriblemente por el impacto y le costaba respirar. Se puso en pie con dificultad mientras veía que el señor de los sinpiel se alejaba de él y movía su gran masa por el bar con alarmante rapidez.

La criatura volvía a estar obsesionada con Mesira Bardhyl, y Uriel observó como Pascal Blaise trataba de protegerla. Disparó su pistola, pero fue un esfuerzo inútil, y el señor de los sinpiel arrojó al líder de los Hijos de Salinas a un lado con insultante facilidad.

Uriel atravesó los restos del bar y Daron Nisato gritó al ver lo que estaba sucediendo. Una vez más, Mesira estaba de pie frente al señor de los sinpiel, y esta vez nadie podía salvarla.

La poderosa criatura se agachó y su gigantesca mano se cerró sobre el cráneo de la mujer.

—¡No! —gritó Daron Nisato, pero el señor de los sinpiel no hizo caso de su súplica.

Hizo un rápido movimiento y Mesira Bardhyl murió. Su cuerpo cayó inerte al suelo cuando el señor de los sinpiel soltó su cadáver.

Una vez cumplido su objetivo, la criatura se alejó de la carnicería en el bar y salió rápidamente por el agujero abierto en la parte delantera. Uriel saltó tras la gigantesca máquina de carne y sangre, horrorizado por la indiferente facilidad con que le había arrebatado la vida a Mesira Bardhyl.

—¡Esto no ha sido un castigo! —le gritó Uriel—. ¡Ha sido un asesinato!

Daron Nisato corrió junto al cuerpo de Mesira, llorando mientras acunaba su forma sin vida. Pascal Blaise trató de ponerse en pie al ver lo que le había sucedido a su protegida, pero el señor de los sinpiel no hizo caso de ninguno de ellos y salió de entre los restos de la destrucción del bar para alejarse de la escena del crimen.

Uriel oyó en el exterior los disparos: los duros y pesados estallidos de bólter y el crepitar de los rifles láser. Unos cohetes rugientes y los aullidos de unas máquinas poderosas levantaron asfixiantes nubes de polvo, y Uriel distinguió unos contundentes rayos de luz procedentes del cielo.

¿Habría conseguido Pasanius pedir apoyo aéreo?

Oyó más ruido de disparos y rugidos estremecedores, pero por encima de eso oyó el crujido del metal combado y los quejidos de una estructura que ya no era capaz de soportar su propio peso. Uriel miró hacia arriba, donde una creciente línea de grietas cruzaba el techo, abriéndose paso de derecha a izquierda y de delante a atrás.

—¡Corred!

Pascal Blaise arrastró a un recalcitrante Daron Nisato fuera del bar y Uriel trató de alcanzar la parte frontal del edificio en ruinas. Los fragmentos de plástico y de madera caían a su alrededor, y unas largas barras de metal entrechocaron cuando el techo se vino abajo.

Uriel cayó de rodillas cuando una viga lo golpeó en el hombro, y gateó hacia la parte delantera mientras la parte posterior del bar se derrumbaba totalmente. Más fragmentos de metal retorcido cayeron a su alrededor al tiempo que seguía avanzando hacia la salida perseguido por el derrumbe del local.

Las asfixiantes nubes de polvo y ceniza oscurecieron la visión de Uriel, pero se guió por los cegadores rayos de luz procedentes del exterior. Medio corriendo, medio arrastrándose, Uriel se obligó a sí mismo a seguir adelante. Unos cuantos fragmentos retorcidos de cemento lo golpearon y trastabilló cuando un enorme y final crujido sacudió la estructura de tanques abandonados. Uriel saltó fuera del bar cuando toda la pirámide de tanques, plástico y madera se vino abajo, las secciones inferiores aplastadas bajo miles de toneladas de hierro. Rodó mientras grandes fragmentos de tanques caían del edificio: torretas, puertas, ruedas de acero y orugas de tracción.

Una viga del tamaño de su cuerpo chocó contra el suelo a su lado, y se apartó rápidamente cuando empezó a rodar hacia él. Los restos y cascotes llovieron como una avalancha de metal, y Uriel gritó a medida que más y más de estos restos lo alcanzaban.

Se dobló de rodillas por el impacto de algo pesado y metálico. Un fragmento de cristal que giraba a gran velocidad lo hirió en la mejilla, y un panel de planchas de metal lo golpeó en el costado, dejándolo sin respiración y aplastándolo contra el suelo con su peso.

El polvo lo cegó y el rugido del edificio al derrumbarse fue ensordecedor.

Uriel luchó contra el peso del metal mientras más cascotes caían de lo poco que quedaba en pie del edificio. Las planchas de metal estaban aplastándolo, y Uriel tosió al notar como aumentaba el peso que lo presionaba contra el suelo.

Trató de doblar las piernas bajo el metal para hacer palanca, pero su cuerpo estaba sólidamente atrapado. La fuerza de los Adeptus Astartes, normalmente tan prodigiosa y capaz de enfrentarse a cualquier desafío, era inútil para evitar que el peso del hierro lo aplastara hasta la muerte.

Con su armadura podría haber escapado, pero sin ella…

De repente, el peso disminuyó, y entre las oscilantes nubes de polvo cegador Uriel vio unas poderosas formas a su alrededor. Una luz plateada se reflejaba en sus siluetas.

Uriel oyó el crujido de los comunicadores y las pisadas de unos pies muy pesados a su alrededor.

Olfateó el característico y bienvenido olor de los aceites y polvos protectores que únicamente podían significar una cosa: armaduras astartes.

Vio unas manos cubiertas con guanteletes apartar el metal, y los restos que lo aprisionaban contra el suelo fueron retirados como si no pesaran nada. Unas manos lo arrastraron fuera de allí y oyó cánticos detrás de los guerreros que lo habían salvado. Entre los olores asociados con los marines espaciales percibió el fuerte y asfixiante olor característico del interior de los templos.

—¿Quién…? —Fue todo lo que logró decir antes de que un pesado guantelete plateado lo sujetara por el cuello con la fuerza irrompible del acero. Uriel fue levantado del suelo, con los pies colgando en el aire, hasta un sobredimensionado casco plateado provisto de un visor angular y una ardiente lente roja.

Una elevada gorguera protegía el cuello del guerrero, y las placas de su armadura estaban considerablemente dimensionadas, gruesas y temibles en su complejidad. Había un escudo heráldico en el espacio entre la gigantesca hombrera del guerrero y la decorada placa pectoral, la mitad carmesí, la mitad blanco. Los colores estaban divididos siguiendo el eje central de la imagen, que era una espada negra con la punta hacia abajo.

Uriel sabía que éste no era un guerrero ordinario; era un exterminador, un miembro de la élite, un veterano. No existían mejores guerreros que los considerados suficientemente hábiles para llevar una de esas armaduras del capítulo.

El símbolo del capítulo en la hombrera izquierda del guerrero era un gran libro, con las páginas atravesadas por una espada y rodeado por un pergamino dorado. Los ojos de Uriel se salieron de las órbitas al ver el símbolo, pues era un antiguo símbolo portado únicamente por los mayores protectores de la humanidad, mejores aún que los Adeptus Astartes.

El gigante que lo sostenía sin dificultad lo acercó a su casco.

—Soy Leodegarius de los Caballeros Grises —dijo—, y tú eres mi prisionero.