Once

Con una garra haciendo cuña en la roca, Ardaric Vaanes se balanceó en un saliente en forma de cabeza de águila situado a casi ochocientos metros de altura. Las cuchillas de su puño derecho se clavaron en la roca mientras liberaba la presa de su otra mano para girar sobre sí mismo y asegurarse sobre el muro con los pies. Se puso rígido al sentir el barrido del augur de la tronera más próxima pasando por encima de él. Amoldó su cuerpo a la cara interior de la puerta y dejó sólo activas las emisiones de energía esenciales para su armadura.

A su alrededor, los loxatl de la partida Xanean permanecieron totalmente inmóviles siguiendo su ejemplo y alteraron la química de su cuerpo para fundirse con la piedra de la montaña y reducir su calor corporal al mínimo. Los alienígenas reptilianos eran unos asesinos natos y, con sus pieles camaleónicas, se convertían en excelentes operativos de infiltración. El eslabón más débil de su cadena de aproximación era el ingénito, pero éste había demostrado de lo que era capaz a bordo de la Indomable, por lo que le habían permitido tomar parte en esta misión.

Veinte metros por encima de ellos y diez a la derecha, la tronera de los Ultramarines situada sobre la gigantesca puerta de bronce tronó al disparar nuevamente una andanada sobre el campamento de los Guerreros de Hierro que había a sus pies. Los fogonazos de los cañones eran cegadores y el ruido ensordecedor. El retroceso se disipaba por la montaña, y Vaanes apretó el puño y se asió con más fuerza cuando las violentas vibraciones trataron de hacerle caer. El sonido de esos cañones desde el campamento era increíble, pero a esa distancia era prácticamente insoportable.

Los proyectiles alcanzaron las elaboradas trincheras construidas en el límite de la castigada calzada, levantando columnas de fuego y piedras pulverizadas, pero causando apenas daños en la construcción. Era un esfuerzo inútil; una vez que Honsou se había atrincherado, se necesitaba mucho más que la artillería para sacarlo de allí. Vaanes estaba seguro que la doctrina de los Ultramarines permitía realizar salidas sólo en condiciones muy específicas, y las actuales no coincidían con ninguna de ellas.

Aprovechando el tronar de los cañones para cubrir su movimiento, Vaanes devolvió toda la energía a los fibrosos músculos de su armadura y clavó su garra para seguir su camino por el abrupto precipicio. Con ágiles movimientos, se dirigió hacia la abertura mientras los largos cañones se retiraban y su escudo de impacto se desactivaba. Sus movimientos eran rápidos y seguros, parecía una indistinguible mancha negra moviéndose por la cara de roca, lo mismo que una sombra al anochecer.

Su equipo de asesinos había necesitado cuatro horas para escalar hasta allí, pero Vaanes no quería apresurarse. Ésta era su especialidad, y aunque en esos momentos se planteaba por qué había llegado a luchar junto al ejército de Honsou, la posibilidad de poner a prueba sus letales talentos era demasiado buena para dejarla pasar. Además, era la única oportunidad de llegar hasta la puerta, y Honsou lo sabía.

Había elegido esa forma de aproximación con mucho detenimiento, escalando por zonas de la puerta donde las sombras en los sensores, debidas a las gigantescas estatuas, le proporcionaban la máxima cobertura ante los augures y los cañones antipersona emplazados para impedir que un enemigo hiciera precisamente lo que él estaba intentando.

Vaanes sonrió para sí. Contra cualquier adversario que no hubiera estudiado en la Torre del Cuervo, sin duda habría sido suficiente protección. En su caso era poco más que un ejercicio de prácticas. Habían pasado muchos años desde que se había entrenado con sus hermanos, pero no había perdido ni un ápice de experiencia. Se abrazó a la cara de roca bajo la tronera mientras los loxatl se desplegaban para rodearlo. El ingénito se agarró a las rocas por debajo de ellos, su cuerpo tembloroso por el esfuerzo de mantenerse totalmente inmóvil.

Hizo una señal con la cabeza al ingénito y sacudió la cabeza en dirección al escudo de impacto mientras mantenía tres dedos en alto. Hizo la cuenta atrás con sus dedos, y cuando el último de ellos se cerró sobre su puño, el escudo de impacto empezó a levantarse con un gemido neumático de mecanismos.

Vaanes esperó hasta que el escudo se hubo levantado lo suficiente para permitirle entrar y se abalanzó hacia el interior por el borde de la tronera. Rodó sobre su costado, evitando los grasientos raíles de los compensadores de retroceso. Cuatro cañones, cada uno de un metro y medio de ancho, estaban desplazándose ya por los raíles para colocarse en posición de disparo. Tenía que moverse con rapidez. Si los cañones disparaban antes de encontrarse totalmente en el interior, la onda de presión le desgarraría todos los órganos de su cuerpo y rompería sus huesos hasta convertirlos en polvo.

El ingénito se arrastró tras él, y pudo oír el movimiento susurrante de los loxatl mientras los seguían a ambos. El rugido de los pesados motores y las cadenas se hizo más fuerte a medida que Vaanes se acercaba a los puertos de ventilación que debían disipar la gran cantidad de gases de propulsión. La pesada silueta de la entrada estaba justo delante de él cuando una serie de parpadeantes luces de advertencia se encendieron en medio de las nubes de siseante vapor. Vaanes se puso de rodillas y saltó, lanzándose sobre la parte superior del cañón más cercano. Se deslizó hacia delante hasta alcanzar las bajadas compuertas que separaban el control de fuego del arma y que evitaban que la dispersión de los gases de propulsión se dirigiera hacia los propios artilleros.

—Seguidme —dijo—. Matad a todo el que veáis, y hacedlo rápido. No debe haber supervivientes ni alarmas. ¿Entendido?

El ingénito asintió y los loxatl proyectaron un ondulante esquema de colores violeta y oro por su cuerpo escamoso. Vaanes lo reconoció como una señal de asentimiento, y extendió las garras de su guantelete. El sonido de una apagada sirena le llegaba desde el otro lado de las compuertas tras haber alcanzado los cañones su posición de disparo.

Dos rápidos golpes de sus garras y las compuertas se vieron reducidas a retorcidas tiras de metal. Vaanes se lanzó por el agujero y cayó sobre el control de fuego de los poderosos cañones. Los loxatl se escurrieron tras él, deslizándose por las paredes y el techo como insectos de un panal apedreado.

Aproximadamente dos docenas de operativos llenaban la sala de control, servidores y miembros de las fuerzas auxiliares de defensa en su mayoría, pero también había un guerrero ultramarine con un torso parcialmente potenciado conectado a la consola de mando para autorizar cada disparo. Varias caras de sorpresa se dirigieron hacia él, y Vaanes disfrutó de ese instante en que los mortales fueron conscientes del terrible peligro en que se encontraban.

Él se abalanzó sobre el ultramarine con las garras extendidas. El guerrero levantó su bólter, pero Vaanes lo partió por la mitad con un despreocupado giro de su muñeca izquierda. Su garra derecha se hundió en el cuello del guerrero. La sangre manó entre las cuchillas hasta su guantelete mientras retorcía el brazo para aumentar la gravedad de la herida. Se oyeron algunos disparos a su alrededor, y Vaanes se liberó del cadáver para alejarse de los disparos láser.

Varios chorros de agujas destriparon a los soldados enemigos antes que éstos pudieran volver a disparar, y aun así multitud de dardos rebotaron por la sala de control mientras los asesinos alienígenas acababan con los enemigos, que se habían tirado cuerpo a tierra. El ingénito golpeó a un soldado con una demoledora patada y derribó a otro con su puño. Una andanada de proyectiles rebotó en su armadura, pero no pareció darse ni cuenta.

Vaanes corrió hacia la fuente de los disparos, agachándose mientras una nueva ráfaga de proyectiles le pasaba por encima de la cabeza. Golpeó a ambos lados y destripó a los que disparaban con sus garras. Los cuerpos cayeron al suelo, y todo acabó. La batería de cañones estaba en su poder.

Vaanes se puso en pie y se dirigió al ingénito.

—¿Puedes hacer lo que debes hacer desde aquí?

—Puedo —dijo éste apartando al ultramarine muerto de la consola—. Envía la señal.

Desde la privilegiada posición del nivel superior de la plataforma de observación, Uriel observaba el detestable avance de los Guerreros de Hierro con una mezcla de temor e impaciencia. Por horripilante que fuera ver a los sirvientes de los Poderes Siniestros mancillando el suelo de Calth, ansiaba la batalla.

Las imágenes que había visto mientras estaba conectado a las máquinas de Locard lo perseguían. Por mucho que quisiera odiar a la criatura que llevaba su cara, no podía hacerlo tras haber vivido los agonizantes momentos de su vida. Las palabras de Locard resonaban en su mente, y Uriel se preguntaba en qué se habría convertido el chico de haber tenido la posibilidad de tener una vida normal.

¿Un comisario? ¿Un general? ¿O tal vez habría estado destinado a una vida de soldado raso? Era imposible decirlo, pero los Guerreros de Hierro le habían arrancado todo lo que el chico podría haber llegado a ser. Habría sido mucho mejor que lo hubieran matado.

—¿Habéis recordado algo más? —le preguntó la inquisidora Suzaku acercándosele desde la parte posterior de la plataforma de observación.

Su acólito la seguía. Uriel recordaba que su nombre era Soburo, y tuvo la sensación de que el hombre llegaría a ser un miembro de pleno derecho de los ordos. Suzaku había hablado largamente con Uriel después del procedimiento de Locard, y él había descrito parte de sus recuerdos, así como sus propias experiencias en las salas de los mortuarios bestiales.

—No —dijo Uriel sin girarse—. Ya he contado todo lo que sé.

Suzaku se unió a él junto a la pared de cristal polarizado, observando las construcciones de asedio a sus pies. Desde el exterior, la plataforma de observación era invisible, y ellos permanecieron en silencio por un instante mientras estudiaban al enemigo. Las nubes de polvo oscurecieron los atrincheramientos cuando las armas de Honsou iniciaron una nueva descarga, pero la odiosa forma de la fortaleza que había tras éstas podía verse claramente. Mirarla durante demasiado tiempo provocaba en Uriel un sentimiento de terror glacial, y se veía obligado a apartar los ojos.

Tras el terrorífico leviatán, los yermos de Calth se extendían formando ondulantes dunas y bosques petrificados de rocas desnudas. Un ejército conquistador de miles de efectivos atravesaba el yermo paisaje, procedente de los capturados campos de aterrizaje y las fábricas de montaje de Ciudad Alta, en dirección a la Puerta de Guilliman. Allí fuera, en algún lugar, Learchus encabezaba una punta de lanza de tanques blindados y de tropas de las fuerzas auxiliares. El protocolo del Codex indicaba que debían enviarse una determinada cantidad de unidades para acosar la línea de avance del enemigo, trabajando en las sombras para destruir convoyes de abastecimiento, emboscando a los refuerzos y bloqueando las comunicaciones. Este tipo de misiones normalmente habrían recaído en Issam y sus exploradores, pero la letal luz del sol de Calth imposibilitaba que nadie que no estuviera equipado con las armaduras de los astartes o que se encontrara en un entorno sellado como el interior de un vehículo blindado pudiera sobrevivir.

Gracias a su reciente experiencia tras las líneas enemigas de los tau en Pavonis, Learchus había solicitado estar al mando de los numerosos voluntarios dispuestos a embarcarse en esta peligrosa misión. Mientras la fuerza acorazada de Learchus se despegaba de la columna principal hacia la puerta, Uriel le había recalcado la naturaleza crítica de la misión, sabiendo que quizás no volvería a ver con vida a su camarada.

La voz de Learchus había sonado orgullosa al responder:

—No te fallaré.

—Sé que no lo harás —dijo Uriel antes de añadir—: Vuelve de una pieza. La Cuarta Compañía te necesita.

—Cuenta con ello —dijo Learchus y el comunicador quedó en silencio.

—¿Resistirá la puerta? —inquirió Suzaku sacando a Uriel de su ensoñación.

Éste se sorprendió al oír una nota de inquietud en su voz. Uriel estudió las acciones de los Guerreros de Hierro y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Sí. Ni siquiera los Guerreros de Hierro pueden abrir una brecha en la puerta con un asalto directo.

—Estoy seguro que Rogal Dorn dijo lo mismo en las murallas de Terra —dijo Suzaku—. ¿Sabéis que su legión tenía a su cargo las fortificaciones del Palacio del Emperador? Tal y como es actualmente, el palacio no se parece ni remotamente a su glorioso aspecto anterior. Era una maravilla, ya lo sabéis, una arquitectura continental y un objeto sobrecogedor de una punta a otra de la galaxia.

—Y todavía lo es —dijo Uriel.

—¿Lo habéis visto? —preguntó ella antes de añadir—: No, evidentemente no lo habéis visto. Yo sí. Menzo de Travert necesitó treinta años de trabajo para acabar los grabados de orbis y lazulita sobre la elevación Dhawalagiri, y ahora no hacen otra cosa que acumular polvo en las bóvedas. Vi dos bestias de oro, cada una de ellas de un centenar de metros de altura, enfrentadas en posición de lucha. Creo que antaño formaban parte de la Puerta de Lion, pero es difícil saberlo con certeza.

—¿Sois una estudiosa de la historia?

—Algo así —dijo Suzaku—. Estudio los tiempos antiguos para aprender cómo evitar los errores del pasado. —Ella sonrió levemente y se llevó una mano a la cara—. He obtenido resultados ambiguos.

Uriel estudió el perfil de Suzaku, fijándose en la elegante línea de su mentón y los esculpidos huesos de las mejillas, que indicaban algún tipo de cirugía potenciadora. Un ligero destello metálico en el rabillo del ojo era todo lo que podía verse de los mecanismos colocados detrás de su retina.

—Perdí un ojo en Medinaq —le aclaró ella—. Junto con buena parte de mi cara.

—El trabajo de reconstrucción es excepcional.

—Yo lo valgo —dijo ella sin ningún rastro de arrogancia.

—¿Tan buena sois en lo que hacéis?

—Desde Medinaq lo soy —dijo Suzaku—. Fui entrenada por Mazeon, y su muerte me enseñó una valiosa lección acerca del precio de la vacilación.

Suzaku se rascó distraídamente la mejilla mientras hablaba, como si reviviera las heridas que le destrozaron el ojo. Uriel no creyó que ni siquiera fuera consciente de aquel gesto. Volvió a observar el ejército atacante y el gigantesco templo que se cernía sobre la hueste de los condenados.

—Todo esto es por mí —dijo Uriel—. Parece mentira que nadie pueda odiarme tan profundamente.

—¿Pensáis que todo esto es por vos?

—Todo lo que Honsou ha hecho ha sido para satisfacer su venganza —dijo Uriel—. La destrucción de Tarsis Ultra se debió a que quería hacerme saber que venía a por mí. Y que él esté aquí, en Calth, mi mundo natal, habla por sí mismo. ¿Por qué? ¿Por qué creéis que está aquí?

—Todavía no lo sé —dijo Suzaku girándose finalmente hacia él—. He descubierto que los Poderes Siniestros raramente confinan sus designios al destino de un mortal. Siempre existe un propósito más siniestro tras todas sus acciones.

—Con Honsou al mando de este ejército no estoy muy seguro de que estéis en lo cierto. Me ha seguido hasta aquí desde el Ojo del Terror en busca de venganza.

—En una galaxia en la que el destino de una única vida es irrelevante, ¿realmente pensáis que un señor de la guerra al mando de una hueste como ésta realmente se preocuparía por una muerte en concreto?

Uriel asintió, recordando la última vez que había visto a Honsou en las cavernas bajo la fortaleza maldita de Khalan-Gol. Un odio como ése atravesaría una docena de galaxias antes de saciarse.

—Lo creo. Destruí su fortaleza y rehusé su ofrecimiento de unirme a él. Me odia más que a ningún otro ser. Y vos estáis equivocada.

—¿Sobre qué?

—Sobre eso de que el destino de una sola vida sea irrelevante. Cada vida es fundamental, no importa lo insignificante que parezca. Si olvidamos esto, no seremos mucho mejores que la chusma de ahí afuera.

Suzaku sonrió

—Habla como un auténtico héroe —le dijo.

Uriel no escuchó el resto de sus palabras, pues un repentino vértigo lo atenazó. Su visión se nubló, y por un instante le pareció como si estuviera al otro lado del cristal blindado. Se sujetó para mantenerse en pie, mirando a través de los ojos de otra persona mientras miraba hacia el suelo, a miles de metros bajo sus pies.

Era como si estuviera sosteniéndose sobre un precario saliente de la cara interior de la puerta.

—Algo va mal —dijo mientras otro atronadora andanada disparaba sobre los atrincheramientos de los Guerreros de Hierro. A la plataforma de observación, el ruido llegaba apagado, pero el oído potenciado de Uriel captó una sutil diferencia en el sonido.

—¿Qué? —preguntó Suzaku, inmediatamente alerta.

—Una de las baterías de cañones no ha disparado —dijo, comprendiendo lo que esta extraña sensación de vértigo significaba—. ¡El enemigo está dentro!

Las manos del ingénito bailaban sobre la consola de mando, moviendo los dedos más por memoria que por conocimientos. A cada segundo que pasaba, Ardaric Vaanes se volvía más y más impaciente. Había disfrutado de las muertes, saboreando la constante presencia que había sido su eterna compañera desde que se unió al ejército de Honsou. Ésta se deleitaba con su alegría, pero Vaanes obligó a aquellos insidiosos susurros a callarse.

Las muertes eran una medida de su habilidad. Él no se deleitaba con la muerte.

«Sigue engañándote a ti mismo», parecía que le dijeran los susurros.

—¿Cuánto más vas a tardar? —quiso saber—. Los Ultramarines no tardarán en darse cuenta de que uno de sus cañones ha dejado de disparar.

El ingénito se encogió de hombros. Su cara era como una máscara de incomprensión. Sus ojos estaban cerrados y un brillo verdoso surgía de debajo los párpados. Vaanes había visto luces de ese color anteriormente, y se estremeció al pensar en el abotargado monstruo en que se había convertido el adepto Cycerin.

—Marcadores genéticos confirmados —dijo una voz átona desde la consola de mando.

—Estás dentro —dijo Vaanes dando la vuelta a la consola, para ver cómo las pantallas cobraban vida con la información de la matriz de puntería y los datos del cañón que habían capturado. Los números parpadearon y se distorsionaron a medida que los dedos del ingénito volaban por encima de la pantalla de introducción de datos.

Y los sistemas de la puerta se abrieron ante él.

Desde el puente del Lex Tredecim, los ojos del magos Locard parpadearon y danzaron bajo los párpados de piel sintética. El torso mecánico con el que podía desplazarse estaba desconectado detrás de él, su cuerpo suspendido sobre una gran número de cables de cobre. Uno de ellos, muy grueso, surgía del suelo y estaba conectado a su red espinal a través de la pelvis artificial.

Su cuerpo se movía nerviosamente, como si estuviera atenazado por una pesadilla. Su boca se abrió con un silencioso jadeo. Expandir su consciencia noosférica por toda la red imperial era un trabajo agotador que ponía a prueba incluso sus formidables capacidades. Evidentemente había otros magos en Calth, y él se introdujo en sus conexiones a la red, viajando por las doradas autopistas de datos e información tan fácilmente como un tren en tránsito atraviesa la superficie del Bendito Marte.

Empezó como un pequeño pitido en una de las máquinas lógicas que controlaba los cañones de la Puerta Guilliman, una errática falla sistémica que casi escapó a su atención hasta que reconoció la distorsionada frecuencia en el ancho de banda de la Lingua Mechanicus. Ya había visto ese código aberrante anteriormente, en un ataque mediante un código corrupto a las defensas orbitales de Calth. Los sistemas adrenales situados en su médula y los potenciadores cognitivos bombeados por su sistema de fluidos aumentaron su percepción y afinaron sus ya de por sí asombrosos poderes analíticos.

Cargó la grabación de esta información en una espiral de memoria segura, una prisión de datos para almacenar códigos inestablemente peligrosos, y empezó a ejecutar todas las rutinas purgativas de su arsenal. Simultáneamente, erigió bloqueadores aegis en un intento de prevenir la propagación de la infección.

—Mando de la puerta —dijo abriendo un canal con el subterráneo centro de mando que supervisaba todas las operaciones de la Puerta de Guilliman—. Aquí el magos Locard, a bordo del Lex Tredecim. Advertencia: aíslen todos los cogitadores conectados a los controles de fuego de la batería tres-ultra-nueve. Su código de control ha sido infectado.

—¿Infectado? —dijo una voz cuya secuencia de reconocimiento indicaba que pertenecía al magos Ultis.

—Así es —dijo Locard mientras veía cómo caía un bloqueador aegis tras otro, abrumado por un instante por la rapidez con que se replicaba y mutaba el código—. Repetición/Clarificación/Énfasis: desactive y aísle todos los cogitadores conectados a los controles de fuego.

—Entendido —dijo Ultis—. Desconectando, ahora.

Locard comprendió inmediatamente que eso no iba a ser suficiente. La agresividad del código corrupto era increíble, como la plaga más virulenta imaginable. Se conectó directamente a los sistemas infectados, copiando y aislando sus sistemas activos en datos interceptables independientes antes de sumergirse a sí mismo en el flujo de corrupción.

El código giraba y aullaba a su alrededor, como una caótica ofensa a las leyes euclidianas de la matemática. Con todos los rasgos característicos del Mechanicum Oscuro, la destrucción aleatoria del código violaba todas y cada una de las dieciséis leyes del Mechanicum. Bullía como un ser vivo, pero no estaba vivo, era artificial, y nada artificial es realmente aleatorio.

Lo bloqueó, lo desvió a sistemas redundantes y lo dirigió en círculos autodestructivos, pero por cada cepa que destruía, otra surgía de entre los restos numéricos. Como una hidra de la Antigüedad, se regeneraba a sí mismo con la rapidez de un virus, y en cuanto purgaba un sistema, surgía otra infección.

Infectaba los sistemas de la puerta a ritmo geométrico, propagándose a los sistemas de soporte vital, las conexiones de energía, los sistemas de ventilación... Con reciente terror, descubrió su objetivo final, los sistemas que controlaban la propia puerta. La Puerta de Guilliman era tan gigantesca que no existían sistemas manuales capaces de abrirla. Los pistones y motores activados por una poderosa maquinaria controlaban el mecanismo de apertura de la puerta, y ésos eran los sistemas que estaban cayendo bajo el control del código.

Locard sabía que no podía vencer, pero con cada ataque, parada y respuesta de datos, crecía su comprensión de la metodología del código, y la guardaba en protegidas espirales de memoria para un futuro estudio.

—Magos Ultis —dijo al captar la confusión y el pánico en el centro de control de la puerta—. Los sistemas operativos que controlan el mecanismo de apertura de la puerta están comprometidos. Alerte a todas las posiciones, que retrocedan inmediatamente.

—Magos Locard —le replicó Ultis, incapaz de ocultar pese a su sintetizador de voz el miedo que sentía—, no puedo comunicar esta orden. No tengo tanta autoridad.

Locard desconectó su conexión con el centro de control de la puerta al empezar a notar la balbuceante corrupción en la voz de Ultis. La puerta estaba perdida, y emitió una señal general de evacuación. Todos los comunicadores en los alrededores de la Puerta de Guilliman recibirían la orden de retirada. Sólo podía esperar que lo hubiera hecho a tiempo.

Había una conciencia maligna tras ese ataque, una mente potenciada llena de conocimientos prohibidos y mancillada por los engaños del Caos. En el pasado había sido una mente no muy distinta de la suya, formada por los mejores arquitectos cognitivos de Marte, pero al contrario que otras mentes corrompidas que Locard había encontrado, ésta no era ni remotamente tan experimentada. Había una frescura en su mente que hablaba de un origen mucho más joven que cualquiera de los tecnosacerdotes caídos que se habían aliado con el architraidor Horus.

—Sois muy hábil —dijo, utilizando su voz corporal por temor a repetir elementos del código corrupto—. Pero sois impetuoso, y yo aprendo rápido. Ahora os conozco, y el conocimiento es poder.

Cortó su conexión con la puerta, cerrando todas las conexiones con los datos corruptos que había grabado y los almacenó en prisiones seguras de memoria. Más tarde los estudiaría pero, de momento, su contribución a la defensa de Calth requería unas acciones de cariz más marcial.

Con un siseado canto binario, el magos Locard activó los sistemas de armamento del Lex Tredecim.

Honsou observó mientras la luz verde se propagaba desde el estanque de Cycerin a los orificios de aspecto orgánico en los muros de la Basílica Negra. Esa sala había sido antaño su puente de mando, pero ahora era un templo de piedra negra y hierro. Varios acólitos encapuchados del Dios Máquina Oscuro realizaban sus cometidos, todos ellos sin cara, con un mero vacío negro bajo sus capuchas. Un gran altar de arenisca con vetas rojas vibraba con un lento latir, y su superficie parecía iluminada por una luz de color esmeralda.

—No me lo puedo creer —dijo Grendel—. Lo han logrado.

Honsou sonrió y abrió un canal de comunicación con su ejército, aunque sabía que no era necesaria ninguna orden, pues todos los guerreros habían visto lo que Grendel había visto.

La Puerta de Guilliman se estaba abriendo.

Las pisadas de Uriel resonaron a lo largo de los amplios corredores del otro lado de la puerta. La desesperación proporcionaba fuerza y velocidad adicionales a sus extremidades. La puerta se estaba abriendo, y sus cañones se habían acallado. De todas las estratagemas que había pensado que los Guerreros de Hierro podían utilizar, la sutileza no era ninguna de ellas, y se maldijo a sí mismo por no prever que Honsou lo sorprendería.

La evacuación de la Puerta de Guilliman ya se había iniciado, un millar de vehículos de todo tipo estaban replegándose ordenadamente por la carretera interior, hacia la primera de las grandes cuevas. La sección frontal del Lex Tredecim ardía con la luz de sus múltiples sistemas de armamento, disparando a los enemigos que atravesaban la puerta abierta. Nada podía sobrevivir a un vendaval como ése de disparos láser y proyectiles pesados, pero a medida que la puerta se abría más, la tormenta enemiga se iba convirtiendo en una marea cada vez más imparable.

Los Espadas de Calth corrían junto a Uriel, y varias unidades de las fuerzas auxiliares ya habían sido enviadas a la posición que el magos Locard habían identificado como el origen de la infiltración. Petronius Nero había desenfundado su sable y un creciente resplandor se iba formando alrededor del cañón del rifle de fusión de Hadrianus. Aunque eran más útiles para destruir vehículos blindados, las armas de fusión seguían siendo un arma formidable para limpiar edificios. Si se disparaban en un lugar cerrado, la detonación vaporizaría el oxigeno y aspiraría el aire de los pulmones de cualquiera que se encontrara alrededor.

El curvado corredor estaba construido con permacemento pretensado, y sus paredes estaban perfectamente pulidas y adornadas con bajorrelieves que mostraban símbolos de los Ultramarines y frescos devocionales. Las puertas blindadas conducían a los arsenales, templos, posiciones de tiro y galerías de defensa.

Un esquema sobreimpreso mostraba la ruta por la que el enemigo se había infiltrado, pero Uriel no necesitaba esa guía, pues obedecía a un instinto mucho más primario. Aunque no podía explicarlo, sabía exactamente por dónde había penetrado el enemigo, igual que sabía quién había allí, el vástago bastardo de la daemonculati.

Lo había visto a través de sus ojos, y podía sentir su presencia con tanta seguridad como los latidos de su corazón. Se oyeron unos tiros un poco más adelante, el actínico crepitar de los proyectiles láser golpeando el permacemento y el ensordecedor estallido de los proyectiles bólter. La escuadra de Uriel dobló una esquina del corredor y hubo un violento intercambio de disparos y humo.

Las tropas de las fuerzas auxiliares disparaban contra una puerta de contención parcialmente abierta que daba acceso a una de las principales baterías de defensa de la puerta principal. Bajo la cobertura de sus compañeros, un valiente soldado avanzó con una carga de demolición para destruir la puerta y franquear el camino. Una devastadora andanada de agujas se dirigió hacia él desde el interior de la batería. En el mismo instante en que fue alcanzado, los dardos explotaron y el soldado quedó reducido a trozos de sangre y de carne.

Una controlada ráfaga de bólter abatió a tres soldados más, y el resto se puso a cubierto.

—Dejadme acercar a esa puerta y mataré a todos los que hay en el interior —dijo Hadrianus.

Uriel asintió, pero añadió una orden antes de que Hadrianus pudiera moverse.

—Destruye sólo la puerta. Quiero a quienquiera que esté ahí dentro con vida.

Hadrianus asintió y dobló la esquina corriendo agachado hacia la puerta. Uriel y el resto de los Espadas de Calth lo siguieron, separados para no atraer una andanada concentrada de proyectiles, y con los bólters apoyados en el hombro. Uriel desenfundó su pistola y su espada mientras una tormenta de agujas salía al encuentro de su escuadra. Pero aquellos proyectiles fragmentados no podían penetrar las servoarmaduras. Brutus Cyprian y Peleus dispararon hacia el agujero en la puerta, siendo recompensados con agudos aullidos de dolor alienígena.

—¡Ahora! ¡Livius, Brutus! —ordenó—. ¡Derribad esa puerta!

Hadrianus disparó dos rápidas ráfagas de su arma de fusión y los goznes de la puerta desaparecieron en un destello de acero fundido. Las gotas de metal anaranjado resbalaron por los bordes de la puerta, y Brutus Cyprian se lanzó contra ella con un rugido de oso. Golpeó con su bota la pesada puerta, que se dobló hacia el interior con un crujido. La puerta cayó hacia dentro. Uriel y Peleus se parapetaron a ambos lados, disparando hacia el interior mientras los soldados enemigos salían de la brecha. Uriel vio unas veloces criaturas reptilianas dirigiéndose hacia la gigantesca y ahora silenciosa masa de la batería de cañones, todos ellos con largas garras y siseantes caras draconianas. Su piel mostraba todo un arco iris de colores mientras disparaban nuevas andanadas de sus proyectiles de aguja hacia ellos.

Uriel se agachó mientras la entrada se llenaba de fragmentos de metralla. Peleus se arrodilló y efectuó tres precisos disparos, derribando a los tres reptiles. Para el ojo desentrenado podría parecer que Peleus ni siquiera había apuntado, pero Uriel le había visto disparar en las galerías de tiro de Macragge y sabía que su portaestandarte era un excepcional tirador, posiblemente el mejor del capítulo.

—¡Vamos! —gritó mientras atravesaba la puerta con la pistola bólter sacudiéndose en su mano al disparar a otra de las criaturas alienígenas. Su carne explotó en húmedos fragmentos grisáceos y murió en medio de un alarido de dolor. Otro alienígena saltó sobre él, pero su espada le atravesó el tórax y le cercenó las extremidades en medio de una silbante lluvia de órganos.

Petronius Nero se movía en medio de la veloz masa de alienígenas como si fuera un bailarín, con su espada convertida en una difuminada forma argéntea mientras se movía siguiendo una intrincada secuencia de movimientos. Las garras alienígenas lo arañaban, pero desviaba todos los ataques con aparente facilidad, haciendo saltar miembros amputados con cada grácil golpe de su sable.

Peleus y Hadrianus disparaban precisas ráfagas, apoyándose mutuamente mientras limpiaban un sector tras otro. Brutus Cyprian clavaba en el suelo a los asesinos alienígenas con los puños a medida que éstos saltaban contra él, tratando de atravesar con sus garras la armadura, y sus fauces tratando de perforarle el visor. Otro guerrero se habría acobardado, pero Cyprian arrancaba metódicamente de su cuerpo a cada uno de sus atacantes y le aplastaba el cuello, le pisoteaba el pecho, o le machacaba el cráneo contra las paredes.

Más proyectiles de aguja rebotaron por la sala de la batería mientras las últimas criaturas reptilianas luchaban hasta la muerte. Mientras mataba a otra, Uriel se dio cuenta de que ni siquiera estaban tratando de escapar, eran la retaguardia. Con ese pensamiento, desenfundó sus espadas y saltó hacia una protuberancia. Desde allí se izó hacia la superficie superior.

Dos individuos se escabullían por encima de los cañones de la batería hacia el extremo abierto del escudo de impacto.

Uno llevaba las bruñidas placas de los Guerreros de Hierro, el otro las intensamente negras de lo que antaño había sido la Guardia del Cuervo. La figura de negro volvió la cabeza y sus ojos se encontraron a través de las lentes de sus cascos de batalla.

—Vaanes... —siseó Uriel levantando su pistola.

Apuntó al renegado con la pistola y Ardaric Vaanes se detuvo en su huida.

El momento se alargó, pero Uriel no disparó. No podía ver la cara de Vaanes, pero sentía su deseo de permanecer atrás para enfrentarse a él. No, enfrentarse a él no... enfrentarse a su propia redención prohibida. La sensación era distinta a cuanto Uriel hubiera experimentado jamás. Ése era un enemigo que había traicionado todo lo que el Adeptus Astartes representaba, y aun así no podía dispararle.

Las garras surgieron de los guanteletes de Vaanes y éste se abalanzó sobre Uriel con un aullido petrificador. Uriel disparó, partiendo con el disparo las garras del puño derecho del guardia del cuervo. Uriel retrocedió mientras el guerrero se lanzaba sobre él. Una garra se dirigió hacia su costado, y Uriel rodó para evitarlo. Las garras de energía le arañaron la armadura, y él golpeó con la culata de la pistola la cabeza de Vaanes.

Ambos rodaron por el confinado espacio como si se tratara de una simple reyerta, golpeándose con los puños, clavándose rodillazos y utilizando los codos como armas mientras se agredían con la furia de antiguos camaradas que acaban de descubrirse en bandos opuestos. Uriel golpeó con la bota la cintura de Vaanes. El guerrero se estremeció y golpeó el casco de Uriel con la palma de la mano, haciendo que la cabeza le retrocediera con un crujido sonoro. Una vez más, las crepitantes cuchillas se dirigieron hacia Uriel, pero éste rodó a un lado y se lanzó hacia las piernas de Vaanes.

Los dos cayeron entre los cañones de la batería, y se estrellaron contra el suelo con un fuerte crujido de ceramita. Uriel hundió un codo en la garganta de Vaanes, pero el guardia del cuervo se libró retorciéndose mientras las garras de su guantelete surgían de sus nudillos con un siseo de crepitante energía.

Uriel había logrado mantener empuñada su pistola y lo apuntó una vez más con el arma.

—Adelante, Ventris —dijo Vaanes con su puño en posición para asestarle el golpe de gracia—. Acaba de una vez.

Brutus Cyprian cayó sobre Vaanes y lo aplastó contra el suelo, sometiéndolo con su increíble fuerza. Vaanes luchó para librarse de la presa, pero contra tamaño poder sus esfuerzos fueron en vano. Uriel se irguió mientras Livius Hadrianus se acercaba con su rifle de fusión preparado.

—No —le ordenó—. Shaan le quiere con vida.

Hadrianus asintió y Petronius Nero ayudó a Cyprian a poner en pie al guardia del cuervo, que seguía debatiéndose. Mientras Uriel dejaba escapar un suspiro, levantó la mirada hacia los cañones y recordó la segunda figura que había visto.

El guerrero de hierro estaba a horcajadas en el extremo del cañón, con la cabeza inclinada a un lado, con un gesto de asombro embelesado. Uriel no necesitó ver su desfigurada cara para saber que esa criatura llevaba su material genético en el interior de su violado cuerpo. Tenía el arma levantada pero no disparó.

—¿Tú eres Ventris? —preguntó con una voz que era a la vez chirriante y vil, pero que contenía una horripilante familiaridad en su tono.

—Yo te conozco —dijo Uriel—. Sé lo que te hicieron.

—Tú no sabes nada —siseo el guerrero de hierro justo antes de disparar a Uriel en la cabeza.

La boca de la cueva más allá de la puerta abierta estaba bloqueada por una masa de rocas desprendidas y restos del techo de la caverna que hacían imposible el paso. Varias toneladas de roca habían caído del techo de la cueva, lo que había bloqueado la ruta hacia el interior de Calth tan por completo como si ésta jamás hubiera existido. Mezclados con los cascotes había tanques destruidos y cuerpos despedazados, los de aquellos más ansiosos por perseguir a los Ultramarines.

—¿Cuánto tardaremos en atravesar eso? —preguntó Grendel.

—¿Atravesarlo? —exclamó Honsou mientras el suelo temblaba por la aproximación de cinco poderosos vehículos—. No vamos a atravesarlo, vamos a pasar por debajo.

Surgieron de las engrasadas bodegas de la Basílica Negra como si se trataran de gordos gusanos de boca cónica. Las cinco máquinas de guerra eran cilíndricas y tenían unos veinte metros de diámetro, con multitud de cortadores láser, perforadores de fusión y taladros de rayos de conversión montados en su sección frontal.

—Máquinas como éstas derribaron las murallas de Hydra Cordatus y un millar de fortalezas antes de ésta —dijo Honsou—. No tendrán ningún problema en abrirnos un camino a través de la roca de Calth. Estaremos al otro lado en pocas horas.

Grendel asintió mientras los Guerreros de Hierro dirigían las gigantescas brocas hacia el terreno despejado delante de la avalancha. Las bombas hidráulicas levantaron sus secciones posteriores en medio de agudos quejidos de metal engrasado, y las brocas cónicas empezaron a perforar en medio de una explosión de ruido y luz.

Honsou se volvió hacia el ingénito, viendo la mirada perdida en los ojos de su grotesco campeón. Éste había regresado de la misión de abrir la puerta junto al loxatl, pero Ardaric Vaanes había sido hecho prisionero por los Ultramarines. Honsou todavía no había decidido si eso era algo malo o no.

—¿Tú lo viste? —quiso saber Honsou. No consideró necesario clarificar más la pregunta.

—Vi a Ventris —confirmó el ingénito, observando cómo centenares de los Nacidos de la Sangre se arrastraban por la caverna cubierta de polvo que la avalancha había bloqueado.

—¿Y no lo mataste? —le espetó Grendel—. Te estás volviendo blando con la edad.

—No se presentó la oportunidad —dijo el ingénito—. Vaanes se interpuso.

—Jamás pensé que fueran capaces de capturar a un astartes de la Guardia del Cuervo —dijo Grendel moviendo un pulgar en dirección al ingénito y mirando directamente a Honsou—. Pensaba que antes tratarían de capturar a esa cosa. ¿O hay algo que no nos has contado?

Honsou no respondió y el ingénito se giró hacia Grendel.

—¿Sospechas que Vaanes se dejó capturar?

—Tal vez —confirmó Grendel—. Pero no estoy seguro de quién puede haber sido la idea.

—¿Qué quieres decir?

—Tal vez Vaanes se dejó capturar porque todavía piensa que puede ser salvado —dijo Grendel. Una mirada maliciosa se reflejó en sus cicatrizados rasgos—. O tal vez Honsou ha pensado que Vaanes podría dejarse capturar para así tener un hombre en el interior...

Honsou hizo caso omiso de la insinuación.

—O tal vez Vaanes tenía alguna esperanza de clemencia. Después de todo, si una cosa sabemos de Ventris es que siempre piensa lo mejor de todo el mundo. Él piensa que los pecadores todavía pueden ser salvados, y eso lo hace débil.

—Si todavía sigue con vida —apuntó Grendel—. El ingénito le disparó a bocajarro con un proyectil bólter.

—Está vivo —dijo el ingénito poniéndose en cuclillas detrás del grupo con la cabeza hacia atrás—. Puedo notarlo. Quiero que siga con vida.

—En ese caso, ¿por qué te molestaste en dispararle? —inquirió Grendel—. No parece una acción lógica para alguien que dice que quiere conocer a su creador.

—Quiero conocerle, pero primero quiero que sufra —dijo el ingénito—. Sin él yo no existiría. Sin sus genes no me habría convertido en uno de los sinpiel, una monstruosidad abortada abandonada a su suerte en Medrengard.

—Suena a que le estás agradecido —se burló Grendel.

—¿Agradecido? —rugió el ingénito poniéndose en pie de golpe—. Mi vida es fragmentaria. Soy los restos de dos personas y vivo dolorosamente cada instante que pasa. ¿Agradecido? No, Ventris me condenó a la agonía de una vida que no quería. Él me hizo lo que soy y no existe suficiente dolor en el mundo para el dolor que él debe sufrir a cambio.

—Éste es mi chico —dijo Honsou con una mueca.