Once

El primer ataque contra Praxedes fue un relámpago de luz, y el primer aviso que tuvieron los defensores de la ciudad portuaria fue el estampido metálico de unos proyectiles al estallar por encima de sus cabezas. Los centinelas levantaron la vista, los tanques antiaéreos Hydra elevaron sus cañones cuádruples hacia el cielo y entonces, un momento después, el brillo cálido del sol quedó eclipsado por una explosión que llenó el firmamento de fuego incandescente. Los sistemas de puntería se sobrecargaron y se fundieron, las retinas quedaron dañadas de un modo irreparable y los delicados sistemas sensores quedaron destrozados de inmediato.

Mientras que algunos enemigos del Imperio atacaban bajo la protección de la noche, los tau llegaron con el brillo abrasador de un millar de soles.

Una hueste de naves con forma de punta de flecha llegó volando desde el océano occidental tras aquella explosión cegadora. Habían despegado de plataformas flotantes que habían descendido sin ser detectadas hasta la superficie del planeta y se habían mantenido ocultas gracias a la tecnología alienígena. Después, habían esperado durante meses la orden de atacar de El’esaven. Las defensas aéreas de la ciudad costera, pilladas por sorpresa y cegadas por aquel cielo llameante, no tuvieron tiempo de enfrentarse a las naves atacantes. La primera oleada comenzó las pasadas de ataque cuando las sirenas empezaban a sonar para levantar de sus camastros a la mayoría de los guardias del Mando Lanza.

Veinticinco cazas de la clase Barracuda del cuerpo de cazadores de la Estrella Ardiente pasaron aullando por encima de las bases aéreas de Praxedes sin dejar de disparar los cañones que llevaban montados en el morro. La ciudad era la mayor instalación portuaria de todo Pavonis, y la mayoría de sus estructuras se habían construido en las laderas de un cráter muy antiguo que en su lado occidental había quedado abierto con el tiempo al vasto y frío océano. Los largos campos de aterrizaje y las plataformas de descarga sobresalían por encima del mar como ramas sin hojas de un árbol plateado.

Algunas de esas plataformas estaban ocupadas por naves de transporte que se utilizaban para llevar contenedores a las inmensas naves estelares de carga, pero la mayoría permanecían vacías. Muy pocos de los navíos de la ciudad eran naves de combate, y las pocas que consiguieron despegar quedaron hechas pedazos en el aire a los pocos minutos de que se produjera el primer aviso.

Numerosas columnas de humo empezaron a subir hacia el cielo a medida que estallaban los depósitos de combustible. Las ráfagas de luz abrasadora acribillaban los hangares y las filas de contenedores del puerto. El pánico se apoderó de la ciudad. El Mando Lanza tenía su base en un edificio fortificado levantado en un lado de los muelles, y los cañones antiaéreos empezaron a abrir fuego cuando los cazas Barracuda sobrevolaron el lugar para efectuar otra pasada de ataque. El cielo quedó iluminado por las ráfagas de proyectiles trazadores, y unas cuantas aeronaves tau se desplomaron partidas en dos o con los motores destrozados por la barrera de proyectiles. En cuanto los tanques abrieron fuego, los equipos de localización ocultos en los riscos situados por encima de la ciudad los iluminaron con unos rayos de luz láser invisibles.

De las alas de las naves supervivientes salieron disparados enjambres de misiles que, al igual que sabuesos de caza con el olor a sangre en la nariz, se dirigieron rugiendo directamente hacia los tanques imperiales. Pocos momentos después, el Mando Lanza era el escenario de una matanza cuando no menos de cuatro misiles se estrellaron contra cada una de sus seis baterías antiaéreas.

La onda expansiva de las explosiones sacudió la base a medida que los tanques antiaéreos iban siendo destruidos. De los restos surgieron grandes columnas de humo espeso y aceitoso. Las llamas y las explosiones iluminaron el anochecer con un brillo naranja infernal mientras los Barracuda daban vueltas alrededor como aves carroñeras.

Una vez eliminada la defensa antiaérea de la ciudad, cuatro naves gigantescas de alas anchas, parecidas a las de un monstruo submarino que hubiera cambiado las profundidades por el cielo, llegaron volando bajo sobre el océano. Por delante de ellas empujaban grandes olas de espumeante agua negra que sacudieron las plataformas y provocaron fuertes ráfagas de aire magnetizado.

Las fuerzas imperiales conocían y temían aquellas grandes naves. Las llamaban Mantas, y eran aeronaves de transporte tremendamente poderosas capaces de transportar el equivalente de una compañía de combate. Nuevas ráfagas de proyectiles explosivos acribillaron las plataformas de aterrizaje para eliminar a cualquier posible defensor que hubiera sobrevivido hasta entonces.

Cada una de las naves alienígenas se aproximó volando bajo a una plataforma vacía y giró sobre su propio eje horizontal antes de posarse con suavidad entre chorros de agua ionizada y restos empujados por los propulsores de aterrizaje. Sus cubiertas inferiores se abrieron y cada transporte descargó cuatro ágiles tanques gravitatorios que avanzaron flotando sobre unas burbujas ondulantes de energía antigravitatoria. Cada grupo era una combinación de transportes ligeros Mantarraya, de tanques pesados Cabezamartillo y Mont’ka Shas; estos últimos cargados de misiles. En cuanto los vehículos blindados abandonaron las naves, los siguieron filas de armaduras de combate, todas ellas equipadas con armas pesadas. Las formaciones alienígenas atravesaron con rapidez las plataformas de aterrizaje.

Una vez desplegadas las armas pesadas, unas rampas telescópicas bajaron desde las cubiertas superiores y una escuadra tras otra de guerreros con armadura surgieron de sus enormes hangares. Un puñado de drones volaba por encima de los soldados, veteranos procedentes del planeta Sa’cea y que se llamaban a sí mismos los Guerreros de Fuego. Las espinas sensoras de los drones exploraban a izquierda y a derecha y transmitían la información a cada jefe de escuadra.

Todo el despliegue duró menos de un minuto, y mientras el primer Manta despegaba para marcharse, otros cuatro se posaron para desembarcar más tropas. En menos de diez minutos, más de treinta vehículos blindados, sesenta armaduras de combate y cuatrocientos soldados de infantería atravesaban las calles donde se encontraban los edificios y las estructuras de mando del puerto.

Los tanques de apoyo hicieron llover sobre el interior de las fortificaciones del Mando Lanza una descarga tras otra de misiles de una precisión mortífera, ya que cada uno de ellos era guiado por los observadores ocultos en los riscos. Los edificios de los barracones quedaron reducidos a escombros, los emplazamientos defensivos fueron arrasados y los hangares de vehículos estallaron en llamas cuando los depósitos de combustible blindados del subsuelo se resquebrajaron por una serie de impactos coordinados a la perfección.

Cientos de guardias lavrentianos murieron en los primeros momentos del ataque, destrozados por la metralla que lanzaban los misiles al explotar o aplastados por los escombros cuando la base se fue haciendo pedazos a su alrededor. Centenares más murieron cuando una oleada de armaduras de combate de color verde oliva bajó del cielo sobre las columnas de fuego que expulsaban los retrocohetes. Los cañones giratorios acribillaron las explanadas y los rayos cegadores de fuego azul impactaron entre los grupos de soldados inmovilizados por el pánico.

Los capitanes intentaron organizar a gritos una defensa coherente, pero enfrentarse cuerpo a cuerpo a las armaduras de combate era igual que intentar atrapar el humo con las manos. Los destacamentos de armas pesadas se desplegaron y abrieron fuego, pero sus objetivos parecían insectos danzarines en el aire, moviéndose de un lado a otro velozmente gracias al impulso controlado con precisión de los retrocohetes. El fuego de los disparos destelló en el interior del bastión de los lavrentianos creando un increíble entramado de luces. Unas cuantas armaduras de combate cayeron derribadas, pero las bajas entre los guardias imperiales eran mucho mayores, y el pánico empezó a convertirse en terror.

De todo el potencial blindado del Mando Lanza, tan sólo un puñado de Leman Russ Conqueror logró salir de la infernal tormenta de fuego que azotaba el campamento. Emergieron de la nube de humo acre dispuestos a enfrentarse al enemigo en su terreno. Tras ellos fueron unos cuantos transportes Chimera. Aquel gesto de desafío fue algo noble y valiente, pero las fuerzas imperiales eran penosamente inferiores en número comparadas con todos los efectivos que se habían desplegado en Pavonis meses antes.

En la batalla que se libró a continuación, los desesperados tanques imperiales, superados en número y en armamento, acabaron volando en pedazos por los proyectiles a hipervelocidad que los reventaron por dentro y los redujeron a unas pilas ennegrecidas y humeantes de metal retorcido.

Los tau se apoderaron por completo de Praxedes en menos de una hora, y el espaciopuerto costero se convirtió en la cabeza de puente de la invasión. Además, tomaron prisioneros a más de mil guardias lavrentianos, lo que hizo que la caída de la ciudad se convirtiera en la peor derrota sufrida por el regimiento a lo largo de toda su noble e ilustre historia.

Sin embargo, la caída de Praxedes no fue más que el comienzo de una noche sangrienta.

Una vez asegurada la cabeza de puente, las unidades de vanguardia de los tau se alejaron de la costa en un avance rápido. Mientras tanto, las gigantescas Mantas siguieron desembarcando fuerzas armadas en las plataformas de descarga. Cada hora que pasaba llegaban centenares de guerreros de fuego, de armaduras de combate y de vehículos blindados a la superficie de Pavonis.

Las fuerzas de reconocimiento tau avanzaron bajo el apoyo de los cazas Barracuda a lo largo de la autopista 236, la vía arterial que seguía el curso del río en dirección a Olzetyn. Era una ciudad magnífica, sólo superada en importancia por Puerta Brandon. Estaba construida sobre una multitud de puentes que cruzaban los anchos abismos excavados en la tierra por la confluencia de tres grandes ríos, que se unían para formar un inmenso cauce fluvial que corría en dirección al oeste, hacia Praxedes. Los edificios se apiñaban como colmenas en miniatura sobre los puentes, el más grande y ostentoso de los cuales era el puente Imperator, con toda su majestuosidad dorada y marmórea.

El coronel Loic estaba al mando de las unidades de la Fuerza de Defensa Planetaria desplegadas en la gran ciudad de los puentes. Sus fuerzas estaban apoyadas por casi tres mil guardias imperiales del Mando Escudo. Una vez alertados del peligro al que se enfrentaban, tanto el coronel Loic como el capitán Gerber, del 44.º, reagruparon a sus soldados con una rapidez digna de elogio para enfrentarse a los tau, y los primeros ataques fueron rechazados con unas pérdidas mínimas.

El resto de la noche transcurrió entre feroces escaramuzas debido a que los exploradores tau se dedicaron a poner a prueba las defensas exteriores de la ciudad, pero el asalto a Olzetyn no fue más que otra de las ofensivas de los tau.

La ciudad-gueto de Jotusburg estaba siempre cubierta por el techo caliente que representaba la nube de contaminación. Los barrios abarrotados y las colmenas ruinosas eran el hogar de millones de trabajadores del Mechanicum que se afanaban en las forjas y en las armerías del Cinturón Diacriano. Las laderas de las montañas Sudinal estaban cubiertas por cientos de miles de silos, de almacenes de mineral, de hangares, de centrales de energía y de fundiciones. Esas montañas formaban una barrera vertiginosa que mantenía a la ciudad a salvo de los vientos aullantes y contaminados procedentes de los páramos meridionales.

Las regiones del sur del continente eran una extensión de hormigueros inmensos compuestos por forjas cubiertas de hierro y chimeneas de piedra que producían la mayor parte de la energía y de la materia prima que se utilizaban en las manufactorías de Pavonis.

Pero alguien había atizado esos hormigueros, que se habían puesto en marcha de inmediato.

En cuanto las sirenas de alerta resonaron por las callejas y callejones de la apestosa ciudad, se encendieron las parpadeantes lámparas de éter y las mugrientas unidades de la FDP, cuyos soldados estaban cubiertos de suciedad, se apresuraron a formar en sus posiciones. Las unidades de tecnoguardias y de skitarii se movilizaron de un modo eficiente y se desplegaron en sus puestos de combate, pero no eran más que una pequeña fracción de las defensas. Los destacamentos de guardias imperiales del Mando Estandarte se pusieron en alerta máxima cuando llegó la orden de lord Winterbourne de que debían estar preparados para entrar en combate.

El primer aviso de que el enemigo se acercaba lo dieron, una vez más, los tanques antiaéreos Hydra. Los calculadores de combate de cada vehículo registraron la aparición de múltiples señales correspondientes a aeronaves que volaban a gran altitud procedentes del oeste. El comandante en jefe del regimiento les había dado permiso para disparar a discreción, por lo que los tanques abrieron fuego y las brillantes ráfagas de disparos y las explosiones iluminaron la capa de contaminación que cubría Jotusburg con destellos difusos y amarillentos al provocar la explosión de los gases inflamables.

Los defensores de Jotusburg observaron atentamente el cielo estroboscópico mientras unas sombras ominosas removían la capa de contaminación por encima de ellos, con los nervios tensos por el miedo a la espera del aullido de las bombas al caer o de las naves de desembarco efectuando sus pasadas de ataque previas al aterrizaje. La espera fue insoportable, pero a medida que los minutos fueron pasando, uno tras otro, pareció que las naves tau simplemente estaban efectuando una misión de reconocimiento.

Esperanza que quedó aplastada con crueldad cuando cientos de discos resplandecientes atravesaron la nube de contaminación y cayeron como una lluvia de monedas plateadas esparcidas por una mano gigante. El cielo quedó abarrotado de siluetas cuando casi mil drones de combate fueron lanzados en masa por los bombarderos Tiburón Tigre adaptados para ello.

Los drones bajaron en picado y las armas que llevaban acopladas dispararon de forma indiscriminada contra cualquier objetivo que se les puso a tiro. Se dividieron en equipos rugientes de cazadores asesinos que zigzaguearon por las calles serpenteantes, por las avenidas y por las estaciones a oscuras y sin dejar de disparar en ningún momento.

Avanzaron sin descanso ametrallando a los tecnoguardias que todavía se estaban desplegando y emboscando a las unidades de la FDP lanzadas a la carrera antes de desaparecer entre las sombras cargadas de humo. Las torres de energía, los mástiles de comunicaciones y las estaciones de tránsito sufrieron sus ataques, lo mismo que cualquier otra cosa que pudiera ser destruida para entorpecer la respuesta imperial.

Por las calles de Jotusburg resonaron los gritos y los aullidos de confusión a medida que los drones infestaban la ciudad como si se tratara de virus. No se detuvieron en ningún momento, siempre a la caza, y la movilización que había comenzado tan velozmente se vio detenida casi en seco cuando los defensores de la ciudad tuvieron que concentrarse en su interior para eliminar al enemigo que se había infiltrado entre ellos.

Lo único que había percibido desde que se había despertado era el dolor, un dolor agonizante y demencial que amenazaba con provocar la huida aullante de su mente a un rincón oscuro de su cabeza para escapar de la locura. Su cuerpo era una masa de sufrimiento insoportable a pesar de la morfia que le habían inyectado. No había un solo trozo de su cuerpo que no estuviera sacudido por el dolor, y lloró lágrimas de amargura con unos ojos ya sin párpados.

Gaetan Baltazar miró fijamente el destrozo en el que había quedado convertido su cuerpo. El pecho, el torso y las extremidades estaban cubiertos por una masa de vendas de las utilizadas en quemaduras, y las manos eran poco más que garras de huesos fundidos entre sí metidas en bolsas de gel esterilizante. Cualquier semejanza con un rasgo de humanidad había quedado aniquilada por el fuego que había destruido el Templum Fabricae.

Aunque no podía verse la cara, sabía que también su cabeza era una masa quemada de tejido ennegrecido, y que uno de los ojos no era más que una bola gelatinosa y goteante. Se dio cuenta a través de la neblina del dolor y de la medicación de que estaba tumbado en una cama blanda dentro de una cámara abovedada construida con piedra de tonos pálidos.

Por encima de él colgaban unos estandartes votivos en los que se habían bordado imágenes de guerreras con armadura que protegían una vela encendida. El aire estaba cargado con el olor a incienso, a antiséptico y a muerte.

El hospicio de la Vela Eterna.

«¿Cómo he llegado hasta aquí?»

Su memoria parecía un espejo roto, en el que cada trozo reflejaba un aspecto diferente del horror que lo había confinado a una cama de aquel hospital, donde lo atendían las hermanas hospitalarias de túnicas blancas con expresiones que se alternaban entre el horror y la compasión.

Gaetan recordó las llamas y los gritos. Recordó las formas invisibles pero rielantes de los demonios que atacaron el Templum Fabricae.

Sobre todo, recordaba el fuego de las terribles armas que llevaban acopladas en los brazos.

En cuanto los vio reuniéndose, saltaron de las vigas de hierro de la nave. Los retazos de luz les proporcionaban algo parecido a una silueta. Eran grandes, encorvados y lo bastante pesados como para romper las losas de mármol del suelo cuando aterrizaron. Gaetan parpadeó con fuerza hasta que distinguió mejor las siluetas con armadura justo cuando empezaron a disparar.

Las lenguas de fuego acribillaron el templo, y los gritos de dolor y de pánico aparecieron de inmediato. El eco incesante de los disparos compuso un himno de muerte brutal mientras los cientos de personas reunidas en el Templum Fabricae intentaban escapar de las mortíferas andanadas corriendo hacia las enormes puertas del extremo de la nave o lanzándose al suelo debajo de los bancos hechos astillas.

La huida fue imposible, porque los demonios invisibles atravesaron el templo con una meticulosidad inmisericorde y dispararon una ráfaga tras otra de proyectiles explosivos contra la masa enloquecida de fieles que huían presos del pánico. Los braseros, las lámparas y las velas cayeron derribados por la multitud en su desesperación por escapar. Las llamas empezaron a acariciar las paredes. La estatua del Emperador se tambaleó, y varios fragmentos de antracita ardiendo se desprendieron de su representación divina.

Gaetan sintió que una oleada de furia se apoderaba de él y tomó su destripadora, todavía en el altar. No sabía cuántos demonios había, pero tenía que luchar contra ellos, así que se lanzó contra la silueta borrosa que tenía más cerca.

—¡En nombre del Emperador, yo te golpeo y te maldigo! —gritó al mismo tiempo que blandía la enorme espada contra la cabeza del demonio.

Los dientes de adamantium de la espada sierra mordieron al demonio provocando una lluvia llameante de chispas y chorros de fluidos hidráulicos y de sangre. El demonio cayó al suelo, y al hacerlo, el velo de ilusión que ocultaba su forma repugnante se desvaneció por completo.

El cuerpo que había partido estaba protegido por una armadura de placas de color verde oliva, y la cabeza bulbosa y alargada se parecía al caparazón de un insecto. No era un demonio. Era un guerrero tau de alguna clase, un intruso y un profanador de aquel lugar sagrado. El capitán Ventris había tenido razón desde el principio. Los guerreros tau ya estaban en Pavonis, y buscaban arrancar la fe del corazón a sus habitantes.

La sangre siguió saliendo a chorros de la criatura. Gaetan alzó la mirada y vio cómo las llamas devoraban todo el templo, cómo consumían a los devotos, los bancos de madera y los estandartes de seda con la misma voracidad. Arrancó la destripadora del cadáver del guerrero tau y se dirigió hacia la silueta borrosa del enemigo más cercano mientras los trozos de piedra caliente caían a su alrededor formando una lluvia negra.

Los alienígenas lo vieron acercarse y apuntaron con sus armas, pero Gaetan no pensó en salvar su propia vida. Lo único que le importaba era que aquellos viles alienígenas debían pagar por lo que habían hecho. El tiempo se comprimió sobre sí mismo, y Gaetan se dio cuenta de que no lograría alcanzar a los guerreros tau antes de que lo acribillaran.

De repente, la cabeza del Emperador se separó de los hombros de la estatua y estalló en una explosión de trozos de piedra ardientes cuando chocó contra el altar. Los guerreros alienígenas cayeron derribados por los fragmentos afilados como cuchillas. El impacto también hizo saltar por los aires a Gaetan, quien cayó sobre la carne todavía blanda de una pila de cadáveres. Horrorizado, se apartó rodando de allí mientras el fuego lo rodeaba. El calor de las llamas le abrasó la piel y le quemó el cabello. Se puso en pie envuelto en fuego, con las ropas ardiendo, y el dolor fue inimaginable.

En unos instantes se había convertido en una antorcha humana, una furia llameante de agonía demencial. Corrió, y sus extremidades obedecieron el impulso instintivo provocado por el deseo de sobrevivir, el impulso que le hizo recorrer toda la nave en dirección a las puertas doradas que llevaban a la fresca noche que lo esperaba al otro lado. Gaetan sintió cómo la piel se le separaba de los huesos, cómo el tejido de la túnica se carbonizaba junto a la carne, cómo su rostro perdía todo rasgo bajo el calor insoportable de las llamas inmisericordes. El templo ardía a su espalda, pero en ese momento no pensó más que en la supervivencia, que ni siquiera estaba seguro de conseguir.

No tenía ni idea de cuánto tiempo estuvo corriendo, pero recordaba los gritos de miedo y de horror, el bendito aire frío en lo poco que le quedaba de piel, en la alegría y el dolor que sintió al notar los supresores de fuego que le cubrieron el cuerpo. Luego llegó la oscuridad, y un dolor agónico más allá de todo lo que había conocido, incluso casi más allá de la cordura. Llegaron los gritos, las luces, las agujas, los rostros que lo miraban, las voces que lo llamaban por su nombre.

Cánticos. Recordaba cánticos.

Se despertó en el dolor, y lloró mientras le recorría todo el cuerpo, a sabiendas de que bajo las vendas empapadas en antisépticos que lo envolvían apenas le quedaba vida, que su existencia colgaba de un hilo extremadamente fino. Los bálsamos para contrarrestar el dolor permitieron que su mente se alejara por completo de cualquier sensación física. Se mantenía en los rincones más apartados hasta que el dolor se sobreponía a cada una de las dosis y regresaba a su sufrimiento.

A cada uno de sus lados se extendía una hilera de camastros, y sus maltrechos ocupantes llenaban la cámara resonante de gritos y gemidos. Las hermanas de la Vela Eterna que cuidaban su cuerpo destrozado conversaban sobre temas banales, pero hacía tiempo que él había dejado de escucharlas, ya que le repelía la conmiseración que traslucían sus ojos. Lo único que ellas veían era un predicador moribundo y abrasado, alguien destinado a pasar los últimos momentos de su vida sufriendo una agonía terrible e insoportable. Intentaban aliviarlo mientras le llegaba la muerte, y pensaban que estaban siendo compasivas con él.

Sólo un visitante se le acercó sin pena en el corazón.

—Verdaderamente soportas el precio de la paz y del perdón —le dijo el prelado Cullan.

Estaba de pie al lado del camastro con una copia del credo imperial en la mano que tenía pegada al pecho. El predicador del regimiento lavrentiano era un individuo imponente, un sacerdote guerrero de túnica esmeralda que llevaba envainada una espada sierra a la espalda.

El cráneo pelado de Culla reflejaba la débil luz de la cámara del hospicio. Llevaba la barba separada en dos mechones, uno negro y otro plateado. Las motas doradas de las pupilas de sus ojos brillaban llenas de fe, y Gaetan se encogió de dolor al recordar el fuego que lo había dejado así.

Se pasó la lengua cubierta de pústulas por la rendija sin labios que tenía en el rostro y que era lo único que le quedaba de la boca. Oyó el siseo de un atomizador cuando soltó un breve chorro neblinoso de solución estéril para humedecerle los ojos.

—Culla, si has venido a burlarte, déjame en paz. Me muero —le dijo con voz rasposa, apenas un susurro.

—Sí, te mueres. He venido a ti como un compañero guardián de la llama.

Gaetan buscó en el rostro de Culla algún indicio de burla, pero no encontró ninguno.

—¿Qué quieres?

—Gaetan Baltazar, eres un defensor de la fe. Aunque hayas caminado entre las llamas del fuego de los inicuos, te alzarás de nuevo para acabar con el blasfemo, el hereje. Sí, y también con los alienígenas. En verdad te envidio, clericus fabricae.

—Entonces eres un estúpido, porque me muero —musitó Gaetan—. ¿Por qué ibas a envidiarme?

Culla alargó una mano y la colocó sobre el pecho de Gaetan, quien se encogió de dolor de nuevo.

—El sufrimiento nos acerca al Emperador. Estamos hechos a su imagen y semejanza, pero nosotros caminamos libres bajo el sol mientras Él sufre en nuestro nombre en el Trono Dorado. Con el dolor nos acercamos a Él y experimentamos una mínima parte de su sacrificio. Cualquier persona con fe debería alegrarse de sufrir semejante destino. Vivirás para luchar de nuevo, amigo mío.

—No somos amigos, Culla —jadeó Gaetan—. Lo único que predicas es la muerte y el odio.

—Es que es lo único que hay, Gaetan —le insistió Culla—. ¿Es que no lo ves? El odio es lo que nos mantiene fuertes, lo que nos proporciona la fuerza para derrotar a nuestros enemigos. Seguro que ahora ves el engaño que representa la tolerancia. La maldad de la aceptación. No debe haber paz en las estrellas, Gaetan, no mientras existan esas impuras especies alienígenas y los faltos de fe en el Emperador. Regocíjate, porque nos espera una eternidad de matanzas y combates. Acepta tu odio, porque es necesario. El odio es bueno. No puedes negarme que odias a los tau por lo que te han hecho.

Las palabras de Culla le azotaron el alma como látigos de fuego, ya que sintió el dolor de todas y cada una de ellas más allá de su carne quemada. Sí, odiaba a los tau. Los odiaba por la agonía que sufría con cada miserable segundo de vida que le quedaba. Intentó aferrarse a su creencia en la redención, en el perdón y en el hermanamiento entre las estrellas, pero un maremoto de bilis y de veneno arrastró todo aquello.

Gaetan lloró al comprobar la facilidad con que sus convicciones se desmoronaban ante el odio que sentía, y Culla sonrió mientras ese sentimiento se acomodaba en el corazón del moribundo. El predicador lavrentiano se inclinó, levantó algo pesado que estaba en el suelo al lado de la cama y se lo puso junto a una mano.

—Al fin lo comprendes, amigo mío.

—Sí —contestó Gaetan mientras cerraba la garra en que se había convertido su mano quemada alrededor de la empuñadura ennegrecida de su destripadora—. Lo comprendo, y eso me rompe el corazón.

—Seguro que Olzetyn es su siguiente objetivo —declaró lord Winterbourne mientras estudiaba la proyección sombría de la mesa hololítica. Llevaba el brazo herido protegido en un cabestrillo. El coronel se había cambiado la chaqueta y la camisa ensangrentadas del uniforme, pero aparte de eso, estaba como Uriel lo había visto la última vez en las montañas—. Jotusburg está infestado por esos puñeteros drones, y Praxedes... bueno, lo hemos perdido. Jamás creí que llegaría el día en el que vería caer con tanta facilidad un mando de los lavrentianos.

Uriel sintió cierta simpatía hacia el coronel tras enterarse de la muerte de la mayor Ornella y la noche de combates que se habían librado en la parte occidental del continente. La mañana apenas había traído algún descanso a las fuerzas imperiales. La Cuarta compañía estaba preparada para entrar en combate, y el resto de mandos lavrentianos habían adoptado disposiciones defensivas en respuesta a la invasión tau, pero no cabía duda de que todavía estaban recuperándose de la velocidad del ataque.

Winterbourne, Uriel y Clausel estaban reunidos en el centro de mando de la Fortaleza Idaeus, y en esos momentos estudiaban los iconos parpadeantes que aparecían en la superficie de la mesa de proyección. El mastivore herido yacía tumbado a los pies de su amo, royendo un hueso que no parecía proceder de ningún animal que Uriel conociera.

En las pantallas de las placas de datos acopladas a las paredes del centro de mando aparecía un flujo incesante de toda la información que el equipo sensor del tejado era capaz de reunir, y los siervos del capítulo se la transmitían al tecnomarine conectado mediante cables al trono situado en un extremo del mismo centro de mando. Harkus seguía en el apothecarion, luchando por sobrevivir, así que el tecnomarine Achamen había tomado su lugar. De sus labios salían susurros de códigos binarios a medida que iba filtrando la información que le suministraban y que luego transmitía a la mesa hololítica.

—Ninguno nos lo esperábamos. Ése fue nuestro primer error. Asegurémonos de que sea el último —respondió Uriel—. Pero Praxedes ha caído, y tenemos que poner en movimiento nuestras fuerzas para hacer frente al avance tau. Los alienígenas están librando una guerra veloz, y a menos que actuemos de inmediato, será demasiado tarde para detenerlos.

—Entonces tenemos que salir a enfrentarnos a ellos, y de inmediato.

—Y lo haremos, pero no sin antes trazar un plan para esa batalla —contestó Uriel al mismo tiempo que señalaba la mesa—. Éstos son los últimos datos que recibimos del Vae Victus antes de que el almirante Tiberius se viera obligado a retirarse hasta el cinturón de asteroides de Caernus.

—¿Que se ha retirado? —exclamó Winterbourne—. Maldita sea... Contaba con vuestra nave para que nos ayudara a salir de esta situación, Uriel. ¿Por qué demonios se ha tenido que retirar?

—Los tau disponen de cierto número de naves en órbita más poderosas que el Vae Victus. Son al menos dos transportes de naves de ataque, un acorazado y cierto número de naves de escolta.

—Es una flota pequeña para una invasión planetaria —comentó Clausel—. Incluso una flota de patrulla del sistema estelar podría derrotarla. ¡Ojalá tuviéramos una!

—Estoy de acuerdo. El almirante Tiberius sostiene la hipótesis de que se trata una expedición exploratoria, no una flota de invasión completa. Quizá sea un sondeo para poner a prueba las defensas de esta zona de la Franja Este y preparar un nuevo asalto.

—En ese caso, es más imperativo todavía que los derrotemos —apostilló Clausel.

—¿Cuánto tiempo tienen estas imágenes? —quiso saber Winterbourne, que observaba detenidamente la masa de iconos rojos y azules en el interior y en los alrededores de las ciudades.

—Se tomaron hace unas tres horas.

—Entonces no sirven de nada —replicó Winterbourne—. Los tau se mueven a gran velocidad, y seguro que esto no tiene nada que ver con la situación actual.

El mastivore levantó la cabeza al oír el tono de voz airado de Winterbourne y soltó un largo y profundo gruñido.

—Es cierto —admitió Uriel—, pero es lo único que tenemos, y al menos nos servirá para trazar nuestras posiciones y nuestros planes.

—¿Planes? ¿Cómo podemos planificar una batalla si no sabemos las posiciones que ocupa el enemigo? —gritó Winterbourne—. Deberíamos estar dándole una paliza a ese tau que capturaste en la mansión de Koudelkar para que nos dé la información que necesitamos. Seguro que sabe lo que se traen entre manos. Él y esa traidora de Mykola Shonai tienen información que podemos utilizar, estoy convencido de ello.

—Confío plenamente en que Jenna Sharben los hará hablar.

—¡Bah! Sharben no es más que una aficionada. He enviado a Culla para que les saque la verdad. Él los hará hablar, y entonces nos enteraremos de algo que valga la pena.

—Es posible —admitió Uriel, pero Winterbourne no había terminado.

—Los tau nos han pillado a contrapié, Uriel. Ellos tienen la iniciativa. ¿Cómo te propones recuperarla?

—Lucharemos —contestó Uriel inclinándose sobre la mesa de mapas—. Nos enfrentaremos cara a cara con los invasores y les arrebataremos la iniciativa con el cañón del bólter y el filo de la espada sierra. La muerte de la mayor Ornella ha sido una pérdida terrible, pero tiene que controlar esa pena, Nathaniel.

Winterbourne parecía dispuesto a contestarle iracundo, pero de repente se dio cuenta de que Uriel se había dirigido a él por su nombre de pila. Inspiró profundamente y se llevó el índice y el pulgar al puente de la nariz.

—Sí, sí, claro. Tienes razón, Uriel —respondió Winterbourne con un suspiro—. Lo siento, es que estoy un poco conmocionado, entiéndelo. Alithea ha muerto, Praxedes ha caído... Es demasiado para aceptarlo todo de golpe.

—No es excusa —lo interpeló Clausel irguiéndose por encima del coronel—. Está al mando de un regimiento de soldados del Emperador. No puede permitirse el lujo de apenarse por nada mientras haya una guerra por librar. Llore por los muertos después de que se hayan cantado los himnos de victoria.

Uriel miró a Winterbourne directamente a los ojos.

—Ahora que ya nos entendemos, veamos de qué disponemos para combatir.

Uriel, Winterbourne y Clausel se pasaron la siguiente hora discutiendo acerca de la situación estratégica. La comunicación era la clave para cualquier contraataque, y al quedar eliminado el Complejo Kaliz, los técnicos lavrentianos se habían visto obligados a montar una serie interconectada de comunicadores principales encriptados que permitían la coordinación entre los diversos mandos.

Ya habían enviado varios convoyes de vehículos blindados con los códigos criptográficos a Olzetyn, a Jotusburg, a Madorn y a Altemaxa para permitir una acción coordinada de todas las fuerzas. Varios de ellos ya habían llegado a sus objetivos, y la información del estado de las defensas comenzaba a cruzarse entre las diferentes fuerzas imperiales.

Era evidente que Praxedes había caído en manos enemigas, quienes sin duda la estaban utilizando como cabeza de puente donde los transportes tau podían desembarcar en la superficie del planeta con el consiguiente flujo de refuerzos y suministros. Si querían frenar la invasión, debían tomar Praxedes, pero antes de lanzar semejante ataque debían contener a los tau. Las primeras ofensivas contra las defensas de Olzetyn ya habían sido rechazadas, pero era muy improbable que se pudiera detener a los tau en aquel lugar sin enviar refuerzos.

—¿Qué hay de las fuerzas en Jotusburg? —preguntó Uriel.

Winterbourne consultó una carpeta de plástico.

—Siguen luchando en las calles, pero aquello es un erial. Todo está bastante confuso, pero me han llegado informes de emboscadas ocasionales y de interrupciones en el suministro de energía. El Mando Estandarte lo dirige el capitán Luzaine. Dispone de tres mil soldados y de seiscientos vehículos blindados. A eso hay que sumarle unos seis mil miembros de la FDP, y quizá una legión de skitarii. En total, unos diez mil soldados en alerta completa. Aparte de los grupos de drones de combate que se han infiltrado, Luzaine no ha informado de más contactos de importancia con el enemigo.

—¿Qué hay de las instalaciones del Mechanicum? —inquirió Clausel.

—Han sufrido daños, pero el magos Vaal me ha asegurado que los suministros de munición y de armas no se verán afectados en cuanto los cien rituales de preparación estén completados.

—La guerra ya podría estar perdida para entonces —protestó Clausel.

—Pensé que de todos nosotros usted sería el que más entendería la importancia de los rituales, capellán.

Clausel no contestó, pero Uriel notó cómo aceptaba a regañadientes las palabras de Winterbourne.

—Trazaremos nuestros planes teniendo eso en cuenta —declaró Uriel—. Nathaniel, ¿de qué fuerzas dispone el Mando Escudo?

—El capitán Gerber tiene bajo sus órdenes a dos mil quinientos soldados y cuatrocientos tanques. El coronel Loic también está allí, con unos cinco mil miembros de la FDP. Son buenos muchachos, pero no confío en su capacidad de combate. Sólo unos pocos de ellos llegaron a luchar durante la rebelión, y el resto son muchachos muy jóvenes u hombres ya mayores que jamás han disparado a un enemigo.

—En ese caso, debemos reforzar Olzetyn. Es la ruta principal hacia Puerta Brandon, y los tau, lo mismo que cualquier otro enemigo, conocen el valor de capturar una capital planetaria. Creo que tiene razón, Nathaniel. Los tau van a intentar asaltar Olzetyn y conquistarla lo antes posible con la esperanza de anular la voluntad de lucha de Pavonis.

—Es muy posible —añadió Clausel—. Este mundo carece de espíritu de combate. Sus gentes están más preocupadas por ganar dinero que por luchar. Sin embargo, ¿por qué iban los tau a molestarse en atravesar Olzetyn? Seguro que con sus tanques gravíticos no necesitan tomar la ciudad. Pueden cruzar los ríos por donde quieran.

—Para atacar en un frente tan amplio hacen falta tiempo y efectivos —explicó Winterbourne—. Eso significaría extender sus fuerzas, y si el almirante Tiberius está en lo cierto y se trata de una incursión exploratoria, probablemente no dispondrán de tropas suficientes para montar ese tipo de ofensiva.

Uriel asintió.

—Y si pueden atravesar ese frente con rapidez, dividirán en dos nuestras fuerzas.

—No podemos permitir que eso ocurra. Si lo logran, estamos perdidos —afirmó Winterbourne.

—Yo me dirigiré con el grueso de la Cuarta compañía a Olzetyn. Es imperativo que la ciudad resista. Los tau necesitan vencer con rapidez, y debemos contenerlos el tiempo suficiente hasta que lleguen los refuerzos —respondió Uriel.

—¿Y cuánto tiempo será eso?

—No estoy seguro —admitió Uriel—. El almirante Tiberius ya habrá enviado un mensaje a Macragge y al mando del sector planetario. Probablemente la ayuda ya estará de camino. Sólo tenemos que resistir lo bastante para darles tiempo a que lleguen.

—¿Qué quieres que haga, Uriel? —le preguntó Winterbourne poniéndose en posición de firmes.

—Proteja los flancos. Estoy convencido de que los tau intentarán conseguir una penetración decisiva a través de Olzetyn, pero también es probable que intenten rodearnos para atraparnos en una bolsa. Si lo consiguen, la guerra se habrá acabado.

Winterbourne saludó con el brazo sano.

—Puedes contar con el 44.º.

—Sé que puedo hacerlo, Nathaniel.

En ese momento, el tecnomarine Achamen emitió un chorro de código binario que interrumpió la conversación. Los altavoces acoplados a la mesa hololítica se activaron al traducir el lenguaje binario al gótico imperial. La voz artificial no mostró señal alguna de nerviosismo, pero el mensaje galvanizó a todos los que lo oyeron.

—Se acercan naves enemigas. Múltiples objetivos se aproximan a esta localización. La altitud, la formación y el rumbo indican una posible misión de asalto aerotransportado.