
El polvo se acumulaba en cientos de gigantescas vitrinas, y el aire en el interior de la Galería de Antigüedades estaba saturado de mustio descuido e historia olvidada. De todos los lugares que había visto en Salinas, éste era el único que realmente le decía algo a Uriel. El legado del pasado y el sentimiento de pertenecer a algo más grande era muy fuerte, y le recordó las numerosas salas de antiguos estandartes y trofeos de honor que llenaban la Fortaleza de Hera.
Era el día siguiente a su reunión con las janiceps, el regusto culpable del contacto psíquico todavía no había abandonado su mente. Cuando el amanecer extendió su agria luz sobre Salinas, Uriel realizó la petición al gobernador Barbaden, vía su omnipresente sombra, Eversham, de que necesitaban un médico experto para examinar a Pasanius.
No se produjo ninguna respuesta inmediata y, en vez de simplemente esperar una respuesta, Uriel había decidido aprovechar el tiempo, antes de que sus hermanos de batalla se pusieran en contacto, para familiarizarse mejor con este mundo.
La mejor forma de lograrlo, decidió, sería aprender de su pasado.
Como ya había recorrido los corredores del palacio hasta el patio de armas anteriormente, la ruta estaba grabada en la memoria de Uriel, por lo que encontró el camino hasta las puertas exteriores del palacio con facilidad.
La explanada de cemento desnudo y la torre gris en su extremo más alejado no eran menos deprimentes de lo que habían sido el día anterior, y mientras se dirigía hacia la decrépita Galería de Antigüedades, Uriel no pudo evitar sentirse atraído por ese lugar, sentir que, de alguna forma, la visita era necesaria.
—No parece gran cosa —había dicho Pasanius al observar la descuidada ala del palacio. Pese al sentimiento de que grandes cosas los esperaban en la galería, Uriel se había visto obligado a estar de acuerdo con él.
Esa temida desilusión quedó disipada en cuanto entraron y vieron las numerosas vitrinas, cajas de embalaje y curiosidades que llenaban el ala. Buena parte de sus salas estaban envueltas en sombras, y quien sabe qué tesoros aguardaban a ser descubiertos en ellas, pues un planeta merecedor de honores de batalla e historia llenaba la Galería de Antigüedades.
Como responsable de imponer orden en esos aleatoriamente reunidos recuerdos se encontraba el conservador Lukas Urbican, un hombre meticuloso y orgulloso con el que Uriel había congeniado apenas conocerse.
—Ah —dijo Urbican al levantar la mirada por encima de sus anteojos en cuanto abrieron las puertas de la galería—. Esperaba que os vierais motivados para visitar mi humilde galería, aunque debo disculparme por adelantado por la, de alguna forma, aleatoria naturaleza de los objetos.
Urbican era de mediana estatura y, por su pose, anteriormente había sido soldado. Aunque vestía las oscuras ropas de un adepto en vez de uniforme, era evidente que se mantenía en forma y con buena salud. Uriel supuso que debería encontrarse en los sesenta y pocos, su cara era angulosa y de rasgos duros, y el poco pelo que le quedaba estaba cortado casi al cero, y era tan blanco como la nieve en polvo.
Urbican les indicó que entrasen y les ofreció una mano llena de manchas en señal de bienvenida. Uriel se la estrechó. Su apretón era fuerte y rugoso.
—El conservador Urbican, supongo —dijo Uriel.
—El mismo, amigo mío, el mismo —respondió Urbican con una sonrisa encantadora—, pero llámeme Lukas. Supongo que usted es el capitán Uriel Ventris, lo que hace, si no estoy equivocado, que su manco compañero sea el sargento Pasanius.
—No se equivoca en absoluto —afirmó Pasanius—. Lo del brazo es algo delator.
—¿Ha oído hablar de nosotros? —quiso saber Uriel.
—No creo que haya demasiada gente en Salinas que no lo haya hecho —dijo Urbican—. Las noticias de la llegada del Adeptus Astartes viajan rápido, aunque he de confesar que me temía que Leto los guardara para él solo. Nuestro estimado gobernador no tiene demasiado tiempo para mí, o para las polvorientas reliquias del pasado. Dice que son una pérdida de tiempo.
—En realidad, el gobernador Barbaden no parece querer tener mucho que ver con nosotros —dijo Uriel, sorprendido por su sinceridad.
—Bueno, tiene muchas cosas de que ocuparse, supongo —concedió Urbican—. Sobre todo con todos los problemas que están causando los Hijos de Salinas.
—Exactamente —asintió Uriel, seguro de que podría llegar a saber muchas más cosas por medio de Lukas Urbican—. Por eso disponemos de mucho tiempo.
—¿Y han decidido utilizar ese tiempo visitando mi pobre galería de antigüedades? Me honran —dijo un Urbican radiante—. Sé lo raro que debe ser para un soldado como usted tener tiempo libre, o, de hecho, para cualquier hombre de guerra. Evidentemente, hace mucho que no puedo considerarme un soldado del Emperador.
—¿Sirvió con los Falcatas? —preguntó Pasanius.
—Por mis pecados —dijo Urbican sonriendo, aunque su sonrisa vaciló durante un breve instante. Movió la mano como para restarle importancia—. Evidentemente, eso fue hace muchos años. Nos disolvimos después del Día de la Restauración, aunque creo que la coronel Kain me habría obligado igualmente a retirarme. La guerra es para los jóvenes, ¿verdad? —Urbican se detuvo de repente y levantó la mano con un dedo medio levantado.— ¡Pues claro! ¿Dónde están mis modales? Sé por lo que han venido, estúpido de mí.
Uriel sonrió mientras el anciano conservador se dirigió a una sala junto a la entrada principal.
El interior de esa ala del palacio había visto tiempos mejores. La pintura estaba cayéndose de las paredes y las manchas de humedad subían desde el suelo hasta el abovedado techo. De las paredes colgaban estandartes, gallardetes rojos y dorados y banderines rectangulares mostrando guerreros con la cabeza de un águila portando dos falcatas.
Una larga fila de mesas-vitrina recorría el centro de la sala, y en las paredes habían cajas apiladas. Algunas estaban abiertas y garabateadas con anotaciones ilegibles, y contenían restos de chaquetas de uniformes y diversas piezas de vestir. Unas agrietadas vitrinas de cristal se levantaban entre las cajas de almacenaje y unos maniquís sin vida vestidos con lo que parecían dispares piezas de uniformes y armaduras y cargando oxidados rifles láser que parecían a punto de caerse a trozos.
Parecía que la colección no mantuviera ningún orden, pero Uriel sintió que era muy reconfortante saber que al menos un hombre en Salinas se preocupaba por la memoria de aquellos que habían servido en el regimiento y que honraba a los habitantes del planeta que habían conquistado.
—¿Cuántos años de servicio debe de haber aquí reunidos? —inquirió Uriel.
Pasanius estaba mirando una de las vitrinas llena de medallas y diversas bayonetas.
—Décadas —afirmó Pasanius, levantando una falcata con la hoja oxidada—, o tal vez siglos.
Mientras Urbican seguía empeñado en lo que fuera que estaba buscando, Uriel vagó por los pasillos a lo largo de las vitrinas. La primera ante la que se detuvo contenía ajados libros de cuero atados con cordeles podridos. La mayoría estaban estropeados y eran ilegibles, pero uno destacaba orgullosamente en el centro de la vitrina.
El dorado de la cubierta había desaparecido, pero Uriel pudo distinguir suficiente de su título para saber que era una copia del Tactica Imperium, la magna obra que dictaba la forma de hacer la guerra de los ejércitos imperiales. La fecha era totalmente ilegible, pero el número de la edición parecía estar en una centena baja, por lo que el libro debería de tener miles de años de antigüedad.
—Ah, veo que ha encontrado la copia del Tactica de su Vieja Serenidad —dijo Urbican, asomando la cabeza por la puerta—. Una pieza muy rara, y se dice que tiene una anotación personal del comandante solar Macharius en la cubierta interior, pero el libro es demasiado frágil para atreverse a abrirlo.
—¿Quién era la Vieja Serenidad? —preguntó Pasanius.
—El coronel de los Falcatas anterior a Leto Barbaden —exclamó Urbican—. Un venerable anciano, un caballero. Cuando nos enviaron a una acción desesperada en la garganta Koreda se volvió a su ayudante y le dijo: «Jamás ordenaré la retirada, jamás. Avisa a los hombres de que, si oyen esa llamada, no es más que una ardid del enemigo.» Es increíble, ¿verdad?
—¿Eso es cierto?
—No tengo ni idea —reconoció Urbican—. Su Vieja Serenidad resultó muerto una hora más tarde, pero suena bien, ¿no creen? ¡Ah! Aquí está.
Urbican salió de la habitación trasera llevando un largo fardo cubierto con una tela que dejó reverentemente sobre la mesa delante de Uriel. Incluso antes que Urbican lo descubriera, Uriel supo qué era, y notó como su pulso se aceleraba mientras la envainada espada de Idaeus quedaba al descubierto.
—Eversham trajo aquí su espada, capitán Ventris —dijo Urbican—, y la he mantenido a salvo para vos.
Uriel sacó la espada de pomo dorado de su funda. Los dedos se deslizaron naturalmente alrededor de la empuñadura y la guarda encajó perfectamente en la parte superior de su puño. Sostener una vez más esa hoja y sentir la conexión de su herencia como marine espacial era una sensación sublime, otro signo de que su exilio del capítulo casi había terminado.
Hizo girar la espada en la mano. La pálida luz de la galería se reflejaba en su brillante e inmaculada superficie.
—Gracias —dijo—. Esta espada significa mucho para mí.
—Una pieza magnífica —comentó Urbican—, aunque creo que la hoja no es la original.
—Tiene un buen ojo, Lukas —dijo Uriel—. La hoja se rompió en el mundo de Pavonis. Forjé una nueva en Macragge.
—Ah, eso lo explica. Aun así, es una espada magnífica —declaró Urbican—. ¿Tal vez podría explicarme su ilustre historia algún día?
—Me sentiría orgulloso de ello —asintió Uriel, tratando de colocar la espada en su cintura, pero comprobó que sin la armadura, el cinto era demasiado grande.
—¿Mi armadura también está aquí, conservador? —quiso saber Pasanius al ver las dificultades que tenía Uriel.
Urbican sonrió.
—Así es, sargento. MK-VII si no me equivoco, ¿modelo Aquila?
—Así es —confirmó Pasanius—. ¿Conoces las armaduras astartes?
—Sólo un poco —admitió Urbican—. Mi pasión es estudiar el equipo de combate de nuestros más heroicos protectores, aunque he de confesar que jamás había tenido la oportunidad de estudiar una armadura o un arma tan antigua como las suyas.
—¿Ha estudiado las armaduras de los astartes? —exclamó Uriel, extrañado—. ¿Dónde?
—Evidentemente aquí —replicó el conservador con una expresión también de extrañeza que, de repente, se convirtió en una alegría infinita— ¡Oh, ya veo! Deben venir conmigo —dijo Urbican, avanzando por un pasillo que se adentraba en la galería—. Amigos míos, no son ustedes los primeros astartes que vienen a Salinas.
Daron Nisato pensó que para ser alguien que había servido lealmente a Leto Barbaden en las Falcatas Achamán, Mesira Bardhyl lo había pasado particularmente mal en los años siguientes al Día de la Restauración. En numerosas ocasiones, mientras el regimiento luchaba en las más duras campañas, Nisato había visto la escalofriante forma de Mesira junto al coronel, su encorvada figura perdida en el interior del tabardo de la Guardia, y sintió un ramalazo de simpatía por ella.
Sabía que eso no era bueno, pues, como comisario de la compañía, era muy probable que debiera meterle una bala en la cabeza si sus poderes psíquicos se volvían peligrosos.
Pese a su aparente fragilidad, Mesira había servido bien al regimiento y jamás flaqueó ante su deber.
Y ésa era su recompensa tras la disolución: una estructura de ladrillo y madera construida con tosquedad en las afueras de Desguace, con pintadas anti-imperiales en las paredes y burdas representaciones de monstruos cornudos en la puerta. Las calles estaban desiertas en ambas direcciones, pero eso no era extraño. La llegada del ruidoso Chimera con los colores negro y acero de las fuerzas de seguridad de Barbadus era una forma de vaciar las calles efectiva como ninguna otra.
Nisato salió por la escotilla de mando del vehículo y descendió del blindado saltando al polvoriento y compactado suelo. La armadura le pesaba enormemente, pero habría sido una estupidez acercarse tanto a Desguace sin llevarla. Volvió a examinar la calle; sus ojos saltaban de los tejados a las ventanas y las puertas en las que un tirador oportunista podría ocultarse.
Se volvió hacia el rugiente vehículo.
—Voy a entrar.
—¿Necesita apoyo? —preguntó una voz en el interior de su casco; era el teniente Poulsen.
—No, espere aquí. No serán más que unos minutos.
—Estaremos preparados por si nos necesita —respondió Poulsen, y Nisato captó la impaciencia del hombre. Poulsen había sido ayudante del comisario a finales de la campaña de Salinas, y lo acompañó en todas sus acciones, siguiéndolo a las fuerzas de seguridad tras la disolución el Día de la Restauración.
Eso no les había ofrecido demasiadas oportunidades por lo que se refería a ascensos, pero al menos no eran tan odiados como los hombres y mujeres que decidieron permanecer con los Falcatas. En cualquier caso, como garantes de la paz y defensores de la ley, se les podía ver haciendo algún bien.
Al menos eso era lo que Daron Nisato se decía cada noche antes de acostarse.
—Permanezca alerta —ordenó Nisato—, y si no he salido en diez minutos, entre a buscarme.
—Entendido, señor.
Una escuadra de cinco hombres de seguridad aguardaba en los tórridos confines del Chimera, armados y equipados para el combate, pero Nisato no pensaba que fuera a necesitarlos. Mesira era una mujer afligida y solitaria, pero no era peligrosa. Cuando la vio en el palacio, percibió la desesperación grabada en su cara, y aunque quedaba ligeramente fuera de sus funciones como defensor de la ley visitarla como estaba haciendo, sentía que se le debía un poco de atención.
Porque, si no lo hacía él, ¿quién lo haría?
Nisato llamó a la puerta con su guantelete y oyó el eco de los golpes en las escaleras. Le dio la impresión de que no estaba cerrada. Empujó la hoja, y no le gustó nada el rancio aire de abandono que emanaba del lugar. En un sitio como ése podían vivir docenas de personas, pero temía que las habilidades de Mesira la hubieran mantenido aislada, pues, ¿quién quería vivir con una bruja?
Su mano se dirigió hacia la pistola bólter mientras atravesaba la puerta, pisando tan ligeramente como era capaz. Detrás de la puerta se abría un estrecho vestíbulo en el que había varias puertas y una escalera que conducía a un descansillo. Una débil luz se filtraba por la escalera procedente de una claraboya en la parte superior, y las motas de polvo se atorbellinaron en el aire allí donde el movimiento de la puerta las había perturbado.
—¿Mesira? —llamó en voz alta tras decidir que no hacía falta ningún disimulo después de haber avisado de su presencia—. ¿Estás aquí?
No hubo ninguna respuesta. Nisato desenfundó la pistola. Su instinto para el peligro le decía que algo no iba bien. Con cuidado, sabiendo que Mesira vivía en el primer piso, Nisato subió las escaleras manteniendo la pistola apuntada hacia el descansillo. Controló el ritmo de su respiración y se relajó al llegar al rellano. Vio una puerta abierta en el corredor de madera cubierto con tiras de material balístico en vez de alfombras. El hedor a hojas de khat era muy fuerte, lo que le indicaba que ésa era la casa de Mesira; muchos psíquicos recurrían a los narcóticos para poder dormir sin soñar.
Nisato llamó una vez más a Mesira después de comprobar ambos extremos del corredor, pero tampoco recibió respuesta en esta ocasión. Avanzó por el corredor hasta llegar a la puerta y se pegó en la pared junto a ella. Nisato bajó el visor del casco y lo conectó para amplificar la ganancia aural de sus potenciadores sensoriales.
Entre la crepitante estática, trató de oír pasos, el jadeo de una respiración acelerada o el chasquido metálico de una pistola al amartillarse. Nisato permaneció inmóvil durante algunos minutos, hasta que estuvo seguro que no había ninguna amenaza inmediata.
Inspiró profundamente, giró sobre sí mismo y pateó la puerta para abrirla de par en par. Se movió con rapidez hacia el interior, girándose en todas direcciones para cubrir sus ángulos ciegos y comprobar las zonas muertas en las que un asaltante podría ocultarse.
Con rápida y profesional habilidad, Nisato se movió de una a otra sala sin detectar ninguna señal de lucha o de la presencia de Mesira.
Sin embargo, lo que sí vio fueron numerosas pruebas de un alma perdida y desesperada que necesitaba un amigo. Unas sábanas arrugadas y sucias cubrían un gastado colchón en la esquina de una habitación. Había botellas vacías de raquir tiradas por todas partes, y el ambiente apestaba a hojas de khat. Los envoltorios de comida yacían allí donde habían sido tirados, y Daron Nisato sintió un terrible arrepentimiento por no haber ayudado a Mesira.
Algo le decía que, como acostumbraba a pasar, el arrepentimiento sólo llegaba cuando era demasiado tarde para poder hacer alguna cosa. El lugar estaba vacío y bajó la pistola, entristecido por el desperdicio de una vida que se mostraba ante sus ojos.
Nisato volvió a la habitación principal y se dirigió a la sucia ventana desde la que se veía la ciudad de Barbadus. Grande y fea, bullía bajo el calor del día, y varias columnas de humo manchaban el cielo desde las lejanas factorías. Hacer cumplir la ley imperial en un lugar como ése no era como Daron Nisato había imaginado acabar su carrera con los Falcatas Achamán, pero la vida pocas veces te lleva por los caminos que has imaginado cuando eras joven.
Recordaba haber dejado la Schola Progenium en Ophelia VII pensando en los magníficos destinos que le serían asignados y las grandes cosas que podría lograr al servicio del Emperador. Durante un tiempo había sido tal y como se lo había imaginado. Su servicio en los Falcatas había sido honorable y él era, si bien no querido, ya que, ¿qué comisario podría llegar a ser querido?, sí, al menos, respetado.
Entonces, el coronel Landon, su Vieja Serenidad, como lo llamaban los hombres, había muerto en la garganta Koreda junto a sus oficiales superiores, y Leto Barbaden había tomado el mando. Nisato únicamente se había encontrado con Barbaden una vez antes de eso, y no le había impresionado especialmente. El hombre era el furriel mayor y el logista del regimiento, un hombre que trataba con absolutos y para el que los hombres no eran más que números en un libro de contabilidad.
Nisato rechazó esos pensamientos, pues no le gustaba a donde lo conducían, y se volvió hacia la habitación, donde había unos papeles desordenados sobre un escritorio, un montón de ropa y un gastado tabardo.
Mientras tomaba nota mental de los detalles, su atención se centró en el muro opuesto a la ventana, en el que cuatro palabras habían sido escritas con lo que inmediatamente supo que era sangre.
AYÚDAME… YO ESTUVE ALLÍ.
Debajo de ellas había una brillante medalla que mostraba un águila gritando.
Eran magníficas.
Uriel apenas había visto nada que lo llenara de una sensación de volver a casa tan agradable. Ocultas en la parte posterior de la Galería de Antigüedades, estaban dispuestas en filas alternas y brillaban a la tenue luz. La pintura azul y blanca de la parte frontal de los alargados cascos estaba arañada, y todas las placas pectorales se mostraban dentadas o agrietadas por antiguos impactos.
En condiciones normales se habrían considerado terriblemente dañadas o, como mucho, imperdonablemente descuidadas, pero a ojos de Uriel esas armaduras eran las más perfectas que jamás hubiera visto.
Eran diecinueve en total, cada una de ellas pintada de forma cuarteada de azul y blanco; la hombrera izquierda era una tachonada placa autorreactiva, y en la derecha había una «U» estampada sobre un par de alas blancas. Cada guantelete sostenía un bólter; algunos dañados, otros relucientes como si acabaran de salir de la armería.
—¿Reconoces el símbolo del capítulo? —preguntó Uriel.
Pasanius asintió.
—Los Hijos de Guilliman —susurró—, una fundación del trigésimo tercer milenio. Increíble.
—Lo sé —dijo Uriel, pasando la mano por encima del emblema del águila en el pecho de la armadura más cercana—. MK-VI, servoarmadura modelo Corvus.
Uriel se volvió hacia Lukas Urbican, y el conservador dio un paso atrás al ver la rabia en su cara.
—¿Cómo han llegado estas armaduras aquí? ¿Cómo es posible que los Falcatas estén en posesión de servoarmaduras astartes? ¡Deberían haber sido devueltas a su capítulo!
—¡Oh, no! —se apresuró a aclararle Urbican—. No son trofeos de batalla ni despojos de guerra. Estas armaduras ya estaban aquí, en la galería, cuando me hice cargo de ella. Se lo juro.
Uriel vio la verdad en el miedo del conservador y levantó la mano en señal de disculpa.
—Lo siento, debí haber pensado antes de hablar, pero ver armaduras astartes mostradas por mortales de esta forma es… inusual. Ningún capítulo dejaría voluntariamente atrás este preciado legado de su historia.
—Lo entiendo —dijo Urbican, pero Uriel vio que en realidad no lo hacía, y que el conservador todavía estaba conmocionado por la rabia que había mostrado antes. Uriel inspiró profundamente antes de seguir hablando.
—Déjeme explicárselo, Lukas. Para un marine espacial, su armadura es mucho más que unas simples placas de ceramita y unos músculos artificiales, más que una simple protección ante los proyectiles y espadas del enemigo. La armadura se convierte en parte del guerrero que la lleva. Muchos héroes han luchado contra los enemigos de la humanidad llevando esa armadura, y, al llegarles la muerte, ésta es reparada y otorgada a otro guerrero para seguir luchando en nombre del Emperador. Cada guerrero aspira a ser digno del héroe que la llevaba antes que él y labrarse su propia leyenda para transmitirla con la armadura.
—Creo que lo entiendo, Uriel —dijo Urbican, adelantándose para poner la mano sobre el destrozado antebrazo—. Me está diciendo que es mucho más que un funcional elemento del equipo, que hay una historia viva detrás de cada placa. Las leyendas están grabadas en cada cicatriz de su superficie, y una vida de batallas encapsulada en su propia existencia. Sí, ahora lo comprendo.
—Así pues, ¿cómo llegaron éstas aquí? —volvió a preguntar Uriel.
—Bueno, como he dicho, no son los primeros astartes que han venido a este mundo, aunque creo que unos guerreros lucharon aquí muchos siglos antes de que los Falcatas llegaran.
—¿Contra quién lucharon?
—Bueno, en ese punto las cosas suelen ser un poco confusas. Los escribas de Salinas fueron bastante vagos a este respecto, aunque existen veladas referencias a grandes bestias sin piel, mastines de piel roja capaces de tragarse un hombre entero, y guerreros acorazados capaces de alterar la propia naturaleza de la realidad. Todo ello, sin duda, material morboso sobredimensionado por el narrador, pero, a pesar de todo, lo suficientemente grave como para que acudieran los marines espaciales.
Uriel reconoció a los guerreros de los Poderes Siniestros en la descripción de Urbican e intercambió una inquieta mirada con Pasanius ante la mención de grandes bestias sin piel mientras el conservador seguía con su relato. Uriel no había olvidado que los sinpiel todavía vagaban por las colinas de Khaturian, y sabía que no se les podía dejar solos mucho más tiempo.
—Existe el relato de una gran batalla cerca de la ciudad abandonada al pie de las montañas del norte.
—Creo que conozco esa ciudad —apuntó Pasanius—. Khaturian, ¿no es así?
—Ah, sí, creo que ése era su nombre —asintió Urbican—. En cualquier caso, estos Hijos de Guilliman, como vosotros los llamáis, lucharon contra el enemigo pero, desafortunadamente, fueron masacrados.
—Así pues, ¿éstos son los restos de sus armaduras?
—Éstas son las únicas que tenemos. Los textos de esa época hablan de otros astartes viniendo a Salinas tras la batalla, guerreros que fueron capaces de derrotar a las bestias.
—¿Esos textos dicen qué guerreros eran?
—No, aunque los describen como «gigantes con armadura de plata que golpearon al enemigo con rayos y fe». Aparentemente, derrotaron al enemigo y partieron inmediatamente después de la victoria. Es de suponer que se llevaron todas las armaduras que los Hijos de Guilliman dejaron atrás.
—Entonces, ¿por qué no se llevaron éstas?
—Según las etiquetas del archivo, éstas fueron descubiertas enterradas entre las ruinas de los edificios de Khaturian, muchas décadas después, por servidores de carga que estaban construyendo un nuevo templo. Supongo que esos gigantes de plata se las dejaron al partir.
—¿Y los huesos? —preguntó Pasanius—. Los de los guerreros que llevaban estas armaduras.
—Lo siento, pero no lo sé. No hay mención alguna a los huesos, sólo a las armaduras.
Uriel se volvió hacia los silenciosos guerreros y caminó a lo largo de las armaduras MK-VI, sabiendo ahora que pertenecían a hermanos marines espaciales que habían muerto luchando contra el peor enemigo de la humanidad en ese mismo mundo en eras pasadas. La tenue luz de la galería parecía reflejarse en lo más profundo de las lentes ópticas de los cascos, como si algún parpadeante resto de los guerreros que las habían usado permaneciera en su interior.
—Estaban esperando —dijo Uriel, y en cuanto pronunció esas palabras sintió la verdad de ellas a un nivel profundamente instintivo.
—¿Esperando qué? —preguntó Pasanius.
—A que alguien las encontrara y despertara su gloria —afirmó Uriel. Las palabras salían con fluidez de sus labios, como si las pronunciara otra persona—. Para luchar una vez más con sus enemigos y llevarlas a casa.
Se detuvo ante una armadura que había sido perforada en la gorguera por algún arma desconocida; las placas, sellos y forros interiores de la armadura estaban hundidos. Unas manchas oscuras estriaban las superficies y, aunque tenían siglos de antigüedad, Uriel pudo oler la sangre del antiguo héroe.
Mientras miraba la sangre, el astartes sintió la camaradería que compartía con el guerrero a un nivel que no podía articular en palabras. Éste era un legado de heroísmo que se remontaba a miles de años, e incluso a través de los eones del tiempo y la distancia que los separaban, Uriel supo que esa armadura no sólo había estado esperando, sino que lo había estado esperando a él.
No les llegó ninguna noticia del gobernador Barbaden relacionada con el examen médico del brazo de Pasanius, por lo que Uriel se pasó los siguientes dos días trabajando en su armadura, colaborando con los artesanos de las forjas del palacio para restaurar su funcionalidad.
Pasanius había recuperado su propia armadura, y al poco tiempo Uriel dejó de pensar en aquélla como la perteneciente a otro guerrero.
Era suya, aunque sabía que lo sería únicamente por un tiempo limitado.
La armadura pertenecía a los Hijos de Guilliman, y sería un deshonor para sus guerreros llevarla más tiempo del necesario. Tras una detallada inspección, se hizo evidente que los daños eran básicamente superficiales, pero con componentes obtenidos de otras armaduras no pasó demasiado tiempo antes que Uriel dispusiera de una MK-VI totalmente restaurada.
Los artesanos del palacio estaban intentando modificar los enganches de los cables para recargar la energía interna de la armadura, y predijeron, confiados, en que estaría plenamente operativa al finalizar el día.
Mientras tanto, Uriel y Pasanius exploraron la Galería de Antigüedades con el conservador Urbican. La galería contenía numerosos tesoros fascinantes, aunque ninguno tan espectacular como las diecinueve servoarmaduras modelo Corvus descubiertas en su primera visita.
Urbican era un anfitrión genial y un charlatán empedernido; infinitamente complacido por tener alguien a quien poder hablar de la historia de los Falcatas y del mundo que habían conquistado.
En el borde este del subsector Paragonus, una parte primordial de las defensas imperiales del centro galáctico se aproximaban al Segmentum Solar. El sistema Salinas era uno de la docena de sistemas que habían experimentado la furia de una cruzada imperial treinta y cinco años atrás. Los mundos interiores del sub-sector habían caído ante los agentes del Archienemigo, y las fuerzas del señor de la guerra Crozus Regaur habían empezado a engullir los sistemas exteriores uno tras otro.
Antes de que las fuerzas enemigas lograran ocupar de forma firme el subsector, el Imperio lanzó su ofensiva, emplazando regimientos en los sistemas exteriores para luchar contra esa amenaza. Tales medidas mantuvieron en jaque al enemigo, pero no tenían la potencia suficiente para desalojarlo del subsector, de modo que se recurrió a regimientos de la esfera inmediatamente superior al área del conflicto.
Los Falcatas habían sido uno de esos regimientos, y se les había ordenado purificar los sistemas exteriores de cualquier mácula. Para los primeros planetas del sistema Salinas era demasiado tarde, sus gobiernos habían sido depuestos y la población esclavizada por el enemigo.
Junto a otra docena de regimientos y media legión de titanes de la Legio Destructor, los Falcatas lucharon durante dos décadas en las asoladas superficies de esos planetas para expulsar a las fuerzas de Regaur. La voz de Urbican se entrecortaba al relatar las campañas, y Uriel tan sólo podía suponer los horrores y los baños de sangre de que había sido testigo en la liberación de aquellos mundos.
Salinas era el tercer mundo del sistema y, cuando los Falcatas Achamán aterrizaron, lo hicieron como ejército de conquista. Pese a los juramentos de lealtad hacia el Dios Emperador por parte de la población, los endurecidos veteranos de la Guardia, hombres y mujeres que habían cruzado ríos de sangre y montañas de muertos durante la mayor parte de su vida adulta, no estaban de humor para actuaciones a medias.
El gobernador planetario había sido ejecutado, y cuando sus fuerzas tomaron las armas en respuesta, Barbaden liberó todo el horror de la experiencia de los Falcatas durante las dos últimas décadas.
Los hombres y mujeres que habían tratado desesperadamente de minimizar las víctimas civiles en sus primeros meses como soldados, pronto dejaron de preocuparse por los daños colaterales causados por sus asaltos, y los regimientos locales de las FDP fueron aniquilados a los pocos meses del desembarco.
Aunque las fuerzas organizadas habían sido derrotadas, quedaba un poderoso núcleo de resistencia, y durante muchos años los Falcatas tuvieron que luchar contra un ejército insurgente totalmente fanático e implacable denominado Hijos de Salinas, que mataba a los soldados imperiales y bombardeaba sus bases.
Todo llegó a su fin con la Masacre Khaturiana.
Uriel vio que Urbican era reacio a hablar de ello, pero presionó sutilmente al viejo conservador durante el segundo día de exploración de la galería.
—Faltaba poco para acabar el cuarto año desde que habíamos llegado —comenzó Urbican—. Yo no estaba allí, evidentemente, así que sólo sé cosas de segunda mano. Bien, los insurgentes se estaban descontrolando y no pasaba un día sin que explotara una bomba o una patrulla fuera emboscada y masacrada. No podíamos mantener la paz; éramos demasiado pocos y nuestro equipo empezaba a fallar. Sin suministros ni un cuerpo de ingenieros entrenados, los tanques empezaron a escasear. Nos estábamos volviendo débiles y ellos parecía que estaban haciéndose más fuertes.
—¿Y qué hizo Barbaden al respecto? —preguntó Pasanius—. Entonces todavía era el coronel, ¿no?
—Lo era —asintió Urbican—. Dijo que Khaturian era la base de operaciones de los Hijos de Salinas y dirigió a los Águilas Aullantes para rodearlos. Aparentemente, Barbaden dio a los patriarcas de la ciudad dos horas para que entregaran al líder de la insurgencia, un hombre llamado Sylvanus Thayer, de lo contrario ordenaría a sus hombres atacar.
—Supongo que no se lo entregaron —comentó Uriel.
—Dijeron que no podían —explicó Urbican—. Que no estaba allí, que nunca había estado. Suplicaron a Barbaden que no atacara, pero una vez Leto ha decidido algo, no hay nada capaz de disuadirlo.
—¿Y qué sucedió?
Urbican negó con la cabeza.
—Debes entender, Uriel, que es muy duro para mí. La matanza del Campo de la Muerte no es algo de lo que me enorgullezca que esté asociado a mi regimiento. Todo el bien que hicimos, todos nuestros honores y gloria, murieron ese día.
—Sé que esto es muy duro para ti —dijo Uriel—. No tienes por qué continuar, si no quieres.
—No —replicó Urbican—, algunas vergüenzas deben ser contadas. —El conservador respiró profundamente y se alisó las ropas antes de continuar—. Bien, el límite de tiempo para que los habitantes de Khaturian entregaran a Thayer fue superado, y durante un tiempo éstos pensaron que la amenaza de Barbaden no había sido más que una amenaza vana.
—Pero no lo había sido, ¿verdad?
Urbican negó con la cabeza.
—No —dijo—, no lo había sido. Los bombarderos Marauder sobrevolaron las montañas y descargaron una terrible cantidad de bombas. Destruyeron totalmente la ciudad. Podían verse los fuegos desde Barbadus. Fue como si todo el cielo estuviera en llamas, una visión terrible, indescriptiblemente terrible. Después de eso, los informes fueron algo confusos.
—¿Confusos, cómo de confusos? —inquirió Pasanius, rascándose el muñón.
—Nadie con quien haya hablado parece ser capaz de ponerse de acuerdo con lo que sucedió exactamente, pero el coronel Barbaden ordenó a los Falcatas que entraran en las ruinas. Cuando salieron, seis horas después, no quedaba una sola alma con vida en la ciudad.
—¿Mataron a todos los habitantes de la ciudad?
—Sí —asintió Urbican—. Diecisiete mil almas en seis horas.
—¿Qué sucedió después del ataque? —quiso saber Uriel. La magnitud de aquella masacre era increíble.
—Los Hijos de Salinas, lo que quedaba de ellos, bajaron de las montañas —continuó Urbican, moviendo con pesadumbre la cabeza—. Supuestamente, las familias de Sylvanus Thayer y de muchos de sus seguidores vivían en Khaturian y, enloquecidos por la rabia y el dolor, se lanzaron en una última carga gloriosa.
—Y fueron destruidos —dijo Uriel, suponiendo el resultado de esa carga.
—Lo fueron, pero qué magnífica, si bien fútil, manera de morir, luchando contra el enemigo, con el verde y dorado de sus capas flotando detrás de ellos mientras cargaban —evocó Urbican—. Pero ¿qué posibilidades tenían? Eran guerrilleros, no un ejército. Thayer y sus hombres fueron aplastados por la artillería y acribillados antes del mediodía. Y ése fue el fin de la resistencia en Salinas. Al finalizar la semana celebramos el Día de la Restauración en la explanada, y eso fue todo.
—Excepto que no fue el fin de la resistencia, ¿verdad? —apuntó Uriel, recordando la pintada que había visto y que decía que los Hijos de Salinas volverían a levantarse.
—No, ojalá lo hubiera sido —dijo Urbican—. La brutalidad de la subyugación de Salinas por los Falcatas es motivo de vergüenza para muchos de los antiguos soldados, y las cicatrices de esa guerra distan mucho de haber sido curadas, Uriel. El segundo al mando de Thayer, un hombre llamado Pascal Blaise, lo tomó donde su amigo lo había dejado, aunque no tiene las armas o el entrenamiento para ser tan peligroso como Sylvanus Thayer.
—¿Pascal Blaise? ¿Qué aspecto tiene?
Urbican se encogió de hombros.
—No lo sé, jamás lo he visto, pero me han dicho que es un hombre con la cabeza rapada y una barba partida. ¿Por qué lo preguntas?
—Creo que lo vi durante el ataque a las fuerzas de la coronel Kain cuando llegamos.
—No me sorprendería. Los Hijos de Salinas sienten un odio especial hacia Verena Kain.
—¿Por qué?
—Bueno, ella encabezó el ataque de los Falcatas en Khaturian —dijo Urbican—. Barbaden dio la orden, pero fue ella la que penetró entre las llamas para llevarla a cabo.