Ocho

No estaba allí. Sicarius había examinado todos y cada uno de los cadáveres, y no estaba allí. Soltó el cadáver con gesto decepcionado y el cuerpo cayó boca abajo de nuevo. Se puso en pie y se limpió los guanteletes en un trapo que llevaba precisamente para eso. De la ciudad en ruinas surgían columnas de humo bajo la luz anunciadora del amanecer. Sus edificios, antaño orgullosos, se habían convertido en tumbas.

Sicarius apretó la empuñadura de su espada, Tempestad. Había acabado con muchos de los Nacidos de la Sangre, a los que se negaba llamar «guerreros» por no considerarlos merecedores de ese título. Sin embargo, nunca le parecería que hubiera matado a los suficientes. Aquella pequeña ciudad se llamaba Olynthus. Había sido una próspera avanzadilla comercial en la zona sudeste de los grandes bosques de Espandor. Sus edificios eran sencillos y rústicos, característicos del carácter agreste y del estilo de vida primario propio del planeta.

Espandor poseía una belleza primigenia y natural que muy pocos otros planetas podrían igualar, pero Sicarius era nativo de Talassar, y prefería que sus planetas poseyeran un mínimo de actividad cultural. Olynthus tenía un aspecto terriblemente pobre comparado con la majestuosidad arquitectónica de Talassar.

¿Dónde podría encontrar en Espandor algo que igualara al magnífico espectáculo que ofrecían las Torres del Arrecife, o las grandes torres doradas que se alzaban sobre las aguas de la línea costera septentrional de Glaudor? ¿Qué habría en aquel mundo fronterizo que pudiera rivalizar con las ciudadelas de mármol de los gremios consulares de Perusia? Se sintió invadido por la tristeza al preguntarse cuánta de aquella belleza habría sobrevivido.

Unas inmensas montañas se alzaban por encima del bosque, en la lejanía. Parecían muy agrestes, y era evidente que no habían sufrido cambio alguno a manos de la humanidad. Algunas partes de ese mismo bosque estaban envueltas en llamas, y unas grandes columnas de humo gris se alzaban hacia el cielo. Praxor Manorian había enviado a algunos hombres de los Portadores del Escudo para que apagaran los incendios que ardían en las zonas exteriores del asentamiento, y los astartes de Ixion estaban cortando árboles para formar un cortafuegos.

Le dio la espalda a Olynthus. Las paredes blancas de muchos de sus edificios habían quedado manchadas por las runas impías que los soldados enemigos habían pintado mientras ocupaban la ciudad. El Orgullo de Cato, el Land Raider que llevaba a Sicarius al combate ya había demolido esos edificios. La pala excavadora de adamantium que tenía incorporada no había tardado en derribar aquellas estructuras contaminadas.

Lo poco que quedaba en pie estaba ardiendo o tan acribillado por los disparos de bólter y fragmentos de misiles que era casi irreconocible. Había casi mil cadáveres apilados como trozos de corcho en el centro de la ciudad. Eran los cuerpos de los viles soldados enemigos que habían formado la guarnición del lugar. Los astartes del sargento Tirian estaban colocando explosivos en los vehículos de la unidad enemiga, y en menos de una hora no quedaría nada de aquella fuerza.

—¿La has encontrado? —le preguntó el sargento Daceus mientras avanzaba esquivando las pilas de cascotes.

El sargento llevaba el bólter, el acero plateado del cañón del arma y el bronce de las placas laterales brillaban como si acabaran de sacarlo del taller del armero.

—No. No está aquí. Un millar de cuerpos, y no está aquí —respondió Sicarius.

Daceus meneó la cabeza.

—Ya te dije que no estaría. Nadie que se llamara a sí misma «reina» querría estar rodeada de semejante escoria.

—Ya hemos acabado con seis de estos destacamentos de avanzada, y todavía no he visto señal alguna de ella. Empiezo a sospechar que posee el poder de la videncia de los eldars.

—O quizás sólo sea que tiene suerte —sugirió el sargento mientras se arrodillaba al lado del cuerpo que Sicarius acababa de inspeccionar.

—No me gustan los adversarios afortunados.

—¿Y a quién le gustan? Deberíamos irnos, capitán. Este humo seguro que provoca la llegada de refuerzos.

—Tienes razón. Tenemos que efectuar un reconocimiento de nuestro próximo objetivo.

Daceus no le contestó de inmediato, y se volvió hacia las ruinas de Olynthus.

—¿Sabías que en este lugar murieron casi seiscientas personas?

—Vi los cuerpos —le contestó Sicarius, y recordó el horrible espectáculo de sus cuerpos destrozados.

—Algunos de los habitantes huyeron a Herapolis, pero la mayoría se negaron a marcharse. Empuñaron las armas y se quedaron para defender su hogar.

—No me esperaba menos de unos ciudadanos de Ultramar. ¿Qué me quieres decir?

—Que fue una lucha noble y heroica pero, a la larga, inútil —le contestó Daceus—. Debemos regresar a Herapolis.

—¿Retirarnos? No cuando todavía quedan enemigos por destruir.

—No tenemos elección, capitán —le insistió Daceus con firmeza—. Hemos extendido demasiado nuestras líneas. Disponemos de menos munición de la que me gustaría, y nuestros transportes van escasos de combustible. Si seguimos mucho más, no dispondremos del suficiente para regresar a Herapolis. Tenemos que regresar y tenemos que hacerlo ya.

Sicarius contuvo la frustración que sentía. Hubiera querido discutirle, pero sabía que Daceus tenía razón. Habían avanzado demasiado, estaban peligrosamente expuestos a un contraataque enemigo y muy lejos de cualquier ayuda. Sonrió al tomar la decisión.

—Soy lo que soy, Daceus —dijo Sicarius finalmente—. No puedo cambiar eso.

—Tampoco querría yo que lo hicierais.

—Algunos me consideran alguien ávido de gloria —dijo Sicarius mientras contemplaba el bosque—. Sirvo al Capítulo al máximo de mis posibilidades. Mi modo de combatir es avanzar deprisa y no proporcionarles nunca a mis enemigos un objetivo estático. Y el mejor modo de hacer eso es matar a la Reina Corsaria. Ella es la clave, Daceus. Estoy seguro.

El capitán le dio una patada al cadáver que tenía a sus pies antes de seguir hablando.

—Mira esta escoria. ¿Crees que esta clase de soldados seguirían luchando sin la fuerza que les proporciona esa tal Salombar y que los mantiene unidos? Una de las máximas de combate en las que más creo es que si matas a la cabeza, el cuerpo morirá.

—La encontraréis, y entonces la mataréis. Estoy convencido.

La conversación se vio interrumpida por la llegada de Gaius Prabian, quien llevaba la espada de energía y el escudo colgados a la espalda. El paladín de la compañía había matado a más de cien enemigos ese día, y a Sicarius seguía sorprendiéndole la aparente facilidad con la que lo hacía.

—¿Qué ocurre, Gaius? —le preguntó al notar la inquietud del paladín.

—Hemos recibido un mensaje de Scipio Vorolanus. Nuevos destacamentos de los Nacidos de la Sangre se dirigen hacia aquí.

Al no disponer de escuadras de exploradores, los guerreros de Vorolanus actuaban a menudo como unidad de reconocimiento de la Segunda Compañía. Estaban desplegados en las colinas situadas al oeste de aquel asentamiento, y habían sido los ojos y los oídos de Sicarius en aquel combate.

—¿Por dónde? —le preguntó Daceus mientras Sicarius ya se dirigía hacia el pueblo en ruinas.

—Son dos grupos. El de mayor tamaño viene directamente hacia aquí, y se encuentra a unos seis kilómetros al este. Son blindados y astartes traidores. De un tamaño mayor que una compañía.

—¿Y el otro? —quiso saber Sicarius.

—A unos cinco kilómetros al norte, pero éste se dirige hacia el sudeste, hacia el puente del desfiladero Actium.

—Quieren cortarnos la retirada —dijo Daceus.

—Tenemos que irnos ya —ordenó Sicarius.

Uriel observó con ojo crítico a los guerreros que tenía ante él y no halló nada que le desagradara. Eran los mejores y más valientes de la Cuarta Compañía, guerreros que habían demostrado una y otra vez su coraje y honor ante los enemigos más horribles que se podía imaginar. Cada uno de ellos era un héroe que había realizado proezas legendarias, y que tenían volúmenes enteros en la Biblioteca de Ptolomeo dedicados a sus hazañas.

Uriel jamás había sentido la necesidad de ponerse al mando de una escuadra desde que era capitán, ya que había preferido combatir entre las filas de sus guerreros, pero el capellán Clausel le había instado a que capitaneara una escuadra de nueva creación en la batalla que se avecinaba.

—Nuestros guerreros necesitarán un héroe al que seguir —le había dicho Clausel—. Y un héroe necesita una guardia de camaradas. Elige bien a esos guerreros, y tus hombres lucharán con mayor fiereza todavía para emular sus proezas y ganarse un sitio a tu lado.

Uriel se había dado cuenta de que aquello tenía mucho sentido, por lo que había elegido a los guerreros que formarían su escolta en la batalla de Calth tras una larga deliberación, ya que todos los guerreros de la Cuarta Compañía eran merecedores de ese puesto. Learchus le había ayudado a elegir, y Uriel se sentía agradecido por esa ayuda.

El Anciano Peleus portaba el estandarte de la compañía, un icono resplandeciente del glorioso legado de la Cuarta que había participado en las batallas más feroces y que jamás había caído en combate. Aquella tarea sagrada tan sólo se le podía encomendar a los mejores y a los más valientes, y Peleus había justificado más que de sobra aquella elección, ya que había defendido el estandarte contra enemigos de toda clase con una habilidad excepcional.

El apotecario Selenus le había salvado la vida a todos y cada uno de los guerreros de la compañía en más de una ocasión, y las placas de color marfil de su armadura relucían. Aunque la misión de un apotecario era de vital importancia para mantener la integridad física de la compañía, Selenus era por encima de todo un guerrero, y Uriel había sido testigo de lo letal que su conocimiento de los puntos débiles del cuerpo podía llegar a ser.

Uriel había elegido a Petronius Nero para que fuera el paladín de la compañía. Siempre había sabido que era un guerrero muy hábil con la espada, pero sólo había llegado a apreciar lo realmente diestro que era cuando había participado en el asalto con cápsulas de desembarco que habían realizado contra el campo de prisioneros de Pavonis. Blandía una espada de hoja estrecha que se había forjado siguiendo al pie de la letra sus instrucciones. Era un arma con el equilibrio y el peso perfectos para convertirse en mortífera en el cuerpo a cuerpo.

El resto de la escuadra de mando lo componían Livius Hadrianus y Brutus Cyprian, dos guerreros que habían destacado en la guerra librada contra los pielesverdes en Espandor y también en Pavonis. Uriel los conocía a ambos por las batallas que habían librado juntos en Tarsis Ultra, y su valor era comparable al acero bien templado. Hadrianus iba armado con un rifle de fusión, y Uriel recordaba que había acabado con todo un escuadrón de tanques tau. Cyprian era un guerrero de gran fuerza, casi tan grande como Pasanius, aunque no tanto como para que su servoarmadura incluyera piezas de armadura de exterminador. Uriel recordaba haberle visto trabarse en cuerpo a cuerpo con uno soldado con armadura de los tau. La había abierto en canal con sus propias manos y había estrangulado a la criatura alienígena que albergaba.

—Seréis mis lanceros —dijo Uriel, orgulloso de dirigir a aquellos guerreros a la batalla contra sus enemigos más odiados—. Y seréis conocidos como los Espadas de Calth.

Uriel había escogido ese nombre para honrar al mundo al que iban a defender en combate, y por el modo en que se irguieron más todavía, vio que sus guerreros aprobaban ese nombre. Clausel tenía razón. Cualquier guerrero de la Cuarta Compañía se esforzaría al máximo para igualar las hazañas de esos héroes.

Sonrió levemente antes de indicarles que se retiraran y se volvió para contemplar los preparativos para la guerra que abarrotaban la inmensa estructura en la que se encontraba. La luz fría y azul bajaba desde las lejanas claraboyas, y en las paredes cavernosas del lugar resonaba el eco de los pasos apresurados, de los gritos de los estibadores y de las carretillas de carga que no dejaban de hacer sonar el claxon a medida que desembarcaban centenares de contenedores.

Habían pasado muchos años desde la última vez que Uriel estuvo en su planeta natal, pero nada más respirar la primera bocanada de aire, a pesar del filtro de reciclado del hangar de montaje Septimus Oravia, notó una profunda sensación de regreso, como si el propio Calth le estuviera dando la bienvenida a uno de sus hijos predilectos. Ese hangar de montaje no era más que uno de los miles de astilleros situados uno al lado del otro a lo largo de la mayor metrópolis de Calth. Su nombre oficial era Ultimus Prime, pero todos los habitantes de Calth la conocían por el nombre de Ciudad Alta.

Los últimos suministros, equipo y máquinas de guerra de la Cuarta Compañía ya estaban siendo descargados de las Thunderhawks por los servidores de enormes músculos del muelle, a quienes dirigían los tecnomarines hacia las zonas de distribución. Miles de soldados y operarios abarrotaban el hangar, un espacio enorme y mecanizado lleno de maquinaria pesada por encima de la cual se alzaban grandes plataformas.

La luz habitual en aquel hangar de montaje era la producida por los sopletes de soldadura y por los cortadores de plasma utilizados por los operarios navales y los tecnoadeptos del Mechanicum que trabajaban en el casco de las enormes naves espaciales. El hangar de montaje Septimus Oravia era una instalación que se utilizaba para la construcción de naves capaces de efectuar saltos interestelares, pero aquella estructura de kilómetros de largo servía en ese momento como área de reunión para un ejército.

El aire apestaba a aceite, a metal quemado y a incienso, ya que para la construcción de una máquina tan complicada hacía falta algo más que un simple conocimiento técnico: requerían también rituales y ceremonias. Los astilleros de Calth eran famosos, y con motivo, por todo lo largo y ancho del Imperio, y la habilidad y la maestría de sus artífices no tenían parangón. Curiosamente para una instalación dedicada a la construcción de naves de aquel tamaño colosal, no estaba situada en órbita, sino en la superficie plana de Calth.

Al otro lado de aquellas paredes blindadas y selladas se encontraba la superficie del planeta, fría y letal, absolutamente incapaz de albergar vida alguna, ni siquiera la de un marine espacial. Un antiguo enemigo había bombardeado el sol de Calth con descargas letales que habían provocado la desaparición de la atmósfera del planeta, lo que había dejado su superficie expuesta por completo a una radiación exterminadora. La población de Calth vivía en el subsuelo, lejos de los rayos mortíferos de la estrella.

Los Ultramarines habían sido los primeros en desembarcar junto al pequeño grupo de ayudantes y guerreros de la inquisidora Suzaku, además de otros servidores. El resto de las fuerzas recién llegadas estaban desembarcando en el interior del inmenso hangar. Del interior de los compartimentos de carga de las naves de desembarco cuadrangulares del Perpetuum Cogito salieron armazones rotatorios de los que descolgaron una fila tras otra de protectores mechanicus, unos soldados cibernéticos con el aspecto de tecnosacerdotes de combate que llevaban numerosos implantes de armas. El magos Locard supervisaba el descenso de los manípulos formados por servidores adaptados para tareas de combate que marchaban con una sincronización perfecta. Eran poco más que torsos mecanizados a los que habían incorporado distintos modos de locomoción: patas múltiples, unidades de tracción oruga o grandes ruedas todoterreno.

Detrás de ellos llegaron miles de skitarii, unos guerreros brutales cubiertos de pellejos y pieles de reptil que mostraban unos implantes metálicos de combate acoplados quirúrgicamente en su cuerpo. Marchaban bajo una bandera ondeante de piel verde moteada en la que se había grabado el símbolo del cráneo con el engranaje del Mechanicum. Estaban equipados con multitud de armas, desde cañones pesados hasta rifles de gran calibre, pasando por todo un abanico de armas de combate cuerpo a cuerpo: alabardas, hachas y destripadoras de dientes de sierra. Aquellos guerreros de aspecto salvaje entonaban un grito de guerra que era un cántico binario repetido, y si no fuese por la enorme cantidad de iconos imperiales que les cubrían las armaduras, Uriel hubiera pensado que eran una creación del enemigo.

La Guardia del Cuervo se desplegó en la superficie de Calth montada en un único Rhino, y aunque su estructura no difería de los vehículos de igual tipo de los Ultramarines, parecía más pulcro, más oscuro y menos voluminoso.

—Hemos reunido una fuerza impresionante, ¿verdad? —dijo Pasanius, que se acercó tras inspeccionar a su escuadra. Learchus caminaba a su lado, aunque no parecía estar muy impresionado por su primera visión de Calth.

—Sí que lo es —admitió Uriel—. Ya he combatido al lado de las fuerzas del Adeptus Mechanicum, pero jamás en semejante número. Me alegra de que estén de nuestro lado.

—Sí. No me gustaría ser el que tuviera que enfrentarse a ésos —comentó mirando a la hueste de skitarii.

—¿Tus guerreros ya están preparados?

—Los Llameantes están listos —le confirmó Pasanius—. Ya pueden venir esos cabrones a intentar apoderarse de este mundo.

No era habitual en la Cuarta Compañía que las escuadras tuvieran un nombre de combate, pero algunas se habían ganado un sobrenombre durante la campaña de Pavonis. Uriel sospechaba que el nombre de la escuadra de Pasanius tenía más que ver con su sargento que con ninguna batalla concreta en la que hubieran luchado.

—¿Learchus?

—Los Guardianes están preparados —respondió Learchus.

Uriel había estado al mando de la escuadra de Learchus mientras el sargento se dedicaba a buscar al gobernador de Pavonis, capturado por los tau. Learchus se había sentido muy halagado al saber que les habían puesto el sobrenombre de los Guardianes en honor al asalto en cápsulas de desembarco que había derrotado a la invasión tau.

—Espadas de Calth —dijo Pasanius al tiempo que señalaba con la barbilla la escuadra de mando de Uriel, que en esos momentos se retiraba—. Me gusta. Suena bien.

—Gracias. Me pareció apropiado teniendo en cuenta el planeta que debemos defender.

—Sienta bien estar de vuelta, ¿verdad?

—Así es —respondió, y le estrechó la mano a su amigo.

—De modo que fue de aquí de donde salisteis rumbo a Agiselus—comentó Learchus mientras contemplaba la luz mortífera de Calth, que atravesaba las claraboyas blindadas.

—Sí —le contestó Uriel.

—Ahora comprendo por qué eras un cadete tan agresivo. Es un lugar deprimente.

—No habías estado nunca aquí, ¿verdad? —le preguntó Uriel con una sonrisa burlona.

—No, aunque, por supuesto, he leído sobre las ciudades de las cavernas.

—Ah, pues entonces seguro que vas a disfrutar, amigo mío —le dijo Pasanius un momento antes de que un estruendo colosal llenara el hangar de montaje.

Uriel y los dos sargentos veteranos se dieron la vuelta y vieron que un vehículo inmenso salía por uno de los costados semejantes a riscos de un transporte del Mechanicum. Era más alto que un bloque de habitáculos, un leviatán montado sobre unas orugas que eran más anchas que tres Land Raiders juntos. Se trataba de un vehículo oblongo y sin ninguna elegancia, una fortaleza móvil que dejaba pequeñas incluso a las máquinas de batalla de cualquier Legio Titanicus. En el interior de su casco tremendamente grueso podía transportar varias compañías de soldados además de sus vehículos blindados de apoyo.

—Un Capitol Imperialis —musitó Pasanius—. No he visto ninguno en acción desde Tarsis Ultra. El coronel Rabelaq estaba al mando. ¿Os acordáis?

—Me acuerdo —contestó Uriel mientras recordaba el sacrificio desesperado del coronel frente al biotitán tiránido en aquel campo de batalla cubierto de nieve—. Y pensar que en Salinas tenían tres, y que los tenían abandonados...

Aquel tipo de vehículos se solían desplegar detrás de las líneas de combate, donde actuaban como centros de mando para los oficiales superiores, además de proporcionar instalaciones médicas de urgencia.

—¿Eso va a combatir en la superficie? —se preguntó Learchus.

Uriel y Pasanius se miraron extrañados.

—No, por supuesto que no —le aclaró Uriel.

—Pero seguro que eso no cabe en las cavernas de Calth.

Uriel sonrió.

—Ya lo verás.

El microrreceptor que llevaba en la oreja emitió un chasquido, y Uriel se llevó una mano allí cuando oyó la voz del almirante Tiberius.

—Uriel, tenemos compañía. No sé cómo lo han hecho, pero acabo de captar señales de una flota enemiga que ya se ha adentrado mucho en el sistema. Sus naves ya han adoptado una formación de combate. Son una barcaza de batalla y al menos quince naves de otros tipos, sobre todo destructores y fragatas, pero también hay algunas de una clase que jamás había visto.

—¿Puedes detenerlas?

Tiberius dudó.

—Puedo conseguiros algo de tiempo con el apoyo de las defensas orbitales, pero no les podré impedir que lleguen a la superficie.

—Entendido. Haz lo que puedas, pero mantén al Vae Victus a salvo.

—Así lo haré, Uriel. ¡Coraje y honor!

—Tenemos problemas —dijo Pasanius al verle la expresión de la cara—. ¿Son muy graves?

—Lo bastante graves para que nos tengamos que dar prisa. Informa a todos de que saldremos hacia la Puerta de Guilliman en menos de una hora.

Honsou contempló cómo la flota de los Ultramarines se desplegaba en formación de batalla. Las líneas aullantes de código corrupto pasaban por la superficie de la cubierta de observación del Raza Guerrera, lo que ocultaba buena parte de la visión exterior. Aquellos símbolos no tenían sentido ni para él ni para el resto de la tripulación, pero puesto que Cycerin controlaba prácticamente todo el manejo de la nave, era realmente innecesario que los miembros de la tripulación mortal los comprendieran.

La sensación de que aquella nave se estaba convirtiendo en un ente vivo, con Cycerin en sus entrañas, era algo inquietante, aunque el uso de los poderes de la deformidad por parte del magos había ocultado su presencia a los ojos del enemigo el tiempo suficiente para llegar a las zonas más interiores del sistema Calth. Si no hubiera sido por una línea de vigilancia formada por boyas augures, incluso podrían haber llegado a la órbita de aquel planeta azul en total secreto.

—Así que éste es el planeta natal de Uriel Ventris —comentó Cadaras Grendel mientras miraba con expresión ávida el planeta helado que giraba lentamente ante él.

—Sí —le contestó Honsou antes de mirar por encima del hombro al ingénito, que se estremecía mientras Cycerin se adentraba en las profundidades de su mente con unos mecadendritos invasivos.

—No parece gran cosa.

—Es una roca envenenada —le respondió Honsou procurando mantener un tono tranquilo—. Es inhabitable a menos que vivas con un troglodita de las profundas cavernas que se abren en el subsuelo, pero ahí abajo hay algo que debemos destruir. Es una antigua capilla de los tiempos de Horus Lupercal.

—¿Una capilla? ¿Qué capilla? —quiso saber Vaanes.

Honsou dudó unos instantes.

—M’kar me lo dijo antes de que la flota se dispersara. Es una capilla relicario dedicada a un capítulo perdido de los Ultramarines. Supongo que se trata de algo simbólico de los días de Horus. Sea lo que sea, M’kar quiere que la capilla y todo lo que hay en su interior sea destruido.

—Así pues, ahora nos dedicamos a obedecer las órdenes de ese demonio, ¿no? —preguntó Grendel con una sonrisa burlona.

—No —replicó Honsou con voz cortante—. Calth y Ventris son nuestras prioridades.

—Si esa capilla es tan importante para M’kar, ¿por qué no ha venido él mismo a destruirla? —inquirió Vaanes.

Honsou lo miró con frialdad e intentó ocultar el interés que él mismo sentía por la capilla. Vaanes era el más inteligente de todos sus lugartenientes, y siempre lo había sido. El propio Honsou le había hecho esa misma pregunta a M’kar, pero la respuesta del señor demoníaco había sido un tanto críptica.

«Ese mundo es anatema para mí», le había dicho.

Honsou le dio la espalda a Vaanes sin hacer caso de su pregunta, y se dirigió hacia el borde de la cuba de fluido amniótico gelatinoso de Cycerin. Unos tentáculos palpitantes parecidos a unas serpientes gordas de superficie aceitosa salían retorciéndose del tanque de líquido y cruzaban ondulantes el suelo del puente de mando para conectarse a la deformidad. Cada uno de ellos estaba iluminado por una luz verde palpitante, enfermiza y podrida.

Un tentáculo goteante serpenteaba en el aire con su extremo puntiagudo enterrado en la parte posterior del cráneo del ingénito. Al igual que ellos, llevaba la armadura, aunque estaba por ver si realmente estaba preparada para soportar una batalla. Tenía los ojos cerrados, pero debajo de los párpados se veía una luz de color esmeralda que también se escapaba por las junturas de su armadura.

Grendel y Ardaric Vaanes lo siguieron mientras contemplaban cómo la distancia que separaba a las dos flotas se acortaba por momentos. Haber logrado acercarse tanto a Calth era todo un logro, y Grendel se arrodilló al lado del tanque que contenía la esencia de Cycerin.

—No está mal —dijo el lugarteniente desfigurado, e incluso esa pequeña alabanza la dijo a regañadientes.

—Me sentiré más impresionado si de verdad es capaz de hacer lo que dice que puede hacer —dijo Honsou.

—¿Sería un problema que no pueda hacerlo? —quiso saber Vaanes mientras miraba las naves de los Ultramarines, que estaban cada vez más cerca—. Eso de ahí no son simples naves de defensa, son navíos de guerra del Adeptus Astartes.

—No será un problema. Simplemente tardaremos más —contestó Honsou antes de quitar de en medio a Grendel de un empujón. Se sentía idiota por dirigirse a una silueta hinchada metida en un estanque gelatinoso, pero Cycerin ya no salía de ese contenedor—. ¿Estás preparado?

++Afirmativo++ —respondió el magos con su cántico gorgoteante.

—Pues empecemos ya.

Unas columnas de color esmeralda de código corrupto inundaron la pantalla principal.

El magos Secundus Lacimae se encontraba a bordo de la plataforma de defensa orbital Heliotropus Tres Nueve y efectuó las comprobaciones previas al combate. Los espíritus de la máquina repasaron mil veces por segundo los algoritmos de lanzamiento, y los datos de telemetría remota de los augures informaron de un margen de error de 0’00000034, lo que se encontraba dentro de los límites de tolerancia aceptable.

Alrededor de su trono de mando circular se encontraban veinte servidores monotarea que supervisaban los rituales de mantenimiento adecuados de las diez baterías de macrocañones emplazadas en Heliotropus Tres Nueve. Cada uno de ellos se ocupaba de los ritos necesarios para efectuar la rápida recarga y el disparo preciso de aquellas armas tan difíciles de manejar. El aire del centro de mando estaba cargado de vaharadas de humo de incienso, y las líneas con los rituales de precisión y destrucción fueron avanzando por los cogitadores de puntería en lenguaje binario y hexadecimal.

El globo hololítico que flotaba sobre el puesto de exploración mostró el despliegue de la flota de los Ultramarines, aunque Lacimae se dio cuenta de que el Sol Azul estaba nueve punto cuatro kilómetros fuera de su posición, una distancia insignificante en términos espaciales, pero importante para un sacerdote de Marte.

Incluyó la desviación de aquel navío ultramarine en sus soluciones de disparo, ya que sabía que cualquier nave que se atreviera a adentrarse en el mortífero campo de alcance de sus armas quedaría convertida en un pecio destrozado.

Uno de los servidores se estremeció en su puesto. Su cabeza y sus hombros se movieron de un modo convulsivo mientras de la consola saltaba un chorro de chispas verdes. Esa descarga de rayos se pasó de una consola a otra como una infección virulenta, y soltó más chispas y chasquidos a medida que se abría paso en todos los sistemas.

Lacimae centró sus sentidos noosféricos en el interior del sistema para rastrear el origen de aquella intrusión. Los campos de códigos binarios se solaparon sobre su visión, una oleada interminable de unos y ceros dispuestos con una elegancia fluida que formaba una corriente sin fisuras de conceptos matemáticos. Sin embargo, algo negro y supurante estaba saliendo en mitad de aquel flujo, como lo haría el aceite de un desagüe.

Intentó aislar aquel código, pero con cada cierre y bloqueador que interponía, más y más números impuros se esparcían por los sistemas operativos de los espíritus de la máquina. Sintió un dolor empático con cada línea hermosa de código que se retorcía y se ennegrecía para luego reproducirse de un modo interminable en su fórmula incorrecta, hasta que el mago supo que no había forma alguna de detener aquello.

—Aviso: la plataforma de defensa Heliotropus Tres Nueve, magos Secundus Lacimae, informa que sufre un ataque de código hostil. Somos incapaces de mantener el estado operativo de combate.

El sistema de comunicaciones barbotó y por toda respuesta dejó escapar un chillido furioso de estática. El magos fue incapaz de determinar si habían oído su advertencia. Lacimae retiró sus sentidos de los sistemas internos y vio que aquel resplandor verde fluía por todo el centro de mando.

Sintió que aquello empezaba a explorar sus propias defensas y reforzó sus barreras aegis para mantenerlo fuera.

Aunque había perdido muchas respuestas emocionales a lo largo de su ascenso en las filas del Adeptus Mechanicum, no había avanzado tanto en la senda de la mecanización como para no sentir miedo al ver cómo el código corrupto realineaba las armas de la plataforma de defensa del Heliotropus Tres Nueve.

Extendió un mecadendrito hacia una de las clavijas de conexión, pero en cuanto la introdujo, un salvaje relámpago verde lo dejó inmovilizado. Fue incapaz de romper la conexión con los sistemas de la plataforma de defensa, por lo que tan sólo pudo ser testigo horrorizado de cómo sus soluciones de disparo, diseñadas con un cuidado extremo, comenzaban a cambiar.

—Almirante —le llamó Philotas, el oficial de cubierta del Vae Victus—. He captado el intercambio de una serie de señales inquietantes entre la flota enemiga y las plataformas de defensa orbitales.

Tiberius se encontraba en el atril de mando. No dejaba de mover con rapidez los dedos sobre la placa hololítica acoplada que utilizaba para enviar órdenes por toda la nave. El puente de mando del Vae Victus, iluminada con luces suaves, era un lugar de eficiencia silenciosa. La tripulación estaba bien entrenada y motivada, y los servidores entregados a su mantenimiento.

La instalación de aquellos servidores era un cambio en una nave tan venerable. Las batallas contra los pielesverdes y los tau le habían demostrado a Tiberius sin lugar a dudas lo útiles que eran. Aunque él prefería una tripulación viva capaz de actuar según su propia iniciativa, no le quedaba más remedio que admitir a regañadientes que los servidores eran muy eficientes.

—¿Qué clase de señales? Envíamelas al atril.

—Son éstas —le dijo Philotas mientras le transfería los datos de los sensores al almirante.

Tiberius observó el flujo de código máquina ininteligible que pasaba por la pantalla. Tenía un color verde bilioso y de algún modo parecía erróneo, como si aquellos números violaran todas las leyes matemáticas.

—¿Qué es esto? —exigió saber Tiberius—. Philotas, estamos a punto de enfrentarnos a una flota enemiga, no tengo tiempo que perder viendo curiosidades aleatorias en los datos.

—¡Mi señor, es código corrupto! —exclamó Philotas al reconocer horrorizado lo que era en realidad—. ¡Es el lenguaje del Mechanicum Oscuro!

Tiberius llegó a la misma conclusión cuando aquellos números impuros parecieron apiñarse en la placa. El temor se apoderó de él, ya que había sido testigo en más de una ocasión del enorme daño que el código corrupto podía causar en los delicados motores lógicos de una nave estelar. En la placa apareció una serie de iconos advertencia, y se apresuró a cortar el flujo de números sibilantes y furiosos.

—En nombre de Terra, ¿qué...?

—¡Nos apuntan! —gritó el jefe de artillería al tiempo que las luces tomaban el color rojo propio del zafarrancho de combate—. La plataforma de defensa Heliotropus Tres Nueve ha establecido soluciones de disparo contra nosotros.

—¡Torpedos! —gritó Philotas—. La plataforma de defensa Arca Siete Siete ha disparado una andanada completa de torpedos de cabeza perforante contra nosotros. Capto un mínimo de diecinueve torpedos dirigiéndose hacia aquí.

Tiberius bajó los peldaños que llevaban a su atril y se apresuró a situarse al lado de la mesa de mapas. Allí vio que los veloces iconos de la andanada de torpedos cruzaban el espacio que separaba las plataformas de defensa de Calth de la flota de los Ultramarines.

Otras seis plataformas parpadearon cuando los augures detectaron lanzamientos similares. Las sirenas de alarma resonaron cuando también detectaron que más sistemas de puntería los tenían en su punto de mira.

—¡Contramedidas! —ordenó Tiberius de inmediato—. ¡Maniobra evasiva! ¡Sacadnos de aquí!

—¡Sí, señor! —contestó Philotas un momento antes de comenzar a dar las órdenes pertinentes.

Las planchas del puente de mando crujieron cuando los motores de la nave se encendieron a toda marcha y los cohetes de maniobra atmosférica se activaron. Cualquier crucero de ataque de los marines espaciales era mucho más ágil de lo que su enorme tamaño podía sugerir, pero ninguno sería capaz de girar y esquivar ese ataque con la rapidez necesaria en esos momentos.

Las alarmas de impacto inminente resonaron cuando las andanadas de torpedos se acercaron a toda velocidad. Quienquiera que fuera el que se hubiera hecho con el control de las defensas orbitales, conocía bien su tarea, ya que todas las naves de la flota imperial se enfrentaba a una horda de cabezas de combate preparadas para estallar.

—¡Preparados para el impacto! —gritó el jefe de artillería—. ¡Disparos de batería!

El puente de mando se estremeció cuando los proyectiles explosivos, del tamaño de edificios, se estrellaron contra los escudos. Tiberius supo que no tardarían en colapsarse.

—¿Es que nos han traicionado? —quiso saber.

—No, mi señor —le respondió Philotas mientras se acercaba a la carrera. Al llegar, sacó una clavija de bronce conectada a la mesa de mapas y se la insertó en un orificio de conexión que tenía detrás de la oreja—. No hemos sido traicionados, hemos sufrido un fallo de seguridad. El enemigo debe disponer de un servidor lógico que conoce los protocolos de mando de la flota de Ultramar.

—¡Por todos los...! ¿Cómo podrían conseguir algo así?

—No lo sé, mi señor.

Tiberius dejó a un lado esa pregunta por irrelevante, y se increpó a sí mismo por perder el tiempo de ese modo cuando había problemas más urgentes que resolver. Volvió a concentrarse en la mesa de mapas, y se desesperó al ver a las naves enemigas avanzar aprovechando las explosiones y los daños que estaban sufriendo los navíos imperiales.

Le había prometido a Uriel que le conseguiría algo de tiempo, pero a medida que aparecía un informe de daños tras otro en el mapa táctico, Tiberius se dio cuenta de que se trataba de una promesa que no iba a poder cumplir. La flota estaba destrozada: ya había seis naves fuera de combate, y otras tres flotaban a la deriva, alejándose de la línea de batalla. Aquel combate ya estaba perdido, y ellos ni siquiera habían llegado a efectuar un solo disparo. Abrió un canal de comunicación con toda la flota.

—A todas las naves. Soy el almirante Tiberius —dijo con una calma que no sentía—. Todos aquellos capitanes que puedan deben retirarse del combate. Repito, retírense. Alejen sus naves del combate y reagrúpense en el punto de reunión Última Seis Ocho. ¡Que el Emperador los guíe! Cambio y cierro.

Cerró el canal de comunicación con el corazón pesaroso por haber tenido que dar una orden como aquélla. Tiberius miró a Philotas y señaló con el dedo la imagen de Calth en el mapa.

—Contacta con todas las fuerzas terrestres. Adviérteles de que el enemigo se les echará encima en cualquier momento.