
El asalto contra Calth comenzó con un bombardeo masivo con la intención de eliminar todas las defensas antiaéreas de Ciudad Alta. En cuanto las naves imperiales se retiraron, la flota de Honsou descendió hasta una órbita baja para apuntar las armas con mayor precisión, y no tardaron en brillar los rayos de luz verticales de las armas de energía al tiempo que las luces estroboscópicas de los cañones. Su precisión no se vio disminuida por los cambios de temperatura del aire, ya que Calth carecía de atmósfera, por lo que los resultados fueron devastadores.
Los proyectiles del cañón de bombardeo del Raza Guerrera, guiados por el conocimiento absoluto del adepto Cycerin de todas las trayectorias balísticas posibles, impactaron en sus objetivos con una exactitud que ni siquiera los mejores artilleros de la Armada Imperial o de los Adeptus Astartes hubieran logrado. Los Guerreros de Hierro necesitarían la Ciudad Alta, y la destrucción se produjo con una precisión quirúrgica.
Las defensas de la Ciudad Alta habían sido destrozadas por aquel bombardeo. Tras los disparos procedentes del espacio llegaron las cápsulas de desembarco, que descendieron hacia Calth sin dejar a su paso las estelas llameantes habituales. Al no existir la fricción atmosférica, aquellos proyectiles de hierro bajaron a una velocidad terrorífica, seguidos por una hueste de aeronaves. Las naves de desembarco, los transportes pesados y otra clase de embarcaciones que normalmente no podrían atravesar la atmósfera sin arder por completo se posaron en la superficie del planeta. Todas iban repletas de guerreros de los Nacidos de la Sangre y de todo lo que éstos necesitaban para llevar a cabo el ataque contra Calth.
La mayoría de los defensores de la ciudad ya no estaban allí, y en esos momentos se dirigían a marchas forzadas hacia la Puerta de Guilliman. Cualquier unidad que se hubiera quedado para defender la Ciudad Alta no sobreviviría mucho tiempo, y Uriel no estaba dispuesto a pedirle a nadie que hiciera ese sacrificio cuando las batallas más importantes todavía estaban por llegar. Pero la ciudad no estaba indefensa, ni mucho menos.
El magos Locard había ofrecido un regimiento de servidores armados para defender la Ciudad Alta y había programado el córtex biomecánico de cada uno de ellos de forma apresurada con los programas básicos de búsqueda y destrucción. No serían capaces de adaptarse a las circunstancias cambiantes propias de cualquier campo de batalla, pero jamás se retirarían y no dejarían de luchar hasta que los destruyeran. Quinientos skitarii se ofrecieron voluntarios para permanecer en la ciudad y retrasar todo lo posible el avance enemigo.
Las primeras cápsulas de desembarco atravesaron las claraboyas del hangar de montaje Septimus Oravia y se posaron en el mismo punto donde había aterrizado la primera Thunderhawk procedente del Vae Victus. Los servidores armados no tenían capacidad para apreciar la coincidencia de aquel momento, así que se limitaron a abrir fuego contra los primeros guerreros de armadura de hierro que salieron de las cápsulas.
Honsou sintió el placentero cosquilleo provocado el combate cuando salió de un salto de la cápsula de desembarco y notó la punzada cáustica de aquella atmósfera mezclada con el olor a piedra quemada y a metal que rodeaba la pequeña nave de asalto. Pisar un planeta de Ultramar con la mente puesta en provocar una matanza era una hazaña que muy pocos habían logrado, y se preguntó qué pensarían Kroeger y Forrix de semejante logro.
Había doce cápsulas repartidas por aquel amplio hangar, y de cada una de ella bajaban guerreros con armaduras de placas de hierro bruñido y decoradas con líneas negras y amarillas. Los bólters rugían en un estruendo casi continuo y llenaron el hangar de destellos provocados por los fogonazos de los disparos. Ocho guerreros lo siguieron saltando al suelo de planchas de la zona de desembarco. Eran los más feroces de su ejército. El ingénito saltó a su lado disparando su bólter con una facilidad fruto de la práctica y una puntería infalible.
El ojo artificial de Honsou se cargó de estática y captó la esencia de Ventris en los ágiles movimientos de la criatura. Recordó el disparo que casi lo había matado y que lo había dejado con aquel implante primitivo en la cara.
Grendel encabezaba aquel asalto inicial, ya que el carácter de su lugarteniente era el más apropiado para la violencia desenfrenada de ese tipo de combates. No podía existir sutileza alguna en un desembarco. Era necesario eliminar a los defensores con rapidez, hacerles salir de la zona de aterrizaje por la fuerza bruta para permitir la llegada con seguridad de nuevas unidades de apoyo. El enemigo al que se enfrentaban no era nada corriente, pero los Guerreros de Hierro disponían de armas de tal potencia de fuego que la falta de miedo de sus oponentes no representaba ventaja alguna.
Dos dreadnoughts salieron de unas grandes cápsulas de combate blindadas y aterrizaron con un estampido en el suelo y lanzando aullidos mecanizados, imbuidos de un ansia enloquecida por derramar sangre, por los altavoces que llevaban montados sobre los sarcófagos. Aquellos gigantes de hierro ennegrecido eran poco más que psicópatas encadenados en el interior de una envoltura blindada a la que se habían acoplado las armas más destructivas imaginables. Que de vez en cuando atacaran a sus aliados era un precio muy pequeño por disponer de semejantes rompedores de líneas. De los hombros les colgaban cadenas cubiertas de pinchos y una luz cegadora que casi ocultaba las cabezas cornudas talladas en la cubierta de sus respectivos sarcófagos. Los disparos rebotaban en su blindaje. Avanzaron con pasos retumbantes y pesados contra sus enemigos. Honsou se adentró en el humo del combate con la culata del bólter apretada contra el hombro, a la búsqueda de objetivos.
No había plan alguno en un desembarco, simplemente una masa de combatientes que luchaban por prevalecer. La estrategia no tenía sentido, y las tácticas no servían para nada. Todo dependía de la ferocidad y de la voluntad de vencer. Los soldados cubiertos de implantes del Adeptus Mechanicum y protegidos por unas armaduras tan extravagantes como las de los corsarios de Kaarja Salombar se enfrentaban cuerpo a cuerpo con los Guerreros de Hierro. Los servidores de combate acechaban a sus objetivos a través del humo, y su presencia quedaba anunciada por los chorros de fuego y las ráfagas de disparos. La batalla se había convertido en una masa de guerreros aullantes, hojas que tajaban por doquier, disparos apresurados y explosiones estremecedoras.
Varia descargas de plasma sobrecalentado pasaron cerca de Honsou, quien sintió el calor de los disparos incluso a través de las placas de la armadura. Si el combate que había librado para tomar la Indomable le había renovado su amor por llevar el hierro contra la piedra, éste era un recordatorio de la alegría salvaje que se podía llegar a sentir en el ardiente caldero de la lucha. Captó el brillo de un láser en la placa pectoral, y se giró hacia su origen.
Algo se estrelló contra él y Honsou cayó derribado al suelo a la par que una tormenta de proyectiles de gran calibre cortaba el aire por encima de él. Tres de sus guerreros de hierro salieron despedidos, y dos de ellos quedaron convertidos en una masa de carne y huesos astillados.
Se giró y vio que quien estaba encima de él era el ingénito. Tenía un lado del casco destrozado por un proyectil. Uno de sus ojos de color gris tormenta lo miraba a través de la masa de metal retorcido. Todavía parpadeaba ante la repentina luz.
El ingénito alargó una mano y se quitó de un tirón el casco ya inservible, lo que dejó a la vista su repugnante piel parcheada. De la cabeza le salió sangre y una luz aceitosa, pero mientras Honsou lo miraba, la herida de aquella piel correosa comenzó a soldarse hasta que sólo quedó la mancha de sangre. Los poderes regenerativos del ingénito también parecían incluir la capacidad para respirar en aquel medio ambiente tan tóxico.
—Te estás descuidando —le dijo el ingénito con lo que quedaba del comunicador de su gorguera. Sonó igual que un instructor de combate regañando a un cadete especialmente estúpido—. ¿No has visto el peligro?
—¡Quítate de encima! —le gritó Honsou.
Varias figuras avanzaron por el espeso humo, pero era imposible saber a qué bandos pertenecían.
—Servidores de combate —le informó el ingénito en cuanto el humo se despejó un poco—. De la clase Pretoriano. Con cañones de asalto.
Honsou giró el bólter cuando tres guerreros máquina surgieron del humo. Cada uno de ellos era más alto que un marine espacial, y la carne dura y grisácea de sus torsos estaba acoplada a una oruga, semejante a las utilizadas en las piezas de artillería. Sus cráneos eran unas máscaras de la muerte, blancas y negras, y la musculatura de esos torsos era exagerada, gracias a la manipulación genética y a los implantes cibernéticos que les permitían manejar los cañones de asalto que sustituían a sus antebrazos. Los enormes cargadores de munición que llevaban acoplados escupieron chorros de casquillos de cobre cuando las armas abrieron fuego.
Honsou apretó el gatillo y acribilló al pretoriano que tenía más cerca. La criatura se tambaleó y de su cuerpo salieron despedidos trozos de carne muerta y de armadura. Pero aquellas máquinas se construían para que duraran. Los láseres de puntería atravesaron las volutas de humo y se centraron en Honsou y en el resto de su escuadra.
Sin embargo, antes de que los pretorianos pudieran abrir fuego, una silueta negra atravesó el humo y aterrizó sobre el cargador de munición de la máquina situada más a la izquierda. Unas garras envueltas en relámpagos cortaron el aire y uno de los pesados brazos resonó al estrellarse contra el suelo tras ser cercenado. De la herida surgió un chorro de chispas y de sangre oscura mientras la silueta negra le clavaba las garras en el cuello.
Ardaric Vaanes saltó sobre la segunda máquina y blandió las garras para decapitarla antes de apoyarle los pies en el pecho para tomar impulso y aterrizar en los hombros del tercer pretoriano. El acero plateado relució de nuevo y la máquina se desplomó cuando el guardia del cuervo le desgarró la garganta y le arrancó el corazón con una serie de rápidos tajos. Todo aquello le había llevado menos de cinco segundos.
Honsou no pudo evitar sentirse impresionado. Sabía que Vaanes era un depredador increíble, pero verle hacer aquello le había servido como un recordatorio muy eficaz de ese hecho.
—Eso ha sido un comportamiento descuidado —le dijo Vaanes al mismo tiempo que se le acercaba y le ofrecía una mano para ayudarle a levantarse.
Honsou hizo caso omiso de la oferta y se encogió de hombros con un gesto displicente. El ingénito asintió.
—Eso mismo es lo que le he dicho yo.
—Yo me crezco con el peligro —le replicó Honsou—. Lo que tú consideras un acto descuidado yo lo considero un acto de arrojo.
—Pues el arrojo hará que te maten —le contestó Vaanes.
Honsou se echó a reír.
—Y eso te haría llorar, ¿verdad?
—No creo, pero ésa no es la cuestión. Sin ti no existiría ejército alguno, tan sólo una horda de asesinos sueltos. Si sigues buscando la victoria de ese modo podrías acabar triunfando y muerto, y entonces ya podríamos dar por terminada esta campaña. ¿Es que eso no te importa?
Honsou metió un cargador nuevo en el bólter, y sintió que el hacha que llevaba a la espalda se despertaba por el olor a sangre que flotaba en el aire.
—Eso es lo que nunca has llegado a entender de mí. No me importa. Hago lo que quiero porque así es como soy. Cualquier otra cosa sería mentira, y si hay algo que puedo decir de mí mismo es que nunca me traicionaré. Ni por todos los poderes de la disformidad, ni por M’kar y sin duda alguna, tampoco lo haré por ti. Sólo estoy realmente vivo cuando la muerte está a un latido de mí.
Honsou se dio vuelta, ya que de repente se sintió muy incómodo con aquel arranque de sinceridad.
—Es el único modo de vivir que conozco. ¿Acaso existe otra manera? —añadió al cabo de un momento.
Lex Tredecim, el inmenso Capitol Imperialis de lados como paredes de acantilado, avanzaba retumbante a través de un desfiladero en el centro de un gran convoy de blindados y de transportes de tropas. El camino atravesaba las Montañas del Crepúsculo en dirección a la Puerta de Guilliman, el gigantesco portal fortificado que conducía al entramado de cavernas que se extendían bajo la superficie. Aquélla era la única ruta que a través de las montañas permitiría a las fuerzas imperiales llegar a su destino con completa seguridad.
Uriel, que se encontraba en el puente de mando del vehículo, contemplaba la imagen que les llegaba desde Ciudad Alta en la esfera holográfica que flotaba en el centro de aquella larga cámara del Lex Tredecim. El interior del vehículo del Adeptus Mechanicum no se parecía a ningún otro leviatán de mando en el que hubiera viajado Uriel, ya que sus accesorios le resultaban completamente ajenos y casi inhumanos. Nada del interior del enorme vehículo parecía diseñado para que lo utilizaran humanos sin implantes mecánicos. Todos y cada uno de los paneles de control estaba atendido por un servidor o por un tecnosacerdote tan poco humano que era difícil distinguirlos.
Los paneles de sus máquinas lógicas y de sus mandos de control eran de acero y de bronce pulidos, y relucían por la aplicación reciente de aceites sagrados. Era evidente que resultaría imposible utilizarlos sin los implantes cibernéticos adecuados. Una neblina acre provocada por el incienso adecuado para los espíritus de las máquinas del interior de cada terminal bajaba flotando de los conductos de reciclado de aire, y Uriel sintió el regusto a aceite y a metal en la parte posterior de la garganta.
Pasanius y Learchus lo flanqueaban, mientras que Shaan paseaba arriba y abajo por el puente de mando como un depredador al acecho. La inquisidora Suzaku contemplaba la matanza que se desarrollaba en el interior de la esfera con gesto impasible. Tenía las manos unidas a la espalda, y el cabello blanco recogido con una cola de caballo.
Las extremidades del magos Locard chasquearon sobre las placas de acero pulido que formaban el suelo al cambiar de posición. Unos cuantos de sus mecadendritos exteriores se conectaron a la unidad de proyección situada bajo la reluciente holoesfera. Todos quedaron reunidos alrededor de la esfera brillante para contemplar a través de la cámara que llevaba incorporada uno de los pretorianos las imágenes fragmentadas y temblorosas del combate.
Los objetivos de las armas de los servidores de combate quedaban ocultos por el resplandor de los disparos un momento después de que quedaran a la vista, pero el fuerte contraste entre sus armaduras de color hierro y las bandas amarillas y negras pintadas sobre ellas era imposible de confundir. Aunque Uriel ya sabía de antemano los enemigos a los que se iban a enfrentar en Calth, siguió asombrado ante la visión de los Guerreros de Hierro en un mundo de Ultramar.
—¿Cuánto tiempo nos harán ganar? —preguntó Uriel con una voz dura como una piedra.
—Según la tasa de desgaste actual, no quedará ninguno vivo dentro de veintisiete punto tres minutos —le contestó el magos Locard.
En la base de la esfera apareció una barra parpadeante que disminuía de tamaño a cada instante que pasaba, y Uriel se dio cuenta de que era un modo de mostrar el número de guerreros imperiales que quedaban en Ciudad Alta.
—Quite eso. Confío en lo que me diga.
—Ah, encontráis desagradable la enunciación numérica/visual de la vida.
—Así es —le replicó Shaan—. Esos guerreros están dando su vida para que a nosotros nos dé tiempo a llegar al subsuelo. Deberíamos recordarlos como algo más que unos simples números.
Locard pareció mirarle con cierto recelo.
—Y lo serán, capitán. Sus designaciones quedarán guardadas en los cilindros de memoria del Lex Tredecim, y el Adeptus Mechanicum jamás borra nada.
—No es eso a lo que se refiere —le explicó Pasanius.
—Les pido disculpas, pero, ¿los Ultramarines no anotan las designaciones de sus muertos en las piedras del Templo de la Corrección? —preguntó Locard.
—Así es —respondió Uriel, que ya veía adónde quería llegar el magos.
—Pues esto no es diferente —le indicó el magos—. Sólo que el modo de hacerlo del Mechanicum es más permanente.
Uriel vio que sus sargentos veteranos estaban a punto de ofenderse ante la idea de que Macragge no existiría para siempre, y siguió hablando para impedir que expresaran su rabia.
—Todos recordamos a nuestros muertos a nuestra manera, magos. ¿Quién puede decir cuál de esos modos es el mejor?
Locard pareció a punto de contestar, pero la humanidad que le quedaba dentro del cráneo decidió sabiamente considerar que era una pregunta retórica.
—Como decís, capitán, el recuerdo de los muertos adopta muchas formas.
Una vez concluido el debate, Uriel contempló de nuevo impasible la batalla, en la que los servidores de combate y los skitarii libraban una lucha desesperada contra los Guerreros de Hierro. Aethon Shaan lo miró.
—¿Veintisiete minutos serán suficientes para que lleguemos a la Puerta de Guilliman? —le preguntó.
—No, pero nos dará la ventaja suficiente para llegar antes de que ningún perseguidor le dé tiempo a alcanzarnos.
—Nos vale —contestó Shaan antes de volver a centrar la atención en la feroz batalla que se estaba desarrollando en el interior de la esfera.
Un grupo de Guerreros de Hierro salió del humo, con su líder lanzado a la carrera contra la máquina que llevaba la cámara incorporada. Uriel notó de inmediato y con horror cierta familiaridad en las arrogantes zancadas del guerrero.
—¡Por los huesos de Hera! —exclamó Pasanius al reconocer el reluciente brazo plateado del guerrero, una extremidad artificial que no le debía su brillo a las atenciones de ningún tecnosacerdote
El destello de los disparos volvió a ocultar a esos Guerreros de Hierro, pero Uriel dio un paso de forma involuntaria hacia la esfera reluciente a la vez que llevaba la mano a la empuñadura de la espada.
—Honsou... —musitó sin dejar de mirar al guerrero que ocupaba la fluctuante imagen—. Maldita sea, esperaba que no fuera verdad. A pesar de todo lo que sabíamos, no pensaba que pudiera ser él.
—Sin duda es él —añadió Pasanius antes de mirar a Learchus—. Reconocería ese maldito brazo en cualquier sitio.
La imagen se emborronó cuando algo oscuro se colocó delante de la cámara. Se vio un chorro de chispas y unas líneas relampagueantes que cruzaron la imagen al tiempo que ésta se inclinaba.
—¿Qué ha ocurrido? —exigió saber Uriel.
Detrás de los ojos de Locard brilló un destello estroboscópico, y una serie de iconos rojos parpadearon en la superficie de la esfera.
—El servidor ha quedado inactivo, los daños que ha sufrido superan su capacidad de mantener el funcionamiento —dijo.
—Alguien lo ha matado —tradujo Learchus. Pero ¿quién?
La imagen siseó por la estática y se estremeció a la vez que se enfocaba y se desenfocaba, hasta que un guerrero de armadura negra apareció en ella. Tenía los hombros anchos y se movía con una elegancia que a Uriel le recordó la agilidad de Shaan. La figura llevaba unas garras acopladas a cada guantelete.
—Supongo que él —comentó Pasanius.
Uriel lo reconoció con un sobresalto horrorizado, pero fue Aethon Shaan quien le puso nombre al asesino del servidor de combate.
—Vaanes —dijo Shaan como si escupiera el nombre.
Las propias garras del capitán salieron de los guanteletes con el chasquido seco del acero al deslizarse contra otra superficie metálica. La imagen destelló por la estática y por las líneas de interferencia cuando el fluido mecánico negro apareció en la superficie de la esfera antes de parpadear una última vez antes de congelarse.
La temblorosa escena se mantuvo fija en la esfera holográfica, que encuadró a los provocadores de aquella matanza. Una maraña de puntos de luz cubrió al guerrero de la armadura negra para calcular su masa corporal y compararla con las existentes en los archivos.
—Los archivos de los Adeptus Astartes muestran una concordancia en el análisis biométrico —confirmó el magos Locard—. Ardaric Vaanes, capitán de combate, Cuarta Compañía del capítulo de la Guardia del Cuervo. Declarado Excomunicatus Mortis el 934.M41.
—No necesito que ninguna máquina me lo diga —bufó Shaan—. Reconocería a ese traidor en cualquier sitio.
Learchus se inclinó cuando el destello provocado por el fogonazos de los disparos se apagó.
—Si ése es Honsou, entonces, ¿quién es el que está con él? —preguntó.
Uriel estudió la imagen borrosa y se quedó sin respiración al darse cuenta de que estaba contemplando un reflejo de su propio rostro, pero muerto. Locard congeló la imagen y los mandos imperiales se quedaron mirando horrorizados y con la boca abierta la máscara de piel muerta que les devolvía la mirada.
Era sin lugar a dudas el rostro de Uriel Ventris.
La fría luz de la luna refulgía al iluminar las montañas de granito de Talassar, lo que provocaba destellos en las franjas de azurita que salpicaban todas las rocas. En una noche normal, Varro Tigurius habría considerado aquel espectáculo muy hermoso, merecedor de ser plasmado en una pintura salvaje y con fuerza, donde los púrpuras encendidos y los azules fríos del cielo contrastarían de forma vívida con la palidez de la piedra de las montañas.
Pero aquella noche no existía belleza alguna, sólo muerte y sangre.
El único continente de ese planeta oceánico se llamaba Glaudor, y en ese momento, los supervivientes de la destrucción de la Caesar ascendían por las laderas de la Montañas Lirianas, muy cerca de donde Roboute Guilliman había destrozado a la horda de pielesverdes en los años siguientes a la Gran Traición.
Abandonar la Caesar había provocado una gran pesadumbre en todos los guerreros y tripulantes, pero el dolor tendría que esperar si querían sobrevivir. El enemigo no tardaría en atacarlos de nuevo, y mantenerse en terreno abierto equivalía a morir. Poco más de dos mil tripulantes de la Caesar habían logrado escapar de la moribunda barcaza de combate. Habían descendido hacia la superficie de Talassar en las cápsulas de salvamento o en las cañoneras Thunderhawk. No se produjo pánico alguno, ya que eran ciudadanos de Ultramar. Aunque tan sólo un centenar pertenecían a los Ultramarines, los siervos del Capítulo, los ilotas y los miembros de las fuerzas auxiliares de defensa eran hombres y mujeres que se entrenaban todos los días para ser merecedores del legado de Roboute Guilliman.
A pesar del estoicismo y el autocontrol de aquellos corazones, ninguno de los supervivientes pudo evitar sentirse conmovido por el fin de la Caesar.
La poderosa barcaza de combate había descendido hacia la superficie del planeta como un cometa brillante, con el casco envuelto en las llamas provocadas por la entrada en la atmósfera. Tigurius se había obligado a sí mismo a contemplar su vuelo final antes de que se desvaneciera sobre el horizonte para hundirse en el inmenso océano que cubría la mayor parte del planeta.
—Nunca volveremos a ver una nave como ella —dijo Marneus Calgar, y el primer capitán Agemman lloró al ver destruida una nave tan poderosa.
Unos momentos más tarde, los demonios los atacaron.
Surgieron del mismo aire, como manchas de sangre en una tela blanca, y se lanzaron contra los supervivientes con la furia de sus garras y de sus colmillos. Decenas de tripulantes murieron antes de que nadie se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo; pero la disciplina férrea de la Primera Compañía aplastó cualquier sensación de pánico antes de que tuviera tiempo de apoderarse de sus corazones, y acabaron con la vanguardia de la horda demoníaca de M’kar con ráfagas disciplinadas de disparos.
La única esperanza de supervivencia residía en alcanzar las montañas, por lo que habían comenzado una marcha agotadora hacia aquellas altas cimas, con jaurías de criaturas demoníacas acosándolos a cada momento. Las columnas de supervivientes siguieron ascendiendo con un cansancio inimaginable en las extremidades, mas todos los hombres y las mujeres de la tripulación estaban decididos a sobrevivir y a vengar la destrucción de su amada nave.
Aquel ataque era el sexto que sufrían desde que habían aterrizado en Talassar, y mientras los mortales seguían subiendo, los veteranos Ultramarines se dieron la vuelta para luchar.
En las paredes del cañón retumbó el eco de las ráfagas de disparos de los bólters de asalto. Las descargas de proyectiles convirtieron en pulpa la carne cubierta de escamas tras estallar en el interior con su tremenda fuerza explosiva. Los chorros de promethium que disparaban los lanzallamas pesados y las andanadas de proyectiles de los lanzamisiles Ciclón machacaron el punto más estrecho del cañón, donde una horda de abominaciones engendradas en la disformidad avanzaba en una marea poseída por un ansia inhumana de sangre.
Las bestias conjuradas a partir de las pesadillas más siniestras de la humanidad chillaban y aullaban mientras trepaban con las garras por las rocas. Los depredadores demoníacos de cuerpos reptilianos y cabezas cornudas escalaban gracias a sus zarpas y a sus colas prensiles. Unas criaturas monstruosas de cráneos alargados y fauces erizadas de colmillos hasta lo grotesco subían con grandes saltos sobre las rocas, mientras unos engendros de músculos poderosos y extremidades rematadas por garras y ventosas se dirigían hacia la línea de batalla de los Ultramarines.
Ninguno sobrevivió a las andanadas de disparos de los veteranos de la Primera Compañía del capitán Agemman.
Marneus Calgar se encontraba en el centro de esa línea de batalla, y de los bólters acoplados con gran pericia en la parte inferior de sus famosos guanteletes surgía un torrente de disparos. El señor del Capítulo elegía sus objetivos con una precisión veloz, y tal era su puntería que ninguno de los proyectiles se desperdició.
Tigurius sintió el valor de los guerreros que lo rodeaban como una fuerza física, un poder que era más resistente que el adamantium y que jamás podría romperse. Los guerreros de la Primera Compañía luchaban hombro con hombro junto a su capitán y al señor de su Capítulo. Ninguna fuerza de aquella galaxia podría derribar su determinación.
El jefe bibliotecario lanzó un rayo tras otro de fuego abrasador contra los demonios. Su poder era todo un anatema para la existencia impura de aquella horda. Las carne de la disformidad se derretía bajo ese fuego, y Tigurius se regocijó al oír los gritos de aquellas criaturas condenadas cuando eran arrojadas de regreso a su dimensión infernal.
La horda demoníaca disminuyó con cada andanada, hasta que el estruendo de los disparos se apagó y el silencio se adueñó de nuevo de Talassar.
Los Ultramarines se dieron media vuelta y siguieron adentrándose en las montañas sin que nadie tuviera que darles orden alguna, subiendo por los cañones serpenteantes y cruzando unos abismos enormes. Agemman encabezaba la marcha en la vanguardia de la columna.
Tigurius se colocó al lado de Marneus Calgar mientras caminaban, y éste le hizo un gesto de asentimiento.
—Una vez más tu capacidad adivinatoria ha salvado muchas vidas.
Tigurius aceptó el cumplido con elegancia.
—¿Nos dirigimos hacia donde yo creo? —le preguntó.
Calgar volvió a asentir.
—Es nuestra única esperanza de supervivencia, Varro. A mí también me repugna conducir a nuestros enemigos hacia allí, pero ¿qué otra elección tenemos?
—Es una buena decisión. Es un lugar de leyenda para los Ultramarines, un episodio histórico con una victoria imposible que se les cuenta a los neófitos del Capítulo para inspirarles la apreciación adecuada de la gloria de nuestro primarca.
—Es un riesgo, y lo sabes.
—Es verdad, pero es nuestra mejor esperanza para sobrevivir. Y si debo ser franco, mi señor, debéis sobrevivir. Si caéis, todo Ultramar caerá.
—Entonces tendrás que esforzarte para mantenerme vivo. Todavía queda mucha ladera por subir.
—Contad con ello, mi señor.
Calgar alzó la mirada hacia las cimas iluminadas por las estrellas antes de hablar de nuevo.
—Primero tendremos que llegar allí, y sólo eso será toda una hazaña.
—Llegaremos —le aseguró Tigurius—. Os he visto en sus murallas y luchando con coraje y honor. Os enfrentaréis a los demonios y debéis contenerlos el tiempo suficiente para que el Centinela de la Torre cumpla su destino.
—¿Cuánto tiempo será eso?
—No lo sé, pero si hay algo que Uriel Ventris ha demostrado desde que tomó el mando de la Cuarta Compañía es que es un individuo de recursos ante la adversidad.
—Entonces todavía tenemos esperanzas, amigo mío —le respondió Calgar con una sonrisa apagada.
Tigurius torció el gesto al notar una sensación de náusea familiar en el estómago, algo que sólo podía significar una cosa.
—¡Demonios! —gritó.
La imagen parpadeante del guerrero con la cara de Uriel temblaba en la esfera holográfica. El magos Locard había acercado aquella parte de la imagen todo lo que había podido, y las matrices de interpolación de los cogitadores del Lex Tredecim definieron todo lo que pudieron la imagen. No había forma alguna de equivocarse con aquella faz aquilina de rasgos nobles y enjutos o con esos ojos de color gris tormenta.
Si no fuera por la palidez de la piel o por la armadura, era como si estuvieran mirando a Uriel.
—No lo entiendo. ¿Tenéis un gemelo? —preguntó Suzaku mientras miraba a Uriel y a la imagen de la esfera de forma alternativa.
—No, por supuesto que no. No sé qué es eso —replicó Uriel, horrorizado por aquella violación de su identidad.
Sin embargo, apenas dijo aquello, supo de repente lo que era aquella abominación, por qué tenía su rostro y cómo había acabado allí. Recordó de nuevo la visión que había tenido mientras estaba inmerso en los viles fluidos y en el abrazo carnoso de la criatura matriz demoníaca de Medrengard. Mientras se hundía con rapidez en aquella suspensión amniótica, su mente había huido a los días idílicos de su juventud. Había caminado por las cuevas de Calth, donde había revivido viejas glorias y donde había paseado con su antiguo capitán.
En aquel entonces, estaba seguro de que no se podía tratar de Idaeus, pero en ese momento y lugar, ya no estaba tan seguro.
—El Hijo Oscuro... —susurró Uriel—. Idaeus intentó avisarme.
—Idaeus —repitió Suzaku, y un leve destello luminoso en la parte posterior de los ojos le indicó a Uriel que estaba accediendo a la información que tenía almacenada en los cilindros de memoria que tenía implantados en el cerebro—. El anterior capitán de la Cuarta Compañía.
—Así es —le confirmó Pasanius—. ¿De qué estás hablando, Uriel? Idaeus murió hace ya mucho tiempo.
—Lo sé, pero también sé que lo vi. En Medrengard, cuando aquellos monstruos me metieron en una de esas criaturas incubadoras demoníacas. No sé... Tuve algo parecido a una visión, o a un sueño febril. Creo que estaba intentando avisarme de que esto ocurriría, pero no comprendí lo que quería decirme. Salí del monstruo abriéndome paso a desgarrones, pero mientras estuve allí dentro, tuve la sensación de que...
—¿De qué? —lo urgió Locard, siempre ansioso por conocer detalles sobre la xenobiología más aberrante.
—De que había algo más allí dentro conmigo —terminó de decir Uriel, horrorizado por las implicaciones que tenía aquello—. Lo sentí a mi lado, y que intentaba alcanzarme. En ese momento no entendía lo que estaba ocurriendo, pero que el Emperador me perdone, debía ser esa... cosa.
—Interesante —comentó Locard—. Una gestación engendrada por la disformidad en la que se toman muestras biológicas del espécimen superior y se implantan en la criatura inferior. Excepto en el sentido literal de la palabra, capitán Ventris, ese individuo es vuestro hermano.
—No digáis eso —le replicó furioso Uriel—. Éstos son mis hermanos, no ese monstruo aberrante.
—Os pido disculpas por elegir esa palabra, pero a todos los efectos, este ser, cuya existencia no se puede negar, comparte con el capitán Ventris una relación genética rudimentaria. Ahora creo saber cómo han logrado nuestros enemigos vencer las defensas de Ultramar con tanta facilidad.
El magos extendió una serie de sondas semejantes a varillas que le salieron de la espalda y las introdujo en varios orificios de una consola que estaba a su espalda y que estaba cubierta de botones parecidos a gemas y de numerosas pantallas con información binaria.
—¿Qué queréis decir? —le preguntó Suzaku.
—Un momento, inquisidora. Estoy descargándome la telemetría de la batalla librada en el espacio, algo que creo me confirmará lo que sospecho que es la respuesta.
Una columna continua de datos binarios cruzó la superficie de la esfera holográfica y ofreció una información que a Uriel le resultó ininteligible, pero que al magos pareció servirle de ayuda.
—Ah, sí, es tal y como me temía —dijo Locard.
—¿El qué? —quiso saber Uriel.
—Las defensas orbitales fueron infectadas por el ataque de un código corrupto. Se trata de una versión corrompida y degradada de la bendita lingua technis, uno de los lenguajes de la familia Mechanilingua que se utiliza en los programas de los servidores. Esta versión de código es muy dañina, muy avanzada, pero no podría haber descifrado el código aegis sin un conocimiento previo de los protocolos de defensa de Ultramar.
—Y vos creéis que esta criatura clonada conoce esos códigos —indicó Suzaku.
—Los conoce porque el capitán Ventris los conoce.
—¿Me estáis diciendo que sabe todo lo que yo sé?
—No, eso me parece muy improbable. Me imagino que habrá absorbido fracciones aleatorias de vuestra química cerebral y de vuestros recuerdos. Y según el principio de intercambio, es posible que usted haya absorbido parte de su vida anterior. ¿Es ése el caso?
Todos se volvieron para mirarlo, y Uriel dudó por un momento antes de contestar.
—Quizás. Últimamente he tenido unos sueños muy extraños.
—¿Qué clase de sueños?
Uriel hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Nada que pueda recordar de verdad, tan sólo fogonazos. Más que sueños parecen recuerdos de hechos que le ocurrieron a otra persona. Supongo que son exactamente eso.
—¿Qué es lo que ocurre en esas visiones? —quiso saber Locard—. Podría ser la clave para descifrar lo que es esa criatura y cómo actúa.
Uriel se esforzó por recordar lo que le había pasado por la mente en el Templo de la Corrección, y revivió el terror del ataque contra la scholam y la captura de los jóvenes cadetes.
—Soy un chaval. Un cadete en una scholam, pero no sé de dónde. Sufrimos un ataque de los Guerreros de Hierro y me capturan... Lo capturan a él. No veo nada más aparte de eso.
—Es fascinante. Es posible que hayáis experimentado el recuerdo que ese chico tiene de su secuestro, que es previo a su implantación en la criatura matriz en la que más tarde os metieron a vos.
—Tiene sentido —apuntó Shaan, cuyos rasgos pálidos estaban teñidos de verde por la luz de la esfera holográfica—. Un cadete de esa edad sería un candidato apropiado para la implantación de la semilla genética.
—Sin duda se trata de un método muy primitivo —explicó Locard—. Me imagino que sufrirán una proporción de muertes terrible con semejante procedimiento, pero al Archienemigo le importan muy poco esos detalles.
—Pero entonces, ¿por qué no he sufrido estas visiones hasta ahora?
Locard se desconectó de la consola de mando y rodeó la esfera sobre sus patas, parecidas a compases, que repiqueteaban con cada paso, hasta situarse delante de Uriel.
—Vuestra arquitectura cognitiva estaba completamente formada cuando os metieron allí, por lo que el dominio que tenéis sobre vuestra psique es completo. La del chico era maleable y fácil de convertir en algo monstruoso. Sus recuerdos propios y su personalidad deben luchar para conseguir el dominio contra todo lo que tomó de vos, capitán, y me imagino que eso sería suficiente para hacer enloquecer a cualquiera.
—Lo habéis llamado «chico», pero eso no es un chico —dijo Shaan señalando con un dedo la imagen.
—Una vez lo fue —le respondió Locard con un tono de voz comprensivo—. Una vez tuvo un nombre y toda una vida por delante de él, pero ahora es un monstruo con la mente degradada por el adoctrinamiento de los Poderes Siniestros. ¿Quién sabe en lo que podría haberse convertido si sólo hubiera tenido la influencia genética del capitán Ventris?
—Una criatura nacida de semejante abominación sólo puede ser una criatura de la oscuridad. El Caos corrompe todo lo que toca —declaró la inquisidora Suzaku.
—Como digáis. Es evidente que este asunto requiere una investigación más profunda.
—Sin duda —respondió la inquisidora y se volvió hacia Uriel—. ¿Por qué no mencionasteis esto con anterioridad, capitán Ventris? Esto podría muy bien influir en este conflicto. Si esta conexión funciona en ambos sentidos, es evidente que se trata de algo que podríamos aprovechar.
—Alto ahí —dijo Pasanius al tiempo que se interponía entre Suzaku y Uriel.
—El capitán Ventris fue declarado puro por los Caballeros Grises —indicó Learchus a la vez que también se interponía—. Y nuestros propios apotecarios y capellanes lo confirmaron.
Suzaku contempló divertida aquella muestra de solidaridad, pero Uriel vio más allá de aquella máscara de beneplácito. Se dio cuenta de que la inquisidora veía cierto potencial en aquella conexión con el clon monstruoso, y si quería ser sincero consigo mismo, él también lo veía.
—A un lado, sargentos —les ordenó—. Si consigo revelar más recuerdos de esa criatura, quizás encontremos algo que nos ayude a enfrentarnos a los Guerreros de Hierro. ¿Podríais hacerlo, magos Locard? ¿Podría sacarme esos recuerdos?
Locard asintió con el rostro iluminado por aquella expectativa.
—Dispongo de un equipo neuroinvasor a bordo que me podría permitir extraer de vuestra mente cualquier traza residual del clon —dijo con una sonrisa llena de regocijo—. Por supuesto, esa maquinaria se diseñó para su uso en criaturas alienígenas, pero aun así, debería ser un proceso razonablemente seguro.
—¿Razonablemente? Eso me suena algo impreciso viniendo de vos, magos —le dijo Uriel antes de cruzarse de brazos sobre la placa pectoral de la armadura—. Defina «razonablemente».
—Tendrá una probabilidad de supervivencia del sesenta y siete punto seis tres cuatro nueve por ciento —le contestó el magos Locard.