
Uriel recorría a grandes zancadas el compartimento de la Thunderhawk mientras su metabolismo preparaba su cuerpo de nuevo para el combate. Los sensores de su armadura monitorizaban el ritmo cardíaco, la tensión sanguínea y los niveles de oxígeno para asegurarse de que todo su cuerpo estuviera en condiciones óptimas para empezar a luchar. Learchus también recorría toda la nave para comprobar que cada guerrero llevaba el máximo de munición disponible y que había seguido los rituales correctos previos a la batalla. Aquellos guerreros habían luchado bien contra los kroots, pero si Uriel estaba en lo cierto con sus sospechas, no tardarían en enfrentarse a unos enemigos tecnológicamente más avanzados.
El capellán Clausel se encontraba al lado de la rampa de asalto, con los pies plantados con firmeza en el suelo y el crozium arcanum en la mano. El enorme guerrero sacerdote se dedicaba a recitar los catecismos de batalla, y su voz profunda resonaba por encima del rugido de los motores de la cañonera. El casco con la placa facial en forma de calavera estaba cubierto de una costra de sangre seca, y aunque las corrientes térmicas de las montañas hacían que la Thunderhawk se bamboleara de un lado a otro de un modo alarmante, Clausel ni se agarró a los tiradores del techo ni se apoyó en la pared para mantenerse en pie.
Estaban a diez minutos del lago Masura. Volaban bajo y pegados a las laderas de las montañas. Volar de ese modo consumía una enorme cantidad de combustible, pero era el único modo de evitar que las contramedidas de vigilancia del enemigo los detectaran. Hasta ese momento no habían recibido respuesta alguna del gobernador ni de Lortuen Perjed, a pesar de los repetidos intentos de ponerse en contacto con ellos. Lo más probable era que la misma tecnología de interferencia que los tau habían utilizado en Cañón Profundo Seis la usaran para mantener ignorante al gobernador sobre la presencia de alienígenas en el planeta.
Uriel tenía la esperanza de que no lo descubriera por las malas.
El transporte Aquila de lord Winterbourne ya estaba de regreso a Puerta Brandon, a pesar de haberse jactado de que todavía estaba en condiciones de combatir junto a los Ultramarines. Tras una breve discusión, Uriel lo había convencido, aunque en realidad no le había dejado otra opción, de la necesidad de evacuar a los heridos y de que regresara al regimiento para supervisar la movilización de sus efectivos. Habían colocado a Harkus dentro del Aquila, y Winterbourne le había prometido a Uriel que llevarían al gravemente herido tecnomarine a la Fortaleza Idaeus en cuanto aterrizaran.
Uriel limpió la sangre coagulada de los kroots que había matado de la hoja de la espada, aunque sabía que no tardaría en estar de nuevo cubierta con los fluidos vitales de otro enemigo. Learchus recorrió una última vez el interior de la Thunderhawk y se sentó frente a Uriel. El rostro del sargento mostraba una expresión seria y tensa, y estaba cubierto de sangre en uno de sus lados. Learchus desenvainó la espada, una arma de diseño similar a la de Uriel, y empezó a recitar una plegaria para honrar su espíritu de combate.
Uriel dejó que terminara antes de hablarle:
—Sargento, va a ser un combate difícil.
—Estoy de acuerdo —admitió Learchus—. ¿Algún mensaje de Puerta Brandon sobre posibles refuerzos?
—El anciano Peleus insistió en preparar el resto de Thunderhawk, pero necesitará a todos los guerreros disponibles para defender la ciudad si estamos en la primera fase de un ataque. De todas maneras, no llegarían a tiempo.
—Así que estamos solos en esta misión.
—Así es, pero no vamos a realizar una misión de búsqueda y destrucción.
—¿No?
—No. Sólo vamos a buscar al gobernador y a marcharnos.
Learchus se pasó el guantelete por la barbilla.
—Sólo somos unas pocas escuadras y una cañonera, y probablemente vamos a enfrentarnos a un enemigo cuyas fuerzas y localización exactas desconocemos y que quizá se haya atrincherado. Espero que dispongamos de un plan.
—Lo tengo. Haremos una sola pasada a baja altura con la Thunderhawk para descubrir lo que podamos de cualquier fuerza enemiga que esté presente dentro y en los alrededores de la mansión Shonai. Luego ejecutamos un aterrizaje en la zona caliente, pero en el punto más débil de su perímetro. Si se han refugiado en el interior del edificio, haremos una limpieza estándar habitación por habitación, y mataremos a todos los tau que nos encontremos.
—Es un buen plan, pero si tienen rehenes, quizá caigan en el intercambio de disparos.
—Nuestra prioridad es sacar al gobernador. Nada más.
—Entendido —contestó Learchus antes de comprobar el tiempo que faltaba para llegar—. Cinco minutos.
—¿Están preparados los hombres?
—Sí —confirmó Learchus al mismo tiempo que envainaba la espada y colocaba el bólter sobre el regazo—. Estaban listos en cuanto entraron en la nave.
—Bien. La actuación de estos guerreros te honra, Learchus. El comportamiento de toda la compañía te honra.
—Gracias, capitán —le respondió el sargento. Una sombra familiar le cruzó el rostro por un momento—. Le prometí que cuidaría de los hombres de la compañía mientras estaba... fuera.
—Y has hecho un trabajo excelente. No podría pedir mejores reclutas para la Cuarta compañía. El capitán Idaeus se habría sentido orgulloso.
Learchus asintió con cierta rigidez, y Uriel se inclinó hacia adelante.
—Nos queda poco tiempo antes de llegar al lago Masura, y tenemos que resolver nuestras diferencias antes de entrar en combate de nuevo.
—¿A qué se refiere? —le preguntó Learchus con una expresión precavida en la mirada.
—El simple hecho de que esté aquí te incomoda, eso es más que obvio, lo mismo que el hecho de que sea capitán de nuevo. Una parte de ti desearía que no hubiese vuelto.
—Eso es ridículo —le replicó Learchus—. Completó su juramento de muerte y regresó a Macragge con todo su honor restaurado. No hay más que decir.
—Pues yo creo que sí —insistió Uriel—. ¿No sientes amargura por mi regreso?
—Ninguna.
—¿Seguro?
—Seguro.
Uriel se recostó contra el respaldo del asiento metálico y se quedó callado un momento antes de seguir hablando:
—Ojalá Pasanius estuviera aquí.
Learchus se sintió sorprendido por el cambio de tema, pero asintió lentamente.
—Su fuerza nos sería de gran ayuda en el combate que se avecina.
—Sí que lo sería, pero no me refería a eso.
—Entonces, ¿a qué se refería? —preguntó Learchus, claramente exasperado.
—Me refiero a que me gustaría que estuviera aquí, pero que entiendo que lo apropiado es que no sea así.
—Incumplió los Códigos de Rectitud y debe sufrir el castigo por ello.
—Incumplió esos códigos al mentirme, Learchus, lo mismo que tú estás haciendo ahora.
El rostro de Learchus se enrojeció. Uriel vio que apretaba la mandíbula a medida que la ira se propagaba por su interior, pero la contuvo con la misma rapidez con la que había aparecido.
—¿En qué estoy mintiendo, capitán? —exigió saber Learchus.
—En tus ambiciones.
—¿Qué ambiciones?
Uriel se inclinó de nuevo hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas.
—Sé que durante mi ausencia estuviste al mando de la Cuarta compañía en la campaña de Espandor. Sé de las batallas que libraste allí, sé lo de la victoria del puente de Corinth y lo de la defensa de Herapolis. Destruisteis un gargante, una máquina de guerra con la potencia de fuego suficiente para arrasar una ciudad, y salvasteis el planeta de los orkos. En Espandor, dirigiste la compañía como un sargento, pero en tu fuero interno volviste como un capitán. Dime que no estoy en lo cierto.
—Es cierto —admitió Learchus a regañadientes—. ¿Acaso es una deshonra tener ambiciones?
—Por supuesto que no. Un guerrero siempre debe ponerse a prueba a sí mismo, debe buscar nuevos enemigos y nuevos desafíos a los que enfrentarse. Sin ambición, jamás lograríamos alcanzar la grandeza. Un marine espacial necesita tener ambición, es lo que lo impulsa a ser mejor de lo que es. Has sido un sargento fiel y un orgulloso guerrero de la Cuarta compañía, pero soy yo quien dirige esta compañía.
Learchus bajó la mirada hacia el suelo del compartimento, y a Uriel le pareció que se encogía un poco dentro de su armadura.
—Estuvisteis desaparecidos tanto tiempo —dijo al cabo de unos momentos—. Todo el mundo creía que ya estabais muertos. Incluso yo había empezado a perder la esperanza de que algún día volvierais al capítulo.
—Pero lo hicimos, y ahora soy capitán de nuevo, y debes aceptarlo.
—Reconstruí la Cuarta, la entrené y luché con ella como su comandante. Lamenté la muerte de mis guerreros y grabé sus nombres en la pared del Templo de la Corrección. Me gané el derecho a mandar la compañía.
—Y sin duda algún día ascenderás al rango de capitán. De eso estoy seguro.
—Pero no ahora, y no la Cuarta compañía.
—No —le contestó Uriel con una sonrisa torcida y ofreciéndole una mano a Learchus—. Pero quién sabe, a lo mejor muero en el próximo combate. Si ése es mi destino, no se me ocurre ningún guerrero mejor para sustituirme. Te necesito a mi lado, Learchus. La Cuarta compañía te necesita. ¿Estás conmigo?
Learchus se quedó mirando durante un largo momento la mano que le ofrecía Uriel, pero finalmente asintió y la estrechó.
—Lo estoy.
Aunque Koudelkar se sentía mucho más relajado después de que su tía le hubo explicado los motivos que tenía para invitar a la delegación tau a Galtrigil, una sensación persistente de intranquilidad le carcomía esa aparente calma. Por mucho que lo intentara, no lograba descubrir cuál era su origen, aunque también sentía que debería ser bastante obvio para una persona de su intelecto y su perspicacia.
—Creo que quizá podríamos hacer negocios —dijo sonriéndole al tau de piel grisácea.
Aun’rai levantó la mano del hombro de Koudelkar y le hizo una reverencia.
—Es una decisión muy sabia, gobernador Shonai. No se arrepentirá de haberla tomado.
—Maldito seas —exclamó Lortuen Perjed al mismo tiempo que se interponía entre ellos dos de un empujón.
El anciano había levantado el bastón al hacerlo con la intención de golpear a Aun’rai. Una de las enormes máquinas de combate dio un paso adelante. Al apartarse de las demás, Koudelkar se dio cuenta de que mostraba unos símbolos diferentes. La cabeza era de color azul claro con unas rayas en el lado izquierdo, y en el centro del panel del pecho y en una hombrera tenía pintadas sendas esferas llameantes.
La máquina alzó sus armas: un monumental cañón giratorio de tubos múltiples y un grueso cañón de bocacha semicircular. Koudelkar sintió que el miedo se apoderaba de él cuando vio que las lentes de la cabeza de la máquina de combate se movían y el pequeño punto rojo de un sistema de puntería aparecía en la calva reluciente de Lortuen Perjed.
Lortuen blandió el báculo contra Aun’rai, pero los bastones aparecieron en las manos del alienígena casi como por arte de magia, y el báculo salió despedido de las manos del adepto.
Koudelkar se sintió impresionado. El enviado tau era más veloz y hábil de lo que parecía a primera vista.
La máquina de combate se inclinó sobre Lortuen.
—Retrocede o muere, gue’la —le dijo a Perjed.
Las palabras eran mecánicas, pero transmitía de un modo soberbio el tono de voz de quien había hablado, y aunque Koudelkar sentía un miedo atroz hacia la máquina, no pudo evitar preguntarse por qué el Adeptus Mechanicum no era capaz de desarrollar una tecnología similar. Estaba claro que si aquellos alienígenas podían inventar algo así, los sacerdotes del Dios Máquina también podrían.
El gobernador agarró al adepto por el brazo y lo aferró con fuerza.
Aun’rai le indicó con un gesto a la máquina que retrocediera, y a Koudelkar le dio la impresión de que había visto un rastro de ira en el rostro del enviado.
—Os pido disculpas, gobernador Shonai —le dijo Aun’rai—. El noble El’esaven es muy protector respecto a mi persona y a veces olvida cómo debe comportarse. —El alienígena se volvió hacia Lortuen Perjed—. Y usted debería saber que la señal de alarma de su bastón ha sido interferida desde el principio.
—¡Criatura repugnante! —le gritó Lortuen al mismo tiempo que se soltaba de la mano de Koudelkar. Aun’rai dio un paso atrás para evitar su posible ataque—. ¿Cómo te atreves?
—¿Hay alguien ahí dentro? —quiso saber Koudelkar señalando a la máquina, aunque el enviado prácticamente le había confirmado sus sospechas iniciales de que cada una estaba pilotada por un ser vivo.
La idea de que los tau estaban interfiriendo una señal de alerta le pareció extraño, pero el pensamiento desapareció de su mente en cuanto Aun’rai habló de nuevo.
—Así es. Hay un piloto ahí dentro. El’esaven es un comandante de una gran reputación y habilidad.
—Entonces, esa máquina es... ¿su armadura?
—En cierto modo, sí, pero es mucho más que una simple armadura. En su lenguaje, la mejor traducción sería «traje de combate».
—¡Deja de hablar con él! —lo interpeló Perjed—. ¿No ves lo que está ocurriendo?
—¡Adepto Perjed, contrólese! —le gritó Mykola—. Su comportamiento es insensato.
Perjed se volvió con rapidez. La rabia proporcionaba nuevas fuerzas a sus ancianas extremidades.
—¿Mi comportamiento? ¡Eres tú quien ha llegado a un acuerdo con estas criaturas alienígenas, estúpida! ¡Estúpida! No han venido a negociar. ¡Han venido a apoderarse del planeta! ¡Abre los ojos, idiota!
Koudelkar sintió que las palabras de Lortuen le tironeaban de la mente, y se volvió hacia Aun’rai.
—Mis consejeros militares me han dicho que tenéis más soldados en Pavonis. ¿Es eso cierto?
El tau sonrió, o al menos eso supuso Koudelkar que significaban aquellos movimientos en su rostro.
—Tenemos algunas... tropas de reconocimiento con armamento ligero en Pavonis, sí. No se trata más que de una precaución, ¿lo entendéis, verdad? Dada la intolerancia de vuestra sociedad respecto a otras especies, pensé que sería prudente asegurarme de que Pavonis estaba lista para mi llegada.
—No me siento muy a gusto con la idea de que sus fuerzas armadas hayan puesto pie en mi planeta —respondió Koudelkar.
Notó que una tremenda sensación de asco y rabia crecía en su interior. Aun’rai se acercó de nuevo a Koudelkar, pero su madre se interpuso entre los dos.
—No toques a mi hijo. No le pongas ni un dedo encima, te lo advierto.
—¡Madre! —exclamó Koudelkar con un susurro, pero la implicación de lo que acababa de decirle Aun’rai se abrió paso a través de la neblina de confusión que rodeaba todos sus pensamientos. La sensación persistente de que algo iba horriblemente mal regresó con más fuerza, y levantó la mirada hacia la masa amenazante del guerrero con traje de combate que había apuntado sus armas hacia el adepto Lortuen.
Era un soldado alienígena, uno de rango elevado si de verdad era un noble, y los comerciantes no llevaban individuos armados a una conversación de negocios. Su ira aumentó más todavía, y Koudelkar notó que el deseo de hablar con aquellos alienígenas se desvanecía como un sueño medio olvidado. Negó con la cabeza. ¿En qué había estado pensando? ¿Tener tratos con alienígenas? La misma idea era ridícula.
Nada más pensar aquello, lo que quedaba de cualquier manipulación sutil a la que lo hubieran sometido desapareció y comprendió que lo que decía Lortuen era verdad.
—De hecho —continuó diciendo—, encuentro que la idea de que sus tropas estén en Pavonis es un insulto enorme. Estamos en un mundo imperial, un planeta del Emperador, y su presencia aquí constituye un acto de guerra.
—¡Koudelkar! ¡No! —gritó su tía—. Piensa en lo que estás diciendo. ¡Piensa en Pavonis!
—Eso es lo que hago, Mykola. Estoy diciendo lo que tú deberías haber dicho hace mucho tiempo, ¡y lo que yo habría dicho si este cabrón no me hubiera influido con alguna clase de control mental alienígena! —Koudelkar se irguió e hinchó todo lo que pudo su escuálido pecho—. Aun’rai, eres un enemigo de la raza humana. Estás quebrantando la voluntad del Emperador, bajo cuya gloria y gracia está gobernada esta galaxia. Debes abandonar el planeta y no regresar jamás, o te enfrentarás a todo el poder de la furia del Imperio.
Aun’rai dejó escapar un suspiro.
—Esto es muy lamentable. Me hicieron creer que estaríais dispuesto a entrar en conversaciones con nosotros para el mayor bien de todos.
—Me alegro de decepcionarte —le replicó Koudelkar al mismo tiempo que lanzaba una mirada enfurecida a su tía.
—Estoy acostumbrado a esperar semejante estrechez de miras de tu especie, pero esta vez tenía la esperanza de que fuera diferente. Pero ten esto por seguro: Pavonis acabará formando parte del Imperio Tau. Habría sido mejor para ti que hubieras aceptado la idea, ya que habrías entrado a formar parte del futuro de este planeta, pero veo que estás tan lleno de odio y tan ciego como el resto de tu raza egoísta.
—¿Lo ves, Mykola? —exclamó sibilante Lortuen Perjed—. ¡Fíjate bien en el verdadero rostro de estos alienígenas! No vinieron pensando en una posible cooperación, ¡sino en conquistarnos!
—Te equivocas con nosotros, adepto Perjed, pero ya es demasiado tarde para una solución pacífica —le contestó Aun’rai con lo que parecía un cierto disgusto.
Como si confirmara aquella declaración, una de las aeronaves tau que todavía estaba volando estalló y cayó dando vueltas sobre sí misma hasta que se estrelló contra el lago levantando una impresionante ola.
La repentina violencia de aquella explosión tuvo el mismo efecto que el disparo de un lanzallamas contra un bidón de promethium.
Koudelkar levantó la mirada y vio una rugiente aeronave de color azul, rectangular y poco elegante, que pasaba aullando por encima de ellos. Sus armas destellaban y tronaban, y supo que jamás en su vida había visto algo que lo alegrara más.
El derramamiento de sangre que había empezado a borbotear desde el comienzo de aquel encuentro estalló en un crescendo de violencia. Los skitarii de Koudelkar, que habían estado deseando sembrar la destrucción entre los tau, cedieron por fin a sus impulsos bélicos. Entonces, cierto número de cosas parecieron suceder todas al mismo tiempo.
Las armaduras de combate de los tau prepararon sus armas para disparar, y los skitarii de armadura de bronce, armados con un cañón y un lanzagranadas cada uno, abrieron fuego. Uno de los soldados lavrentianos se lanzó hacia Koudelkar y su madre y los derribó al suelo de un empujón. Un instante después, un huracán de disparos azotó el aire por encima de él.
El gobernador se apretó las manos contra las orejas con toda la fuerza que pudo ante aquel rugido terrible y ensordecedor. Una de las armaduras de combate se desplomó contra el suelo con la parte superior convertida en una chatarra humeante por el impacto de una serie de granadas. Los dos skitarii disparaban aullantes y exultantes, y sus armas rugían al disparar toda la furia de la letal capacidad de diseño de sus constructores.
Koudelkar rodó cuando los rifles infernales tronaron y los rayos de los disparos láser destellaron sobre él. Su madre gritó de miedo. El gobernador vio que su tía también se había tirado al suelo y gateaba presa del pánico hacia la casa. Lortuen Perjed se había doblado sobre sí mismo hasta formar una bola. También se había tapado los oídos y se esforzaba por mantenerse pegado al suelo todo lo que podía.
Un instante después, las armaduras de combate abrieron fuego.
Tres de los lavrentianos murieron de inmediato, despedazados en mitad de una tormenta de fuego cegadora. Sus cuerpos dejaron literalmente de existir, ya que las extremidades salieron despedidas por el aire cuando sus torsos quedaron vaporizados bajo la aterradora lluvia de proyectiles. Los supervivientes se dispersaron, pero sin dejar de combatir, y siguieron disparando contra sus oponentes mientras corrían para ponerse a cubierto. Otra armadura de combate cayó bajo su fuego con el pecho agujereado por quemaduras láser.
—¡Venga! ¡Vámonos! —les gritó el soldado que los había tirado al suelo.
—¿Qué? ¡No puedo oírte! —le contestó a gritos Koudelkar.
El soldado lo agarró por el cuello de la levita y le señaló la puerta.
—¡Entre en la casa! ¡Vamos!
—¡Saca a Lortuen de aquí! —le ordenó Koudelkar también a gritos para hacerse oír por encima del estruendo del combate.
Por un momento el soldado pareció dispuesto a desobedecerlo, pero luego asintió y se acercó a rastras al anciano adepto.
Koudelkar pasó una mano por encima de la espalda de su madre y ambos empezaron a arrastrarse hacia la casa. Las paredes del arboreto reventaron y cayeron al suelo en grandes fragmentos de cristal al mismo tiempo que los árboles del interior desaparecían hecho astillas por la tormenta de fuego. Koudelkar se cortó las palmas de las manos con los trozos de cristal mientras se arrastraba, y tuvo que apretar los dientes para soportar el dolor.
Uno de los skitarii se desplomó de rodillas con un agujero humeante del tamaño de un puño en mitad del pecho, pero antes de morir disparó una andanada de granadas que se colaron en el compartimento de tropas de la nave de Aun’rai. Del interior del transporte surgió un chorro de llamas y de humo, y Koudelkar oyó los horribles gritos de dolor de los soldados tau que esperaban allí. Del interior salieron varios cuerpos envueltos en llamas, y la nave se desplomó sobre su propio tren de aterrizaje cuando varias explosiones secundarias estallaron en sus costados y en uno de sus motores.
El aire se llenó de humo y de gritos, y Koudelkar tuvo la seguridad de que el disparo que lo mataría llegaría en cualquier momento. Oyó otra explosión, pero no supo dónde se había producido. Todo era un caos: rayos láser, disparos de las armas alienígenas y gritos de dolor. Era imposible saber qué estaba ocurriendo con exactitud. El terror de Koudelkar aumentó más todavía ante la idea de morir de aquel modo.
—Creerán que soy un traidor. Si muero aquí, pensarán que soy un traidor.
—¿Qué? —le preguntó su madre gritando. Tenía la cara llena de lágrimas.
Koudelkar negó con la cabeza. Ya casi habían llegado. Hizo caso omiso del dolor que sentía en las manos laceradas y se dispuso a abrir la puerta del arboreto. Casi se echó a llorar por el alivio que sintió. El eco de unos nuevos disparos resonó en las paredes de la mansión. Algunos eran agudos, mientras que otros retumbaban como un fuego de artillería lejano.
Una sombra enorme lo cubrió. Koudelkar alzó la mirada y vio la armadura de combate que tenía el dibujo llameante grabado en el pecho.
Se quedó de pie por encima de él, y Koudelkar gritó cuando se dispuso a agarrarlo con sus guanteletes mecánicos.
Uriel bajó de un salto por el hueco de la rampa de desembarco de la Thunderhawk. El chorro aullante de sus motores mientras se mantenía inmóvil sobre la nave tau era semejante a una galerna ardiente. La hierba se aplastaba y ardía bajo la cañonera. Del vehículo tau dañado salía una columna de humo. Por su aspecto parecía ser una nave de desembarco, y de su interior no hacían más que salir soldados enemigos. Algunos estaban envueltos en llamas y moribundos, y otros seguían combatiendo a pesar de sus quemaduras.
Learchus y una escuadra de Ultramarines llegaron al suelo y comenzaron a disparar. Detrás de ellos desembarcaron los marines de asalto del capellán Clausel, mientras que los exploradores se desplegaron detrás de las escuadras de combate para tomar posiciones desde las que ofrecer fuego de apoyo.
—¿Llegamos demasiado tarde? —preguntó Learchus a gritos.
—Creo que hemos llegado precisamente en el momento justo. ¡Adelante! —respondió Uriel.
La Thunderhawk se alejó y el capitán contempló el desarrollo del combate. Trazó un mapa del enfrentamiento en un segundo. En una terraza con el suelo de losas se estaba librando un tiroteo feroz. La infantería tau, unos discos voladores equipados con armas y unas máquinas de combate muy altas, semejantes a dreadnoughts alargados, intercambiaban disparos con unos pocos guardias y lo que parecía ser uno de los skitarii del gobernador Shonai.
Varios disparos pasaron aullando cerca de Uriel. Eran unos dardos de luz que sisearon y chasquearon al impactar contra el casco blindado de la Thunderhawk que se alejaba. Varios guerreros tau, una docena aproximadamente, se habían posicionado bajo la protección de la nave dañada. Un soldado enemigo con un casco de color rojo claro dirigía sus disparos, y dos de las armaduras de combate abandonaron la lucha en la terraza para apoyarlos con sus armas.
—¡Capellán, a la terraza! —aulló Uriel—. Learchus, tú y tu escuadra conmigo. ¡Acabaremos con los tau de la nave de desembarco y luego atacaremos a los demás por el flanco!
Clausel y sus guerreros se alejaron sobre columnas de fuego, y el rugido de sus retrocohetes resonó por encima de la cacofonía tartamuda de los disparos. Uriel se dirigió hacia la nave tau, y sus marines espaciales lo siguieron a través de la lluvia de disparos con los bólters por delante.
Los rayos abrasadores de las armas alienígenas cruzaron el aire mientras Uriel y sus guerreros corrían hacia la nave averiada. Oyó los impactos de las descargas de energía contra las placas de ceramita cuando varios disparos le acertaron de lleno. Uno de ellos le dio en la curva de la hombrera y rebotó pasando justo a su casco, y otro lo alcanzó en la greba. Ninguno de ellos tuvo la potencia suficiente para detenerlo.
El bólter se estremeció en sus manos cuando abrió fuego. Uno de los tau salió despedido hacia atrás cuando el pecho y uno de los hombros le reventaron al estallar el proyectil explosivo. Vio destellar otra andanada enemiga, y Uriel sintió que un disparo atravesaba la junta de su armadura a la altura de la cintura, pero apenas notó el dolor, los dispensadores de calmantes lo apagaron, y los sistemas médicos empezaron a tratar la herida.
Una tormenta volcánica de fuego pasó por encima de Uriel, y la nave tau se estremeció y se bamboleó cuando los cañones frontales de la Thunderhawk la acribillaron. Uriel vació lo que le quedaba del cargador al mismo tiempo que el fuego de supresión de la cañonera cesaba.
Llegó hasta los restos perforados y en llamas de la nave de desembarco y se pegó de espaldas a ella.
—¡Fragmentación! —gritó mientras se sacaba un par de discos con relieve de una de las cartucheras del cinto.
Uriel lanzó las granadas por encima de la nave tau y contó hasta tres mientras desenvainaba la espada. Otras siguieron a las suyas, y una serie de estampidos apagados sacudieron la nave. Uriel oyó el repiqueteo del impacto de la metralla contra el casco.
El capitán dio la vuelta al extremo de la nave con la espada en alto por encima del hombro derecho. Al otro lado había cerca de una docena de guerreros tau que se estaban recuperando de las tremendas explosiones de las granadas. Tenían los uniformes rotos y ensangrentados, pero lo más importante era que habían perdido la concentración para el combate. La espada de Uriel brilló como un relámpago azur y la enterró en el pecho del guerrero tau que tenía más cerca. Su víctima se derrumbó sin emitir un solo sonido, y Uriel pasó por encima de su cadáver para lanzarse contra el resto de enemigos. Los alienígenas estaban heridos y desorientados, y Uriel no les dio la oportunidad de recuperarse. Atravesó la armadura de otro guerrero y le abrió un tajo del que salió un tremendo chorro de sangre.
Los tau se dispusieron a hacer frente a su carga, pero aunque llevaban puestos unos cascos que les cubrían por completo la cabeza, Uriel notó el pánico que los embargaba. Habían aterrizado esperando una misión sencilla, pero habían acabado por luchar para salvar la vida. Unos cuantos disparos pasaron relampagueantes a su alrededor. La escuadra del capitán lo siguió, pero aquel momento era suyo y sólo suyo.
Le propinó una patada en el pecho al siguiente tau, y atravesó de parte a parte la armadura del guerrero que estaba detrás. El resto de los guerreros tau lo apuntaron con sus armas, pero ya había llegado a su posición y era demasiado tarde. Aquello se había convertido en un combate cuerpo a cuerpo para el que hacía falta la destreza de un asesino brutal, y no había mejores guerreros en ese sentido que los marines espaciales. Uriel luchó con gran economía de movimientos cuando atacó a los tau como un rayo. No desperdició ni un solo golpe, y cada vez que impactaba con el puño o con la espada, caía un enemigo.
Los tau estaban indefensos ante él, ya que era un guerrero del Adeptus Astartes y estaba luchando por algo más que la victoria: luchaba por la gloria de su capítulo. Uriel había combatido durante demasiado tiempo buscando la redención o simplemente por supervivencia.
Aquel combate lo libraba por el honor de los Ultramarines.
Learchus estaba a su lado abriéndose con la espada un sangriento camino a través de los tau. Codo con codo, lucharon como los poderosos dioses del combate que eran. Uriel no dejó de moverse en ningún momento y de matar enemigos sin duda o compasión. Esquivó y echó a un lado los cuchillos y las culatas de los rifles, y aplastó cráneos y rajó armaduras con cada golpe. Las décadas de entrenamiento y un siglo de guerras lo habían convertido en un guerrero sin par. Era una máquina de matar que jamás había conocido la derrota, y peleó con toda la habilidad que había quedado grabada en su cuerpo por el entrenamiento más terrible que se pueda imaginar.
Los disparos resonaron a su alrededor, las hojas de las espadas desgarraron la carne y la sangre fluyó a raudales. A los pocos segundos, todos los tau habían muerto. Casi una veintena de soldados enemigos yacían esparcidos por el suelo, quemados y ennegrecidos por el fuego, hechos pedazos por el filo de las espadas o destrozados por los proyectiles explosivos. Uriel asumió todas aquellas muertes sin emoción alguna y se acercó a la nave de desembarco.
—Poca gloria hemos ganado con esto —se burló Learchus—. No tenían lo que hay que tener para una pelea de verdad.
Uriel asintió y le propinó una patada a uno de los rifles tau.
—Confían demasiado en estas armas y no lo suficiente en el cuerpo a cuerpo.
—¿Cómo le va al capellán?
Uriel miró hacia la terraza donde las tropas de asalto de Clausel estaban luchando. El humo y las llamas ocultaban buena parte de esa zona de combate, pero el sonido de los disparos y el chasquido de las espadas al chocar le indicó que todavía quedaba una batalla por ganar.
—Acerquémonos a averiguarlo —respondió blandiendo en alto de nuevo la espada.