Largo y difícil es el camino que sale del infierno y lleva a la luz.
La Thunderhawk viró para seguir el rumbo de vuelo que le habían indicado los controladores de tierra. Uriel miró hacia fuera por la portilla de observación del costado de la rugiente cañonera y contempló como las montañas de un blanco resplandeciente pasaban a toda velocidad con las cimas envueltas por las nubes.
Habían pasado semanas desde la batalla en la Casa de la Providencia, y todavía le dolían el cuerpo y el espíritu por lo ocurrido en Salinas. Aunque las heridas ya se le habían curado, no era capaz de quitarse de encima la tristeza que se había apoderado de su alma desde que había apretado el gatillo del cañón psíquico.
Sabía que no había tenido otra elección. Si el señor de los sinpiel tenía que morir en Salinas, lo correcto y apropiado era que fuese a manos del individuo que lo había llevado hasta allí.
Tras la muerte de Sylvanus Thayer, la presión de los muertos sobre la mente de los vivos desapareció, y una extraña sensación de calma descendió sobre Barbadus, aunque estaba seguro de que ese nombre iba a cambiar. Cuando se anunció la muerte de Leto Barbaden, el ambiente de calma se transformó en festivo.
El día siguiente a la batalla resultó estar lleno de proclamas.
Bajo la supervisión de los Caballeros Grises se formó un gobierno interino, con Daron Nisato como nuevo comandante imperial. Aunque este anuncio fue recibido con mucho menos entusiasmo que la muerte de Barbaden, la noticia de que Pascal Blaise apoyaba al nuevo gobernador generó una oleada de aceptación entre la población.
Los problemas no se habían acabado para Salinas, pero Uriel sabía que el planeta había evitado un desastre absoluto y que sus habitantes tenían la oportunidad de dejar atrás los viejos odios que casi los habían destruido.
Eso era mucho más de lo que la gente solía conseguir.
Tras la restauración del control imperial, Leodegarius los había acompañado hasta una cañonera que los esperaba en la explanada que se abría delante del palacio. Allí se había despedido de ellos.
—Recordad la torre —les advirtió—. Nos recuerda que si utilizamos el conocimiento y la fuerza que poseemos con propósitos malignos, seremos destruidos sin remisión.
También se habían despedido de Lukas Urbican y de Daron Nisato antes de subir a bordo de la cañonera para no volver a ver nunca Salinas.
Uriel se recostó contra el fuselaje de la Thunderhawk y sintió el poder de los motores a través del retumbar palpitante en el metal. No se había atrevido a imaginarse que acabaría logrando hacer aquel viaje. Mantuvo los ojos cerrados, como si en cualquier momento le pudieran arrebatar aquella realidad.
El compartimento de tropas de la cañonera también albergaba diecinueve armaduras, las que habían pertenecido a los Hijos de Guilliman. Uriel llevaba puesta una túnica de color azul pálido y tenía su espada en el regazo. No había vuelto a ponerse la armadura prestada desde la batalla en la Casa de la Providencia, ya que sabía que no debía hacerlo más allá de una necesidad inmediata.
Las armaduras habían sido sujetadas a los asientos de la Thunderhawk con tanto cuidado como si cada una de ellas albergara a marine espacial vivo. Ya habían enviado un mensaje a los Hijos de Guilliman, por lo que las armaduras no tardarían en regresar a su capítulo para proteger de nuevo a sus hermanos de batalla.
La puerta que daba a la cabina se abrió y Pasanius se asomó. A diferencia de Uriel, el sargento iba completamente equipado con su armadura, y su rostro mostraba una expresión de alegría radiante.
—Será mejor que vengas a la cabina —le dijo.
Uriel sonrió mientras se ponía en pie y cruzaba el compartimento de tropas. Se agachó para cruzar el umbral de la puerta de la cabina. El interior estaba iluminado con la brillante luz del sol, y las sombras que provocaba se movieron a un lado cuando los pilotos comenzaron el descenso hacia un valle de roca de cuarzo centelleante y de paredes muy empinadas.
—Mira —le indicó Pasanius, señalando al otro lado del cristal blindado de la cabina.
Allí estaba, reluciente sobre la montaña igual que un castillo de oro y plata construido sobre una nube.
Uriel se dio cuenta de que le estaba costando controlar la respiración, y las lágrimas le corrieron libremente por la cara ante la visión de las torres de mármol, las cúpulas de mosaico y los grandes muros de piedra reluciente.
—La Fortaleza de Hera —musitó Pasanius, que también había empezado a llorar.
—Nuestro hogar —susurró Uriel.