
Ya es de mañana, pero aún no ha salido el sol y está oscuro. No puede impedir que un bostezo pugne por abrirse en su cara, con la misma inevitabilidad que un secreto largamente enterrado. Sube a las murallas de la Scelus Progenium, y el frío le golpea el cuerpo delgado como un mazazo. Deja escapar un leve jadeo antes de seguir al comisario Coehoorn por la muralla cubierta de hielo. No despega la mirada de las piedras del suelo, resbaladizas por ese mismo hielo. Coehoorn ha azotado al último chico que dejó que la bandera de la scholam tocara el suelo. Su aliento no deja de condensarse mientras Coehoorn se dirige a las pesadas compuertas de la Torre Ursakar. Corre con pasos cuidadosos para seguir las zancadas del comisario.
Los cadetes de rango inferior todavía no tienen permiso para llevar los abrigos de invierno, así que el cuerpo le tiembla. Agarra con firmeza el asta de la bandera y aprieta todo lo que puede la mandíbula para que dejen de castañetearle los dientes. Los cadetes de rango superior, asignados a lo largo de las murallas, se protegen con grandes abrigos de rebordes de piel y patean el suelo con los rifles láser colgados a la espalda y las manos enguantadas metidas en los bolsillos.
Sin embargo, en cuanto apareció el comisario Coehoorn, sacaron las manos de inmediato y se pusieron los rifles de nuevo al hombro.
Las estrellas titilan en el cielo previo al amanecer, y recuerda lo poco habitual que es ver luces por encima de él que no sean las defensas orbitales o las naves estelares en órbita baja. Le gusta contemplar las estrellas, pero la vida en la Scelus Progenium deja poco tiempo para ello. En realidad, deja poco tiempo para divertirse en general.
Sólo lleva una semana allí, y ya lo odia profundamente. El cadete Miklo ha establecido su dominio sobre la nueva clase mediante una cruel demostración de fuerza, y la hinchazón que tiene sobre el ojo derecho todavía le duele al tocarla. Ojalá que su madre no lo hubiera enviado allí. Ojalá que su padre no hubiera muerto en una de las guerras que se libraban alrededor de la Fortaleza Cadia, hecho que lo había condenado a aquel lugar infernal y helado. Su madre insiste en que ese sitió lo convertirá en un hombre, pero él no hace más que maldecir la mala suerte que había provocado el fin prematuro de su juventud. Tan sólo tiene doce años estándar y su vida como niño se ha acabado, o eso les encanta decir a los comisarios instructores todos los días.
Coehoorn ya ha llegado hasta la puerta, pero todo el reborde estaba cubierto de hielo, por lo que se ha quedado atrancada. El comisario aferra el pomo con sus dedos metálicos y tira con fuerza. La puerta se abre hacia fuera con el chasquido seco del hielo al partirse y una lluvia de fragmentos cristalinos cae en los peldaños.
—Date prisa, cadete Samuquan —le espeta Coehoorn—. Si esa bandera no está izada a las cinco cero cero, sentirás la punta del látigo en la espalda.
Asiente antes de contestar con los dientes castañeteando:
—Sí, comisario Coehoorn.
El comisario, duro como el cuero correoso, mira de arriba a abajo su cuerpo delgado como si estuviera pensando en quitarle la bandera, pero se limita a menear la cabeza con un gesto despectivo. El comisario Coehoorn sube los peldaños de la escalera en espiral. Los globos luminosos parpadeantes sisean mientras emiten una luz que apenas llega a tenue. Sigue con rapidez a su instructor y se siente agradecido de haber escapado del viento helado y penetrante como un cuchillo que azota las frías murallas de granito de la scholam. El resto de la clase todavía estará durmiendo en esos momentos, aunque no durante mucho tiempo más. En cuanto el estandarte del aquila ondee sobre las almenas, el toque de diana resonará por todos los dormitorios sin apenas mobiliario con un volumen ensordecedor.
Le resultaba extraño... Jamás creyó que llegaría a echar de menos las enormes torres y los inmensos conglomerados de habitáculos de Tracian Primaris, el ruido, el hedor y las masas del gentío. Al ser el hijo de un oficial, tenía derecho a la formación de una scholam, y su madre no hacía más que repetirle que debería sentirse agradecido de recibir semejante honor. «Menudo honor», piensa mientras sube los peldaños fríos y resbaladizos.
El camino de ascenso es estrecho, así que tiene que concentrarse en no arañar el extremo decorado del mástil del estandarte contra las goteantes paredes. El último chico que lo hizo acabó azotado. Muchos chicos acaban azotados en la Scelus Progenium.
Llega a la parte superior de la torre sin provocar daño alguno al estandarte y se le escapa un suspiro que se condensa cuando sale al techo almenado. A pesar de lo tremendamente temprano que es y del profundo cansancio que siente incluso en los huesos de las extremidades, se queda asombrado por el paisaje que se divisa desde allí arriba. Las montañas cubiertas de nieve se alzan hacia el cielo con un tamaño mayor que cualquiera de las torres de su planeta natal, y son completamente blancas, como si les acabara de dar una mano de pintura aislante.
Cien kilómetros al sur, una capa neblinosa sulfúrea y unas luces borrosas señalan la existencia de Scelium, la ciudad más cercana a la fortaleza de techos de mansarda que en esos momentos es su hogar. Los cadetes nuevos pasan por Scelium camino de la scholam, y aunque no es una ciudad tan enorme como las de Tracian Primaris, sigue siendo un lugar impresionante, con unas colmenas envueltas constantemente por el hielo y unas fábricas de titanes grandes como riscos.
—Cadete, no se trata de un paseo para admirar el paisaje —le bufa Coehoorn—. Cumple tu deber.
Asiente y se dirige al centro de la torre, donde le han dicho que habrá un hueco en el que meter el mástil de la bandera. El estandarte del aquila se baja cada noche y se iza cada mañana. No entiende por qué no lo dejan allí simplemente, pero incluso después de haber pasado tan sólo una semana en aquel lugar, sabe lo que le ocurrirá probablemente a cualquier chico que se le ocurra dejar la bandera allí de noche.
Baja la mirada y ve que no hay hueco alguno. El hielo ha cubierto todo el suelo, y busca lleno de desesperación un lugar donde plantar la bandera antes de que aparezcan los primeros rayos de sol por encima de las montañas. Siente la mirada de Coehoorn, que le taladran la nuca, y sabe que sólo tiene una oportunidad de no ser azotado.
Se fija en lo que parece ser una pequeña depresión en el suelo y utiliza el tacón de la bota para romper la capa superior de hielo. Empuña el mástil con las dos manos y empuja el extremo en punta contra el suelo. El hielo se parte y deja escapar un suspiro cuando el mástil se hunde en el hueco. Da un paso atrás y saluda a la bandera justo cuando el viento la comienza a hacer ondear y los colores rojo y negro chasquean sobre él. Los primeros rayos de sol se asoman por encima de las montañas e iluminan el águila bordada en oro con una luz fría y vigorizante.
Alza la mirada hacia la bandera y se siente orgulloso más allá de lo que puede expresar con palabras por el hecho de haber sido capaz de alzar la bandera sin problema alguno. Más allá de la tela ondulante ve las luces llameantes, y entrecierra los ojos al darse cuenta de que, en vez de atravesar el cielo, parecen hacerse mayores a cada momento que pasa. ¿Será una lluvia de meteoritos?
Antes de que pueda decir nada, las primeras notas del toque de diana resuenan. El eco de los trompetazos de una marcha triunfal sacude los pasillos cargados de corrientes de aire y los claustros helados de la scholam que se extiende bajo ellos. Inclina la cabeza hacia un lado al darse cuenta de que las luces del cielo dejan tras de sí unas estelas brillantes, como si estuvieran cayendo a gran velocidad.
—Vamos, cadete. Nada de entretenerse —le ordena Coehoorn.
Señala al cielo.
—¿Comisario?
Un simple vistazo al rostro de Coehoorn le basta para darse cuenta de que ocurre algo muy malo.
El comisario se lanza corriendo hacia la escalera, pero los objetos ya están lo suficientemente cerca como para darse cuenta de que no se trata de meteoros. Son unas cápsulas metálicas que se dirigen hacia la scholam a una velocidad increíble, dejando unas estelas ardientes a su paso. Se lanza a la carrera en pos de Coehoorn, en dirección a las murallas.
Para cuando llega a ellas, el toque de diana ha sido sustituido por las sirenas de alarma. Las torretas montadas en las torres ya se están preparando para disparar, y los manteletes de energía se han activado. Una neblina acre flota por encima de las murallas, y no logra ver dónde se encuentra el comisario Coehoorn. Siente por primera vez miedo de verdad, y alza la vista para mirar de nuevo a las cápsulas que caen.
Una de ellas se estrella con un impacto atronador contra uno de los extremos de la muralla, y él resbala sobre el hielo por la fuerza de la onda de choque. El fuego y el humo rodean el lugar del impacto, y sigue sin poder ver qué es. Oye gritos y el chasquido de los disparos de los rifles láser. Una serie de nuevos estruendos sacuden las murallas de piedra cuando una oleada de cápsulas de metal se estrella contra ellas.
Se pone en pie con dificultad mientras un miedo al rojo vivo le recorre todo el cuerpo al tiempo que distingue gritos y estampidos rugientes entre el humo. Unas sombras con forma humana se mueven entre ese mismo humo, pero algo debe distorsionar su tamaño, porque son demasiado grandes para que sean seres humanos normales. Echa a correr hacia las compuertas blindadas que conducen a la seguridad del interior de la scholam mientras por todos lados resuena el tableteo de las ráfagas de disparos que acribillan el aire del amanecer.
El comisario Coehoorn sale trastabillando del humo. Al cadete se le escapa un grito de terror al ver en medio del pecho de su instructor un tremendo agujero de huesos astillados y materia roja goteante. El comisario lo agarra por el hombro y se desploma de rodillas con una expresión de dolor incrédulo en la mirada. De la boca le sale un chorro de sangre y toda la cara se le tensa por el esfuerzo de hablar:
—Huye, cadete Samuquan —le ordena Coehoorn—. Huye para salvar tu vida.
No necesita repetírselo. Abandona al comisario moribundo y echa a correr. Las lágrimas de terror se le hielan sobre las mejillas mientras resbala y se desliza sobre la muralla. Otra oleada de cápsulas llameantes se estrella contra la scholam y se oye el crujir de unos pasos muy pesados que cruzan el hielo. Los rayos láser abrasadores se entrecruzan por todos los lienzos de las murallas, y se sobresalta cada vez que oye el tronar de las armas de los atacantes.
Corre sin rumbo alguno, sin saber hacia dónde se dirige, pero sabiendo que no debe dejar de correr. El simple hecho de correr calma el pánico que siente. El humo sulfuroso lo deja todo borroso y apenas ve nada. Se arriesga a volver la cabeza y choca de frente contra una pared que no estaba allí antes. Es una pared de hierro, pintada con una serie de rayas amarillas, y el golpe le hace caer de espaldas, con la cara dolorida por el impacto.
Alza la mirada y ve que no es una pared, sino una persona enorme.
Sin embargo, está claro que aquel trozo de hierro, que aquella armadura decorada de amarillo, es demasiado grande para albergar a una persona. Los hombros son demasiado anchos y empuña un arma de cañón humeante que sin duda pesa más de lo que un ser humano normal sería capaz de sostener.
Pero no es un ser humano normal. Es una pesadilla salida de las pictografías de advertencia.
El casco, rematado por cuernos, se inclina para mirarlo. Sus ojos son de un rojo brillante. No hay emoción alguna en esos ojos, tan sólo un vacío carente de expresión y de alma. No se merece la atención de aquel guerrero, no se merece ni siquiera que lo mate.
—¿Quién eres? —le pregunta entre sollozos mientras siente que pierde el control de todas sus funciones corporales ante el terror que se apodera de él.
El guerrero no responde, sino que alarga una mano para levantarle del suelo igual que si no pesara nada. Luego lo lanza por el aire con un simple movimiento de muñeca, y aterriza con fuerza contra el suelo helado, sobre el que resbala. Se detiene por fin en el borde de la muralla empapada de sangre. Allí ve que no está solo. Los guerreros con armadura de hierro han reunido allí aproximadamente a unos treinta cadetes.
Mira sus rostros cubiertos de lágrimas y de mocos, y se da cuenta de que ninguno de ellos tiene más de trece años. A los cadetes de mayor edad los tiran por encima del borde de la muralla como si no sirvieran para nada. Cierra los ojos, se encoge sobre sí mismo como si fuera un feto y llora llamando a su madre.
El capitán Uriel Ventris abre los ojos de golpe. El aliento que había estado conteniendo en la garganta sale transformado en un jadeo de miedo. Esa sensación le resulta tan extraña que nota como una deslocalización momentánea cuando ve que no estaba en una de las salas de armas de los barracones de la Cuarta Compañía. Baja la mirada hacia las manos, con las que momentos antes, por lo menos, hasta donde él es capaz de recordar, estaba limpiando su bólter.
«El guerrero de armadura de hierro... El comisario Coehoorn... El terror que le helaba la sangre...»
La sensación de frío y de miedo desapareció, y los últimos rastros de la... No, no la visión, de la experiencia, se desvanecieron en su conciencia. No había sido un simple observador del destino sufrido por aquel chico. Lo había compartido, como si lo hubiera vivido con él. Recordó vagamente un nombre, la última orden de un comisario moribundo. ¿Qué era? ¿El nombre del chico?
—Cadete Samuquan —musitó Uriel—. Eso era.
La imagen del chico se mantenía con tanta fuerza en su mente que se quedó mirando las manos, como si le sorprendiera que fueran tan grandes. Uriel alzó la mirada y vio ante él una pared de mármol negro, con la superficie cubierta por una larga lista de nombres grabados en oro. Leyó el primer nombre, y supo sin necesidad de contarlos que había setenta y ocho en total. Lo sabía porque había sido él mismo quien los había tallado, casi en una vida anterior.
Estaba en el Templo de la Corrección, el sepulcro de Roboute Guilliman y el lugar más venerado de toda Ultramar. Las paredes de aquel enorme panteón circular estaban cubiertas por losas de mármol negro sacadas de las canteras sin atmósfera de Formaska, y en cada una de ellas se habían tallado los nombres de los guerreros del Capítulo que habían caído en combate.
Se encontraba de rodillas delante de la losa con bordes de bronce dedicada a los muertos en la batalla de Tarsis Ultra, una contienda desesperada que se libró para salvar al planeta de las hordas del Gran Devorador. Aunque el coste había sido muy elevado, habían conseguido la victoria, si bien se la habían arrebatado más tarde al Capítulo.
Tarsis Ultra ya no existía. Su corazón antaño industrioso lo había detenido una fuerza desconocida que había dejado el planeta tan desolado y falto de vida como Prandium. Nadie sabía todavía quién había destruido aquel mundo liberado por el propio Roboute Guilliman durante los embriagadores tiempos de la Gran Cruzada. El dolor que Uriel sentía en el corazón seguía siendo tan agudo como el día en el que el lord almirante Tiberius le había comunicado el destino del planeta. Los Ultramarines habían jurado defender Tarsis Ultra, y su muerte era una mancha en el honor que sólo quedaría borrada con la destrucción absoluta del enemigo que había destruido todo un mundo.
Quizás por eso estaba ante los nombres de los muertos. ¿Había acudido a ese lugar para asegurarles que su sacrificio no había sido en vano, que habían muerto por algo que merecía la pena? ¿O quizás había acabado allí para recordar cuál era su deber? Los vivos perduran, pero los muertos tienen una memoria muy larga.
Uriel se puso en pie mientras los datos sensoriales que recibía arrinconaban aquellas sensaciones hasta los lugares más recónditos de su mente. Captó el sonido de un murmullo cada vez mayor. Era el murmullo de miles de pies calzados con sandalias que rozaban el suelo de mármol. La masa de peregrinos que recorría el Templo de la Corrección. Oyó las exclamaciones de asombro mezcladas con los sollozos sobrecogidos, una respuesta emocional muy común ante la visión de la magnífica figura de Roboute Guilliman.
Se decía que nadie podía contemplar a uno de los hijos del Emperador sin sentirse inferior, pero el simple hecho de mirar la forma serena de Guilliman hacía que cualquiera se planteara si se era merecedor del don de pertenecer a la raza humana. Ninguno de los que realizaban el largo y arduo viaje hasta Macragge se marchaba sin verse embargado por una profunda sensación de paz y de humildad.
Uriel se atrevió por fin a darse la vuelta y contempló los rasgos perfectos de su progenitor genético.
Roboute Guilliman no había cambiado ni un ápice desde el día en que había recibido aquella herida mortífera a manos de un guerrero que antaño había llamado hermano. Estaba sentado inmóvil en un trono pálido colocado sobre un inmenso pedestal de mármol dorado. A su cuerpo cubierto por una armadura lo rodeaba un aura titilante. Así, congelado en el tiempo, el primarca de los Ultramarines vigilaba su planeta natal adoptivo y contemplaba con una mirada serena e imperturbable a aquellos que llegaban al lugar para rendirle homenaje.
Uriel deseó, como todos los Ultramarines, haber luchado junto a los héroes de aquellos días lejanos, cuando el Imperio tuvo que luchar por su propia supervivencia con las hordas del Architraidor. La Biblioteca de Ptolomeo estaba repleta de relatos emocionantes de aquella época legendaria, aunque la participación de los Ultramarines en aquel conflicto de proporciones titánicas estaba tan envuelto en el velo del secreto y del mito que ni siquiera el bibliotecario Tigurius sabía toda la verdad al respecto.
El capitán apartó la mirada del primarca, ya que nadie puede mirar demasiado tiempo al sol. Concentró su atención en la gigantesca estructura que lo albergaba. Se trataba de un edificio magnífico, una maravilla arquitectónica tan singular que hasta los miembros con más talento del Adeptus Mechanicum acudían para sentirse maravillados ante sus secretos. La leyenda decía que se había utilizado la cima más alta de Macragge para sacar el mármol necesario para su construcción, y que se había desmantelado toda una flota de combate para conseguir el plastiacero. Semejante hipérbole era, por supuesto, falsa, pero servía para inspirar la actitud reverente que el sepulcro exigía de todos y cada uno de sus visitantes.
Los peregrinos, con la boca abierta por el asombro, deambulaban por las estancias interiores, dirigidos por los soldados de chaqueta azul de los auxiliares de defensa de Macragge, que también mantenían una guardia en todos los puntos de acceso al lugar de descanso del primarca. Esos soldados no eran la única defensa de la que disponía Guilliman, ya que varios guerreros escogidos y pertenecientes a la Primera Compañía, la del capitán Agemman, vigilaban aquel recinto sagrado con sus armaduras de color hueso de rebordes dorados.
Los ilotas del Capítulo, vestidos con quitones de color gris, acompañaban a los grupos de peregrinos por el templo y se dedicaban a señalar las numerosas maravillas arquitectónicas del edifico, aunque se tardaría una vida entera en catalogarlas todas. Los peregrinos, en estado de éxtasis, alzaban la cabeza una y otra vez para contemplar el Arco del Primarca, que estaba cubierto por rayos de luz espectral entremezclados procedentes de la Cúpula de Cristal. A los hombres y mujeres llorosos se les hacía pasar por la Puerta de Orphul para luego recorrer la Columnata Triunfal y llegar finalmente a la majestuosidad de la Galería de Hielo y su bosque de blanco y oro.
Todos los que pasaban por el Templo de la Corrección salían cambiados, ya fueran mortales o astartes, y aunque Uriel había visitado aquel lugar en muchas ocasiones, cada vez que caminaba entre sus recintos cargados de historia, también él salía cambiado.
Uriel sintió una presencia a su lado, y se dio la vuelta. Vio que se trataba de un individuo vestido con ropas de viaje manchadas y algo raídas. Estaba sin afeitar, y era extremadamente delgado. Era la viva imagen del peregrino que se ha gastado hasta la última brizna de sus riquezas para llegar hasta Macragge y poder contemplar al primarca. Llevaba al hombro una mochila sucia, y el hombre metió la mano en ella para sacar algo que reflejó la luz de la Cúpula de Cristal cuando se lo mostró a Uriel.
En la palma de la mano sostenía una pequeña pieza de esteatita tallada hasta tomar la apariencia de una torre con un águila sobre sus almenas. Era un trabajo de una calidad exquisita, equivalente a cualquiera que pudieran lograr los mejores artesanos de Ultramar. Cada una de las líneas estaba tallada con un cuidado infinito y luego pulida para que tuviera un acabado suave.
—Gracias —le dijo Uriel, conmovido por aquel gesto tan sencillo, pero el hombre ya se había dado la vuelta.
Uriel se dispuso a seguirle para alcanzarlo y saber cómo se llamaba el artista que había creado aquella obra y de dónde procedía, pero unos sonidos a su espalda le hicieron detenerse: eran las pisadas de unos marines espaciales.
—Hemos estado buscándote —le dijo una voz gruñona que parecía sugerir que la culpa de que no lo hubieran encontrado hasta ese momento era del propio Uriel.
—Se suponía que debías estar en una de las salas de armas de la compañía —dijo otra voz, seca y con el tono brusco inconfundible de los nativos de Macragge.
Uriel le dio la espalda a su anónimo benefactor y vio a dos guerreros equipados con armaduras de combate pulidas y con las insignias de sargentos de la Cuarta Compañía. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que aquellos dos guerreros estuvieron juntos, y Uriel sintió que el corazón se le henchía de orgullo al ver los lazos de hermandad renovados entre ambos.
Learchus, quien antaño había sido la némesis de Uriel en el campamento de entrenamiento de Agiselus, era la quintaesencia de un guerrero ultramarine. Era a él a quien pertenecía la voz de tono seco propia de un nativo de Macragge. Era un individuo por cuyas venas corría la sangre de héroes antiguos. Aunque había sido Learchus quien había provocado el juicio por el que Uriel acabó cumpliendo un juramento de muerte, la guerra en Pavonis le había proporcionado al sargento veterano una perspectiva única sobre las circunstancias que habían obligado a Uriel a tomar las decisiones que más tarde lo habían enviado al exilio. La adhesión inquebrantable de Learchus a la doctrina del Codex Astartes se había visto atemperada por los combates que había librado tras las líneas enemigas en Pavonis, y Uriel lo consideraba ya un verdadero hermano.
El compañero de Learchus, Pasanius, era el amigo más antiguo de Uriel. Habían crecido juntos, y Pasanius lo había ayudado cuando muchos otros le habían dado la espalda a aquel recluta taciturno y sombrío nativo de Calth. Pasanius era tan grande y fornido que su armadura llevaba incorporadas algunas piezas de otra armadura, pero de exterminador. Le sacaba cabeza y media a Learchus, y sus hombros eran mucho más anchos, lo mismo que su torso, más amplio incluso que el de los veteranos que solían recibir aquellas armaduras especiales.
Uriel sonrió al ver a Pasanius equipado de nuevo con una armadura de combate y con su rango de sargento, ya que se había visto obligado a marchar a la guerra en Pavonis sin él. Su camarada llevaba implantado un brazo de hierro y bronce, creado a partir de las especificaciones precisas del tecnomarine Harkus, ya que sus restos mortales habían acabado en el interior del sarcófago de un dreadnought.
Pasanius se acercó y le dio la mano. El brazo biónico era una verdadera obra de arte, un mecanismo poderoso pero a la vez delicado que aumentaba la ya de por sí enorme fuerza de Pasanius. Su superficie relucía bajo las luces de múltiples colores del templo. El metal estaba nuevo y brillante, pero Uriel captó una serie de arañazos cortos causados por un cuchillo de combate astartes.
—Harkus te sacará la piel a tiras si ve eso —le advirtió Uriel señalando los arañazos con un gesto del mentón.
—Lo entenderá —le respondió Pasanius—. Tenía que estar seguro de que no quedaba nada del Portador de la Noche en mi interior.
Uriel asintió, ya que comprendía muy el motivo de la precaución tomada por su amigo.
—¿Y bien? ¿Por qué no estabas en la sala de armas? —inquirió Learchus.
—Mira dónde estamos, Learchus. ¿De verdad que necesitamos una razón para venir a este lugar? —le dijo Pasanius.
—Supongo que no —contestó Learchus, y en la comisura de sus labios apareció la sombra de una sonrisa.
—Estaba en mi sala de armas ocupándome de mi equipo de combate —les aseguró Uriel, aunque de lo que no estaba muy seguro era de cuánto quería contarle a sus sargentos sobre el modo en que había acabado en el templo—. Pero tuve una sensación muy fuerte de que debía venir aquí.
—Eso es un buen augurio —apuntó Pasanius—. Una aeronave negra llega en mitad de la noche sin que apenas se difunda la noticia, y luego encontramos a nuestro capitán en la capilla del primarca. Te digo que es una señal. No tardarán en encomendarnos una nueva misión.
—No puedes saberlo con certeza. Te emocionas por nada —le replicó Learchus.
—¿De verdad? Fíjate bien en lo que te digo: la Cuarta Compañía recibirá órdenes de estar lista para el combate hoy mismo —le dijo Pasanius antes de volverse hacia Uriel—. ¿Te has enterado de algo? ¿Sabes quién ha llegado a Macragge?
—Todavía no. Sé tan poco como vosotros.
Una Thunderhawk de color negro mate había llegado en mitad de la noche a la Fortaleza de Hera, envuelta en el misterio y sin ninguna clase del típico recibimiento que solía producirse cuando llegaba la nave de unos astartes camaradas. Normalmente, cualquier clase de tráfico aéreo que aterrizara en la superficie del planeta natal de los Ultramarines iba acompañado de un aviso, pero los canales de comunicación se habían mantenido en silencio al respecto, como si la nave no hubiese llegado en ningún momento. Los guerreros de la Cuarta Compañía que estaban de guardia habían anotado la hora de aterrizaje de la cañonera, pero los mandos superiores no habían comunicado nada. Todo aquello era muy misterioso, y nadie tenía todavía una respuesta oficial para aquello.
—Pero eso no durará mucho —comentó Learchus, como si le hubiera leído el pensamiento a Uriel—. Te han convocado a una reunión en la cima de la montaña, por eso te buscábamos.
—¿En la cima de la montaña? —dijo Uriel mientras se dirigía a la entrada occidental del templo—. ¿A las estancias del señor del Capítulo?
—Así es —le confirmó Pasanius, que marchaba a su lado, a la altura del hombro derecho—. Nos han llamado.
—Han llamado al capitán —le corrigió Learchus desde el hombro izquierdo.
—Y estoy seguro de que eso incluye a sus sargentos veteranos. Lo razonable es que también nos quieran a nosotros en la reunión.
Uriel sonrió.
—Nada te incomoda más que un misterio, ¿verdad, Pasanius?
—Es que estoy impaciente por volver a entrar en combate —le contestó Pasanius de buen humor—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve en el campo de batalla con la Cuarta Compañía.
—Ten cuidado con lo que deseas —le advirtió Learchus, y Uriel se estremeció cuando un soplo de aire frío recorrió el Templo de la Corrección.
Un millar de peldaños unían la última meseta con la cima de la montaña. Eran un millar de peldaños desgastados por el paso de incontables suplicantes que acudían al señor del Capítulo de los Ultramarines. Las paredes empinadas y agrestes del gran cañón ascendían serpenteantes por el valle de Laponis, y estaban cubiertas por abetos de montaña y de afloramientos de cuarzo. El valle estaba cubierto de varios arcoíris que se entrecruzaban debido a las cascadas de agua glacial que caían desde la cima de la montaña, formando grandes cortinas que se estrellaban contras las rocas de la parte inferior.
Uriel, Pasanius y Learchus subieron el último tramo de escaleras y contemplaron a Macragge desde el techo del planeta. Las montañas blancas se extendían hasta más allá de donde alcanzaba la vista en todas las direcciones, aunque en el horizonte occidental se distinguía el lejano centelleo de un océano.
La mayor parte de la inmensa estructura de la fortaleza monasterio se había construido alrededor de las cimas más altas de Macragge. Se trataba de una obra maestra gigantesca, llena de columnas, de elegancia, de fuerza. Una maravilla artística, en suma. Sus superficies externas eran blancas y prístinas, pero en el interior, las estancias espaciosas y los amplios andrones eran coloridos y animados, y todas las paredes estaban decoradas con mosaicos y murales tan realistas que daba la impresión de que eran ventanas a otras dimensiones llenas de luz y de maravillas.
Unas cúpulas geodésicas doradas remataban las fortalezas en miniatura cubiertas de balconadas elegantes, y varios puentes colgantes de cristal descendían hacia las laderas inferiores. Los delgados arbotantes de acero plateado daban al mismo tiempo una sensación de gran fuerza y ligereza, casi de ingravidez. Sin embargo, a pesar de toda aquella impresión etérea, no había fortificaciones más resistentes ni estructuras más sólidas en todo el Imperio. Todos y cada uno de los edificios que albergaba tras sus altas murallas era una ciudadela por derecho propio, capaz de resistir con tan sólo un reducido número de defensores contra una fuerza muy superior.
—Continúa siendo la visión más hermosa —comentó Learchus, emocionado—. Podría quedarme aquí todo el día.
—Sí, es un paisaje grandioso —coincidió Pasanius.
Uriel tuvo que mostrarse de acuerdo con sus sargentos, ya que la visión era de una magnificencia asombrosa: una fortaleza con el tamaño de un continente, tan gigantesca que sólo existía otra estructura comparable en grandeza en toda la galaxia: el Palacio Imperial.
—Nunca he estado en Terra —comentó Uriel, siguiendo la línea de aquel pensamiento—, pero por lo que he oído decir de sus calles olvidadas y cubiertas por la oscuridad, de sus secciones abandonadas, de las estructuras que se han derrumbado y de los villorrios de peregrinos, sospecho que la Fortaleza de Hera es más impresionante.
Learchus lo miró de reojo, y Uriel se echó a reír.
—Lo sé. Sugerir que Macragge es mejor que Terra es algo que roza la herejía —declaró Uriel.
—No lo es —le respondió Learchus—. Es que me sorprende que no hayas pensado de inmediato que Macragge es superior. Roboute Guilliman en persona diseñó y construyó la Fortaleza de Hera.
Pasanius se echó a reír.
—Lo mismo que construyó todas y cada una de las estructuras increíbles que existen en Ultramar.
—¿Es que no ves la mano del primarca en este lugar? —quiso saber Learchus.
—Por supuesto que la veo, pero para que él diseñara y construyera todo lo que la gente dice, tendría que haber pasado toda la Gran Cruzada embarcado en esa tarea en vez de estar combatiendo.
Uriel dejó que los sargentos continuaran aquel enfrentamiento fingido lleno de buen humor y paseó la mirada por el valle de Laponis. Era poco más que una hendidura en la montaña en la época en que Roboute Guilliman llegó a Macragge, pero en menos de diez años se había transformado en un cañón profundo de galerías escalonadas. Las enormes losas de mármol que formaban la estructura de la mayor parte de la fortaleza se habían sacado de aquel sitio, y aunque el paso del tiempo y del agua había suavizado los surcos provocados por las excavaciones, seguía siendo una brecha de un kilómetro de largo en mitad de la superficie del planeta.
—Vamos —dijo Uriel dándole la espalda al panorama—. Ya he hecho esperar demasiado a lord Calgar.
El capitán se dirigió hacia la estructura más elevada de Macragge: las estancias del señor del Capítulo. La cima de la montaña. Aunque era la residencia de un guerrero que estaba al mando de al menos ocho sistemas estelares, se trataba de una estructura abierta en la parte superior, de carácter modesto y con las paredes cubiertas de mármol blanco con vetas doradas. Dos guerreros con armadura de exterminador vigilaban la puerta de bronce de su entrada. Iban armados con unas alabardas de hoja larga y bólters de asalto.
Uriel hizo un gesto de asentimiento respetuoso cuando entraron en el pórtico sombrío. Luego pasaron a un vestíbulo de suelo de terrazo donde unos ilotas los esperaban con copas de vino aromático. Uriel tomó una cuando captó el reconocible aroma del vino de Calth. Pasanius y Learchus hicieron lo mismo.
Entraron en un patio interior de suelo hundido, y Uriel notó una infrecuente sensación de inquietud al ver quiénes estaban reunidos allí esperando a que él llegara. La última vez que estuvo en presencia de una reunión de héroes tan insignes fue cuando el señor del Capítulo lo juzgó por herejía.
El más poderoso de todos ellos era el gigante guerrero que estaba conversando con un individuo encapuchado que estaba de espaldas a Uriel. Se alzaba por encima de aquel hombre con su armadura del azul más intenso imaginable. Todas y cada una de las placas de la armadura relucían gracias a la aplicación de polvos de bruñido y de ungüentos sagrados. El cuarzo pulido de la omega invertida reflejaba la luz del sol, y los rebordes de las hombreras brillaban como el oro fundido. La habilidad en combate de aquel guerrero había destrozado ejércitos enteros, y muchos planetas enemigos se habían rendido con tan sólo pronunciar su nombre, ya que era sinónimo de valores tales como el coraje y el honor, de la fuerza de carácter y de la nobleza de designio.
Marneus Augustus Calgar, señor del Capítulo de los Ultramarines.
Llevaba en la oreja derecha varios aros de adamantium, y su ojo izquierdo era un implante biónico de color escarlata, semejante a una joya, que estaba unido a los mecanismos implantados en la parte posterior de su cráneo mediante un finísimo entramado de cables de cobre. El rostro tallado en granito de Marneus Calgar no había perdido nada de su astucia ni de su sabiduría a lo largo de los siglos que llevaba dirigiendo a los Ultramarines de victoria en victoria, y la vitalidad que exudaba su enorme presencia era palpable.
Los capitanes de batalla de aquel dios mortal habían acudido a su llamada. Cada uno de ellos, algunos de los guerreros más poderosos de Ultramar, era un héroe por derecho propio.
Allí, de pie, cerca de la estatua del primer rey guerrero de Macragge, situada en el centro del patio, se encontraba el capitán Sicarius. El capitán de la Segunda Compañía, que en esos momentos se reía de una broma junto a sus sargentos, era el héroe de Franja Negra, al que muchos consideraban un temerario. A su lado, pero a la vez sutilmente alejado, estaba la enorme presencia del primer capitán Agemman, de la Compañía Veterana. El título de primer capitán era muy antiguo, pero se adecuaba a la perfección al Regente de Ultramar. Uriel conocía muy bien su temperamento sombrío y su sabiduría venerable.
Galenus, de la Quinta, caminaba arriba y abajo por el borde del patio con pasos rápidos, el rostro contraído por la rabia y los puños cerrados. Al otro lado de donde se encontraba Galenus estaban Epathus, de la Sexta, y Sinon, de la Novena. Ambos parecían un poco nerviosos por la reunión, ya no se solía citar a capitanes de las compañías de reserva, sino a los jefes de batalla de primera línea. Aunque los dos eran tan valientes y estaban tan capacitados para el combate como cualquier otro guerrero ultramarine, las compañías de reserva sólo marchaban a la guerra en momentos de gran necesidad.
Por último, el capitán Antilochus y Torias Telion, de la Décima, estaban bajo la sombra del claustro, como si no quisieran quedar expuestos a la luz del sol de Macragge.
Marneus Calgar alzó la mirada y Uriel vio que la expresión de su rostro era seria. Carecía de la calidez que había visto a su regreso tras la guerra contra los tau que libró en Pavonis. La mirada de Calgar era dura como el acero, y le hizo un breve gesto de asentimiento cuando entró acompañado de sus sargentos.
—Capitán Ventris —lo saludó indicándole con un gesto que se acercara—. Ya casi estamos todos los asistentes al consejo.
—Mi señor —le respondió con una reverencia rápida.
—Todos los capitanes presentes en Macragge... —susurró Pasanius mientras bajaban hacia el suelo del patio—. Debe tratarse de algo serio.
Pero antes de que Uriel tuviera tiempo de contestarle, tres guerreros con armaduras de un color negro apagado salieron del claustro trasero del patio. Habían estado a plena vista hasta ese momento, pero Uriel no se había percatado de su presencia, como si la oscuridad los ocultara mejor que cualquier camuflaje. La mano de Telion salió disparada hacia la pistola que llevaba al cinto, y Uriel se dio cuenta con un sobresalto de que ni siquiera el legendario sargento explorador había sido consciente de la presencia de aquellos guerreros.
En sus hombreras se veía la imagen de un pájaro de color blanco pálido, y Uriel recordó haber combatido mucho tiempo atrás al lado de un guerrero que llevaba un símbolo idéntico. El guerrero que marchaba en cabeza llevaba a los hombros una capa de plumas negras iridiscentes, y el casco de su armadura era una variante antigua, la Mark IV, que llevaba acopladas unas alas oscuras en la placa facial. La fluidez con la que se movía era increíble, como si sus pies apenas tocaran el suelo.
El guerrero saludó a Uriel con un gesto de asentimiento de la barbilla, pero fue casi imperceptible.
—La Guardia del Cuervo —dijo Learchus.
—Ya te dije que era algo serio —añadió Pasanius.
Uriel asintió.
—Creo que tienes razón.