
La noche cayó sobre la ciudad muerta mientras Uriel y Pasanius buscaban un refugio donde protegerse de la lluvia y del viento cortante. Pasanius todavía llevaba puesta su armadura azul, aunque cortada a la altura del codo. Uriel tenía la mayor parte del cuerpo expuesta a la intemperie, ya que los mortuarios bestiales le habían arrancado bastantes piezas de la parte superior de la armadura mientras lo interrogaban. Aunque quedaban algunas piezas del torso, la armadura era ya, básicamente, inútil.
No disponía de energía motriz para activar los músculos artificiales que potenciaban la fuerza natural de su portador, por lo que pesaba y era incómoda, de modo que más que ayudar, estorbaba. Ambos marines espaciales se dirigieron sin ni siquiera pensarlo hacia el templo imperial. De todos los edificios de la plaza era el que se encontraba en mejor estado y, por lo tanto, el de más fácil defensa.
La ciudad daba la impresión de estar muerta y abandonada, pero no convenía dar algo así por sentado. Podrían explorar mejor la ciudad en cuanto amaneciera, pero en esos momentos la prioridad para Uriel era encontrar un sitio donde descansar y mantenerse oculto.
Las puertas yacían en el suelo, retorcidas y fundidas en parte. Uriel reconoció las estrías de impacto características de un arma de fusión.
—Alguien se refugió en este edificio —comentó Pasanius, siguiendo la mirada de Uriel.
—Eso parece —admitió.
—¿Para qué lo harían?
—Si fueras un ciudadano de este lugar y te estuvieran atacando, ¿en qué otro sitio mejor te refugiarías?
—No me refugiaría en ningún sitio. Lucharía, no me escondería mientras otros luchan por mí.
Uriel no respondió nada ante aquella declaración simple pero comprensible. Captó en el tono de voz de Pasanius la misma falta de empatía respecto a los miedos de los mortales que había oído en tantos otros astartes. Ser elevado a una posición tan privilegiada por encima de las personas normales conllevaba el riesgo de caer en la arrogancia, y aunque había notado ese egocentrismo en muchos otros marines espaciales, jamás creyó que lo oiría de boca de Pasanius.
En el vestíbulo del templo hacía frío, un helor que calaba a Uriel más allá de la sensación que le asaltaba la piel. Había entrado en muchos templos a lo largo de su vida, desde lugares magníficos a otros más humildes, pero incluso en el más insignificante de ellos había notado un atisbo de la divinidad en su arquitectura y en su sentido de la proporción. Sin embargo, en aquel edificio no había nada de eso.
Lo que notaba era una sensación de vacío.
Uriel echó a un lado los restos de las puertas que llevaban a la nave central. El eco de sus pasos resonó de vuelta como el de un gemelo que lo estuviera siguiendo. El aire estaba lleno de motas de polvo, pero su capacidad visual no tuvo problema alguno en atravesar la penumbra del interior del templo a medida que se adentraba en el lugar. Por encima de ellos se alzaba un techo abovedado con arcos y a cada lado de la nave central se elevaban sendas hileras de columnas de piedra que llegaban hasta el altar derribado.
Sobre las losas yacían amontonados estandartes que apestaban a moho, y las bancadas de madera destrozadas llenaban el espacio situado entre la entrada y el altar. Las paredes eran de sillares decorados, y los últimos rayos de luz del día iluminaban miles de trozos de papel pegados en cada centímetro de piedra.
Uriel se dirigió, intrigado, hacia aquella imagen insólita. Las ráfagas de viento que entraron por los huecos de las ventanas rotas agitaron los papeles, y tuvo la impresión de que la pared se estremecía de impaciencia. Los papeles eran viejos y tenían la letra desvaída. Muchos de ellos se habían podrido hasta acabar cayendo al suelo, donde formaron montoncitos, igual que si fueran copos de nieve. Uriel vio que los que quedaban eran una mezcla de plegarias por los muertos, trozos de poemas o simples litografías de hombres, mujeres y niños sonrientes.
—¿Qué es todo esto? —inquirió Pasanius.
Su voz resonó con fuerza en la quietud del templo mientras caminaba a lo largo de la pared y observaba las tristes imágenes y textos.
—Memoriales —le aclaró Uriel—. Son plegarias por los seres amados que han muerto.
—Pero hay tantos… Miles. ¿Murieron todos a la vez?
—No lo sé. Eso parece.
—Por la sangre del Emperador —musitó Pasanius—. ¿Qué es lo que ha pasado en este lugar?
Uriel sintió un soplo frío en la nuca.
Tú estabas allí.
Se volvió en redondo y se llevó una mano a la empuñadura de la espada.
—¿Qué pasa? —le preguntó Pasanius cuando oyó el siseo del arma de Uriel al cortar el aire.
—Nada —contestó Uriel, tranquilizándose al ver que no existía amenaza alguna a su alrededor.
Pasanius y él eran los únicos ocupantes del edificio, pero durante un breve instante Uriel hubiera jurado que había alguien detrás de él. La negra profundidad del templo no albergaba intruso alguno, y sin embargo…
Los instintos guerreros de Uriel se habían agudizado gracias al millar de campos de batalla en los que había estado, y no se habría mantenido con vida durante tanto tiempo si no hubiera desarrollado un tremendo sentido que lo advertía de un posible peligro. Aunque no veía ni oía nada dentro del templo, tenía la impresión de que no estaban solos.
—¿Has visto algo? —le preguntó Pasanius mientras colocaba el bólter entre las rodillas y lo amartillaba.
El chasquido del mecanismo fue desagradable, y ambos guerreros sintieron un profundo disgusto ante aquel sonido. Pasanius había cogido el arma en uno de los campos de batalla de Medrengard, y antaño había pertenecido a uno de los Guerreros de Hierro. Uriel se dio cuenta de que aunque Pasanius empuñaba el bólter con fuerza, se mostraba reacio a utilizar un arma del enemigo.
—No. Sentí algo.
—¿El qué?
—No estoy seguro, pero tuve la sensación de que había alguien justo a mi espalda.
Pasanius paseó la mirada por el interior del templo, pero bajó el arma al no encontrar objetivos contra los que apuntar. Uriel captó la expresión de alivio que apareció en su rostro, y la sensación de que había alguien más en el edificio desapareció.
—Aquí no hay nadie aparte de nosotros —comentó Pasanius, mientras avanzaba a lo largo de la pared en dirección al altar, aunque mantuvo empuñado el bólter—. Quizá estás todavía un poco nervioso e intranquilo después de lo de Medrengard.
—Quizá —respondió Uriel, y siguió a Pasanius, pasando al lado de las filas de rostros sonrientes, de las ofrendas votivas y de las tiras de papel con plegarias.
Eran tantos los muertos que se recordaban en aquellas paredes… Pasanius tenía razón. Eran miles, y Uriel pensó que la escena era insoportablemente triste. La pared opuesta también estaba cubierta de memoriales, y en la base de cada columna se apilaban grandes montones de papeles caídos.
Llegaron al altar y Uriel envainó la espada.
—Deberíamos revisar estos papeles —comentó Uriel al mismo tiempo que ponía en pie el altar derribado. Luego comenzó a desprenderse de las pocas piezas rotas de armadura que aún le cubrían el torso. No eran muchas—. Es posible que nos proporcionen una pista sobre dónde nos encontramos.
—Supongo —respondió Pasanius antes de dejar el bólter en el suelo y alejarlo con el pie.
—¿Te encuentras bien? —quiso saber Uriel, y dejó sobre el altar el trozo de armadura que era todo lo que quedaba de la placa pectoral—. Ya estamos de camino a nuestro hogar.
—Lo sé, pero…
—¿Pero?
—Piénsalo bien, Uriel. Hemos estado dentro del Ojo del Terror. Nadie que haya vuelto de allí lo ha hecho sin cambios. ¿Cómo sabemos si nos aceptarán en Macragge? Lo más seguro es que nos maten en cuanto nos pongan la vista encima.
—No, no lo harán —lo rebatió Uriel—. Hemos cumplido nuestro juramento de muerte. Fueron Tigurius y Calgar quienes nos enviaron allí, y se sentirán orgullosos de lo que hicimos.
—¿Eso crees? —Pasanius hizo un movimiento de negación con la cabeza—. Luchamos aliados con marines espaciales renegados. Hicimos un pacto con mutantes caníbales y liberamos a una criatura demoníaca. ¿Tú crees que Tigurius se tomará todo eso a la ligera?
Uriel dejó escapar un suspiro. La verdad era que sí, que había pensado en todo aquello, pero en lo más profundo de su corazón sabía que había tomado cada una de aquellas decisiones con la mejor intención y por el motivo adecuado.
Seguro que los señores del capítulo serían capaces de verlo.
¿O no?
Precisamente había sido el incumplimiento voluntario del Codex Astartes de Roboute Guilliman lo que le había valido la expulsión de Ultramar. El primarca de los Ultramarines había escrito el Codex Astartes diez mil años antes, y en aquella obra se encontraban los principios organizativos precisos bajo los cuales las poderosas legiones de la Gran Cruzada pasaron a convertirse en los capítulos de los marines espaciales.
En ese códice se describían desde cómo debían ser las insignias de los uniformes hasta el orden de un desfile, pasando por el modo exacto en que los guerreros debían desplegarse para el combate, y ningún capítulo seguía sus enseñanzas más al pie de la letra que los Ultramarines.
Cumplir todos los principios establecidos por el primarca era considerado el máximo ideal para cada uno de ellos, por lo que fue inaceptable que uno de sus capitanes infringiera sus normas. Uriel había aceptado el castigo, pero que también condenaran a Pasanius por su causa se había convertido en un aguijón de culpa que llevó en el corazón todo el tiempo que estuvieron en Medrengard.
Uriel había dudado a menudo de su condición heroica mientras luchaba por sobrevivir en aquel mundo infernal, pero tras la destrucción de la fortaleza de Honsou y la aniquilación de las criaturas demoníacas que daban luz a los sinpiel, había llegado a la conclusión de que no eran más que instrumentos de la voluntad del Emperador. Y había llegado el momento de que, cumplido ya el juramento de muerte, volvieran a su hogar.
¿Cómo podía estar mal algo así?
—Hemos llevado a cabo todo aquello que nos ordenaron hacer, y más. Tigurius se dará cuenta de que no existe mancillamiento alguno en nosotros por parte de los Poderes Siniestros.
—¿Y qué hay de esto? —le replicó mientras alzaba lo que le quedaba del brazo amputado—. ¿Qué pasa si queda dentro de mí algún resto oculto del Portador de la Noche?
—No queda nada —lo tranquilizó Uriel—. Honsou te lo quitó todo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?
—Yo no puedo, pero en cuanto regresemos a la Fortaleza de Hera, los apotecarios lo sabrán con seguridad.
—Será entonces cuando reciba mi castigo.
—Quizá —admitió Uriel—. Has mantenido oculta una infección alienígena y no has informado a tus superiores, pero sea lo que sea lo que decidan los señores del capítulo, no tardarás mucho en reincorporarte a la Cuarta compañía.
—Me preguntó cómo le irá a la compañía.
—Learchus me prometió que cuidaría de los guerreros de la compañía en nuestra ausencia. Estoy seguro de que nos hará sentir orgullosos.
—Sí, es cierto. Es un sargento tan estricto y ordenancista como se puede esperar de alguien como él. Es un poco tieso, pero mantendrá unidos a los hombres.
—Los pocos que hayan quedado después de lo de Tarsis Ultra —musitó Uriel al recordar la tremenda carnicería que había provocado tantas muertes en la Cuarta compañía mientras defendían aquel mundo imperial de una invasión tiránida.
—Fue duro, hay que reconocerlo —comentó Pasanius mientras Uriel colocaba la última de las piezas rotas de la armadura sobre el altar.
El torso del capitán quedó cubierto tan sólo con una camiseta ajustada de un color verde caqui ya desgastado. El resistente tejido estaba agujereado allá donde las clavijas de conexión del interior de la armadura coincidían con las ranuras de intercambio de información correspondiente de su cuerpo.
—Estoy seguro de que Learchus habrá realizado un proceso de selección exhaustivo entre los miembros más prometedores de la Auxilia Exploratoria antes de ascender a más candidatos. Seguro que a estas alturas la Cuarta ya dispone de todos sus efectivos.
—Eso espero. La idea de que los Ultramarines no dispongan de la Cuarta me provoca inquietud.
—A mí también, pero si tienes razón en lo de que pronto estaremos de vuelta, ¿crees que volverán a asignarnos a ella?
Uriel se encogió de hombros.
—Eso no depende de mí. Será el señor del capítulo Calgar quien lo decida.
—Si sabe lo que le conviene al capítulo, te pondrá al mando de la compañía en cuanto volvamos.
—Él sabe muy bien lo que le conviene al capítulo —le aseguró Uriel.
—Sé que lo sabe, pero no puedo evitar sentirme intranquilo. Me refiero a que no sabemos cuánto tiempo llevamos fuera. No tenemos manera de saber si han pasado cientos o miles de años desde que nos fuimos. Además, este lugar…
—¿Qué le pasa?
—El señor de los sinpiel tiene razón. Algo muy malo ocurrió en esta ciudad. Puedo sentirlo.
Uriel no dijo nada, porque también él era capaz de sentir algo en el aire, una corriente sutil, la sensación de que flotaba la impronta de la terrible calamidad que había azotado a la ciudad, de que no sólo la habían abandonado.
—Y además, hay otra cosa —dijo de repente Pasanius—. En nombre del primarca, ¿qué esperas conseguir con esos monstruos?
—No son monstruos. Por sus venas corre la sangre de los astartes.
—Es posible, pero parecen monstruos, y no me imagino a nadie con un arma en la mano que no estuviese dispuesto a dispararles en cuanto los viera. Deberíamos haberlos dejado en Medrengard. Lo sabes, ¿verdad?
—No podía hacerlo —replicó Uriel mientras se sentaba al lado de Pasanius—. Ya viste cómo vivían. Puede que parezcan monstruos, pero aman al Emperador, y lo único que piden a cambio es su amor. No podía abandonarlos allí. Tengo que intentar… no sé…, demostrarles que la vida es algo más que dolor.
—Pues buena suerte con eso —contestó Pasanius con acidez.
La luna ya se había alzado en el cielo y en el interior del templo relucían estanques de luz blanca centelleante para cuando volvieron los sinpiel. Uriel se había negado a utilizar los memoriales como combustible, así que alimentaron la hoguera con madera de los bancos destrozados que colocaron dentro de un brasero de hierro que encontraron en la parte trasera del templo.
Los sinpiel volvieron a la iglesia con los cadáveres de tres de los herbívoros de montaña. Los cuerpos de las bestias estaban desgarrados y ensangrentados, y mostraba las señales de garras y colmillos. Las bestias estaban cubiertas por una capa de pelo grueso y tenían cabezas bovinas aunque rematadas por un largo morro de pellejo correoso. Las patas eran esbeltas y con una musculatura poderosa, por lo que Uriel se imaginó que debían de ser muy veloces.
—Ellos ya han comido —comentó Pasanius al ver las bocas ensangrentadas de los sinpiel.
—Eso parece —respondió Uriel mientras el señor de los sinpiel arrastraba la pieza de caza más grande hasta el altar, donde la dejó delante de él.
—Comimos carne en la montaña —le comunicó el señor de los sinpiel—. Esta carne para vosotros.
La enorme criatura no esperó a que le respondiesen y se dio la vuelta con la mirada apagada y sin vida. Uriel sintió curiosidad por saber qué le ocurría, así que alargó la mano y la colocó sobre el brazo del señor de los sinpiel.
Apenas le tocó la extremidad cuando el monstruo la apartó de golpe volviéndose hacia él a la vez que dejaba escapar un siseo de dolor. Uriel se encogió ante lo repentino de la reacción y la ferocidad que vio en los ojos del señor de los sinpiel.
—No tocarme —le advirtió sibilante la criatura—. Dolor. Este mundo nos duele.
—¿Os duele? ¿A qué te refieres?
El señor de los sinpiel se quedó callado un momento, pensativo, como si estuviera esforzándose por ordenar las ideas.
—El aire es diferente. Nos sentimos diferentes, débiles. El cuerpo no es igual que antes.
Uriel asintió, aunque en realidad no tenía ni idea del motivo por el que los sinpiel se sentían diferentes en aquel mundo en concreto.
—Procurad descansar —le recomendó Uriel—. Cuando salga el sol, exploraremos con mayor detenimiento el terreno y decidiremos qué hacer. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo —asintió el señor de los sinpiel—. ¿El Emperador está contento con nosotros?
—Sí, lo está. Os encontráis en un lugar consagrado a él.
—¿Consagrado?
—Que le pertenece —le explicó Uriel—. Como el sitio donde vivías antes.
—¿Ésta es casa del Emperador?
—Sí, lo es.
—Entonces nos quedamos aquí. El Emperador cuidará de nosotros —dijo finalmente el señor de los sinpiel, y a Uriel aquella idea le pareció curiosamente conmovedora. Quizá aquellas criaturas fuesen aberraciones genéticas, pero creían en la divinidad del Emperador con una fe sencilla, infantil.
El señor de los sinpiel se alejó con pasos pesados para reunirse con sus compañeros. Uriel se volvió hacia el altar, donde Pasanius estaba cortando trozos de carne de la pieza de caza que les habían proporcionado para asarla sobre el fuego. Por supuesto, los marines espaciales podían comerse la carne cruda sin mayor problema para así conseguir mayores beneficios nutritivos, pero después de todas las privaciones que habían sufrido en Medrengard, a los guerreros les apetecía algo de comida caliente.
Uriel se quedó mirando a los sinpiel mientras se sentaban a descansar a lo largo de las paredes para contemplar fascinados los trozos de pergamino que colgaban de ellas. Pasanius le entregó un trozo de carne ensartado en un palo y colocó el suyo sobre el fuego.
—Es fácil olvidarlo —musitó.
—¿El qué?
—Que en realidad son niños.
—¿Los sinpiel?
—Sí. Piénsalo bien. No eran más que unos críos cuando los secuestraron y los mortuarios bestiales los transformaron en esas bestias horribles, pero siguen siendo niños en lo más profundo de su ser. A mí me colocaron dentro de una de esas matrices demoníacas. Yo sé lo que intentó hacerme, pero hacerle eso a un niño… imagínate que recuperas el conocimiento y descubres que te han transformado en un monstruo.
—¿Crees que alguno de ellos recuerda su antigua vida?
—No lo sé. En cierto modo, espero que no sea así. Sería demasiado horrible recordar lo que han perdido, pero también creo que sólo los fragmentos de lo que fueron antaño impide que se conviertan de verdad en monstruos.
—Entonces, esperemos que recuperen más recuerdos ahora que estamos lejos de Medrengard.
—Es posible —confirmó Uriel mientras le daba la vuelta a la carne sobre el fuego—. Sé que parecen monstruos, pero lo que les ocurrió no es culpa suya. Se merecen algo más que ser perseguidos y exterminados porque no son como nosotros. Es posible que no podamos salvar sus cuerpos, pero podemos salvar sus almas.
—¿Cómo?
—Si los tratamos como seres humanos.
—Pues espero que te dé tiempo a hablar con la gente antes de que los vean.
—Eso tengo pensado hacer, pero vayamos paso por paso.
—Y hablando de eso… —empezó a responder Pasanius, pero antes retiró la carne del fuego y probó un bocado—. Vaya, sí que sabe bien. Bueno, ¿qué vamos a hacer mañana?
Uriel también apartó su trozo del fuego y tomó un bocado. El olor de la carne era embriagador, y su sabor, sublime, sobre todo después de pasar tanto tiempo alimentándose con paquetes de raciones y pastas de nutrientes reciclados. La carne estaba dura, pero era deliciosa. Le cayó un poco de jugo tibio por la barbilla, y tuvo que contenerse para no devorarla toda sin ni siquiera detenerse a respirar. Siguió hablando entre bocados.
—Mañana exploraremos la ciudad, nos haremos una idea general de su trazado general y luego deduciremos dónde podríamos encontrar otro asentamiento.
—Y luego, ¿qué?
—Luego nos presentaremos ante las autoridades imperiales que nos encontremos y nos pondremos en contacto con el capítulo.
—¿Crees que será tan fácil?
—Lo será, o no. Supongo que mañana lo descubriremos, pero ahora mismo necesitamos descansar un poco. Me duelen todos los huesos del cuerpo, y quiero tener una noche de descanso de verdad antes de ponerme a hacer cualquier cosa.
—A mí me parece bien. Cada vez que cerraba los ojos en esa maldita máquina demoníaca veía ríos de sangre y cuerpos despellejados.
Uriel asintió. Recordaba muy bien las pesadillas que lo habían acechado detrás de los párpados en cada ocasión que había intentado descansar en el interior del Daemonium Omphalos. No había visto horrores semejantes, ni creía que existiesen cosas tan terribles, desde que se había enfrentado al Portador de la Noche.
Tanto ellos como los sinpiel se habían visto acosados por aquellos sueños sangrientos durante todo el tiempo que habían pasado dentro del demonio, que no sabían cuánto había sido. Uriel sabía que había estado a punto perder el juicio, porque, ¿quién podría sufrir la visita de todas aquellas pesadillas cada noche sin enloquecer?
De todas las visiones de pesadilla sobre muerte y derramamiento de sangre que acosaban a Mesira Bardhyl, era la del doliente la que más temía. Nunca llegaba a verle la cara, tan sólo oía sus lamentos, pero la intensidad del sufrimiento y de la agonía que albergaban aquellos sonidos era inconmensurable.
Parecía imposible que alguien fuera capaz de conocer tanto dolor y sufrimiento y seguir vivo, pero la silueta del doliente, recortada con claridad contra las losas blancas de cerámica de la estancia vacía, era sin duda la de una persona.
Las lágrimas comenzaron a correrle de nuevo por las mejillas ante la aparición del doliente. Una parte del dolor del desconocido pasó a ella cuando sus pies sin voluntad la llevaron hacia el camastro de hierro sobre el que él estaba sentado, y que era la única pieza de mobiliario de toda la estancia.
Ella sabía que estaba soñando, pero ese conocimiento no disminuía el terror que la embargaba.
A pesar de las hojas de khat que había mezclado con la media botella de raquir que se había bebido antes de meterse a regañadientes en la cama, la pesadilla del doliente la había encontrado.
Se acercó paso a paso al doliente mientras veía como los fuertes sollozos hacía que se le estremecieran los hombros. Cuando Mesira estuvo más cerca, notó que la pena del individuo se transformaba en ira, y aunque deseó con todas sus fuerzas que su mano se estuviera quieta, no pudo evitar acercarla a él.
Cuando le tocó el hombro, el hedor a carne quemada le inundó el olfato y vio unas imágenes horribles detrás de sus propios ojos, de edificios en llamas, de gente que gritaba en mitad de una tormenta de fuego tan intensa que se movía y se agitaba igual que si fuera un ser vivo.
—No —susurró—. Otra vez no.
El doliente dejó de llorar, como si acabara de darse cuenta de su presencia.
Sin previo aviso, las llamas le envolvieron todo el cuerpo cubriéndole la cabeza y las extremidades con un brillo incandescente.
—Tú estabas allí —le dijo el doliente sin mostrarse afectado por el fuego que lo devoraba.
—¡No! —gritó Mesira al mismo tiempo que se alejaba del calor abrasador.
—Tú estabas allí —le repitió el doliente con voz acusadora mientras las llamas le corrían por todo el cuerpo. En pocos instantes, su piel se volvió completamente negra y el olor a carne quemada le provocó arcadas—. Los muertos os vigilan, y seréis castigados.
—Por favor, ¿por qué yo?
—Tú estabas allí —le contestó el doliente, como si eso lo explicara todo—. Tú estabas allí.
—Yo no hice nada. No fui yo —respondió Mesira con un gimoteo.
—Tú estabas allí.
—Yo no…
—Tú estabas allí —insistió el doliente mientras se volvía hacia ella—. Y lo pagarás. Todos lo pagaréis.
Mesira Bardhyl se levantó de un salto de la cama aullando de terror y dando tirones a las sábanas para librarse de ellas. Cayó al suelo, donde siguió manoteando y pataleando igual que una demente. Luego, llorando, se encogió en posición fetal con las palmas de las manos sobre las orejas y arañándose con las uñas el cuero cabelludo.
Luego se mordió la palma de una de las manos para ahogar los gritos que salían de su boca mientras se mecía de un lado a otro.
Tenía los párpados tan apretados que le hizo falta toda su fuerza de voluntad para abrirlos.
La estancia apenas estaba iluminada por el débil brillo de los globos luminosos, colocados sin orden en la calle, que se colaba a través de las delgadas cortinas que cubrían la ventana. El lavabo de acero y el retrete gorgoteaban desde detrás de una pantalla de privacidad. Sobre la mesa situada en el centro de la estancia descansaban varias pilas de hojas de papel.
Mesira se quedó en el suelo hasta que recuperó el aliento y respiró con normalidad y el corazón dejó de latirle de forma frenética. Después se puso en pie apoyándose en el borde de la mesa para compensar el temblor de las piernas. En realidad, le temblaba todo el cuerpo. Se agachó para recoger una de las sábanas del suelo y cubrirse el cuerpo flaco y agotado.
Todavía tenía fresca en la mente aquella visión. Se secó las lágrimas de la cara mientras se acercaba a la mesa para servirse un gran trago de raquir. Por toda la mesa había papeles sueltos, incluido un informe a medio terminar redactado para Verena Kain en el que se detallaban las lecturas empáticas que había captado durante una reunión entre el gobernador Barbaden y los jefes de la comunidad. Era un fallo de seguridad tenerlos a la vista de ese modo, pero se había marchado del palacio imperial a primera hora de la mañana, ya que no tenía ganas de permanecer más tiempo del necesario en presencia de Barbaden.
Los sonidos de la ciudad se colaban a través de la ventana: el traqueteo de los tranvías desvencijados, el escándalo chillón de los borrachos al salir de los bares o el retumbar ocasional de una blasfemia. Captó los sentimientos y las emociones que flotaban en el aire detrás de aquellos sonidos, pero mantuvo todo aquello fuera de su mente abotargando sus poderes mediante otro trago de raquir.
Se volvió a servir otro vaso, a sabiendas de que no conseguiría dormir más esa noche, y sin ganas de cerrar los ojos de nuevo después de los horrores que le había mostrado el doliente.
En el sueño, se había vuelto hacia ella y le había mostrado el rostro: la carne le caía derretida del cráneo ennegrecido a medida que el calor de las llamas rugía cada vez con más intensidad. Quiso apartar la mirada. Supo con una certeza absoluta que contemplar aquel rostro la arrastraría hacia la locura, pero su cabeza se negó a volverse, y cuando vio los ojos del doliente, fríos y blancos como los del corazón de una estrella muerta, comprendió que había presenciado horrores que iban mucho más allá de los que había contemplado en el Campo de la Muerte.
Vio vagones cargados de cadáveres que se bamboleaban en su interior y marchaban traqueteantes arrastrados por una locomotora demoníaca que escupía sangre y se desplazaba sobre raíles de hueso. Vio bosques enteros de niños clavados en ganchos colgantes de matadero. Planetas enteros habían sido arrasados bajo una marea de demonios aullantes, y varias galaxias se habían apagado bajo el poder que vertía en este universo la geometría enloquecedora de aquella máquina monstruosa.
Vio almas muertas que se retorcían en el interior de su horripilante estructura demoníaca, y sintió la tremenda energía de disformidad que la rodeaba, un torrente de poder que saturaba el aire, la tierra y el agua de Salinas con su sola presencia. Fuera lo que fuese aquella máquina terrorífica, había presenciado innumerables matanzas y llevaba consigue el horrible recuerdo de cada gota de sangre que había derramado a lo largo de su vil existencia.
Lo había visto todo: cada alma arrancada de su cuerpo, cada crimen cometido contra los inocentes y cada horror vil e inimaginable que había desatado entre los seres vivos.
Vio con la misma claridad que si hubiese estado allí cómo la poderosa locomotora demoníaca aparecía ante el templo que se alzaba en la plaza principal de Khaturian. El águila de bronce de su frontón se había inclinado por el punto donde las bombas habían debilitado la mampostería. Era el mismo edificio que las Águilas Aullantes habían atacado con cañones de fusión y luego habían asaltado disparando los rifles y blandiendo las espadas.
Mesira cerró los ojos en un intento por bloquear el recuerdo de los gritos, el eco de las descargas de los rifles y el incesante y horrible siseo de los lanzallamas. Se apartó de la mesa y se quedó de pie delante de la ventana, contemplando las calles adoquinadas de Barbadus y las pocas personas que se atrevían a pasar por debajo de su ventana. Caminaban sin levantar la vista, ya que de todos era sabido que la psíquica personal de Barbaden vivía allí, y nadie quería atraer su mirada malvada.
Notó que la ira la invadía, y dejó que sus poderes se extendieran hasta captar el toque fantasmal de las mentes que llenaban las viviendas miserables y los alojamientos improvisados creados a partir de los restos de todo un regimiento de vehículos que los soldados de las Falcatas Achamán habían abandonado a los elementos.
Barbadus era una ciudad que se alzaba sobre los huesos de los desechos de un regimiento de la Guardia Imperial.
Una vez concluida la campaña para apagar la rebelión en el sistema estelar, a los Falcatas se le había concedido como premio el planeta Salinas, y al regimiento se le había permitido conservar el grueso de los vehículos armados, ya que además no disponían de transportes estelares suficientes para llevárselos del planeta. Sin embargo, al disponer de un número limitado de tecnosacerdotes e ingenieros, la mayoría de los vehículos se habían estropeado con rapidez y tan sólo un puñado de compañías fueron capaces de mantener en servicio sus tanques y vehículos de transporte.
Los que dejaron de funcionar fueron sencillamente abandonados, y los emprendedores ciudadanos de Barbadus no tardaron en hacerse con ellos. Las familias vivían dentro y alrededor de los vehículos, y crearon hogares a partir de lo que antes habían sido instrumentos de combate.
Un tanque de batalla del tipo Leman Russ era capaz de albergar una familia de cinco miembros en cuanto se le sacaba todo el equipo innecesario. Un Chimera podía alojar a muchas más personas. Muchos de los vehículos fueron canibalizados en busca de piezas de repuesto y planchas de metal. Barrios enteros de Barbadus se habían construido a partir de aquellos vehículos que se habían oxidado por completo, se habían averiado o habían fallado de cualquier otro modo.
Notaba el ardiente resentimiento que burbujeaba bajo la piel de prácticamente todos los habitantes de la ciudad. Era un resentimiento que Mesira consideraba muy comprensible, ya que la invasión de las Falcatas Achamán había sido brutal y sanguinaria.
El nuevo gobernador había llegado incluso a rebautizar su capital con su propio nombre.
«No es de extrañar que nos odien —pensó—. Yo también nos odio.»
Aunque normalmente sus habilidades empáticas se veían limitadas a captar las emociones humanas, esa noche Mesira sintió algo muy diferente, como si fuera capaz de notar la tremenda rabia del propio planeta. El aire estaba cargado de algo, una sensación preñada de importancia y de una confluencia inminente que jamás antes había sentido y que la atemorizaba mucho.
Algo muy profundo había cambiado en Salinas, pero no era capaz de determinar qué con exactitud.
¿Eran las imágenes que había visto del doliente algo real, o se trataba de una alegoría?
No tenía mucha práctica en la interpretación de visiones, y se preguntó si los adivinadores astropáticos del gobernador Barbaden podrían sacar algún significado de lo que ella había visto.
En cuanto pensó en el antiguo coronel de las Falcatas Achamán, sintió un leve soplo de aire frío en la parte posterior de la cabeza.
Se estremeció y se volvió mientras se llevaba una mano a la nuca.
En la esquina más alejada de la estancia había una pequeña figura luminosa, una niña que tenía las manos extendidas hacia ella.
Tú estabas allí.
Aunque ansiaba el descanso, Uriel fue incapaz de dormirse. La sensación persistente de que no estaban solos seguía acosándolo en el fondo de la mente. Después de comerse su parte de la carne, tanto él como Pasanius se habían dedicado a explorar las estancias vacías de la iglesia, incluidas una sacristía en ruinas, algunos almacenes abandonados y unas cuantas capillas privadas en los brazos de crucero.
No habían encontrado nada extraño. Luego se dedicaron a patrullar el exterior de la iglesia. Pasaron por encima de trozos de pared derribada y cruzaron tramos de pavimento levantado en su exploración de la zona circundante. Al ser tan sólo dos, era imposible asegurar un perímetro tan amplio, pero no encontraron nada que les hiciera pensar que en la ciudad había nadie vivo aparte de ellos.
Pasanius se durmió sentado con la espalda contra la pared, y sus leves ronquidos hicieron sonreír a Uriel, ya que las preocupaciones que habían acosado a su amigo desde lo ocurrido en Pavonis parecieron desaparecer de su rostro mientras dormía. También sabía que aunque tenía todo el aspecto de estar profundamente dormido, Pasanius era más que capaz de pasar de ese estado a estar completamente despierto en menos de un segundo.
Los sinpiel estaban tumbados formando un círculo, acurrucados igual que los animales de una manada, con el señor de los sinpiel en el centro del grupo. Sus respiraciones eran una cacofonía de gorgoteos jadeantes y ásperos y de silbidos que salían de las ranuras cartilaginosas que formaban sus bocas y narices.
Uriel se percató de que no iba a lograr dormirse, así que se puso en pie y deambuló por la nave de la iglesia deteniéndose de vez en cuando para examinar con atención uno de los papeles con plegarias o alguna de las imágenes que estaban pegadas a la pared. Le devolvieron la mirada los rostros sonrientes de hombres y mujeres, de jóvenes y de ancianos.
¿Qué era lo que le había ocurrido a todas aquellas personas, y quiénes habían colocado esos memoriales?
Bastantes de ellos mostraban la misma fecha, y aunque Uriel desconocía qué calendario seguían, era evidente que se trataba del mismo día. Fuera cual fuese el desastre que se había abatido sobre aquella gente, había ocurrido de golpe y al mismo tiempo para todos.
Uriel siguió avanzando por la nave, y no logró quitarse de encima la sensación de que, aunque no había nadie más en el lugar, como mínimo alguien o algo lo estaba observando. Mantuvo aferrada la empuñadura de la espada, y se sintió más tranquilo al notar el metal dorado y el legado de heroísmo que representaba el arma. El capitán Idaeus había forjado aquella espada antes de la campaña corintia, y la había empuñado con honor durante muchos años antes de entregársela a Uriel en Tracian, momentos antes de dirigirse hacia su muerte. Uriel había jurado honrar a la espada y a la memoria de su antiguo capitán, y el peso de esa promesa lo había conseguido mantener en el camino correcto a lo largo de todos aquellos meses de sufrimiento y de locura.
Uriel salió del templo. Su capacidad de visión se ajustó con rapidez a la luz ambiental, y la aprovechó hasta el punto de ser capaz de ver con tanta claridad como si fuera pleno día.
Aunque antes la ciudad había mostrado una atmósfera melancólica, de abandono, en esos momentos emanaba de ella una sensación de amenaza, como si alguna clase de resentimiento enterrado hubiera recibido permiso para deambular con total libertad en la oscuridad. Todos los sentidos le indicaban a Uriel que estaba solo, pero alguna clase de instinto indefinible le decía que en aquella ciudad había algo más de lo que se veía a simple vista.
El polvo se arremolinaba por la plaza como si unas pisadas invisibles lo removieran. El viento gemía al atravesar los marcos de las ventanas rotas y los huecos de las puertas abiertas. La luz de la luna se reflejaba en los trozos de cristal y de metal. A lo lejos, el repiqueteo de unos cuantos guijarros sonó igual que unas risas.
Uriel empezó a pasear sin rumbo fijo por la ciudad mientras tabaleaba con los dedos en la empuñadura dorada del arma.
Los edificios en ruinas abarrotaban las calles destrozadas, que estaban llenas de desechos de la población desaparecida: maletas, bolsas, cacerolas, mochilas y objetos similares. La parte analítica de su cerebro potenciado, la destinada a buscar pautas en el desorden aparente, se dio cuenta a medida que veía más objetos como aquellos que existía una evidente intención en su colocación.
No eran olvidos aleatorios de objetos abandonados por sus propietarios. Eran como memoriales silenciosos, dispuestos de un modo que parecieran estar esparcidos al azar, aunque en realidad los hubieran dejado con una intención deliberada. Había monedas colocadas de manera que formaran un dibujo idéntico, lazos atados a postes de refuerzo ennegrecidos o cacerolas colocadas en grupos, como si estuvieran esperando que volvieran sus propietarios.
Le dio la impresión de que la gente que había colocado todo aquello no quería que otras personas supieran que a los muertos se los recordaba con pena.
No era más que otra pieza del rompecabezas, pero al no disponer de más información, Uriel no pudo sacarle mucho sentido. Las paredes de los edificios que tenía a cada lado estaban marcadas con los disparos de las armas de pequeño calibre, aunque también vio aquí y allí el impacto inconfundible de los proyectiles de artillería y de otras armas pesadas. Por aquella ciudad había pasado un ejército disparando a discreción y matando todo lo que se encontraba con vida.
Las manchas de color marrón oxidado sólo podían ser restos de sangre. Uriel se detuvo al ver que la luz de la luna se reflejaba en una superficie blanquecina que parecía ser hueso. Se arrodilló al lado de un montículo de piedras redondas que habían dejado al descubierto un cráneo pequeño, de un tamaño poco mayor que el de un niño.
Alguien había colocado entre las piedras una pictografía ya desgastada, aunque estaba metida en una bolsa de plástico transparente que la protegía de los elementos. Uriel limpió la humedad y la suciedad que la cubrían y vio una muchacha joven de largo cabello rubio que llevaba puesto un vestido blanco y sencillo que le llegaba hasta las rodillas. Estaba de pie al lado de un individuo alto, probablemente su padre, ya que mostraba una expresión de orgullo. Posaban delante de un sencillo edificio de piedra, y a su espalda se veían un par de ventanas cerradas con sus correspondientes contraventanas.
Uriel le dio la vuelta a la pictografía. Alguien había escrito un nombre: Amelia Towsey.
—¿Cómo moriste? —se preguntó Uriel, y el eco de aquel susurro rebotó por las paredes igual que si hubiera gritado la pregunta.
Se sorprendió por el volumen y alzó la mirada. Al hacerlo, captó de refilón algo que había en el extremo de la calle: una niña con un vestido blanco.