Doce

Los últimos rayos del atardecer bañaron la lejana fortaleza con una luz dorada, y aunque las murallas tenían siglos de antigüedad y lo único que quedaba de su puerta de acceso era una desgarrada brecha de rocas desmoronadas, Tigurius nunca se había sentido tan feliz de mirar el antiguo templo fortaleza de Castra Tanagra.

Erigida cuando Roboute Guilliman era joven, sus muros habían resistido la furia de una invasión de los pielesverdes tras la Gran Herejía, y el primarca en persona había defendido sus murallas desafiando a los salvajes invasores. Construida en forma circular, con una de sus cuatro torres edificada sobre la cara de un acantilado, Castra Tanagra era una estructura elegante, con murallas curvas de veinte metros de altura construidas con bloques de mármol negro extraído de los desfiladeros de Prandium.

Marneus Calgar dirigió a los supervivientes de la Caesar por el valle rocoso hacia la brecha, el lugar donde las leyendas decían que Roboute Guilliman se había enfrentado al brutal jefe ogro de los pielesverdes y lo había derrotado con las manos desnudas.

—Castra Tanagra —dijo Severus Agemman, maravillado—. No había estado aquí desde que era joven.

—Tú nunca fuiste joven, Severus —le replicó lord Calgar—. Tú fuiste tallado en la roca de Macragge y cobraste vida en medio de una tormenta.

Agemman sonrió. La fatiga de la escalada por las montañas se desvaneció ante la visión de la antigua fortaleza.

—Sí, es cierto, mi señor —dijo—. Vos estabais allí para ponerme el bólter y la espada en las manos.

Tigurius sonrió al ver el asombro en sus caras, como niños en el aniversario de su nacimiento. De todo neófito del capítulo se esperaba que realizare el peregrinaje a Castra Tanagra antes de su ascenso a las filas de los guerreros, pero las exigencias de la guerra implicaban que eran muy pocos los que regresaban allí.

En sus muros estaban grabados las imágenes de los primeros días del Imperio, gloriosos y heroicos frescos mostrando a los astartes a millares, lanzados en su cruzada por los cielos, con el Emperador a la cabeza. Las imágenes que se habían grabado al pie de esos astartes ya hace mucho tiempo que habían sido eliminadas. Tigurius recordaba haber tocado el pintarrajeado mármol, viendo el ligero rastro de una fila tras fila de mortales encapuchados. Cada uno había portado un objeto artístico: una pluma, un pincel, un pergamino, un cincel de escultor o una batuta de compositor.

Tigurius nunca llegó a comprender la razón por qué nadie sintió la necesidad de eliminar esos grabados, pero recordaba una fuerte sensación de vergüenza al visualizar las ahora invisibles filas de artistas, escritores y cronistas.

El paso de la marcha se aceleró al ver la fortaleza, y en menos de treinta minutos los muros se cernían sobre ellos, brillando como el mármol pulido con aceite. La maleza crecía junto a la base de las murallas, pero en el interior del templo fortaleza no crecía nada. Estaba oscureciendo, y las montañas eran terriblemente frías por la noche. Apenas disponían de mantas o refugio, y aunque los marines espaciales no precisaba de ese tipo de protecciones, la tripulación de la Caesar sí.

Aunque Castra Tanagra era un lugar sagrado para los Ultramarines, los daños causados durante su última batalla jamás se habían reparado, pues Roboute Guilliman había decretado que permaneciera para siempre así, como recuerdo de aquellos que habían perdido allí la vida.

Agemman echó un vistazo con ojo crítico a la brecha en las murallas.

—Vamos a tener muchísimos problemas para defender este lugar. Esa brecha es demasiado ancha, y apostaría a que ninguna de esas torretas artilleras funciona.

—Creo que tienes razón —respondió Calgar—. Pero disponemos de los veteranos de la Primera para resistir en las murallas. ¿Qué fuerza en toda la creación podría superar tamaña defensa?

—Ahorradme los halagos, mi señor —dijo Agemman—. Mantendremos a los demonios a raya, pero no hay forma de salir de este valle si rebasan las defensas. O triunfamos, o morimos todos. No existe término medio.

—En ese caso será mejor que no desfallezcamos —contestó Marneus Calgar subiendo por las rocas caídas de la brecha.

Agemman lo siguió, y Tigurius siguió al primer capitán al interior de la fortaleza. Trepó por bloques ciclópeos, sintiendo el peso del tiempo y de la historia entrelazados en ellos, pero en cuanto puso un pie sobre sus murallas tuvo la fuerte sensación de que no eran los primeros en llegar a Castra Tanagra.

—Esperad —dijo levantando la mano—. No estamos solos.

Desde el interior de las murallas, Castra Tanagra era muy similar a cómo Tigurius se había imaginado que habría sido en su apogeo. Las pulidas murallas de mármol de la torre interior no se habían visto afectadas por el paso de los siglos, y el brillante cristal tintado de sus altas torres brillaba bajo los últimos rayos de luz solar. Mientras los mortales se reunían alrededor de la brecha, los exterminadores de la Primera Compañía se desplegaban por la amplia explanada con sus bólters de asalto preparados, vigilando cualquier posible amenaza y dispuestos a acabar con ella sin piedad.

—¿Qué notas? —le preguntó Calgar. Los alimentadores de munición de los Guanteletes de Ultramar se activaron al ponerse en posición de fuego—. ¿Quién más hay aquí?

Tigurius proyectó su conciencia, encontrando dificultades para lograr una clara impresión.

—Es difícil de decir, mi señor, pero siento el pulso de muchas almas en el interior de la torre.

—¿El enemigo?

—No lo sé —dijo Tigurius—, pero no lo creo.

Calgar hizo una señal con la cabeza a Agemman, que golpeó con la bota la puerta. Ésta se abrió de golpe, y un exterminador penetró por ella, un tanque con piernas, la cabeza gacha y el arma levantada. Otro lo siguió, y otro. Entonces Agemman entró, seguido de lord Calgar. En la torre resonaron unos disparos, y Tigurius identificó las armas como rifles láser Mark IV modelo Konor. Un bólter de asalto rugió con un sonido ensordecedor en comparación con los rifles láser, y Tigurius oyó gritos. No eran gritos de batalla ni aullidos de demonios, sino las voces aterrorizadas de los mortales. Antes de que resonaran más tiros, Tigurius entró en la torre, viendo perfectamente en la oscuridad con su visión mejorada.

—¡Deteneos! —Gritó. Su báculo brillaba con una deslumbrante luz blanca—. Ultramarines, bajad vuestras armas.

El primero en llegar al santuario de Castra Tanagra no había sido el enemigo.

Habían sido los ciudadanos de Talassar.

Los dos Rhinos estaban parados a la sombra de los árboles, al borde de una profunda garganta. Sus motores gruñeron como protesta. Un espeso humo aceitoso surgió de sus tubos de escape, un aliento cargado de toxinas que apestaba a impurezas. Scipio Vorolanus captó el hedor del aceite quemado y combustible. Esos motores no podrían soportar mucho más ese ritmo.

Podía sentir la punzante rabia de Laenus junto a él. El más joven tenía un don para las máquinas, y ver a guerreros que deberían saber cómo tratar mejor a un precioso Rhino utilizándolos con tanto desprecio lo enfurecía. Laenus era un buen guerrero, pero Scipio sabía que estaba predestinado a la forja y a hacer carrera como tecnomarine.

—¿Es que son incapaces de darse cuenta que los motores van a agarrotarse si siguen así? —preguntó Laenus, meneando la cabeza.

—Sólo podemos esperar que el resto de su disciplina sea igual de laxa —apuntó Scipio, observando cómo las puertas en el costado del vehículo se abrían y emergía una escuadra de marines espaciales. Sus armaduras eran de un vívido color naranja, manchado con rayas semejantes a las de un tigre, lo que hizo que Scipio frunciera los labios en señal de disgusto.

—Los Garras de Lorek —musitó para sí mismo—. Renegados.

Sintió la misma rabia por los guerreros de la escuadra Relámpago, ocultos entre los matojos que rodeaban la formación rocosa, y cuyas posturas se volvieron más rígidas. Su odio hacia esos guerreros era tangible, y Scipio vio más de un dedo acercándose al gatillo.

El odio podía ser una emoción útil en la batalla, pues confería al guerrero más fuerza y determinación, pero propiciaba los descuidos.

—Quietos —dijo manteniendo su voz autoritaria—. Esperad a mi señal. Vamos a hacerlo como dicta el Codex.

Ante la mención del sagrado libro de su primarca, los componentes de su escuadra relajaron su actitud, y Scipio hizo otro tanto. Desde que abandonaron Herapolis trece días antes, no habían dejado de moverse hacia el este, siguiendo el curso del río Konor en su recorrido desde las montañas hasta las verdes llanuras de Espandor.

Unas ligeras columnas de humo se divisaban desde un extremo del horizonte al otro. Iulius Fennion había conducido a sus hombres hacia el nordeste, Praxor Manorian hacia el Sudeste, y Scipio había tomado la ruta directa hacia el corazón del territorio enemigo. Las fuerzas de Nacidos de la Sangre de la Reina Corsaria eran numerosas y feroces, pero incautas, y avanzaban como si ya hubieran conquistado el planeta. Sus ejércitos no tenían vanguardias, batidores o retaguardias, no eran más que una masa de soldados, vehículos y horrores innombrables que se movían en dirección a Herapolis.

Los Relámpagos habían evitado cualquier enfrentamiento hasta entonces, pues Scipio no podía atraer la atención hacia su avance hasta haber identificado la localización exacta de la Reina Corsaria.

Sus guerreros estaban ansiosos por entrar en acción, y Scipio no los culpaba, el comportamiento de esos Adeptus Astartes caídos mostraba una gran arrogancia.

Scipio y los Relámpagos les harían pagar por ella.

Los marines espaciales de ahí abajo habían patrullado ese camino anteriormente, era una de las pocas unidades basadas en la gran ciudad fluvial de Corinto que poseía un módico sentido táctico. Y aun así habían permitido que sus rutas fueran predecibles, pues aquel camino a través de las colinas que rodeaban la ciudad era la ruta más obvia por la menos difícil. Esos guerreros habían seguido la misma senda tres veces en los últimos cuatro días, deteniéndose siempre en ese mismo lugar para realizar algún impuro ritual en el improvisado templete que habían colocado en el interior del habitáculo del primer Rhino.

Ocho guerreros se reunieron alrededor de la rampa abierta, y una luz oscura, de color rojo sangre y en cierta forma impura, salió de su interior, bañando sus armaduras con un resplandor rojizo.

Scipio hizo una señal con la cabeza hacia el hermano Helicas, que aprestó su lanzamisiles y se apostó sobre una roca. El resto de los guerreros de Scipio prepararon sus bólters, el pie izquierdo hacia delante, y el derecho hacia atrás, girados noventa grados respecto a sus cuerpos.

—¡Ahora! —gritó Scipio, y Helicas se puso totalmente en pie para disparar su lanzamisiles.

Los guerreros de abajo se giraron al oír el sonido del arma, pero ya era demasiado tarde. El cohete del misil se encendió con una cegadora descarga mientras salía disparado hacia abajo, y golpeó en el caparazón de un guerrero atigrado. La cabeza explosiva detonó en el interior de su cavidad torácica con un crujido atronador, lanzándolo contra el Rhino y haciendo añicos el templete. Otro guerrero fue abatido por la metralla, su garganta cortada por un letal fragmento de armadura.

Los demás guerreros se dispersaron mientras los ecos de la detonación se desvanecían.

Una precisa andanada de proyectiles bólter acribilló a los seis guerreros supervivientes, Scipio conectó su espada sierra y salió de la cobertura mientras otro misil impactaba colina abajo, explotando en medio del enemigo. No mató a ninguno, pero tres de ellos salieron despedidos por la fuerza de la explosión.

Los guerreros que habían combatido en la carretera Anasta eran corsarios, pobremente equipados y mal dirigidos, pero estos guerreros, pese a todas sus fallos, eran marines espaciales. Empezaron a devolver el fuego inmediatamente con ráfagas de supresión disparadas contra el linde del bosque. Uno de los guerreros de Scipio cayó bajo una lluvia de trozos sanguinolentos que lo alcanzó por debajo de la hombrera protectora.

Un dardo de plasma ardiente salió del arma de Coltain e incineró a otro de los enemigos, cuyo cuerpo se desplomó sobre un matojo en dos mitades. Los demás corrieron a buscar la cobertura de los Rhinos, pero Scipio había previsto ese movimiento y había orientado su carrera de forma que los llevara a la parte posterior del vehículo más cercano. El motor del vehículo rugía como si estuviera rabioso y vomitaba vapores de apestosas sustancias químicas a través de sus corroídos tubos de escape.

Los disparos silbaron arriba y abajo, y Scipio rodeó el Rhino. Al hacerlo, prácticamente chocó de cara con un guerrero enemigo. Ambos se miraron el uno al otro durante una fracción de segundo antes de que Scipio levantara la pistola y disparara un proyectil a través del visor del guerrero. Éste cayó hacia atrás, pero había otro justo detrás de él que atacó con un hacha dentada el cuello de Scipio. Se agachó y el hacha sierra mordió el acero del Rhino.

Scipio le disparó al guerrero en la rótula. El proyectil rebotó limpiamente, pero hizo trastabillar al renegado. Aprovechó y clavó la espada en las entrañas del traidor, y los dientes de adamantium gimieron al atravesar la armadura y morder la débil carne que había debajo. La sangre resbaló por la espada de Scipio mientras éste la hundía más profundamente en el cuerpo del renegado, sintiendo cómo le partía la columna vertebral.

El guerrero cayó sobre él, pero Scipio lo apartó a un lado. El último renegado se abalanzó contra Scipio, pero una letal ráfaga de proyectiles de bólter de asalto le voló la cabeza y buena parte del torso mientras los guerreros de la escuadra Relámpago cerraban el lazo sobre los Garras de Lorek.

Scipio se giró y dio las gracias con la cabeza a su escuadra. Acto seguido arrancó un puñado de hierba para limpiar la sangre del renegado del filo de su espada. Cuando la hoja estuvo bien limpia, la envainó y se quitó el casco para respirar profundamente. El hollín y el hedor químico de los Rhinos contaminaban el aire, pero agradeció respirar nuevamente la atmósfera de Espandor.

Rápidamente situó centinelas alrededor del lugar y llamó a Laenus.

—¿Lograron enviar algún tipo de señal? —le preguntó.

—No, mi señor —dijo Laenus—. Al menos ninguna que hayamos podido detectar.

—Eso está bien —dijo Scipio, y se volvió hacia los Rhinos. Uno estaba inservible y vomitaba una espesa columna de humo negro por la escotilla abierta; el otro bullía y se estremecía como un toro ante su verdugo. Ordenó que el Rhino destruido fuera tirado al interior de la garganta y reunió a sus guerreros.

El guerrero herido, el hermano Nivian, se había amputado el miembro inservible a la altura del hombro con un machete y lo llevaba colgando bajo el otro brazo.

—¿Estás en condiciones de combatir? —quiso saber Scipio.

—Puedo luchar —aseguró Nivian—. Simplemente déme una pistola o una espada.

Scipio asintió y le entregó su propia pistola, cogiendo el bólter de Nivian a cambio.

—Laenus —dijo Scipio, señalando el Rhino superviviente—. ¿Eres capaz de conducir esa cosa?

Laenus observó el Rhino con la aversión claramente marcada en su cara, como si Scipio le hubiera pedido que mutilara una estatua del Emperador.

—Es impuro —dijo—. Pero sí, puedo conducirlo.

—Bien, porque vamos a necesitarlo si queremos tener alguna posibilidad de acercarnos más a Corinto.

Notó con claridad el disgusto entre los miembros de su escuadra al pensar que iban a viajar en el interior de un vehículo enemigo, pero atajó cualquier objeción.

—El Codex Astartes nos dice que toda guerra se basa en el engaño, así que vamos a aprovechar todas las oportunidades que nos proporcione el enemigo.

Se dio cuenta de que seguía sin gustarles la idea, pero lo que les gustaba o no era irrelevante. Tenían una misión, y si la localización de la Reina Corsaria impedía que el capitán Sicarius tomara una decisión arriesgada, aquello no sería más que un inconveniente que él y los guerreros de su escuadra deberían soportar. Se reprendió a sí mismo por la deslealtad del pensamiento, y golpeó con el puño la pared del Rhino.

—Montad —ordenó—. Debemos estar en posición al anochecer.

El líder de los civiles era un hombre robusto llamado Maskia Volliant, el prefecto de una pequeña comunidad minera denominada Tarentum. Un hombre brusco cubierto de cuero y pieles. Tigurius pensó que tenía el aspecto de un tipo habituado al trabajo duro, con una cara profundamente marcada y manos callosas por los largos años de trabajo manual.

Había conducido a sus paisanos hasta Castra Tanagra tras ser testigo de la destrucción de las ciudades de las tierras bajas bajo las garras y las fauces de las hordas demoníacas. Allí había casi seiscientos hombres, mujeres y niños. Se apiñaban en la torre del templo, con la vana esperanza de que toda esa pesadilla acabara.

—Pensábamos que eran los demonios —les explicó Maskia—. Oímos cómo se aproximaban y creímos que habían venido a acabar con nosotros.

—No somos demonios, loco —le espetó Agemman, furioso porque una de sus armaduras de exterminador tuviera rasguños de láser—. Nosotros somos la auténtica salvación que buscabais al venir aquí.

—Lo siento mucho, mi señor —dijo Volliant, acobardado por la rabia del primer capitán.

—Un error comprensible —dijo Marneus Calgar, poniendo una mano sobre la hombrera de Agemman—. Y no se ha producido ningún daño.

Agemman parecía dispuesto a rebatir eso, pero la severa mirada del señor del Capítulo detuvo su lengua. El mismo exterminador había sido asignado a tareas punitivas por una disciplina de disparo laxa. Afortunadamente su disparo había salido demasiado alto en el último momento y nadie había muerto, pero se trataba de un disparo que jamás debería haberse efectuado.

Calgar puso una rodilla en tierra ante Maskia Volliant, poniéndose así a la misma altura que la cara del hombre.

—Dinos cómo habéis llegado hasta aquí, maese Volliant. Cuando llegamos a Talassar no detectamos ningún signo de vida. ¿Cómo es posible que todo Talassar haya sido devastado y vosotros sigáis con vida?

—No sé qué deciros, mi señor —dijo Maskia—. No somos más que un pequeño asentamiento en la meseta alta junto a la Colmena Capena. Somos unas mil almas. Vimos las luces en el cielo hace unas semanas, y cuando perdimos el contacto con Colonia Serdica, que es la ciudad refinería a la que vendemos nuestra producción, tratamos de contactar con Perusia.

—Perusia —dijo Agemman—. Sicarius es de allí.

—Lo sé —dijo Calgar—. Seguid, Maskia. ¿Qué sucedió después?

—Seguimos escuchando cosas por el comunicador, cosas terribles. Escuchamos que se habían lanzado alertas por todo Talassar porque estábamos bajo ataque. Al principio no podíamos creérnoslo. Quiero decir, ¿quién en su sano juicio atacaría un mundo de Ultramar? Habíamos oído algunos rumores sobre Tarentus, pero nadie los había creído realmente.

»Y después oímos toda esa cháchara sobre monstruos y demonios, pero no logramos obtener una respuesta directa de nadie. Nadie parecía saber exactamente lo que estaba sucediendo y después de un tiempo todas las estaciones de comunicaciones se quedaron en silencio, y fuimos incapaces de contactar con nadie. Perusia fue la última en quedarse en silencio, así que pensamos que estaban muy ocupados luchando para contestar a nuestras llamadas, pero a medida que pasaban los días supimos que no es que estuvieran ocupados, sino que estaban muertos.

—Eso no responde a por qué estáis aquí —dijo Agemman con hostilidad—. Éste es un lugar sagrado para los Ultramarines. No deberíais haber entrado.

—Le suplico perdón, mi señor —dijo Maskia—. No teníamos ningún otro lugar al que ir. Aproximadamente una semana después del silencio de Perusia, vimos las mismas luces en el cielo y nuestros peritos determinaron dónde estaban. Todos los otros asentamientos a lo largo de la Garganta Capena estaban dejando de dar señales de vida uno tras otro, así que sabíamos que no era más que cuestión de tiempo antes de que nos tocara a nosotros.

—Así que vinisteis aquí —dijo Maneus Calgar

—Sí, mi señor —dijo Maskiá—. Algunos no quisieron venir, y no pude decirles nada para hacerles cambiar de idea. Sus familias tenían derechos que se remontaban a miles de años, y no estaban dispuestos a renunciar a ellos, ni por demonios ni por nadie.

—Entonces seguramente ya están muertos —le soltó Agemman.

La hostilidad de Agemman hacia los civiles irritó a Tigurius, que se dirigió hacia el exterior. El aire de la noche era fresco, y el viento que soplaba del sur tenía una buena dosis de culpa. Algunos de los supervivientes de la Caesar se habían refugiado en el interior de la torre, pero otros muchos se habían unido a los guerreros de la Primera Compañía sobre las murallas de Castra Tanagra, armados únicamente con rifles láser y con valor.

Subió por los desgastados escalones de mármol hacia la muralla y se abrió paso entre los combatientes de la Primera Compañía. Mirando hacia la oscuridad de las montañas, recordó los altos picos de Iax, el mundo que antaño llamó su hogar. Conocido como el Jardín de Ultramar, era un mundo bellísimo, se decía que el favorito de Roboute Guilliman.

Tigurius saludó con la cabeza al sargento de los exterminadores, pero no dijo nada cuando el hombre se giró para vigilar los accesos a la fortaleza. Tigurius sabía que no gustaba a la gente, pues sus poderes lo separaban de sus hermanos de batalla. Hacía mucho que había hecho las paces con este aislamiento respecto de la hermandad del Capítulo, encontrando su propio lugar entre las tropas y centrándose en el deber.

Hizo una pausa junto a una almena curvilínea. Posó las manos sobre el frío mármol de la misma y sintió el antiguo poder del interior de la construcción. Hasta ese día siempre había atribuido eso a la habilidad de sus constructores y al legado del primarca, pero ahora ya no estaba tan seguro. No había sido capaz de determinar que los supervivientes estaban dentro de la torre hasta que puso un pie en el interior de los muros de la fortaleza. Incluso sus poderes de discernimiento se habían visto reducidos, como si un psíquico enemigo estuviera entorpeciendo sus habilidades.

Tigurius colocó la otra mano sobre la piedra y dejó que su conciencia fluyera hacia el interior de la fortaleza.

Oyó el sonido de unos pasos a su espalda y volvió a sus sentidos mortales.

Marneus Calgar estaba junto a él, con una mirada de acero sobre la magnífica vista de las altas y nevadas cimas.

—Debería venir más a menudo —comentó Calgar.

—Cuando expulsemos a los demonios iré con vos —dijo Tigurius.

—Dime, Varro —dijo Calgar, repentinamente serio—. ¿Qué ves?

—Veo que estamos atrapados en un valle sin salida, esperando a que un ejército de demonios se lance contra nosotros. Y que hay muy pocas esperanzas de rescate.

—Me gustaría no haber preguntado —dijo Calgar.

—Pero, por desesperadas que parezcan las cosas, existe una destacable ausencia de miedo entre la nueva guarnición del templo fortaleza. Éstos son los mejores guerreros de Ultramar, mi señor, y aquí hay un gran poder, imbuido en la propia estructura de la fortaleza. No hemos acabado en este lugar por accidente.

Calgar no dijo nada. Su mirada se dirigió a la tenue lágrima de un relámpago que apareció en el otro extremo del valle. Ésta se fue haciendo más ancha a cada segundo que pasaba, y el rancio olor de lo demoníaco impregnó en el aire.

—Espero que estés en lo cierto —dijo Calgar.

Cuando Uriel abrió los ojos, sintió como si el mundo se hubiera desenfocado. Su ojo derecho le ardía lo mismo que si le estuvieran aplicando una antorcha, y una brumosa corriente estática le llenaba la cabeza con un ruido parecido a un millar de avispas furiosas. Se sentó, repentinamente consciente de que estaba tumbado sobre una mesa metálica como la de los mortuarios. Una luz brillante le atravesó los ojos y pateó con las piernas.

—¡Tranquilo! —lo calmó una voz áspera pero amistosa.

Uriel sacudió la cabeza, e inmediatamente se arrepintió de ello. Unos martilleantes golpes de dolor y unas luces brillantes le explotaron en el interior del cerebro. Se sujetó para no caerse. Una fuerte mano lo agarró, manteniéndolo erguido. Se apoyó en ella, sintiendo como su equilibrio iba y venía.

—No se mueva—advirtió otra voz, una con un suave zumbido mecánico en las sílabas—. Se necesita tiempo para que las fibras ópticas del implante ocular se ajusten al tejido orgánico. Pero no se preocupe, el malestar y las nauseas desaparecerán.

—¿Qué me está pasando? —exigió saber Uriel, luchando por controlar las náuseas.

Unas sombras se movían a su alrededor, pero no podía distinguir ninguna de ellas. Le eran familiares, pero le costó cierto tiempo identificarlas, como si la gran cantidad de información requerida para procesar su percepción visual estuviera bloqueada. Se apoyó sobre la superficie metálica, respirando lentamente para calmarse.

—Recibió un disparo de pistola bólter en la cabeza —dijo la voz—. Afortunadamente, el ángulo en el que su casco estaba colocado cuando el proyectil impactó desvió gran parte de la energía cinética.

Uriel se tocó la sien derecha, sintiendo el frío metal allí donde esperaba encontrar carne. Retrocedió ante ese contacto mientras su equilibrio se afianzaba. Recordó las fracturadas imágenes del enfrentamiento con la criatura que llevaba su cara, sus palabras de odio y el atronador estallido de un disparo.

Después de eso, todo era confuso. Su visión se inundó de rojo, después de gris, y finalmente se volvió negra. Recordaba voces gritando, gritos desesperados y campanas de emergencia sonando. La voz de Selenus cortó todo aquel caos, las órdenes tajantes del apotecario llevando orden al caos. Una calidez relajante se apoderó de sus extremidades y recordó los efectos soporíferos de un fuerte bálsamo para el dolor que se propagó por su sistema.

Y después aquello. Una visión granulada cargada de estática y una aturdidora falta de percepción. Jadeó cuando el suelo repentinamente se volvió claro y vio las agrietadas losas claramente, cada muesca en la cerámica y cada imperfección del mortero revelándose tan claramente como a través de un microscopio.

Se levantó nuevamente, esta vez con más cuidado, y exploró el costado de su cara con los dedos. Su cabello bien rapado había sido afeitado en el costado derecho, y podía notar varias de las suturas todavía frescas, que recorrían su cara desde el borde del globo ocular hasta la oreja.

Uriel levantó la mirada y vio a Pasanius, al magos Locard y al apotecario Selenus de pie ante él. Se encontraba en una zona médica de algún tipo, una dedicada a implantes, por el aspecto de las mesas de trabajo, las herramientas y las extremidades a medio construir que había por doquier.

—¿Cuánto recuerdas? —le preguntó Pasanius, al que vio la cara con una agudísima precisión, como si en el pasado hubiera estado viéndolo a través de un cristal turbio.

—Recuerdo la lucha para recuperar la batería de cañones —dijo Uriel. Repentinamente animado, dijo—. ¡Vaanes! ¡Luché con Ardaric Vaanes! ¿Está...?

—En una celda de la que ni siquiera una Callidus podría escapar —le aseguró Pasanius—. Shaan y Suzaku están ahora mismo interrogándolo.

—No hablará con ellos —dijo Uriel.

—No lo está haciendo —le confirmó Pasanius—. Dice que sólo hablará contigo.

Uriel asintió. No habría esperado menos del renegado, pero aun así no estaba seguro de cómo se sentía ante la perspectiva de enfrentarse nuevamente al guerrero que antaño había llamado «hermano de batalla», y que lo había abandonado a su suerte. Pero Vaanes estaba allí, y sus últimas palabras angustiaban a Uriel.

—Trataré con él más tarde —dijo, dejando a un lado el tema por el momento—. Tenemos preocupaciones más importantes ahora.

Pasanius pareció aceptar eso, y Uriel se estremeció cuando un instante del combate en la batería le vino a la mente.

—Vi a esa cosa, al guerrero con mi cara. Fue él quien me disparó.

—Es tan mal disparando como tú —dijo Pasanius, y Selenus gruñó, disconforme con tanta familiaridad.

—Esto no me parece que sea a causa de un mal disparo.

—Estás vivo, ¿o no? —apuntó Pasanius—. Estabas demasiado cerca para que el proyectil se activara, pero aun así te ha quedado una fea cicatriz.

—La cicatriz desaparecerá —dijo Locard, molesto porque su trabajo hubiera sido criticado—. El apotecario Selenus y yo tratamos de salvar el ojo, pero los daños sufridos eran demasiado severos. Tuve que sustituirlo por un implante mucho mejor, uno que he diseñado yo mismo.

—Mostrádmelo —dijo Uriel.

Locard sostuvo un espejo delante de él, y Uriel estudió con atención el pálido y aguileño semblante que le devolvió la mirada. Los rasgos eran más delgados de lo que recordaba. El ojo que le quedaba estaba hundido y mostraba la expresión de quien lleva una pesada carga. El trabajo de Locard había sido bueno. La prótesis había quedado moldeada en el interior del globo ocular para igualar la forma y la posición del ojo izquierdo. Mientras que un iris era del color gris de las tormentas, el otro brillaba con un frío y metálico tono azul.

—Es un buen trabajo —dijo Uriel, aunque la idea de haber perdido un ojo le dolía.

—Lo es —le confirmó Locard—, y mucho más eficiente que su predecesor. Ahora tenéis acceso a una amplia gama de longitudes de onda del espectro visual, una mejor percepción espacial, una conexión con el sistema de puntería del bólter más eficiente y, lo mejor de todo, la capacidad de capturar imágenes y almacenarlas.

—Gracias —dijo Uriel tratando de no quedar como un desagradecido.

A medida que era más consciente de su entorno, se dio cuenta que se encontraba en los niveles inferiores del Lex Tredecim. El vehículo se estaba moviendo, y su equilibrio mejorado le indicó que estaban moviéndose hacia abajo, en un ángulo de cuatro grados. En cuanto se formó ese pensamiento, un torrente de información apareció en el campo de visión de su ojo derecho.

Tres mil quinientos siete metros bajo el nivel de la superficie.

Posición local: Garganta de los Cuatro Valles. Nivel de precisión 94%.

Temperatura ambiente externa: 23 grados centígrados.

Nivel de luz exterior: 85 Lux.

Gradiente del contorno...

Uriel cortó el torrente de información con un pensamiento, sin ni siquiera saber que era capaz de hacerlo. Conocía la Garganta de los Cuatro Valles suficientemente bien. Era una de las cavernas subterráneas más grandes de esta región de Calth, una zona artificialmente creada que comunicaba con las Cavernas Draconi, un sistema natural de cuevas que se pensaba eran las más antiguas de Calth. Las leyendas locales decían que las Cavernas Draconi habían sido excavadas por la mítica serpiente que había horadado el lecho rocoso de Calth en la Antigüedad.

—La Garganta de los Cuatro Valles —dijo—. Estamos retirándonos. ¿La puerta cayó?

—Lo hizo —dijo Pasanius, apesadumbrado—. Utilizaron algún tipo de infección en las máquinas para que el sistema se volviera contra nosotros.

—Ésa sería tal vez una explicación muy simplista —añadió Locard—, pero por ahora bastará.

Uriel aceptó las palabras de Locard y se giró hacia Pasanius y Selenus.

—¿Cuál es el estado de nuestras fuerzas? ¿Están en condiciones de luchar?

—Están suficientemente bien —dijo Pasanius—. Conservamos el terreno elevado en los valles así como los puntos estratégicos. Esos cabrones van a dirigirse directamente a una zona de supresión en cuanto atraviesen la avalancha que el cañón principal del Lex les tiró encima. Las fuerzas auxiliares están preparadas, y nosotros tenemos a nuestros guerreros y a los del capitán Shaan desplegados donde es más probable que el enemigo nos golpee con mayor dureza, y la inquisidora Suzaku dice que tiene un par de sabios especializados que serán capaces de advertirnos de cualquier truco de la disformidad.

Pasanius hizo una pausa y miró al magos Locard.

—Y el magos tiene sus servidores de combate y los skitarii apostados para recibir lo más duro del golpe.

Uriel frunció el cejo.

—El enemigo utilizó nuestras propias máquinas contra nosotros en la puerta. ¿No podría volver a hacerlo? ¿Vuestros servidores y pretorianos no acabarán atacando a nuestros propios soldados?

Locard se frotó las manos, como si disfrutara ante la oportunidad de exponer su ingenio. Negó con la cabeza y una pictopantalla se iluminó con una ráfaga de interferencias que molestaban como un raptor enjaulado. Locard la estudió por unos instantes antes de apagar el volumen y girarla hacia Uriel.

—Hay un sacerdote del Mechanicum Oscuro entre nuestros enemigos. Sin duda uno muy hábil, pero ahora he tomado mis precauciones —dijo Locard—. Dispongo de parte de su código corrupto para estudiarlo, y, si viene de nuevo a por nosotros con su código impuro, se va a llevar una desagradable sorpresa.

—¿Puede garantizárnoslo? —insistió Uriel—. No voy a colocar sus fuerzas en la línea de batalla si no puede afirmar sin margen de error que lucharán por nosotros y no con el enemigo.

—Las máquinas están a salvo —le aseguró Locard—. Le doy mi palabra de sacerdote de Marte.

Pasanius sostenía las armas de Uriel, quien las tomó agradecido. Se ciñó la vaina de la espada y enfundó la pistola. Armado una vez más, se sintió como un verdadero guerrero del Emperador, y recorrió con la mano la recién afeitada calva.

—No disponemos de mucho tiempo antes de que nos ataquen los Guerreros de Hierro —dijo dirigiéndose hacia las puertas de la enfermería—. He de salir de aquí y estudiar el terreno.

Pasanius y Selenus lo siguieron, pero Uriel se detuvo de golpe al ocurrírsele una idea.

—¿Alguna noticia de Learchus?

Pasanius negó con la cabeza.

—No —dijo—. Nada. No sabemos nada de él.