Doce

Esa noche el bar estaba muy concurrido. Cawlen Hurq se había asegurado de ello. El zumbido de las conversaciones y el olor a sudor y alcohol eran muy fuertes. Casi un centenar de personas llenaban el bar, y sus conversaciones se confundían en un estridente vocerío. Cawlen tenía seis hombres armados entre los clientes, y dentro de lo que en Barbadus podía considerarse seguro, ese lugar lo era. Pascal Blaise estaba sentado en un reservado en la parte trasera, acariciando un vaso de raquir y preguntándose qué le había hecho pensar que ésa era una buena idea.

—No va a venir —insistió Cawlen—, no si tiene un ápice de sentido común.

—Va a venir —replicó Pascal—. Tenemos algo que desea.

—¿Qué te hace pensar que tiene algún interés en ella?

—Estuvo en su casa —dijo Pascal, tomando un trago—. La estaba buscando.

—¿Y? Eso no significa nada.

Pascal sabía que Cawlen tenía razón. No había razón alguna para pensar que Daron Nisato vendría al bar, excepto que Pascal sabía que lo haría. Daron Nisato, de todos los hombres y mujeres que habían dejado los Falcatas, era la única persona que Blaise consideraba que tenía algo de honor. Sabía con certeza que Nisato no había estado presente en la masacre del Campo de la Muerte, y había hecho todo lo que pudo para tratar de averiguar la verdad de lo sucedido.

Pascal estudió las caras que llenaban el bar, recordando la última vez que había estado allí y al soldado de los Falcatas Achamán que se había comido el cañón de su pistola. Las manchas de sangre habían sido limpiadas del techo, pero Pascal todavía podía ver el impacto del proyectil en una de las vigas.

—La culpa puede ser una gran motivación —susurró.

—¿Qué? —preguntó Cawlen—. ¿Has dicho algo?

—No, sólo pensaba en voz alta —replicó Pascal.

Cawlen miró alrededor, con los nervios a flor de piel.

—Esto no me gusta. ¿Y si Nisato aparece con una docena de agentes? Todo lo que hemos logrado en los últimos diez años no habrá servido para nada.

—No lo hará.

—Eso no lo sabes. Es demasiado arriesgado.

Cawlen tenía razón, era arriesgado. Allí estaba expuesto. Había un ambiente generalizado de miedo y resentimiento en el bar. Podía notarlo en las conversaciones demasiado ruidosas e incluso en las ligeramente forzadas risas. Podía sentir el miedo de la gente, y sabía que parte de ese miedo era a causa de él.

Tenían miedo de lo que pudiera suceder por el hecho de que él estuviera allí.

Hubo un tiempo en que esa gente habría hecho lo que fuera por él: ayudar a sus guerreros de la libertad, proporcionarles comida, refugio e información, pero los tiempos habían cambiado, y diez años de miseria y dificultades habían endurecido numerosos corazones y erosionado considerablemente la buena voluntad que habían heredado de Sylvanus Thayer.

La gente estaba cansada de guerra y no podía culparlos por ello.

Él también estaba cansado.

Lo irónico era que él no odiaba al Imperio. Durante la mayor parte de su vida adulta había servido lealmente al Trono Dorado, realizando su propia contribución al bienestar de la humanidad. Entonces llegaron los Falcatas, con el odio instalado en sus corazones y sangre en sus espadas, y las clavaron en el propio corazón de su mundo.

Una década más tarde, Pascal Blaise había perdido los mejores años de su vida luchando contra los soldados de un Emperador al que había jurado servir, pero estaba luchando contra ellos, no contra lo que representaban.

Pascal no era tan ingenuo como para pensar que podía ganar, pero se había dado cuenta de que su lucha no tenía nada que ver con la victoria y mucho con la justicia. Los culpables tenían que pagar. Era tan simple como eso. Los culpables tenían que pagar, y el orden natural de la justicia debía ser restaurado. Se dio cuenta de que todas y cada una de las batallas libradas no habían sido nada más que eso.

Sí, Cawlen tenía razón, era arriesgado, pero estaba cansado de matar, y si ese gesto podía ser el principio del fin, valía la pena asumir el riesgo.

—Aquí está —dijo Cawlen, tensándose en su silla. Su mano se deslizó hacia la pistola oculta bajo su capa.

—Descansa, soldado —lo avisó Pascal—. No estamos aquí para ser violentos, y, por lo que parece, él tampoco.

Daron Nisato acababa de entrar en el bar. Su expresión era cauta y desconfiada. Las conversaciones bajaron de volumen en cuanto atravesó el dintel de hierro que servía de entrada y se aproximó al la barra. Pascal observó mientras los ojos del agente estudiaban a los clientes con la mirada de un profesional, separando las amenazas de la paja.

El agente no sabía cuál era el aspecto exacto de Pascal, pero sus ojos se fijaron en él y se quedaron mirándolo.

—Es bueno —dijo Pascal mientras Nisato empezaba a atravesar el bar en dirección al reservado—. Eso tienes que admitirlo.

Cawlen gruñó y salió del reservado en cuanto Nisato se aproximó. El agente se detuvo junto a la mesa.

—Supongo que usted es quién me envió el mensaje.

—Lo soy —le confirmó Pascal—. Siéntese.

Nisato miró a Cawlen.

—Quizá lo haga, si envía lejos a su matón. Me causa urticaria, y si sus manos se acercan un milímetro más al arma que lleva bajo la capa, se las arrancaré.

—Puede tratar de hacerlo —gruñó Cawlen.

—Deme un motivo —respondió Nisato, cuadrándose junto al hombretón.

Pascal hizo tintinear su vaso contra la botella que había en la mesa.

—¿Podemos simplemente asumir que hemos pasado por el punto de las amenazas sin sentido de esta conversación, por favor? Cawlen, retírate. Señor Nisato, siéntese.

Cawlen Hurq se alejó del reservado a regañadientes y Nisato se deslizó en el banco opuesto al de Pascal. El agente lo miró y Pascal no pudo decidir qué emociones estaban más intensamente reflejadas en el rostro del tipo. Nisato era un hombre guapo, de piel oscura y con una nariz prominente. Pascal decidió al cabo que sus ojos eran viejos, pero ¿quién en Salinas podía afirmar que los suyos no lo eran?

—¿Ya ha acabado su inspección? —le preguntó Nisato, y Pascal sonrió.

—Le pido disculpas —se excusó Pascal—. No sucede a menudo que me siente tan cerca de un hombre cuyo máximo deseo es pegarme un tiro.

—¿Es eso lo que piensa?

—¿Usted no?

—De momento no, pero la noche es joven.

Pascal sirvió un vaso de raquir para Nisato y se lo pasó a través de la desgastada mesa de metal.

—No estaba seguro de si vendría —dijo Pascal.

—No estaba seguro de si debía hacerlo.

—Entonces, ¿por qué lo ha hecho?

—Porque… —empezó Nisato, y Pascal vio que estaba tratando de racionalizar para sí mismo el motivo por el que había venido—. Porque alguien tenía que hacerlo. Mesira no tiene a nadie más.

—¿Mesira? ¿Es ése su nombre?

—Sí. ¿No lo sabía?

—No. No ha dicho demasiado que tuviera sentido desde que la encontramos.

—¿La encontraron? ¿No se la llevaron de su casa?

—No, ella estaba vagando por las calles de Desguace, gritando y arañándose el cuerpo.

Nisato frunció el ceño. Evidentemente no había considerado la posibilidad de que la mujer hubiera salido de la casa por su propio pie. Su primera idea había sido pensar en un secuestro.

—Si quiere mi opinión, está loca —aventuró Pascal.

—Si le han hecho daño…

Pascal movió la mano tranquilizadoramente.

—Pues claro que no le hemos hecho daño. Cualquier daño que presente se lo ha hecho ella misma.

—¿Qué quiere decir?

—Sólo lo que he dicho —replicó Pascal—. Estaba en un estado bastante lamentable cuando la encontramos.

Nisato se reclinó hacia atrás y tomó un sorbo del vaso de raquir.

—¿Cómo sabía que la estaba buscando? Su mensaje era bastante específico.

—Oh, vamos, ésta era mi ciudad antes de que fuera suya. La gente me cuenta cosas. El jefe de seguridad yendo a visitar a la bruja no es algo que pase desapercibido. ¿Por qué la estaba buscando?

—Por nada que le importe.

—¿Es su mujer?¿Es que al jefe de seguridad le gusta hacérselo con una mujer peligrosa?

Nisato soltó una sonrisa sarcástica.

—Ya se lo he dicho, no le importa.

—Está bien —dijo Pascal, juntando las manos.

Era evidente que el agente estaba luchando por mantener la calma, y Pascal decidió que ya era hora de acabar esa etapa de acoso. Inspiró profundamente antes de seguir hablando

—¿Quiere que le diga la verdad? Esa mujer no significa nada para mí. Cualquier otro día la habría dejado en la calle para que muriese, pero sabía que esa mujer significaba algo para usted.

—Así pues, quiere un favor a cambio, ¿no es así? ¿Chantaje?

—No, nada por el estilo —replicó Pascal.

—Entonces, ¿qué?

Pascal se cernió sobre la mesa y puso una mano sobre el brazo de Nisato. El agente lo miró como si se tratara de una serpiente venenosa.

—Quiero que acaben las muertes —declaró Pascal—. Quiero acabar esta mugrienta y sucia guerra con honor, y si ayudándole me compro un poco de buena voluntad, estoy dispuesto a hacerlo.

Nisato trató de esconder su sorpresa y no lo logró.

—¿Es éste un gesto de buena voluntad?

—Exactamente —dijo Pascal, reclinándose hacia atrás.

Nisato consideró durante unos instantes lo que acababa de oír, y Pascal vio que la idea parecía satisfacerlo.

Permaneció en silencio, sintiendo que entrometerse en los pensamientos del agente sería un error.

Finalmente, Nisato se inclinó hacia delante.

—Lléveme junto a ella.

—Esto no me gusta —dijo Verena Kain—. Ni una pizca.

—El gobernador Barbaden no comparte sus recelos —afirmó Uriel.

—El gobernador Barbaden —replicó ella con un poco apropiado énfasis en el título—, ya no dirige a los Falcatas Achamán. El regimiento está bajo mi mando y estoy en mi derecho decidir lo que es aceptable y lo que no.

—Por lo que tengo entendido, los Falcatas Achamán ya no existen como regimiento en servicio, ahora han sido designados como Fuerzas de Defensa Planetaria —dijo Uriel, incapaz de resistirse al envenenado comentario—. Y como tales, están bajo el mando del gobernador Barbaden.

Kain lo atravesó con la mirada y Uriel sintió una culpable satisfacción por su rabia. Junto a él podía sentir la torva diversión de Pasanius ante el malestar de la coronel Kain.

—Según tengo entendido, han sido exiliados de su capítulo.

—Sí, pero estamos de regreso a casa —asintió Pasanius—. Los Falcatas siempre serán FDP.

Uriel trató, sin éxito, de esconder una sonrisa cuando Kain se giró furiosamente sobre los talones y se alejó de ellos para dirigirse a su ayudante, un hombre de aspecto cansado que se llamaba Bascome. Desde que Uriel se había encontrado con Verena Kain, ésta le había parecido amargada y rencorosa, como si de alguna forma él la ultrajara con su mera existencia. Desde que oyó hablar de la masacre que había tenido lugar en Khaturian, el Campo de la Muerte, como se la conocía, tenía poca paciencia para Kain o su malhumor.

Uriel se olvidó de Kain mientras observaba como algunos servidores y los pocos visioingenieros que quedaban de los Falcatas preparaban las conexiones de los generadores.

El aire en el hangar de vehículos de las Águilas Aullantes era frío y estaba cargado de olor a metal y electricidad. Un par de tanques de batalla Leman Russ vomitaban aceite y humo, con unos cables flexibles en espiral serpenteando debajo de sus cascos hasta un expectorante generador.

Uriel no prestó atención a las poderosas máquinas de guerra. Su interés estaba firmemente centrado en la armadura situada en el centro del hangar. Su superficie había sido limpiada y retornada a su anterior gloria por los artesanos de Leto Barbaden y, como el último guerrero en pie después de una batalla, la armadura permanecía en pie, inmóvil.

El generador de la mochila no conservaba ni pizca de energía, y ninguna solución intentada por los adeptos del palacio había servido para restaurarla. Pasanius había sugerido que tal vez los generadores militares y sus conexiones tuvieran más posibilidades, y tras una petición al gobernador Barbaden, un convoy de vehículos había atravesado la ciudad hasta el campamento de los Águilas Aullantes.

Los visioingenieros que había allí se habían volcado a trabajar en el problema, y su solución había sido elegantemente ingeniosa: Los cargadores de los sistemas eléctricos de un Leman Russ se habían adaptado para accionar un poderoso generador a través de un transformador calibrado manualmente, lo que permitiría a un visioingeniero ajustar el suministro de energía a un nivel que el generador de la armadura pudiera utilizar.

Al menos ésa era la teoría. Si funcionaría o no era algo totalmente distinto.

Uriel se obligó a mantenerse en calma mientras observaba como los visioingenieros trabajaban, disfrutando de su aparente satisfacción por su labor. Sólo podía esperar que su competencia igualara a su entusiasmo.

Pasanius permanecía a su lado, resplandeciente e impresionante con su limpia y pulida armadura y un bólter fuertemente asido en su guantelete, como si de un talismán se tratara. Los artesanos del palacio habían hecho un trabajo magnífico reparando los daños que había recibido en Medrengard, y Uriel sintió un gran orgullo al ver las brillantes placas de la armadura de su amigo.

Su hombrera izquierda había sido repintada con el símbolo de los Ultramarines y la corona de laurel. Su aspecto era hasta el último milímetro el de un héroe ultramarine.

La armadura del centro del hangar también había sido repintada con los colores de los Ultramarines, aunque Uriel había tenido la precaución de mantener en el casco los colores de los Hijos de Guilliman. No hacerlo así hubiera supuesto un insulto a la herencia de los guerreros que la habían llevado antes que él, y Uriel no deseaba que la armadura fallara en batalla por una falta de respeto hacia ella.

—¿Crees que esto funcionará? —le preguntó Pasanius.

Uriel consideró la pregunta antes de responder.

—Lo hará —dijo.

—Pareces terriblemente seguro.

—Lo sé, pero no puedo creer que la armadura nos hubiera atraído hacia ella si no fuera a funcionar.

Pasanius simplemente asintió y Uriel comprendió que su amigo había sentido una atracción similar hacia la armadura en la Galería de Antigüedades. Algunas cosas simplemente se sentían en los huesos, y aunque iba contra el entrenamiento de Uriel creer en cosas que no se podían ver y tocar pero que sabía que eran reales, estaba seguro que estaba predestinado a llevar esa armadura.

—Estamos preparados para empezar —anunció Imerian, uno de los visioingenieros, un ser híbrido de carne y metal que iba vestido con ropajes rojos y cuyos brazos habían sido parcialmente potenciados. Uriel sintió como sus músculos se tensaban y caminó hacia la armadura.

—Volverás a la vida —le dijo, colocando la mano sobre el centro del águila dorada de su placa pectoral

—Capitán Ventris —lo avisó Imerian—, debería alejarse de la armadura. Si no somos capaces de calibrar el flujo de energía correctamente, sería recomendable estar a una distancia segura del generador. La ceramita crea una metralla letal.

Uriel asintió y retrocedió unos pasos alejándose de la armadura hasta situarse junto al resto del personal tras una barricada rápidamente levantada con sacos de arena. Imerian desenrolló un trozo de cable de una pesada caja de madera con refuerzos de bronce que cargaba un servidor de aspecto torvo y realizó una serie de complejos ajustes de última hora en los diales de la parte frontal de la caja.

Finalmente pareció satisfecho con los arreglos y sus dedos presionaron un grueso dial negro en el centro del transformador.

—¿Coronel Kain? —dijo Imerian—. Estamos preparados.

Kain lanzó una amargada mirada de resignación a Uriel y asintió brevemente.

—Proceda.

El visioingeniero hizo una señal a los tripulantes que estaban sentados sobre el casco de los tanques Leman Russ y sus motores cobraron vida con un atronador rugido que hizo temblar el polvo en el techo del hangar.

Una crepitante sensación eléctrica recorrió el aire y un creciente zumbido, como el repiqueteante latido que retumba en el núcleo de una nave estelar, surgió de la caja que sostenía el servidor.

Imerian trabajó febrilmente en los diales mientras las agujas saltaban, aproximándose las secciones rojas de la parte derecha de los indicadores.

Del transformador saltaron chispas e Imerian se estremeció. El zumbido de la caja se convirtió en un gemido y Uriel sintió un instante de miedo al preguntarse si algo había ido terriblemente mal en el proceso.

Miró por encima de la barrera de sacos de arena y vio las lentes rojizas del casco brillando llenas de energía.

—Ha funcionado —gritó.

Una sutil vibración atravesaba la armadura, un milagroso sentimiento de despertar que hizo que el corazón de Uriel se alegrara. Salió de detrás de los sacos de arena y atravesó el hangar pese a los gritos de alerta de Imerian.

Uriel sabía que no tenía nada que temer del renacimiento de esa armadura, pues era su propio reflejo.

En el tiempo que había pasado alejado de los Ultramarines no había estado completo, pero al igual que la armadura había renacido para su sagrado propósito, también él lo había hecho.

Uriel sonrió, y el brillo de los visores del casco se reflejó en él.

Daron Nisato siguió a Pascal Blaise por unas escaleras metálicas hacia la parte superior del bar. Sus pasos resonaron fuertemente en el metal, y se preguntó por los caprichos del destino que le había hecho acabar respirando el mismo aire que Pascal Blaise sin arrastrarlo hacia el cuartel de las fuerzas de seguridad.

Si Blaise iba en serio en lo de iniciar un diálogo entre los Hijos de Salinas y las autoridades imperiales, podría ser el principio del fin de la sangría que había asolado las calles de Barbadus y un nuevo renacer para Salinas.

Blaise abrió una oxidada puerta de hierro y condujo a Nisato a una larga habitación con un puñado de camas alineadas a lo largo de una de las paredes y un escritorio en la otra. Una única ventana permitía ver la ciudad de Barbadus. Mesira Bardhyl estaba sentada en una de las camas, con las rodillas apretadas contra el pecho y los brazos enlazados a la altura de las espinillas. Llevaba un vestido blanco sin forma y sus brazos estaban cubiertos de vendas.

Nisato tomó asiento en la cama, junto a Mesira, y le levantó la barbilla, comprobando que sus ojos estaban vidriosos y muy lejos de allí.

—¡Por la sangre del Emperador! ¿Qué le ha sucedido?

—Así es básicamente como la encontramos —le explicó Pascal Blaise—, excepto por el hecho de que estaba desnuda.

—¿Desnuda?

—Como ya le he dicho, creo que está loca.

Nisato había visto la misma mirada perdida en la cara de muchos soldados, la destrozada mente tras esos ojos ya no era capaz de resistir al trauma que la había aniquilado, y no le quedó más remedio que estar de acuerdo con él.

—¿Mesira? —la llamó—. ¿Puedes oírme? Soy Daron Nisato. Estoy aquí para llevarte a casa.

Ella se mecía adelante y atrás y movía acompasadamente la cabeza.

—No —murmuraba—. No puedo ir a casa. No tengo ninguna casa a la que regresar. La quemé. La quemé totalmente. Él ha venido a por nosotros. No nos dejará ir. Nos castigará por lo que hicimos.

—Mesira, ¿de qué estás hablando?

—El doliente… Él viene a por nosotros —sollozó Mesira. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas—, a por todos nosotros, a por los que estuvimos allí.

Nisato miró en vano a Pascal Blaise. El hombre estaba pálido y con los ojos desencajados.

—¿Sabe de qué está hablando? —le preguntó Nisato—. ¿Quién es el doliente?

—El doliente —repitió Mesira—. Lo veo todo el tiempo… Está quemado, negro y muerto. Sin embargo, sus ojos… Sus ojos son de fuego y él arde. ¡No! No con fuego, no, no con fuego sino con rabia.

—Maldito sea, Blaise —le espetó Nisato, levantándose de la cama y dirigiéndose hacia el líder de los Hijos de Salinas—. Dígame lo que sabe. ¿Quién es el doliente?

Pascal Blaise tragó con dificultad y miró hacia Cawlen Hurq, que estaba de pie en la entrada.

—Es como solíamos llamar al viejo —dijo Blaise—, a Sylvanus Thayer.

—¿El líder de los Hijos de Salinas que le precedió?

—Sí —asintió Blaise.

—Pero él está muerto, ¿no es así? —preguntó Nisato—. Resultó muerto tras la Masacre Khaturiana.

Blaise no respondió inmediatamente y Nisato insistió.

—¿Está muerto?

—No —dijo Pascal—, no lo está.

El sargento Tremain recorrió los muros del campamento de los Águilas Aullantes, saludando con la cabeza y cruzando algunas palabras con los centinelas a medida que avanzaba. El rifle colgaba indolentemente de su hombro y su falcata era una presencia tranquilizadora al cinto, con la funda golpeándole la pantorrilla al ritmo de sus zancadas. Se sentía bien armado como un soldado normal, el familiar peso del arma que se le había asignado en su viejo mundo natal de Achamán.

Su viejo mundo natal…

Tremain apenas podía recordar el mundo que lo vio nacer, excepto que era más templado, más bello y más interesante que esta fea roca. Sus recuerdos estaban teñidos de rosa, lo sabía. Los recuerdos que todos los soldados tenían de su hogar lo estaban, pero incluso aceptando eso, todavía sentía el especiado aroma del aire y las doradas puestas de sol en el rojizo cielo.

Sonrió ante sus inusualmente poéticos pensamientos y se detuvo junto a una torreta de esquina, una construcción en forma de caja de hormigón reforzado y protegida por una capa de malla metálica para repeler las cabezas explosivas. La torreta vigilaba la tierra de nadie que se extendía por delante del complejo y disponía de dos cañones automáticos que sobresalían por las troneras para cubrir la carretera que procedía de los suburbios de Barbadus.

La noche era tranquila, aunque el rugir de los motores y el eterno zumbido eléctrico procedente del hangar de los vehículos era una molestia poco habitual. Los dos marines espaciales que habían encontrado, a Tremain no le gustaba la palabra detenido, estaban junto a la coronel Kain. Hacían algo relacionado con recargar una armadura, aunque realmente no entendía de qué iba todo aquello.

Todo lo que sabía era que no le gustaba. Al sargento Tremain no le gustaba nada que alterara el statu quo, y sospechaba que esos dos guerreros atraían los problemas desde que puso los ojos en ellos en el interior del área de exclusión del Campo de la Muerte.

Su sospecha se confirmó cuando Uriel Ventris le mintió en el Chimera.

Tremain cambió el peso del rifle sobre su hombro y miró por encima del parapeto para observar la humeante silueta de Barbadus, creciendo como un tumor enfermizo en el paisaje. De todos los mundos a los que podían haber sido enviados para conquistar, ¿por qué tenían que haber ido a parar a éste?

Era estúpido exponerse de esa forma, pero aumentaba su reputación entre los hombres como persona que no se preocupaba demasiado por la amenaza que representaban los Hijos de Salinas.

—Será mejor que vigile, sargento —dijo uno de los centinelas del muro—. No querrá que un francotirador le vuele la cabeza.

—No te preocupes por mí, chaval —dijo—. Los Hijos de Salinas pueden ser duros guerreros, pero no son soldados y no tienen ningún tirador que merezca siquiera esa denominación por el que tengamos que preocuparnos.

El centinela sonrió y prosiguió su ronda. Cuando Tremain consideró haber esperado suficiente, bajó la cabeza. Estaba muy bien ser displicente respecto a los Hijos de Salinas, pero el destino tenía un extraño sentido del humor en relación al orgullo desmedido, y podría ser su destino que le sucediera precisamente eso y un disparo de francotirador le volara la cabeza.

Tremain prosiguió su ronda, comprobando que su mirada se veía constantemente atraída por las montañas, que ya no eran más que una serrada línea oscura en el horizonte. Recordaba las montañas iluminadas por las llamas de Khaturian y se estremeció. No había pensado en el Campo de la Muerte en muchos años. Trató de alejar sus pensamientos de ese día tanto como le fue posible, pero había un extraño sentimiento de desasosiego en el aire de la noche, un desasosiego que le hacía pensar en vergüenzas pasadas y que lo había conducido lejos del calor de los barracones para vagar por los muros del campamento.

Tal vez no era más que la presencia de los marines espaciales lo que lo ponía nervioso, pues no había duda alguna de que los informadores de los Hijos de Salinas ya les habían pasado la noticia de la llegada de combatientes enemigos, aunque algo le decía que, fuera lo que fuese lo que sentía, tenía más que ver con el pasado que con el aire que se respiraba esa noche.

Tremain se detuvo y miró hacia la bandera que oscilaba y chasqueaba muy por encima de los muros, con el águila dorada aullando resplandeciente contra el campo carmesí. La visión de la feroz águila solía llenar de orgullo a Tremain, pero, ahora, cada vez que la miraba, sentía una curiosa mezcla de tristeza y pesar.

La torreta en la esquina norte del campamento zumbó cuando sus sistemas hidráulicos se movieron, y Tremain tiró de su rifle y comprobó rápidamente la carga. Se puso en marcha con paso rápido, no deseando parecer demasiado preocupado pero ansioso por saber qué había alertado a los artilleros.

La parte posterior de la torreta se suponía que debía estar sellada, pero algunas partes habían sido utilizadas para reparar un Leman Russ dañado, por lo que Tremain pudo asomarse al interior. Dos artilleros se sentaban en incómodos asientos de metal ante una resistente consola de control de fuego y parpadeantes pictopantallas. Oleadas de estática recorrían las pantallas, dejando ver intermitentemente una oscilante imagen del área de fuego de las armas.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Algo que se mueve?

Un artillero permaneció inclinado sobre una de las pantallas mientras el otro se volvía hacia él con una mirada de confusión plasmada en su cara.

—No estamos seguros, sargento —dijo el artillero—. Pareció como si hubiera una multitud reuniéndose al límite del campo de visión, pero entonces…

Las palabras del hombre quedaron flotando en el aire, y, como no continuaba, Tremain insistió:

—¿Y entonces, qué?

—Desapareció —afirmo el artillero—. En un instante parecía que estaban allí y al siguiente habían desaparecido, y entonces los sistemas de puntería se volvieron locos.

Eso era totalmente cierto. La pictopantalla era un amasijo de imágenes granuladas sin sentido, los altavoces zumbaban con aullidos de estática parecidos a los de un animal herido.

—Probablemente sea una avería del sistema —apuntó el otro artillero—. Cada día funcionan peor.

El sentido del peligro del soldado que había mantenido a Tremain vivo todos esos años le estaba gritando en los oídos que no era sólo una avería del equipo, sino algo mucho, mucho peor.

—Seguid con ello —dijo—, e informadme en cuanto volváis a tener una imagen nítida.

El artillero asintió y Tremain se alejó de la torreta para hacer una señal a varios centinelas del muro. Tuvo la tentación de hacer sonar la alarma, pero la coronel Kain le cortaría las pelotas si tomaba una decisión tan drástica sin pruebas de que realmente sucedía algo malo.

Media docena de soldados se unieron a él con las armas preparadas y envalentonados por su presencia. Tremain volvió a mirar por encima del muro después de bajar el visor de su casco, permitiendo que los potenciadores ópticos se ajustaran a la oscuridad.

El verde chillón de la visión nocturna hacía que todo pareciera borroso y fantasmagórico, y al principio no estuvo seguro de lo que estaba viendo, pues parecía demasiado ridículo para ser cierto.

El suelo frente al muro estaba cubierto de gente, miles de brillantes y resplandecientes personas que flotaban como bancos de nubes movidas por el viento. Parecía como si no se pudiera fijar la mirada en ellas, como si realmente no estuvieran allí, como si no fueran más que impresiones en la superficie del mundo.

Había algunas cosas moviéndose entre ellas, aunque eran cosas horripilantemente rápidas que se servían de la masa cambiante y brillante para ocultar su aproximación. Tremain parpadeó al ver de refilón una de esas cosas moviéndose por debajo de donde se encontraba, y se le heló la respiración ante ese horror.

Volvió a parapetarse detrás del muro, tropezando y cayendo sobre la espalda al saltar.

Algo golpeó de pasada a Tremain. Oyó el apagado gruñido de su visor al iluminarse de repente por el brillo de algo caliente y húmedo que lo golpeó en la cara. Cegado, trastabilló contra el muro y levantó el visor a tiempo de ver un gigantesco monstruo en cuclillas sobre el muro. Sostenía la cabeza de uno de sus soldados entre las manos. El cuerpo al que había pertenecido su trofeo estaba de rodillas, proyectando una considerable fuente de sangre arterial por los aires.

El asesino brillaba en la luz reflejada del campamento, su piel era horripilante, de un azul enfermizo y rosácea como la de un niño neonato. Su cabeza era una alargada y deforme masa de carne y huesos fundidos; sus ojos, como ardientes como tizones colocados en dos heridas abiertas en la carne de su cara, y unos dientes como cinceles surgían de sus mandíbulas. Tremain se puso nuevamente de pie, tratando desesperadamente de alejarse de esa abominación.

Había otras criaturas uniéndose a la primera, media docena o más, con sus elásticas extremidades izando sus malignos cuerpos con gran facilidad por encima del muro. El terror de Tremain creció y amenazó con volverlo loco mientras miraba sus inhumanos cuerpos, creaciones de pesadilla de un anatomista demente, amasijos de carne, huesos y músculos combinados en irracionales formas letales. Se oyeron algunos disparos, cegadores en la escasa luz, que fueron rápidamente seguidos de aullidos.

Centellearon las garras y los dientes. La sangre manó y los hombres murieron.

Tremain trató de empuñar su rifle, pero ya era demasiado tarde.

El señor de los sinpiel se agachó y lo partió en dos antes de que su dedo pudiera apretar el gatillo.