
A pesar de todo lo que le había contado el ingénito a Honsou sobre la Puerta de Guilliman, sobre su descomunal escala e increíble poder, éste se asombró al ver lo gigantesca que era aquella inmensa estructura. Era visible desde cincuenta kilómetros de distancia, como un reflejo de bronce en la cara de las montañas de color índigo, pero la magnitud de su tamaño no fue del todo evidente hasta que el ejército de los Nacidos de la Sangre escaló las escarpadas laderas de las Montañas del Crepúsculo.
Toda una ladera de la montaña había sido excavada para formar una gigantesca puerta, un abismo vertical tallado en la roca con las caras interiores esculpidas con decenas de miles de estatuas, relicarios, capillas y arcadas. La mayor de todas era la estatua dorada del capitán Ventanus, el salvador de Calth, que tenía cien metros de altura. La puerta se encontraba en lo alto de una amplia calzada de granito pulido que conducía a los desolados yermos de la superficie. Construido a dos mil metros de altura y comparable a cualquiera de las grandes puertas de Terra, era una pieza monumental de arquitectura defensiva. Los héroes de los Ultramarines se erguían sobre plintos con poses heroicas a lo largo de la calzada, con sus escudos y las cabezas alzadas hacia el letal sol.
Los guerreros kroot relucían con las secreciones aceitosas que les permitían respirar subidos a las estatuas y manchaban con sus excrementos las pálidas caras de mármol. Los mercenarios alienígenas graznaban con estridente placer ante su vandalismo, con la piel oscurecida por la influencia del mortífero sol de Calth. Los soldados mortales dispararon contra las estatuas con sus primitivas carabinas láser de cerrojo, mientras que los vehículos blindados las golpeaban por el flanco y las derribaban para hacerlas caer rodando hacia las llanuras inferiores.
La propia puerta estaba situada en el extremo más alejado de un abismo sin fondo, sus dos hojas, creadas a partir de dos gigantescos bloques de bronce y adamantium, se mantenían unidas por el centro mediante un par de símbolos entrelazados de los Ultramarines. Cada uno de los paneles mostraba una representación ridículamente pretenciosa de héroes de los Ultramarines donde mataban dragones, pielesverdes o demonios cornudos. Los búnkeres y los bastiones sobresalían de las caras interiores de la cueva, creando un área de defensa de la que apenas nadie sería capaz de salir con vida. Llegar hasta la puerta era una gesta, pero atravesarla requería mucho más que fuerza bruta.
Honsou estaba en la cúpula abierta de su Land Raider, con la empuñadura del bólter pesado del vehículo sostenida entre sus guanteletes. Se balanceaba con el movimiento del tanque, disfrutando de la sensación de poder que el vehículo le confería. Anteriormente ya había aplastado a los Ultramarines bajo sus orugas y esperaba ansioso oír los gritos agónicos de muchos más antes de finalizar este conflicto. Aunque no era una medida inteligente, su vehículo formaba parte de la vanguardia de los Nacidos de la Sangre, una caótica mezcla de poderosos tanques de batalla, transportes de tropas y de extrañas máquinas híbridas fabricadas por Votheer Tark y su cábala de magos lunáticos.
Por poderoso que fuera el tanque de Honsou, era como una hormiga ante un grox en comparación con el vehículo que atronaba por encima de los desiertos de cuarzo de Calth por detrás de él, un leviatán con orugas hecho de acero e hierro negro. Con una altura de cien metros, su estructura básica tenía la forma característica de una raza que anteriormente se había contado entre los aliados del Imperio, hasta que fue traicionada y condenada a su extinción. Antaño, estas fortalezas móviles habían luchado por el Emperador Carroñero, pero ahora, en esta era oscura, servía a los guerreros de los Dioses Oscuros.
Este leviatán era la Basílica Negra, y aquellos soldados de los Nacidos de la Sangre que no disponían de respiradores viajaban en el interior de su casco blindado y cubierto de aceites. De ese casco sobresalía un cañón gigantesco, mientras sus niveles inferiores estaban cubiertos de alambres de espino electrificados y cubiertos de suciedad. Era tanto el atronador símbolo de una sanguinaria destrucción como un ídolo y un templo a los Poderes Ruinosos.
El adepto Cycerin viajaba en el interior de la Basílica Negra, con su apestosa cuba de fluidos trasladada desde el strategium del Raza Guerrera hasta su puente de mando, donde sus mecadendritos se habían conectado a los sistemas hasta el punto que no se podía diferenciar al magos de la máquina.
Varias decenas de miles de Nacidos de la Sangre seguían a la Basílica Negra, una hueste como ninguna otra que la legión de Honsou hubiera comandado desde la derrota de Horus Lupercal. Miles de mutantes, de mercenarios alienígenas, de piratas, de astartes renegados, de parias, de monstruos, degenerados y criminales permanecían atentos a sus órdenes para desencadenar un infierno sobre el mayor símbolo del Imperio.
Incluso cuando Abaddon emergió del Gran Ojo con sus huestes, los Guerreros de Hierro habían luchado formando bandas aisladas, temerosas de verse arrastradas a otro desastroso conflicto que los condujera a la derrota bajo el rodillo de la venganza imperial.
En esta ocasión, Honsou se encargaría de que uno de los pilares de ese Imperio fuera destruido.
Uriel estaba tendido en la argéntea camilla de la cubierta médica del Lex Tredecim, mirando las líneas lumínicas del techo. Mientras, el magos Locard estaba ocupado con una serie de armazones metálicos que tenían el aspecto de pertenecer a una docena de ramas de tecnologías alienígenas. Un cable extensible emergió de una caja cuando las mecadendritos del magos Locard activaron el conector para permitirle conectarse con la clavija de entrada en la parte posterior del cuello de Uriel.
Normalmente esta clavija permitía a los sentidos automatizados de su armadura interconectarse con su físico genéticamente potenciado, proporcionando a Uriel una percepción de la situación mucho más intuitiva y más reactiva ante el peligro.
—¿Estás seguro de esto? —le preguntó Pasanius inclinándose sobre la mesa para mirarlo.
—El enemigo está a las puertas —dijo Uriel enfáticamente—. Contra cualquier otro, no albergaría ningún temor, pero los Guerreros de Hierro son unos maestros en el arte del asedio, y Honsou está dominado por el odio y el ansia de venganza. Así pues, sí, estoy seguro.
Pasanius observó a Learchus, y Uriel se emocionó por su preocupación, pero lo que había dicho era cierto. Si arriesgar su vida de esa manera podía ayudarles en la batalla que se avecinaba, entonces estaba más que dispuesto a permitir que Locard intentara alcanzar los recuerdos heredados que estaban enterrados en lo más profundo de su cerebro.
—No me gusta —insistió Pasanius—. No es algo natural.
—No me pasará nada —le contestó Uriel tratando de parecer tranquilo.
—Pero ¿y si te pasa?—dijo Pasanius—. ¿Quién mandará la Cuarta Compañía?
Uriel giró la cabeza para mirar a Learchus.
—Learchus ya lo ha hecho una vez anteriormente, y si es necesario lo volverá a hacer.
Learchus negó con la cabeza.
—Quiero llegar a ser capitán, pero no de esta forma.
—Yo dije lo mismo cuando Idaeus murió —le respondió Uriel—, pero he aprendido que a la vida le importa muy poco lo que queremos o lo que nos merecemos.
Pasanius gruñó y señaló con el pulgar las zumbantes cajas de circuitos.
—A mí no me parece que sea seguro. Tienen un aspecto demasiado alienígena para mi gusto.
—Lo es —dijo el magos Locard sin girarse—. Buena parte de ellas utilizan tecnología recuperada de entre las ruinas de Golgotha tras la derrota de los pielesverdes.
—¿Es tecnología de los pielesverdes? —exclamó Pasanius—. ¿Lo ves? ¡Ya te dije que no parecía seguro!
—No, sargento Pasanius —dijo Locard—. Es mucho más antigua que eso, son vestigios de la raza que los pielesverdes exterminaron al reclamar Golgotha. Tranquilícese, su capitán está en buenas manos.
Uriel esperaba que Locard tuviera razón, pues las mecadendritos habían acabado su manipulación de la clavija y oscilaban por el aire hacia él mientras el magos se le aproximaba.
—¿Está preparado, capitán Ventris? —le preguntó Locard.
—Lo estoy. ¿Cuánto tiempo le tomará? —quiso saber Uriel.
—Es pura especulación, pero no demasiado —dijo Locard mientras la clavija se encajaba limpiamente en el conector de su cuello—. Los sujetos experimentales experimentaron una recuperación de memoria en pocos segundos. Sospecho que esto no será muy diferente.
El conector de su cuello parecía muy frío y hubo un instante en que notó un sabor metálico en la boca, como si una corriente eléctrica de bajo nivel lo recorriera. Había oído el clic de la conexión y el zumbido de los ganchos de sujeción cerrándose alrededor de la conexión abierta en su cráneo. Una adormecedora frialdad lo asaltó mientras las fibras invasivas se entrelazaban con su córtex cerebral.
La inquisidora Suzaku apareció en su visión periférica. Uriel no la había oído entrar en la bodega médica.
—Voy a estar observando —dijo ella—. Por si se manifiesta alguna cosa aparte de los recuerdos de la criatura.
—Comprendo —dijo Uriel viendo la firme decisión en los ojos de Namira Suzaku.
Locard se inclinó sobre él. Lo que quedaba de sus rasgos orgánicos luchaban por ocultar la emoción que sentía por utilizar esta tecnología de una forma tan singular.
—¿Podemos empezar? —le preguntó.
—Adelante —dijo Uriel.
Oyó un ligero chasquido, y un terrible dolor le golpeó el cráneo, mientras los reprimidos horrores se apresuraron a llenar todos los rincones de su mente.
El dolor es intenso, como un agudo pinchazo que te hace llorar de agonía. Él cierra los ojos y trata de recordar alguna cosa buena, algo placentero, pero no queda nada. Todo lo que recuerda ahora es el dolor y la degradación. Recuerda jaulas, látigos y la brutalidad sin sentido, hasta tal punto que los que comparten su jaula a veces se vuelven los unos contra los otros.
Todo lo que conoce es el dolor, el hambre y la enfermedad.
La nave espacial era un ataúd de metal, sin mamparos. Y las pesadillas conducen a docenas de ellos hasta la locura y el suicidio. Apenas queda un puñado, aunque no puede recordar cuántos eran al empezar ese terrible viaje. Viven en la oscuridad, alimentados con sobras y subsistiendo gracias a la condensación que lamen de las frías paredes de hierro.
Y pese a todo este horror, la nave espacial es un paraíso comparado con el sofocante infierno de la caverna. Él trabaja duro día y noche en esa morgue llena de cadáveres, alimentando con extremidades destrozadas y cuerpos ensangrentados las rechinantes máquinas que aúllan ansiosas de sangre y criban los valiosos bocados. Sus amos lo azotan y castigan con hojas afiladas, desollándole la piel de la espalda y lamiéndole la sangre con sus filos.
Son mucho más grandes que él, unas horripilantes criaturas de la disformidad con cuerpos esqueléticos tan mutilados por la cirugía que semejan poco más que remendadas creaciones. Recorren la caverna sobre extremidades como cuchillas y con sus cabezas encastadas en armaduras de bronce, hablando roncamente en su inconexo lenguaje mezcla de máquina y gótico fragmentado.
Sus ojos son fríos y llamarles la atención significa la muerte segura.
Se autodenominan «los mortuarios bestiales».
Sabe que ellos pronto lo matarán, al igual que sabe que se alegrará de que llegue ese día.
Empuja una pesada camilla cargada de cuerpos hacia las máquinas trituradoras. Otros chicos han sido arrastrados hacia las máquinas y han muerto, aunque él piensa que algunos han saltado deliberadamente. Él piensa hacer lo mismo. Cualquier cosa será preferible a esta pesadilla.
Otro chico empuja la camilla junto a él, pero no sabe cómo se llama. Piensa que puede haberlo conocido alguna vez, pero nada permanece en su memoria, a excepción de su existencia bañada en sangre. Ambos empujan la camilla hacia el pozo que conduce a las chirriantes profundidades y la levantan hasta que los cadáveres resbalan y desaparecen entre los retumbantes martillos de las máquinas. La carne explota y los huesos se parten. Los rodillos gruñen de placer por el festín.
El otro chico se gira para mirarlo y dice algo, pero está demasiado entumecido para oírlo.
—Samuquan —dice el chico.
¿Samuquan? ¿Será ése su nombre?
Pensando que puede serlo, se gira hacia el chico, y ve como en un espejo su misma entumecida desesperación en sus ojos.
—¿Qué? —le pregunta.
—Vamos —dice el chico señalando hacia el pozo—. No puedo soportar esto ni un segundo más.
—¿Qué? —pregunta nuevamente él, con el cerebro demasiado lento para procesar las palabras que escucha.
—Hagámoslo juntos —solloza el otro chico cogiéndole la mano.
Él mira la mano aturdidamente, sin verla en realidad, y totalmente incapaz de dilucidar el sentido de las palabras del chico. Éste lo mira suplicante pero él no puede moverse, no puede hacer nada.
Entonces, por encima del chirrido de los martillos de carne les llega el sonido de unos pasos punzantes, el sonoro y metálico ruido de unas piernas arácnidas. El chico levanta la mirada aterrorizado y da un paso hacia el pozo.
—Ellos van a tirarte a ti esta vez —dice el chico antes de saltar al chirriante pozo.
Él observa cómo el chico cae, sin sentir nada mientras oye los monstruosos ruidos de un cuerpo humano siendo destrozado por las máquinas demoníacas. Él sabe que eso debería horrorizarle, pero no puede sentir nada, excepto irritación, porque a partir de ahora tendrá que empujar la camilla sin su ayuda.
Una sombra lo envuelve, todo ángulos y cuchillas, y un silbante aliento que apesta a sus podridas interioridades. Él levanta la vista, aunque le han advertido muchas veces que no debe hacerlo, y se encuentra con la mirada de una criatura con una cara envuelta en vendas empapadas de sangre y ojos de bronce. Va vestido de negro, y con el icono de un cráneo partido cosido en su carne expuesta. Sus extremidades de mantis se mueven por encima de él, y una multitud de oxidadas cuchillas entrechocan como uñas rotas.
Una feroz raja como una boca sin labios y llena de dientes como agujas le devolvieron la mirada. Una negra lengua sale de detrás de los dientes y cata su miedo en el aire.
—Carne hace nuevo cuerpo —dice la cosa con una voz zumbante como el ruido de un insecto.
Él no responde, esperando que esté refiriéndose al otro chico. Las lágrimas le caen por las mejillas mientras reza para que tomen el cuerpo del otro chico. La vergüenza y el miedo arden en su corazón. «Por favor —piensa—, por favor, tomadle a él y no a mí.» Entonces se da cuenta de que el otro chico no está. Está solo, y no hay nadie más al que puedan coger.
Cae de rodillas, el terror de su nuevo destino supera las reacciones automáticas que le habían permitido seguir poniendo un pie delante del otro todo este tiempo. Unas pinzas cubiertas de cuchillas lo cogen y levantan del suelo, y es llevado, casi tiernamente, a través de esta visión del infierno, todos los lagos fundidos, los demonios encadenados y las aullantes máquinas que se alimentan de carne.
Siente la presencia de otros en las cercanías, pero lo único que oye son sus propios sollozos ahogados.
Las garras lo dejan en el suelo, pero él no puede moverse. No tiene energías para correr, ni siquiera para levantarse. Algo gigantesco y cubierto de supurantes y ulceradas llagas se cierne sobre él. Y oye cómo una chorreante humedad se vierte en el suelo mientras las cuchillas cercenan la carne. Gira la cabeza y puede ver un gran cuerpo, grotescamente hinchado pero con su forma original aún reconocible. Tiene una cara femenina, está abotargada y horripilantemente desfigurada, pero es una mujer al fin y al cabo.
Él piensa que es su madre y llora, mientras las garras se le acercan y lo levantan en su dirección. El hedor a sangre le asalta, algo habitual en este lugar, pero éste es cálido, fresco y húmedo. Una carne cálida lo envuelve, y oye un contenido suspiro surgiendo de la temblorosa boca de la mujer, como si ella le diera la bienvenida a su útero demoníaco. Ella necesita este chico para que madure y se desarrolle, aunque él sabe que para él no habrá ningún maravilloso nacimiento.
Él ha visto los deformes vástagos de estas criaturas infernales. Él ha sacado sus mutantes cadáveres de esta sala en numerosas ocasiones, expulsando sus deformes y retorcidos cuerpos de la fortaleza como si fueran basura. Éste será su destino: él se convertirá en un monstruo, y todo lo que era será pervertido en algo horripilante.
Colocan unas pesadas hojas de carne maltrecha sobre él, lo envuelven en la oscuridad, y finalmente puede dar voz a los gritos que han estado formándose en su interior en los últimos seis meses. Sus pulmones se llenan de ellos mientras lucha al sentir cómo se ahoga.
Pero no llega a ahogarse, y ahora flota en el calor del vientre del demonio durante lo que parece una eternidad. Está solo. Con cada instante que pasa, su cuerpo cambia y crece mientras su vil madre lo alimenta con el horrible preparado que transformará su cuerpo en un engendro odioso en o una cosa repugnante.
Está solo, sus huesos se alargan y su psique oscila, pero hay algo que falta, algún elemento esencial que todavía no se ha incluido en su forma cambiante para que llegue a estar completo.
Entonces, mientras el cuerpo de su madre demoníaca se abre de nuevo, se le añade ese elemento, y ya no estará nunca más solo.
La nueva carne lucha mientras es implantada, pero él quiere decirle que no debe preocuparse.
La muerte será rápida de esta forma.
Pero ellos no mueren.
—¿Y cómo se supone que debemos pasar a través de esto? —preguntó Cadaras Grendel mientras otra andanada de proyectiles impactaba en los manteletes de las trincheras. Los fragmentos llovieron sobre el improvisado puesto de mando de Honsou—. Incluso Perturabo dejaría de lado su obra para abrir esa puerta. ¿Y, aun así, adónde nos llevará? ¿A través de las montañas?
—Conduce bajo la superficie —dijo el ingénito, limpiando el polvo del detallado mapa que había trazado en un trozo de papel de cera—. La población de Calth vive en grandes cuevas subterráneas. Éstas son tan grandes que tienen sus propios climas, y algunas son tan fértiles que puedes vagar durante días entre sus ecologías y olvidarte de que estás bajo tierra.
Honsou ya sabía todo eso, pero era escalofriante oírselo decir al ingénito como si hubiera caminado bajo esos techos de roca y pasado una vida entre ellos. El mapa que había trazado les mostraba la distribución del sistema de cuevas más allá de la puerta, como si lo hubiera dibujado después de tomar medidas muy precisas. De hecho éste era mucho mejor que un simple mapa, parecía como si hubiera sido trazado a partir de la experiencia personal, aunque se tratara de una experiencia heredada de otro. Aunque el ingénito recordaba perfectamente el terreno, Honsou le había hecho dibujarlo todo, prefiriendo la seguridad de un mapa que pudiera sostener con sus propias manos.
El suelo tembló ante un nuevo impacto de otra andanada. Los cañones de la Puerta de Guilliman castigaban el extremo de la calzada, pero los Guerreros de Hierro eran expertos en resistir este tipo de castigo. Tres disparos del gran cañón de la Basílica Negra habían abierto grandes cráteres en el extremo de la calzada, suficientemente grandes para que los Guerreros de Hierro construyeran con los cascotes una serie de trincheras tras las que los acorazados pontoneros de carretera se fueran extendiendo por encima del abismo que se abría bajo el ángulo de disparo de los cañones de la puerta.
—¿Hay alguna otra forma de entrar? —le preguntó Ardaric Vaanes levantando la mirada del mapa—. ¿Algo que no esté indicado en este mapa?
—Ciertamente hay otros caminos de entrada —asintió el ingénito.
—Entonces, ¿por qué no los utilizamos para llegar ahí abajo? —quiso saber Grendel, que siempre había sido un guerrero partidario de las acciones directas—. Sería muchísimo más sencillo que tratar de derribar esas malditas puertas.
El ingénito sonrió despectivamente, y Honsou captó un destello de dolor y de locura en sus ojos. La última andanada de tortuoso interrogatorio mental del magos Cycerin le había arrancado buena parte de su control, y sólo era cuestión de tiempo que el constante dolor de su existencia lo volviera irremediablemente loco.
—¿Creéis que los Ultramarines dejarían que fuera tan sencillo rodear su mejor defensa?
—Dímelo tú —siseó Grendel mientras acercaba una mano a la pistola que llevaba al cinto.
—¿Podéis dejar los dos de pelearos por un par de segundos? —les espetó Vaanes—. No puedo pensar con vuestras tonterías.
El guardia del cuervo renegado estaba mirando a las inmensas puertas mientras hablaba. Honsou sabía que estaba calculando los ángulos de aproximación, las zonas muertas y un centenar más de estratagemas que no fueran dirigirse directamente hacia la puerta.
Grendel le lanzó una mirada asesina, pero el ingénito simplemente asintió.
—Existen otros caminos, pero ninguno que permita a los ejércitos de los Nacidos de la Sangre pasar —dijo sin notar la amenaza en las palabras de Grendel ni la exasperación del guardia del cuervo.
—No utilices esa expresión —le espetó Honsou—. Nacidos de la Sangre. No la pronuncies.
—¿Por qué no? —se regodeó Grendel olvidando la animosidad que sentía contra el ingénito—. ¿No te gusta? Yo creo que suena bien.
—Ése es un nombre de M’kar, no mío —dijo Honsou—. Ésta es nuestra guerra, y no quiero que sea asumida como propia por un maldito demonio simplemente porque ha decidido darle a unos guerreros un nombre.
—Nombrar algo te confiere poder sobre ello —dijo el ingénito.
Honsou golpeó con el puño el mapa.
—Pues ésa es otra buena razón para no utilizar ese nombre.
—Yo no tengo nombre —dijo distraídamente el ingénito—. Aunque creo que alguna vez tuve uno.
—¿No lo recuerdas? —le preguntó Vaanes.
—No —dijo antes de encogerse de hombros—. Y no estoy seguro de quererlo. Si recuerdo quién era, ¿qué haré con el que soy ahora?
—¿Y a quién le importa eso? —le soltó Grendel—. No necesitas ninguno. Eres lo que eres, y nada puede cambiar eso, con o sin nombre. Ahora, como ya he dicho, ¿cómo demonios vamos a atravesar esa puerta?
—No te preocupes, Grendel —dijo Honsou—. Esa puerta no será un problema.
Un viento frío recorrió toda la longitud del Valle del Sol y barrió las llanuras de aluvión doblando los retoños en sus laderas. Un río caudaloso fluía desde el principio del valle, donde residía el poder imperial en Espandor, la ciudad de las torres de mármol de Herapolis.
Una muralla curvada de piedra pálida recorría el valle a lo ancho, con su gran altura culminada por torres de techo argénteo, del que sobresalían baluartes y baterías de cañones. Pese a su formidable aspecto, era una ciudad de gran belleza, como un gigantesco glaciar de plata, oro y mármol colocado para toda la eternidad en el extremo del valle. Eterno e inamovible.
Había sobrevivido a una invasión no hacía demasiado tiempo, y ahora tendría que sobrevivir a una segunda.
Praxor Manorian y Scipio Vorolanus subieron los escalones tallados en la parte posterior de la muralla en dirección a los baluartes, gigantes formas blindadas de azul brillante ribeteadas de oro. Tras ellos iba Iulius Fennion, y Scipio vio cómo su mirada se desviaba continuamente hacia los soldados que estaban haciendo instrucción en los amplios campos de entrenamiento que había detrás de las murallas de la ciudad.
—Mejores que los de Ghospora —dijo Iulius aprobadoramente.
—Esto es Ultramar —dijo Scipio, con eso bastaba como explicación—. Tú estaríais ahí abajo con el capellán rompiendo cabezas si no fuera así.
—Cierto —convino Iulius—. Gallow ha cumplido su deber.
—Relájate, hermano —le dijo Scipio—. No cubras al hombre con demasiadas alabanzas.
Iulius Fennion gruñó y meneó la cabeza.
—Siempre se puede mejorar, especialmente con las fuerzas mortales. Yo lucharé junto a ellos, pero no los dejaré atrás.
—Entonces tal vez deberíamos asignar a los Inmortales la defensa de la ciudad —dijo Praxor Manorian tratando en vano de no reflejar su propio interés en la voz. Tanto Scipio como Iulius intercambiaron una mirada que los trasladó de nuevo al Risco Negro.
—Eso no depende de mí, hermano —dijo Iulius diplomáticamente, sorprendiendo a Scipio, pues el sargento de los Inmortales no era conocido por su tacto. Directo y beligerante, Iulius Fennion era un guerrero que hablaba sin tapujos y cuya devoción al deber y al Capítulo eran de sobra conocidos—. Es el capitán quién debe decidirlo.
Praxor asintió, pero no dijo nada, sabedor de que enemistarse con Fennion tan sólo podría conducir a una nueva discusión. Scipio había visto cómo la melancolía se cernía sobre los hombros de Praxor como un peso cada vez mayor desde el Risco Negro. No importaba que hiciera casi medio siglo de aquella gran victoria, o que hubieran librado una docena de campañas desde entonces, la mente de Praxor Manorian estaba fija en su desliz durante esa breve guerra. Le habían dado órdenes de defender Ghospora en vez de seguir a Sicarius a la gloria. Praxor jamás había olvidado el momento en que había sido dejado atrás, como un soldado de guarnición en vez de como un cruzado.
—Como bien dices, hermano Fennion —dijo Praxor—. Será lo que el capitán ordene.
Un atronador rugido, como el de los dragones que se decía habitaban los mares de Talassar, resonó por encima de sus cabezas, y Scipio levantó la mirada para ver a una de las Thunderhawks de la Segunda Compañía pasar por encima de ellos para luego girar hacia las elevadas torres del Domus Invictus, el palacio del gobernador imperial, al que se dirigía para aterrizar.
—El Gladius —dijo orgullosamente Iulius, pues ésa era la nave de asalto del capitán Sicarius.
—Mirad cómo se refleja el sol en el dorado de sus alas —dijo Scipio—. Se diría que está en llamas.
—Cierto, es como un pájaro de fuego de la Antigua Tierra —dijo Iulius.
—¿El pájaro de fuego? —inquirió Praxor.
—Sí, un ave legendaria que renacía de sus cenizas tras su muerte para levantarse de nuevo y ser aún más gloriosa que antes. Éste es un buen augurio, hermano.
—Si tú lo dices... —replicó Praxor mientras la cañonera desaparecía de su vista.
Las Thunderhawks de la Segunda Compañía estaban atracadas en refugios acorazados dentro del Domus Invictus, pero sus tanques y sus transportes se encontraban perfectamente ordenados a ambos lados de la amplia puerta.
Sólo habían ocho Rhinos en vez de los diez habituales, pues dos se habían perdido en la carrera para cruzar la Garganta Actium. Las fuerzas traidoras casi los habían aislado del puente y se había producido un corto pero brutal tiroteo cuando los Ultramarines se esforzaron por abrirse paso a través de la garganta. Aunque los guerreros transportados en su interior habían escapado con vida, se habían perdido dos vehículos durante el combate, para disgusto del tecnomarine Lascar.
Subieron el resto de las escaleras en silencio, llegaron finalmente a las murallas, donde se encontraron con el capitán Sicarius y los Leones de Macragge reunidos en una de las barbacanas. La escuadra de mando de Sicarius era un grupo de héroes que habían acumulado tal cantidad de victorias que eran la envidia de cualquier escuadra del Capítulo.
Desde su privilegiada posición, el valle del Sol tenía bien merecido su nombre, pues la luz dorada lo recorría en toda su longitud mientras la puesta del sol resplandecía en el lejano horizonte. Las laderas del valle eran de piedra desnuda, pues los bosques habían sido talados por los invasores pielesverdes para alimentar los hornos de sus traqueteantes máquinas de guerra. Una cuidadosa replantación estaba logrando repoblar los bosques, pero la tierra estaba mancillada por los alienígenas, y haría falta mucho tiempo antes de poder restaurar la antigua gloria del valle.
Sicarius se giró al oír que se aproximaban, y los tres sargentos se pusieron firmes, golpeándose el pecho con el puño.
—Saludos —dijo Sicarius devolviéndoles el saludo—. No podemos perder ni un instante.
Iulius habló el primero:
—¿Ha sucedido algo? ¿Ha traído el Gladius noticias de la Reina Corsaria?
—No —dijo Sicarius con una sonrisa—. Eso no, pero si vosotros y vuestros guerreros queréis un poco de acción, creo que podréis conseguirla bastante pronto.
—Siempre la queremos —dijo Praxor Manorian un poco demasiado precipitadamente.
—Siempre estamos dispuestos para servir al Capítulo —dijo Iulius.
—¿Y tú, Scipio? —le preguntó Sicarius—. ¿Te unirás a tus hermanos en esta misión?
—Sería de gran ayuda si conociera la naturaleza de la misión, mi señor.
—Ah, Scipio, tú siempre tan cauteloso —dijo Sicarius haciendo que sonara como un insulto—. Pero por eso eres tan bueno en lo que haces.
—Gracias, mi señor —dijo Scipio—. Vivo para servir al Capítulo, y sea cual sea la misión, me uniré a mis hermanos.
—Eso está bien —dijo Sicarius indicándoles que se unieran a su escuadra.
En el centro de la barbacana había una amplia mesa sobre la que se veía un mapa del continente occidental de Espandor donde se mostraban los principales asentamientos agrícolas y los centros de población. Éstos eran pocos y muy separados unos de otros, pues Espandor no era un mundo demasiado poblado.
—Estamos aquí —dijo Sicarius señalando el icono que representaba Herapolis—. El asentamiento más grande de Espandor y el centro del poder de los Ultramarines. Si esta ciudad cae, Espandor cae, así que no vamos a dejar que eso suceda. Las murallas de la ciudad son altas y fuertes. Incluso las zonas que fueron derribadas por el gargante durante la última guerra han recuperado la solidez de antaño.
—Con todo respeto, mi señor, ¿un asedio? —dijo Scipio—. Estamos dispuestos para lo que haga falta, pero permanecer ocultos detrás de las murallas no es el tipo de guerra para el que hemos sido entrenados.
—Exactamente —dijo Sicarius—. Somos los Adeptus Astartes. No esperamos que el enemigo venga a nosotros, nosotros llevamos la lucha hasta él y lo ahogamos antes de que pueda sentir nuestra mano en su cuello. Mirad este mapa, estudiad las posiciones de las fuerzas de los Nacidos de la Sangre y decidme qué veis.
Los ojos de Scipio estudiaron el mapa y captaron la posibilidad de una guerra de movimientos que tanto le gustaba a Sicarius. Levantó la mirada y vio una expresión en la cara de su capitán que no era exactamente de admiración, aunque tampoco de aversión. ¿Era posible que realmente se sintiera encantado de enfrentarse a un enemigo tan astuto?
—Los hemos frenado, pero no los hemos detenido del todo —dijo Praxor.
—Están marchando hacia Herapolis —dijo Iulius—. Eso es más que evidente.
—Todo eso es obvio —dijo Sicarius—. Pero mirad más de cerca, mirad con los ojos del enemigo.
Por desagradable que fuera, Scipio apartó de su mente la idea de que aquél era un mundo de Ultramar y se imaginó que Espandor era un mundo que debía ser conquistado. Pensó que las flechas rojas y los indicadores de tiempo eran sus propias fuerzas, trazó el plan de lo que se había logrado y de lo que era necesario hacer a continuación. La forma de la invasión se volvió fluida en su mente, su intuitivo conocimiento de las estratagemas de infiltración le permitió mirar el mapa con unos ojos que veían más allá de los campos de batalla más ventajosos o los sitios perfectos para emboscadas. Vio la mente que había tras el ejército, comparando los tiempos de cada asalto con los movimientos previstos de cada división.
—Está moviéndose entre sus fuerzas —dijo—. Por eso nunca la hemos encontrado. Imparte sus órdenes y a continuación se mueve hacia el ejército con la misión más difícil. Busca la gloria.
—Scipio tiene razón —dijo Sicarius dándole unos golpecitos en el borde dorado de la hombrera—. Esta Kaarja Salombar es muy astuta. Oh, sí, muy astuta, pero está acostumbrada a enfrentarse a aficionados lentos y pesados. Cato Sicarius la ha calado, pero necesito saber dónde está si he de atravesarle el cuello con mi espada.
—Y ahí es dónde entramos nosotros —dijo Praxor.
—Exacto, sargento Manorian —dijo Sicarius—. No puedo matar lo que no puedo encontrar, y como Gaius siempre me está recordando, no puedo lanzar un golpe decisivo hasta que esté seguro de que voy a alcanzar el objetivo deseado.
—¿Qué queréis que hagamos, mi señor? —preguntó Scipio.
—Salid con vuestras escuadras ahí fuera y convertíos en mis batidores. Encontradme la Reina Corsaria e informadme de dónde se encuentra. Lanzaré toda la furia de la Segunda Compañía contra ella y su cabeza colgará de la punta de una pica antes de que acabe el día.
Scipio golpeó con el puño su placa pectoral, satisfecho de tener una misión en la que sabía que sus guerreros destacarían.
—La encontraremos para vos, mi señor —le prometió, y sus hermanos sargentos repitieron su declaración.
—Encontradla rápidamente —dijo Sicarius mientras el sol desaparecía tras el horizonte y caía la oscuridad.