
La sangre chorreaba por la hoja de la espada de Uriel mientras éste trataba de arrancarla de la coraza de un berserker que tenía la boca llena de espumarajos. Giró la espada, cortándole los dedos al guerrero mientras éste intentaba incorporarse apoyándose en la hoja. Uriel ya había cercenado uno de los brazos del berserker, pero eso no había conseguido detenerlo. Sólo la destrucción de su corazón primario había logrado ralentizarlo, e incluso después de eso su corazón secundario y todo su odio lo habían seguido sosteniendo.
Un destello plateado pasó como una exhalación junto a la cabeza de Uriel y la hoja de Petronius Nero separó limpiamente la cabeza del berserker de sus hombros. Al fin la criatura cayó y Uriel pudo sacar su espada para seguir avanzando bajo la lluvia y los disparos.
—¡Proyectiles acercándose! —gritó el Anciano Peleus señalando con el puño al sureste.
Uriel los vio un segundo después. Unas estelas de fuego convergían hacia su avance desde las torretas defensivas de la tuneladora. Empezaron a aparecer boquetes en el suelo cuando unos proyectiles pesados machacaron las rocas dirigiéndose hacia ellos.
—¡Espadas de Calth! —gritó para llamar la atención de sus soldados mientras se dirigía a una capilla en ruinas con gruesas paredes de mármol. Corrió hacia allí para ponerse a cubierto mientras los proyectiles atravesaban el aire y sintió los tremendos impactos incluso a través de aquellos muros de piedra de un metro de grosor.
La advertencia de Locard y la llegada de los skitarii habían estado a punto de llegar demasiado tarde.
Las fuerzas auxiliares estaban esforzándose en volver a alinear sus defensas para cercar la amenaza, pero ya era tarde para las unidades que estaban más próximas. Con la plétora de edificios hechos añicos y tanques destrozados, los Cosechadores de Cráneos y los Garras de Lorek tenían suficiente cobertura para colocarse a distancia de disparo de tres secciones de las fuerzas auxiliares de defensa. Abrieron una brecha entre ellos en cuestión de minutos, y exponiendo las entrañas de la Garganta de los Cuatro Valles.
Uriel había previsto el peligro y había llevado a sus guerreros hacia el centro del fuego.
Ahora todo era una confusa masa de humo negro como la brea, de fuegos aullantes y ráfagas de disparos. Esa batalla eran un infierno tan propio de una pesadilla como los que conjuraban los poetas de la Antigüedad. Uriel se arriesgó a mirar por un lado de un altar con intrincados grabados e, incluso con su ojo recién implantado, le resultó difícil saber lo que realmente estaba ocurriendo.
—¿Qué ves? —le preguntó Pasanius, que había puesto a cubierto a los miembros de su escuadra junto con los Espadas de Calth, y llevaba el lanzallamas colgando y la espada sierra desenvainada. A su amigo le encantaba la destrucción primaria que provocaba el lanzallamas, pero le gustaba aún más la destrucción total de un golpe mortífero de esa espada.
—Es difícil de decir —reconoció Uriel—. Los Garras de Lorek han penetrado entre las unidades más cercanas de las fuerzas auxiliares y los berserkers se están desparramando como termitas saliendo de un nido destruido.
—Bonita metáfora —dijo Pasanius—. ¿Y qué me puedes decir de los berserkers?
—¿Quién sabe? —contestó Uriel con desdén—. Atacan aleatoriamente y matan a todo el que se cruza en su camino. No consigo entender cuáles son sus planes y así no puedo idear una forma de contenerlos.
—Estás asumiendo que tienen algún plan...
—Cierto.
—¿Y los alienígenas? ¿Dónde están?
—Reunidos en el arboreto destrozado con los Garras de Lorek. Creo.
—¿Y nuestras fuerzas?
—Los pelotones de Nestor y Dardanus están disparando desde el este y el oeste fuego de supresión sobre el enemigo. Protus está preparado para lanzar un contraataque si se me ocurre algún lugar adonde enviarlos.
—Y también está Zethus —dijo la voz atronadora del dreadnought, que pareció emerger del humo.
Su potente puño estaba salpicado de sangre y un humo acre salía de los tubos que rotaban en su cañón de asalto.
—¡Hermano Zethus! —exclamó Uriel—. Agradecería cualquier sugerencia táctica que pudieras ofrecer.
—Capitán Ventris —respondió el dreadnought—, nuestros pelotones tácticos tienen al enemigo controlado de momento, pero los berserkers que avanzan pronto les obligarán a cambiar la dirección de su fuego. Cuando eso ocurra, los Garras de Lorek tendrán a tiro la línea de las fuerzas auxiliares. Hay que destrozarlos antes de que eso ocurra. Déles un objetivo para que Nestor y Dardanus puedan dirigir su fuego a los berserkers.
—¿Un objetivo? —preguntó Uriel.
—Yo —contestó el dreadnought.
Uriel asintió.
—Como siempre, hermano, es un placer recurrir a tu sutil sabiduría.
El dreadnought no tenía otro modo de expresión que su voz artificial, pero su humor resultó evidente cuando una estruendosa risa mecánica resonó entre las ruinas de la capilla.
Zethus inclinó su sarcófago hacia Uriel.
—Estén preparados.
El dreadnought se irguló mientras su arma de asalto volvía a activarse con un rugido, y sus cañones giraron tan rápido que se emborronaron a la vista, mientras su poderoso puño se iluminaba con una luz asesina. Zethus no salió de la capilla. Dio dos pasos adelante y atravesó con un atronador golpe de su puño una de las paredes. Varios bloques de mármol cayeron al suelo mientras él caminaba hacia la creciente cuña de astartes traidores.
—¡Es hora de morir, perros rebeldes! —bramó Zethus mientras su cañón de asalto soltaba un huracán de proyectiles.
Los cartuchos cayeron como una lluvia tintineante del puerto de eyección del arma y el arboreto explotó en una tormenta de impactos. Empezaron a sonar crujidos ensordecedores de las placas de blindaje rotas, y los muros de piedra se fueron desintegrando bajo el volumen castigador de ese fuego. Zethus siguió andando hacia delante sin dejar de enviar un manto continuo de proyectiles hacia las posiciones del enemigo. El humo y el polvo se elevaron desde la tierra arrasada mientras los Garras de Lorek se dispersaban ante el avance del dreadnought.
Los guerreros kroot se echaron cuerpo a tierra o buscaron la cobertura de los árboles, aunque muchos de sus cuerpos delgados quedaron desgarrados por la tormenta de fuego. Pero los Garras de Lorek soportaron el infierno de proyectiles porque su armadura era capaz de aguantar las andanadas de Zethus, y Uriel vio cómo unos cuantos guerreros con la armadura naranja y negra apuntaban al dreadnought con armas capaces de atravesar su blindaje.
—¡Peleus! —gritó Uriel—. ¡Armas pesadas!
—¡Las veo! —confirmó el portaestandarte, y apuntó el bólter hacia la brecha que había abierto el dreadnought. Peleus miró por encima del arma y apretó el gatillo seis veces. Cinco guerreros cayeron. El sexto escapó para ponerse a cubierto, llevándose su arma antitanque con él. Era una muestra impresionante de habilidad, pero Peleus había sido entrenado por Torias Telion, así que Uriel no esperaba menos.
Ahora Zethus ya estaba entre los enemigos, blandiendo su potente puño a derecha e izquierda y lanzando cuerpos rotos por el aire. La tormenta integral del bólter llenó el espacio a su alrededor con impactos explosivos y sus altavoces emitieron a todo volumen el himno de batalla del Imperio mientras seguía luchando con una precisión sin concesiones.
—Ya está —dijo Uriel—. ¡A mí, Espadas de Calth!
El pelotón que comandaba Uriel se levantó y salió de las ruinas, cargando junto con los guerreros de la escuadra de Pasanius. Se movían con rapidez, aprovechando todas las oportunidades que les surgían para llevarse por delante a los berserkers, borrachos de carnicería. Uriel vio que los kroot estaban retrocediendo muy lentamente ante el dreadnought. Sus guerreros no necesitaban ánimos para apuntar a esos fibrosos cuerpos alienígenas con sus proyectiles. Sólo unos pocos consiguieron escapar hacia el bosque en llamas.
Zethus estaba rodeado de enemigos que le acuchillaban y lo disparaban con una furia desesperada. La mayoría de sus armas resultaban inútiles, pero Uriel vio que uno de los traidores estaba armado con un puño enorme que podría atravesar el blindaje de Zethus. Los guerreros que luchaban por alcanzar al dreadnought se giraron al oír la carga de Uriel y las dos fuerzas chocaron con un ímpetu impresionante. La espada de Uriel cortó a un traidor por la mitad a la vez que Nero atravesaba una garganta con su sable y después dividía expertamente el cráneo en dos mitades.
Pasanius golpeó al enemigo como un martillo de combate, enviando cuerpos hacia todas direcciones. Sacó la espada y partió en dos a uno de los Garras de Lorek. Su nuevo brazo blandía el arma con una fuerza mayor de la que Uriel podía reunir, y aunque el filo de la hoja no era ni mucho menos tan letal como la de Idaeus, penetraba en las armaduras con igual salvajismo.
Uriel se fue abriendo paso entre los Garras de Lorek. Éstos respondieron con una fuerza fruto de la desesperación. Sabían que su ataque sorpresa estaba a punto de fracasar y luchaban para mantener la iniciativa. Con Pasanius a un lado y Petronius Nero al otro, Uriel fue creando un camino entre los enemigos hacia la masa de guerreros que se había congregado alrededor del hermano Zethus.
Justo en el momento en que el guerrero con el potente puño echaba atrás el brazo para golpear a Zethus, Uriel le clavó la espada en la parte baja de la espalda. La hoja se introdujo profundamente y separó la mitad superior del cuerpo del guerrero de la inferior. Zethus se giró para enfrentarse a Uriel, incluso levantó el puño, pero lo bajó al instante en cuanto reconoció el color de la armadura.
La batalla continuó durante varios minutos brutales pero, con la carga de Uriel y Pasanius, el destino de los Garras de Lorek había quedado sellado. Las incansables descargas de bólter que llegaban de más allá de la batalla le decían a Uriel que sus pelotones tácticos habían logrado contener la amenaza de los berserkers. Las recién realineadas baterías disparaban proyectiles a las tuneladoras. En cuestión de momentos las cuatro se convirtieron en carcasas agujereadas, incendiadas desde sus potentes motores de propulsión.
El visor de Uriel no dejaba de mostrarle actualizaciones de la situación de sus pelotones, confirmándole lo que sus instintos ya le habían dicho. Limpió su espada de sangre mientras los Espadas de Calth se ocupaban de ejecutar a todos los enemigos supervivientes con mandobles de sus espadas. A pesar de que esa parte de la batalla la habían ganado, intercambios furiosos de disparos y golpes de espada seguían resonando al norte.
A la batalla de la Garganta de los Cuatro Valles todavía le quedaba mucho para llegar a su fin.
Pasanius se acercó a Uriel y se quitó el casco. Uriel vio que sonreía con inconfundible placer ante la devastación que habían causado. Su armadura estaba arañada y la sangre que se coagulaba despacio manaba de un profundo corte que tenía en el muslo.
—Una batalla dura, amigo —le dijo Uriel.
Pasanius rió entre dientes.
—Las he visto peores —respondió—. ¿Recuerdas la batalla para entrar en la fortaleza de Honsou?
—Preferiría no recordarla.
—Ah, había pasado mucho tiempo desde la última vez que blandí una espada —dijo Pasanius—. Sé que es culpa mía, pero me ha sentado bien. Todos los días que pasé de penitencia sabiendo que me estaba perdiendo la batalla de Pavonis fueron una tortura.
—Estoy seguro, pero ¿qué mejor manera de terminar con esa penitencia que matando traidores?
—¿Quién, esos muchachos? No pertenecían a la primera generación —contestó Pasanius dándole una patada a un cuerpo desmembrado que había a los pies de Uriel, un guerrero que no recordaba haber matado—. Provenían de mucho más abajo. Copias de copias de copias. No se puede diluir la sangre de los astartes durante miles de años sin que acabe volviéndose clara y débil.
Uriel quería decirle a Pasanius que se equivocaba, que a los muertos no les importaba si habían caído a manos de copias inferiores de los primeros astartes o de los genuinos. Apartó la vista para mirar la tuneladora más cercana, que finalmente había cedido bajo las castigadoras cargas de artillería. Las chispas y los trozos en llamas incendiaron las paredes de la caverna con un brillo naranja, y Uriel vio que salía humo de todos los restos.
Inspiró hondo sabiendo lo cerca que habían estado de perder esa batalla, cuando un pensamiento repentino le hizo sudar. Examinó las dañadas líneas de batalla por donde habían salido las tuneladoras y apretó la mano contra su oreja.
—Magos Locard, confirme lo que decían las lecturas sobre cuántos vehículos venían hacia nosotros —pidió.
El comunicador de su oreja siseó hasta que el magos Locard respondió.
—Los augures sísmicos detectaron cinco vehículos, capitán Ventris —dijo Locard.
Uriel cortó la comunicación.
—¡Vamos, Pasanius! —exclamó.
Echó a correr hacia Castra Meridem, donde la enorme forma del Lex Tredecim estaba oculta tras una montaña de tierra.
—¿Adónde vamos? —le gritó Pasanius.
—¡Cinco vehículos! —contestó Uriel—. ¡Locard detectó cinco tuneladoras acercándose!
—¿Y?
—Sólo hay cuatro carcasas aquí —le dijo Uriel—. Así que, ¿dónde, en nombre de Guilliman, está la quinta?
Aethon Shaan saltó sobre la pared del fondo de la Basílica Negra y soltó una carga magnética desde el lanzador que tenía incorporado en la parte superior de su guante. Se impulsó con las piernas y se lanzó por encima de las cabezas de los tres templarios armados con látigos. Shaan aterrizó detrás de ellos. Le clavó las garras en la espalda al primero y le rompió la columna de otro con una patada tremenda.
Un tulwar trazó un arco dirigido a su cabeza mientras las criaturas templarias lo rodeaban. Se apartó a un lado y esquivó el arma que volvía con un grácil golpe de revés que hizo añicos la hoja y envió fragmentos hacia la cara del guerrero. Su grito continuado quedó interrumpido cuando Shaan se dejó caer al suelo, por debajo de las hojas, que no dejaban de dar mandobles, y los atravesó a la altura del vientre con sus garras.
Los enemigos cayeron y él soltó más granadas magnetizadas desde su guante.
Un látigo chasqueó y agarró el brazo derecho de Shaan. Tiró de él hacia atrás, lo que le hizo perder el equilibrio. Uno de los templarios de negra armadura intentó atravesarlo, pero Shaan bajó el hombro y la hoja se hizo pedazos al impactar en su hombrera. Otro látigo le agarró el brazo izquierdo, pero Shaan giró las muñecas y rasgó los látigos de energía.
Unas tremendas descargas eléctricas le recorrieron los brazos a Shaan y le hicieron apretar los dientes por el dolor cuando su sistema nervioso recibió la sobrecarga. Cayó sobre una rodilla mientras dos templarios corrían hacia él ladrando un odio ininteligible. Unos brazos poderosos lo rodearon. Identificó la musculatura sobredesarrollada de un servidor, pero antes de que la criatura pudiera cerrarlos, él saltó hacia arriba impulsándose con todas sus fuerzas e incrustó la parte superior de su casco contra su mandíbula. La cabeza del esclavo cibernético se vio despedida hacia atrás con un crujido horrendo y cayó con el cuello roto.
Shaan se revolvió para zafarse y se tiró a un lado porque más templarios y servidores de carga se le acercaban. Tiró una ráfaga de granadas hacia las hileras de munición y fue saltando de una caja a otra, hacia el fondo de la cámara donde estaba la cara hinchada y chillona integrada en la pared de hierro.
El engendro gritó algo en código binario, pero le resultó imposible decir si era una advertencia, un chillido o una exclamación de miedo. Un látigo lo alcanzó en el costado y tuvo que tragarse un grito porque atravesó su armadura y se le hincó en la carne.
Shaan aterrizó y se subió sobre un pedestal de metal ante la enorme cara de la pared. Los supervisores gorgona rápidamente lo rodearon y sus brazos se convirtieron en espadas que blandieron contra él a una velocidad cegadora. Eran rápidos, pero Shaan lo era más, y fue parando cada una de sus estocadas y respondiendo con otra más potente. Los fue acuchillando uno tras otro, abriéndose camino entre ellos con una habilidad sólo posible para aquellos que se habían entrenado en la Torre del Cuervo.
El último de los sacerdotes gorgona murió con un grito de código corrupto. Shaan saltó por encima de su cuerpo hacia la cara. Golpeó el puente de la nariz con el puño enfundado en el guante erizado de garras y fue subiendo. Toda la estructura de la armería tembló y un repugnante fluido blanco salió de la cara destrozada. Los templarios chillaron en armonía con la muerte de la cara y dos cayeron muertos allí mismo. Los servidores se quedaron parados en seco.
Acababa de matar al señor de la armería, pero se había quedado encerrado dentro. Un pecado mortal, lo sabía, pero se había arriesgado en el momento del ataque y ese riesgo calculado ahora se iba a cobrar su precio.
Cuando el resto de los templarios acortaron distancias, de repente un preciso fuego de bólter los detuvo desde detrás. Cada disparo había sido hecho con precisión, porque un solo proyectil mal dirigido lo habría matado a él. Las paredes seguían temblando con los estertores agónicos de la cara y Shaan retrajo las garras de sus guantes.
Revys Kyre y el resto de su escuadra de la Guardia del Cuervo se desplegaron por la armería, sin necesidad de que les dieran instrucciones sobre los mejores sitios para poner sus cargas.
—Te has tomado tu tiempo... —dijo Shaan—. Unos segundos más y puede que hubiera llegado a estar en peligro.
—Ha sido difícil cortar la escotilla —respondió Kyre.
Shaan se volvió hacia las hileras de proyectiles, cargas de energía y bidones de ficeleno y promethium.
—Bien, dejemos que las cargas hagan su trabajo —dijo Shaan—. De la manera tradicional, ¿eh?
—La manera tradicional es descuidada —dijo Kyre, mirando la herida que tenía Shaan en el costado—. Yo prefiero las cosas rápidas y limpias. Dentro y fuera antes de que el enemigo sepa que estamos aquí.
—Pero eso no va a ocurrir esta vez.
—Supongo que no —admitió Kyre—. Pero deberíamos acabar aquí antes de que esto se ponga peor.
Shaan sonrió.
—Oh, se va a poner mucho peor antes de que acabemos con esto.
Locard vio cómo las líneas de batalla fluían y refluían por toda la holosfera y se fijó en los confusos cúmulos de iconos como si así pudiera conseguir que los azules y blancos expulsaran de la batalla a los odiosos rojos. El dorado de los skitarii de Trejo estaba tan tremendamente enmarañado con el color de las máquinas demoníacas y de los Nacidos de la Sangre que era casi imposible decir lo que estaba pasando. Incluso las imágenes pictográficas en tiempo real resultaban inútiles. Locard no era un guerrero y por eso no podía decir qué fuerza tenía la ventaja en esa lucha en ebullición.
—Añadir la capa encriptada del Mechanicum —ordenó, y uno de los servidores de datos del puente de mando del Lex Tredecim tocó una campana para confirmar la orden.
Un suave desenfoque de estática se superpuso a las imágenes de la batalla en el exterior de la holosfera y corrientes de datos noosféricos empezaron a pasar de un lado a otro a una velocidad increíble entre los skitarii, los pretorianos y los cogitadores de combate del Lex Tredecim. Intercambiar información de esa forma permitía un nivel de coordinación inimaginable para cualquier otra fuerza armada del Imperio. Locard procesaba la información en sus implantes situados en la parte posterior del cerebro, pero se mantenía al margen de la miríada de comunicaciones que pasaban entre los pretorianos y los skitarii. La lingua technis era un lenguaje de máquinas agresivo y robusto, y resultaba doloroso para aquellos poco acostumbrados a tales combinaciones primarias de binario.
Más allá de la capa de control del Mechanicum, la información más fácilmente accesible se mostraba en una capa más baja de la esfera, y Locard centraba su atención en ella. Los Ultramarines hacían incursiones en la masa de fuerzas enemigas, pero muy a menudo se veían obligados a retroceder por miedo a ser rodeados y neutralizados. El único rayo de luz en medio de las máquinas demoníacas era el icono plateado parpadeante de la inquisidora Suzaku. Ella y sus acólitos estaban vaciando máquinas de sus hordas demoníacas con su poderosa maestría psíquica. Locard movió sus pictógrafos para verla.
Protegida por los soldados modificados de sus tropas de asalto, Suzaku dirigía las energías de dos psíquicos de combate sometidos con brillantes ráfagas de pirotecnia que ni sus pictógrafos multiespectrales podían interpretar sin que la esfera se llenara de estática. Las máquinas con extremidades acabadas en hojas cortantes, que no dejaban de disparar con el resto de sus armas, se lanzaban a por ella, pero los soldados que estaban más cerca habían reconocido rápidamente el valor de su presencia, y los pelotones de las fuerzas auxiliares habían formado improvisadamente junto a sus flancos para protegerla.
—Mantenedla a salvo —susurró Locard, aunque no había necesidad de hablar en voz baja. Los ordos y los miembros del Adeptus Mechanicum tenían una relación difícil, como mínimo, pero Locard se alegraría de ver toda una cohorte de inquisidores subiendo por la colina en ese momento.
La Guardia del Cuervo finalmente había aparecido en la holosfera. Y de todos los lugares donde podían aparecer, lo hicieron sobre la Basílica Negra; ¿dónde habría que buscarlos sino en el lugar en el que menos se esperaba encontrarlos?
—Me gustaría saber cómo conseguís no ser detectados —dijo, sabiendo que los guerreros de la Guardia del Cuervo nunca divulgarían tal secreto.
Sin embargo, cuanto más miraba, más parecía que la marea de la batalla estaba volviéndose a favor de las fuerzas imperiales, aunque muy lentamente. La cuña de los skitarii y los pretorianos estaba penetrando más en la masa de Nacidos de la Sangre, mientras que las secciones de las fuerzas auxiliares comenzaban a forzar al enemigo a volver a su línea original. Cada incursión de los Ultramarines se introducía más en la horda demoníaca y por momentos empezó a parecer que había una probabilidad de que consiguieran unirse con las fuerzas del Mechanicum.
Cada brazo de la defensa imperial trabajaba unido y la curva de probabilidades de victoria apareció en la holosfera cuando las variables para sus cálculos se volvieron más manejables.
Cuando llegó el contraataque, fue tan repentino que Locard estuvo a punto de perderse los primeros signos.
El flujo constante de datos noosféricos de repente dobló su intensidad cuando una punzante lanza de código corrupto inundó la trama de la red. Las sangrantes corrientes rojas de paquetes de datos corruptos explotaron en la noosfera y geometrías no euclidianas y números enteros antinaturales contaminaron la rápida transferencia de información, enviando metralla de datos infectados hasta lo más profundo de la red.
El asalto se produjo con una fuerza brutal, con la intención de sobrecargar la red del Mechanicum con su volumen y su fuerza. Varios servidores empezaron a convulsionarse, como si fueran presa de un ataque mecaléptico, arrancándose de la red con sus estremecimientos. Una luz color esmeralda surgió de varias estaciones de trabajo y corrientes calientes de binario fluyeron por la holosfera.
Locard dirigió su consciencia interna hacia las carcasas ardientes de los pretorianos. Uno por uno pararon en seco, sus armas quedaron en silencio mientras intentaban procesar las instrucciones confusas que llenaban sus cerebros ciborgánicos.
—Muy inteligente, amigo mío —dijo Locard apagando los receptores que alimentaban a los pretorianos y activando unas purgas de datos especialmente diseñadas por él—, pero muy poco sutil.
Las manos de Locard bailaron sobre la superficie de la holosfera, enviando sus buscadores a la caza del código corrupto en las prisiones de datos en las que había contenido parte de la infección original.
—Tu estructura es caótica y primitiva, pero el código no es del todo aleatorio. Nada lo es nunca. Hay un orden en el universo que ni el Aniquilador Primordial puede deshacer —prosiguió Locard.
Soltó los infoeméticos que había creado a partir de los ataques de los códigos corruptos originales y les dio rienda suelta en la noosfera.
Cayeron inmediatamente sobre las ondas atacantes de códigos corruptos. Eran unas líneas doradas de datos puros que atravesaron la niebla de códigos binarios infectados y echaron abajo franjas enteras de datos corrompidos. Locard dejó escapar un suspiro de alivio, aunque no tenía verdadera necesidad de inhalar oxígeno con un método tan primitivo. Sus sistemas de filtración de sangre y sus pulmones artificiales podían suministrarle aire con facilidad.
—Es raro lo fácil que resulta volver a nuestra biología primitiva —dijo con una carcajada nerviosa de risa artificial—. Apunte para estudio posterior.
Y entonces el código corrupto opuso resistencia.
Como un musculoso guerrero con un hacha que luchara contra un duelista, el código corrupto respondió con una flexión brutal de código. Aunque los infoeméticos de Locard daban gráciles estocadas, la fuerza del código corrupto era mayor. Las principales avanzadillas de corrupción se quemaron y murieron ante el empuje de los diseños de Locard, pero había demasiada voluntad y fuerza tras ellos.
Locard miró nerviosamente la holosfera y se introdujo entre las capas hasta los datos primitivos de la imagen pictográfica. Los pretorianos se estaban bloqueando por el ciberataque, y aunque sus escudos aegis los estaban protegiendo de la infección, también los obligaban a permanecer inactivos.
Además, esos escudos ya estaban fallando, erosionados con una rapidez impresionante por una infección tan poderosa. La interrupción en el ataque les había dado a los Nacidos de la Sangre la pausa que tan desesperadamente necesitaban y ahora se estaban revolviendo contra las fuerzas imperiales como lobos acorralados.
Locard miró el gráfico de probabilidades de victoria. La línea proyectada se estaba curvando hacia la derrota y su proyección era cada vez más precaria con esa variable tirando de ella hacia abajo. Sin el potente poder de disparo y las monstruosas habilidades de combate de los pretorianos, era poco probable que las fuerzas imperiales siguieran prevaleciendo, pero si el código corrupto conseguía convertirlos en guerreros corruptos del enemigo, las consecuencias serían desastrosas.
—Vamos, vamos... —dijo entre dientes, observando el baile de números que se producía mientras sus infoeméticos batallaban contra el código corrupto. Sus diseños funcionaban como él sabía que lo harían, pero había demasiadas corrientes de datos corruptos para que su purga fuera efectiva.
Por muy mortificante que le resultara admitirlo, parecía que su promesa al capitán Ventris de que podía garantizar la lealtad de los pretorianos iba a acabar siendo un costoso error de juicio.
Los astartes de la Guardia del Cuervo utilizaron sus garras de energía como frenos de fricción y se deslizaron por los altos flancos de la Basílica Negra, dejando rasgaduras y estelas de chispas tras ellos. Aethon Shaan cayó suavemente sobre la tierra entre un grupo de corrompidos sacerdotes mecánicos. Mató al primero y al segundo con pasadas de sus guanteletes erizados de garras mientras el resto de sus guerreros iba aterrizando tras él en el pegajoso lodazal que rodeaba a aquel engendro monstruoso.
El trueno resonó sobre sus cabezas y una franja de claros relámpagos proyectó una fuerte luz sobre el paisaje de pesadilla que rodeaba la Basílica Negra. Junto al muro, decenas de ogros golpeaban unos tambores de hierro gigantes con barras metálicas. Los cráteres llenos de promethium habían estallado en llamas y ardían con una luz naranja a la vez que enviaban negras columnas de humo que apestaban a grasa quemada. Unos monstruos saltarines con armaduras sangrientas bailaban al son de una música que sólo ellos podían oír y sacerdotes con túnicas negras maldecían las armas en rituales oscuros.
Un trío de sacerdotes máquina, con unos hombros descomunales e implantes sobredesarrollados, parecidos a las alas de unos ángeles negros, se giraron para enfrentarse a ellos. Sus ojos llameaban con una luz color jade, y un grito horripilante, ensordecedor hasta límites insospechados, salió de sus bocas.
—Hasta aquí llegó nuestra intención de volver por donde habíamos venido... —dijo Kyre.
—Te dije que se iba a poner peor —le recordó Shaan.
—Creí que te referías a que se iba a poner peor para ellos.
—A eso me refería —fue la respuesta de Shaan.
Eso era tierra maldita y, como si fueran tropas aerotransportadas que hubieran aterrizado en medio de una fuerza enemiga, los astartes de la Guardia del Cuervo necesitaban mantener la iniciativa y evitar que sus enemigos se recuperaran de la tremenda sorpresa. Habían asestado un buen golpe pero, con el enemigo consciente de su presencia, ahora tenían que seguir igual para mantenerse con vida.
—¡Dispersión de combate! —ordenó Shaan—. Haced tanto daño como podáis en la huida. ¡Adelante!
Como una bandada de cuervos asustados, los miembros de la Guardia se separaron y se dispersaron en la oscuridad de la tormenta antinatural. Cada guerrero tendría que encontrar su forma de salir de allí, pasando de una sombra a otra y siempre eligiendo el camino dependiendo del daño que pudiera causar. Habían llegado con la oscuridad como aliada, pero ahora se les negaba esa cobertura, porque los relámpagos brillaban una y otra vez, como si conspiraran para desenmascararlos en venganza por la confusión que habían provocado allí.
Shaan se dirigió hacia el muro, alternando los momentos en los que estaba a cubierto y los que no. Colocó una granada en una pila de munición y ésta explotó con una llamarada de luz, desperdigando a los hombres que iban en busca de las armas que había allí almacenadas. Volaron por los aires, y Shaan disparó una ráfaga con su pistola en dirección a un grupo de los Nacidos de la Sangre que iban en su persecución. Dos cayeron y los demás se echaron cuerpo a tierra.
Se dirigió hacia la izquierda y se escondió tras una máquina de flancos aceitosos y manchados de sangre. Varios disparos rebotaron contra las protecciones de las orugas y rodó hacia un lado tras dejar una granada fijada al bloque del motor. Detonó con un estampido seco mientras él corría en busca de cobertura, directo hacia un grupo de soldados con sus rifles láser levantados. Otra granada salió de su guante y explotó en el aire ante ellos, derribando a los que estaban delante con una ráfaga de fragmentos como una guadaña. Saltó hacia los sorprendidos supervivientes sacando las cuchillas de los guanteletes y haciéndolos pedazos con movimientos cruzados.
Sus cuerpos aún no habían caído cuando una ráfaga de fuego láser lo alcanzó en el costado. El dolor surgió de un disparo especialmente afortunado que había dado en el trozo de su armadura que le había desgarrado el electrolátigo del templario. La piel le ardió y sintió que el órgano que había debajo se cauterizaba. Se tambaleó, escapando por poco a una repiqueteante andanada de proyectiles que desgarraron una estructura llena de materiales de construcción.
Se escondió detrás de los restos, cayó sobre una rodilla y se levantó con un gruñido de dolor. La pared de los Guerreros de Hierro estaba a menos de treinta metros, pero los ogros habían dejado los tambores y habían formado un sólido muro de músculo y hierro entre él y su ruta de escape. El sonido de los tambores había parado, la única buena noticia. La velocidad y el espacio eran sus armas en aquella huida semejante al vuelo de un cuervo, pero se estaba quedando rápidamente sin ambas.
Por suerte tenía otra arma.
Shaan dejó de moverse y se puso a caminar tranquilamente hacia las criaturas con las manos levantadas en gesto de rendición.
—De verdad que sois criaturas extremadamente feas —dijo Shaan—. Bastante repulsivas, de hecho.
Una de las criaturas dijo algo en su lengua corrupta, pero para Shaan no era más que un sonido gutural con sílabas que no significaban nada. Miró atrás. Treinta soldados de los Nacidos de la Sangre avanzaban hacia él. No disparaban, lo que era una estupidez por su parte. Querían un prisionero, pero no lo iban a conseguir.
—Lo malo de encontrar enemigos en medio de tus fuerzas es que nunca puedes estar seguro del tiempo que llevan entre tus líneas —prosiguió Shaan—. No puedes saber lo que han saboteado antes de que los vieras.
Cuando la última palabra salió de sus labios, envió el impulso de detonación a los explosivos que había colocada en el depósito de municiones de la Basílica Negra.
La desesperación inundaba al magos Locard. Sus infoeméticos funcionaban, hacían lo que tenían que hacer, pero no eran más que una vela parpadeante intentando vencer a un relámpago. Las barreras aegis de los pretorianos sólo tardarían unos minutos en caer y volverían sus armas hacia los que hasta entonces habían sido sus aliados. La Garganta de los Cuatro Valles se llenaría de sangre y el camino a Calth quedaría expedito.
Desenrolló uno de los mecadendritos de su torso y lo conectó a la red de comunicadores para advertir a las fuerzas imperiales que los pretorianos debían ser considerados combatientes enemigos. En ese momento la oscuridad de la caverna desapareció momentáneamente en medio de una luz cegadora que hizo desaparecer todos los colores de la realidad, y una vibración atronadora atravesó la roca.
El lector sísmico se salió de la escala durante un segundo.
«¿Con qué nuevo engendro de la disformidad tenemos que enfrentarnos ahora?», se preguntó. La frustración y la desesperación habían roto su último resquicio de control.
Miró la holosfera, pero se dio cuenta de que no necesitaba los pictógrafos remotos para ver lo que había ocurrido. Una brillante columna de fuego se elevaba desde detrás del muro de los Nacidos de la Sangre, absorbiendo deshechos, soldados enemigos y rocas sueltas, y mezclándolos en una creciente nube de vapores sobrecalentados.
—La Basílica Negra —murmuró Locard—. ¡La Guardia del Cuervo!
Tras el muro se estaba produciendo un infierno de proporciones cataclísmicas y la bola de fuego se extendía más allá de éste como un océano rugiente que impactara en un rompeolas totalmente inadecuado. La batalla que se desarrollaba en la caverna cesó cuando la fuerza de la explosión se llevó por delante hombres y árboles y la onda expansiva golpeó la tierra. Multitud de trozos de roca cayeron del techo y enormes nubes de polvo salieron despedidas.
Locard apartó la vista de la obra de Shaan y vio que el poder del código corrupto se iba desvaneciendo a la vez que sus infoeméticos se activaban de nuevo, haciendo desaparecer ese código corrupto que infestaba los sistemas operativos de los pretorianos.
Locard activó la capa noosférica de la holosfera y cerró los ojos cuando vio lo cerca que habían estado de caer las barreras aegis. Quedaba menos del tres por ciento, lo que significaba menos de quince segundos de resistencia ante las líneas infectadas de código. Entonces, como un crono-gladiador a cuyo reloj de muerte le hubieran añadido un último minuto, las barreras aegis empezaron a reconstruirse mientras los infoeméticos de Locard seguían limpiando sistemáticamente el código infernal.
Cuando las barreras en reconstrucción alcanzaron el quince por ciento, Locard envió un código de reactivación manual a los pretorianos. En pocos segundos, todos aquellos servidores de combate podrían de nuevo seguir matando enemigos con una eficiencia incansable.
—¡Que el Emperador os bendiga, capitán Shaan! —exclamó el magos Locard.