
A lo largo de los siguientes tres días, el dolor de la mano de Uriel se mantuvo al límite de lo resistible. Una vez completada la prueba de los Aceites Sagrados, había sido devuelto a la oscuridad y aislamiento del frío espacio subterráneo.
Excepto que no estaba realmente aislado, no cuando los enloquecedores cánticos y el zumbido apenas audible que le impedían dormir eran sus constantes compañeros. Lo habían dejado solo, por lo que podía constatar, aunque sabía que debía de haber armas apuntadas hacia él y carceleros siempre preparados para destruirlo si intentaba escapar.
Pero la huida no estaba en los pensamientos de Uriel, no mientras su lealtad estuviera en entredicho.
El tiempo pasó lentamente en la oscuridad, y los pensamientos de Uriel viajaron de sus propios apuros a los de Pasanius y los eventos que habían tenido lugar en el planeta en general. ¿Qué le habría pasado a su amigo? ¿Habría superado las dos primeras pruebas como lo había hecho Uriel?
Éste no tenía ninguna razón para sospechar que Pasanius hubiera fallado las pruebas. Tan sólo esperaba que cuando los siniestros cirujanos de Medrengard le habían arrancado el brazo infectado de xenos de su cuerpo se hubieran llevado cualquier rastro de mácula.
Si quedaba alguna pequeña traza de la esencia del Portador de la Noche en su interior, ¿sería eso suficiente para condenar a Pasanius a ojos de los Caballeros Grises?
Trató de apartar de su mente esas dudas y preocupaciones, preguntándose qué estaría sucediendo en las calles de Barbadus. Su cronología de los eventos desde el derrumbe del bar en adelante eran fragmentarios y no podía decir del cierto lo que había sucedido. ¿Habían matado los Caballeros Grises a los sinpiel, o todavía estaban campando a sus anchas?
Barbadus estaba lleno de escondites con retorcidos caminos y oscuros lugares donde ocultarse, y era totalmente posible que el señor de los sinpiel y su tribu hubieran evitado su captura o destrucción. Y si ése había sido el caso, ¿cuál sería su próximo movimiento? ¿Ocultarse y no dejarse ver? ¿Volver a matar?
En el espacio de una sola noche los sinpiel habían asesinado a la mayoría de los Águilas Aullantes, a la coronel Verena Kain y a Mesira Bardhyl. ¿Quién sería el próximo en morir?
Todo se remontaba al Campo de la Muerte.
Aquellos que habían tomado parte en la masacre de los habitantes de Khaturian estaban siendo asesinados y se había puesto en movimiento una cadena de eventos que iba a engullir a Salinas en las llamas de la batalla. Y lo que era peor, Leodegarius obviamente pensaba que quien fuera que había poseído a los sinpiel era suficientemente peligroso para considerar la destrucción total de Salinas.
Uriel había visto un mundo arder a manos de la Inquisición, y no estaba de humor para ver morir a otro. Fuera cual fuese la verdad de lo sucedido en Salinas, lucharía junto a los Caballeros Grises para evitar más muertes, suponiendo que superara el Judicium Imperator.
Su propia alma se rebelaba ante la idea de luchar contra Leodegarius, pero ¿qué otra opción tenía? Negarse a luchar lo condenaría, pero tomar las armas contra un hermano guerrero del Imperio era un anatema para él.
Luchar contra un sublime guerrero era mortificante, pero la idea de hacerlo mejor que él era inconcebible, incluso ridícula. Uriel estaba herido, maltrecho y agotado, mientras que Leodegarius estaba en inmejorables condiciones. No sería un combate; sería una vergonzosa derrota.
Uriel Ventris, sin embargo, no era un guerrero que se rindiera fácilmente.
En Pavonis, cuando se enfrentó con el terrible poder destructor de estrellas del Portador de la Noche, resistió ante él y le negó el receptáculo que habría potenciado sus poderes cien veces. Se había enfrentado al poder de la reina Norna en las profundidades de una nave colmena y la había derrotado. Había marchado a la batalla sobre la devastada superficie de un mundo demoníaco y derrotado a los demonios y diablos que habitaban en sus malditas tierras interiores.
Se enfrentaría a este nuevo reto, y lo haría con la cabeza bien alta.
Era la única forma que conocía.
Preguntar por el mundo exterior era irrelevante, pues no podía hacer nada para alterar el devenir de lo que estaba sucediendo más allá de esos muros. Como poco podía hacer para alterar sus propias circunstancias, se acomodó en el frío suelo de piedra y empezó a prepararse para la lucha que se avecinaba.
Uriel cerró los ojos y controló la respiración, dirigiendo las energías de su cuerpo hacia el proceso de curación y restauración. El tiempo se enlenteció hasta arrastrarse, y Uriel sintió cada músculo, hueso y pelo de su cuerpo a medida que su percepción se volvía introspectiva.
Realmente no podía curar sus heridas como hacían los psíquicos, pero las energías mentales de un marine espacial eran tales que, dirigiendo cuidadosamente sus flujos, algo aprendido a lo largo de décadas de estudio y práctica, era capaz de concentrar la energía en su recuperación.
La garganta de Uriel le dolió allí donde una espada se la había atravesado en Medrengard. La herida hacía mucho tiempo que había sanado, pero la cicatriz y el recuerdo permanecían. El ardiente dolor en la mano que los aceites sagrados habían escaldado se desvaneció hasta no ser más que un apagado palpitar. Su pecho se puso rígido donde una vengativa púa de la reina Norna le había atravesado la parte del torso sin la protección de las costillas, y entre todas esas heridas le volvió el recuerdo de un centenar más.
Cada una de ellas habría matado a un mortal, pero su constitución astartes estaba hecha a prueba de esas heridas, y había sobrevivido a ellas, volviéndose cada vez más fuerte. También sería capaz de hacerse más fuerte después de ésta.
Uriel sabía en el fondo de su corazón que no era un traidor y que su carne no estaba corrupta. Esto no era un exceso de orgullo o arrogancia; era simplemente algo que sabía desde el fondo de su alma. La mera idea de que podría ser corrupto era intolerable, y si Leodegarius no le hubiera exigido realizar la prueba final, el propio Uriel lo habría hecho, pues ¿de qué otra forma podrían estar todos seguros de que había regresado del Ojo del Terror con el alma intacta?
Únicamente la aprobación por parte de un cuerpo tan augusto y respetado como los Caballeros Grises borraría cualquier duda acerca de su fidelidad en las mentes de sus hermanos de batalla.
Regresar a Macragge sin ese sello de aprobación era impensable, y Uriel de repente fue consciente de lo ingenuo que había sido por pensar que, simplemente, podría pasar a través de las puertas de la Fortaleza de Hera sin él. Aunque sus hermanos de batalla aceptaran su palabra como cierta (¿por qué motivo querría un ultramarine mentir a sus compañeros?), Uriel sabía que sería eternamente sospechoso a los ojos de los demás sin la confirmación de pureza de los Caballeros Grises.
Pero ¿cómo podía esperar vencer ante el poder de Leodegarius?
Uriel se permitió un instante de orgullo marcial mientras se veía enfrentándose a las poderosas fuerzas que había vencido en combate, los enemigos que ya no eran más que polvo en el aire mientras que él seguía estando vivo y en condiciones de luchar.
Mientras hubiera vida, había esperanza, y mientras hubiera esperanza, Uriel Ventris seguiría luchando.
Transcurrió el tiempo y la oscuridad fluyó alrededor de Uriel como si fuera algo vivo. Cuando consideró que su mente y su cuerpo estaban tan preparados como podían llegar a estarlo para la inminente lucha, se puso en pie y permitió que la sangre fluyera por su cuerpo a un ritmo acelerado.
Aunque no podía ver nada a su alrededor, Uriel siguió los ejercicios marciales básicos del Adeptus Astartes, trabajando cada grupo de músculos para potenciarlos de cara al combate. Uriel se tensó y estiró en largos y lentos movimientos, preparando su cuerpo para las exigencias y los esfuerzos de matar.
Si acaso, la oscuridad potenció sus ejercicios, obligándolo a centrarse en sus otros sentidos mientras giraba y avanzaba, utilizando manos y pies, rodillas y codos, como si fueran armas asesinas. Olvidó el dolor de la mano, dejando el repugnante hedor de la carne quemada como un mero recuerdo distante.
Los pulmones le ardían y el corazón le latía con fuerza contra las costillas mientras su cuerpo cambiaba del estado de meditación al de una letal máquina de matar. Una vez completados los ejercicios básicos, Uriel pasó a realizar ejercicios más complejos, saltando y girando en el aire mientras luchaba contra adversarios imaginarios.
Finalmente cayó sobre una rodilla, con el puño a un milímetro del suelo, y soltó un contenido aliento. Uriel se puso en pie y se recorrió el cráneo con las manos, sintió el escaso pero bienvenido vello.
—Luz —dijo una voz en la oscuridad, y Uriel se cubrió los ojos cuando una llama azul cobró vida a su alrededor. Sus ojos se ajustaron rápidamente a la luz y vio que estaba rodeado por una hueste de guerreros con armadura plateada. Cada uno de los guerreros llevaba una larga alabarda con los filos envueltos en un halo de energía que era el origen de la luz azulada.
Veinticinco caballeros grises permanecían firmes formando un círculo a su alrededor, con las placas de sus brillantes armaduras resplandeciendo bajo el brillo azul acero. Leodegarius avanzó desde el círculo de guerreros. El líder de los Caballeros Grises se había quitado la armadura y llevaba una túnica ligera, un uniforme de entrenamiento similar al utilizado por los Ultramarines.
—Has aprovechado bien tu tiempo, Uriel Ventris.
—El tiempo gastado sin mejorar mis habilidades es tiempo perdido —replicó Uriel.
—Bien dicho —asintió Leodegarius—. Han pasado tres días. Déjame verte la mano.
Uriel prácticamente había olvidado el dolor de su mano herida, pero asintió con la cabeza y la levantó hacia Leodegarius sin romper el contacto visual. Un cirujano seguía al caballero gris, con siseantes caños y gorgoteantes tubos saliendo de debajo de sus ropajes. Un brazo de metal emergió de la manga del cirujano sosteniendo un aparato similar al narthecium de un apotecario. El aparato se aproximó a la mano de Uriel, bañándola en un dorado resplandor que le hizo sentir como si le estuviera vertiendo miel tibia sobre la piel.
La luz desapareció y el cirujano hizo un gesto de asentimiento a Leodegarius antes de retirarse.
Uriel miró su mano y se sorprendió al ver que las cicatrices de la terrible herida prácticamente habían desaparecido. La carne se mostraba sonrosada y sana, sin duda tierna y débil, pero indiscutiblemente completa una vez más.
Leodegarius se acercó y dio la vuelta a la mano de Uriel, inspeccionándosela cuidadosamente. Uriel pudo adivinar que el caballero gris estaba complacido por lo que veía.
—La carne sana perfectamente —dijo Leodegarius—. No creo que jamás haya visto a nadie recuperarse de la prueba de los Aceites tan rápidamente.
—Entonces, ¿estamos preparados para luchar? —le preguntó Uriel dando un paso atrás.
—Pareces ansioso —comentó Leodegarius.
—Lo estoy —replicó Uriel—. No de luchar contra ti, sino de reivindicarme a mí mismo.
Leodegarius asintió.
—Lo comprendo —dijo, dándose la vuelta—, pero no lucharemos aquí.
—¿Dónde será?
—Donde todos puedan ver el juicio que el Emperador haga de ti —respondió Leodegarius—. Sígueme.
Uriel siguió a Leodegarius mientras éste lo guiaba fuera de su lugar de confinamiento. Un túnel abovedado revestido de sillería los llevó por lo que Uriel supuso serían los cimientos del palacio. Su ruta recorrió diversos túneles antiguos, excavados en eras pasadas y adaptados por los que posteriormente construyeron el palacio.
Los túneles excavados en la roca se convirtieron en corredores cubiertos de planchas metálicas antes de fundirse con salas con paredes de cerámica de elevadas bóvedas y brillantes luces. Parecía no existir ningún sentido del orden en aquella arquitectura subterránea, con corredores surgiendo en ángulos extraños y los mismos túneles regresando a su origen al cabo de poco tiempo sin haber llevado a ningún sitio útil.
Los caballeros grises marchaban perfectamente acompasados, con tranquilas pero largas zancadas. Un destacamento de guerreros iba delante de Uriel, otras nueve detrás, y el resto a los lados. Leodegarius los encabezaba, y una hueste de acólitos portando incensarios creaba una neblina casi viva que abría la procesión.
Pasaron almacenes, salas olvidadas, armerías y barracones, y cuando entraron en un corredor bajo, Uriel oyó numerosas voces agitadas procedentes de algún lugar por delante de ellos.
El túnel se abrió a un amplio espacio circular con el techo muy alto y una torre cilíndrica gris en el centro de la sala. Los muros estaban cubiertos de celdas, todas ellas orientadas a la torre, y Uriel reconoció el lugar como una especie de prisión.
—Es un panopticon —le aclaró Leodegarius, adivinando los pensamientos de Uriel—. Los guardias están situados en el edificio central y los prisioneros no tienen forma de saber cuándo están siendo observados, ya que no pueden ver el interior. No tienen ninguna forma de ocultarse, así que controlan sus instintos básicos para evitar ser castigados.
—Pues es el miedo al castigo y no la devoción al Emperador lo que asegura su obediencia, ¿no?
—Así es —asintió Leodegarius con disgusto—. Algo que bien podría aplicarse a todo el planeta.
—¿Por qué estamos aquí? —quiso saber Uriel.
—Para reunirnos con tu compañero.
—¿Pasanius?
—Sí, ha sido mantenido aquí desde que también pasó las otras pruebas.
—¿Él también va a luchar contra ti?
—Él luchará junto a ti —asintió Leodegarius, cruzando la sala para detenerse delante de una celda donde la gratificante visión de Pasanius recibió a Uriel.
Su amigo estaba firme, y Uriel vio que la mano que le quedaba estaba tan rosada y tierna como la suya, pero evidentemente curada de su inmersión en los aceites sagrados.
—¡Uriel! —gritó Pasanius con evidente alivio—. ¿Y tu mano?
—Casi tan bien como la tuya —respondió Uriel mientras la puerta se abría y Pasanius salía de la celda. Ambos guerreros se abrazaron, aliviados más allá de lo que podía expresarse con palabras por encontrar al otro con vida, y Uriel liberó a su amigo de un aplastante abrazo de oso.
—¿Estás preparado para esto?
—Puedes estar absolutamente seguro de que estoy preparado —le contestó Pasanius, inclinando la cabeza hacia Leodegarius—. Sin intención de ofender, pero estos tipos cuestionaron nuestra lealtad. Estoy preparado para cualquier cosa necesaria para demostrar que no somos traidores.
—Tu sargento te ha sido ferozmente leal, capitán Ventris —le informó Leodegarius, y Uriel no pudo dejar de notar que su nombre había sido precedido por el rango. Eso tenía que ser un buen augurio.
—Es mi amigo —repuso Uriel—, y eso es lo que hacen los amigos.
Leodegarius se volvió hacia la salida de la sala, una gran arcada de piedra negra que conducía hacia arriba.
—Entonces esperemos que eso sea suficiente.
Flanqueados por los caballeros grises, Uriel y Pasanius los siguieron a través de otra serie de túneles que, finalmente, los llevaron a una puerta fortificada llena de aspilleras y con gruesos portones de bronce.
La puerta estaba abierta, dejando penetrar la luz del exterior, y Uriel recordó la alegría que los embargó al ver verdadera luz al llegar a Salinas. El sentimiento de volver a estar en el exterior después de tanto tiempo, pese a que como mucho habían pasado unos pocos días, era sublime y, mientras marchaban por una carretera descendente, se sintió lleno de esperanza.
Esa esperanza se desvaneció en cuanto pusieron pie en el exterior y sintió el aplastante peso de la melancolía que saturaba sus pulmones con cada inspiración. El aire era plomizo y pesado; el cielo presionaba el ambiente con un peso monstruoso. Amenazantes nubes pasaban por encima de sus cabezas, y Uriel sintió el terrible sentimiento de melancolía que lo asaltó entre las ruinas de Khaturian.
Una vez más, él y Pasanius se encontraban en el vasto espacio en que se declaró el Día de la Restauración. En el inhospitalario patio de armas había por lo menos doscientos soldados y una gran cantidad de dignatarios del planeta.
Una resplandeciente cañonera Thunderhawk de color plateado reposaba con la plataforma de asalto abierta detrás de los dignatarios, y Uriel sonrió ante un objeto tan tranquilizadoramente familiar. Aunque la cañonera no tenía los colores de los Ultramarines, el poderoso símbolo de poder del Adeptus Astartes levantaba el ánimo de Uriel en la ominosamente saturada atmósfera del día.
Uriel vio la torre de las janiceps en el extremo opuesto del patio y, a su derecha, la decrépita pero maravillosa Galería de Antigüedades. Girando el cuello por encima del hombro, vio las elevadas torres y los lóbregos capiteles del palacio imperial.
—Nunca me ha gustado este lugar —dijo Pasanius—. Y ahora todavía menos.
—¿Tendremos que luchar aquí? —le preguntó Uriel a Leodegarius—. ¿Qué le ha sucedido a este lugar? Parece… muerto.
—El combate tendrá lugar delante de las autoridades planetarias adecuadas, tanto seglares como sagradas —dijo Leodegarius—. Para que el Judicium Imperator tenga algún sentido, debe realizarse ante testigos. Sobre lo que ha sucedido desde tu encarcelamiento… Ya hablaremos de ello si sobrevives.
Tras tan torvo anuncio, siguieron a Leodegarius hasta el centro del patio de armas, y Uriel pudo ver numerosas caras familiares reunidas para presenciar el combate. El cardenal Togandis sudaba bajo los ropajes ceremoniales de su cargo, y Daron Nisato estaba resplandeciente en su reluciente armadura negra de agente.
Leto Barbaden estaba sentado en un podio elevado, pareciendo simultáneamente aburrido y furioso por la ceremonia, a pesar de que el destino de dos de los mayores defensores de la humanidad había de decidirse ante sus ojos.
Leodegarius se detuvo delante del podio y saludó con una leve inclinación de cabeza a Leto Barbaden antes de volverse hacia Uriel y Pasanius.
—Gobernador Barbaden, estos dos guerreros han superado las pruebas de pureza según las determina mi orden, y los presento ante vos para que podáis ser testigo del juicio del Emperador. No existe ninguna autoridad superior al Emperador, y por tanto él debe decir la última palabra sobre su destino.
Uriel parpadeó sorprendido ante la elección de las palabras del caballero gris, reconociendo en ellas la implícita advertencia de que su destino no estaba en manos de Barbaden. ¿Habría exigido el gobernador su ejecución en los últimos días? Teniendo en cuenta sus anteriores relaciones, ésa era una evidente posibilidad, pero las palabras de Leodegarius sugerían que esa decisión no era Barbaden quien debía tomarla, no cuando los Caballeros Grises estaban implicados.
El Adeptus Astartes permanecía al margen de la rígida jerarquía del Imperio de una forma que algunos consideraban inaceptable, pero los Caballeros Grises gozaban de un margen de maniobra incluso más allá de la autonomía de la mayoría de los capítulos. Su autoridad era absoluta, y nadie que preciara en algo su vida osaría contravenir sus dictados.
Parecía que Leto Barbaden no era ninguna excepción, y Uriel vio que al gobernador no le gustaba nada tener que inclinarse ante la autoridad de los que, sin duda, consideraba intrusos.
Barbaden asintió antes de contestar.
—Estos dos no han traído más que problemas a mi mundo, pero si vuestra orden declara que este combate es un juicio justo y adecuado, seré testigo de ello.
Uriel ocultó su satisfacción ante la evidente incomodidad de Barbaden y sostuvo su hostil mirada. Su animadversión hacia el gobernador de Salinas se había intensificado con lo que había descubierto sobre él. El menosprecio de Barbaden por la vida humana y sus decisiones durante la conquista de Salinas eran incuestionables, y Uriel sabía que sus crímenes debían ser corregidos por el paso del tiempo.
Leodegarius se volvió hacia él.
—Seguidme al lugar de la batalla.
Uriel asintió, y tanto él como Pasanius siguieron al caballero gris al centro de un círculo que había sido delimitado en plata, como el círculo protector grabado en la sala de piedra en que habían tenido lugar las pruebas, pero éste era considerablemente mayor. Varios caballeros grises con servoarmadura tomaron posiciones alrededor del círculo, con las resplandecientes hojas de sus alabardas crepitando bajo la luz del sol.
—Lucharemos cuerpo a cuerpo, sin armas —dijo Leodegarius—. Vosotros dos contra mí.
—¿Eso es todo? —inquirió Pasanius.
—¿Qué más esperabas?
—No lo sé —admitió Pasanius—. Simplemente pensaba que habría mucho más… ritual.
—Los rituales son para paganos susurradores de cadáveres y hechiceros —declaró Leodegarius, adoptando una posición de lucha—. Yo prefiero una acción más directa.
Uriel dejó que su mente y su cuerpo se sumieran en el ritmo del combate, permitiendo que su metabolismo se acelerara y potenciando sus sentidos y tiempos de reacción.
—¿Cuáles son las reglas, pues? —preguntó.
—Eres demasiado ultramarine —sonrió maliciosamente Leodegarius, mientras lanzaba un atronador puñetazo a la cara de Uriel. El puño del caballero gris fue como un pistón de acero, e impulsó a Uriel hacia atrás como si hubiera sido alcanzado por un dreadnought.
De su mejilla manó un chorro de sangre y vio estrellas a causa de la fuerza del golpe, pero Uriel ya había sido golpeado anteriormente y sabía cómo librarse del dolor del impacto. Bajó el hombro e hizo girar el cuello, apartando la cabeza de la trayectoria del segundo golpe de Leodegarius.
Su brazo se levantó casi con voluntad propia, bloqueando en un ángulo recto y lanzando un gancho contra el torso del atacante. Su otro puño golpeó en el costado del caballero gris y oyó un satisfactorio jadeo. Tenía la mano quemada bañada por un ardiente calor, con la piel agrietada allí donde no estaba totalmente curada, pero Uriel desterró el dolor a lo más recóndito de su mente.
Pasanius golpeó con su izquierda, pero Leodegarius esquivó fácilmente el golpe desequilibrante. El codo de Leodegarius martilleó el costado de Pasanius y su puño golpeó como un garrote en su estómago, obligando al sargento a hincar la rodilla.
Uriel se lanzó hacia delante con el puño trazando un arco hacia la cabeza de Leodegarius, pero el caballero gris había previsto ese ataque. Con una rapidez que parecía imposible en un guerrero tan voluminoso, Leodegarius se apartó a un lado y cogió la muñeca de Uriel. Pivotó rápidamente y golpeó con su cadera a Uriel, utilizando el impulso de la carga para lanzarlo despedido.
El suelo se le acercó y Uriel lo golpeó con toda contundencia. El aliento le abandonó los pulmones y miró hacia arriba a tiempo de ver un demoledor pie descendiendo sobre él. El astartes rodó a un lado mientras el pie golpeaba y partía la piedra. Se incorporó mientras Pasanius recibía otro duro golpe en el rostro.
Uriel sacudió la cabeza para despejarla tras el impacto con el suelo y escupió un poco de sangre. Sabía que había subestimado la decisión de su oponente. Leodegarius podría haber querido representar una comedia para demostrar que eran inocentes, pero no estaba dispuesto a comprometer la integridad del Judicium Imperator para lograrlo.
Leodegarius se apartó de Pasanius y Uriel se movió en círculo hacia su izquierda mientras los soldados los jaleaban. Los oficiales de Salinas observaban la lucha con interés, pero los falcatas no estaban conteniéndose en forma alguna. Uriel se arriesgó a mirar rápidamente a Pasanius, quien trataba de incorporarse como si todavía estuviera aturdido por el golpe en la cabeza.
Uriel captó un destello de astucia en su amigo y empezó a girar hacia el otro lado, haciendo que Leodegarius se acercara a Pasanius. El caballero gris miró hacia abajo, despreocupado, a la aturdida figura de Pasanius, que se debatía en el suelo, mientras Uriel fintaba hacia la izquierda y golpeaba por la derecha.
El golpe alcanzó a Leodegarius en el hombro sin hacerle apenas daño, pero desequilibrándolo por un breve segundo. Uriel le lanzó una rápida sucesión de golpes altos, uno de los cuales penetró la defensa de Leodegarius y le abrió una brecha encima del ojo derecho.
Su contundente respuesta resonó en la mandíbula de Uriel, pero la había visto venir. Bajó la guardia una fracción de segundo y Leodegarius avanzó a la ligera para asestarle un golpe demoledor.
Antes de que pudiera asestarlo, Pasanius se lanzó sobre su costado y le lanzó una lacerante patada a la pierna, justo encima de la rodilla. El pie de Pasanius fue como una maza de hierro golpeando el tendón del peroné del caballero gris, casi partiéndole la pierna por debajo de éste.
Leodegarius cayó y Uriel se lanzó sobre él, golpeando con sus puños la cara del guerrero, odiando el hecho de que estaba vertiendo la sangre de un héroe imperial, pero sabiendo que no tenía otra opción que luchar con todas sus fuerzas.
Echó hacia atrás el puño para volver a golpear, cuando Leodegarius se lanzó a sus pies y atacó con la palma de su mano izquierda el plexo solar de Uriel. Casi en el mismo movimiento, su mano derecha alcanzó el cuello de Pasanius.
Éste emitió un ahogado grito de dolor y los ojos le giraron dentro de las órbitas.
Uriel trastabilló hacia atrás, luchando por recuperar el aliento mientras su diafragma seguía convulsionado y dolorido por el golpe en el plexo solar que casi lo había cegado. No podía llevar aire a sus pulmones.
Leodegarius se levantó, como un coloso de las profundidades, y Uriel se sorprendió de que hubiera podido recuperarse tan rápidamente del golpe de Pasanius. Un golpe de tal contundencia habría partido la pierna de un guerrero mortal y dejado inmovilizado a un marine espacial durante varios minutos.
Leodegarius luchaba como si jamás hubiera recibido el golpe, y Uriel comprendió que estaban luchando contra uno de los guerreros más poderosos del Imperio. Uriel levantó el puño, pero estaba demasiado lento para evitar los golpes demoledores que le llovieron sobre la cabeza cuando Leodegarius se le acercó. Desesperadamente, se movió en círculo para tratar de poner cierta distancia entre él y su oponente.
Uriel no podía resistir la furia de los ataques y vio el golpe que acabaría con él una décima de segundo antes de recibirlo. El puño del caballero gris rodeó su guardia y lo golpeó directamente en la cara con el poder de un trueno.
Uriel fue arrojado hacia atrás y aterrizó junto a Pasanius, con la cara toda ensangrentada y una masa de feos cardenales en el torso que estaban empezando a hincharse y volverse púrpuras.
Sabía que tenía que ponerse en pie, pero las fuerzas lo habían abandonado y volvió a caer, incapaz de levantarse o luchar, o hacer cualquier otra cosa que no fuera yacer desangrándose. Su respiración eran cortos y dolorosos jadeos, y en la boca tenía el sabor a sangre y a derrota.
¿Era así como iba a acabar su vida? ¿Apaleado hasta convertirse en una masa sanguinolenta por un guerrero con el que deberían estar luchando hombro con hombro? La indignidad y el horror eran insoportables.
Uriel miró hacia arriba en medio de la niebla de sangre e hinchazones para ver a Leodegarius de pie, mirándolo.
—Mátanos y se habrá acabado —le espetó—, pero al hacerlo no haces nada más que ayudar a los enemigos del Emperador.
Leodegarius negó con la cabeza y le ofreció la mano a Uriel.
—No —dijo—. No voy a mataros. El Judicium Imperator ha terminado, y habéis demostrado que sois unos leales servidores del Imperio.
Uriel aceptó la mano y se puso inestablemente de pie.
—Pero hemos perdido.
—El Judicium Imperator no trata de quién gana o pierde —explicó Leodegarius—, sino de la lucha. Soy un guerrero de los Caballeros Grises, y llevo el fuego del Emperador hasta los rincones más oscuros de la galaxia. Únicamente un servidor de los Poderes Siniestros podría derrotarme. Si hubierais sido mejores que yo, eso habría demostrado que erais enemigos del Emperador y mis guerreros os habrían acribillado.
—Entonces ¿se suponía que debíamos perder? —preguntó Uriel, horrorizado por las implicaciones.
—¿Suponerse? —Leodegarius se encogió de hombros—. No, pero el Emperador estaba conmigo y confiaba en poder derrotaros a los dos, demostrando así que no erais servidores del mal.
Pasanius se incorporó sobre un hombro.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, todavía aturdido—. ¿Hemos vencido?
—Creo que lo hemos hecho —respondió Uriel.
—Bien. Sabía que podíamos con él —dijo Pasanius, volviendo a caer inconsciente.
La sensación de un ajustado mono nuevo sobre la piel era sublime, y el sentido de anticipación casi insoportable. Uriel sintió como el corazón se le aceleraba cuando los artesanos de los Caballeros Grises levantaron la placa pectoral azul de la servoarmadura de la bandera de combate y la acercaron a su pecho.
El movimiento estuvo acompañado de solemnes cánticos de los acólitos encapuchados, quienes, desde la vindicación de Uriel y Pasanius, habían adoptado un aspecto mucho menos amenazador.
Uriel y Pasanius estaban en pie sobre un estrado ante los Caballeros Grises reunidos y el conservador Lukas Urbican en una de las grandes salas de la Galería de Antigüedades. Los Caballeros Grises llevaban su equipo de combate, con todas las placas y protecciones engalanadas con sellos de pureza.
Con la lealtad de Uriel y Pasanius al Trono Dorado demostrada por el Judicium Imperator, los caballeros grises los habían llevado a la Thunderhawk, donde los cirujanos y apotecarios habían sanado sus heridas. No se dijo nada, y Leodegarius se negó a responder ninguna pregunta hasta que estuvieran en condiciones de mostrarse ante él como hermanos astartes.
Las quemaduras de las manos que ya habían sido tratadas fueron limpiadas con cremas estériles y regeneradas con vendas de piel sintética, y los hinchados moretones del Judicium Imperator tratados con hielo y medicamentos para el dolor.
Allí donde Uriel había sido marcado en la espalda, los chasqueantes mecanismos de un servidor reconstructivo implantado en el muro del medicae de la Thunderhawk eliminaron rápidamente las cicatrices de las quemaduras y reconstruyeron el tejido y la epidermis.
En aproximadamente una hora, tanto Uriel como Pasanius fueron declarados aptos para el servicio y se les entregaron monos nuevos para llevar servoarmaduras. Leodegarius se había marchado de la Thunderhawk y, junto con una escolta de Caballeros Grises, atravesó el vacío patio de armas hacia la Galería de Antigüedades.
El conservador Urbican los había estado esperando, recibiéndolos con una amplia sonrisa en la cara y los brazos abiertos para darles de nuevo la bienvenida a la galería. Una vez más, atravesaron las sombrías salas hasta que se encontraron ante las armaduras pertenecientes a los Hijos de Guilliman.
Dieciocho de las armaduras estaban dispuestas en formación de batalla detrás del estrado. La decimonovena, la armadura que Uriel había elegido, o que lo había escogido a él, estaba desmontada y dispuesta sobre una de las grandes banderas de combate de Salinas que habían descolgado de uno de los muros. La armadura era exactamente como Uriel la recordaba, recién pintada con los colores de los Ultramarines, a excepción del casco, que seguía llevando el azul y blanco de los Hijos de Guilliman.
Dispuesta junto a su armadura había otra, ésta con la familiar librea e iconografía de los Ultramarines. Uriel había visto el orgullo de Pasanius ante la restauración de los símbolos de su capítulo, pero su alegría al verlos de nuevo no fue menor.
—Preparaos para recibir vuestra armadura, guerreros del Emperador —dijo Leodegarius.
Uriel y Pasanius subieron al estrado, y los artesanos acercaron las primeras piezas de la armadura a sus cuerpos con gran reverencia. En primer lugar les colocaron las grebas, las piezas de la parte superior de la pierna y los refuerzos de las rodillas, seguidos de los serpentines energéticos de la sección central.
Pieza a pieza, la armadura fue colocada sobre ellos, y a medida que cada segmento era sujetado en su lugar, Uriel se sentía como si su alma estuviera siendo reconstruida. Unas piezas de la armadura fueron fijadas en la parte superior de los brazos y a continuación les tocó el turno a los antebrazos y los guanteletes.
La sección dañada de la armadura de Pasanius había sido reparada con una terminación para sellar la armadura a la altura del codo. Su amigo había declinado el ofrecimiento de los Caballeros Grises de colocarle un brazo prostético temporal, diciendo tímidamente que prefería que se lo pusieran los tecnomarines de Macragge.
Una vez hechos los ajustes, añadidas las últimas piezas y cada elemento de la armadura pulido y untado con aceites sagrados y ungüentos, sólo faltaba la última pieza. Los artesanos colocaron la placa pectoral y Uriel sintió el familiar silbido y los zumbidos de la armadura cobrando vida a su alrededor.
Les colocaron unas capas forradas de piel, del más puro blanco, alrededor de los hombros y las sujetaron con un broche en forma de águila dorada a sus placas pectorales, dejando que el borde les rodeara firmemente el cuello. Al conectarse los sellos de presión, Uriel notó los sistemas internos de la armadura revitalizando su físico, vibrando con una increíble energía potencial.
Los bioimplantes medidores instalados en el interior de la armadura y conectados a las conexiones de su cuerpo fundieron su estructura orgánica con la de las placas de ceramita y los increíblemente complejos sistemas de la armadura de un marine espacial.
Uriel sintió el poder de llevar tan magnífica armadura, su fuerza potenciada, su resistencia mejorada, y su capacidad para aniquilar a los enemigos del Emperador exponencialmente aumentada.
Con las armaduras de Uriel y Pasanius finalmente activadas, Leodegarius avanzó y les entregó unos relucientes bólters. Las placas lisas de las armas estaban repujadas en oro y todas las superficies grabadas con escritos de increíble detalle. Las armas acababan de ser engrasadas, y cada una llevaba su cargador de proyectiles bólter colocado en su posición delante del gatillo.
Uriel asintió al coger el bólter como si el arma no pesara en absoluto. La fuerza recorría su armadura y podía sentir los conductos de energía fluyendo por toda ella como si fuera una segunda piel.
Un marine espacial no era únicamente su armadura, sus armas o su entrenamiento y devoción. Cada uno de esos elementos se combinaba para crear algo mucho mayor que la suma de sus partes.
Un guerrero sin su arma o su armadura podía resultar muerto por sus enemigos, y un guerrero sin fe o entrenamiento podía sucumbir a los pequeños vicios que conducían a la traición.
Uriel había visto de primera mano en lo que un guerrero que no estuviera totalmente equipado, física y espiritualmente, podía convertirse, y había caminado peligrosamente cerca del precipicio en el que otros habían caído. Imágenes del Herrero de Guerra Honsou y Ardaric Vaanes pasaron flotando por su mente, pero eran imágenes fugaces, fantasmagóricas, recordatorios de un tiempo oscuro que ya había pasado.
Uriel asintió con la cabeza y miró la armadura, viendo el grueso sello de cera carmesí en el extremo de su hombrera. Un largo trozo de pergamino colgaba del sello de cera. Escrito en él con letra cursiva muy fina había un sermón protector para Uriel:
Él debe poner una capa blanca sobre su alma, pues puede sumergirse en la degeneración y aun así morir como un santo.
Leodegarius dio un paso atrás y les hizo una reverencia.
—Bienvenidos a casa, guerreros de Ultramar —les dijo.