
Aunque la artillería no dejaba de machacarlos y los disparos de las fuerzas auxiliares hacían caer a cientos, no había forma alguna de detener la carga de los Nacidos de la Sangre y de las máquinas demoníacas. Desplegada con disciplinada precisión, la horda de enemigos se estrelló contra las líneas de Ultramarines con un estruendo semejante al ritmo de los tambores. La Cuarta Compañía se preparó para recibir la carga y cuando ésta llegó, su línea se combó como un arco que se curva demasiado y se parte.
Los estampidos de las armas, los chirridos de las sierras y los chisporroteos de las espadas le conferían a la lucha luz como la de los sopletes de los astilleros. Las máquinas demoníacas dejaban escapar chillidos y aullidos mientras se abrían camino a través del centro de la línea, apartando hombres a ambos lados como si se tratara de briznas de paja. Cada vez que se producía una ruptura de la línea, allí acudía al momento una reserva que se movía con fluidez, un ariete de veteranos con escudos que marchaban hacia las mismas fauces de cada asalto con un coraje estoico.
Las andanadas destructoras barrían las primeras líneas desde las decenas de armas montadas en la Basílica Negra: ensordecedores cañones automáticos, munición explosiva y arcos relampagueantes de rayos de energía. Arrojaban una terrible pared de fuego que salía de la tierra como si fuera una gran cortina que quemaba armaduras y carne sin distinción alguna. El chirrido atronador de sus orugas cortaba el aire mientras avanzaba hacia el arco en las paredes de la fortaleza. Era un monstruo negro que se arrastraba hacia delante de forma inevitable.
Los Nacidos de la Sangre pululaban por el campo de batalla como hormigas en medio de una lucha entre gigantes. Esos guerreros mortales no podían superar a los Ultramarines en habilidad o fuerza, pero los acosaban como perros a un oso, con la esperanza de acabar con sus enemigos gracias a su superioridad numérica.
Y al parecer, la táctica estaba funcionando.
Uriel mantenía juntos a los Ultramarines frente a la furiosa tormenta de espadas y furia demoníaca, pero había poco que pudiera hacer para contener aquella marea sedienta de sangre.
Entonces llegaron los skitarii.
Yesyl Trejo había liderado a los skitarii de las fuerzas expedicionarias desde hacía casi una década y había ido ascendiendo poco a poco por todos los rangos durante otros veintidós años antes de eso. En todo ese tiempo, su cuerpo se había visto modificado, su armadura había aumentado y lo habían rearmado treinta y seis veces. Poco quedaba ya de su cuerpo original, pero eso no le importaba. Lo fundamental era que ahora era más grande, más rápido, más duro y más despiadado que nunca.
Él y sus mil guerreros pululaban por las pendientes occidentales resbaladizas por el barro de la Garganta de los Cuatro Valles: una marea creciente de asesinos aullantes ataviados de un modo tan extravagante como cualquiera de los del ejército contra el que cargaban. Llevaban una colección de placas brillantes cubriendo sus músculos sobredesarrollados, y pieles y calaveras extrañas les adornaban las hombreras. Cada uno de esos hombres era un asesino feroz, mejorado con maestría tecnológica y entrenado para ser un segador de vidas superlativo.
La mandíbula de acero de Trejo estaba llena de espuma por su ira alquímica, y la niebla roja producto de la furia propia de los berserkers estaba encadenada a los procesos de pensamiento rígidamente lógicos propios de un guerrero del Mechanicum. Aun con todo su salvajismo, la suya no era una masa informe de guerreros. Mezclados entre los skitarii había cientos de pretorianos, servidores montados sobre orugas y provistos del armamento más mortífero conocido en el sacerdocio marciano.
Unas líneas continuas de fuego cegador hostigaban los flancos enemigos, abriendo grandes boquetes en el cuerpo de los Nacidos de la Sangre. De las mochilas que llevaban a la espalda surgieron estandartes telescópicos y un bosque de armas de fuego apuntó hacia el enemigo, mezcla de rifles de plasma, de cañones rotatorios y de lanzas láser. Desenvainaron espadas y hachas que lanzaron relámpagos de energía, los cuales, unidos a las andanadas de proyectiles sólidos que cruzaban las filas de los Nacidos de la Sangre, actuaron como una mortífera tormenta.
El enemigo acusó el impacto de aquel ataque, pero los Nacidos de la Sangre eran soldados bien entrenados guiados por oficiales con la cabeza fría, que realinearon los flancos para poder encajar un nuevo ataque con una rapidez encomiable. Se movieron con velocidad, pero no con la suficiente para que la consciencia táctica mejorada de Trejo no viera inmediatamente el punto débil de la nueva formación. No necesitó dar órdenes; una unidad de mando neural unía su mente con la subred cortical de todos los guerreros de su fuerza, de modo que los guerreros más feroces de su horda se movieron de forma ordenada para crear una punta de lanza letal un instante antes de impactar en la masa de enemigos que constituía su objetivo.
Los dispensadores de estimulantes y derivaciones adrenales llenaban sus cuerpos de un combustible químico volátil, aumentando la agresividad y la velocidad de los reflejos hasta niveles casi iguales a los de los Adeptus Astartes. Las hojas de las espadas cayeron sobre los Nacidos de la Sangre cuando la fuerza skitarii alcanzó su objetivo. Era una horda mecanizada de guerreros salvajes que mataban sin remordimientos, sin miedo y sin pausa. La cuña de skitariis penetró en las líneas de los Nacidos de la Sangre y la batalla se convirtió en una masa en ebullición de miles de cuerpos que se lanzaban unos contra otros con armamento mecanizado, ferocidad desenfrenada y precisión clínica.
El barro se le pegó a los pies, y la lluvia le limpió la sangre del cuerpo a Trejo mientras se introducía en la masa de guerreros enemigos más cercana. Varias andanadas de disparos láser impactaron en su armadura y una ráfaga de proyectiles rebotó contra su mandíbula. Soltó una risotada dura y despiadada cuando llegó al centro de aquella acumulación de cuerpos.
Trejo golpeó con la máscara de acero que tenía por cara al soldado de los Nacidos de la Sangre que estaba más cerca de él y le hizo pedazos el cráneo. Luego disparó a otros tres con el arma de plasma que llevaba montada en el hombro. Su espada atravesó el pecho de otro a la vez que su brazo armado soltaba una andanada y segaba la vida de otro puñado de soldados. Lanzó un alarido mientras se adentraba más en las líneas enemigas, con su escolta de pretorianos disparando rápidas ráfagas que acababan con enemigos en todas direcciones.
El dispensador de su otro hombro escupió unas cuantas granadas por encima de las cabezas de los enemigos que tenía delante de él y vio un par de máquinas demoníacas desaparecer tras un fragor de fuego al rojo. Unas cuantas columnas de negra energía salieron proyectadas hacia el cielo, y Trejo saboreó esas muertes tanto como lamentaba la corrupción y la pérdida de tales mecanismos. La carnicería seguía desarrollándose a su alrededor, imposible de leer sin los implantes de visión especializada, y Trejo supo que esa carga había propinado un sangrante mordisco en el flanco enemigo. Hizo una mueca ante la vulgaridad de su visceral metáfora biológica.
Los Nacidos de la Sangre huían ante él, tropezándose unos con otros en su apresuramiento. Dejó escapar una risa dura y crispante mientras los veía huir. Una descarga repugnante del código binario corrupto de una máquina le hizo girar a la vez que su esfera sensora detectaba la presencia de tres máquinas demoníacas tras él.
Dos de sus pretorianos explotaron y el tercero quedó partido en dos por una espada sierra tan larga como dos hombres altos. Una titánica máquina demoníaca apareció detrás de él, de cuatro metros de alto y con la forma de un gigantesco escorpión metálico. Su cola cargó directa contra su espalda, pero él levantó su espada a tiempo para bloquear la cuchillada de aquel aguijón cubierto de energía. Su hoja despidió brillantes chispas y una tormenta de descargas.
El arma de su hombro soltó una descarga de plasma hacia el vientre del monstruo y un conjunto enmarañado de piezas de maquinaria y cableado cayó en una amalgama de metal y plástico requemado, pero a la bestia pareció no importarle. De repente otra máquina le golpeó el costado con una de sus patas metálicas. Trejo sintió que sus costillas reforzadas se hacían pedazos. Varias descargas de bálsamos contra el dolor le inundaron el sistema corporal, pero no con la velocidad suficiente como para evitarle el sufrimiento agónico que le produjeron los dientes de metal al perforarle el pulmón de plastiacero, pero sí con lo rapidez necesaria para que consiguiera mantenerse en pie. Rodó hacia un lado cuando la tercera máquina fue a por él y maldijo cuando sus indicadores de calor interno le informaron de que su arma de plasma no se había enfriado suficiente aún para poder volver a disparar de forma segura.
—¡Al diablo! —dijo y disparó una larga ráfaga a pesar de la información de los indicadores.
Cuatro dardos azules atravesaron el cuerpo de la máquina y ésta soltó un mecánico grito de muerte en medio de un caos de códigos binarios. Un vapor abrasador salía del arma de plasma y tres de sus bobinas explotaron, desparramando un plasma que le achicharró el hombro. Su armadura se fundió bajo ese calor intolerable y él intentó alejarse tambaleante de las máquinas que iban a por él.
El furioso relámpago de un disparo dividió en dos a una máquina demoníaca, y Trejo gruñó cuando un trozo ardiente de metralla le produjo un corte en la frente. La sangre empezó a caerle sobre los ojos y la máquina escorpión rugió con furia demoníaca cuando una nube de disparos la envolvió. Saltaron chispas de su caparazón blindado, pero eso sólo hizo que su rabia antinatural alcanzara nuevas cotas.
Trejo retrocedió, pero sintió una repentina presencia a su lado. Sólo una lectura en menos de un segundo de su biométrica evitó que la partiera en dos con su espada.
Se limpió la sangre de los ojos y vio que se trataba de una mujer con un abrigo oscuro cuyos largos faldones se agitaban de tal forma que parecía que llevaba una capa de terciopelo azul hinchada por el viento. Tenía el pelo de un blanco puro y se lo apartaba de la cara un viento aullador que no tenía nada que ver con las tormentas antinaturales que conjuraba el enemigo.
Las tropas de asalto imperiales la flanqueaban, disparando a la máquina demoníaca con el armamento que llevaban implantado, que era, como mínimo, igual al que portaban los skitarii de Trejo. No reconoció la insignia que lucía ella en las hombreras, pero los injertos multiespectrales de sus ojos pudieron ver los electrotatuajes invisibles que tenía la mujer bajo la piel.
—La Inquisición... —masculló.
Ella le oyó a pesar de los truenos, los tambores y la lluvia, y su mirada modificada se encontró con los gélidos ojos azules de la mujer, que rebosaban un poder apenas contenido. Dijo una sola palabra que hizo que una oleada de miedo llenara el organismo de Trejo.
—Malleus —pronunció en voz baja.
Llevaba un bastón de marfil veteado con algo verde que parecía mármol y lo agitó en dirección a las máquinas demoníacas.
—Manténlos lejos de mí —ordenó—. Eso hará tu trabajo más fácil.
Trejo tiró del mecanismo del cañón que llevaba implantado en el brazo y asintió; no quería hablar con una agente de los sagrados ordos si no era estrictamente necesario. Ordenó reunir a más pretorianos y lugartenientes skitarii mientras dos soldados de las tropas de asalto armados con largos atrapahombres llenos de púas empujaban hacia la mujer a un par de acólitos que entonaban algo.
Iban vestidos con unas túnicas atadas con cordones plateados, y tenían la cabeza despejada. La lluvia caía sobre sus cráneos afeitados y las gotas resbalaban por sus caras, que miraban hacia el cielo como lágrimas negras. Trejo vio que tenían los ojos sellados con quemaduras de láser para cerrarlos, y unos collares de frío hierro que silbaban y chisporroteaban por la energía contenida.
Se apartó de la mujer cuando los collares de los acólitos estallaron y un punzante sabor metálico le llenó la boca, haciendo que se le llenara de saliva acre. Escupió, pero no pudo librarse del sabor. Mandó un flujo de datos codificado a sus guerreros para que se mantuvieran alejados de esa bruja.
La criatura con forma de escorpión se cernió sobre ella, pero ni se inmutó.
Le dedicó a Trejo una mirada rápida mientras su bastón se iluminaba con un fuego etérico.
—Será mejor que te apartes —le dijo mientras sus ojos despedían un fuego azul—. Esto no va a ser agradable.
Unos enormes géiseres de tierra deshecha empezaron a manar hacia el cielo, anunciando que iban a emerger los dispositivos de perforación sobre los que Locard le había advertido. Uriel había sentido los atronadores temblores anteriores a su inminente aparición, pero no estaba preparado para la terrible violencia con que la atravesaron. La tierra se elevó y se sacudió antes de implosionar finalmente hacia abajo cuando el lecho de roca que la sostenía quedó pulverizado.
Una ráfaga de roca molida y polvo explotó hacia el exterior a la vez que emergían cuatro morros cónicos de debajo de la tierra. Las ondas expansivas que produjo su llegada tumbaron todo lo que había a cien metros a la redonda. La que estaba más cerca de Uriel salió al exterior a través de una estación de suministro en llamas, con su piel metálica ennegrecida, abollada y arañada tras su viaje bajo la superficie. Un vapor sobrecalentado salió despedido en chorros abrasadores por sus dos lados, cociendo vivos a los que tuvieron la mala suerte de estar demasiado cerca.
La tuneladora surgió como un misil que saliera de un silo bajo tierra, despidiendo terrones de roca y tierra mientras se inclinaba como una torre con malos cimientos. Se tambaleó durante un momento antes de encontrar su centro de gravedad. Después cayó lentamente y sin gracia, y al golpear el suelo provocó una reverberación estruendosa al demoler la enorme estación de suministros.
—¡Rápido! —gritó Uriel—. ¡Antes de que salgan!
Los Ultramarines se acababan de girar para enfrentarse a esa nueva amenaza cuando aparecieron los skitarii. Dejando una fuerza testimonial de marines espaciales para apoyar con su fuego a la marea de soldados de las fuerzas auxiliares, Uriel guió a los Espadas de Calth y a los Llameantes hacia la tuneladora. Las andanadas barredoras de la Basílica Negra estaban haciendo enormes agujeros en la línea defensiva y su arma principal dirigía hacia los muros del Castra Occidens unos bombardeos asesinos que ya habían derribado una parte y que pronto conseguirían reducir a escombros toda la fortaleza. El Lex Tredecim todavía no había entrado en la batalla, pero eso no sorprendía mucho a Uriel. El Mechanicum se resistía a enviar tales elementos a la batalla si no llevaban un apoyo abrumador, y Locard, aun teniendo en cuenta su estrecha relación con los Ultramarines, seguía siendo, en primera instancia y por encima de todo, un sacerdote de Marte.
La lluvia estaba dispersando las nubes de vapor, y a Uriel se le retorcieron las entrañas al ver las franjas amarillas y negras en los bordes de la tuneladora. No había confusión posible ante la iconografía de los Guerreros de Hierro y sintió que se le formaba un nudo de aprensión al pensar en volver a verse cara a cara con Honsou.
Una de las tuneladoras explotó cuando una salva particularmente bien dirigida de proyectiles capaces de atravesar blindajes traspasó el de la máquina y la hizo explotar. El aire presurizado de su interior se incendió y vaporizó a sus ocupantes en una tremenda deflagración que no dejó nada más que cenizas y huesos fundidos tras ella.
Las puertas de asalto bajaron con un ruido seco y las rampas se extendieron. Las ráfagas de fuego láser mellaron el flanco de la tuneladora y un misil explotó sobre sus placas blindadas. Una compañía de fuerzas auxiliares estaba más cerca que los Ultramarines y un capitán con una capa blanca y una coraza de bronce dirigió una carga de soldados con casacas azules para enfrentarse a los invasores en la rampa.
Las lanzadores de asalto dispararon y barrieron la rampa con ráfagas silbantes de proyectiles de fragmentación. El capitán fue el primero en morir, reducido a desgarrados pedazos de carne, y una docena de sus hombres fallecieron con él. Una segunda oleada de explosiones se llevó por delante a la mitad de la compañía y el resto retrocedió entre ráfagas de disparos desde las torretas automáticas.
Los pelotones de infantería enemiga salieron en masa del interior del transporte subterráneo, pero no eran Guerreros de Hierro , sino una mezcla híbrida de astartes traidores y mercenarios alienígenas, que se desplegó por la tierra de Calth disparando la colección más irregular de armamento que Uriel había visto en su vida. Reconoció carnívoros mercenarios kroot y algunos soldados de los Nacidos de la Sangre más, pero los que lideraban el asalto eran guerreros de al menos dos capítulos de los astartes caídos.
—Por la gracia del Emperador... —exclamó entre dientes Livius Hadrianus al verlos—. Los veo, pero casi no puedo creerlo.
Los primeros en descender por la rampa fueron guerreros con una armadura de color rojo sangre, la misma que lucían los berserkers contra los que habían luchado en Tarentus. Los registros del Librarius los habían identificado como Cosechadores de Cráneos, un capítulo renegado que se había visto por última vez en los alrededores de Estrellas Necrófagas. Los Garras de Lorek con su armadura con rayas de tigre avanzaban tras ellos, disparando contra las fuerzas auxiliares. El fuego de bólter convertía a los hombres en vacíos sacos de sangre y los berserkers cogían puñados de vísceras mientras cargaban entre pilas de restos humanos.
—El Emperador los ha abandonado —dijo Brutus Cyprian apuntando su bólter y haciendo blanco con su disparo—. Y mejor que nadie hable hoy de misericordia alguna.
Los guerreros de Uriel estaban deseando meterse en la batalla, pero mientras apuntaba al berserker que guiaba a los demás, Uriel supo que ese asalto no tenía sentido. Los ataques sorpresa repentinos y devastadores eran justo el tipo de tácticas sorpresivas en las que los marines espaciales destacaban, entonces ¿por qué enviar una escoria como los mercenarios xenos para hacer ese trabajo?
Ésa era una pregunta que tendría que responder en otro momento, así que apretó el gatillo. Un berserker cayó con un lado del casco arrancado, pero fue el último disparo que pudo hacer Uriel.
Los berserkers cayeron sobre los soldados de las fuerzas auxiliares con un frenesí de hojas que no dejaban de cortar. No era una batalla, era una carnicería; parecían niños ante una marea creciente de asesinos. Aunque estaban arañadas, abolladas, las armaduras de los Cosechadores de Cráneos resistían ante la mayoría de las armas de los soldados que no conseguían acercarse. Las hojas de las hachas sierra cercenaban brazos a la altura del hombro y partían pelvis y columnas con la misma facilidad. La sangre y las vísceras se desparramaban por el suelo y se mezclaban con el hedor mortífero de los vientres y los intestinos abiertos.
—¡Pelotones, preparados para disparar! —ordenó Uriel.
—Capitán, el riesgo de daños colaterales es alto —apuntó Petronius Nero.
—Lo sé —admitió Uriel—. Pero las tropas de las fuerzas auxiliares que están luchando con los Cosechadores de Cráneos ya están perdidas. Morir por nuestro fuego puede que sea una bendición para ellos.
Nero asintió y se colocó el bólter contra el hombro.
—¡Todos los pelotones, fuego! —gritó Uriel, y una ola de disparos de bólter rompió sobre la carnicería que tenía lugar ante sus ojos. Un puñado de berserkers cayeron, al igual que varios de los defensores de Calth. A Uriel le dolió tener que dar una orden como ésa. Había pasado toda su vida luchando en defensa de la humanidad, pero lo que le había dicho a Nero era cierto; ésa era una muerte mucho más fácil que la que podían ofrecer los berserkers.
Los Espadas de Calth se lanzaron contra los supervivientes de los enemigos mientras los mercenarios xenos empezaban a desperdigarse y los Garras de Lorek intentaban perderse entre las ruinas.
Pasanius fue corriendo hasta él, con la lluvia negra corriendo por el apagado metal de su brazo. El depósito de su lanzallamas estaba abollado por impactos de bala y la boquilla del quemador estaba pegajosa por una sangre oscura y untuosa.
—¿Dónde quieres situar a los Llameantes? —le preguntó Pasanius.
—Quiero que tú y Clausel os dirijáis a la derecha para contener a esos kroot —le dijo Uriel—. Si los perdemos, nunca dejaremos de mirar atrás.
—Hecho —respondió Pasanius, e hizo un círculo con el puño para reunir a su pelotón.
Uriel se giró hacia el portaestandarte.
—Anciano, asegúrese de que ninguno de esos cabrones se acerque a nuestro estandarte —le dijo.
—No mientras me quede aliento —le aseguró Peleus.
Uriel asintió.
—Vamos —ordenó.
Ezlavo Artiliero agarró la cadena que subía del polvorín y tiró del mecanismo oxidado para subir otra caja de proyectiles para el cañón giratorio del lado de estribor de la Basílica Negra. Su espalda encorvada le proporcionaba una estatura simiesca que lo mantenía alejado de las líneas de batalla, pero que lo convertían en un cargador ideal para esas armas diabólicas. Era una tarea que le encantaba, porque le daba la oportunidad de devolver el golpe a ese Imperio que lo había expulsado por ser mutante y que lo que más deseaba era verlo quemado. Su físico tenía unas proporciones fuera de lo normal: retorcido y desgarbado, pero increíblemente poderoso y estaba mejorado con refuerzos musculares y un arnés de elevación neumático que siseaba al funcionar.
Había pasado mucho tiempo desde que escapó de la horca que había fuera del templo del confesor Malachai, y ya ni recordaba cuánto llevaba sirviendo en los ejércitos de los Poderes Eternos. Se acordaba de la larga huida hacia el interior de los bosques de su mundo natal y el aullido de los cazadores que habían mandado a por él pero, aparte de eso, no había en su memoria mucho más que chillidos de venganza que se convertían en gritos aterrorizados cuando los guerreros estelares descendieron de los cielos.
Él estuvo a punto de morir también, pero uno de los guerreros estelares vio cierta utilidad en él y había estado sirviendo a esos guerreros con absoluta lealtad desde el día que redujeron su mundo natal a un páramo humeante. Su viejo nombre era algo de lo que había que deshacerse como si fuera una piel enferma, porque era un nombre imperial. Sus señores no se dignaron a darle uno nuevo; lo llamaban simplemente el Esclavo Artillero, pero debido a su fuerte acento, la primera y la segunda parte del nombre se habían transformado en «ezlavo artiliero» y así había nacido su nueva identidad, que llevaba con un orgullo perverso.
Cubierto con ropas negras, iba de acá para allá por las rampas superiores de la Basílica Negra con su característica forma de andar, arrastrando los pies. Los truenos que salían de las nubes y la lluvia negra eran una bendición para él, y los atronadores ecos de los tambores, el sonido de la felicidad absoluta. Era su deber asegurarse de que las armas de todos los niveles de la Basílica Negra tuvieran munición.
Rodeó el borde de una caja de munición con sus dedos deformes y la arrastró hacia las criaturas mecánicas ennegrecidas que eran tan parte de las armas como cualquiera de sus piezas móviles. Las criaturas atolondradas con cara de calavera lo miraban con avidez mientras colocaba las brillantes cintas de proyectiles en el tintineante alimentador de la recámara. Cada proyectil era tan largo como su antebrazo y estaba tocado por los dioses de la disformidad para que se convirtiera en un instrumento de venganza. La recámara se cerró de golpe, y casi se lleva varios dedos de Ezlavo. Él sonrió.
—Esta vez no, bonita —dijo con una boca sin dientes y deforme.
Caminó medio cojeando, medio deslizándose de vuelta hacia el escudo de impacto que cubría el conducto del polvorín en la parte de atrás del nivel superior de la Basílica Negra. La enorme catedral estaba en movimiento de nuevo, aplastando la tierra que había bajo ella mientras avanzaba con una inevitabilidad inexorable. Las armas de los flancos aullaban pidiendo más munición sin dejar de lanzar chisporroteantes andanadas de impacientes chorros de lenguaje binario.
El escudo de impacto era una escotilla con blindaje en la cubierta de ese nivel y estaba asegurado con gruesos cerrojos y una pesada rueda de cierre. La escotilla era tan enorme que ni siquiera los astartes de músculos reforzados que servían a los verdaderos dioses podían abrirla sin un equipo especializado. Pero a Ezlavo levantar y abrir la escotilla le costaba tan poco esfuerzo como respirar.
Tiró de la escotilla para abrirla y bajó la vista hacia la negrura del interior de la Basílica Negra. Una poderosa fetidez, mezcolanza de olores, llegó hasta él: una maloliente mezcla de aceites estancados, a leche agria y a carne quemada. Para algunos podía resultar desagradable, pero Ezlavo se había acostumbrado a él a lo largo de los años. Nunca se había parado a preguntarse qué sería ese olor: Simplemente estaba ahí.
Oyó un golpe amortiguado de algo pesado que aterrizaba sobre la cubierta que había detrás de él, pero no le prestó mucha atención. Siempre había ruidos extraños por allí, no merecía la pena molestarse mucho en saber lo que los causaba. Además, el elevador de municiones ya estaba subiendo por el conducto, cargado con nuevas cajas de proyectiles cubiertos de cobre, baterías de energía de alto rendimiento y botes de promethium concentrado.
Entonces oyó los gritos guturales de las criaturas con cara de calavera.
Ezlavo giró todo su voluminoso cuerpo. Frunció el ceño. Las cosas no iban como debían.
Primero, las armas del nivel superior no estaban disparando.
Eso era fácil de explicar.
Unos guerreros con armaduras negras, que parecían sombras que habían cobrado vida, estaban haciendo una carnicería allí con unas garras de color hueso que brillaban a la luz parpadeante. Unos cuantos más estaban subiendo por las empinadas rampas del nivel superior de la Basílica. La mente de Ezlavo no podía procesar lo que estaba viendo. ¿Cómo podían haber subido por los lados de la Basílica? Era imposible por muchas razones, y la menor de ellas no era que los lados estuvieran cuajados de armas defensivas o que la Basílica se hallara tras los muros que los maestros de los Nacidos de la Sangre habían construido.
Había diez poderosos guerreros vestidos con una armadura de tal negrura que parecían las estatuas de basalto que había junto a la boca del templo del Abismo Carmesí.
Eran Adeptus Astartes. El enemigo. Los más odiados.
A Ezlavo le hirvió la sangre y sus embotadas funciones cognitivas finalmente procesaron que se veía ante un enemigo que él podía matar. Ya no tenía que observar cómo las criaturas con cara de calavera mataban con los proyectiles que él les procuraba.
Rugió de odio y avanzó pesadamente por la cubierta, pero antes de que le diera tiempo a dar más de media docena de pasos, una de las figuras negras se giró y apuntó hacia él un arma con una superficie mate que no reflejaba la luz. Ésta escupió descargas de fuego que atravesaron su cuerpo, arrancándole trozos sangrientos de carne. Sintió el dolor, pero no le importó. Su sistema nervioso estaba tan insensibilizado por los implantes y las drogas de estimulación que su respuesta al dolor era prácticamente nula. Cargó contra los guerreros, pero eran escurridizos como las sombras con las que los había confundido en un principio, y se escabullían con facilidad de su torpe apresuramiento por atraparlos.
Sus garras le cortaron, clavándose como los picos de las aves carroñeras sobre un cadáver reciente. La sangre corrompida empezó a manar de sus heridas, pero tenía suficiente para derrochar. Que se llevaran toda la sangre que quisieran, Ezlavo los mataría antes de que pudieran dejarle sin nada. Sus poderosas extremidades atraparon a uno de esos pájaros carroñeros y lo golpeó con un puño como una enorme roca. El guerrero salió despedido hacia atrás, impactó contra el parapeto del nivel superior y salió volando por encima del borde.
Algo aterrizó sobre sus hombros. Notó un gran peso y la repentina sensación de unas hojas que se le clavaban y que la carne le quemaba. El dolor no significaba nada para él, pero extendió la mano hacia atrás para agarrar lo que se lo estaba provocando. Notó que sus manos se cerraban sobre una placa dura y apretó, sintiendo que algo crujía bajo su presión.
Entonces llegó un dolor que no podía ignorar.
Esas garras cortantes habían penetrado en su cuello, rasgando todas las capas de grasa, músculo y nervios, hasta llegar al duro hueso de su columna. Retorció todo su cuerpo sin soltar a la figura negra que tenía encaramada sobre el hombro y que no dejaba de provocarle cortes.
—¡Ezlavo te matará! —gritó, pero en ese mismo momento sintió un último chasquido caliente, como un material elástico que hubiera sobrepasado su punto de ruptura. Tuvo un segundo de torturada agonía antes de que ese chasquido hiciera que nada importara, porque las garras del pájaro carroñero finalmente le habían cortado la columna.
El capitán Aethon Shaan cayó con agilidad sobre la cubierta mientras el enorme ogro mutante moría con la médula espinal cercenada. Le había costado atravesar el hueso y la criatura se había tomado su tiempo en morir.
Retrajo sus brillantes garras y observó cómo sus hombres acababan el trabajo de matar a todos los artilleros enemigos. La tarea era deshonrosa pero necesaria, ya que el tiempo era ahora de vital importancia. Les había llevado un buen rato abrirse camino a través de las ruinas llenas de boquetes de proyectiles, cruzar las hordas de los Nacidos de la Sangre y de máquinas demoníacas, y saltar el muro.
Las máquinas demoníacas habían sido lo más duro, incluso hubo un momento en que estuvieron a punto de ser detectados, porque las entidades que animaban las máquinas híbridas percibían el mundo con sentidos que iban más allá de los cinco de los mortales. Shaan sonrió al pensar en utilizar sólo cinco sentidos.
Fereld Laotz se colgó de la rampa de hierro para subir a reunirse con sus compañeros. Se lo veía algo avergonzado tras casi haber sido aniquilado por el puño del monstruo.
—Ha sido un descuido imperdonable —le dijo Shaan—. Cuando volvamos, tendrás que asignarte alguna penitencia.
Laotz se inclinó.
—¿Durante cuánto tiempo, señor?
—Eso te lo dejo a ti —le respondió, sabiendo que Laotz se asignaría la penitencia adecuada y un poco más para asegurarse.
Una vez resuelto el asunto de la negligencia de su guerrero, se giró hacia la escotilla abierta que había al fondo de la cubierta. Revys Kyre, su sargento veterano se le acercó y se quedó mirando el pozo negro como la tinta.
—Soltemos las cargas y larguémonos —le dijo Kyre—. No pasará mucho tiempo hasta que los señores de esta abominación se den cuenta de que sus armas están en silencio. El contraataque tardará sólo unos minutos, en el mejor de los casos.
—Lo sé —dijo Shaan—. Pero quién sabe lo que habrá ahí abajo: otro escudo de impacto, un escudo de energía. Alguna protección infernal de la disformidad. No, tenemos que hacerlo de la forma tradicional.
—Usted siempre quiere hacer las cosas «de la forma tradicional», capitán —rezongó Kyre.
—Entonces deberías saberlo y no intentar disuadirme —le dijo Shaan dejándose caer en el interior de la oscuridad del conducto del polvorín.
Shaan cayó. Y siguió cayendo hasta que empezó a sentirse como si estuviera introduciéndose en un abismo tan profundo que no tuviera fondo. Eso era imposible, claro; la Basílica Negra sólo tenía unos cien metros de altura, pero él seguía cayendo. La oscuridad era absoluta, impenetrable y sólida, como si fuera algo vivo que lo envolviera en un abrazo cálido.
Él estaba acostumbrado a la oscuridad, pero esa sensación era desagradable y extraña. Pero Shaan lo soportó hasta que sus sentidos espaciales notaron un suelo sólido. Metió las piernas debajo de su cuerpo y rodó al caer sobre un deflector de onda expansiva, inclinado, hasta acabar sobre una rodilla y con sus relampagueantes garras desplegadas. Los rayos de energía iluminaron el conducto, un pozo con una inclinación extraña que subía hacia una oscuridad completa, aunque la abertura tenía que estar con seguridad justo encima de él.
En la luz blanca y azulada se veía la silueta de un elevador neumático y unos rieles engrasados que lo transportaban hacia la verticalidad del pozo. Pasaba por una abertura iluminada por un fuego en una pared metálica y una pesada compuerta blindada de adamantium resonaba al bajar para sellar el polvorín. Tan rápido como el pensamiento, Shaan caminó por los rieles hacia la compuerta y se subió a la tambaleante plataforma del elevador, pegándose bien y rodeándose con las piernas cuando la compuerta se cerró de golpe.
Se bajó de la plataforma y se encontró en una amplia cámara que le recordaba a las forjas del infierno que una vez habían mantenido cautivas a las gentes de Deliverance, esclavizadas por los maestros de esclavos de Kiavahr. En un lugar como aquél había aprendido el primarca Corax su arte como asesino silencioso, el de cazador en las sombras. Aquellos hornos que rugían y despedían una luz carmesí y las paredes se elevaban cientos de metros por encima de él, desafiando lo que la lógica le decía a Shaan que era posible.
Unos servidores de carga deformes y esclavos contrahechos transportaban cajas metálicas de municiones mientras unos supervisores que parecían gorgonas, vestidos con hábitos negros con capucha, dirigían el trabajo. Para reforzar la voluntad de los supervisores había templarios con armaduras negras y chisporroteantes látigos de energía. Tenían curvados tulwars envainados tras los hombros y chillaban desde caras que estaban compuestas en su totalidad por altavoces.
Presidiendo ese infierno había una monstruosa cara hecha de cables y carne pálida que parecía haber crecido en la misma pared del fondo. Hinchada y bestial, la poca humanidad que quedaba en esas facciones eran fofa e infantiloide. Unos agudos himnos en código binario salían de sus labios blandos y las corrientes de datos contaminados pasaban por las órbitas cerámicas de sus ojos.
Shaan examinó todo ese horror de un solo vistazo, pero no había ninguna sombra allí donde pudiera esconderse y resultaba claramente visible en esa sofocante mezcla de fábrica, armería y polvorín. La cara fofa que había en la pared soltó un estruendo chillón de código binario y todos y cada uno de los que habitaban aquella cámara llameante se volvieron hacia él. Los templarios aullaron con todas sus voces multicadenciosas y los sacerdotes que parecían gorgonas sacaron las hojas acabadas en ganchos que guardaban en las amplias mangas de sus túnicas.
Y todos a la vez se lanzaron hacia el capitán de la Guardia del Cuervo.