
El predicador lavrentiano salió disparado hacia atrás dando un traspié a causa de aquel golpe inesperado y cayó al suelo, y Jenna se acercó para propinarle otro más. No podía permitirse el lujo de proporcionarle a Culla una ocasión para tomar represalias, así que trazó un arco con su arma para dejar al hombre sin sentido.
El golpe no llegó a producirse.
El agente Dion se lanzó contra ella haciéndole perder el equilibrio y cortándole la respiración. Rodaron por el suelo mientras él la agarraba por la muñeca y golpeaba la porra de energía contra el suelo en un intento por hacer que la soltara. Jenna se retorció para liberarse y levantó la rodilla hasta impactar en la ingle de Dion. El agente bufó entre dientes pero siguió sujetándola, utilizando el peso de su cuerpo para mantenerla pegada al suelo.
—¿Qué demonios estás haciendo? —le gritó Jenna—. ¡Soy tu oficial al mando!
Dion no contestó, reservando fuerzas para el forcejeo, lo que fue bastante inteligente por su parte. Le dio un cabezazo en la nariz y ella sintió cómo se rompía. La boca se le llenó de sangre y le estallaron luces de colores ante los ojos. Dion volvió a intentar el mismo movimiento, pero ella consiguió zafarse y oyó cómo crujió la cabeza del agente contra el suelo.
Dio un aullido de dolor y Jenna consiguió liberar su brazo izquierdo y le propinó un puñetazo a Dion en la garganta. Éste gruñó de dolor y aflojó la presión sobre la otra muñeca. Oyó un grito de alarma y ruidos de lucha a su espalda, pero no podía dejar de prestar atención ni un segundo para ver qué era lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
Aunque habría preferido no tener que recurrir a ello, hizo oscilar la porra de energía y golpeó con fuerza el lateral del cráneo de Dion, logrando soltarse al fin. Sin aliento, consiguió salir de debajo del cuerpo tendido de bruces, no sin esfuerzo, cuando oyó el rugido brutal de una destripadora al encenderse con un bramido. El miedo innato a una arma tan letal y poderosa la dejó helada, produciendo el mismo efecto sobre sus sentidos que un cubo de agua helada.
¿Cómo había podido Culla recuperarse tan rápido? El hombre debía de tener una capacidad de recuperación sobrehumana para mantener la conciencia tras haber sufrido un golpe con la porra de energía en la cara. Un grito terrorífico llenó la estancia, más fuerte y agónico de lo que era posible imaginar. Se trataba del sonido producido por un ser humano sufriendo el dolor más insoportable; el sonido del terror desnudo, en carne viva. Un sonido que cesó de forma abrupta, sustituido por otro aún más espantoso.
Jenna rodó hasta ponerse de rodillas, completamente mareada y tratando de contener las ganas de vomitar. Vio que Culla seguía tendido en el suelo y que tenía la piel de la sien quemada por el campo de energía de su porra. ¿Quién había activado la destripadora?
Un surtidor de sangre roció el aire y Jenna sintió cómo le salpicaba la cara. Pestañeó para impedir que le entrara en los ojos y vio de dónde procedía aquel sonido espantoso en medio de una nube de lágrimas y sangre. El agente que mantenía prisionera a la tau estaba de rodillas y había sido prácticamente partido por la mitad.
El rugiente filo de sierra de la destripadora de Culla estaba hundido en mitad de su estómago, tras haber ido rajándolo de forma descendente, atravesándole la clavícula, las costillas y el esternón. Jenna dio un grito cuando el arma se liberó, cortando a su paso el cuadrante superior del torso del hombre.
Con el rabillo del ojo captó un movimiento. Apollonia estaba moviendo su escopeta para apuntar, pero la destripadora giró y cortó el arma de un tajo antes de que ella pudiera disparar. La cuchilla le mordió el hombro derecho y los dientes afilados de la espada fueron comiéndose el plastiacero, la malla, el hueso y la carne hasta segarle el brazo y separarlo del cuerpo con un horroroso ruido de carne destrozada.
Apollonia cayó al suelo mientras la sangre le chorreaba del hombro como si se tratara de una tubería rota.
La agente había muerto antes de llegar al suelo. Jenna se puso en pie tambaleándose y tiró del botón de alarma de su cinturón. Las atronadoras sirenas inundaron todo el Invernadero.
La’tyen avanzó hacia ella y Jenna se colocó detrás de la mesa de operaciones, que quedó entre ambas, intentando así ganar tiempo. Aquella arma gigantesca ofrecía un aspecto ridículo en manos de la guerrera tau, y parecía casi demasiado pesada para que ella pudiera levantarla, pero a Jenna no le quedaba ninguna duda de que el odio le proporcionaría la fuerza suficiente para blandirla.
Dirigió una mirada rápida a Culla y a Dion, pero los dos hombres estaban fuera de combate por el momento. Jenna iba a estar sola hasta que otros agentes respondieran a su llamada.
La tau y ella se movieron alrededor de la mesa de operaciones mientras que el rugido ensordecedor de la enorme espada sierra llenaba la habitación. Jenna intentó no pensar en lo doloroso que sería morir trinchada por aquella arma terrorífica.
—Se acabó —le dijo Jenna—. Suelta el arma.
Desde una esquina de la habitación, el servidor xenoléxico repitió sus palabras.
En lugar de atacar, La’tyen retrocedió hasta las celdas y bajó la gigantesca espada para reventar el mecanismo de cierre de la puerta más cercana. Se produjo una explosión de chispas cuando los dientes adamantinos rajaron el metal como si se tratara de madera.
La puerta de la celda se abrió de un golpe y apareció uno de los tau cautivos. La destripadora volvió a bajar rajando otra puerta hasta abrirla también. Los ojos de Jenna saltaron hacia la entrada principal de la cámara, pero no había ni rastro de otros agentes.
Nuevamente, la destripadora atravesó otra cerradura, aunque estaba claro que el tau que salió de esta celda no era un guerrero. Era más alto que los otros y tenía un porte sereno del que los otros carecían. El tau dirigió unas pocas palabras a los otros y Jenna pudo apreciar el efecto que tuvieron sobre los demás. El aspecto férreo y guerrero de sus facciones se suavizó y los ojos se les abrieron un poco más, como si hubieran oído las palabras de un santo venerado o de un dios de carne y hueso. El servidor repitió las palabras en gótico imperial, pero el estruendo de la destripadora las ahogó.
Uno de los tau recogió la porra de energía de Apollonia y, bajo la mirada de Jenna, otro guerrero alienígena hizo lo mismo con el arma de Dion. Empezaron a desplegarse con la intención de rodearla, y aunque sus facciones eran extrañas y antinaturales, el odio de sus ojos era fácil de reconocer.
Ya lo tenía todo en contra para derrotar a La’tyen, pero con los otros tau ya liberados, se podía dar por muerta si se quedaba y luchaba.
Jenna se dio media vuelta y salió corriendo de la cámara.
La’tyen vio huir a su torturadora e hizo amago de perseguirla, pero una mano la detuvo agarrándola por el brazo. Enfadada, se volvió para encararse con el dueño de aquella mano, pero las palabras hostiles murieron en su garganta cuando vio que era Aun’rai.
—Deja que se vaya —dijo el etéreo, y La’tyen desactivó de inmediato la espada que le había arrebatado al gue’la que había gritado y disfrutado tanto humillándolos y causándoles dolor.
—Nuestra prioridad principal es escapar, no la venganza. La venganza no tiene sentido y sólo sirve para desviarnos de nuestro servicio al Bien Supremo.
—Por supuesto, venerado etéreo —asintió La’tyen, inclinando la cabeza —, por el Bien Supremo.
Aun’rai se dirigió a los tau liberados.
—Nuestros captores regresarán pronto y nosotros debemos volver con nuestros camaradas. Coged mis cuchillas de honor.
Aunque Aun’rai no había dirigido la orden a ninguno de ellos en particular, un guerrero llamado Shas’la’tero se dirigió hacia la habitación que se encontraba situada frente a las celdas, porque todos sabían sin necesidad de palabras quién era el elegido entre ellos. Un guerrero tau cogió un juego de llaves de uno de los torturadores muertos y empezó a abrir las celdas que permanecían cerradas.
En pocos momentos se habían reunido quince tau en la cámara y Shas’la’tero regresó con un par de bastones cortos de color caramelo en cuyo extremo superior brillaba una gema azul. Aun’rai recibió los bastones con una rápida inclinación de cabeza.
El líder tau hizo girar cada una de las gemas y las empujó hacia abajo hasta hacer que desaparecieran en el interior del cuerpo de los bastones. Empezaron a brillar intermitentemente siguiendo un patrón regular hasta que, de manera repentina, destellaron urgentemente en una secuencia de respuesta.
—Asegurad esa puerta —ordenó Aun’rai, señalando la entrada a la cámara—. Otros compañeros servidores del Bien Supremo se dirigen hacia nosotros.
—¿Qué quieres que hagamos con ellos? —preguntó La’tyen, señalando hacia donde uno de los captores de visor de espejo yacía junto al cuerpo inconsciente del torturador de cabeza afeitada y barba en horquilla.
—Matadlos —dijo Aun’rai.
Setenta kilómetros más al norte, el capitán Mederic corría intentando salvar la vida. Alguna especie de sexto sentido sobrenatural lo hizo refugiarse tras el tronco de un árbol justo antes de oír el impacto silbante y agudo de un rifle kroot. Parte del árbol explotó a la altura de su cabeza, y gracias a sus gafas no perdió un ojo cuando las astillas afiladas de madera y la savia le rociaron la cara.
Se agachó para comprobar la carga de su arma. Media carga. La suficiente para dar motivos a sus perseguidores para mantener las cabezas a cubierto. Aún agachado, Mederic rodó alrededor del árbol y efectuó una ráfaga de disparos. Apuntó con rapidez hacia las señales de movimiento que veía a través de la hierba alta y de los arbustos de las colinas, no esperaba acertar, pero confiaba en que, ante la amenaza de su arma, los alienígenas se frenaran.
Los hombres y mujeres que vestían los uniformes militares verdes de exploradores del 44.º se movían rápidamente por las colinas y entre los árboles en un intento desesperado por salir de la trampa que los cazadores kroots les habían tendido.
Tendría que haberse dado cuenta de que un puesto de observación en las colinas Owsen, un poco más avanzado aún que las fuerzas de avanzadilla, era demasiado bueno para ser verdad y no podía ser seguro.
Tras el aviso de los Ultramarines de que los tau estaban intentando desplegarse en círculo alrededor de las colinas al norte de Olzetyn, el 44.º había salido de Campamento Torum para enfrentarse a la amenaza frontalmente.
Los blindados se habían quedado un poco retrasados respecto a la infantería, y los Mastines de Mederic fueron los primeros en enfrentarse al enemigo. Los tau se movían con rapidez, pero los Mastines habían frenado la ofensiva de la avanzadilla preparando emboscadas a los equipos de rastreadores y dejando bombas trampa astutamente escondidas en un intento por alcanzar a los tanques enemigos. Los jefes de los pelotones enemigos y los comandantes fueron seleccionados con la precisión mortífera del fuego de los francotiradores, y el avance de los tau se fue ralentizando cada vez más a causa de la necesidad de explorar el terreno a fondo cuando se topaban con un lugar que pudiera ocultar una potencial emboscada.
Los rastreadores enviados en su busca para hacerlos entrar en batalla fueron burlados con inteligencia o bien cayeron en emboscadas en las que resultaron muertos. Los Mastines eran como fantasmas que se movían a través de las colinas cubiertas de niebla con toda la habilidad y el sigilo que habían aprendido en los duros campos de batalla de la Franja Este. Mederic había entrenado bien a sus hombres, y esa habilidad excepcional daba lugar a que tuvieran una confianza tal en sí mismos que la de ningún otro soldado del regimiento se le podía comparar.
«Eso es lo que nos ha perdido», pensó Mederic con pesimismo. Nada podía tocarlos, ninguna de las fuerzas que los tau habían mandado tras ellos había llegado siquiera a acercárseles y ningún enemigo estaba fuera del alcance de sus armas. Qué fácil resultaba que la confianza se convirtiera en arrogancia. Mederic sabía que deberían haber salido del puesto de observación sin incidencias; había sido demasiado fácil, demasiado tentador.
A pesar de sus recelos, había liderado el asalto sólo para terminar encontrándose bajo la emboscada enemiga.
Los kroots parecían unos bárbaros salvajes que se dejaron caer de los árboles y surgieron de hoyos camuflados, como si el bosque mismo cobrara vida. Eran monstruos de carne rosada con plumas salvajemente erizadas que aparecían de la nada cubiertos de lodo y tierra y armados con rifles rematados por cuchillas afiladas.
Diez hombres habían muerto en los primeros momentos de la emboscada, y seis más en los segundos que siguieron de absoluta incredulidad ante el hecho de que los Mastines pudieran haber caído en una trampa. Después, el entrenamiento y el instinto entraron en juego, y ante la certeza de que era inútil quedarse y luchar, Mederic ordenó a sus hombres que se batieran en retirada para salir de aquella encerrona. Con sangre, bayonetas y valentía consiguieron romper el cerco de los kroots, y dieciséis horas después aún seguían huyendo.
Mederic escudriñó la maleza sin olvidarse de las ramas más altas de los árboles. Vio movimiento más adelante y preparó el rifle. Una bestia con una cresta de plumas de color rojo intenso saltaba de rama en rama aullando un grito de guerra que era coreado por las gargantas de otras cien bestias. La criatura se paró, acuclillándose con facilidad en una rama alta, y Mederic disparó antes de que se moviera otra vez.
Su rifle láser estalló escupiendo un rayo de poderosa energía, pero el kroot ya se había puesto en movimiento, saltando de la rama con un impulso de sus miembros como muelles antes de que el disparo pudiera alcanzarlo. Más disparos llenaron el aire cuando los soldados siguieron su ejemplo. El contraataque arrancó astillas de los árboles y rebotó en las rocas.
Pero los Mastines eran demasiado buenos como para no haber cambiado de posición después de disparar.
Mederic volvió a ponerse a cubierto detrás del árbol cuando un trío de gigantescas criaturas alcanzaron la cima de la colina que se encontraba por debajo de él. Aún más enormes que el grox más grande que él hubiera llegado a ver, podría haber sido utilizado como montura por un ogrete para entrar en batalla. Aquellas criaturas semejaban una versión de los kroots, pero cuadrúpeda y más gruesa. Avanzaban pesadamente sobre unas patas tan anchas como el pecho de Mederic. Eran enormes bestias de carga, aunque, a juzgar por el tamaño de sus puños y sus rugientes bocas en forma de pico, no resultaba muy halagüeño pensar en un posible enfrentamiento con un monstruo así.
Detrás de cada uno de ellos había un kroot vestido con una túnica que manejaba una pesada arma de cañón largo, ajustada a la enorme montura de la bestia. Los kroots chillaban y gritaban mientras avanzaban al paso de la enorme bestia, y los otros graznaban con frenesí al verlos.
A Mederic no le hacía falta ningún entrenamiento de explorador especializado para saber que se trataba de malas noticias, y salió de su escondite cuando el jefe de plumas rojas ladró una orden estridente.
—¡Al suelo! —gritó Mederic, tirándose él mismo de bruces.
El aire se partió con el retumbar de los estallidos propios de los rifles que llevaban los kroots, sólo que cien veces más fuertes. Unos brillantes rayos de energía se propagaron por el bosque, haciendo que la luz del día se volviera azul. Uno de ellos alcanzó una roca grande y la hizo estallar en fragmentos, convirtiéndolos en proyectiles mortales que segaron la vida a una media docena de los hombres de Mederic. Otro alcanzó un tronco grueso, derribando en un instante un árbol que había tardado siglos en alcanzar semejante altura y anchura.
Mederic rodó sobre sí mismo cuando el árbol se vino abajo con un crujido, llenándose la boca de tierra y ramitas, mientras que otros soldados quedaron aplastados por la caída. No vio dónde impactó el tercero. Sonaron otros tres disparos y oyó los gritos de dolor de los guardias.
—¡Tylor, Deren, Minz! —gritó poniéndose de pie—. ¡Conmigo! ¡Formad en línea conmigo y quitemos de en medio a esos artilleros!
Tres de sus exploradores se volvieron inmediatamente y tomaron posiciones con él, colocándose los rifles al hombro y las mirillas pegadas a los ojos. Minz realizó el primer disparo y su rayo alcanzó a uno de los artilleros kroot, desalojándolo de su percha sobre el lomo de la musculosa bestia. Deren disparó al kroot que intentó trepar para ocupar su puesto.
Tanto Tylor como Mederic atravesaron el pecho del artillero que se encontraba en medio con rayos láser, y el fuego proveniente de las armas pesadas de los kroots empezó a aflojar. Necesitaban desplazarse, y cuando ya estaba apuntando al kroot que trepaba para ocupar su lugar, Mederic vio que no serviría. El jefe de las plumas rojas estaba moviendo a sus guerreros para que los rodearan. No había ningún sitio al que desplazarse, y sólo esperaba que este último y desafiante enfrentamiento hubiera dado tiempo al resto de sus hombres para escapar.
—¡Seguid disparando! —ordenó—. ¡Sólo vamos a poder hacer unos cuantos disparos, así que aseguraos de que son certeros!
Derribó a otro kroot y se volvió para introducir con rapidez un cargador nuevo. Los árboles que se encontraban a su derecha estallaron y Mederic cayó con fuerza contra el suelo. Notó el sabor de la tierra y de la sangre, y miró a través de la bruma formada por el humo y por su propio mareo para ver que Minz y Deren yacían muertos en una masa informe de sangre y trozos de madera.
Su rifle había quedado inservible; la culata estaba destrozada y el cañón retorcido de manera irreparable. Alargó la mano buscando la pistola y el cuchillo, pero la pistolera estaba vacía: la pistola había desaparecido.
Sólo el cuchillo estaba exactamente donde debía estar.
Algo se movió entre la nube de humo, y se levantó rápidamente cuando vio que una cresta de plumas rojas pasó por su lado. Mederic, tambaleándose, avanzó dando tumbos a través de la neblina con el cuchillo desenvainado y el corazón latiéndole con fuerza, presa de la necesidad de matar a su enemigo. Dio cuchilladas a la neblina, gritando al mismo tiempo para que el kroot se enfrentara a él.
—¡Ven aquí, alienígena hijo de puta! —aulló —. Querías luchar, ¿no? ¡Pues enfréntate a mí, maldita sea!
Allí... Vislumbró una carne rosada con manchas y un destello de rojo vivo y Mederic fue en aquella dirección sosteniendo el arma por delante de él. Se acercó más y se preparó para atacar. Entonces la bruma se aclaró y vio a Tylor clavado a un árbol con su propio cuchillo de combate. Le habían rajado el pecho y un abanico de sangre procedente de su cráneo se dibujaba sobre la corteza pálida del árbol.
—¡Por la gracia del Emperador! —gimió entre dientes, y cayó de rodillas. Aún oía los graznidos de alegría del kroot, pero eran distantes y apagados, como si vinieran de muy lejos. ¿Se trataba de un efecto acústico de la propia orografía de las colinas o era que la última explosión le había dañado el oído?
Entonces oyó otro sonido; un ruido sordo y gutural que provenía del otro lado de la ladera. Era profundo y hacía retumbar el suelo, y se propagó por sus huesos y por su cuerpo como si se tratara de los primeros movimientos de un terremoto. Mederic agarró el rifle caído de Tylor y marchó colina arriba en dirección a un sonido que conocía muy bien.
Cuando llegó a la cima de la colina, la neblina y el humo se aclararon, y al salir del bosque se encontró con la visión más maravillosa que pudiera haber imaginado: decenas de vehículos acorazados con los colores distintivos de los húsares del 44.º Lavrentiano. Los maltrechos supervivientes de los Mastines, ensangrentados y exhaustos, pero con la cabeza alta, se agruparon alrededor de los tanques del regimiento.
A la cabeza del convoy acorazado destacaba la imponente forma del Padre Tiempo, y subido sobre la alta cúpula del Baneblade se encontraba lord Nathaniel Winterbourne. El coronel tenía el brazo vendado y su piel presentaba la poco saludable palidez del tanquista veterano, pero su uniforme se mostraba impecable y relucía con todo el orgullo y el honor que representaba. El estandarte dorado y verde del 44.º, con su orgulloso jinete dorado, reflejaba la luz del sol, y Mederic sintió cómo se le saltaban las lágrimas al verlo.
—¿Capitán Mederic? —lo llamó Winterbourne, y él se enderezó. Mederic marchó hacia donde se había detenido el colosal tanque, sintiendo el retumbar de aquel motor que hacía estremecer hasta los huesos como si fuera una fuerza de la naturaleza.
—Señor —dijo Mederic, sujetándose al faldón del tanque para evitar caerse. Reparó en que alguien había escrito TRITURADORA DE CARNE en el faldón y sonrió a pesar de su total agotamiento.
—Ha hecho un trabajo magnífico aquí, capitán —dijo Winterbourne—. Los detuvo el tiempo suficiente para que trajéramos el material pesado hasta aquí desde Puerta Brandon. Los sabios decían que no podría conseguirlo, pero yo los mandé al infierno. Si había alguien que podía contener a los tau, ésos eran los Mastines de Mederic.
—Gracias, señor —contestó Mederic.
—Y ahora, deles a sus hombres agua y comida, capitán —dijo Winterbourne—. Si el informe del sargento Learchus es correcto, vamos a tener mucha acción aquí. Estas colinas y estos bosques no son nuestro terreno habitual, así que voy a necesitar que sus hombres estén en buena forma para mantener la seguridad de los blindados frente a esos malditos kroots y a los drones de puntería. ¿Está preparado para esa tarea?
Mederic recordó al jefe kroot de las plumas rojas y saludó con energía.
—Los Mastines nunca abandonan un combate una vez ha empezado.
Jenna deslizó la corredera de la escopeta para meter un cartucho en la recámara e hizo una señal con la cabeza a los agentes que esperaban a su espalda. Por un pasaje que se abría a un lado se deslizó en dirección a la puerta de la cámara tras la que los tau se habían atrincherado. La seguían quince hombres con armaduras negras y cascos con visores de espejo armados como ella.
Otros diez hombres armados se movían cuidadosamente, sabiendo que había guerreros alienígenas armados al otro lado de la puerta. Los tau únicamente disponían de unas pocas armas, pero tras la muerte de Apollonia, Jenna no estaba como para jugársela. Sabía que Culla y Dion también estaban muertos con casi total probabilidad. Culla le daba igual, pero la muerte del agente Dion le pesaba como plomo en el estómago y sabía que después tendría que lidiar con la culpa. Pero, de momento, tenía que restablecer el orden.
Bajó la vista hacia el patio del Invernadero, que ahora que se había declarado el aislamiento en celdas estaba vacío de prisioneros. La torre del centro, considerada como un símbolo de la justicia imperial, parecía mirarla fijamente, y la cúpula de cristal polarizado situada en lo más alto parecía reírse de ella con aquella mirada imperturbable.
Jenna había reunido a sus agentes inmediatamente después de salir del bloque de detención, y sus tiempos de respuesta habían sido admirablemente buenos. En menos de diez minutos se reunieron dos equipos de ataque preparados para la acción. Hizo una señal con la mano al grupo formado por dos hombres equipados con un ariete y cargas moldeables.
—¡Que sea suficiente para echar la puerta abajo con una sola explosión! —ordenó—. Sin errores.
Una vez dada la orden, esperó durante un minuto que le pareció frustrante mientras las cargas eran colocadas en los goznes. Por fin, las cargas estuvieron listas y Jenna asumió su puesto junto a la puerta.
Abrió un canal de comunicación con todos los agentes bajo su mando.
—No quiero supervivientes. Esos cabrones han matado a Culla y a dos de los nuestros —dijo, olvidando mencionar que ella tenía parte de responsabilidad en esas muertes—. Los quiero a todos muertos. ¿Entendido?
Sus agentes asintieron y Jenna se pegó completamente a la pared.
Viendo que los hombres del otro lado de la puerta habían hecho lo mismo, levantó el codo y bajó el puño dos veces en rápida sucesión.
Dos cosas ocurrieron al mismo tiempo.
Los goznes de la puerta explotaron con un estruendo sordo y un ruido metálico.
Y los calientes gases propulsores llenaron el patio al tiempo que una nave Orca de desembarco de tropas descendía con toda la potencia de sus motores para frenar la velocidad de su descenso.
Jenna se cubrió los ojos para protegerse de la gravilla y de los gases acres de los tubos de escape. A través de la neblina y del polvo levantados por los motores aullantes de la nave espacial, la vio rotar sobre su eje en el aire y oyó el gemido de un motor ganando fuerza.
—¡Joder! —dijo, y se tiró al suelo.
Una tormenta metálica de proyectiles supersónicos rasgó el espacio del pasillo, segando la barrera que llegaba hasta la altura de la cintura y convirtiéndolo todo en una infernal tormenta de explosiones y muerte. Diez agentes murieron en el primer segundo, descuartizados y reducidos a vapores deshilachados de sangre y huesos machacados.
Jenna se tapó los oídos, pero el ruido era tan intenso que resultaba imposible bloquearlo. Las detonaciones chirriantes hacían saltar trozos de piedra de las paredes, y ella sintió como una línea ardiente en la espalda; era el hombro, donde se le había alojado un fragmento de proyectil al rojo vivo. Algo explotó detrás de ella, y su pierna empezó a moverse espasmódicamente cuando el metal caliente le rasgó la carne del muslo. Se arrastró como pudo por el pasillo haciendo caso omiso del dolor e intentando frenéticamente escapar a la matanza.
Los cañones siguieron barriendo el pasillo arriba y abajo hasta que no quedó nada con vida. En medio del humo destellaban luces y de la nave de ataque salían dardos abrasadores, seguidos rápidamente por una resonante explosión.
«Las torres de vigilancia. Están cargándose las torres de vigilancia con misiles ...»
Pensó que los cañones habían dejado de disparar, pero era imposible saberlo. La reverberación de los ecos de los disparos y de las explosiones resultaba ensordecedora. Jenna se quitó el casco y se llevó la mano al hombro, hurgando para tratar de encontrar la metralla caliente. Sentía el calor incluso con los guantes puestos y rechinó los dientes a causa del dolor que le produjo extraérsela de la herida.
Jadeando a causa del esfuerzo y bañada en sudor, Jenna parpadeó para evitar las lágrimas de dolor y confusión. ¿Qué estaba pasando? ¿De dónde había salido la nave de ataque tau? Estaba segura de que ya no disparaban e intentó ponerse de lado para ver qué estaba ocurriendo.
Unas densas nubes de humo y polvo oscurecían la mayor parte del pasillo, pero estaba claro que no quedaba nada con vida. Todos los agentes estaban muertos. ¿Era esto lo que se conseguía con la misericordia y las ideas de justicia? Gritó de frustración y miró a su alrededor buscando una arma. Su escopeta estaba a unos metros del borde de un charco de sangre brillante. El dolor penetrante que sentía en la pierna se incrementó al moverse hacia ella, y estiró el cuello para ver la gravedad de la herida.
La respiración se le cortó en la garganta cuando vio aquella atroz carnicería. La metralla había abierto un ancho surco en su muslo derecho, dejando una horrenda visión de carne machacada y huesos reventados.
El miedo la hizo respirar entrecortadamente, pero el grito de dolor que estuvo a punto de lanzar murió en su garganta cuando vio a los prisioneros tau aparecer en el pasillo. Antes todos le habían parecido iguales, pero ahora resultaba muy evidente quién era el jefe. No parecía que hubiera nada en su atuendo que pudiera diferenciarlo, pero el alienígena que Jenna había identificado instintivamente no era un guerrero que resaltara entre los otros. Su porte y su estatura eran sutilmente diferentes en formas que Jenna no podía apreciar conscientemente. Simplemente sabía que ése era especial.
La nave de desembarco de tropas había dejado de disparar e incluso el zumbido de sus motores pareció aplacarse en presencia del jefe de los tau. Jenna observó cómo se movía, y hasta su dolor quedó relegado ante la extraña calma que la envolvió al contemplar a un ser tan noble. Le parecía extraño no haberlo sentido en ninguno de los otros.
Gateó hasta su escopeta, con el sudor bajándole en ríos por la cara, arrastrando el polvo y las lágrimas que la cubrían. Notó que la piel se le volvía fría y se le nubló la vista. Comprendió que estaba entrando en estado de shock.
En el instante en que la nave de ataque abrió fuego, la dinámica entre ella y los tau pasó de prisioneros y captores a enemigos en guerra, y Jenna no tenía el más mínimo escrúpulo a la hora de matar a un enemigo en una batalla.
Jenna se arrastró lentamente hacia su arma, decidida a disparar por lo menos una vez a los alienígenas asesinos. Tenía puesta toda su atención en el acabado negro mate de la empuñadura de la escopeta, en el brillo de la luz que se reflejaba en el gatillo y en la superficie granulada de la culata. Su mundo se redujo a la distancia que la separaba del arma, y únicamente poniendo todo su empeño en esta tarea lograba luchar contra el dolor.
Sus dedos rozaron la culata de la escopeta y lloró ante esa pequeña victoria. Impulsada por el éxito, hizo un último esfuerzo y tiró del arma hacia sí. Jenna sabía que sólo podría disparar una vez, y asió la empuñadura.
Antes de que pudiera incorporarse para disparar, un pie de piel azul pisó el cañón del arma.
Sintió que había alguien a su alrededor y levantó la vista entre lágrimas; vio al jefe tau de pie junto a ella, mirándola fijamente con una expresión que bien podría haber sido de lástima o de pesar. Junto al jefe se encontraba la tau a la que ella le había cortado la pequeña coleta blanca, La’tyen. Era su pie el que descansaba sobre el arma e impedía que Jenna pudiera disparar. En contraste con la cara del jefe, la expresión de La’tyen era de odio total.
Jenna había fracasado, y el peso de ese fracaso le arrebató la poca fuerza que le quedaba. Dejó caer la cabeza hasta el suelo de cemento y sintió su frialdad contra la piel pegajosa.
El jefe tau se arrodilló junto a ella y le puso una mano sobre la frente. Tenía la piel suave y cálida al tacto. La reconfortó y sintió que el dolor retrocedía, pero aun así, Jenna quería apartarse del alienígena.
—Me llamo Aun’rai y puedo aliviar tu sufrimiento —dijo el tau en un gótico imperial impecable. Su pronunciación era perfecta, aunque tenía la cadencia propia de los habitantes de la Franja Este.
—Tienes cierto acento —dijo Jenna con voz débil.
—¿De verdad? —El tau pareció sorprenderse.
—Sí —asintió Jenna—. Quien te enseñó el idioma debía de tenerlo y ahora tú también lo tienes.
—Es probable —admitió el tau con un brillo divertido en el ojo, como si acabara de darse cuenta —. La pronunciación de Raphael a menudo parecía no ir con las palabras escritas. Aun así, poco importa.
—Si vas a matarme, hazlo y márchate —dijo Jenna entre dientes—. O déjame morir sin más.
Aun’rai negó con la cabeza.
—¿Matarte? No voy a matarte. Oí lo que le dijiste al gue’la que estaba dispuesto a infligirme un dolor atroz. Deseo que sepas que no somos lo que él cree que somos. Quiero que sepas que nosotros no somos tus enemigos.
—Matasteis a mis guardias —escupió Jenna —. Eso os convierte en mis enemigos.
—Eso ha sido lamentable —admitió Aun’rai—. Pero era necesario. Ahora debemos marcharnos antes de que vuestras fuerzas aéreas respondan ante la presencia de mi nave de desembarco de tropas.
Aun’rai dijo unas cuantas palabras en su propio idioma a La’tyen, quien se mostró sorprendida y casi ofendida por ellas, pero aun así se arrodilló para obedecer la orden del jefe tau.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Jenna entre jadeos cuando La’tyen la levantó y se la echó al hombro.
Un dolor casi imposible de imaginar le recorrió la pierna brevemente, pero de nuevo el contacto de Aun’rai le alivió el sufrimiento de la herida. A pesar de la repulsión que sentía ante el contacto del alienígena, Jenna se sintió patéticamente agradecida ante la ausencia de dolor. Los ojos le pestañearon y sintió que empezaba a perder la consciencia.
—Mis sanadores harán que vuelvas a estar entera, gue’la —le prometió Aun’rai —, y después voy a ofrecerte un lugar dentro de la Tau’va.