Dieciséis

A Uriel le ardían los brazos del dolor que sentía. Tenía las muñecas escocidas y sanguinolentas por las esposas de plata que lo mantenían suspendido por encima del frío y duro suelo de la oscurecida sala. No sabía sus dimensiones exactas, pero se había formado un mapa mental del lugar a partir de los ecos de respuesta a sus gritos.

Habían pasado días desde la batalla con los sinpiel, pero no podía decir cuántos con certeza, pues la oscuridad era permanente y sus captores no le habían dado ningún indicio del tiempo transcurrido.

Sus captores… Los Caballeros Grises…

Aquellos guerreros de leyenda de los que se hablaba con susurros apagados, pues los enemigos a los que se enfrentaban en batalla eran los más terribles de todos: demonios y corruptas criaturas de más allá del Empíreo. De todos los servidores del Emperador, ellos eran los más honrados, los más reverenciados y los más letales.

Ahora su atención se había concentrado en Uriel.

Para Uriel era inconcebible que debiera sufrir de esa forma; que compañeros guerreros del Adeptus Astartes pudieran infligirle un castigo como aquél. Pero en el fondo de su corazón no podía culparlos, pues ¿acaso él y Pasanius no habían regresado del lugar más temido de la galaxia, una guarida de abominaciones y monstruos?

Por mucho que se sintiera ultrajado por lo que le estaba sucediendo, sabía que no debería haber esperado menos. A partir de ese momento Uriel estaba a merced de aquellos que conocían la amenaza demoníaca mejor que él.

En el tiempo transcurrido desde que los Caballeros Grises le habían capturado, sólo había conocido oscuridad. En cuanto Leodegarius lo sacó de entre las ruinas del bar, una hueste de poderosamente fuertes servidores se había acercado con unas varas extensibles provistas de gruesos collares metálicos con afiladas hojas en el interior.

Los collares de sujeción le habían sido colocados alrededor de su cuello, y Uriel supo que si se resistía, se desgarraría con las afiladas hojas. Un acólito vestido con una túnica le puso una capucha confeccionada, aparentemente, con áspera tela de saco. Justo antes de que se la sujetaran alrededor de la cabeza, Uriel vio otro caballero gris con Pasanius, preso de forma parecida, ante la rampa abierta de una cañonera Thunderhawk plateada.

La capucha era más que una simple tela, pues bloqueó totalmente la percepción que Uriel tenía del mundo a su alrededor. Sus cinco sentidos quedaron inutilizados y experimentó una curiosa insensibilidad hacia todo, como si de repente hubiera sido aislado totalmente del reino de las percepciones.

Lo habían llevado al interior de la Thunderhawk y trasladado a la celda en la que en esos momentos se hallaba confinado. Uriel no tenía ni idea de dónde estaba, y lo que le sucedería a continuación también era un misterio total. Unas manos nada amables lo habían esposado y, después de eso, le habían retirado la capucha antisensorial para, a continuación, raparle la cabeza y ser izado del suelo para dejarlo suspendido en la oscuridad.

Un murmullo de cánticos flotaba en el aire cargado de incienso, un demencial estribillo constante que se encontraba justo por debajo del límite de la comprensión. Uriel no podía ver el origen de las voces, pero podía sentir figuras moviéndose por la oscuridad, una oscuridad tan impenetrable que ni siquiera su visión genéticamente mejorada podía penetrar.

Sabía que estaba siendo observado y había pregonado en voz alta su inocencia y su lealtad al Emperador, pero había oído esas mismas palabras un centenar de veces o más, la mayor parte de ellas en boca de herejes y de aquellos que conspiraban con los demonios. Pasado un tiempo, se rindió y se concentró en bloquear el dolor de sus hombros.

Su propio peso le tiraba de los brazos, dislocándole los hombros, y tenía los nervios doloridos y agarrotados después de tanto tiempo colgando en la oscuridad. El metal de las esposas de plata le mordía la carne de las muñecas y no dejaba circular la sangre, que se le acumulaba en los antebrazos.

Uriel oyó unas fuertes pisadas acercándose en la oscuridad. Una antorcha ardiendo cobró vida y el gigante de plata que lo había sacado de entre las ruinas del bar se aproximó.

La luz del fuego se reflejaba en las bruñidas placas de su espectacular armadura, las gigantescas placas indestructibles y magnificentes.

Los exterminadores eran guerreros capaces de causar una increíble destrucción, entrenados para ser auténticos maestros en el arte de matar e imparables tanques humanos. Los astartes con armadura MK-VII estaban bien protegidos y mantenían su letal velocidad, mientras que los guerreros con armadura de exterminador sacrificaban esa movilidad por una invulnerabilidad casi completa.

Al igual que los exterminadores de la compañía de veteranos estaban por encima de Uriel tanto en habilidad como en letalidad, este guerrero estaba por encima de ellos. Estar en presencia de un guerrero como ése, incluso como prisionero, era un honor.

Leodegarius se había quitado el casco, y Uriel vio que su cara estaba finamente esculpida y casi angelical en su simetría. Unas cejas argénteas envolvían unos claros ojos azules, y su cabello blanco estaba recogido hacia atrás con un pequeño broche para el pelo. La perfección física del guerrero igualaba a su indudablemente perfecta alma, y Uriel pensó en los guerreros del capítulo Ángeles Sangrientos del Adeptus Astartes, tal era su belleza.

Un grupo de acólitos encapuchados seguía a Leodegarius, uno de ellos leía un pesado libro colocado sobre un atril de lectura fusionado a la espalda de un enano jorobado, y otro llevaba un águila plateada de la que salían nubes de humo aromatizado. Otros llevaban todo tipo de objetos en mullidos cojines de terciopelo, algunos de los cuales eran evidentemente aparatos para causar dolor, mientras que otros estaban más allá del entendimiento de Uriel.

Otro caballero gris, equipado con una brillante servoarmadura de ese color, permanecía al lado de Leodegarius y transportaba el gigantesco casco del guerrero. Detrás de ellos, un par de sudorosos servidores arrastraban un brasero humeante del que surgían diversos hierros candentes.

Uriel sintió como las cadenas que lo sujetaban se aflojaban y lo bajaban hasta el suelo. Las cadenas siguieron deslizándose hasta que pudo bajar los brazos y dejarlos colgando a los lados.

Hizo algunos movimientos con los hombros para flexionar los músculos de la espalda y volver a colocar las articulaciones en su sitio. Ninguno de sus captores hizo ningún intento de quitarle o aflojarle las esposas que todavía ceñían fuertemente sus muñecas.

—Dime por qué no debería matarte —dijo el caballero gris.

Por un instante, Uriel quedó anonadado. La brutalidad de la pregunta fue tal que no pudo contestar inmediatamente.

—Soy un leal servidor del Emperador —afirmó finalmente.

—Eso ya lo he oído anteriormente —replicó Leodegarius con evidente incredulidad—, así que voy a abrirte y a examinar los rincones más recónditos de tu alma. Lo sabré todo de ti, Uriel Ventris, y si descubro que eres puro, todavía podrás ganarte el perdón del Emperador, pero si encuentro la más mínima traza de corrupción o de secretos oscuros, tu cuerpo será purgado por el fuego.

—Lo entiendo —asintió Uriel—. No tengo nada que ocultar.

—Una afirmación común entre los corruptos —repuso Leodegarius—. Te sorprendería cuántas veces he escuchado eso en boca de aquellos que más cosas tienen para ocultar.

—Soy un servidor del Emperador —repitió Uriel—. No estoy corrupto.

—Eso deberé decidirlo yo —declaró Leodegarius—. Ahora, mantente en silencio.

Uriel asintió, totalmente consciente de que su vida estaba en manos del guerrero.

Con un gesto podía acabar con él y borrarlo de la faz del Imperio. Todo lo que había hecho, todas las gestas heroicas que había acometido en su vida, serían expurgadas como si jamás hubiera existido.

—Di tu nombre y rango —dijo Leodegarius—, para los archivos.

—Soy Uriel Ventris, anteriormente capitán de la Cuarta compañía del capítulo Ultramarines del Adeptus Astartes.

Mientras Uriel hablaba, un repiqueteante estenógrafo situado detrás de Leodegarius escribió sus palabras en una hoja de pergamino. Cada uno de sus dedos terminaba en una pluma para escribir. Esto podría ser tanto su vindicación como su recompensa.

Leodegarius asintió y se acercó para retorcer el hombro de Uriel hacia él. Uriel rechinó los dientes, los huesos del hombro fueron dolorosamente retorcidos justo en la articulación.

—Tus tatuajes de capítulo y de compañía han sido borrados de tu cuerpo.

—Sí —dijo Uriel—. Nuestras marcas de capítulo y de compañía fueron eliminadas antes de abandonar Macragge en un juramento de muerte. A todos los efectos y propósitos estábamos exiliados. No habría sido correcto seguir llevando la heráldica de nuestro capítulo.

—¿Por qué fuisteis enviados a ese juramento de muerte? —quiso saber Leodegarius, y Uriel vio como un servidor sacaba uno de los hierros candentes con unos gruesos guantes aislantes. La barra fue sostenida hacia Leodegarius, pero el caballero gris no le prestó atención, de momento.

—Por violar el Codex Astartes.

Leodegarius asintió, como si ya lo supiera. ¿Habían interrogado ya a Pasanius para obtener esa información?

Pensando en su amigo, Uriel decidió arriesgarse a hacer una pregunta.

—¿Dónde está Pasanius?

Un guantelete plateado agarró a Uriel por el cuello y Leodegarius retrocedió para coger el hierro candente. Su extremo tenía forma de cráneo envuelto en un halo. Con una fluida economía de movimientos, le dio la vuelta al hierro y lo estampó allí donde el águila imperial antiguamente había sido tatuada en el hombro de Uriel.

Un dolor agonizante recorrió el cuerpo de Uriel cuando el hierro al rojo vivo le quemó la piel. Sus rodillas se doblaron y refrenó un grito cuando Leodegarius mantuvo el hierro ardiendo presionado contra su piel. El humo y el horrible olor a carne quemada llenaron el aire. El dolor era intenso, pero Uriel cerró los ojos y concentró su mente en bloquearlo.

Finalmente el hierro fue retirado y Uriel jadeó. El dolor seguía allí, puro, caliente e intenso, pero comparado con la agonía de la quemadura constante era como si la parte superior del brazo hubiera sido bañada con agua fría.

Un par de cirujanos con túnicas salieron de la oscuridad detrás de él, y el dolor fue reemplazado por una fría y clara sensación de descanso cuando le aplicaron un antiaséptico a la herida y envolvieron el hombro con una gasa.

—Ésa es la primera lección —dijo Leodegarius, devolviendo el hierro al servidor—. Cuando empecemos, sólo debes hablar cuando te permita hacerlo. ¿Entendido?

—Sí —asintió Uriel—, lo entiendo.

—Entonces ya estás preparado para tu primera prueba —afirmó Leodegarius—; la prueba de la Inquisición.

—¿Qué vais a preguntarme?

—¿Preguntarte? —dijo el caballero gris—. No voy a preguntarte nada.

Se trazaron círculos concéntricos en el suelo alrededor de Uriel y Leodegarius, cortados por los servidores encapuchados con antorchas de acetileno en vez de brazos, y los surcos se cubrieron con burbujeantes líneas de plata fundida sacada de unas urnas doradas que llevaban a la espalda. Después tallaron varios signos extraños y totalmente incomprensibles para Uriel en el espacio entre los dos círculos, que también fueron rellenados con plata.

Cuando los servidores acabaron, surgió de los símbolos argénteos una nube de vapor.

—La prueba de la Inquisición —dijo Leodegarius— es tan antigua como mi orden. El ojo de mi mente mirará en cada oscuro rincón de tu alma. Conoceré hasta tu último pensamiento. No serás capaz de ocultarme nada. Entiende esto y podrás ahorrarte muchísimo dolor. Si tienes el mal en tu interior, confiésalo y tu muerte será rápida. Niégalo, y si encuentro una leve traza de corrupción, tu muerte será una larga agonía.

—No tengo nada que confesar —insistió Uriel—. No estoy corrupto.

Leodegarius asintió, como si estuviera representando un drama familiar.

—Eso ya lo veremos.

Finalmente, el dibujo en el suelo fue completado y los servidores desparecieron en la oscuridad, dejando solos a Uriel y a Leodegarius. Mientras los servidores se retiraban, otros siete acólitos se acercaron, cada uno portando una antorcha y con las capuchas echadas hacia atrás. La luz del fuego danzaba en sus caras, y el ajado horror de sus rostros hizo desear a Uriel que volviera la oscuridad.

Sus rasgos eran como los de los cadáveres encontrados en el desierto, muy marcados y desecados, como si se les hubiera extraído toda vitalidad y movimiento. Sus ojos habían sido quemados en las cuencas oculares, aunque no podía decir si había sido por un artificio deliberado o por una visión de pesadilla.

Como marine espacial al servicio del Emperador, Uriel había sido testigo de gran cantidad de terrores: antiguos dioses estelares, la cara del Gran Devorador y las guaridas de demonios, pero contemplar a esos lastimeros seres le hizo comprender que todavía existían cosas mucho más terribles en la galaxia.

Los terroríficos acólitos ocuparon posiciones alrededor de ellos formando un círculo protector, y empezaron a cantar con un apenas audible chirrido parecido a la estática. Sus quedas voces formaban un átono muro de sonido sin ritmo, y Uriel sintió la misma ceguera sensorial que había experimentado cuando lo cubrieron con la capucha.

—Los servidores de anulación crean una barrera de retroalimentación psíquica —explicó Leodegarius—. Junto con esas líneas de energía inscritas en el suelo, impiden que ninguna corrupción abandone este círculo si fracaso en mi inquisición de tu cuerpo y alma.

—Comprendo las precauciones —declaró Uriel—, pero sigo manteniendo que son innecesarias.

—Cállate —le ordenó Leodegarius, avanzando y colocando sus manos a ambos lados de la cara de Uriel—. La prueba de la Inquisición ha empezado.

El metal de los guanteletes estaba frío, y Uriel sintió cómo esa frialdad le atravesaba la piel para pasar a los músculos de la cara y de allí a los huesos del cráneo. Unos fríos dedos inquisitoriales le abrieron la tapa de la mente y rebuscaron en el interior.

La respuesta inmediata de Uriel fue resistirse, y las barreras mentales de su voluntad empezaron a erigirse como defensa contra la invasión. Miró a los ojos azul hielo de Leodegarius y el mundo pareció reducirse hasta que sólo fue capaz de ver sus glaciales órbitas, como si crepitantes corrientes de energía que no podían ser rotas los unieran.

Uriel sintió como todo su cuerpo se entumecía mientas la esencia psíquica del caballero gris se abría paso a través de sus defensas hacia su mente.

—¿Por qué te resistes? —le preguntó Leodegarius con la implacable fuerza de su mente presionando en los pensamientos de Uriel—. ¿Acaso, después de todo, sí tienes algo que ocultar?

Uriel trató de replicar, pero su lengua no le obedeció. Trató de bajar sus defensas y dejar que el interrogador accediera a sus pensamientos, pero la reacción natural de la mente humana es proteger sus secretos y su funcionamiento interno.

Pero mientras la arquitectura defensiva de su cerebro se combaba bajo la presión, Uriel comprendió que esa lucha era fútil ante el gran poder del caballero gris. Al darse cuenta de ello, reunió la voluntad necesaria para permitir al otro ser acceder a la fortaleza oculta de su mente: el lugar protegido en que guardaba sus dudas, sus miedos, sus esperanzas y sus ambiciones.

Todo lo que hacía de él Uriel Ventris sería mostrado al desnudo para que Leodegarius lo viera, lo conociera y lo comprendiera. Cada virtud y cada vicio quedó expuesto para su inspección, y si Uriel era considerado no aceptable en algún aspecto, su vida habría acabado. Curiosamente, no sentía miedo, ahora que la última barrera entre él y Leodegarius había sido eliminada.

Sintió la colosal presencia del caballero gris dentro de su cráneo, la esencia del guerrero mezclándose con la de Uriel, aprendiendo en un instante lo que había forjado como guerrero de los Ultramarines. Todo, desde las cavernas iluminadas por una luz azul de Calth de sus recuerdos de su más temprana infancia hasta la lucha con el señor de los sinpiel, formó parte de los conocimientos del caballero gris, y en el espacio de un latido de corazón fue como si se hubieran convertido en una sola alma.

Mientras Leodegarius aprendía de Uriel, éste también aprendía de Leodegarius, o al menos de lo que el caballero gris quería que él supiera. Vio las décadas de batallas, los años de estudio y soledad, y la completa y total devoción a su misión sagrada.

Leodegarius era un héroe en el más puro sentido de la palabra, un guerrero que luchaba no por lograr una recompensa, un reconocimiento o cualquier otro motivo más allá de saber que formaba parte de una selecta hermandad que resistía entre la humanidad y la destrucción. Uriel vio innumerables y desconocidas batallas en las que el destino de los mundos colgaba de la balanza.

Vio triunfos y vio pérdidas. Vio victorias e inimaginables sacrificios.

Eso es lo que implicaba ser un defensor del Imperio, y los propios logros de Uriel palidecían en comparación con los que este gran héroe había alcanzado.

Sus vidas se entrelazaron durante un mero instante, y la conexión fue tan profunda que a Uriel empezó a invadirlo el pánico cuando su sentido del ser fue engullido y dominado por la presencia de la mente del caballero gris.

Y entonces todo acabó.

Como una espada extraída de una herida, el poder del caballero gris se retiró de la mente de Uriel y él cayó sobre las cadenas que lo sostenían. Cayó de rodillas, sintiéndose repentinamente solo, definitivamente solo dentro de su cabeza, como si una pieza vital de su ser le hubiera sido arrancada.

Frente a los horrores que Leodegarius había derrotado, ¿qué importaba la vida de un par de Ultramarines? En el gran tapiz de la galaxia, la vida de Uriel no tenía ningún sentido, y le estaría agradecido a Leodegarius si se la arrebataba en ese mismo instante.

—Serénate, Uriel Ventris —dijo Leodegarius—. Una mente siempre se acobarda ante su insignificancia después de una unión con un poder mucho mayor que el suyo. Tu orgullo de guerrero restaurará tu sentimiento de valía en poco tiempo.

Uriel levantó la mirada hacia la cara de Leodegarius, su bella, perfecta y magnificente cara. La personalidad de un gran héroe de la humanidad estaba grabada en cada una de sus resplandecientes líneas y cada curva de su cráneo.

—Tú has visto mi interior —jadeó Uriel, pronunciando cada palabra con gran esfuerzo—. Sabes que no soy corrupto.

—No eres conscientemente corrupto —admitió Leodegarius—. No he sentido ningún mal en ti, pero existen muchas formas de corrupción. Podrías ser un heraldo de la maldad y no saberlo.

—No lo entiendo —dijo Uriel, poniéndose dolorosamente en pie.

—Los hilos que teje el destino a tu alrededor están teñidos de sangre, Uriel Ventris, y momentos de gran peligro plagarán siempre tu vida. Tu llegada a Salinas no es más que el último eslabón de una cadena de eventos que pueden condenar a este mundo a un Exterminatus. Allí por donde caminas te sigue el peligro.

—Peligro para mis enemigos —gruñó Uriel.

Leodegarius sonrió.

—Tu espíritu está regresando, por lo que puedo ver. Eso es bueno.

—¿Lo es?

—Por supuesto —dijo Leodegarius—. Eso significa que estás preparado para la segunda prueba.

Un humo acre surgía del caldero de hierro, cuyo contenido burbujeaba mientras Uriel era conducido hacia él. Los laterales habían sido repujados con un anillo de águilas encadenadas y el olor de los aceites hirviendo hacía que a Uriel se le cerrara la garganta al sospechar lo que iban a exigirle que hiciera.

Las esposas le habían sido retiradas y se le había permitido lavarse la sangre de los brazos antes de ser conducido a través de la oscuridad de la sala hasta el caldero. Bajo la luz de la antorcha, Uriel pudo distinguir algo más de los alrededores: un gran espacio abierto de elevadas arcadas y gruesos pilares. El aire era espeso y frío, lo que le llevaba a creer que formaba parte de un gran edificio, posiblemente el palacio o la catedral.

Leodegarius se volvió hacia Uriel.

—Desde tiempos muy remotos hemos utilizado la prueba de los Aceites Sagrados para sondear la carne de aquellos que son llevados ante nosotros. Demasiado habitualmente, la cuestión de la culpabilidad es innecesaria, pues las acciones hablan más fuerte que las palabras, pero tú eres una curiosidad para mí, Uriel Ventris. Esta prueba será dolorosa, pero si tienes la luz del Emperador en tu cuerpo, no flaquearás y serás elevado por su gloria. —Leodegarius se movió para ponerse frente a Uriel, con el caldero entre ellos—. Si tu carne demuestra ser verdadera y consigues superar esta prueba, te encontrarás ante mí al final para enfrentarte al Judicium Imperator. Sólo entonces tu alma será considerada pura.

—Pero ¿y la prueba de la Inquisición? —dijo Uriel—. Pensaba que no habías sentido ningún mal en mí.

—Y no lo sentí —dijo Leodegarius—, pero has viajado a un reino en el que nada que sea bueno o puro puede sobrevivir, y tu alma se ha visto expuesta a una corrupción que abrasaría tu carne hasta los huesos de saber tan sólo una mínima parte de su verdadero horror. Has caminado por ese mundo, y a mí me corresponde determinar si parte de su corrupción ha regresado en tu interior, oculta en la carne y los huesos de tu cuerpo. ¿Tienes algo más que decir antes de esta prueba?

Uriel consideró cuidadosamente sus palabras.

—Te haré la misma pregunta que hice anteriormente. ¿Dónde está Pasanius?

—Él está siendo sometido a las mismas pruebas que tu. Su destino está en sus manos y prevalecerá o fracasará igual que tú prevalecerás o fracasarás: solo.

—Entonces estoy preparado —dijo Uriel—. Sí, hemos caminado por el reino de los condenados, pero nos enfrentamos a sus tentaciones y resistimos.

—¿Crees que eso es suficiente?

—No sé si eso es suficiente —admitió Uriel—, pero debe tener algún valor, pues sólo aquellos que tratan de resistir a la tentación saben lo fuertes que son. Puede medirse la fuerza de un enemigo luchando contra él, no rindiéndose. Comprobarás la fuerza del viento caminando contra él, no siendo arrastrado por él.

Leodegarius asintió.

—Hay una gran verdad en eso. Un hombre jamás podrá descubrir la fuerza del impulso del mal en su interior hasta que trate de luchar contra él. El Emperador es el único ser que jamás ha cedido a la tentación, y por tanto es el único hombre que conoce totalmente lo que significa rendirse a ella.

—Entonces, si hay alguna forma de comprobarlo, Pasanius y yo hemos medido nuestras fuerzas contra las peores criaturas imaginables.

—En ese caso, esta prueba no sería tal —declaró Leodegarius, señalando el caldero hirviente—. ¿Has oído hablar del santo De Haan, del sector Donorian?

Uriel negó con la cabeza.

—No. ¿Quién era?

—Fue un inquisidor que sirvió al Emperador durante más de dos siglos —explicó Leodegarius—. Un hombre que extirpó la herejía y la corrupción en más de un millar de mundos. Decenas de miles de herejes y seres malignos perecieron ante él, y su brillante visión de un Imperio puro fue un faro para todos aquellos cuya lealtad al Trono Dorado era indestructible.

—¿Qué le sucedió? —preguntó Uriel.

—Fue martirizado en la batalla de Kostiashak —respondió Leodegarius—. Guerreros de los Poderes Siniestros lo capturaron y varios trozos de su anatomía fueron clavados en la profanada catedral de Trebian. Los leales acólitos de De Haan recuperaron los restos de su señor y muchas de esas reliquias se guardan en cajas aromatizadas de palo de rosa en los mundos que purificó.

—Muchas, pero ¿no todas?

—Correcto.

Uriel miró al burbujeante líquido viscoso. En la parte superior del sibilante y salpicante aceite pudo distinguir la vaga silueta de lo que parecía una daga.

—Tienes que meter las manos y sacar la daga —dijo Leodegarius.

—¿Y eso qué probará, aparte de que mi piel se quema?

—Varios fragmentos de la armadura del santo De Haan han sido forjados en el metal de su mango, y sólo aquellos cuya carne no esté contaminada por la mácula del gran enemigo podrán cogerla.

Uriel aspiró profundamente y asintió.

—Entonces no tengo nada que temer.

—Espero que eso sea cierto —dijo Leodegarius, y Uriel quedó sorprendido al oír la sinceridad en la voz del caballero gris—. Ahora, coge la daga.

Uriel cerró los ojos y sumergió la mano izquierda en el caldero antes de que le diera tiempo a forjarse imágenes de la piel achicharrada y la carne abrasada hasta los huesos. Una agonía insufrible le engulló el antebrazo. Rechinó los dientes contra el dolor, un fuego que lo devoraba todo y que enviaba rayos de aullante luz blanca tras sus párpados.

Se le doblaron las piernas y se incorporó ayudado de su mano libre. Su otra palma se quemó al entrar en contacto con el metal del caldero, y Uriel tuvo que reprimir un aullido de agonía. Sentía como se le desprendía la piel mientras sus dedos buscaban el mango de la daga. El dolor era inconcebible, casi demasiado para poder soportarlo. Se sentía como si su brazo estuviera sumergido en el centro de un volcán, y casi deseó el olvido de la inconsciencia que le evitaría soportar el dolor un segundo más.

Pero eso, ¿no formaría parte de la prueba tanto como coger el arma? ¿No sería su capacidad para soportar el dolor una prueba más de su inocencia?

Uriel luchó contra el dolor, acogiéndolo, dándole la bienvenida, y abrió los ojos para ver a Leodegarius mirándolo. Sintió la aprobación del caballero gris y supo con total certeza que Leodegarius quería que superara esa prueba. Quería encontrar una razón para no matarlo.

Sus dedos encontraron algo metálico y Uriel cerró la mano sobre la decorada empuñadura de la daga. Pese a que apenas podía sentir ya el funcionamiento de la mano, los tendones y músculos de la muñeca le obedecieron lo suficiente para sostener el arma con firmeza.

Con el objeto firmemente cogido, Uriel sacó la daga del aceite y la sostuvo delante de él. Su aliento eran ardientes chorros procedentes del interior de su pecho. Su mano era una descarnada masa roja, la carne se había desprendido y trozos de aceitosa piel caían de ella como brillantes tiras de gelatina. El dolor era como nada que hubiera conocido anteriormente, y la visión de su abrasada mano lo hacía aún peor.

Aunque todos los nervios de su cuerpo le decían que soltara la ardiente arma, Uriel la sostuvo ante Leodegarius.

—Toma —dijo entre dientes—. ¿Es esto lo que querías?

Leodegarius asintió y cogió el arma con los guanteletes blindados que lo protegían del ardiente calor de la daga.

—Efectivamente, lo es —dijo, sujetándose la daga al cinto y cogiendo la muñeca de Uriel.

Leodegarius examinó la herida y Uriel se estremeció, chirriando los dientes contra el dolor, pero afianzando su voluntad de permanecer en pie.

—¿Y? —preguntó Uriel—. ¿Es mi carne pura?

—Tal vez —dijo Leodegarius, soltando la mano de Uriel—. En tres días volveré para examinarte la herida. Un guerrero cuya carne es pura habrá empezado a curarse, mientras que uno cuya carne sea impura habrá empezado a gangrenarse. Entonces sabremos si estás preparado o no para enfrentarte a la última prueba.

—¿La última prueba? —preguntó Uriel, preguntándose qué podría ser peor que las pruebas que ya había soportado.

—Tu mente está libre de mácula y creo que tu carne es pura —declaró Leodegarius—, pero las pruebas creadas por el hombre no pueden decirnos nada más, así que ahora debemos permitir que el Emperador juzgue la fuerza de tu alma.

—¿Y cómo se hace eso?

—En el Judicium Imperator —dijo Leodegarius—. Dentro de tres días lucharás contra mí, y según el resultado se emitirá un juicio final sobre ti.