
La noche caía y los gritos de los traidores habían cesado, lo que significaba que se habían desmayado por el dolor o habían muerto. A Scipio Vorolanus no le importaba mucho a cuál de las dos posibilidades se debía, pero ya le estaba resultando agotador oír tantos gritos en la lengua de esos malnacidos invocando a sus dioses caídos para que los salvaran. Levantó la vista hacia el cielo, que se estaba oscureciendo por momentos, vio la luz de las estrellas a través de las nubes y se preguntó cuál habría sido el destino de sus hermanos de batalla.
¿Cómo iría la guerra en Calth? ¿Habría conseguido el señor del Capítulo destruir al señor demoníaco? ¿Estarían cinco compañías de Ultramarines en ese momento apresurándose hacia Espandor para terminar con la amenaza de una vez por todas? Scipio dibujó con aire ausente patrones en el polvo, las formaciones de batalla y planificaciones defensivas que aconsejaba el Codex cuando se estaba ante un enemigo superior en número pero de inferior calidad. Dibujó los diagramas sin pensar. Los tenía tan grabados en la mente que ya le resultaban de lo más natural.
La factoría bombardeada en la que se refugiaban los miembros de su escuadra estaba situada en un cuadrante poco frecuentado de la ciudad, uno que había sufrido mucho durante la invasión. La mayoría de las estructuras no tenían tejado o no disponían de los servicios básicos, lo que hacía que no resultaran alojamientos adecuados para los Nacidos de la Sangre. El Rhino capturado estaba cubierto con una lona y Laenus estaba intentando infundirle un poco de vida al motor torturado. Sus guerreros estaban sentados, limpiando sus armas o terminando con lo que les quedaba de sus raciones. De una forma u otra iban a tener que acabar con eso pronto, porque Scipio no haría a sus guerreros comer alimentos del vertedero en que se había convertido Corinto.
Todos los guerreros se habían quitado la armadura, así que sólo llevaban sus prendas color caqui y se habían cubierto con ropas raídas que les habían quitado a los muertos. Había pasado una semana desde que llegaron a esa ciudad, aunque les parecía toda una vida. En ese tiempo habían matado a veintisiete soldados de los Nacidos de la Sangre en su intento por determinar si la Reina Corsaria tenía o no su base en Corinto.
Todos los Nacidos de la Sangre que habían capturado parecían creer que ella estaba allí, reuniendo sus fuerzas para lanzar un ataque sobre Herapolis, pero ninguno de ellos la había visto. Aunque alguno había afirmado saberlo con certeza, Scipio no estaba seguro de que pudiera confiar en su palabra. Sólo después de ver a Kaarja Salombar con sus propios ojos se arriesgaría a contactar con el capitán Sicarius.
Para ese fin, él y el hermano Nivian, que había perdido el brazo en la lucha por capturar el Rhino enemigo, se habían aventurado a recorrer la ciudad. Fingiendo que eran astartes renegados, habían caminado por las calles de la ciudad cautiva, horrorizados ante la degradación y el vandalismo innecesario. Los templos de paredes plateadas eran ahora letrinas y los edificios civiles de la ley, la justicia y el comercio estaban cubiertos de cuerpos torturados sólo por la diversión pasajera que eso proporcionaba.
Pero la gratuita falta de disciplina que reinaba entre los Nacidos de la Sangre era lo que más ofendía a Scipio. Sabía que esa actitud del enemigo debería alegrarle, pero le irritaba ver que la fuerza armada que controlaba Ultramar era tan descuidada. La ebriedad era una epidemia y las peleas muy comunes. Había reyertas a todas horas y las calles estaban cubiertas de cadáveres con las gargantas cortadas o disparos en la cara.
—¿Cómo puede alguien querer vivir así? —había preguntado Nivian mientras miraban a un grupo de Nacidos de la Sangre enmascarados que se lanzaban sobre dos de los suyos sin razón aparente. Scipio no tenía respuesta para eso y giraron una esquina mientras los borrachos acababan con la vida de los que hasta un momento antes eran sus amigos.
La ciudad yacía en la degradación y la ruina, sus calles repletas de los deshechos y la basura de un ejército al que no le importaba nada el lugar donde se alojaba. El hedor que subía del río era repugnante, y Scipio necesitó hasta la última pizca de su voluntad para refrenarse y no sacar la espada y ponerse a matar a todos los Nacidos de la Sangre que se cruzaran en su camino.
¿Cómo una fuerza como ésa podía amenazar el Imperio? Eso escapaba a la comprensión de Scipio. ¿Dónde estaba la infraestructura, la organización y la rutina que hacía que funcionara un ejército? En los mundos que habían sido conquistados por los Poderes Siniestros, ¿cómo podía funcionar una sociedad sin reglas? Seguro que los mundos del Archienemigo debían tener alguna forma de orden impuesta desde escalones superiores de mando. ¿Cómo, si no, se alimentaban, se equipaban y se movilizaban sus ejércitos para la guerra? Todo el libertinaje ebrio que estaba viendo Scipio lo convencía de que tenía que haber en alguna parte un nivel de mando que se ocupara de la organización y que todavía no había detectado.
La herida de Nivian les permitía hacer más convincente su identidad fingida como parte de aquella horda, y fuesen donde fueran percibían el respeto de los Nacidos de la Sangre. Gritaban juramentos y bendiciones malditas al verlos pasar y todos y cada uno de ellos le hacían sentir a Scipio impuro y sucio. Cada vez que veían a otro astartes se ocultaban, metiéndose en algún edificio en ruinas o en algún callejón lleno de suciedad.
Pero hasta el momento sus esfuerzos habían sido en vano. Habían visto signos de que existía una estructura de mando, pero no un comandante supremo. Nivian, Laenus y Helicas lo estaban presionando para que salieran, pero había algo en la energía que mostraban los Nacidos de la Sangre que había convencido a Scipio de que Salombar estaba allí. No tenía nada en lo que basarse más que sospechas pero, si no, ¿por qué iba a haber tantas unidades enemigas reunidas en aquel lugar?
Pero una sospecha no era suficiente para informar al capitán Sicarius.
El miedo acuciante de haber fallado en su misión lo desgarraba. Scipio Vorolanus nunca había fallado en nada. Desde las pruebas de reclutamiento en Tarentus hasta los fuegos de Risco Negro, siempre se había distinguido en todas las tareas. Su estatus de sargento veterano no era cuestionado por nadie y muchos ya hablaban de él para ascender en el escalafón de la Segunda Compañía. Todo eso podía peligrar si esta misión fracasaba, aunque Scipio odiaba la ambición que acababa de reconocer en sí mismo.
Se sintió furioso y se levantó de la caja en la que estaba sentado para encaminarse hacia donde Helicas tenía al prisionero. El hombre estaba tumbado de costado y la sangre se encharcaba alrededor de su cabeza con una velocidad que le dejó claro a Scipio que no iba a volver a levantarse. Su cuerpo estaba cubierto con un uniforme de retales de muchos colores, lo que le hacía parecer más un arlequín de alguna corte que un soldado. Tenía una faja azul brillante alrededor de la cintura, un detalle que Scipio había aprendido que denotaba que era un oficial o, como los corsarios los llamaban, un haexen.
—¿Algún mensaje de los otros sargentos? —le preguntó Helicas.
Scipio sacudió la cabeza, irritado porque no dejaban de hacerle siempre la misma pregunta. Inspiró profundamente antes de contestar.
—No, es demasiado peligroso establecer contacto ahora que estamos en la ciudad. Sería fácil para el enemigo triangular nuestra posición.
—Claro. Pero no vamos a ninguna parte con lo que hemos obtenido de estos prisioneros. Y los reconocimientos a pie tampoco parecen estar acercándonos a la Reina Corsaria.
Scipio ignoró el deseo de acción que Helicas no expresó abiertamente.
—¿No te dijo nada antes de matarlo? —le preguntó Scipio, aunque ya sabía la respuesta. Si Helicas hubiera averiguado algo, ya se lo habría dicho.
—Cabrón inútil... —masculló Helicas como si lo ofendiera la obstinación del muerto. Se alejó del cuerpo y se limpió los puños ensangrentados con un trapo sucio empapado en antiséptico—. Igual que todos los demás, sargento. Siguió diciéndome que la Reina Corsaria está aquí, pero que no sabía dónde. Que no la había visto nunca y que me deseaba mil muertes en el mismo infierno donde está mi madre, lugar en el que aparentemente arde por haber copulado con perros.
—Precioso —dijo Scipio mientras se arrodillaba junto al muerto.
Con la muerte, sus facciones se habían suavizado, las líneas de odio habían desaparecido de su cara para dejar paso a una expresión casi serena. Si no fuera por los odiosos iconos que tenía grabados a fuego en las mejillas, ahora oscurecidos por la sangre seca y los moretones, podría haber sido uno de los muchos ciudadanos del Imperio.
—Si le quitáramos el uniforme, podría parecer un simple ciudadano de Ultramar —apuntó Scipio.
—¿Empatizando con el enemigo, sargento? —rió Helicas—. Nunca es un buen síntoma.
—No empatizo. Me lamento —explicó Scipio—. Podría ser uno de nosotros, pero tomó un camino diferente y ahora está muerto.
—Entonces tomó muy malas elecciones en su vida.
—Ésa al menos lo fue —concedió Scipio—. Pero me pregunto si estaba corrompido de nacimiento o si se convirtió en un traidor al crecer. ¿Cuándo se produciría ese momento en el que decidió que ya no quería ser más un servidor del Emperador y prefirió dedicar su vida a los Poderes Siniestros?
—¿Acaso importa?
—Creo que sí, Helicas. Identificar ese momento nos permitiría evitarlo. Los Nacidos de la Sangre están malditos más allá de la redención, eso es seguro, pero ¿cuántos otros, ahora mismo, están haciendo equilibrios en el filo entre la lealtad y la traición? ¿Cuántos de esos hombres nacieron malvados y cuántos acabaron convertidos en eso por los mundos que los rodeaban?
—Yo sólo soy un simple guerrero, sargento —respondió Helicas—. Es tarea de los capitanes y de los señores del Capítulo pensar así.
—Es tarea de todos pensar así —exclamó Scipio—. O al menos debería serlo.
Sacudió la cabeza al ver que Helicas no comprendía. Como artillero y soldado, Helicas era eficiente y concienzudo pero, como acababa de admitir, no era un pensador.
—Lo siento, sargento —se disculpó Helicas.
Scipio sintió que la ira y la tristeza se mezclaban en la superficie de su mente y dijo:
—Un astartes debería ser un pensador, porque nuestras mentes y nuestros cuerpos han sido diseñados para ser superiores a los de los mortales. Es un desperdicio que cualquiera de nosotros no intente alcanzar la plenitud de su potencial como individuo. ¿No es eso lo que Ultramar ofrece a sus habitantes, una posibilidad de mejorarse y prosperar en un ambiente que fomenta que la gente sea productiva?
Los demás miembros de la escuadra se volvieron hacia él y Scipio abundó en el tema.
—He luchado contra cientos de mundos diferentes y he visto miles de culturas distintas. En los peores mundos me vi enfrentado a la imposibilidad del cambio, al potencial perdido que veía en la abyecta pobreza y desesperación del pueblo. El Imperio tiene millones de vidas que aprovechar para su mejora, pero la mayoría de la gente simplemente se pudre en extremos olvidados de mundos cubiertos de cenizas y sumidos en la desesperación. ¿Qué oportunidades tiene esa gente? ¿Cuántos son arrojados a los brazos del Archienemigo por el terrible horror de sus vidas cotidianas?
—No lo sé, señor —respondió Helicas que no entendió el carácter retórico de la pregunta. Scipio notó su incomodidad al ver que le hablaba así.
Scipio se irguió en toda su estatura y miró con dureza a sus guerreros. Vio su frustración y sintió su necesidad de entrar en acción. Las reconoció porque él también las sentía. Un plan empezó a formarse en su mente y, aunque llevaba el sello distintivo de uno urdido por el capitán Sicarius, le entusiasmó la idea de presentar batalla. Y sabía cómo hacerlo.
—Llevamos parados demasiado tiempo —anunció marchando hacia el Rhino y arrancando la lona que lo cubría—. Pero se acabó.
Nivian dio un paso adelante saliendo del grupo con la pistola bólter de Scipio agarrada en la mano que le quedaba.
—¿Qué está sugiriendo, sargento? —preguntó.
—Si no podemos encontrar a la Reina Corsaria, haremos que ella venga a nosotros.
Los muros de Castra Tanagra estaban en silencio. La muerte tenía la costumbre de hacer así las cosas. Tigurius caminó por las murallas de la fortaleza santuario más cansado de lo que podía expresar y con un dolor en su alma por la presencia constante de los demonios. Se reunieron como una niebla en el borde de su campo de visión, bañados de una luz energizante proveniente de los odiados y siempre presentes relámpagos que partían el horizonte. Los demonios eran una miasma saltarina de horribles formas que miraban con voracidad a los defensores de la fortaleza.
—No deberíais estar aquí —dijo—. Esto no está bien.
Hombres y mujeres se apiñaban al abrigo de las murallas, bien envueltos en sus capas o en mantas. Un viento helado bajaba desde Montañas Capena. El invierno en Talassar era duro y los fríos habían llegado pronto ese año. Los copos de nieve flotaban ya en el aire y se veían salir volutas de vapor de todas las bocas.
Mil trescientas almas llenaban Castra Tanagra, un poco más de la mitad de las que había antes de la batalla. Habían muerto cientos, y muchísimos tenían heridas demasiado graves para combatir. Pero los que seguían en las murallas luchaban con desesperación y coraje. Eran magníficos pero, con cada ataque, el número de los que defendían los muros disminuía, y el espectro de la derrota que se cernía sobre ellos crecía cada vez más.
Tigurius miró hacia la torre del homenaje, cuyas numerosas estancias estaban llenas de heridos y muertos. Sintió que el dolor lo inundaba como una niebla negra e intentó apartar la desesperación que traía con él mientras seguía caminando.
Los soldados lo saludaban con la cabeza al verle pasar, pero ninguno le habló porque él era un guerrero del Adeptus Astartes y estaba tocado por los mismos poderes que los atacaban a diario. Incluso los Ultramarines sólo le hablaban cuando era absolutamente necesario, así que la soledad envolvía a Tigurius. Hacía mucho que había aceptado que seguiría un camino solitario en la vida, pero verse ante su fin en una ciudadela olvidada, con pocos hombres a los que pudiera llamar «amigos», tocaba una fibra sensible del bibliotecario, y sintió momentáneamente una punzada de resentimiento.
Miró hacia el patio, donde vio a Marneus Calgar rodeado por los sargentos de la Primera Compañía, que tenían asignada la defensa de la parte oriental de los muros. El señor del Capítulo había sido decisivo en la resistencia de Castra Tanagra, porque había luchado contra los demonios con un coraje tan furioso que todos cuantos lo veían redoblaban sus esfuerzos. Calgar levantó la vista y lo saludó con la mano, con los Guanteletes de Ultramar agrietados y apagados después de tanta lucha. Tigurius le devolvió el gesto y se volvió hacia otra parte, con una oleada de náuseas subiéndole por la garganta.
Aunque su armadura de batalla lo protegía de los elementos, un frío helador se había instalado en lo más profundo de su corazón. Miró hacia otro lado y siguió caminando por las murallas para acercarse hasta donde se encontraba Agemman. El primer capitán estaba compartiendo bromas con uno de sus veteranos, pero se interrumpió en el mismo momento que vio a Tigurius.
—Bibliotecario —dijo Agemman, y su cara se convirtió en granito cuando Tigurius llegó a su lado—, ¿qué lo trae hasta esta sección de la muralla?
—Hay que reforzar las barreras psíquicas—dijo Tigurius, dando golpecitos con un dedo sobre el símbolo dorado que había grabado en el borde inclinado del parapeto. Su brillo estaba muy apagado, casi había desaparecido—. Los demonios van minando poco a poco el poder de estas barreras que los constructores de la fortaleza grabaron en sus mismos huesos.
Agemman miró el sello dorado con el ceño fruncido.
—Creía que era algo simplemente decorativo.
—No, primer capitán —le aseguró Tigurius—. Son vitales para nuestra supervivencia.
Agemman se encogió de hombros y se giró hacia otro lado.
La furia surgió en Tigurius al ver la conducta despreocupada de Agemman, y aunque sabía que el que hablaba era su infinito cansancio, no pudo evitar que las palabras salieran de sus labios.
—Sin esas salvaguardas psíquicas socavando la fuerza de los demonios, esta batalla se volverá mucho más dura.
—¿Qué quiere decir? —le preguntó Agemman volviéndose de nuevo hacia él.
—Digo que deberíamos replegarnos hacia la torre. La muralla es demasiado larga para cubrirla con tan pocos hombres. El Codex dice...
—Sé lo que dice el Codex —exclamó Agemman—. He escrito gran parte de él.
—Según los principios del Codex, no hay suficientes guerreros para defender una muralla de esta longitud —prosiguió Tigurius como si Agemman no hubiera dicho nada—. La lógica dicta que nos repleguemos hacia la torre.
Agemman parecía dispuesto a discutir, pero sabía que las enseñanzas del Codex apoyaban a Tigurius.
—¿Ha dado lord Calgar esa orden?
—Todavía no, pero lo hará.
—Entonces esperaré a que la dé para replegarnos. A la Primera Compañía no le sienta bien tener que retirarse.
—¿Y la derrota les sentaría mejor?
Agemman lo miró con el ceño fruncido y sacudió una mano cubierta con un guantelete en dirección al sello que había inscrito en la muralla.
—Haga lo que tenga que hacer, bibliotecario, y después váyase. Estoy cansado de su compañía.
—Si no se repliegan, la muralla caerá —aseguró Tigurius y notó que la temperatura bajaba de nuevo. Su aliento pareció envolverlo y notó un sabor metálico. Unas voces enfadadas subían desde el patio y Tigurius vio que varias peleas a puñetazos surgían entre los soldados mortales.
—¿Cómo? —preguntó Agemman volviéndose con una mirada furiosa.
—Sin mis poderes no podrá seguir manteniendo el control de la muralla —insistió Tigurius—. Debería estar suplicando mi ayuda.
—Yo no le suplico a nadie, brujo —masculló Agemman con la cara a centímetros de la de Tigurius y soltando chispas de agresividad apenas controlada—. Este muro está guarnecido por guerreros de la Primera Compañía y son los mejores luchadores en toda la galaxia.
—Eso no importará. Si luchan, caerán.
—¡Está insultando el honor de esta compañía!
—No hay honor alguno en la estupidez —fue la respuesta de Tigurius.
Agemman estiró el brazo de repente y agarró a Tigurius por la garganta. Sus dedos se cerraron como la garra de un dreadnought alrededor de su tráquea. Tigurius dejó escapar exhalaciones de aliento vaporoso y tensó los músculos del cuello cuando la escarcha delineó los bordes de las hombreras de Agemman. Una luz asesina brillaba en los ojos del primer capitán. Era una furia cegadora que sólo buscaba destruir.
Tigurius cayó como si todo su cuerpo estuviera inmerso en un lago helado, con las extremidades pesadas e insensibles. Tenía los pensamientos helados, lentos y borrosos. Qué curioso que su vida fuera a acabar a manos de uno de sus hermanos de batalla. Ése sí que era un destino que nunca sospechó. Agemman le obligó a ponerse de rodillas, asfixiándole más a cada momento.
Resonaron disparos en la muralla y el derramamiento de sangre del patio se extendió como una infección transportada por el aire. Tigurius dejó caer su bastón y cerró las manos sobre las muñecas de Agemman cuando los cristales entretejidos en la capucha de la armadura cobraron vida y parpadearon.
El calor inundó su mente, fundiendo la fría sujeción de furia irracional que lo mantenía sujeto. Vio con total claridad, y su cuerpo dejó atrás esa agresividad antinatural que lo empujaba a la violencia. Tigurius abrió su mente a la luz psíquica que había alrededor de la fortaleza y vio la niebla roja que se colaba en la fortaleza sagrada a través de las grietas en las piedras y se instalaba entre las murallas como una niebla sigilosa. En todos los sitios donde tocaba encendía hogueras de resentimiento, celos y amargura. Debilitaba la nobleza de la humanidad y alimentaba las llamas de la ira y el odio.
Tigurius apartó la niebla roja, sacándola de su propio cuerpo y enviando luz dorada hacia Agemman, limpiando su espíritu de la brujería del enemigo en un segundo.
El capitán perdió toda la fuerza con la que agarraba a Tigurius, y la luz furiosa de sus ojos quedó reemplazada por una comprensión horrorizada. Soltó la mano con la que agarraba a Tigurius. Éste se puso de pie a la vez que Agemman se apoyaba en el muro.
—Varro... —balbuceó Agemman—. Yo... ¡Por la sangre del Emperador, perdóneme! Yo...
—Discúlpese más tarde —contestó Tigurius con voz rasposa—. Los demonios se acercan.
Agemman asintió, recuperando la compostura con una velocidad que le recordó a Tigurius por qué era el Regente de Ultramar y el capitán de la Primera Compañía. Tigurius extendió la mano para colocarla sobre el sello gastado del muro y sintió cómo su fuerza se erosionaba ante la brujería del enemigo.
Quedaba muy poco poder.
—Estúpido —balbuceó—. Debería sentirlo, debería saberlo... Estaba demasiado cansado para...
Tigurius cerró los ojos y dejó que su consciencia fluyera hacia el sello, extendiéndose por las murallas hasta los demás símbolos que había grabados en la piedra. Volcó su energía en aquellas protecciones, rellenándolas de poder y reforzándolas contra el ataque. Por toda la longitud de la muralla los sellos brillaron y la amenaza roja que se cernía sobre la fortaleza se desvaneció como una niebla matutina.
Quedaron algunos retazos, pero Tigurius sabía que eran pocos y que no estaban unidos. Sólo permanecerían el tiempo que les llevara a los mortales más agresivos darse cuenta de lo horrible de su conducta. Las temperaturas heladoras también se retiraron y Tigurius se estremeció al sentir que el poder maligno del enemigo se disipaba. La confusión y la vergüenza se aprovecharon de la fortaleza, pero Tigurius se obligó a hacerles caso omiso mientras sentía que una oleada de repulsión le llenaba el vientre de bilis. Abrió los ojos y se le cayó el corazón a los pies al ver lo que había ante él.
Miles de demonios con cuernos, teñidos de sangre o recubiertos de escamas, cargaban contra Castra Tanagra con espadas despidiendo humo negro. Monstruos saltarines con pieles lívidas y brazos acabados en pinzas los seguían, y en su estela llegaban monstruosidades que parecían cadáveres recién sacados de una plaga. Un vigor demoníaco les daba fuerzas, y Tigurius se dio cuenta de que nunca podrían proteger la muralla ante tal horda.
—¡Primera compañía! —gritó Agemman—. ¡Preparados! ¡Coraje y honor!
—No —dijo Tigurius recogiendo su bastón del suelo de la muralla—. Prepárense para replegarse.
Agemman apretó los dientes, pero asintió, y Tigurius se recostó encima del borde de la muralla mirando hacia la brecha. Marneus Calgar ya había reunido a sus guerreros, y una pared de hojas en ristre estaba lista para enfrentarse a los demonios. Tigurius saltó de la muralla y aterrizó tras la brecha con un atronador crujido de piedras. Corrió hacia el señor del Capítulo.
—No estará considerando seriamente enfrentarse a esa carga, ¿verdad?
—¿Y qué otra cosa podríamos hacer? —contestó Calgar—. Lo hice en Zalathras y puedo hacerlo aquí. ¿Recuerda esa batalla? Luché contra los pielesverdes día y noche y ninguno consiguió escabullirse de mi espada.
—Esto no es Zalathras y esos no son pielesverdes —dijo Tigurius—. Debemos retirarnos hacia la torre. Es nuestra única salida.
Calgar miró las murallas, escasamente protegidas por los guerreros de la Primera Compañía: los pocos soldados mortales supervivientes de la Caesar y un puñado de civiles. Con un solo vistazo se dio cuenta de que las palabras de Tigurius eran ciertas.
—¿Puede darnos el tiempo que necesitamos?
—Sí —prometió Tigurius—. ¡Ahora márchense!
Calgar asintió y emitió una comunicación a toda la fuerza.
—¡Todo el mundo a la torre! ¡Replieguense por pelotones, pero no dejen a nadie atrás! ¡Coraje y honor! Corto.
Desde todos los lugares de la muralla, hombres y mujeres se dirigieron hacia la seguridad de la torre del homenaje mientras los guerreros de la Primera permanecían en los muros. Empezaron a resonar disparos de bólter y los misiles salieron de los tubos de lanzamiento.
—¡Váyase, señor! —repitió Tigurius—. Yo mantendré a raya a los demonios el tiempo suficiente.
El señor del Capítulo le colocó una mano en el hombro.
—Me voy a quedar con usted, Varro.
Tigurius inspiró hondo y entró en la brecha, colocando su bastón a su lado. Su poder era enorme, con una conexión con el immaterium que no podía igualar ningún otro talismán. Iba a necesitar toda la ayuda que pudiera reunir. Los demonios ya casi estaban en la fortaleza, una estruendosa marea de pesadilla traída desde la disformidad por un poder más allá de la comprensión. Mantener una horda como ésa requería una vasta reserva de poder, y Tigurius sabía que cuando el Tres Veces Nacido decidiera acudir a aquel campo de batalla, habría una carnicería que los Ultramarines no habían presenciado desde la batalla de Macragge.
Tigurius esperaba que esta batalla no tuviera las mismas consecuencias para la Primera Compañía.
Reunió todas sus reservas de poder utilizando su bastón para absorber las energías de la disformidad. Unas mareas extrañas inundaron su cuerpo, frías y profundas, pero él acogió abiertamente el creciente poder, convirtiéndolo en un fuego tenue que encendió su carne y que llameó alrededor de la calavera que coronaba su bastón.
Los demonios ya estaban casi sobre él. Podía ver las luces mortíferas de sus ojos y sentir el intenso calor de sus cuerpos antinaturales. La oscuridad les proporcionaba su poder, pero la luz los destruiría. El fuego rugía en el interior de Tigurius, un incendio que lo consumiría si no lo vigilaba.
Tigurius levantó el bastón cuando los demonios se lanzaron hacia él y lo bajó para golpear el suelo.
Un fuego al rojo salió despedido del impacto, una pared ardiente de llamas blancas que parecieron surgir como una erupción de la roca de las montañas. Los demonios que estaban más cerca de Tigurius se convirtieron en cenizas y sus cuerpos quedaron totalmente destruidos, sin esperanzas de reutilización. Como una cerilla que cae en un bote de promethium, las llamas corrieron por toda la circunferencia de Castra Tanagra, subiendo por los muros como un ser viviente. Los sellos dorados despidieron rayos de luz, magnificando el poder mortífero del fuego brillante. Su contacto era letal para los demonios, quienes chillaban y aullaban de rabia cuando esos fuegos purificadores ardían con una luz cegadora. Todos los seres salvajes de la horda se lanzaron contra los muros sólo para acabar chillando en su agonía mortal cuando el fuego los atrapaba y se extendía por sus cuerpos para devorarlos.
Tigurius luchó para aferrarse al poder que fluía a través de él y sintió que el fuego se alimentaba de sus propias esencias vitales. Levantó la vista hacia los muros y vio que los guerreros de la Primera Compañía se retiraban. Agemman fue el último en abandonar los muros y Tigurius pudo sentir su vergüenza.
Los demonios se arrojaban al fuego y las montañas se estremecían con sus gritos agónicos. Con cada uno que moría, Tigurius sentía que su control sobre la energía que provocaba ese fuego se debilitaba. No podría aguantar mucho más sin que hubiera consecuencias terribles y sintió que el enorme poder que estaba en órbita alrededor de Talassar posaba su funesto ojo en él.
Era como si mirara hacia el fondo del abismo más oscuro, un vasto vacío del que nunca se podía retornar. Tigurius tembló ante el horror que le producía la oscuridad absoluta y supo que no se podía salir victorioso ante un poder como aquél.
Había perdido lo que le quedaba de fuerza y sintió que caía en el inmenso abismo.
Unas manos poderosas lo agarraron y notó que se lo llevaban. Las hojas entrechocaban y los bólter disparaban, pero todo lo que Tigurius podía sentir era la fría desolación del absoluto vacío.
Los ojos se le fueron cerrando lentamente y oyó una voz que lo llamaba.
—Le tengo, Varro —le dijo Marneus Calgar—. Le tengo.
El Rhino se fue abriendo paso a través de las calles de Corinto con las escotillas bien cerradas y el motor soltando lo que seguramente serían sus últimas y agónicas exhalaciones. Scipio tocó una gastada placa metálica en la parte trasera del compartimento del conductor. Laenus había dibujado con algo afilado una cruda representación del engranaje del Mechanicum. Juraba que era eso lo que hacía que el vehículo funcionara.
Scipio no tenía intención de contradecirle y le dio las gracias al poder que fuera por hacer funcionar la máquina.
Miró a través del periscopio de mando. El cristal del exterior estaba lleno de marcas y partido, aunque lo habían limpiado. Los Nacidos de la Sangre eran pocos y estaban desperdigados, la mayoría de ellos se estaban muriendo de estupores alcohólicos en sus agujeros o caían sobre los muros pintarrajeados con pintadas profanas. Los que aún estaban en pie se apartaron de su camino, les hicieron reverencias y se golpearon el pecho con los puños. Scipio vio sólo unos pocos astartes traidores, pero incluso ésos parecían distraídos.
A pesar de todo el desorden, se notaba un cambio, como si hubiera una organización cada vez más sofisticada cuanto más penetraban en la ciudad. El pretor de Corinto había habitado en una estructura casi discreta, cuyo pórtico con columnas y su tejado en forma de cúpula se elevaban en la distancia. La luz del sol brillaba sobre las murallas plateadas de su torre de entrada, y Scipio esperó que Salombar fuera lo suficientemente pretenciosa para haberse instalado allí, ya que era, con diferencia, la estructura más grandiosa que todavía quedaba en pie.
Las calles que llevaban al corazón de la ciudad tenían patrullas y había barreras de madera colocadas para bloquear las vías de entrada a las zonas interiores. Sólo guerreros de los Nacidos de la Sangre se ocupaban de los puntos de control y al ver a un Rhino de los astartes, apartaron rápidamente las barreras de la calle.
—Qué descuidados —dijo Scipio al cruzar—. Ni siquiera se han acercado a comprobar quién hay dentro.
—Yo prefiero a los enemigos descuidados que a los eficientes —le dijo Helicas.
Tenía el lanzador de misiles apoyado entre las rodillas con una cabeza de combate azul y roja ya cargada. Era una violación de todos los protocolos de seguridad del Codex, pero cuando llegara la hora de la batalla, Scipio no quería que hubiera ningún retraso al necesitar fuego de apoyo.
—¿Está seguro de que es una buena idea, sargento? —le preguntó Coltanis con su arma de plasma cruzada sobre el regazo.
Scipio se giró para mirar al guerrero. Vestido con la armadura de batalla completa, Coltanis era un guerrero de Ultramar en todo su esplendor. El dorado de los bordes de sus hombreras brilló en el compartimento de las tropas, el lustre de su placa quedaba claro.
—No, pero me he quedado sin ideas, y ya era hora de que nos hiciéramos cargo de la situación. Estoy cansado de merodear en las sombras. Ése es trabajo de los exploradores.
Sus palabras fueron recibidas con gruñidos de aprobación, porque reflejaban exactamente lo que sentían sus guerreros. Eran los mejores soldados de la galaxia en una ciudad atestada de enemigos. Ya era hora de soltar a esos perros de guerra. Aunque él y su pelotón actuaban como los ojos y los oídos de la Segunda Compañía, era en lo más crudo del combate cuando daban lo mejor de sí mismos.
Todos los miembros de la escuadra estaban protegidos por sus servoarmaduras, y Scipio se sintió renovado al estar de nuevo metidos en esas placas de ceramita y armaplas. Ser un guerrero de los Ultramarines no era cuestión de llevar la armadura, pero estar vestido de azul y dorado le daba a Scipio una sensación de determinación y pertenencia de la que carecía cuando no la llevaba. Tocó el icono de la calavera de su coraza, cerró los ojos y ofreció una bendición al espíritu guerrero que había en el interior de su armadura.
Ninguno de los prisioneros que habían capturado les había dado ninguna información que sugiriera que la Reina Corsaria estaba en Corinto, pero la misma ausencia de información le hacía creer a Scipio que su sospecha era correcta. Kaarja Salombar se encontraba en Corinto. Estaba seguro.
Ahora pondría a prueba esa teoría.
—Sargento, vea esto —le dijo Laenus desde el asiento del conductor.
Scipio apretó los ojos contra el periscopio una vez más.
Vio otro control, pero éste estaba vigilado por los astartes traidores con el uniforme naranja y negro de los Garras de Lorek. Había seis, cada uno con un arma colgada junto a la cadera. Su líder caminaba en ese momento hacia el centro de la carretera y levantaba la mano para que pararan.
—¿Qué quiere que haga? —preguntó Laenus.
Scipio giró la rueda de cierre de la escotilla del comandante.
—Sigue adelante, y si puedes pasarle por encima a un par de esos cabrones, mejor.
Empujó para abrir la escotilla y activó la alimentación de energía de los bólter montados en la montura del techo.
—Llegó el momento, Relámpagos —dijo—. Hora de luchar.
Privado de su armadura y atado a una silla de tortura con forma de cruz, Ardaric Vaanes ofrecía una imagen lastimosa. Su cuerpo estaba pálido, despojado de todos los colores patrimonio de su capítulo, y Uriel se dio cuenta de que era incapaz de pensar en nada que decir que no sonara trillado.
—Me han dicho que sólo hablarás conmigo —dijo al fin.
Vaanes levantó la vista y Uriel intentó leer su expresión. Odio, alivio y en parte... alguna otra emoción que no podía identificar. Cruzó tan rápido la cara del renegado que ni siquiera estuvo seguro de haberla visto, pero algo había ahí que él había intentado ocultar.
—Así es —dijo Vaanes—. Sé que habrá otros escuchando, pero quería hablar contigo de nuevo cara a cara.
La sala de interrogatorios era una caja cuadrada en las profundidades del Lex Tredecim de cuatro por cuatro metros, con una amplia colección de invisibles aparatos de grabación incorporados en las paredes, el suelo y el techo. Nada de lo que dijera, hiciera o sintiera el prisionero pasaba desapercibido.
—¿Dónde están Honsou y sus Guerreros de Hierro? —preguntó Uriel dando un paso para acercarse al renegado de la Guardia del Cuervo—. No han pisado el campo de batalla y Honsou no suele perderse ninguna carnicería.
—¿Ha acabado la batalla?
—Este episodio sí —respondió Uriel—. La Basílica Negra ya no existe y con ella han desaparecido sus magos corruptos. Él intentó hacerse con el control de los pretorianos, pero lo vencimos y vuestras fuerzas retroceden hacia la cabeza del puente.
—Evidentemente te das cuenta de que todo esto no era más que una distracción...
—La quinta tuneladora —dijo Uriel—. Honsou y sus Guerreros de Hierro van dentro, ¿verdad?
Vaanes asintió.
—Él y los Bailarines de la Espada de Xiomagra. Honsou no creía que te fueras a dar cuenta.
—Siempre me subestimó.
—Todos lo hicimos.
—¿Y hacia dónde va? No me mientas o te dejaré a merced de la gente que hay al otro lado de esa puerta. Quieren que seas ejecutado cuanto antes —lo amenazó Uriel.
Eso sólo era parcialmente cierto. Namira Suzaku había presionado para que Vaanes fuera ejecutado, pero Aethon Shaan, herido y con quemaduras tras el combate en el interior de la Basílica Negra, había sido categórico: Vaanes tenía que ser devuelto a Deliverance para ser juzgado por la Guardia del Cuervo.
—Eso no me sorprende —contestó Vaanes—. El Imperio siempre ha sido muy poco imaginativo con los castigos. Deberías ver las muchas y variadas formas que tiene un señor de la guerra del Caos de mantener el orden. No son agradables, pero mantienen a los subordinados en su sitio.
—¿Y eso es de admirar?
Vaanes meneó la cabeza.
—No me estás escuchando. Solamente oyes lo que quieres oír. Si quieres matarme, hazlo y deja de perder el tiempo. Creí que podría hablar contigo porque era posible que utilizaras el cerebro en vez de pasar directamente al lugar de ejecución más cercano.
—Entonces dime adónde ha ido la quinta tuneladora.
Vaanes no dijo nada y Uriel dio otro paso hacia él.
—Te lo diré, pero primero tienes que ofrecerme algo —dijo Vaanes.
—Eres un traidor —le escupió Uriel—. ¿Por qué debería ofrecerte nada?
—¿Cómo puedes preguntarme eso? —contestó Vaanes—. ¿No somos antiguos camaradas de armas? ¿No hemos cruzado juntos un mundo de los condenados? ¿No asaltamos una fortaleza de los Guerreros de Hierro? ¿Sabes cuánta gente que aún respira puede decir eso?
—Sí, hicimos todo eso juntos —concedió Uriel—. Y te ofrecí una posibilidad de redención una vez que vencimos al enemigo, pero la rechazaste.
—¿Redención? Eso no es para los hombres como yo, Uriel. Lo he intentado, pero no funcionó.
—¿Prefieres la condenación?
—Creía que sí, pero parece que tampoco es para mí.
—¿De qué estás hablando?
—De esto —dijo Vaanes girándose en la silla de hierro y mostrándole la curva de su músculo deltoides. Uriel se agachó y vio un claro cuervo negro tatuado en la piel de Vaanes—. Por eso me rendí ante ti.
—Un tatuaje del Capítulo que no eres merecedor de llevar —le dijo Uriel—. ¿Y qué tiene que ver con esto?
—No lo entiendes, lo sé. Yo no estoy seguro de comprenderlo tampoco.
—¿Y qué es eso de que te rendiste? Nosotros te capturamos.
—¿Crees que podéis capturar a un guerrero entrenado en la Torre del Cuervo? —rió Vaanes—. Os dejé capturarme.
—Digamos que te creo, aunque no es así, ¿por qué ibas a hacer eso?
Vaanes apartó la vista y suspiró.
—Tampoco lo sé, al menos no estoy seguro, pero cuando te vi supe que no quería volver con los Guerreros de Hierro.
—¿Y por qué luchaste con tanta furia?
Vaanes se encogió de hombros.
—No podía dejar que el ingénito viera que me dejaba atrapar sin luchar.
—¿El ingénito?
—La cosa que fabricaron a partir de tu material genético en Medrengard.
—¿No tiene nombre?
—Nunca ha parecido querer uno —explicó Vaanes—. Creo que tuvo nombre alguna vez, pero no quiere recordarlo. Nosotros nunca le pusimos uno porque... bueno, a nadie le importaba demasiado.
—Yo conozco su nombre —dijo Uriel—. He visto lo que le hicieron. Sentí su miedo y su dolor.
—Así que no fue un camino fácil después de todo —dijo Vaanes—. También sabe de ti. ¿Cómo crees que los Guerreros de Hierro han ido todo el tiempo un paso por delante?
—¿Conoce mis pensamientos?
—Algo así. Piensa como tú, igualito, de arriba abajo, y no importa cuánto intenten Honsou y Grendel llenarle la cabeza con su cháchara sobre el Caos, no puede escapar de lo que le diste.
—¿Y qué es eso?
—Nobleza —dijo Vaanes, y Uriel vio en la cara del renegado la sincera necesidad de que le creyera—. Quiere ser mejor de lo que lo crearon para ser, pero todo aquello que lo rodea lo supera y estropea todos sus intentos por salir de ese horror. Si me hubiera parado a pensar en todo eso, habría sentido lástima, pero he visto las cosas que puede hacer y lástima es lo último que necesita el ingénito. Es un monstruo, pero no tiene por qué serlo.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó Uriel—. ¿Eres todavía un monstruo?
—Probablemente, no lo sé —respondió Vaanes señalando con la barbilla el tatuaje de su hombro—. Tal vez no. Me arranqué ese tatuaje hace mucho tiempo. Pero ahora ha vuelto. Dime qué significa eso.
—No significa nada —dijo Uriel agarrando a Vaanes por debajo de la barbilla y echándole atrás la cabeza. Durante una centésima de segundo lo que más deseó fue girársela bruscamente a un lado y romperle el cuello. Podría hacerlo, podría matar a ese renegado que estaba ante él en ese mismo momento, pero no lo hizo. Matar a un prisionero era algo indigno.
Soltó a Vaanes y se apartó.
—¿Qué crees que significa?
—No lo sé, pero no estaba ahí hasta que nos dirigimos a Calth. Tal vez sea un signo de que estoy más allá de la redención. Quizás Corax se asegura de dejar su marca en mi cuerpo. ¿Quién sabe?
—La redención no es algo se que le ofrezca a alguien más de una vez —dijo Uriel—. Hiciste tu elección y ahora es el momento de enfrentarte a las consecuencias. Te atrapamos y vas a pagar por todas las vidas con las que has acabado. En Tarsis Ultra y en Tarentus.
Mientras Uriel hablaba, Vaanes apartó la vista, incapaz de mirarlo a los ojos mientras enumeraba sus crímenes. Tal vez era sólo culpa, no remordimiento. Pero ¿había alguna diferencia?
—¿Qué quieres, Vaanes? —le preguntó Uriel.
—Quiero morir —pidió el renegado—. No soy lo bastante fuerte para volver al camino de la rectitud y no quiero condenar mi alma a la disformidad. No hay camino intermedio para los que son como yo, así que cuando esto acabe, prométeme que me matarás, y te mostraré adónde han ido.
Uriel miró fijamente a los ojos de párpados caídos del hombre que había luchado a su lado y vio lo que significaba volver la espalda a todo lo que una vez se había sido. En el interior de Vaanes había un gran hombre, pero uno que había sufrido la maldición de tener un defecto fuertemente arraigado en él que lo había acabado destruyendo.
—¿Qué te ha ocurrido? —quiso saber Uriel.
—No te lo voy a decir —respondió Vaanes—. ¿Hacemos trato?
Uriel consideró mentirle a Vaanes. Después de todo, ¿qué era una promesa hecha a un traidor? Ningún juramento que se le hiciera a alguien como él podía ser vinculante, pero en cuanto la idea cruzó su mente supo que mentirle a Vaanes era rebajarse a sí mismo.
Asintió.
—Dime adónde ha ido Honsou.
Vaanes vio su sinceridad y asintió, agradecido. Dejó escapar un largo suspiro de alivio. A Uriel le dio la impresión de que le había quitado un peso terrible de los hombros. Vaanes se irguió en el asiento y pareció mucho más un guerrero de los Adeptus Astartes que antes.
—No —le dijo—. Te lo mostraré.