
Los disparos de bólter y las andanadas de rifle láser impactaron contra los flancos blindados del Rhino y repiquetearon contra el blindaje. Un proyectil consiguió penetrar por la guarda oxidada de la oruga y rebotó por el interior del compartimento de las tropas, pero había perdido la mayor parte de su fuerza y las armaduras de los astartes evitaron que sufrieran ningún daño.
Scipio disparaba con los bólter acoplados de la cúpula del vehículo, barriendo el horizonte de lado a lado y sólo realizando disparos cuando sabía que alcanzaría a varios enemigos. Y no es que escasearan los objetivos. Hacía muy poco que Scipio había derribado a tres enemigos con andanadas de fuego concentradas y Laenus había aplastado a otro bajo las orugas del Rhino tras embestir contra el control de la calle.
Acababan de penetrar en la zona más interior de la ciudad cuando Scipio se vio forzado a reconsiderar su opinión sobre el ejército de los Nacidos de la Sangre. La plaza central de Corinto estaba repleta de estructuras prefabricadas situadas con precisión militar. Pendones de todos los colores ondeaban al viento y un estandarte azul chillón colgaba de una de las torres del palacio. Lo que una vez fue un espacio abierto donde los ciudadanos de Corinto tomaban el aire y visitaban un museo o una galería, era en esos momentos un campamento armado. Prácticamente hasta el último metro cuadrado estaba ocupado por almacenes de munición, depósitos de armas, barracones o instalaciones de entrenamiento.
Había una organización y una disciplina que rivalizaría con la de cualquier regimiento de la Guardia Imperial. Eso era un verdadero ejército de conquista y ver tal competencia logística le heló la sangre a Scipio. Su maltrecho Rhino, que no dejaba de escupir humo, pasó por encima de tiendas, instalaciones de tiro y comedores, dejando a su paso un sendero de destrucción. La lona quemada de las tiendas arrolladas lo seguía como la vela de un barco condenado a la perdición al estar rodeado de una flota enemiga.
La metáfora era perfecta, pensó Scipio.
Multitud de guerreros de los Nacidos de la Sangre empezaron a salir de un cuartel, hombres y mujeres vestidos con todo tipo de colores y armaduras. Scipio vio varias fajas azules de oficiales y sintió una oleada de felicidad. ¡Eran corsarios de Kaarja Salombar!
Scipio giró los bólter hacia ellos, disparando largas andanadas. Siete hombres cayeron desgarrados por las balas y los demás se dispersaron. Rodeados por tantas estructuras, a los Nacidos de la Sangre les costaba apuntar al Rhino, pero los que lo habían logrado estaba devolviendo el fuego sin escatimar disparos.
Una ráfaga de láser rozó el hombro de Scipio y un proyectil golpeó contra el borde de la escotilla que quedaba a su izquierda. Otros pasaron silbando al lado de su cabeza. Scipio giró los bólters y disparó a una hilera de tiendas de los Nacidos de la Sangre cuando sus ocupantes salieron corriendo en busca de sus armas y armaduras.
—¡Por Guilliman y el Emperador! —gritó sin dejar de disparar.
Estar en la lucha de nuevo le hacía sentir bien, le proporcionaba venganza por los sufrimientos que esos guerreros habían infligido a la gente de Espandor. El Rhino seguía hacia delante cuando Scipio oyó un terrible chirrido y el inconfundible sonido de un motor fallando.
Se atrevió a mirar atrás y vio que llamas y gruesas columnas de humo negro salían de la parte trasera del Rhino. Laenus había hecho maravillas sacando hasta el último resquicio de vida del vehículo, pero su espíritu estaba agotado y ya no podía más. Que los hubiera conducido hasta allí ya era un milagro. Había llegado el momento de desembarcar y continuar la lucha a pie.
Scipio examinó el terreno, lleno de estructuras añadidas por los Nacidos de la Sangre. Rápidamente eligió un destino, pero que el Rhino consiguiera alcanzarlo era otro tema.
—¡Laenus, dirígete hacia la torre de entrada del palacio del pretor!
—No sé si llegaremos tan lejos, pero lo intentaré —contestó Laenus.
Un grupo de soldados vestidos con muchos colores había formado una línea de disparo ante el Rhino y Scipio tuvo que esconderse en el interior cuando una andanada de fuego láser impactó en la parte delantera. Un misil se estrelló contra la parte frontal del Rhino, pero Helicas y Coltanis habían fijado una placa de metal sobre el frontal del vehículo y el misil rebotó sin llegar a detonar. Más pelotones con armas se estaban preparando para disparar. Los astartes de Scipio tenían segundos, en el mejor de los casos, antes de que el vehículo quedara reducido a chatarra retorcida.
—¡Todo el mundo fuera! —grito Scipio.
Nivian abrió las puertas y Coltanis saltó del vehículo en movimiento. Scipio lo siguió y el resto de los miembros de la escuadra aterrizó en el suelo justo detrás de él. Laenus fue el último en salir, pero el Rhino siguió avanzando, soltando humo y llamas, directo hacia los Nacidos de la Sangre.
El enemigo se separó para que pasara entre ellos, pero el Rhino se detuvo de repente y, un segundo después, el bloque del motor explotó, lanzando por los aires a los Nacidos de la Sangre y despidiendo chorros de combustible ardiente en todas direcciones.
Tal vez el Emperador estaba mirándolos o simplemente fue una coincidencia o incluso que el espíritu guerrero del Rhino se estuviera vengando por lo mal que lo habían tratado. Scipio siempre creería que fue eso último.
Scipio utilizó el humo y la confusión para ocultarse y guió a los guerreros de su escuadra a través del desastre de tiendas quemadas y de barracones de madera. Los incendios empezaban a extenderse por toda la plaza y desde los edificios que había en los extremos se oían gritos. En medio de las lonas grises y marrones y el acero prefabricado, el brillante azul de la armadura de los Ultramarines era una pincelada de color entre toda aquella monotonía.
Una andanada llegó hasta ellos y Scipio sintió los impactos en la espalda y en los hombros. Se giró para buscar la fuente de los disparos y pudo ver a un grupo de corsarios comandados por una mujer con fajas azules cruzadas sobre el pecho y un sombrero de tres picos con una escarapela.
—¡Disparad con precisión! —gritó—. Tenemos poca munición, cada disparo cuenta.
Él disparó y la mujer corsaria cayó hacia atrás, el hombro y la cabeza desaparecidos en una explosión de fragmentos de hueso y una niebla roja. Una rápida ráfaga mató a media docena o más e hizo que los demás tuvieran que ponerse a cubierto.
—¡Seguidme! —ordenó Scipio—. Intentemos llegar a la torre del palacio.
Scipio salió corriendo hacia su objetivo con el bólter junto al hombro.
El tejado dorado brillaba como el más cálido de los soles y su fachada de piedra despedía brillos multicolores. Aquel lugar le pareció a Scipio el edificio más grandioso y magnífico que hubiera visto en su vida. Aunque los Nacidos de la Sangre habían dañado su parte baja, era fácil imaginarse el edificio en todo su esplendor.
Un alto muro de granito gris rodeaba el palacio, embellecido con altas torres de elegante mármol y estatuas de heroicos Ultramarines cuyo linaje podía seguirse hasta llegar a Espandor. En la curva más meridional del muro había una torre de entrada flanqueada por otras dos torres circulares. Los muros coronados de plata de esas torres ahora albergaban grotescas armas antiaéreas cuyos cañones apuntaban hacia arriba.
Los Nacidos de la Sangre se estaban desplazando para interceptarlos, pero de nuevo lo atestada que estaba la plaza parecía ayudar a Scipio. Los guerreros de la escuadra formaron una cuña y se lanzaron hacia el corazón del enemigo con una furia sin igual. Unos guerreros enmascarados se enfrentaron a ellos con unos rifles acabados en bayonetas o con espadas curvadas y pistolas. Scipio sacó su espada sierra y fue acuchillando a los Nacidos de la Sangre con tajos brutales de su rugiente hoja.
Nivian disparaba con la pistola que le había dado Scipio, mientras que Coltanis apuntaba a los equipos de apoyo enemigos y los iba destruyendo con ráfagas controladas de plasma. Se abrieron camino entre el enemigo sin detenerse y sin permitir que los Nacidos de la Sangre restaran impulso a su carga.
Scipio vio seis Rhinos y un Land Raider entrando como una tromba en la plaza, iban pintados con llamativos naranjas y negros. Otros dos del color de la sangre propio de los Cosechadores de Cráneos iban directos hacia ellos, aplastando soldados de los Nacidos de la Sangre en su frenético deseo de alcanzar a los hombres de Scipio.
La plaza era un hervidero de llamas, disparos y gritos de moribundos. La torre había lucido orgullosamente con anterioridad una puerta blindada de hierro y roble, pero nada quedaba ahora, aparte de las bisagras retorcidas y las marcas de una explosión. Un aerodeslizador corsario estaba maniobrando para atravesar la puerta y sus artilleros apuntaban los cañones de proa hacia los astartes de Scipio.
—¡Coltanis! —gritó Scipio—. ¡Deshazte de él!
—El plasma todavía se está cargando —fue la tensa respuesta del artillero.
No había forma de evitar el cañón, así que Scipio sólo esperaba que su seguidor tuviera demasiada prisa, o poca habilidad. El arma tronó y se llenó de luz. Scipio se lanzó a un lado cuando un huracán de disparos láser cruzó la plaza adoquinada. Una lluvia de fragmentos de piedra rebotaron contra la armadura de Scipio. Éste sintió un dolor agudo en uno de sus muslos, donde le había alcanzado un rayo.
Rodó para ponerse de costado y vio que dos de sus guerreros habían caído: Seius y Asellio, cuyas armaduras se veían llenas de boquetes a los que nadie, ni siquiera un marine espacial, podía sobrevivir. Los Nacidos de la Sangre y los corsarios cargaron contra ellos, y el artillero del aerodeslizador se preparó para volver a disparar.
Una ráfaga de energía azul y blanca rebotó contra la tierra y atravesó la parte inferior del aerodeslizador. Cruzó toda su armazón y quemó las células de energía de sus mecanismos antigravitatorios. Una gruesa columna de fuego llenó el hueco de la puerta acabando en un cono de llamas naranjas que pasó por encima de los Ultramarines y prendió fuego a los Nacidos de la Sangre.
Scipio se puso en pie sabiendo que habían tenido mucha suerte una vez más.
—Buen disparo, Coltanis —dijo Scipio mientras corría hacia la puerta envuelta en llamas.
Pasó por encima de una docena de cuerpos carbonizados y ennegrecidos. Los guerreros de su escuadra lo siguieron, y sus armaduras los protegieron de las llamas. Scipio tiró a patadas la puerta de la torre que estaba más a la izquierda. Diez corsarios ocupaban la cámara inferior, pero la primera ráfaga de Scipio acabó con cuatro de ellos. Respondieron a sus disparos y él gruñó de dolor cuando uno penetró en su armadura pectoral. Entonces Laenus y Nivian aparecieron a su lado.
Los Nacidos de la Sangre murieron tras una sucesión de disparos y Scipio subió las escaleras de la torre en dirección al tejado. Una mezcla de corsarios y Nacidos de la Sangre ocupaban la torre, cuarenta en total, pero en el estrecho hueco de la escalera y el espacio reducido de las cámaras laterales no resultaban rivales para los marines, que fueron acabando con ellos con una eficiencia letal.
Scipio oyó gritos que llegaban desde abajo, pero para entonces ya había alcanzado el tejado de la torre. Los artilleros que se ocupaban de las baterías antiaéreas giraron los cañones de sus armas cuádruples, pero fue demasiado tarde para que eso cambiara su destino. Los perseguidores que los seguían sólo podían ser astartes traidores. ¿Qué otros guerreros podrían cruzar las llamas de la puerta?
Scipio miró el caos de la plaza desde arriba. Había incendios por todo el centro de la ciudad y aunque le apenaba ver en llamas la ciudad, sabía que era por un bien mayor. Miles de soldados de los Nacidos de la Sangre y de corsarios estaban acuartelados allí. Y cada vez llegaban más a la plaza.
—Coltanis, Helicas —llamó—. Vigilad la puerta de las escaleras. Vamos a tener astartes enemigos intentando cruzarla en cualquier momento.
Scipio señaló las enormes armas antiaéreas.
—¡Laenus! Trae a Natalis, Isatus y Bradua y girad esas armas. Las vamos a necesitar.
Laenus asintió y se puso manos a la obra.
—¡Sargento! —gritó Nivian—. Tiene que ver esto.
Scipio corrió hacia el lado de la torre que daba al palacio y miró en la dirección que señalaba el brazo extendido de Nivian.
Del palacio salían tres aerodeslizadores, mejor armados que el que habían destruido y adornados con estandartes, guirnaldas y una iconografía tremendamente extravagante. Sus brillantes colores molestaban a la vista, pero había una figura de pie en la cubierta de mando del vehículo del centro que llamó la atención de Scipio.
Era una mujer, escasamente vestida con tiras de cuero pintado y telas de colores vivos que reflejaban la luz y hacían parecer que brillaba llena de colores. Tenía un claro parecido a los inhumanos eldars en su ágil figura y en su salvaje melena azul celeste, que le caía sobre los hombros. Era imposible no reconocerla.
—Kaarja Salombar —murmuró Scipio—. La Reina Corsaria.
Nivian se acercó a su lado.
—Parece que la hemos irritado, sargento.
Scipio sonrió.
—Creo que tienes razón, Nivian.
El comunicador de su casco, tanto tiempo inactivo mientras acechaban a su presa, emitió unos crujidos cuando lo activó para emitir por la frecuencia de emergencia que había elegido el capitán Sicarius.
—Aquí Scipio Vorolanus —dijo esquivando un relámpago de disparos que dio en el parapeto—. Situación: centro de Corinto. ¡Código Suzerin! ¡Código Suzerin! Tengo confirmación visual de la presencia de la Reina Corsaria. Repito, tengo confirmación visual de la presencia de la Reina Corsaria.
El comunicador silbó y crujió. Scipio ya temía que el mensaje no hubiera llegado cuando una voz que reconoció como la del sargento Daceus de los Leones de Macragge interrumpió la estática.
—Recibido —dijo Daceus—. Mantengan su posición y estén preparados. Corto.
—¡Aquí vienen! —gritó Helicas al ver a los traidores astartes aparecer en el tejado de la torre.
Las Cavernas Draconis atravesaban el manto superior de la tierra de Calth en un laberinto de túneles que nadie había conseguido cartografiar del todo. Aparecían nuevos túneles cada año, y como los hundimientos eran más que comunes, la mayoría de los mapas quedaban obsoletos a los pocos años de su realización.
Los cuatro Rhinos descendían ahora hacia el corazón de Calth, introduciéndose en esa red laberíntica de cuevas guiados por un traidor. La batalla para tomar la Garganta de los Cuatro Valles estaba en suspenso ahora, porque los Nacidos de la Sangre se habían replegado para lamerse las heridas y reagruparse después de la destrucción de la Basílica Negra. El capellán Clausel dirigía en esos momentos a los Ultramarines, un papel que había aceptado con rígida formalidad cuando Uriel le transfirió el mando.
Dos Rhinos de los Ultramarines abrían la marcha; uno llevaba a los Espadas de Calth y el otro a los Llameantes de Pasanius. Detrás iba otro Rhino de color negro con el distintivo de la Guardia del Cuervo y otro de color marrón con la «I» y la calavera de los sagrados ordos grabada en un lado. Namira Suzaku prefería trabajar en las sombras, pero cuando actuaba a las claras quería que todo el mundo supiera quién era.
Ardaric Vaanes estaba bien custodiado en el vehículo de cabeza, sentado junto a Uriel y encadenado a los montantes de los mamparos con unos grilletes irrompibles. Dos de los acólitos de Suzaku estaban sentados frente a Vaanes, cada uno con un atrapahombres fijado alrededor del cuello del traidor. Sólo con pulsar un botón, los collares con pinchos se contraerían y apretarían la garganta del renegado. Los pulgares de los acólitos no se apartaban de esos botones. Su parte racional le decía a Uriel que no confiara en Vaanes, pero sus entrañas le indicaban que era posible que el guerrero quisiera salvar los jirones de honor que le quedaban.
El capitán Shaan y la inquisidora Suzaku habían sido difíciles de convencer, pero con el tiempo en su contra, habían concluido a regañadientes que no tenían más elección que acceder a que Vaanes los guiara por las profundidades. Habían partido inmediatamente, cruzando en los vehículos los restos destrozados de Castra Occidens para después entrar en los túneles levemente iluminados que llevaban bajo la superficie del planeta.
Viajaron durante nueve horas y pararon sólo una vez para repostar en una de las ciudades de las cavernas de Calth, una desorganizada comunidad agrícola llamada Apamea Ragiana. Situada entre una cordillera de ondulantes colinas y espesos bosques, la ciudad se arremolinaba alrededor de una alta catedral dedicada al Emperador cuya aguja mostraba una imponente representación de una águila con las alas desplegadas.
Siguieron adelante y el pequeño convoy dejó los caminos principales que unían las cavernas y pasó a los túneles laterales frecuentados normalmente por los equipos de minería y prospección. La temperatura fue subiendo cuanto más profundamente iban entrando y cada giro los llevaba más lejos de cualquier vestigio de civilización.
Los túneles se iban haciendo cada vez más abruptos cuanto más penetraban, y finalmente dejaron atrás todo signo de construcción artificial y transitaron por sitios que parecían simples hendiduras provocadas en la roca por los movimientos tectónicos. Había algo en esos túneles que le resultaba familiar a Uriel, como si hubiera viajado por allí antes. Su memoria eidética revisó las veces que había vuelto a Calth desde que se había convertido en guerrero de los Ultramarines, pero no pudo encontrar más que recuerdos borrosos de escaladas y traicioneros salientes rocosos.
—Coged el túnel de la derecha y seguidlo durante tres kilómetros —dijo Vaanes. Su voz sonaba cansada por el esfuerzo que le costaba hablar.
—¿Adónde nos llevas? —le preguntó Uriel, mirando la imagen de la placa pictográfica de las cavernas—. Estas cuevas llevan siglos abandonadas.
—Lo descubrirás muy pronto —se limitó a decir Vaanes.
—Si nos estás guiando una trampa...
—¿Qué? ¿Me matarás? —rió, aunque el sobreesfuerzo le provocó una mueca de dolor—. Si quisiera eso, te habría hecho matarme en la superficie. ¿Por qué molestarme con esta payasada?
—¿Para ayudar a Honsou a matarme? —sugirió Uriel.
—No necesita la ayuda de nadie para eso —dijo Vaanes—. Además, no es sólo cuestión de matarte. Honsou quiere destruir todo lo que amas y no le importa la forma de hacerlo. Hay un señor demoníaco que cree que todo es sólo un espectáculo, pero únicamente es porque Honsou le deja creerlo. Él quiere destruir Ultramar tanto como los demás.
—¿Y por qué? —preguntó Uriel—. ¿Por qué específicamente Ultramar?
—¿Y crees que me lo ha contado? —contestó Vaanes—. Es un señor demoníaco, ¿necesita más razón?
Uriel sacudió la cabeza.
—No pretendo decir que conozco las mentes de los demonios, pero ésta es la tercera vez que ataca Ultramar. Tiene que haber una razón para que lo odie tanto.
—Tal vez Roboute Guilliman lo haya mirado mal.
—¡No pronuncies su nombre! —gruñó Brutus Cyprian—. No eres digno de hablar del primarca.
—Qué susceptible... —se burló Vaanes.
—Tiene razón —intervino Uriel—. No deberías atreverte ni a pronunciar su nombre.
Vaanes se encogió de hombros y se sumió en el silencio. El viaje continuó durante otra hora, haciendo muchos giros en el interior de la roca, hasta que finalmente los Rhinos emergieron en una caverna de unos trescientos metros de ancho con empinadas paredes volcánicas de brillante roca negra. El calor era increíble, el vapor salía de grietas en el suelo. Gotas de humedad caían del techo formaban chorros que se extendían en regueros.
Vaanes se inclinó para estudiar la pantalla de la placa pictográfica y luego se fijó en las infantiles representaciones de las paredes: dibujos tallados en la pared o pintados con anchas pinceladas de verde y azul.
El renegado se arrellanó en su asiento.
—Ya hemos llegado.
Uriel frunció el ceño y abrió la escotilla del Rhino para salir y examinar la caverna en la que se encontraban. Las gotas de condensación inmediatamente perlaron su armadura y sintió una humedad extraña en la piel de la cara.
—Conozco este sitio —dijo, y su mente se abrió a los recuerdos infantiles.
Bajó del vehículo, recordando haber corrido por allí cuando era un niño con sus amigos. Las paredes estaban cubiertas de imágenes de dragones, grandes y pequeños. Desde el lugar por donde habían entrado a la caverna hasta donde alcanzaba la vista, cada metro cuadrado de pared estaba cubierto de ellos.
Los pasajeros de los Rhinos fueron desembarcando y reuniéndose alrededor de Uriel, mirándolo en busca de una explicación de por qué habían parado allí.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Suzaku mirando los miles de dibujos de dragones tallados o pintados.
Uriel se volvió hacia la inquisidora. Había cambiado desde la batalla de la Garganta de los Cuatro Valles. Su acólito había resultado muerto durante la lucha, y, por lo que parecía, habían estado más unidos de lo que imaginaba. Tal vez no era tan fría y distante como quería parecer.
—La Garganta de los Dragones —explicó Uriel—. Así llamábamos a este lugar.
Pasanius sonrió, levantó la vista hacia el techo con una mirada de asombro y sus francas facciones se arrugaron por el efecto de una amplia sonrisa.
—Creíamos que este lugar era la boca de un dragón enterrado —explicó Pasanius—. Era una especie de aventura para los niños bajar aquí y pintar en las paredes dibujos de dragones. Los niños de Calth lo han estado haciendo durante siglos.
Pasanius le dedicó a Uriel una mirada llena de complicidad.
—Y si no recuerdo mal, tú pintaste el que estaba más arriba.
—Seguro que me han superado desde entonces —dijo Uriel.
Vaanes rió.
—No puedo imaginarte siendo niño, Ventris. Seguro que resultabas muy gracioso con esas maneras tuyas tan serias.
—¡Cierra el pico, Vaanes! —le gritó Pasanius.
—Por mucho que disfrute escuchando recuerdos de infancia, no veo cómo esto nos acerca a la derrota de Honsou —dijo Aethon Shaan.
Uriel se apartó del grupo y dejó que su mente se retrotrajera a cien años atrás, cuando era un niño que corría por esas cuevas. Recordó los juegos, los desafíos y los concursos de fuerza, velocidad y resistencia que organizaban los niños y las niñas de Calth para prepararse para las pruebas de selección en las que los Ultramarines elegirían quién merecía ir con ellos a Macragge.
—Era una prueba de coraje ver lo alto que podías pintar tu dragón —dijo Uriel, dejando que sus recuerdos de antes de ser Adeptus Astartes fueran volviendo. Almacenados antes de que se rehiciera su arquitectura cerebral mediante la ciencia antigua, esos recuerdos le iban llegando lentamente—. Yo quería ser el que dibujara un dragón del que se hablara durante muchos años venideros, así que subí cien metros por la pared con dos botes de pintura colgando del cinto.
—¿Aquí? —preguntó Suzaku mirando las paredes—. ¿Cuál es el tuyo?
—El mío está unos tres kilómetros más allá —dijo Uriel, señalando—. Fue una locura: las rocas resbalaban por el agua y eran afiladas como cuchillos. Si me hubiera caído, me habría matado, pero había visto un saliente que creí que sería seguro para situarme y pintar. Estuve a punto de caerme tres veces, pero lo logré, aunque me desollé las manos por el esfuerzo. Me temblaban los brazos y apenas podía sujetar el pincel, pero pinté un dragón rojo y dorado con anchas alas y una columna erizada de púas mucho más alto de lo que había logrado nadie antes. Cuando acabé mi dragón y ya me preparaba para bajar, vi una hendidura en la pared que llevaba todavía más adentro de la caverna, un túnel oscuro que serpenteaba por el interior de la roca unos cientos de metros hasta...
—¿Hasta dónde? —preguntó Shaan.
—¡Por el trono de Terra! —exclamó Uriel volviendo al Rhino a la carrera—. ¡Ya sé por qué Honsou está aquí!
Tres kilómetros más allá se encontraron con una escena de devastación. El suelo de la caverna se había hundido bajo una especie de estanque y trozos de la pared habían caído hacia dentro formando una pendiente escarpada y llena de piedras que llevaba a un cráter. Una tuneladora gigantesca se alzaba en medio del agua, con los flancos abollados y arañados. Vapor y gases calientes salían de su morro y polvo de roca pulverizada cubría su blindaje.
Las puertas estaban abiertas. Quien fuera que había penetrado en aquellas profundidades de Calth, hacía mucho que se había ido.
Y Uriel sabía exactamente adónde.
Los Rhinos se detuvieron en la base de la pendiente y Uriel saltó del compartimento de las tropas con los Espadas de Calth tras él. La escuadra de la Guardia del Cuervo ya iba por delante, hacia la hendidura en las paredes rocosas. Uriel escaló con dificultad por la pendiente hacia el saliente de roca en el que se había encaramado cuando era niño.
—¿Qué hay más allá? —preguntó Shaan cuando Uriel llegó al saliente.
—Algo olvidado —respondió Uriel, y se giró para mirar a Vaanes, que trepaba trabajosamente por la pendiente entre los dos acólitos de Suzaku—. Algo que nunca le he contado a nadie.
—No hacía falta —replicó Vaanes—. Lo sabías, así que el ingénito lo sabía, aunque no supiera por qué.
Uriel casi sonrió al ver el dibujo desvaído de un dragón rojo y dorado pintado en la pared al lado de un agujero causado por una explosión. Pasanius se arrodilló junto al dibujo del dragón.
—No está mal —dijo tocando la roca—. Parece que el tuyo sigue siendo el que está más alto.
—Calth ya no los criará tan duros como tú... —dijo Vaanes.
Uriel no le hizo caso y examinó el agujero en la roca. Unas cargas habían volado la abertura y la habían hecho lo suficientemente grande para cupieran tres marines espaciales en fondo. Dio un paso hacia la boca de la caverna, pero antes de que pudiera entrar en el túnel, Aethon Shaan le agarró el brazo.
—Será mejor que vayamos nosotros delante —dijo—. Caminar en la oscuridad es la especialidad de la Guardias del Cuervo.
Uriel quería decirle que estaban en Calth, lo que convertía aquello en la especialidad de los Ultramarines, pero entendió que las palabras de Shaan eran sensatas. Asintió a regañadientes.
—Bien —dijo—. Adelante.
Shaan se volvió a su inmediato subordinado.
—Kyre, ala izquierda, garras fuera. La sombra del cuervo, alta y oscura.
Kyre asintió, aunque Uriel no tenía ni idea de lo que Shaan acababa de ordenarle.
Los guerreros de la armadura oscura se deslizaron hacia el interior del túnel. Tras sólo unos instantes, Uriel los perdió de vista en la oscuridad. Parpadeó para mejorar la visión de su ojo biónico, pero la Guardia del Cuervo era invisible.
—¿Cómo lo hacen? —preguntó Pasanius, que estaba a su lado—. Ni el viejo Telion es tan bueno.
—Le diré que has dicho eso —le contestó Uriel echando a andar para seguir a la Guardia del Cuervo.
Entraron en el túnel con la inquisidora Suzaku y su séquito emparedados entre sus Espadas de Calth y los Llameantes de Pasanius. El brillo del lanzallamas de Pasanius bañaba las paredes negras, dándoles un color morado a la vez que parpadeaba por la humedad que caía de las paredes.
Uriel recordó haber caminado con cuidado por ese túnel en la oscuridad, la emoción de la exploración volvió a él, aunque ciento dieciséis años lo separaban de aquel niño. Recordó cuando volvió a casa lleno de orgullo por su logro, aunque sabía que alardear de ello no le serviría de nada. Lo que había visto más allá de las paredes de la Garganta de los Dragones era su secreto, sólo suyo. O así había sido hasta que los demonios habían creado esa abominación con su semilla genética.
El túnel se estrechó; esas paredes habían sido separadas miles de años atrás por las formidables fuerzas subterráneas que habían formado ese mundo bajo la superficie de Calth. Entonces Uriel emergió del túnel, como si saliera de una habitación a oscuras hacia la luz. E igual que ciento dieciséis años atrás, se quedó sin aliento.
La caverna estaba iluminada por un resplandor bioluminiscente, como un olvidado lecho marino de color jade. Con cientos de metros de altura y de anchura, no era una formación natural, sino un espacio excavado en la roca hacía unos diez mil años por hombres con gran habilidad y mayor determinación.
En el centro de la caverna había un edificio de mármol pulido. Era una estructura magnífica, de forma cuadrada y coronada por una cúpula brillante aparentemente fabricada a partir de un solo zafiro enorme. A cada una de las fachadas del edificio se llegaba por unos escalones triunfales tallados a partir del suelo de roca de la caverna y se accedía a la entrada a través de grandes pórticos apoyados sobre pilares tan gruesos como las patas de las máquinas de batalla más grandes creadas por el Mechanicum. En todos los pedestales había coloridos murales que habían sobrevivido al paso de los siglos sin que sus imágenes hubieran perdido brillo. Los murales se dividían en paneles, cada uno de los cuales mostraba a un noble capitán Ultramarine llevando a sus guerreros a la batalla contra malvados enemigos de armaduras rojas.
La fachada este se hallaba derruida porque un trozo del techo de la caverna se había derrumbado. Unos bloques, mayores que un Land Raider, estaban desperdigados como piezas de un juego infantil de construcción y dos de los pilares yacían en el suelo como gigantes caídos. A pesar de lo magnífico que era, había un aire de melancolía en el edificio que no tenía nada que ver con sus ruinas. La tristeza se cernía sobre su arquitectura sepulcral como una mortaja, transmitiendo un dolor infinito.
Aunque no supo apreciarlo cuando era niño, Uriel comprendió en esos momentos a qué se debía.
Era una tumba, el lugar de descanso de un gran héroe.
Pasanius observó los murales comparando las imágenes con sus conocimientos de la historia del Capítulo. Uriel vio en los ojos de su amigo que había reconocido de quién se trataba.
—¿Es esto lo que yo creo que es? —preguntó Pasanius.
—La tumba perdida de Ventanus —dijo Uriel—. El Salvador de Calth.
Mirando abajo desde las sombras del gigantesco pórtico, Cadaras Grendel vio a los Ultramarines y sus asistentes mortales entrando en la enorme caverna. Sonrió al imaginar la desesperación que debería haberles provocado saber que llegaban demasiado tarde.
Grendel se echó al hombro su rifle de fusión y habló por el microcomunicador de la gorguera.
—Está aquí —dijo. No dio más explicaciones.
—¿Ventris? —preguntó Honsou con voz granulosa por la estática.
—¿A quién crees que me refiero? —exclamó Grendel—. Él y ese sargento grande. Dieciséis, los que esperábamos. Hay unos cuantos mortales con ellos y... maldita sea... tienen a Vaanes.
—¿Vaanes? ¿Estás seguro?
—¡Claro que estoy seguro! —respondió Grendel—. ¿Crees que no reconocería a ese cabrón arrogante nada más verlo? Está aquí, pero lo tienen prisionero.
—No estés tan seguro de eso —le dijo Honsou—. Envía a los Bailarines de las Espadas de Xiomagra para deshacerse de los Ultramarines, pero quiero que tú mates a Vaanes.
—No será problema —rió Grendel—. ¿Qué tal va todo por ahí?
—Estamos colocando las cargas para hacer desaparecer del mapa este lugar, acabaremos pronto.
Grendel asintió, apagó el comunicador y se giró para mirar a la guerrera con una armadura plateada que estaba de pie detrás de él. Ella y sus quince guerreros tenían las espadas desenvainadas, largas y elegantes hojas con sutiles curvas en toda su longitud.
—Ya lo habéis oído —le dijo Grendel, señalando con el pulgar sobre su hombro—. Id a matarlos.
Xiomagra se deslizó para pasar a su lado con tal agilidad que Grendel no fue capaz de percibir del todo los movimientos de sus extremidades. Vio que sus ojos de gata brillaban por la impaciencia de la batalla que estaba por llegar antes de que el metal líquido de su casco le cubriera las facciones. Mostró la espada de hoja negra ante Grendel.
—La Ley de las Espadas me obliga a obedecer —dijo Xiomagra—, pero ten en cuenta esto: si tu maestro cae, tu alma será la siguiente que reclamará esta espada.
—Te estaré esperando —le dijo Grendel, mostrándole su rifle de fusión—. No te tengo miedo.
—Pues deberías —fue la respuesta de Xiomagra.
Antes de que Grendel pudiera responder, la Señora de las Espadas dio un grácil salto para bajar los escalones de la tumba, seguida por su grupo de Bailarines de la Espada .
—Es hora de matar con mis propias manos a un guardián del cuervo —dijo Grendel.