
El motor del Land Raider resonaba con fuerza, y el hedor apestoso del combustible resultaba sumamente agradable para Uriel. Iba equipado con su armadura prestada y marchaba al combate a bordo de uno de los vehículos más poderosos de todo el arsenal de los marines espaciales, y todo ello era una prueba tangible de que su exilio estaba a punto de acabar.
Pasanius estaba sentado a su lado, con la atención concentrada en una placa pictográfica que mostraba una imagen granulosa del exterior del Land Raider. Cinco caballeros grises de resplandeciente servoarmadura plateada estaban sentados frente a él.
De pie delante de la rampa de asalto frontal se encontraba Leodegarius, que estaba protegido de nuevo por su colosal armadura de exterminador. El caballero gris tenía empuñada con firmeza su gran alabarda en una enorme mano. En la otra, en vez del bólter de asalto montado en la muñeca, llevaba un arma nueva, algo que llamó cañón psíquico. No disparaba proyectiles de bólter normales, sino unos proyectiles de plata pura consagrada que eran letales para todo lo demoníaco y lo antinatural.
Uriel empuñó con firmeza el bólter que Leodegarius le había entregado. Las delicadas líneas y la taracea de factura exquisita eran superiores a cualquier otra que hubiera visto con anterioridad. Era un regalo de un valor incalculable, y Uriel deseó ser capaz de demostrar en el combate que se avecinaba que era un portador honorable para un arma tan magnífica. No se hacía ilusiones al respecto. Esa noche se iba a derramar mucha sangre.
Apenas salió del palacio y quedó bajo la penumbra del anochecer sintió el manto asfixiante de la amenaza en ciernes. La presencia de los muertos vengadores saturaba el propio aire y le arañaba los nervios igual que una vibración discordante.
No tenían tiempo que perder, así que Leodegarius reunió a sus guerreros y junto a Uriel, Pasanius y Casuaban cruzaron las calles de Barbadus en dirección a la Casa de la Providencia. Dos Rhino seguían al Land Raider, y a pesar de su enorme masa y del temor que despertaba, al vehículo de cabeza le costó avanzar, ya que las calles de Barbadus estaban repletas de gente, de gente que gritaba angustiada, atemorizada.
—Lo de ahí fuera es un caos —comentó Pasanius, observando con atención la placa pictográfica.
—Nadie sabe con seguridad lo que está pasando, pero saben que ocurre algo terriblemente malo —apuntó Uriel.
—Sí, tienes razón, no hace falta tener poderes psíquicos para saberlo —admitió Pasanius mientras observaba la enorme figura de Leodegarius. El arma afilada del guerrero relucía con un brillo púrpura bajo la luz del compartimento de tropa. Uriel se estremeció cuando sintió su poder como un cosquilleo que le bajaba por la espina dorsal.
—Es un arma némesis —le explicó Leodegarius, como si se hubiera percatado del escrutinio de Uriel—. Es una hoja forjada por los mejores artesanos de Titán y templada con la sangre de un demonio.
—¿Será capaz de matar a los sinpiel?
—Ya mató a dos en la plaza abierta delante del edificio de donde te saqué.
—Dos —musitó Uriel con tristeza—. Eso deja a unos cinco o seis.
—¿Es que les tienes lástima?
—Sí —admitió Uriel—. No se merecían esto.
—Quizá no, pero poca gente de esta galaxia recibe lo que se merece.
—Él lo hará —intervino Pasanius, señalando con el pulgar a Serj Casuaban, que se encontraba en el otro extremo del compartimento con aspecto triste y deplorable.
Pasanius le dio la espalda al médico y se dirigió a Leodegarius.
—Sigo diciendo que deberíamos bombardear el sitio desde la órbita. Tenéis una nave ahí arriba, ¿no?
—Así es —contestó Leodegarius sin darse la vuelta—. Si no conseguimos detener a Thayer, ordenaré un ataque con rayos desde la órbita.
—¡No, no puede hacerlo! —gritó Serj Casuaban—. Hay gente inocente en la Casa de la Providencia, ¡eso sin contar con todas las personas que matarán y mutilarán en la ciudad con un ataque como ese! Si da esa orden, no será mejor que Barbaden.
—O que usted —lo acusó Pasanius—. También estuvo en Khaturian.
—Yo no maté a nadie —replicó Casuaban a la defensiva.
—Dejó que Barbaden diera la orden. ¿Intentó siquiera detenerlo?
—No lo conoce. Una vez Leto ha tomado una decisión, no existe nada en el mundo capaz de hacerlo cambiar de opinión.
—Muy bien. —Pasanius se volvió hacia Uriel—. ¿Por qué no le damos a esa gente lo que quiere? Barbaden y Togandis están encerrados en las celdas, y a éste lo tenemos aquí. ¿Por qué no les metemos un balazo en la nuca? ¿No resolvería eso el problema?
—¿Me mataría a sangre fría? —exclamó Casuaban.
—Si con eso salvara al planeta, sí, sin dudarlo.
—Ya basta, Pasanius —lo cortó Uriel—. No vamos a pegarle un tiro a nadie. Se trata de hacer justicia, no de cobrarse venganza. Detendremos a Sylvanus Thayer y luego estos tres tendrán que enfrentarse a una corte marcial acusados de crímenes de guerra. —A Uriel se le ocurrió algo de repente y se volvió para mirar a Leodegarius—. ¿Es seguro tener a Barbaden y a Togandis en las celdas del palacio? ¿No podrían atacarlos allí los muertos?
—No. Tengo levantado un sanctuary aegis allí —le contestó Leodegarius—. Ningún poder de la disformidad será capaz de llegar hasta ellos.
Uriel estaba a punto de preguntarle algo más cuando el caballero gris levantó la mano.
—Ya hemos llegado.
—¿Qué aspecto tiene la situación?
—Muy malo.
A pesar de que se encontraba encerrado en una celda excavada bajo los cimientos del propio palacio imperial, Shavo Togandis se encontraba más en paz consigo mismo de lo que se había sentido a lo largo de los diez años anteriores. Aunque no había desaparecido, el sentimiento de culpa ya no era una losa insuperable en cuanto se supo la verdad sobre el Campo de la Muerte.
El aire que circulaba por la prisión era fresco, y por primera vez desde hacía más tiempo del que podía recordar, Togandis no estaba sudando. Le habían quitado todas sus vestiduras ceremoniales, aunque le habían permitido conservar puestas las interiores debido a que ninguna de las ropas para prisioneros tenía la talla suficiente para él.
Estaba arrodillado delante de los barrotes de su celda, frente al edificio de guardia, sin decoración alguna, situado en el centro del complejo. Tenía las manos unidas en actitud de oración, y no dejaba de musitar plegarias que se apresuraban a llenarle el vacío que se había producido en su mente por el miedo a lo que había puesto al descubierto.
—¿Crees que rezar te servirá de algo? —le preguntó Leto Barbaden, que se encontraba en la celda de al lado.
Togandis acabó la plegaria y volvió la cabeza para enfrentarse al hombre que había ocupado sus pesadillas a lo largo de la década anterior. Lo miró y se preguntó qué era lo que había encontrado tan terrorífico en él. Era posible que Leto Barbaden fuera un monstruo en su interior, pero tenía el aspecto de un individuo corriente.
Eso es lo que era, un individuo corriente.
Lo que hacía que la magnitud de sus crímenes fuera mucho más terrorífica.
¿Cómo podía nadie imaginarse que tanta maldad pudiera provenir de unos seres tan poco remarcarles?
Sin duda, la matanza de tantas vidas inocentes sólo podría haberse producido a instancias de un demonio alado vomitador de llamas, o bajo las garras de una horda de orkos sedientos de sangre.
No. La habían realizado hombres y mujeres.
Lo habían hecho. La cercanía de su castigo era un alivio bendito para el antiguo cardenal.
—Creo que rezar no hace daño, Leto —le contestó al cabo—. Vamos a pagar por lo que hicimos, y necesito reconciliarme con el Emperador antes de encontrarme en su presencia.
—Por mí ya pueden montar cualquier farsa que quieran llamar juicio. No pienso disculparme. No me sacarán nada a ese respecto.
—¿Ni siquiera ahora, con todo lo que está sucediendo, crees que hicimos algo malo?
—Por supuesto que no —fue la respuesta de Barbaden.
—Entonces, Leto, estás completamente perdido —lo amonestó Togandis al mismo tiempo que negaba con la cabeza—. Siempre supe que eras una persona muy peligrosa, pero no creo que hasta este momento me hubiera dado cuenta del motivo.
—¿De qué estás hablando?
—Eres la parte siniestra del corazón humano, Leto. Eres el mal que acecha en cualquiera de nosotros, el potencial de cometer los actos más odiosos y de hacerlo con una sonrisa en la cara. En la mayoría de nosotros existen una pared de conciencia que separa los actos buenos de los malos, pero a ti te falta eso. No sé el motivo, pero para ti no existe el concepto del mal, tan sólo los resultados.
Las palabras salieron de los labios de Togandis como un torrente, y sintió una especie de catarsis mientras las pronunciaba.
Cerró los ojos y sonrió cuando captó en el aire el leve pero inconfundible olor a carne quemada.
—Ya vienen, Leto.
Togandis volvió de nuevo la cabeza y miró más allá de los barrotes cuando oyó los gritos y las advertencias de los demás prisioneros.
En la estancia había comenzado a formarse una neblina de luz palpitante, igual que si se hubiera partido alguna tubería y de ella estuviese saliendo un vapor caliente que inundara la cárcel. Togandis sabía que no era así, y sonrió cuando vio una horda de formas fantasmales que rebullían en el centro de la neblina.
Lo primero que surgió del humo acre fue una niña pequeña, con el vestido quemado y humeante. Tenía la carne achicharrada y le colgaba en largas tiras chamuscadas.
Otras formas se reunieron con ella, hombres, mujeres y más niños. Siguieron apareciendo hasta que la estancia quedó llena de muertos.
Avanzaron como si los empujara una brisa suave y se acercaron a las celdas. Togandis los recibió con los brazos abiertos, y supo que ni él ni Leto Barbaden tendrían que enfrentarse jamás a un consejo de guerra.
El antiguo cardenal miró a Leto Barbaden, y no supo si sentirse impresionado o asqueado por su falta de emoción. El gobernador de Salinas no parecía sentirse conmovido por aquellas apariciones espectrales, lo mismo que le ocurría con todo lo demás en la vida.
Togandis pensó que la vida debía de ser muy gris para alguien como él.
La niña se volvió para mirar a Barbaden.
—Tú estabas allí.
—Pues claro que estaba allí —le replicó Barbaden—. Te maté y no me arrepiento.
El rostro de la muchacha se retorció, y el resplandor de su carne espectral onduló cuando se lanzó a por Leto Barbaden.
Una cegadora luz azulada saltó de los barrotes de la celda, y Togandis parpadeó sorprendido cuando la niña salió despedida hacia atrás. Luego se fue desvaneciendo hasta desaparecer en mitad de la neblina, como si nunca hubiera existido.
Barbaden se echó a reír.
—Por lo que parece, los fantasmas de Thayer no son tan poderosos, después de todo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, ansioso, Togandis, que deseaba que los espíritus de los muertos fueran a por él de una vez y acabaran con su miserable vida.
—Creo que Leodegarius nos quiere con vida para que pasemos por un consejo de guerra.
Fue entonces cuando Togandis lo comprendió.
Muy malo ni siquiera se le acercaba para empezar.
La Casa de la Providencia estaba envuelta en llamas. Unas lenguas de fuego frío surgían como sudarios luminosos de cada abertura, como si el interior de los tres poderosos vehículos estuviera lleno a reventar de luz.
Unos vientos aullantes, iguales a los gritos penetrantes de los condenados, giraban alrededor de su objetivo llevando consigo unos gemidos atormentados de angustia que parecía imposible que hubieran salido de una garganta humana. Unos arcos de luz incandescente chasqueaban y serpenteaban por encima de las superficies metálicas de aquellas máquinas de guerra colosales. Una sensación enfermiza e insidiosa bajaba fluyendo por la colina.
—¿Sigues sin creer que deberíamos bombardear ese sitio desde la órbita? —insistió Pasanius.
Serj Casuaban se quedó mirando con expresión horrorizada en lo que se había convertido la Casa de la Providencia, y Uriel apenas podía imaginarse lo que debía de estar sintiendo. Un lugar de curación se había convertido en un lugar de muerte y de venganza, y el médico se rebelaba ante semejante acto de perversión.
Uriel y Leodegarius encabezaron la marcha a pie colina arriba, ya que el paso del Land Raider se había visto bloqueado por una multitud de chasis de tanques envueltos en llamas que habían sido arrastrados hasta el camino. Los caballeros grises los siguieron desplegados en equipos de cinco hombres. Pasanius ayudó a Casuaban a mantener el ritmo de avance.
—¿Cómo han llegado estos tanques hasta aquí? —preguntó de repente Casuaban.
—Los sinpiel —le contestó Pasanius al mismo tiempo que señalaba hacia arriba, donde cinco siluetas se recortaban contra el borde de la meseta hacia la que se dirigían. No eran más que unas formas de color negro noche, pero sus venas estaban llenas de luz, y Uriel vio que el señor de los sinpiel se había hecho más poderoso todavía desde la última vez que se había encontrado con él. Su cuerpo se había hinchado de un modo monstruoso y estaba repleto de almas enfurecidas.
Las criaturas desaparecieron de la vista por detrás del borde, y una oleada de negra desesperación se abatió sobre Uriel, ya que comprendió que no tendría más remedio que ayudar a los caballeros grises en su tarea de destruirlos. Cualquier esperanza que tuviera respecto a los sinpiel se esfumó por completo. La brutal realidad de la galaxia era que no había sitio para ellos, que no habría un final feliz, tan sólo la muerte.
Los vientos que aullaban alrededor de la Casa de la Providencia eran cada vez más fuertes y los gemidos sonaban cada vez con más intensidad. Un rayo salió despedido del Capitol Imperialis del centro con un estruendo rugiente y explotó contra el costado de un Chimera vacío.
—¡Está claro que hay algo que intenta mantenernos alejados! —gritó Uriel.
Serj Casuaban se tapó los oídos con las manos. Una fuerte lluvia comenzó a acribillar el suelo.
El camino serpenteaba a lo largo de la subida por la colina, y el avance fue lento debido a la necesidad de zigzaguear por el laberinto de tanques quemados y abandonados. Leodegarius apartó aquellos que no pudieron rodear. El increíble poder de su armadura de exterminador le permitió empujar los tanques que estorbaban como si no pesaran nada en absoluto.
Ya estaban más cerca del borde, y Uriel amartilló el bólter. La simple idea de volver a combatir como un marine espacial del Emperador lo llenaba de orgullo. Los caballeros grises se desplegaron con las alabardas dispuestas bajo la lluvia de luz y de agua.
Uriel apuntaba a derecha e izquierda con el bólter cada vez que captaba atisbos fugaces de figuras fantasmales que pasaban corriendo por el borde de su campo de visión. Un millar de voces sibilantes susurraban igual que un bosque mecido por la brisa. Las palabras eran ininteligibles, pero rebosantes de ira.
—¿Las oyes? —le preguntó Leodegarius a través del comunicador.
—Sí, pero me preocupan más los sinpiel.
—Estarán dentro. Esperándonos.
Uriel siguió trotando hacia la cima con aquella idea metida en la cabeza. Tuvo que dejarla a un lado cuando por fin se encontró bajo la inmensa sombra de la Casa de la Providencia.
Vistos desde lejos, los tres Capitol Imperialis eran unos símbolos enormes e impresionantes del Imperio, pero vistos de cerca, eran una visión increíble e impresionante del poder de destrucción. Sus costados de metal oxidado se alzaban majestuosos hacia el cielo, y los rayos que los rodeaban chasqueantes relucían como si sus reactores estuvieran a punto de estallar.
La idea no era muy tranquilizadora.
Todos los instintos le indicaron a Uriel mientras se acercaban a la Casa de la Providencia que estaba rodeado de enemigos, pero no logró ver ninguno, a ninguno sólido al menos, ya que los vientos aullantes arrastraban ante él rastros de fantasmas flotantes, formas corporales tan insustanciales como volutas de humo pero que poseían la presencia de un ser vivo.
El avance hacia la Casa de la Providencia se hacía cada vez más difícil, como si tuvieran que avanzar sobre un barro profundo. Incluso Leodegarius marchaba más lentamente, y Uriel no quiso imaginarse qué sería capaz de frenar a un exterminador.
—¿Cómo entramos? —preguntó Uriel a gritos, mientras buscaba una abertura a lo largo del vehículo inmovilizado.
—Por allí —respondió Leodegarius, señalándole un arco de entrada sumido en sombras que estaba parcialmente oculto por la neblina y la oscuridad antinatural.
Uriel miró a través de la penumbra, pero apenas fue capaz de ver su trazado. Leodegarius se volvió hacia Casuaban.
—Nos llevará hasta Sylvanus Thayer, lo identificará y luego se quitará de en medio, ¿entendido? —le dijo con voz fácilmente audible incluso por encima de la fuerza aullante de la tormenta psíquica.
Casuaban asintió.
—Entremos —ordenó Leodegarius, y Uriel empuñó con fuerza el bólter.
Aunque el exterior de la Casa de la Providencia era una locura caótica, el interior era de una quietud helada. En cuanto Uriel entró en la inmensa estructura, todo el ruido y la luz se desvanecieron.
Los globos de brillo colgados de las rejillas del techo chasqueaban al encenderse y apagarse. El vapor salía de las mochilas de sus armaduras como si fuera aliento. Las paredes eran de hierro. El metal estaba helado, marcado por líneas de escarcha. A sus pies crujían las placas de hielo. Uriel y Pasanius avanzaron por el estrecho pasillo de la entrada. Los hombros de Leodegarius rozaban las paredes a cada paso que daba.
A lo largo de las paredes relucientes aparecían y desaparecían grupos de sombras. Uriel captó un zumbido enervante justo por debajo del límite de audición. Los caballeros grises se desplegaron por la estructura en equipos de cinco y aseguraron un perímetro tan cerrado como pudieron alrededor de sus superiores.
Además de cuatro caballeros grises con servoarmadura, el grupo de Uriel lo componían Leodegarius, Pasanius y Serj Casuaban. El médico estaba temblando, y tenía el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par. Se rascaba sin parar un lado de la cabeza, que sacudía como si intentara sacarse algo del oído.
—Son tantas voces… —susurró, aunque el eco del sonido rebotó por el pasillo helado.
—¿Puede oírlos? —le preguntó Uriel.
Casuaban asintió con las mejillas cubiertas de lágrimas.
—A todos. Le tienen miedo. El doliente. Así es como solían llamarlo.
—¿A quién?
—A Sylvanus Thayer, después de la matanza.
—¿Le tienen miedo?
—Sí… Quieren irse, marcharse a descansar, pero él no les deja, no hasta que se haya vengado.
Uriel archivó aquel dato y siguió a Leodegarius.
Su trayecto los llevó a través de pasillos y salas llenos de gente aterrorizada y a lo largo de pasarelas abiertas. Las espirales de luz se acumulaban en los huecos de los techos y los gritos de los heridos resonaban de un modo extraño en la confusa estructura interna de aquel lugar.
Hombres, mujeres y niños con heridas terribles los miraban al pasar, algunos con esperanza, otros con terror, pero los marines espaciales no podían detenerse a ayudarlos. Uriel pensó que sin duda se trataba de un lugar horrible, donde los heridos ocasionados por décadas de enfrentamientos eran abandonados para que se pudrieran, donde sólo la habilidad y la dedicación de un hombre podía ayudarlos a reconstruir sus vidas.
Uriel se prometió a sí mismo que, sin importar lo que pasara, haría todo lo que pudiera por ayudar a Casuaban. Posiblemente era culpable, pero era evidente que sentía un terrible remordimiento por lo que había permitido que sucediera.
El médico señalaba en una dirección cada vez que llegaban a un cruce de pasillos, y desde allí se ponían en marcha de nuevo, atentos a cualquier señal de los sinpiel o a cualquier otra clase de enemigo.
Aunque no vio amenaza alguna, Uriel sintió como un tremendo poder crecía y crecía, como algo grande reunía fuerzas. Maldijo su imaginación, demasiado intensa, y se sacó aquellos pensamientos morbosos de la cabeza al mismo tiempo que Leodegarius se detenía.
Habían llegado a un cruce donde dos pasillos se hundían en la oscuridad, a la derecha y a la izquierda, y unas anchas escaleras de hierro llevaban hacia una nueva luz parpadeante. Del pasamanos de bronce colgaban largas estalactitas.
—¿Por dónde, médico? —le preguntó Leodegarius.
—Arriba. Tenemos que ir arriba.
Cuando el ataque se produjo, se desarrolló con tanta precisión que pilló a todo el mundo por sorpresa.
Los guerreros del flanco derecho fueron los primeros en ser atacados. Una bestia con la espina dorsal encorvada y unos largos brazos envueltos en músculos semejantes a maromas de acero le arrancó la cabeza al guerrero que iba en vanguardia y se la arrojó a sus camaradas.
Una criatura con un exoesqueleto de una sola pieza semejante a una armadura, se estrelló contra los guerreros de la izquierda y los dispersó, no sin antes matar a dos de ellos aplastados por la increíble brutalidad de su carga.
El grupo de Uriel había llegado a una rampa que los llevaría más arriba todavía, y el capitán astartes vio una sombra que se separaba de un hueco situado en una pared que tenían delante. El cuerpo relució, lleno de luz, cuando se lanzó a la carga contra ellos. La criatura era un híbrido de dos cuerpos unidos en uno solo, una unión antinatural aparentemente incapaz de sustentar ningún tipo de vida pero que, de algún modo, lo había conseguido.
Uriel vio el gemelo interno de la criatura moverse bajo la piel nueva recién formada. Era una cara aullante que se aplastaba contra la pálida cubierta de carne. Los músculos de la bestia estaban repletos de luz, y con un rápido movimiento le arrancó el casco al caballero gris que estaba más cerca de Uriel.
Del cuerpo ya sin cabeza salió un chorro de sangre, y el silencio que había en el interior de la Casa de la Providencia acabó de un modo brutal.
Los caballeros grises reaccionaron con la rapidez y la ferocidad que Uriel esperaba de ellos. En cuanto los monstruos aparecieron ante ellos, dispusieron las alabardas para atacarlos. Los bólters de asalto abrieron fuego en una descarga coordinada de disparos. El lugar se llenó de una luz cegadora y un rugido ensordecedor. De los sinpiel salieron chorros de carne y de luz cuando se estremecieron bajo los impactos.
Un puño con la masa y la fuerza de un martillo pilón cruzó el aire y se estrelló contra la placa pectoral de uno de los caballeros grises para acabar saliendo por la espalda del guerrero envuelto en una lluvia de sangre y fragmentos de ceramita. Uriel se agachó para esquivar el siguiente golpe y luego abrió fuego. El tronar de su arma se unió al estruendo general.
Serj Casuaban se dejó caer de rodillas y se acurrucó mientras Pasanius se mantenía a su lado para defenderlo.
Su oponente estaba demasiado cerca para poder utilizar el cañón psíquico, por lo que Leodegarius empujó con fuerza su alabarda y la hoja centelleante se clavó en la espalda de la criatura. El monstruo rugió de dolor cuando la punta brillante y afilada le salió por el pecho. Intentó darse la vuelta para enfrentarse a su atacante, pero la fuerza y la masa del caballero gris lo mantuvieron inmovilizado.
—¡De prisa! —gritó Leodegarius—. ¡Matadlo!
Los dos caballeros grises supervivientes se acercaron disparando mientras corrían, y Uriel se sintió sorprendido por la fiereza con que atacaban a aquellas criaturas terroríficas. En la carne del monstruo aparecieron nuevos agujeros abiertos por los proyectiles explosivos, pero ni siquiera pareció sentirlos.
Leodegarius obligó a la bestia a ponerse de rodillas con un fuerte giro de la alabarda, y Uriel se apresuró a unirse a los caballeros grises blandiendo la espada. Las afiladas hojas atravesaron a la criatura, y sus rugidos de dolor resonaron en las paredes e hicieron que se desprendieran varios carámbanos del techo.
El gemelo surgió del pecho del sinpiel en una parodia grotesca de un nacimiento. Su cuerpo vil y repugnante estaba cubierto de sangre, y sus garras salieron disparadas contra el marine más cercano. Estaban cubiertas de luz y partieron la armadura y la carne del caballero gris como si fueran de papel mojado. El gemelo parasitario atravesó los músculos y los huesos del pecho del guerrero para arrancarle el corazón y destrozarle los órganos internos.
El caballero gris se desplomó, y al hacerlo, le partió el cuello a su asesino.
El sinpiel se estaba debilitando, por lo que Leodegarius pudo por fin apuntar con el cañón psíquico y dispararle a la bestia toda una ráfaga de proyectiles impregnados psíquicamente.
El efecto fue instantáneo: la criatura se derrumbó convertida en una masa de carne destrozada que no habría sido capaz de resistir tantos daños si no hubiera dispuesto del poder de los muertos para soportarlo.
Uriel no sintió gloria alguna por aquella victoria, tan sólo pena, pero no tuvo tiempo de lamentarlo.
Los atacaban nuevos enemigos.
Llegaron en oleadas de luz procedentes de las salas de enfermería cercanas. Sus aullantes gritos de dolor crisparon los nervios de Uriel. Miró con mayor atención y vio una horda de figuras horripilantes que se dirigían flotando hacia ellos como si las empujara un fuerte viento.
Eran personas enfermas, heridas, delgadas, cadavéricas y quemadas cubiertas con aleteantes batas quirúrgicas. Había amputados, personas sin ojos y mujeres con cicatrices horribles que les cubrían todo el cuerpo. Todos tenían las manos extendidas hacia delante como si estuvieran pidiendo limosna, y aquellos que todavía tenían ojos mostraban una mirada cargada con el furioso recuerdo del dolor y del sufrimiento. Una ola de escarcha hizo crujir las paredes por delante de ellos y trazó una serie de dibujos enloquecidos y blanquecinos.
—¡En nombre del Emperador, ¿qué es eso?! —gritó Casuaban cuando levantó la mirada.
—Fantasmas —respondió Leodegarius—. Las pesadillas atormentadas de los heridos que cuida. El poder de la disformidad es cada vez más fuerte y se están haciendo reales.
—Supongo que son peligrosos —apuntó Uriel al mismo tiempo que levantaba la espada.
—Letales. No permitáis que os toquen. Se alimentan de la vida para aliviar su sufrimiento. ¡Médico! ¿Por dónde?
Casuaban miró a su alrededor con expresión confundida, como si el entorno de repente, no le fuera familiar.
—¡De prisa! —lo apremió Leodegarius.
—¡Arriba! ¡Hay que subir otro nivel!
Leodegarius se apartó de ellos y se colocó en el centro del pasillo, directamente delante de la horda de pesadillas aullantes.
—¡Cheiron, a mi lado! ¡Uriel, ponte detrás de nosotros! ¡A la rampa!
—¿Qué vais a hacer?
—Vamos a detenerlos —respondió Leodegarius.
Uriel se apartó de los caballeros grises en cuanto notó el sabor penetrante de la energía psíquica. La hoja de su espada empezó a sisear y a emitir chispazos ante la presencia de semejante poder. Se apresuró a reunirse con Pasanius y con Casuaban y juntos retrocedieron hacia la rampa que llevaba a quién sabía dónde.
Las armas de los caballeros grises rugieron al disparar. Los proyectiles de Cheiron no parecieron surtir mucho efecto, pero los de Leodegarius rasgaron las figuras como si fueran de tela. Sin embargo, a medida que las siluetas fantasmales se iban acercando, Uriel se dio cuenta de que no iba a ser suficiente.
—¡Tengo que ayudarlos! —exclamó, volviéndose hacia Pasanius.
—¡Espera! —le advirtió su sargento al mismo tiempo que señalaba a los dos caballeros grises.
Uriel miró en su dirección por encima del hombro y le dio la impresión de que los dos guerreros de armaduras plateadas parecían aumentar de tamaño cuando unos arcos centelleantes comenzaron a saltar desde los bordes de sus armaduras.
Los dos tenían apoyada la alabarda en el suelo en posición vertical y la mano libre extendida hacia delante mientras entonaban el mismo cántico.
—Impías abominaciones de la disformidad, os conocemos. Impuro poder de más allá del velo, te rechazamos. Malignos demonios del Empíreo, os desafiamos. —Leodegarius golpeó el suelo metálico con el extremo de la alabarda—. Tres veces estáis malditos y tres veces condenados estaréis.
Serj Casuaban lanzó un grito y Uriel notó la oleada de poder cuando una bola de fuego blanco brillante explotó alrededor de los caballeros grises. Leodegarius y Cheiron quedaron envueltos en llamas y refulgieron como ángeles del Emperador mientras aquel poder rugiente quedaba concentrado a su alrededor por la pura fuerza de su mente.
—¡Engendro del mal, yo te expulso de aquí! —gritó Leodegarius, y la bola de fuego blanco llenó el pasillo.
Las llamas parecieron salir de los caballeros grises y los gritos de las figuras fantasmales quedaron apagados por el rugido del fuego.
Uriel protegió a Casuaban de las llamas mientras su poder lo rodeaba todo. El metal gimió y chirrió bajo el ataque de pureza de Leodegarius, que empleó la propia esencia de su alma en aquel fuego purgador.
Todo acabó en unos cuantos segundos. Los aullidos de pesadilla quedaron silenciados y el rugido terrorífico del ardiente infierno que habían desencadenado los dos caballeros grises también enmudeció.
Uriel levantó la mirada y vio a Leodegarius y a Cheiron todavía de pie en mitad del pasillo. De sus armaduras plateadas cayeron unas cuantas espirales de luz más mientras los miraba. Leodegarius se dio la vuelta y, a pesar de que estaba totalmente cubierto por la armadura de exterminador, Uriel se dio cuenta de que estaba exhausto.
—Vamos. No tardarán en regresar. Debemos seguir.
Uriel asintió y Pasanius ayudó a Casuaban a ponerse en pie.
—¿Arriba dijiste?
—Sí. Que el Emperador me proteja —musitó Casuaban, haciendo el signo del aquila.
Uriel encabezó la marcha por la rampa. A su espalda marchaba Pasanius, quien arrastraba consigo al reticente médico. Leodegarius y Cheiron cerraban la columna. Uriel oyó chillidos y rugidos en aumento a medida que nuevos enemigos se acercaban.
Pasó al canal de comunicación interna de su casco y oyó órdenes y estampidos de armas de fuego. Los disparos resonaron en el interior de su casco y por toda la Casa de la Providencia, pero su origen exacto resultó imposible de determinar debido a los pasillos que se entrecruzaban como un laberinto.
No sabía cómo les iba a los demás caballeros grises, ya que hablaban en un lenguaje de combate que él desconocía. Sin embargo, cada orden era impartida con claridad y con calma. Oír que unos guerreros se comunicaban en mitad del combate con aquella tranquila determinación era algo inspirador, y Uriel notó un sentimiento renovado de honor por el hecho de luchar a su lado.
—Por aquí —les indicó Serj Casuaban, haciéndoles cruzar una serie de puertas bajas que llevaban al interior más profundo de la Casa de la Providencia.
Algunas de las puertas resultaron ser demasiado pequeñas como para que Leodegarius pudiera pasar, pero unos cuantos tajos bien dirigidos de su arma némesis no tardaron en abrir el hueco suficiente como para que pasara su enorme figura blindada.
Finalmente, el trayecto los llevó hasta la sala de enfermería situada en la parte más elevada del Capitol Imperialis reconvertido. Se trataba de una estancia alargada de paredes de metal repleta de camastros con la cabecera pegada a la pared y un pasillo central. En cada una de las camas había una figura que se retorcía y cuya boca estaba deformada por un horrible rictus de dolor.
El aire estaba lleno de gemidos y de rastros de luz, formas fantasmales que giraban alrededor de una cama situada cerca del centro de la pared de la derecha.
No había duda de que se trataba de la de Sylvanus Thayer.
El señor de los sinpiel estaba al lado de esa cama, y su inmenso cuerpo era algo impresionante y asombroso.