Cuatro

El sargento explorador Issam recorrió de nuevo con las lentes polarizadas de sus magnoculares las murallas oscurecidas de Axum y comprobó que había contado bien en las ocasiones anteriores. Sabía que había cinco en total, pero también sabía que existían dos tipos de exploradores: los que eran concienzudos y los que eran cadáveres. Veía en la oscuridad casi tan bien como a plena luz del día, pero el magnocular captaba la señal calorífica que escapaba de las armaduras.

—Cuento cinco —susurró por el comunicador.

—Coincido —le confirmó Daxian, su segundo al mando.

De los cuatro exploradores de su escuadra, Daxian era el que más experiencia tenía, y había combatido junto a Issam en Pavonis. Habían penetrado profundamente detrás de las líneas tau con el sargento Learchus al mando, y habían demostrado ser claves en la victoria final. Eso les había valido a Issam y a Daxian un Laurel Imperial, aunque los otros tres exploradores no habían conseguido sobrevivir a la misión.

Janek Lycean y Uriel Dio se habían ganado sus laureles junto a Learchus en Espandor, en la campaña contra los pielesverdes, y, además, también se habían ganado la aprobación del sargento, lo que era recomendación más que suficiente para Issam. El último explorador era un recién llegado, un nativo de Iax llamado Aurelio. Issam todavía no había tenido tiempo suficiente para valorar sus capacidades, pero lo cierto era que hasta ese momento se había mantenido al nivel de los demás y no había metido la pata.

Issam se quitó los auriculares de la cara y se los metió en el cinto, pero asegurándose de que no repiquetearían o harían ruido alguno al chocar contra la armadura o el resto del equipo. No debía delatar su posición, aunque la posibilidad de que le oyeran acercarse era mínima dado el aullido de las sirenas y el tableteo de disparos que llegaban desde el interior de la ciudad. Sin embargo, el enemigo disponía casi del mismo tipo de equipo que ellos, y no era sensato ser descuidados. Los cinco exploradores estaban en un campo de vegetación podrida, una alfombra esponjosa de materia orgánica muerta que parecía el resultado de la acción del virus llamado el Devorador de Vida.

Issam había visto los efectos de esa arma capaz de destruir planetas enteros, y no era un recuerdo agradable.

Por desagradable que fuera, el calor producido por las reacciones químicas del suelo en estado de putrefacción enmascaraba su propio calor corporal, lo que sería toda una ventaja a la hora de acercarse al enemigo.

—En marcha —susurró.

Empezó a arrastrarse sobre los codos con movimientos lentos y suaves, sin apresurarse. Avanzó con paciencia, y se detuvo en cada una de las ocasiones en las que captó movimiento sobre las murallas. Al ser cinco objetivos y cinco exploradores, necesitaban una posición de disparo óptima para asegurarse de que cada blanco fuera eliminado sin ruido y sin alboroto alguno.

Su escuadra no eran los únicos exploradores que habían bajado a la superficie de Tarentus. Se habían desplegado otras escuadras similares, pero Issam quería el honor de eliminar las defensas aéreas de la ciudad. Los augurios de la Vae Victus habían detectado una única fuente de actividad en todo Tarentus, una base establecida en las ruinas de Axum, que estaba ocupada por una fuerza enemiga de tamaño respetable. Los rastros caloríficos también indicaban que las armas pesadas de la ciudad seguían en estado operativo. El capitán Ventris había encargado a los exploradores que las eliminaran.

El suelo soltó una serie de chasquidos húmedos bajo ellos, y aquella materia pegajosa tiró de las placas azules de la armadura y de la tela oscurecida de su uniforme. Después de treinta minutos habían avanzado cien metros, y fue entonces cuando Issam divisó un canal de irrigación con las paredes excavadas por máquinas y un reborde cubierto de vegetación. Era el lugar perfecto desde el que disparar.

Toda la escuadra se dirigió hacia allí. Una vez dentro del canal, sacaron los rifles de francotirador de las bolsas de lona camufladas que llevaban a la espalda. Issam se pegó al fondo del canal y revisó con cuidado el rifle. La recámara estaba limpia, la célula de energía cargada al máximo y la mira telescópica en perfecto estado.

Daxian realizó una comprobación de distancia con los magnoculares.

—Doscientos quince metros —declaró.

—Como si estuviéramos en el campo de tiro de Agiselus —comentó Uriel Dio mientras tecleaba el alcance en la mira telescópica de su rifle.

Issam hizo un movimiento negativo con la cabeza.

—No se parece en nada al campo de tiro, Dio. Esos objetivos responderán a tu disparo si fallas. Un disparo, una muerte. Sin excepciones.

Los exploradores asintieron, e Issam metió el cañón del rifle entre la fronda de vegetación. Luego lo apoyó en el borde de rococemento y cerró un ojo mientras apretaba el otro contra el extremo con el filo de goma de la mira telescópica. Inspiró profundamente y relajó todo el cuerpo, dejando que se adaptara a los lados lisos del canal antes de apretarse la culata contra la mejilla. La culata era de madera oscura, tallada de forma que se adaptara al contorno de su rostro a partir del tronco de un abeto que él mismo taló sesenta años atrás en una de las laderas del valle de Laponis.

La visión a través de la mira telescópica era de color azul pálido. Los diferentes lados de la muralla se mostraban oscuros y fríos, pero las siluetas de las figuras que caminaban en aquel tramo de la muralla aparecían en un color blanco suave pero brillante. Un casco del tipo Mark V cruzó por delante de la retícula de la mira telescópica, pero no era un guerrero del Adeptus Astartes. Era un traidor. Era un guerrero que había traicionado todo aquello que Issam y los Ultramarines defendían. Se merecía morir.

—Disparad cuando yo lo haga. Acabad con todos.

Issam leyó en los sensores de la mira la velocidad del viento, la temperatura ambiente y la humedad relativa. Siguió el icono parpadeante que le indicaba hacia dónde tenía que disparar para compensar todas aquellas condiciones. Luego inspiró profundamente, exhaló con lentitud y curvó el dedo sobre el gatillo.

El objetivo se desvaneció de la vista antes de que tuviera tiempo de disparar, como si algo lo hubiera arrastrado al suelo. Un chorro de luz brillante cruzó el aire hacia arriba. Issam mantuvo el rifle apuntado en esa dirección unos cuantos segundos más antes de recorrer con la mira telescópica todo el lienzo de muralla que su escuadra había escogido como punto de entrada en Axum.

La muralla estaba vacía, sin señal alguna de los astartes enemigos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Daxian con un susurro mientras se metía de nuevo en el canal para sacar los magnoculares del cinto.

Issam no contestó y siguió estudiando con atención la muralla. Estaba vacía. No se veía señal alguna de los centinelas.

—Nosotros nos hemos adelantado —dijo una voz suave al lado del hombro de Issam, quien se sobresaltó. El rifle se le escapó de una mano mientras intentaba desenvainar el cuchillo de combate con la otra.

Una forma fluida se alzó de la oscuridad de un desagüe oculto por las sombras.

—El camino hasta Axum está despejado, sargento Issam —le dijo el capitán Aethon Shaan con un leve tono de diversión—. Se acercaron con un gran sigilo, pero esto es trabajo para la Guardia del Cuervo.

Issam se tragó su orgullo cuando se dio cuenta de que la habilidad de infiltración de Shaan le había hecho quedar como un recluta patoso. Asintió.

—Pues acabemos con esto.

Los exploradores ultramarines y los guerreros de la Guardia del Cuervo entraron en Axum sin dificultad alguna. Issam se sintió sorprendido de la eficacia con la que los astartes de Shaan habían acabado con sus objetivos. Acercarse a un blanco tan bien equipado como un marine espacial, aunque fuera un traidor, requería una capacidad impresionante de sigilo.

Se arrodilló al lado de uno de los cadáveres. Lo habían decapitado. Le habían cortado la cabeza a la altura del cuello con una hoja de energía. Estaba seguro de que los demás centinelas habían muerto mediante unos golpes letales similares. Infligir unas heridas tan terribles en una sincronización perfecta indicaba una habilidad increíble y una coordinación perfecta.

—Sus guerreros son muy buenos —le susurró Issam a Shaan cuando éste se puso de rodillas a su lado.

—Lo sé —contestó Shaan.

Issam examinó con atención al marine renegado. Iba protegido con una armadura de tipo Mark V que mostraba signos de un escaso mantenimiento, hasta el punto de que tenía reparadas las roturas de los cables con sellador líquido. Recorrió con la mirada el tipo de armadura y luego tiró de una de las hombreras para darle la vuelta. Se le torció el gesto en una mueca de asco, ya que tocarle el cuerpo al traidor le resultó extremadamente desagradable. Sin embargo, un buen explorador reunía toda información que podía. Después de todo, «conoce a tu enemigo» era una de las reglas principales de la guerra.

Las placas de ceramita estaban pintadas con grandes rayas de color naranja y negro, semejantes a las de un tigre. En la hombrera no se veía insignia alguna, tan sólo una repetición de aquel esquema a rayas.

—¿Reconoce esas marcas? —le preguntó Shaan.

—Creo que sí —contestó Issam mientras recordaba una de las escasas alertas sobre capítulos declarados «excomunicatus»—. Los Garras de Lorek.

—Están muy lejos del Torbellino.

—Sí que lo están —coincidió Issam.

Escondieron los cuerpos y bajaron en silencio de las murallas para adentrarse en las ruinas de la ciudad. A lo lejos se veían los destellos de varias luces, y el sonido de unos altavoces que blasfemaban alabanzas a unos dioses siniestros y sangrientos en mitad de la noche.

—Eso hace que nuestra misión sea más fácil —musitó Issam cuando Shaan apareció a su lado.

—Casi demasiado fácil —respondió el capitán de la Guardia del Cuervo, e Issam no tuvo muy claro si Shaan se sentía irritado o preocupado por aquella facilidad.

Antes de que Issam pudiera contestarle, Shaan se adentró en las sombras, y el explorador tuvo que echar mano de toda su pericia para seguirlo a través de las calles oscuras y sembradas de cadáveres de Axum. Los cuerpos de aquellos que habían muerto cuando la ciudad había caído en manos enemigas seguían allí donde habían sido asesinados, y el aire apestaba a podredumbre. Esos mismos cuerpos putrefactos estaban hinchados con gases nocivos y seguían descomponiéndose en aquel clima cálido, y las nubes de moscas carroñeras se hartaban con aquel botín humano.

—Por Guilliman, ¡los han dejado pudrirse a la intemperie! —exclamó Janek Lycean con un siseo.

—Silencio —le ordenó Issam con otro siseo al tiempo que captaba la mirada de desaprobación de Shaan—. Contrólate, Lycean.

A pesar de su reprimenda, Issam compartía la rabia del explorador, aunque mantenía esa furia bajo un control férreo. Para aquella misión era necesaria una objetividad casi mecánica, pero eso era pedir mucho cuando uno se veía frente a una ciudad de Ultramar llena de muertos.

Shaan cerró el puño y luego realizó una serie de movimientos cortantes y rápidos. Los diez guerreros de la Guardia del Cuervo se pusieron en marcha, y cada uno de ellos avanzó con unos pasos ágiles y unos movimientos que eran simplemente asombrosos de tan fluidos.

Recorrieron la ciudad manteniéndose en las sombras y esquivando cualquier señal de actividad con la que se encontraban. Los sensores orbitales habían detectado que el grueso de la fuerza enemiga se encontraba en el interior de las ruinas de la Torre Prosperina, y los guerreros imperiales rodearon a la mayor distancia posible la entrada principal de esa estructura mientras se dirigían hacia los generadores, que se encontraban detrás de ella.

Llegaron en menos de una hora a la zona exterior de la fortificación de aspecto repulsivo que habían construido alrededor de los generadores. Aquella construcción estaba bañada por la luz agresiva de una veintena de focos, y era una creación repelente levantada a base de bloques rectangulares rematados por grandes y afilados pinchos de metal ensangrentados. De cada uno de aquellos pinchos colgaba un cadáver, e Issam notó que empezaba a perder el control ante las vejaciones que se habían infligido en cada uno de los cuerpos.

En la púa más alta estaba el cadáver ultrajado de Rufus Quintus. Al veterano tullido le habían despojado de su armadura y lo habían crucificado sobre un par de vigas cruzadas. Tenía los brazos extendidos y clavados con unos roblones disparados con una pistola remachadora. Le faltaban las piernas, y el ángulo en el que tenía inclinado el cuello le indicó a Issam que el héroe de Ichar IV estaba muerto sin duda alguna.

Issam apartó la mirada de las horribles mutilaciones que había sufrido y se obligó a concentrarse en las defensas. Los sonidos de disparos, de gritos y de espadas sierra les llegaban desde la Torre Prosperina, aunque eran eclipsados en ocasiones por el bramido de la sirena de combate arrancada de un titán. Varios mortales con piezas de armaduras saqueadas y con máscaras atemorizantes estaban sentados en lo alto de aquellas murallas improvisadas, con los rifles echados al hombro en actitud despreocupada. Lo que llevaban puesto no se podía llamar «uniforme», aunque existía cierta cohesión en el hecho de que todos llevaran manchada de sangre la hombrera derecha.

—Ahí está —dijo Issam mientras se pegaba a un contrafuerte marcado con los surcos de unas garras—. Los generadores se encuentran ahí dentro. Si los eliminamos, las torretas defensivas no podrán funcionar.

—¿Cuánto tardarán los generadores de reserva en activarse? —le preguntó Shaan.

—No lo harán si ese artefacto del magos Locard funciona como debe.

—¿Y si no lo hace?

—Unos dos minutos.

—¿Será tiempo suficiente?

Issam sonrió.

—¿Para el capitán Ventris? Más que suficiente.

—¿El resto de las escuadras ya están en posición?

Issam bajó la lente de su visor y envió un rápido flujo de datos por una frecuencia preestablecida. En la lente aparecieron una serie de iconos parpadeantes. Cada uno de ellos representaba una de las cuatro escuadras de exploradores que se habían infiltrado por sectores distintos al suyo.

—En posición y preparadas para disparar —le confirmó.

—En ese caso, nos vemos en el interior —le dijo Shaan, e Issam captó el deleite en su voz.

El capitán de la Guardia del Cuervo se desvaneció entre las sombras, las pocas que existían bajo el brillo inmisericorde de los focos, e Issam centró en el punto de mira un soldado enemigo con la cara tapada por una máscara de hierro con la forma de un oso rugiente.

—A todas las unidades. Disparad cuando yo lo haga —ordenó.

Contó hasta noventa sin dejar de mantener su objetivo en el centro de la retícula mientras el soldado recorría de forma predecible su tramo de muralla. Al llegar a noventa, apretó el gatillo, y el soldado salió despedido hacia atrás cuando el disparo le atravesó una de las rendijas oculares de la máscara y reventó la parte posterior del casco en una explosión casi muda de sangre y hueso.

Otros cayeron al mismo tiempo que el blanco de Issam, y éste cambió con rapidez experta de objetivo para abatir a un segundo soldado. Unos cuantos rostros con máscara se asomaron para mirar al otro lado de la muralla, e Issam acabó con ellos también. Otros tres murieron bajo los disparos letales del sargento mientras se movían de un lado a otro llenos de confusión, pero el resto aprendió la lección con rapidez y mantuvo la cabeza agachada.

Issam vio cómo los guerreros de la Guardia del Cuervo trepaban con rapidez por los bloques de la muralla y saltaban por encima del borde superior. Una vez allí, mataron a todos los soldados que se ocultaban detrás con una eficiencia brutal compuesta por mandobles de espada y tajos de garras de energía.

—¡Adelante! —ordenó Issam, y echó a correr encorvado y con el rifle pegado al pecho.

Llegó a las murallas y se echó el rifle a la espalda para subir por los bloques desiguales con una facilidad fruto de la práctica. Tardó pocos segundos en llegar a la parte superior con el cuchillo de combate en la mano, pero ya no quedaba nadie a quien matar. Sus escuadras habían sido implacables con la precisión de sus disparos de francotirador, pero la Guardia del Cuervo había sido igualmente concienzuda en su combate cuerpo a cuerpo.

Los exploradores ultramarines estaban asaltando aquella fortaleza improvisada por todos lados y al llegar a la parte superior de las murallas empuñaban el rifle, preparados para acabar con cualquier resistencia que quedara, pero los últimos soldados enemigos ya estaban cayendo bajo las garras de la Guardia del Cuervo. Issam y los demás ultramarines bajaron con rapidez al espacio creado por aquellas murallas improvisadas y acabaron con todos los soldados heridos con los que se encontraron con rápidos tajos de los cuchillos de combate.

—Daxian —susurró Issam a la vez que le hacía un gesto a su segundo al mando para que se dirigiera hacia el edificio del generador principal—. Coloca las cargas y conecta la cápsula de disrupción en los cables del generador de reserva.

—A la orden, sargento —respondió Daxian, y echó a correr hacia el pórtico con columnas del edificio del generador.

El magos Locard le había entregado a los Ultramarines una cápsula de disrupción experimental. Se trataba de un artefacto que captaría cualquier clase de interrupción en el suministro de energía a las defensas aéreas. Si funcionaba tal y como proclamaba el magos, impediría que el generador de reserva se activase cuando se apagara el suministro de energía principal.

Issam desplegó las escuadras de exploradores en posiciones cubiertas a lo largo de las murallas mientras Daxian cumplía con su tarea. Los exploradores apuntaron hacia todos los vectores de aproximación en busca de alguna señal de que hubieran detectado aquel veloz asalto, aunque algo así sería bastante improbable, ya que tan sólo habían tardado veintiséis segundos desde el primer disparo en tomar la posición.

Algo no iba bien, pero Issam no era capaz de determinar qué le preocupaba, así que trepó de nuevo por la escabrosa inclinación que formaba la muralla de bloques y dirigió la mirada hacia la elegancia iluminada por llamas de la Torre Prosperina. El nombre se debía a una antigua diosa de la fertilidad, y aunque semejante denominación ya no era de buen gusto, se utilizaba desde los primeros días de Ultramar, y los Ultramarines respetaban enormemente las tradiciones, por lo que el nombre se había mantenido.

Uriel Dio estaba vigilando su zona de tiro al lado del soldado al que Issam había matado en la primera andanada de disparos, y le hizo un gesto de asentimiento al sargento cuando éste se agazapó a su lado. Issam le quitó la máscara destrozada al cadáver. La cara había desaparecido por completo al quedar absolutamente aplastada por la fuerza del disparo. No quedaba nada que indicara de dónde era o el aspecto que tenía. Iba vestido con un uniforme de combate y una chaqueta acolchada, donde se veían marcas de hilos que Issam supuso que pertenecerían a las insignias de rango y unidad que el individuo había arrancado. Era evidente que era un desertor de la Guardia Imperial, aunque a Issam no se le ocurrió cómo había acabado al servicio del Archienemigo.

Recorrió con la mirada aquella fortificación improvisada y vio más cadáveres. Se sintió sorprendido por la estupidez de aquellos defensores.

—Sargento —le llamó Uriel Dio.

—¿Qué ocurre, Dio?

—Esto no tiene sentido —le contestó el explorador al tiempo que le daba un par de golpes leves al cadáver con la punta de la bota.

—¿El qué? —quiso saber Issam, aunque se sentía satisfecho de que el joven explorador compartiese su presentimiento de que había algo raro.

—Esto —insistió Dio señalando con el pulgar los generadores de energía—. El enemigo sabe con seguridad que éste es el punto más vulnerable de sus defensas; así que, ¿por qué han desplegado unos simples mortales en estas murallas? ¿Por qué no hay astartes traidores cerca de los generadores?

Issam se reprendió a sí mismo por no haber sido capaz de imaginarlo, pero antes de que pudiera contestarle, una explosión controlada destruyó el generador de las armas de defensa aérea. El estampido de la detonación quedó ahogado por el rugido de las sirenas aullantes y de los disparos que procedían del interior de la Torre Prosperina. El edificio del generador quedó intacto, y la cápsula de disrupción del magos Locard funcionó a la perfección: le envió una señal al generador de energía que engañó a su cogitador y le hizo creer que el generador principal seguía funcionando.

Noventa segundos más tarde, empezó el asalto a gran escala de los Ultramarines.

La Thunderhawk de Uriel llegó rugiente desde el este y pasó por encima de las murallas con el estruendo de sus cohetes a toda potencia. Le siguieron otras dos que machacaron con sus cañones de batalla la Torre Prosperina y dejaron su parte superior reducida a unos escombros envueltos en llamas que no tardaron en provocar el derrumbamiento de toda la estructura sobre sí misma.

Segundos más tarde, la cañonera de vanguardia aterrizó en la amplia plaza que se extendía delante de la torre. La rampa de asalto se abrió con rapidez y los astartes Ultramarines se desplegaron nada más salir en una serie de movimientos coordinados a la perfección para tomar sus objetivos.

Uriel puso pie en la superficie de Tarentus con el bólter echado al hombro y dirigió a sus guerreros hacia el cráter lleno de fuego y humo que era todo lo que quedaba de la Torre Prosperina. Notaba una sensación de profunda inquietud que le invadía todo el cuerpo, y no se trataba de que acabase de destruir un edificio antiguo que se había alzado en un planeta de Ultramar desde hacía miles de años.

No. Había algo más que le preocupaba, pero no lograba dar con lo que era.

Sobre el visor del casco apareció un mapa táctico parpadeante que le indicó la localización de todas las unidades de su fuerza. Los exploradores de Issam aparecían en color verde sobre las murallas de aquella fortificación improvisada y que tenía todos los detalles de simplicidad brutal propios de los Guerreros de Hierro.

—Issam, informa.

—Hay astartes traidores en las murallas exteriores de Axum, pero aquí sólo hay mortales rebeldes. Todos están muertos, pero no dispongo de datos sobre las fuerzas enemigas en el interior de la torre.

—Recibido. Mantén la vigilancia.

—Confirmado, aunque sospecho que encontrará poca oposición enemiga.

—Espero que no sea así —gruñó Uriel—. El enemigo ha asesinado a ciudadanos de Ultramar y ha profanado un mundo de Roboute Guilliman. Quiero que sientan la inclemencia de nuestro castigo.

Las dos cañoneras que lo seguían aterrizaron provocando una tormenta de polvo y de humo de motores. Una nueva oleada de guerreros desembarcó de ellas, y Uriel vio a Pasanius y a Learchus a la cabeza de sus respectivas escuadras. Junto a los exploradores, aquella fuerza representaba el total de los efectivos de la Cuarta Compañía, y cuando el Anciano Peleus desplegó el estandarte de brillantes colores de la compañía, Uriel sintió de nuevo el orgullo de estar al mando de las mejores tropas de la galaxia.

No hizo falta dar órdenes. El asalto ya se había planificado siguiendo los dictados del Codex Astartes, y todos y cada uno de los guerreros Ultramarines conocían el lugar donde debían colocarse. Las escuadras de devastadores se pusieron a cubierto mientras las escuadras de asalto avanzaban al lado de las escuadras tácticas, listas para lanzarse a la carga blandiendo espadas sierra y pistolas en cuanto sus camaradas encontraran la primera resistencia.

De la torre no dejaba de caer una lluvia de escombros llameantes que formaba una avalancha de chispas y de humo cegador.

El deseo de Uriel de hacer sentir al enemigo todo el peso de su ira se vio cumplido.

Unos guerreros con unas armaduras de aspecto antiguo y manchadas con la sangre de decenas de miles de víctimas salieron trastabillando de los restos humeantes, blandiendo hachas en alto y lanzando repugnantes gritos de guerra por los altavoces del casco. Muchos estaban terriblemente heridos, con brazos amputados o con lesiones horribles que habrían hecho caer incluso al marine más resistente, pero Uriel se dio cuenta de que aquéllos no eran traidores normales.

Eran berserkers, carniceros dementes que luchaban sin reparar en el dolor y sin temor alguno a la muerte. En un combate, cualquier guerrero busca matar a su oponente sin sufrir heridas él mismo, pero al berserker no le interesaba en absoluto su supervivencia. A esos guerreros tan feroces lo único que les importaba era matar, y su propia vida era irrelevante.

Avanzaron como una masa de rostros aullantes, de cascos cornudos y de horrores cubiertos de cicatrices. Sus armas eran una mezcla odiosa de espadas, hachas, machetes serrados de tamaño monstruoso y ganchos de carne cubiertos de pinchos. A Uriel le dio tiempo de calcular que eran unos cien antes de que sonaran los primeros disparos.

Un guerrero con la cara cubierta de sangre seca cayó de costado cuando un disparo de francotirador le entró por una sien y le salió por el otro lado del cráneo. Otro se desplomó con la garganta destrozada, ya que los exploradores Ultramarines disparaban contra los huecos de las armaduras para eliminar a los guerreros enemigos.

Uriel disparó una ráfaga corta con el bólter y abatió a un guerrero de armadura roja que llevaba una calavera de sonrisa burlona acoplada a la placa pectoral. Las andanadas de fuego de bólter acribillaron las líneas de los berserkers lanzados a la carga, pero eso apenas frenó el avance de los demás. Pasanius lanzó un chorro de promethium ardiente contra ellos, pero ninguno de ellos cayó, y los berserkers envueltos en llamas cargaron contra los Ultramarines con mayor ferocidad todavía. Los guerreros corrieron con los brazos amputados o colgando simplemente de trozos de carne y de tendones sanguinolentos. Uno de los berserkers recorrió diez metros con la mitad de la cabeza reventada antes de desplomarse por fin, cuando su vitalidad impulsada por la rabia se agotó.

Uriel disparó una última ráfaga antes de enfundar el bólter. Luego desenvainó la espada de pomo dorado de Idaeus y empuñó la pistola bólter. La hoja se activó y su filo resplandeció con una luz mortífera.

—¡A ellos! —gritó cuando la línea azul y la carmesí chocaron con un estruendo atronador de armaduras.

La ferocidad aullante se enfrentó a la precisión mecánica cuando la formación perfecta de los Ultramarines se estrelló contra la carga de los berserkers. Las hachas se alzaron y cayeron, las pistolas rugieron y las espadas sierra atravesaron las armaduras envueltas en una lluvia de chispas igual que los discos abrasivos del taller de un armero.

Uriel desconectó la imagen del despliegue táctico, ya que los iconos que representaban a sus tropas y a las del enemigo se habían entremezclado hasta ser irreconocibles. En cuanto lo hizo, vio que el destello de un hacha se dirigía directamente hacia su cabeza. Se agachó para esquivarla y le propinó una estocada en el costado que quedó al descubierto de su enemigo, un guerrero con placas de armadura cubiertas de cráneos estampados y un casco demoníaco. Uriel sintió cómo la hoja de la espada atravesaba limpiamente la armadura, la carne y el hueso, y luego la sacó hacia un lado, lo que casi partió por dos a su oponente.

Otro se abalanzó contra él blandiendo un enorme gancho de hierro contra su cuello, y Uriel consiguió desviar el golpe, pero su oponente se estrelló contra él y logró clavarle el gancho por debajo de la hombrera. Ambos giraron sobre sí mismos, unidos como bailarines, y el berserker golpeó una y otra vez el costado de Uriel con un guantelete cubierto de pinchos. Los golpes, impulsados por una fuerza y un odio tremendos, acabaron agrietando la placa de la armadura, y Uriel sintió un dolor lacerante en las costillas.

Rodeó el brazo de su oponente con el codo y giró con más velocidad, aprovechando el impulso del berserker para lanzarlo al suelo. El guerrero enemigo, rápido como una bestia salvaje, se puso casi de inmediato en pie, pero antes de que pudiera lanzarse al ataque de nuevo, una figura negra pasó corriendo a su lado, y un guerrero armado con dos garras relámpago despedazó a aquel asesino enloquecido con una lluvia de tajos.

Aethon Shaan y su escuadra de la Guardia del Cuervo atravesaron la maraña de combatientes con movimientos ágiles y aparentemente despreocupados, como si los berserkers se estuvieran moviendo a paso lento. Esquivaron golpes mortíferos, y decapitaron cabezas y amputaron extremidades con barridos elegantes de sus garras y espadas, hasta el punto de convertir la furia de sus oponentes en una rabia ciega y torpe.

El modo de combatir de los Ultramarines era profesional, disciplinado e inmisericorde, pero la Guardia del Cuervo luchaba con una agilidad que no se parecía a nada que Uriel hubiera visto antes. El capitán Shaan se movía como si lo guiaran unos sentidos sobrenaturales. Abatía a sus enemigos sin esfuerzo aparente y esquivaba los ataques antes incluso de que se iniciaran.

Un guerrero aullante que empuñaba un hacha se lanzó contra Uriel, quien perdió de vista al capitán de la Guardia del Cuervo. Uriel rodó sobre sí mismo para esquivar el ataque y luego blandió la espada en un mandoble de abajo a arriba que abrió al berserker de la entrepierna al esternón. Se puso en pie y captó la situación del combate de un solo vistazo.

Las fuerzas del Archienemigo se encontraban en una tremenda inferioridad numérica, pero seguían luchando con la furia asesina de unos guerreros a los que sólo les importaba la muerte, ya fuera la suya o la de sus enemigos. Learchus y Pasanius luchaban con una agresividad controlada y atraían a los berserkers para que formaran bolsas de resistencia aisladas que luego eran más fáciles de eliminar. Era imposible que los berserkers venciesen, pero eso a ellos les traía sin cuidado. Lo único que les importaba a aquellos asesinos enloquecidos era que se derramara sangre, y Uriel no fue capaz de imaginarse cómo era posible que un guerrero tan noble como un marine espacial cayera en un pozo tan profundo y degradante.

Uriel mató a otro berserker y le propinó una patada para sacar mejor la espada. En ese mismo instante sintió una tremenda sensación de peligro. Se giró en redondo con la espada en alto, preparado para atacar. No vio a ningún berserker cerca de él, pero la sensación de una amenaza inminente no desapareció. Miró a izquierda y derecha, pero no encontró nada que justificase aquella sensación de temor.

De repente, vio dos puntos de luz gemelos reflejados en la hoja de la espada y levantó la mirada a tiempo de ver dos resplandores en el cielo, como si unos ojos malévolos lo estuvieran observando desde allí arriba.

Se movían con rapidez y eran más brillantes que las estrellas que precedían al amanecer. La imagen le recordó a Uriel el recuerdo compartido que había vivido antes de llegar al Templo de la Corrección. Sin saber realmente cómo, se sintió convencido de que aquellas luces eran portadoras de la muerte.

Uriel activó el mapa de despliegue táctico y abrió un canal de comunicación con todos los guerreros que se encontraban bajo su mando.

—¡A todas las fuerzas imperiales, retirada de emergencia! —gritó, sorprendido a su pesar de estar impartiendo aquella orden cuando la victoria estaba al alcance de la mano—. ¡Prefijo de mando omicrón!

Era una orden fácil de dar, pero muy difícil de cumplir. Destrabarse de un combate cuerpo a cuerpo era una maniobra tremendamente peligrosa, pero si uno se enfrentaba a un enemigo como aquél, era prácticamente imposible. Los Ultramarines retrocedieron formando grupos disciplinados: una escuadra de combate se apartaba del combate cuerpo a cuerpo y corría a ponerse a cubierto mientras otra seguía luchando y mantenía al enemigo ocupado.

Los precisos disparos de francotirador de los exploradores de Issam proporcionaron los huecos necesarios para efectuar la retirada. Así, mientras las escuadras de asalto retrocedían, las de devastadores acribillaban a los enemigos con proyectiles de gran calibre o con misiles que estallaban en mitad de ellos. Uriel corrió al trote al lado de sus guerreros en una maniobra de manual que parecía un simple entrenamiento por la eficacia con la que se realizó.

Pasanius corrió para situarse a su lado. La bocacha de su lanzallamas estaba teñida de un marrón cobrizo por los numerosos chorros de promethium que había disparado.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué nos retiramos? ¡Ya los tenemos!

—Tenemos que marcharnos. ¡Aquí hay algo que va muy mal! —le replicó Uriel.

Pasanius se dispuso a preguntar de nuevo, pero Uriel levantó una mano para interrumpirle cuando oyó una voz que lo llamaba con desesperación. Una descarga de ruido estático acabó por convertirse en la voz de Lazlo Tiberius. El almirante estaba a bordo del crucero de ataque Vae Victus, la vieja nave de combate de la flota de los Ultramarines que se había encargado de transportar a la Cuarta Compañía desde hacía décadas.

—Aquí el capitán Ventris —dijo en un momento de relativa calma—. Repitan la última transmisión.

—¡Uriel, gracias al Emperador! —exclamó Tiberius—. Sal de ahí. Ya. Retrocede hasta las cañoneras y aléjate todo lo que puedas de Axum.

—Ya he dado la orden. Estaremos en el aire dentro de pocos momentos.

—¿Cómo lo ha sabido? ¡Nosotros acabamos de detectarlos!

—¿Detectar qué?

—Una batería orbital de torpedos ha lanzado dos cabezas de combate contra la superficie. El espacio está cargado de radiación electromagnética, y no los vimos por culpa de la nube de escombros que hay aquí arriba.

—¿Y la trayectoria? —preguntó Uriel, aunque ya sabía la respuesta.

—El objetivo es Axum. Tienes un minuto como mucho.

—Recibido. Corto y fuera.

Las Thunderhawks ya estaban acelerando los motores, y Uriel alzó la mirada hacia los dos puntos de luz que aumentaban de brillo a cada segundo que pasaba.

Las ráfagas disciplinadas de bólter acribillaron las últimas líneas de berserkers mientras los Ultramarines retrocedían por escuadras hacia las cañoneras. La aeronave de Learchus alzó el vuelo en cuanto el último guerrero subió a bordo, y Pasanius lo siguió de cerca. Ambas cañoneras iban sobrecargadas de personal, ya que los exploradores de Issam se habían desplegado utilizando Land Speeders, pero no tenían posibilidad alguna de alcanzar sus aerodeslizadores a tiempo.

Aunque iba contra la doctrina del Codex Astartes abandonar un equipo tan valioso, no tenían otra elección. En la superficie de Tarentus sólo quedaba la cañonera de Uriel, pero era la que más cargada estaba, ya que a la escuadra de Issam se unía la de Aethon Shaan, y tuvieron que esforzarse por caber todos.

Uriel efectuó disparos individuales desde la rampa de asalto de la Thunderhawk mientras Issam y Shaan disparaban con el bólter apoyado en la cadera mientras se retiraban. Los berserkers eran una masa aullante de asesinos enloquecidos por el ansia de matar y su absoluto desprecio por la propia muerte. Las armas de la Thunderhawk se unieron al estruendo acribillando a los berserkers que corrían en un último intento fútil de conseguir más víctimas con las que derramar sangre.

—¡Rampa arriba! —gritó Uriel un momento antes de pulsar el botón del mecanismo de cierre cuando el resto de la Guardia del Cuervo y de los exploradores subían a bordo corriendo.

En tierra sólo quedaba Issam, que abatía a los berserkers uno por uno con disparos certeros de la pistola bólter.

—¡Sube! —le ordenó Uriel.

El percutor de la pistola de Issam golpeó en una recámara vacía y de inmediato se lanzó al interior de la cañonera de un salto. Un instante después, un berserker aullante con una daga serrada saltó a su vez sobre su espalda y le clavó la hoja en el hombro al sargento explorador. Issam gritó, y tiraron de él para meterlo a bordo.

La rampa de asalto se cerró del todo y Uriel oyó los golpes furiosos que los berserkers empezaron a propinarle a la aeronave en su intento de entrar. Pulsó el intercomunicador que le ponía en contacto directo con el piloto.

—¡Vámonos! —gritó.

La cañonera dio un bandazo y el guerrero enemigo salió despedido de la espalda de Issam. Rodó para ponerse en pie, lo que dejó a la vista su rostro, una máscara de salvajismo demente tan cubierta de cicatrices autoinflingidas que apenas quedaba rastro alguno de humanidad en ella. El berserker escupió un chorro de sangre y alzó el cuchillo igualmente ensangrentado dispuesto a seguir matando enemigos.

Uriel le apuntó con el bólter, pero antes de que pudiera disparar, un guerrero de armadura negra se interpuso, y un chorro de sangre caliente manchó las paredes del interior de la cañonera como si se hubiera roto uno de los conductos hidráulicos.

El berserker se desplomó de rodillas. Allí donde debía estar su cabeza sólo quedaba un muñón que lanzaba sangre a chorro sobre el suelo corrugado de la nave.

Aethon Shaan se giró y quedó en posición de combate, pero ya no había que luchar más.

—Eso ha sido muy rápido —comentó Uriel.

—No lo bastante —contestó Shaan mientras ayudaba a Issam a ponerse en pie.

El sargento explorador torció la boca en un gesto de dolor. Su hombro era una masa de sangre reluciente y de trozos de armadura rota.

—¿Cómo tienes el hombro? —quiso saber Uriel.

—Me duele, pero viviré. El cabrón era rápido —contestó Issam.

—No lo bastante —repitió Uriel al tiempo que miraba a Shaan, que ya volvía con sus guerreros.

Segundos más tarde, Uriel contempló desde la cabina del piloto cómo las cabezas de combate impactaban en el centro de Axum. Habían oscurecido la cubierta de la cabina, y una luz cegadora destelló un momento antes de que se produjera una segunda detonación. Para cuando la cubierta recuperó la transparencia total, dos columnas de humo en forma de champiñón se alzaban hacia el cielo como la imagen de un final terrible.

Axum había desaparecido. Una ciudad que era un ejemplo magnífico de todo lo bueno y noble de Ultramar había quedado reducida a cenizas en un microsegundo. Cualquier rastro de la batalla que acababan de librar allí fue arrasado por unas cabezas de combate diseñadas para destruir naves estelares. La rugiente onda de choque sacudió con fuerza la cañonera, pero el piloto aceleró y las vibraciones fueron cesando poco a poco.

Si no hubiera sido por la afortunada premonición de Uriel, éste y la Cuarta Compañía habrían dejado de existir.

—Era una trampa —le dijo Aethon Shaan poniéndose a su lado.

—Sí. Sabían que vendríamos con una fuerza numerosa.

—Utilizaron como cebo a sus propios guerreros. A aquellos que no les importaría quedarse allí para morir.

—Suena como si eso le pareciese algo admirable.

—No, pero indica una falta de conciencia muy singular por parte de su jefe. Conocerlo es conocer sus debilidades, pero un guerrero como ése será un oponente muy peligroso.

—No tiene ni idea de cuánto.

—Ese tal Honsou debe odiarle mucho.

Uriel contempló los restos llameantes de Axum y cerró los puños.

—No tanto como yo.