
El comandante imperial de Pavonis y gobernador del sistema, Koudelkar Shonai, no era un individuo que impresionara a primera vista debido a su cuerpo fofo, su escasa barbilla y calvicie incipiente. Aunque sin duda no era un guerrero, como había confirmado Lortuen Perjed a lo largo del año anterior, esa apariencia era engañosa, ya que poseía una mente con una inteligencia privilegiada, y un corazón duro como la piedra escondido tras su aspecto poco imponente.
Era el segundo de dos hijos, y al principio había sido su hermano, Dumak, el favorito para suceder a Mykola Shonai en el cargo de gobernador de Pavonis. Sin embargo, Dumak había muerto por el disparo de un asesino en una de las numerosas revueltas de trabajadores que se produjeron en los días anteriores al intento de golpe de Estado de Virgil de Valtos. Tras la derrota de la rebelión, mientras el periodo de gobierno de Mykola se agotaba, Lortuen se había apresurado a preparar a Koudelkar para que ocupara el puesto de su tía.
No era una situación ideal ni de lejos, pero Lortuen era el adepto de mayor rango en Pavonis, y lo había hecho lo mejor posible con lo que había quedado. La mayoría de los cárteles estaban contaminados por sus relaciones con los traidores, y sus superiores sólo habían aceptado a los descendientes de la familia Shonai como candidatos para el puesto de comandante imperial después de que prevaleciera su recomendación de no designar a un foráneo para el puesto.
Era una recomendación de la que se había arrepentido muchas veces, pero a su antiguo señor le gustaba decir que el arrepentimiento es como una losa: sólo se convierte en una carga si te mantienes aferrado a ella. Ario Barzano, inquisidor de la Ordo Xenos, siempre tenía un aforismo a mano. Había muerto a manos de un maligno guerrero eldar bajo las montañas septentrionales, lo que había privado a Lortuen de un señor meticuloso y de un amigo de confianza.
Desde entonces, se había visto embarcado en la tarea ingrata de contener la política seguida por el joven gobernador Shonai, para quien la idea de realizar una reconstrucción cuidadosa pasaba por buscar y establecer de forma agresiva lazos comerciales con compañías y casas mercantiles extraplanetarias. Debido a la poca infraestructura que quedaba en pie, la economía del planeta era frágil, por decirlo de menera benevolente, pero Koudelkar no era un individuo que tendiera a la vacilación, por lo que el palacio recién reconstruido estaba siempre abarrotado de delegaciones de sistemas planetarios vecinos que buscaban derechos exclusivos de comercio con Pavonis.
Aquello provocaba un ambiente cosmopolita y algo embriagador. Y, sin duda, había llevado beneficios a Pavonis. Nada de eso sería un problema si Lortuen no tuviera la tarea de mantener un registro de todas las idas y venidas del joven gobernador. Lo habían nombrado observador permanente del Administratum en Pavonis, y Lortuen había descubierto que ese cargo era casi tan agotador como el de viajar por las estrellas al servicio de un inquisidor imperial.
Lortuen Perjed ya no era joven. Su cuerpo había envejecido más allá del punto en que los tratamientos rejuvenecedores podrían haberle servido de algo. Su mente seguía siendo tan aguda como siempre, pero tenía la piel arrugada llena de manchas hepáticas, e incluso un simple paseo apoyándose en el bastón de empuñadura de marfil lo dejaba agotado. Si de verdad hubiera justicia, habría pasado los últimos días de su vida encerrado en alguna biblioteca lejana sin nada más que hacer para pasar el tiempo que todo un ala de libros polvorientos y la posibilidad de una meditación tranquila.
Lortuen cerró los ojos y sonrió ante la idea, pero el sonido de unas voces airadas lo hizo volver, sobresaltado, a la realidad. Abrió los ojos y paseó la mirada por la enorme sala de reuniones del gobernador.
Dejó escapar un suspiro al darse cuenta de que su sueño de un retiro tranquilo era una probabilidad cada vez más remota.
La Cámara del Senado del Comercio Justo era el corazón tradicional del gobierno de Pavonis, pero al desaparecer el poder de los cárteles, había caído en desuso. Para sustituirla, y en vez de una cámara de debate formal, Koudelkar Shonai había ordenado construir un largo atrio de paneles de cristal situado en el centro del palacio imperial desde el que podía llevar a cabo sus tareas gubernativas.
Aunque estaba abierta al cielo gracias a unas persianas de lamas situadas en el techo curvado, unas pantallas de vacío montadas en los mástiles la protegían de cualquier ataque, y los amortiguadores de voz instalados en las paredes impedían cualquier filtración o escucha interesada. Dos skitarii modificados genéticamente y provistos de placas pectorales de aspecto arcaico, de las que colgaban fetiches y que estaban cubiertas de juramentos binarios tallados, proporcionaban la protección más inmediata del gobernador.
Los skitarii eran un regalo del alto magos Roxza Vaal, el adepto del Mechanicum de mayor rango en el Cinturón Diacriano, en recompensa por la rápida recuperación de las importaciones mecánicas por parte del cinturón de refinerías del sureste.
Sus cuerpos hinchados y biomecánicos, y las armas que tenían implantadas, eran capaces de generar una violencia tremenda, y recordaban los tiempos bárbaros de los combates de gladiadores. Lo cierto era que atemorizaban a Lortuen más que los propios marines espaciales. Con los guerreros del Adeptus Astartes uno sabía a qué atenerse, pero aquellas monstruosidades cibernéticas tenían sus propias reglas. Ambos estaban cubiertos de cicatrices y de tatuajes, y más parecían pandilleros de las profundidades de una ciudad colmena que guardias apropiados para un gobernador planetario.
Varios sirvientes con librea, ya que Koudelkar no estaba dispuesto a aceptar algo tan prosaico como unos servidores mecánicos cuando había tantos desempleados, aguardaban con jarras de plata llenas de vino y con la cabeza inclinada ante las puertas de espejo, listos para responder a las órdenes de sus señores.
La reunión, solicitada por lord Winterbourne, del 44.º Lavrentiano, empezó mal, ya que el clericus fabricae Gaetan Baltazar se saltó el orden del día al exigir de inmediato que se arrestara al prelado Culla, o que, como mínimo, se impidiera que fuera propagando su retórica incendiaria por las calles de Puerta Brandon. Baltazar, que era el máximo representante del Adeptus Ministorum en Pavonis, se oponía a la agitación de las masas en un momento como aquél, cuando la unidad y la reconstrucción eran los asuntos más importantes.
Lord Winterbourne respondió con un comentario cáustico sobre la naturaleza apocada de los predicadores dentro de las murallas del Templum Fabricae, quienes parecían más inclinados a enseñar una doctrina de introspección y trabajo discreto que la persecución de los enemigos del Emperador.
Lortuen estaba sentado a la derecha del gobernador Koudelkar, que parecía satisfecho con dejar que aquellos dos individuos desahogaran sus frustraciones. El coronel lavrentiano y el clericus fabricae intercambiaron una serie de palabras e imprecaciones airadas, pero Lortuen no permitió que todo aquello lo afectara y accedió a sus bobinas de memoria implantadas para consultar los datos que le habían administrado los diversos sabios especialistas que trabajaban para el gobernador.
Los oficiales superiores de la Guardia Imperial estaban sentados a la izquierda del gobernador. Llevaban puestos los uniformes de gala, con los cascos relucientes rematados con plumas y las espaldas cubiertas por capas de color escarlata. Lord Winterbourne tenía el aspecto delgado y curtido de un oficial acostumbrado a participar en combate. La mayor Ornella se dedicaba a transcribir de modo fiel las palabras enfurecidas que intercambiaban el coronel y el sacerdote del Ministorum.
Al otro lado de la mesa, enfrente de Winterbourne y a la derecha de Lortuen, se encontraba el coronel Loic, el comandante de la Fuerza de Defensa Planetaria en Puerta Brandon, quien, por respeto a su comandante en jefe, había acudido desarmado a la reunión. Loic observaba la discusión con un estoicismo sombrío, y Lortuen se dio cuenta de que a pesar de ser fruto de un nombramiento puramente político, Adren Loic era un soldado fiable, aunque carente de imaginación. Recordó que precisamente por eso se lo eligió para el cargo que desempeñaba.
Gaetan Baltazar, vestido con una túnica de color ocre, estaba sentado al lado de Loic. El sacerdote mostraba un aspecto magnífico con su manto y la mitra alta y dorada. Baltazar no dejaba de hacer pasar entre sus dedos las cuentas de un rosario mientras discutía con Winterbourne.
Quien estaba al lado del sacerdote del Ministorum era Jenna Sharben, al mando de los agentes destinados a Puerta Brandon. Estaba sentada con las manos entrecruzadas sobre la mesa. A Lortuen le gustaba Sharben. Había actuado como guía de Ario cuando el inquisidor estaba investigando los cárteles de Pavonis, y había demostrado ser una persona decidida y llena de recursos. Una de las órdenes que Lortuen había dado era que Sharben se encargara del reclutamiento y la formación de una estructura organizada de agentes. Por las bolsas que se le veían debajo de los ojos se dio cuenta del tremendo agotamiento que le estaba causando esa tarea.
A pesar de lo importantes y lo impresionantes que eran todas aquellas personas, no eran nada comparadas con la presencia dominante de los tres marines espaciales, que estaban sentados a un extremo de la mesa. El capitán Uriel Ventris, un sargento llamado Learchus y un guerrero de aspecto brutal con la armadura de color negro llenaban la estancia con su aspecto imponente. El casco del tercer guerrero estaba forjado con la forma de una calavera, y su lenguaje corporal belicoso indicaba muy a las claras la impaciencia que sentía y el deseo de encontrarse en otro lugar.
Lortuen ya conocía de antes a Uriel y a Learchus, pero al otro guerrero jamás lo había visto. Se había sentido encantado de ver de nuevo al capitán Uriel, pero también sorprendido por el cambio que se observaba en él.
A lo largo del tiempo de servicio junto al inquisidor Barzano, habían luchado en varias ocasiones al lado de numerosos marines espaciales, muchos de los cuales se habían convertido en unos fieles aliados con los años. Un detalle que a Lortuen siempre lo había asombrado era la aparente inmutabilidad en el aspecto físico de los marines espaciales. Aunque pasaran decenios entre sus diferentes encuentros, la superioridad genética de los guerreros del Adeptus Astartes los convertía en seres prácticamente inmortales a la percepción de la mayoría de los humanos. No ocurría eso con Uriel Ventris, quien mostraba en sus ojos una sabiduría ganada con esfuerzo que hablaba de los horrores que había sufrido y las lecciones que había aprendido derramando su propia sangre.
Lortuen conocía esa mirada. La había visto en los ojos de su señor meses antes de su muerte.
Finalmente, la discusión entre Winterbourne y Baltazar se acabó cuando Koudelkar dio una fuerte palmada en la mesa.
—¡Ya basta! Esta cháchara me molesta sobremanera. Tengo mejores cosas que hacer que escuchar cómo discuten.
Dio la impresión de que Gaetan Baltazar estaba dispuesto a contestar al exabrupto del gobernador con otro propio, pero tuvo la inteligencia de saber contenerse y se limitó a asentir con la cabeza. Lord Winterbourne, mostrando de manera evidente que no estaba acostumbrado a que nadie se interpusiera entre él y una buena discusión, se mordió el labio y entrecruzó las manos sobre la mesa.
—Gracias —dijo Koudelkar con un tono de voz más suave y tranquilizador—. Somos personas razonables, ¿no? Estoy seguro de que son capaces de resolver este asunto entre ustedes. Al fin y al cabo, lo que todos queremos es un mundo estable y seguro donde el comercio pueda florecer y las enseñanzas del credo imperial lleguen a todos los oídos.
—Por supuesto —admitió Baltazar—, pero es que este Culla sólo predica el odio. Se olvida de la guía y de la protección que representa el Emperador. Aviva las llamas del miedo, y eso no conduce a la estabilidad que ansiáis, mi señor.
—Culla es un luchador, y uno muy bueno —apuntó Winterbourne—. Lo he visto enfrentarse cara a cara a los pielesverdes, vencerlos y acabar cubierto de sangre de los pies a la cabeza para volver a lanzarse al combate. Estamos en la Franja Este, Baltazar, y por si no se ha dado cuenta, estamos muy lejos de Terra. La única protección en la que podemos confiar es en la de nuestros rifles, nuestros tanques y nuestras espadas.
—¡Herejía! —exclamó Baltazar—. ¡El Emperador protege! ¡Un soldado como usted debería saberlo!
—Oh, tranquilícese, buen hombre —le respondió Winterbourne—. Por supuesto que el Emperador protege, pero no espero que él me haga todo el trabajo. Lo que necesita es un buen...
—¡Silencio! —gritó el marine espacial de armadura negra. Su voz era profunda y autoritaria, una voz acostumbrada a dar órdenes y a que se le obedeciera sin titubeos—. ¿Es que no habéis oído a vuestro comandante? Deberíais estar avergonzados por andar discutiendo detalles sin importancia sobre jurisdicciones cuando se os ha reunido para analizar una amenaza letal que pende sobre vuestro planeta. ¿Capitán Ventris?
Los allí reunidos quedaron acobardados de repente. El arrebato iracundo del guerrero de negro los silenció a todos de inmediato. Uriel hizo un gesto de asentimiento para darle las gracias y se puso en pie, lo que lo hizo alzarse muy por encima de los oficiales, e incluso de los dos skitarii. El capitán cruzó los brazos sobre el pecho.
—El capellán Clausel ha hablado con cierta brusquedad, pero tenía razón al hacerlo.
—¿Una amenaza letal? —repitió Koudelkar. Se inclinó hacia adelante y posó las dos manos sobre la mesa—. ¿A qué se refiere su camarada?
—Existe una presencia alienígena en Pavonis, gobernador Koudelkar —lo informó Uriel—. Sus oficiales superiores se dedican a discutir y a pelearse mientras un enemigo traza rutas de invasión a través de estas tierras.
Lortuen abrió los ojos de par en par al oír lo que decía Uriel, asombrado de que una amenaza semejante hubiese salido a la luz tan tarde.
—¿Estáis seguros? No hemos detectado nada que nos haga sospechar algo parecido —le dijo.
—Adepto Perjed. —Uriel lo saludó con un gesto de asentimiento en señal de respeto, y Lortuen era un orador lo bastante experimentado como para darse cuenta de que Uriel se había callado un momento para exponer con claridad unos hechos poco seguros—. Hace poco emboscamos a una unidad de reconocimiento avanzado de rastreadores tau en las colinas Owsen. Estoy convencido de que esos alienígenas estaban explorando posibles rutas de acercamiento a Puerta Brandon, posiblemente para que las utilizara una unidad de mayor tamaño.
—Que los santos nos ayuden —musitó Gaetan Baltazar antes de volverse hacia el gobernador—. ¡Debemos movilizar a todas las unidades de reserva de la FDP y desplegar de inmediato al 44.º Lavrentiano!
Koudelkar alzó una mano y respiró profundamente antes de contestar al angustiado clericus fabricae.
—Cálmate, Baltazar. Un despliegue completo de todas nuestras fuerzas serviría de poco aparte de provocar el pánico.
—Si nos están atacando, deberíamos...
—¿Te parece que estemos bajo un ataque? —lo cortó Koudelkar mientras repiqueteaba los dedos contra la superficie pulida de la mesa—. Si lo que dice el capitán Ventris es cierto, y no son más que exploradores, entonces todavía disponemos de cierto tiempo para elaborar una respuesta adecuada.
—Una respuesta adecuada sería autorizar el despliegue del 44.º y elevar el nivel de alerta —declaró Winterbourne—. Luego habría que activar las defensas secundarias y terciarias.
Koudelkar hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—Lord Winterbourne, nos encontramos en un momento delicado para Pavonis. No espero que un hombre de armas como usted comprenda todas las sutilezas del gobierno planetario, pero me encuentro inmerso en unas negociaciones muy complejas con numerosas compañías comerciales del subsector muy poderosas, con vistas a asegurar la prosperidad futura de nuestro mundo. Esas negociaciones se verían puestas en peligro, si no rotas definitivamente, si de repente convertimos nuestro planeta en un campamento militar basándonos tan sólo en un enfrentamiento con unos alienígenas a los que se puede vencer con facilidad.
Lord Winterbourne se enfureció con las palabras de Koudelkar, y su cuerpo delgado se estremeció por la rabia que sentía.
Uriel fue consciente de aquella ira y se apresuró a intervenir.
—Gobernador Koudelkar, sería un error subestimar a los tau. Poseen una tecnología muy avanzada y sus guerreros son enemigos avezados.
—Eso he oído decir, pero me he dado cuenta de que ha elegido palabras que sugieren que no está completamente seguro de sus conclusiones, capitán Ventris. Aparte de la presencia de esa unidad de alienígenas, ¿qué pruebas posee que confirmen sus sospechas?
—No tengo nada concreto, pero hemos encontrado rastreadores; seguro que aparecerán más.
—Pero no ha visto señal alguna de más alienígenas.
—Es cierto —admitió Uriel.
—¿Lord Winterbourne? ¿Coronel Loic? ¿Han encontrado sus fuerzas alguna señal de esos alienígenas? —inquirió Lortuen.
—No. Mis patrullas de largo alcance no han visto rastro alguno de ellos —respondió con rapidez Loic.
—Tampoco las mías —añadió Winterbourne, quien había conseguido dominar su ira—. Sin embargo, señor gobernador, me muestro inclinado a estar de acuerdo con el capitán Ventris. Su capítulo tiene experiencia en combate contra los tau, y si él cree que hay fuerzas alienígenas en Pavonis, creo que deberíamos prepararnos para el combate.
—Si esa amenaza se hace creíble, actuaremos de inmediato, se lo aseguro —le respondió Koudelkar.
—¿Qué hará falta para que sea creíble? —exigió saber el capellán Clausel, y hasta Koudelkar se encogió ante su tono de voz agresivo—. ¿El filo de una espada de honor tau cuando le rebane la garganta? ¿Una bandera enemiga plantada sobre el palacio?
El gobernador recuperó la compostura, se sobrepuso a la furia del capellán y enderezó los hombros.
—¿Me equivoco al pensar que mataron a todos los taus que se encontraron?
—Sí, hubo una superviviente —lo informó Uriel—. La transferimos a la custodia de los agentes de la juez Sharben en la penitenciaría de Puerta Brandon.
Koudelkar se volvió hacia Jenna Sharben.
—¿Y esa prisionera nos ha proporcionado alguna información de utilidad, o la localización de otros de su especie?
Sharben hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No, mi señor. El servidor xenoléxico nos ha permitido comunicarnos con la alienígena, pero hasta el momento se ha negado a decirnos otra cosa que no sea su nombre, su rango y su unidad.
—Entonces tendrá que ser más enérgica en el interrogatorio, juez Sharben —le ordenó Koudelkar mirándola fijamente y con expresión dura—. Descubra todo lo que sabe, y hágalo con rapidez. ¿Me he explicado bien?
—Sí, mi señor —respondió Sharben con un brusco gesto de asentimiento.
—¿Va a movilizar a las fuerzas armadas? —insistió Adren Loic—. Dadas las restricciones del Administratum bajo las que nos encontramos, cualquier orden para iniciar los alistamientos precisos debe proceder del comandante imperial y ha de ser ratificada por el Administratum.
Aquel último comentario cargado de rabia iba dirigido directamente a Lortuen, pero éste se limitó a sonreír con gesto benevolente.
—Coronel Loic, por lo que dice está ansioso por entrar en combate —le respondió—. Supongo que recuerda que esas restricciones se establecieron para estar seguros de que no se iba a repetir un incidente como el de De Valtos.
—De Valtos era un demente —le espetó Loic—. Esto es algo completamente distinto.
—Quizá, pero sólo ratificaré cualquier orden de despliegue si se descubren nuevos indicios de la presencia alienígena, o si la juez Sharben nos asegura que la prisionera tau le ha proporcionado información realmente útil. El gobernador Koudelkar actúa de un modo correcto al no querer poner en riesgo la recuperación y la prosperidad futura del planeta basándose tan sólo en una sospecha que carece del apoyo de ninguna prueba.
Uriel se inclinó sobre la mesa y apoyó las manos. Tenía el entrecejo fruncido por lo que sin duda consideraba la traición de un antiguo aliado.
—Mis guerreros no se encuentran sujetos a la autoridad del Administratum, adepto Perjed. Así pues, gobernador Koudelkar, le informo respetuosamente de que los Ultramarines van a ponerse en pie de guerra. Sugiero a las fuerzas armadas de Pavonis a que hagan lo mismo antes de que sea demasiado tarde.
—Tomo nota —le respondió Koudelkar mientras se ponía en pie para dar por terminada la audiencia—. Nos reuniremos de nuevo dentro de una semana para discutir cualquier posible cambio en la situación, pero hasta entonces no habrá operaciones militares más allá de los despliegues actuales.
Koudelkar se dirigió a la puerta de la cámara escoltado por los enormes skitarii. Se volvió hacia los presentes cuando la puerta se abrió.
—Y ahora, si me disculpan, llego tarde a una cita con mi tía, y aquellos de ustedes que la conocen saben muy bien que Mykola Shonai no es una mujer a la que le guste esperar.
Uriel estaba sentado en un banco de mármol de los jardines del palacio imperial. Tenía la superficie desgastada y llena de pequeñas marcas. Recordó la última vez que se había sentado allí. No había cambiado mucho, algo que, tras conocer a Koudelkar Shonai, le sorprendía enormemente, ya que el nuevo gobernador no parecía un individuo dado a sentimentalismos. La hierba estaba recién cortada, y la frescura de las flores del jardín mostraba que estaban bien cuidadas. El aroma que emanaba de ellas era un contrapunto agradable al omnipresente olor a metal quemado emitido por la industria de Puerta Brandon.
El jardín estaba rodeado por una muralla alta, y era una de las pocas zonas del palacio que había escapado sin sufrir grandes daños durante la rebelión. Uriel se sintió allí más en paz de lo que se había sentido desde hacía mucho tiempo. Fue allí donde terminó su última expedición a Pavonis, sentado delante de la tumba de Ario Barzano, un hombre valiente que había muerto para salvar al planeta del plan infernal de un demente.
La sencilla lápida que Uriel tenía delante era una piedra oblonga y lisa de color pálido sacada de la cordillera Tembra. El propio Uriel había tallado las palabras del epitafio.
Cada persona es una chispa en la oscuridad.
Ojalá todos ardiéramos con el mismo brillo.
Barzano había sido un individuo locuaz y carismático, pero también alguien muy peligroso. Su palabra y su poder inquisitorial podrían haber ordenado la destrucción absoluta de aquel planeta, pero había estado dispuesto a arriesgarse para salvarlo, y sólo por esa razón ya se merecía el respeto de Uriel.
—Nunca pensé que regresaría algún día —dijo Uriel al mismo tiempo que se inclinaba hacia adelante y apoyaba los codos en las rodillas—. Sin embargo, creo apropiado que hablemos aquí, ¿no le parece?
—Sí que me lo parece, capitán Ventris —respondió Lortuen Perjed mientras salía de detrás de un emparrado situado a la espalda de Uriel—. ¿Cuánto tiempo hace que sabe que estoy aquí?
—Desde que entró en el jardín. El bastón y la cojera producen un sonido muy característico cuando camina, adepto.
Lortuen se agachó con esfuerzo para sentarse al lado de Uriel.
—Supuse que lo encontraría aquí.
Uriel se encogió de hombros.
—Me pareció lo más correcto.
—Lo es.
—Tiene el jardín bien cuidado.
—Me pareció lo más correcto —repitió Lortuen con una sonrisa—. Después de todo, este mundo les debe su supervivencia a Ario y a usted.
Uriel no dijo nada y observó a Lortuen con más atención. Se sintió impresionado por lo diferente que parecía respecto a la última vez que había estado en Pavonis. El adepto Perjed ya era viejo en esa época, pero en esos momentos parecía encontrarse a pocos latidos de la tumba. Tenía la piel llena de manchas y con el aspecto del cuero gastado, el cabello había quedado reducido a unas cuantas volutas plateadas que se aferraban al cráneo. Uriel distinguió con claridad el brillo apagado de los implantes de memoria lógica detrás de la oreja.
—Ha envejecido desde la última vez que nos vimos aquí —le dijo Uriel.
—Ha sido una época muy dura desde que se marcharon, capitán Ventris. La reconstrucción de un planeta sacudido hace tan poco tiempo por una rebelión es... una tarea agotadora. Y ya que hablamos de ello, debo decir lo mismo de usted. Creía que los marines espaciales no envejecían, pero parece que el paso del tiempo le ha afectado. No pretendo ofenderlo.
—No me ofende. Envejecemos, pero a un ritmo mucho menor que el de los simples mortales.
—Entonces, ¿qué le ha ocurrido para que haya cambiado tanto?
—Ciertas cosas de las que preferiría no hablar.
—Ah, es justo. Le pido disculpas por curiosear. —Lortuen posó las dos manos en la empuñadura marfileña del bastón y ambos compartieron un silencio amigable—. ¿Qué le parece el gobernador Koudelkar?
Uriel apartó la mirada, cruzó las manos y miró fijamente la tumba de Barzano antes de contestar.
—Creo que se está comportando de un modo ingenuo, y el gobierno de un planeta en la Franja Este no puede permitirse la ingenuidad. Los tau ya están en Pavonis en este momento, y debemos actuar de inmediato para detenerlos, o se perderán más vidas para cuando Koudelkar se entere por fin de que el imperio tau no envía exploradores a un planeta sin motivo alguno.
—Puede que tenga razón, Uriel, pero todavía estamos tratando de reconstruir este mundo. Estamos a punto de conseguir un cierto número de contratos muy lucrativos con varios sistemas cercanos. Si ponemos eso en riesgo, condenaríamos a la ruina a Pavonis, y a su gente a la pobreza durante varios siglos.
—No hacer nada los condenará a la esclavitud —replicó Uriel.
—Eso si tiene razón —le replicó Lortuen a su vez—. Debe admitir que no nos ha proporcionado nada más que una vaga sospecha de que los tau planean algo dentro de poco. Koudelkar es un hombre de negocios, y en lo que piensa es en el futuro de este planeta.
—Pues se equivoca —respondió Uriel a la vez que se volvía hacia Lortuen—. Es el gobernador de un mundo del Emperador, y debería estar pensando en cómo enfrentarse al peligro que amenaza a su planeta. —Señaló a la tumba—. ¿Cree que Ario habría dudado en actuar? Imagínese que él estuviera aquí ahora mismo. ¿Qué haría?
—Ario siempre estaba dispuesto a tomar decisiones sobre la marcha. Yo, por el contrario, me tomo más tiempo para pensar las cosas. Creo que debemos actuar con precaución, pero quiero encontrar un punto medio, Uriel. Daré la orden de que se active la reserva secundaria de la FDP.
—¿Qué pasa con el 44.º?
—De momento mantendremos las órdenes previas —respondió Lortuen mientras se ponía en pie con la ayuda del bastón—. Patrullas a pie y tareas de guarnición. Nada de despliegues más activos. No quiero provocar el pánico en las calles de la ciudad.
—Estoy seguro de que la aparición de un cuerpo de cazadores tau lo hará por usted —replicó Uriel.
Cien kilómetros al norte de Puerta Brandon, en lo alto de la cordillera Tembra y muy por encima de las capas de nubes, donde la atmósfera era ya muy fina, el Complejo Kaliz se extendía por las montañas más elevadas de Pavonis igual que un enorme bosque de árboles podados pero construidos con acero laminado. El complejo constituía un lomo espinoso compuesto por decenas de miles de mástiles de comunicación, ninguno de los cuales medía menos de quinientos metros de alto, que se mantenían firmes gracias a la ayuda de cables de tensión anclados profundamente en la roca de la montaña.
Esa instalación permitía funcionar a las unidades de comunicación de largo alcance, y allí se reunía, se enviaba y se transmitía el tráfico de mensajes por toda la superficie del planeta. Su potencia era tal que incluso permitía comunicaciones interplanetarias, aunque con un retraso de tiempo importante.
El Complejo Kaliz lo había construido el cártel Vergen casi ocho siglos atrás. Sus estructuras estaban cubiertas de verdín y necesitaban un mantenimiento constante. El centenar de adeptos, técnicos, operarios de mantenimiento y servidores que tenían la tarea de conseguir que el complejo siguiera funcionando se alojaban en la Estación Epsilon, del Adeptus Mechanicum, una serie de estructuras cuadrangulares agrupadas al amparo de un tremendo precipicio, muy por debajo de los bamboleantes mástiles.
Las estructuras estaban equipadas con antenas parabólicas giratorias y se habían protegido contra las inclemencias del viento helado, pero a pesar de ello eran frías, húmedas y se les colaba el aire. Incluso en un periodo de crisis como aquél, en el que escaseaban el dinero y el empleo, los rumores sobre tumores cerebrales provocados por la radiación de las antenas y las condiciones inhóspitas hacían que sólo los más desesperados se ofrecieran voluntarios para trabajar en Complejo Kaliz.
Los trabajadores destinados a aquel lugar procuraban quedarse dentro de los edificios siempre que podían. A pesar de ello, y aunque soplaba una tremenda ventisca procedente del norte, tres figuras encorvadas se abrían camino en esos momentos hacia un grupo de mástiles averiados en una zona conocida simplemente como Cañón Profundo Seis.
El técnico de tercera Diman Shorr se ciñó todo lo que pudo el impermeable alrededor del cuerpo y se puso a maldecir los nombres de todos aquellos de Epsilon que habían conseguido librarse de efectuar aquella tarea. Ya había llegado a treinta nombres cuando Gerran le tiró de la manga para indicarle que por fin habían llegado al final de la cadena del Cañón Profundo Seis.
Las sendas montañosas tenían alineadas a los lados una serie de postes de acero conectados entre sí por cadenas y que estaban marcados con señales angulares para que cualquier técnico supiera dónde se encontraba sin la ayuda de un mapa y sin necesidad de quitarse el casco. Aquellas sendas permitían a los operarios de mantenimiento moverse por el laberinto de rutas que serpenteaban y se retorcían por el complejo sin perderse.
La lluvia sibilante, tan sólida que casi parecía granizo, lo acribillaba y casi le inutilizaba el visor del casco al formar chorros enloquecidos de agua sucia mientras miraba a la empinada pendiente que bajaba hacia el fondo del cañón. El agua de lluvia corría por ella como una catarata continua, así que debían tener mucho cuidado para no resbalar y partirse una pierna. Conseguir una evacuación médica de urgencia en aquel lugar sería algo casi imposible.
La capucha se estremecía con la ventisca, y el viento helado le mordía el cuerpo igual que un carroñero devoraría hambriento un hueso, hasta el punto de que parecía a punto de empujarlo por la ladera que habían tardado casi todo un día en subir. El impermeable para tiempo extremo era viejo y estaba desgastado por el uso, y él estaba muy cansado, empapado y atenazado por el frío. No se podía permitir comprarse otro, y los adeptos del Dios Máquina no parecían inclinados a preocuparse mucho por los técnicos y proporcionarles impermeables adecuados.
Él y Gerran habían pasado casi diez horas recorriendo los senderos con cadenas a través del viento y la lluvia desde que habían salido de los barracones del Mechanicum en dirección a Cañón Profundo Seis acompañados por un silencioso servidor de carga con la espalda alargada, hombros ensanchados mediante manipulación genética y una postura simiesca al andar, lo que le permitía transportar cargas pesadas por un terreno montañoso y accidentado que no podrían atravesar los vehículos. El servidor llevaba toda la comida y el agua, además de suministros médicos básicos, cuerdas, un comunicador lo suficientemente potente para superar aquel tiempo y un par de carabinas láser algo baqueteadas.
—Me estoy haciendo demasiado viejo para esto —musitó mientras se adentraba en el torrente de agua helada que bajaba por la pendiente. El aliento se le condensó al tropezar con aquel frío helado.
—¿Has dicho algo? —le preguntó Gerran, y Diman se dio cuenta de que se había olvidado de apagar el intercomunicador del casco.
—Nada. No importa. Venga, vamos a ver qué demonios les pasa a esos mástiles de las narices. A ver si es una avería para la que sea necesaria un adepto. Cuanto antes volvamos, mejor. No quiero morir por exposición al frío.
—¿Cómo es que nos ha tocado hacer esto? —se quejó Gerran—. Yo acababa de terminar una ronda de inspección por la Cresta Topper.
—Supongo que hemos tenido suerte —contestó Diman mientras escogía con cuidado el camino de bajada.
—¿Suerte? —repitió Gerran, que no se dio cuenta de la ironía en la voz de Diman—. A mí no me parece que sea suerte. En serio, la adepta Ithurn va a por mí. Sabía que acababa de volver de un turno de inspección, y aun así me manda fuera otra vez. No es justo. No lo es en absoluto.
—Bueno, siempre puedes dejar el trabajo —le replicó Diman, que ya estaba harto de las quejas del joven. La situación ya era bastante mala para que viniera a empeorarla—. Hay mucha gente esperando para ocupar tu puesto. Deberías dar las gracias de formar parte de los Shonai antes de que empezara la rebelión. Es lo único que te permite seguir trabajando para el Mechanicum.
—Sí, bueno. Pues puede que me marche.
Diman estaba a punto de decirle a Gerran que no fuera estúpido cuando vio a través de la lluvia un débil brillo procedente del fondo del barranco.
—Mierda —masculló—. Me parece que Ithurn ya ha enviado a un equipo para que arreglara los mástiles. Esa puñetera mujer no tiene ni idea de rellenar una hoja de trabajo.
Diman dejó que Gerran pasara de largo apretándose contra la pared del barranco y le indicó al servidor de carga que los siguiera. La bestia de paso lento avanzó sin parecer afectada por la fuerte lluvia o la baja temperatura. Rebuscó en una de las mochilas el comunicador y extendió la antena, aunque dudaba mucho de su capacidad de transmisión y recepción en aquel estrecho barranco. De los altavoces salió un siseo de estática intermitente, y Diman subió el volumen para tratar de captar cualquier emisión que se pareciera a una señal del Mechanicum.
—Típico —exclamó cuando lo único que consiguió fueron más chirridos de estática—. Más de mil mástiles de comunicaciones y no pillo nada. Lo que hay que hacer con este cacharro es tirarlo, no bendecirlo.
—Oye, Diman... —lo llamó Gerran. Cuando se dio la vuelta vio que el joven estaba de pie en la boca del desfiladero, iluminado por el débil brillo que había percibido antes—. Tienes que ver esto.
—¿Qué pasa? ¿Es otro equipo de reparaciones?
Gerran hizo un movimiento negativo con la cabeza, y Diman soltó un suspiro. Apagó el comunicador y lo guardó de nuevo en la mochila que transportaba el servidor antes de bajar los últimos peldaños del desfiladero para entrar en el Cañón Profundo Seis.
El suelo de roca lisa se extendía cuatrocientos metros en todas las direcciones. Ambos lados de aquel valle oscuro se elevaban formando unos barrancos pronunciados. El propio valle en sí estaba repleto de mástiles de comunicaciones de acero plateado y de generadores que no cesaban de emitir zumbidos. Había aproximadamente un centenar, pero lo que le llamó la atención a Diman no fueron los mástiles.
Fue el grupo de soldados alienígenas.
—No creo que sea otro equipo de reparaciones.