Cuatro

La luz que atravesaba las cortinas de hilo y el sonido de la ciudad al ponerse en marcha despertaron a Pascal Blaise mucho antes de que oyera abrirse la puerta metálica de la casa. Se dio la vuelta y buscó debajo de la almohada la pistola de la que nunca se separaba. Comprobó el cargador y le quitó el seguro mientras oía voces nerviosas procedentes del piso inferior.

Por el tono y la ausencia de cualquier otro tipo de agitación en la casa supo que quienes habían abierto la puerta no eran los agentes de Daron Nisato. A pesar de ello, no soltó la pistola todavía. Era una época llena de incertidumbre, y los mortíferos asuntos en los que se involucraban los Hijos de Salinas exigían toda la precaución posible.

Se pasó una mano por el cráneo rapado y luego jugueteó con las dos mitades trenzadas de su barba de perilla, algo que siempre hacía cuando se ponía a pensar profundamente. Reconoció las voces que sonaban en el piso inferior. Una de ellas era la de Cawlen Hurq, su guardaespaldas permanente. La otra pertenecía a Rykard Ustel, uno de los encargados de recoger información.

Pascal giró la cabeza en movimientos circulares para relajar un poco los músculos del cuello, que se le habían agarrotado durante la noche. Estaba a solas, y la habitación olía levemente a aceite de motor, algo que era inevitable, ya que las paredes eran parte de las placas de blindaje sacadas del casco oxidado de un tanque de batalla Leman Russ.

Una vez se quedó tranquilo respecto a la ausencia de un peligro inmediato, Pascal se levantó de la cama y se vistió con una gastada túnica de trabajo de color gris que se ciñó con un ancho cinturón de cuero. Luego se puso las botas, y se estaba atando los cordones cuando oyó dos golpes suaves en la puerta.

—Pasa, Cawlen —dijo con voz fuerte y autoritaria. Era una voz acostumbrada a dar órdenes, pero antaño solía recitar cifras de tasas, de cálculos y recuentos de escribas.

Cawlen Hurq abrió la puerta y lo saludó con una respetuosa inclinación de cabeza. Cada movimiento suyo era controlado y procuraba hacerlo con el menor esfuerzo posible. Era un individuo grande, de hombros anchos y corpulencia amenazadora. La naturaleza había determinado que no sirviera para otra cosa que no fuera usar la violencia. Al igual que Pascal, Cawlen llevaba puesta una túnica, pero iba armado con una carabina láser de cañón corto y llevaba una espada al cinto.

—Ha venido Rykard Ustel.

—Ya le he oído —contestó Pascal—. ¿Qué quiere?

—Tiene información sobre unos movimientos de tropas.

—¿Y tiene que venir a decírmelo tan temprano? —replicó Pascal, irritado.

—Son las Águilas Aullantes. Una compañía entera —le comunicó Cawlen.

La irritación que Pascal sentía desapareció de inmediato junto a cualquier posible cansancio. Las Águilas Aullantes era la unidad más odiada de todas las fuerzas imperiales desplegadas en Salinas. Se merecían con creces su reputación de brutales, de ser capaces de actuar con una violencia indiscriminada. Todos los habitantes de Salinas tenían motivos para odiarlos después de lo que habían hecho en Kathurian.

—Pero es aún mejor que eso —siguió diciendo Cawlen.

—¿Por qué?

—Kain en persona está al mando de la unidad.

Pascal acabó de atarse las botas y se puso en pie.

Verena Kain.

—Sería maravilloso matar a esa cabrona de alma negra.

—Eso mismo pensé yo —confirmó Cawlen con una sonrisa feroz.

—¿Dónde están?

—Rykard dice que partieron hacia el norte. Que lo más probable es que se dirigieran al Campo de la Muerte.

—¿Tenemos a alguien por allí?

—No. Al menos no debería haber ninguno de los nuestros.

—Entonces, ¿por qué va hacia allí con toda una compañía?

—Quién sabe. Pero Rykard también dice que en la columna no había vehículos de suministro, así que no tardarán en volver. Deberíamos ir colocando a los tiradores en sus posiciones.

Pascal asintió.

—Envía mensajeros a las células de emboscada. Seis equipos de lanzamisiles. Nos reuniremos en el Ángel de Hierro y nos desplegaremos a partir de ahí. Venga.

Cawlen asintió y salió de la habitación, dejando a Pascal a solas de nuevo.

Éste sintió que el corazón se le aceleraba ante la sola idea de devolver el golpe a las Águilas Aullantes. Se esforzó por controlar su nerviosismo, ya que sabía que en una ocasión como aquélla había que mantener la calma. Los individuos emotivos cometían errores, y él no era propenso a mostrar emoción alguna, ya que lo consideraba un desperdicio de energía.

Caminó arriba y abajo por la estancia pensando en la situación. Utilizó su talento natural para el análisis que años atrás le había sido de tanta utilidad cuando pertenecía al Administratum Imperial, algo que le parecía había ocurrido en otra vida anterior.

Pascal Blaise había sido supervisor de escribas en la administración del gobernador Shaara. No era más que otro engranaje en la incansable maquinaria de la burocracia imperial en Salinas antes de que llegaran las Falcatas Achamán. Aunque otros planetas del sistema se habían visto azotados por problemas y revueltas, el gobernador Shaara había mantenido Salinas libre de descontentos y de provocadores con la esperanza de poder superar aquellos tiempos agitados.

Se equivocó por completo.

Salinas se vio incluido en el mismo grupo que los demás planetas del sistema, y el martillo de la Guardia Imperial había caído sobre su mundo con la misma ferocidad y falta de misericordia que sobre los planetas levantiscos. El gobernador Shaara fue ejecutado el mismo día que llegaron los Falcatas, y sus oficiales y funcionarios fueron encerrados en centros de detención mientras los miembros del Departamento Munitorum decidían qué hacer con ellos.

Pascal Blaise había formado parte de la delegación elegida entre los miembros supervivientes del personal administrativo para hablar con el coronel Leto Barbaden, el comandante de las fuerzas imperiales que habían invadido Salinas. Querían protestar por considerar innecesarias aquellas medidas tan extremas.

El recuerdo de aquel día permanecería grabado para siempre en la mente de Pascal Blaise. En cuanto alzaron la voz en contra de la dureza de los Falcatas y proclamaron la lealtad al Imperio del antiguo gobernador, un destacamento de soldados, hombres y mujeres que, como más tarde supo Pascal, pertenecían a la Octava compañía de Barbaden, las Águilas Aullantes, los rodearon.

El coronel Barbaden respondió hablando de la traición que había infectado a todo el sistema y que ya había oído las mismas proclamaciones de inocencia en los labios de todos los jefes de los mundos rebeldes.

Un momento después, comenzaron los disparos.

Pascal se llevó una mano a la fea cicatriz irregular que tenía en el pecho, donde le había impactado el primer disparo láser. Un segundo disparo le había pasado rozando un lado de la cabeza y lo había sumido en un pozo negro de dolor y de inconsciencia. Cuando se despertó, se encontraba metido en una zanja larga, recién cavada al lado de las murallas de palacio, que estaba llena de cadáveres. Reconoció las caras de los demás delegados, y el horror y la injusticia de sus asesinatos le hicieron sacar fuerzas de flaqueza de donde no creía tenerlas.

Había logrado salir de la zanja ensangrentado y al borde del desmayo. Luego se había arrastrado por la oscuridad llena de gritos y de disparos hasta que encontró el camino hasta el dispensario médico más cercano, donde finalmente le abandonaron las fuerzas.

No recordaba nada de los días siguientes a excepción del dolor y de los periodos de calma proporcionados por los sedantes. Se levantó de la cama una semana después, a tiempo de oír el retumbar de los tanques imperiales al entrar rugientes por las calles de la ciudad y el golpeteo rítmico de las botas de los soldados de armadura roja que rodeaban a los sospechosos de traición.

El odio se apoderó de él, y en ese preciso instante murió el supervisor que antaño fue y nació el guerrero en el que más tarde se convirtió. Al mes de la llegada de los Falcatas, los recién creados Hijos de Salinas realizaron su primer gesto de desafío al hacer estallar una bomba que mató a numerosos oficiales superiores de los invasores.

Los Hijos de Salinas, bajo el feroz y carismático liderazgo de Sylvanus Thayer, lograron muchos éxitos al principio y dificultaron enormemente la tarea de los Falcatas a la hora de asegurar el dominio imperial en Salinas.

Aquello no podía durar mucho tiempo.

La resistencia no podía esperar vencer frente a la fuerza incansable de la Guardia Imperial y a las tácticas despiadadas de Leto Barbaden. Después del horror ocurrido en el Campo de la Muerte, Sylvanus Thayer había encabezado a los Hijos de Salinas en un combate abierto, en una batalla que no tenían esperanza alguna de ganar, y lo mejor de la juventud del planeta murió en aquel lugar.

Pascal le había suplicado a Sylvanus que no se enfrentara a los Falcatas de ese modo. Le dijo una y otra vez que la destrucción de Khaturian se había producido precisamente para provocarlo y que cometiera ese error, pero no hubo forma de contener la ira que su líder sentía ante aquella matanza.

Y así habían muerto, machacados por la artillería, aplastados por los tanques y rematados por la infantería.

La gente llamaba héroe a Sylvanus Thayer, pero Pascal sabía que su jefe había sido un idiota. Al estar cegado por la rabia y ansioso por vengarse, no había visto la trampa que Barbaden le había tendido. O si la había visto, no le había importado.

Pascal Blaise había reunido a los supervivientes y les había enseñado el valor del secreto y de la cautela. Les había mostrado que no eran la fuerza vengadora y todopoderosa que Thayer les había dicho que eran, sino el continuo goteo de agua que con el tiempo destroza la roca.

Y así fue como los Hijos de Salinas continuaron su lucha.

Ya no hubo grandes gestos de desafío, sino ataques a pequeña escala que fueron desgastando progresivamente a los soldados que ocupaban sus ciudades y cuyo antiguo coronel vivía en el palacio del gobernador.

Un golpe en la puerta sacó a Pascal de aquellos pensamientos amargos. Levantó la mirada y vio a Cawlen Hurq de nuevo en la entrada.

—¿Vienes? —le preguntó su guardaespaldas.

—Sí —contestó Pascal mientras cogía su abrigo de combate de color gris ceniza.

Sonrió un momento y dejó caer el abrigo. Luego abrió un armarito de metal que tenía al lado de la cama. Pulsó el interruptor hábilmente escondido que desbloqueaba el compartimento secreto situado en la base del mueble y levantó el falso suelo. De allí sacó un paño cuidadosamente doblado de color verde y oro.

Desplegó la capa doblada en dos de los Hijos de Salinas y se la abrochó al pecho y al hombro.

Cawlen asintió en un gesto apreciativo.

Pascal enfundó la pistola y le sonrió.

—Si vamos a matar a Verena Kain, lo apropiado es que sepa quiénes son sus verdugos.

El señor de los sinpiel estaba sentado en lo alto de las montañas que rodeaban la ciudad muerta. Se encontraba con el resto de sus hermanos en mitad de un bosque de altos árboles. La niebla se pegaba al suelo y la sensación de humedad que notaba en su musculatura expuesta era muy extraña. La suavidad del terreno era maravillosa y el aire frío en los pulmones el elixir más dulce de todos.

Jamás había conocido sensaciones semejantes. Cada bocanada de aire que había tomado hasta entonces estaba cargada con los restos tóxicos de las refinerías humeantes que cubrían las llanuras desoladas del planeta de los hombres de hierro.

Habían cazado otras dos bestias en los pastos situados bajo una enorme escarpadura de roca y las habían arrastrado hasta esconderlas en el bosque. Los cuerpos yacían despedazados y sangrantes en mitad de un anillo de sinpiel. El señor de los sinpiel arrancó con los dientes un trozo de carne del hueso de la pata trasera de una de las bestias.

Aquella carne no se parecía nada a cualquier otra que hubiera probado antes. Estaba fresca, llena de sangre y era buena. Lo único que recordaba haber comido hasta entonces era la carne podrida de los muertos o los cuerpos gordos y alterados químicamente de aquellos que encontraban en los campos de carne de los hombres de hierro.

La idea de que existiera otro modo de vivir jamás se le había ocurrido al señor de los sinpiel, pues, ¿qué otra clase de vida había? De vez en cuando recordaba imágenes fragmentadas de su vida anterior, igual que si fueran reflejos de un espejo roto, pero siempre había procurado no hacerles caso.

A veces, cuando el dolor y el agotamiento de su existencia se hacían demasiado grandes como para soportarlos, se adentraba en las profundidades de las montañas cubiertas de ceniza y se quedaba en las cimas humeantes envueltas por las nubes de contaminantes cáusticos, que le provocaban un sueño profundo que le permitía aferrarse a sus últimos recuerdos.

Allí descansaba su cuerpo y podía soñar con otra vida, con otra forma de vivir.

¿Eran recuerdos? No lo sabía, pero le gustaba pensar que así era.

Veía el rostro de una mujer, amable y lleno de un amor incondicional. Tenía la esperanza de que fuera su madre, pero no recordaba nada de ella aparte de aquella imagen. Ella le hablaba, pero él nunca oía lo que le decía. Lo único que veía era lo hermosa que era y lo mucho que él le importaba.

A medida que los vapores le hacían adentrarse en el interior atormentado de su mente alterada, veía edificios gigantescos de piedra blanca, ventanas de múltiples colores y aspecto magnífico y una hueste de estatuas que representaban al mismo guerrero dorado, con la cabeza cubierta por un halo de estrellas y rodeado de ángeles de luz.

De todas las visiones enfebrecidas que tenía el señor de los sinpiel aquélla era la que más poder tenía. Más que eso: tenía una identidad.

Era el Emperador, y el Emperador lo amaba.

Aquel amor nunca duraba mucho, y esos recuerdos dorados quedaban despedazados al ser sustituidos por unas visiones repugnantes de horror y de sangre, tan terroríficas que destrozaba rocas con los puños en su frenesí onírico.

Veía fuego. Veía explosiones y el parpadeo de las balas.

En mitad de los estallidos de luz veía guerreros con armaduras de color gris con rebordes amarillos y negros.

Unos guanteletes pesados y ásperos lo agarraron y lo arrancaron del cadáver ensangrentado de la mujer hermosa. Sus gritos no fueron escuchados mientras su mundo quedaba reducido a unas instantáneas de aquel horror: oscuridad y terror, el sabor de la sangre siempre cerca de su boca, monstruos esclavizadores con sierras mecánicas y los rostros gigantescos y babeantes de unas madres monstruosas.

Luego sólo había sentido dolor y soledad a medida que le parecía estar envuelto por pliegues y pliegues de carne húmeda y era arrastrado hacia la oscuridad.

Después, por fin, la gloriosa luz.

Pero la luz no era más que una mentira que sólo sirvió para dejar al descubierto lo repulsivo que era.

Era un monstruo, y en un monstruo se convirtió, arrojado con el resto de la carne podrida al páramo inmisericorde que se encontraba más allá de la ciudadela de los hombres de hierro.

La repugnancia que sentía por su propia existencia horrible siempre interrumpía el sueño provocado por los gases tóxicos, así que se levantaba para bajar de la montaña y reunirse con una pequeña banda formada por los rechazados, los expulsados y los aborrecidos.

Muchas de las masas de carne y huesos retorcidos lanzadas desde las alturas eran cosas aullantes sin forma mi mente.

La tribu se los comía, pero aquellos que poseían una semejanza en forma y fuerza se convertían en parte de la creciente tribu del señor de los sinpiel.

Aquélla era la vida del señor de los sinpiel, y no había conocido otro modo de vivir hasta que llegó el guerrero.

El señor de los sinpiel había contemplado como caían al estanque los últimos restos lanzados desde la ciudadela de los hombres de hierro, y se imaginó el sabor de su carne mientras se acercaban al borde del agua negra. La impaciencia se convirtió en sorpresa, ya que ninguno de ellos era un monstruo. Pensó devorarlos de todas maneras, pero luego olió a la carne madre en el guerrero que encabezaba a los recién llegados.

Se los había llevado a la gran caverna bajo tierra que era el hogar de los sinpiel, y se los presentó a la gran estatua del Emperador que habían construido con los restos arrojados desde arriba. El Emperador había juzgado que el guerrero, que se llamaba Uriel, era digno de vivir, por lo que su grupo había entrado a formar parte de la tribu. Luego, todos atacaron a los hombres de hierro que vivían en la fortaleza construida en la cima de una montaña imposible de escalar.

Se había derramado mucha sangre, habían muerto muchos de los hombres de hierro y su fortaleza había caído derrumbada. También habían muerto muchos de los sinpiel, pero era un buen recuerdo, uno de los que el señor de los sinpiel atesoró mientras escapaban del mundo de su nacimiento como monstruo en las entrañas de una máquina demoníaca de hierro.

Al señor de los sinpiel no le gustaba pensar en el tiempo que habían pasado dentro de las profundidades apestosas y empapadas de esa máquina demoníaca, ya que le habían hecho falta toda su fuerza y su autoridad para impedir que los miembros de la tribu se volvieran los unos contra los otros en un frenesí de mandíbulas restallantes y zarpas rematadas por garras.

El viaje se había acabado por fin, y habían llegado a aquel mundo. El aire era limpio y el suelo suave, pero había algo malo en todo ello. No sabía exactamente qué era, o cómo expresarlo, pero ese mismo aire limpio estaba saturado con la presencia de una inmensa rabia.

Lo sentía con la misma certeza que notaba la sangre bajarle por el rostro sin piel.

La carne de las piezas de caza ya casi había desaparecido por completo. Un miembro de la tribu, una criatura con los órganos húmedos y relucientes colgando de los huesos y una boca alargada llena de colmillos afilados, estaba partiendo los huesos y chupando la médula, mientras que otra raspaba el interior del vientre de la bestia destripada para sacar unos últimos bocados.

—No. No tenemos por qué vivir así —gruñó el señor de los sinpiel.

La tribu lo miró con una expresión confusa en sus rostros deformes.

—Este mundo es mejor para nosotros —les dijo—. Uriel nos lo prometió. Nos nos temen, y el Emperador nos ama.

Vio la esperanza reflejada en sus ojos. Los primeros rayos de sol atravesaron el dosel de ramas con un suave brillo dorado. El señor de los sinpiel sintió un cosquilleo agradable en el cuerpo y bajó la mirada mientras aquella tibieza se extendía por la rojez de su brazo.

Se puso en pie y se alejó de las sombras más profundas del bosque. Esquivó las ramas agachándose mientras el sol se alzaba por encima de las montañas y desplegaba su luz dorada por todo el paisaje. La tribu lo siguió, cautivada por el creciente brillo del cielo.

Los sinpiel caminaron como sonámbulos acabados de despertar y salieron de entre los árboles para quedar en terreno abierto. Sus rostros mostraban a las claras el asombro que sentían, ya que la visión de aquel orbe brillante en mitad de un cielo azul les parecía algo nuevo e increíble, pero, a la vez, extrañamente familiar.

El recuerdo de una época más feliz se esforzó por llegar a la superficie de la mente del señor de los sinpiel y comenzó a sentir en el pecho la agitación de una posible esperanza. Quizá aquel lugar era de verdad un sitio mejor, un comienzo en un mundo donde no serían odiados y perseguidos.

La sensación de la luz del sol en su cuerpo se hizo más fuerte. El cosquilleo se convirtió en otra cosa, en algo más doloroso. Los miembros de la tribu comenzaron a gemir y a frotarse los brazos y los cuerpos como si los hubiera invadido un repentino picor.

El señor de los sinpiel notó que la musculatura de su cuerpo empezaba a quemarse, con la misma sensación de calor ardiente que había notado en todo el cuerpo cada vez que se metía en las aguas sucias del mundo de los hombres de hierro.

Gruñó cuando esa sensación ardiente se hizo más fuerte todavía, ya que la carne de sus músculos no estaba acostumbrada a los rayos de aquel extraño sol. Empezaron a aparecerle manchas negras por todo el cuerpo, que se extendieron igual que las gotas de aceite en la superficie del agua. El dolor creció cuando las manchas negras se convirtieron en ampollas. El señor de los sinpiel lanzó un rugido cuando se rascó una de ellas y de la herida que se produjo salió un chorro de fluido viscoso.

El sol del planeta de los hombres de hierro provocaba desesperación y desaliento, pero este sol… provocaba dolor.

Los sinpiel empezaron a aullar de dolor mientras se arañaban los músculos de las extremidades y del torso sin entender qué les estaba ocurriendo. Sus gritos se hicieron más lastimeros a medida que el sol los abrasaba. El señor de los sinpiel rugía de ira por la sensación de haber sido traicionado.

Aquel planeta no era bueno. Lo había sabido desde el principio, pero estaba dispuesto a olvidarse de que todo y todos les odiaban.

Incluso el sol quería acabar con ellos.

—¡Tribu! —rugió—. ¡Atrás! ¡Atrás! ¡A la sombra!

Le dio la espalda al sol ardiente y corrió de regreso a la protección que ofrecían los árboles, pero incluso allí la luz del sol dio con ellos después de atravesar las copas de los árboles con sus rayos mortíferos que abrasaban la carne desprotegida de sus cuerpos. Los sinpiel lo miraron sin saber qué hacer, pero él tampoco lo sabía.

No había una vida mejor, no para criaturas como ellos.

Los sinpiel aullaron y se golpearon el pecho por el dolor agónico que sentían. El señor de los sinpiel gritó su frustración al cielo, y a través del follaje vio la escarpadura rocosa que se alzaba por encima de ellos. Era una losa vertical de roca negra reluciente por la que caían numerosas cascadas. Allí, en mitad de la negrura de la roca, distinguió una mancha más oscura todavía. Una grieta en la superficie. Una cueva.

—¡La tribu debe correr! —gritó—. ¡Encontrar refugio en las rocas! ¡Seguidme!

El señor de los sinpiel echó a correr sin mirar si alguno de los miembros de la tribu lo seguía. Salió de la pobre cobertura que le ofrecía el bosque y corrió colina arriba hacia los riscos. Los poderosos músculos de las piernas lo impulsaron con facilidad a través del terreno, saltando por encima de los grandes peñascos mientras hacía caso omiso del dolor ardiente que amenazaba con vencerlo.

Oyó aullidos de dolor a su espalda, pero también el sonido de la tribu que lo seguía, sus pasos pesados y húmedos y el crujir de los huesos malformados al chocar los unos con los otros.

Las manchas negras se extendieron por su cuerpo mientras corría, pero el señor de los sinpiel hizo caso omiso del dolor, con todo su ser concentrado en llegar a la fresca negrura de la cueva. Saltó por encima de un peñasco en forma de losa y bajó el ritmo de carrera cuando se adentró en la sombra. La sensación ardiente desapareció de inmediato, pero el dolor permaneció en sus extremidades y en el resto del cuerpo.

Se dio la vuelta para ver como los miembros más veloces de la tribu finalizaban la enloquecida carrera hacia la cueva. Todos aullaban y apretaban los dientes por el tremendo dolor. El señor de los sinpiel se acercó a la entrada para ver como avanzaban de forma agónica por el terreno abierto mientras la luz dorada les quemaba y ennegrecía la carne a cada segundo que pasaba.

Uno de ellos, una criatura de piernas rechonchas y torso hiperdesarrollado, tropezó con una roca suelta. Cayó al suelo con un chillido de dolor, y de las ampollas que se abrieron al chocar contra el suelo salió un fluido viscoso. Su cuerpo rojo y brillante se abrió allí donde había sufrido quemaduras. Se esforzó por levantarse, pero no logró recuperar el equilibrio y no consiguió ponerse en pie. Sus poderosos brazos lucharon por incorporar todo el cuerpo, pero el dolor y el horror de lo que le estaba ocurriendo fueron demasiado para él.

La criatura se derrumbó con un último aullido agónico, y el señor de los sinpiel contempló como la negrura se extendía por todo su cuerpo a medida que el sol inmisericorde abrasaba la poca vida que le quedaba.

—Está muerto —dijo, y los demás se acercaron para ver el cadáver ennegrecido. Hasta allí les llegaba el olor de su carne, y el señor de los sinpiel notó su confusión y su hambre, pero ninguno se atrevió a salir a la luz.

El señor de los sinpiel se apartó de la boca de la cueva. Las paredes negras y húmedas del interior se alejaban hasta desaparecer de la vista. La oscuridad era reconfortante tras el sufrimiento provocado por la luz. Se adentró más todavía, con las ideas confusas debido a ese nuevo dolor.

De nuevo eran monstruos que acechaban desde la oscuridad de una cueva, que era donde debían estar los monstruos.

La rabia estalló en el pecho del señor de los sinpiel.

En teoría, el compartimento de transporte de tropas de un vehículo blindado Chimera era capaz de transportar a doce soldados con todo su equipo de combate. Como siempre ocurría con los espacios diseñados con fines militares, se suponía que los soldados no tendrían que mover ni un solo músculo una vez estuvieran colocados en su interior. Al entrar dos marines espaciales, el espacio disponible quedó seriamente disminuido, por lo que cinco de los soldados tuvieron que regresar montados en el techo del vehículo.

—Y yo que pensaba que en los Rhino íbamos apretados —comentó Pasanius—. Recuérdame que no me vuelva a quejar a Harkus.

Uriel no contestó y mantuvo la mirada fija en el terreno que se veía a través de las ranuras abiertas a lo largo del costado del vehículo y que permitían el paso de un poco de luz natural al interior. En el techo se habían instalado varias barras luminosas, pero la luz que emitían era de un color rojo enfermizo.

Cuatro soldados de las Falcatas Achamán iban con ellos en la parte posterior del Chimera. Uno de ellos era el sargento que le había quitado el arma a Pasanius. Ninguno de los otros tres soldados se había quitado el casco, y mantenían sus rifles láser sobre las piernas. El sargento se había quitado el casco, y Uriel vio que los implantes oculares formaban parte del propio casco, no del soldado.

El sargento era de mediana edad, pero su rostro estaba surcado de profundas arrugas y rematado por una mata de cabello de color rubio rojizo. Los miraba con expresión dura, pero no desagradable. Su rostro mostraba a partes iguales un gran asombro y una cierta emoción.

—Entonces, ¿son Ultramarines?

—Lo somos —asintió Uriel.

—Soy el sargento Jonah Tremain —se presentó, alargando la mano para estrechar la de Uriel.

El marine notó que por debajo del guantelete la superficie era rígida, por lo que supuso que la extremidad del sargento era una prótesis. Su sospecha se vio confirmada cuando Tremain la alzó.

—La perdí en una escaramuza que libramos contra unos piratas eldars. Me alcanzó un trozo de metralla y uno de los fragmentos se me quedó debajo de la piel. Se me infectó casi de inmediato y los médicos tuvieron que amputármela allí mismo.

—He luchado contra los eldars. Son unos guerreros veloces y letales.

—Sí que lo son —contestó Tremain, mostrándose de acuerdo—. Sí que lo son, pero el coronel no es un tipo que les vaya a la zaga. Los superó con un par de maniobras tácticas y ninguno de sus trucos pudo salvarlos cuando las Águilas Aullantes los rodearon.

—¿El coronel? No lo entiendo.

—Ah, claro. La coronel está al mando de lo que queda del regimiento desde el Día de la Restauración —le explicó Tremain—. Antes de ese día, era el coronel Barbaden quien estaba al mando de los Falcatas.

—¿El mismo Barbaden que ahora es gobernador?

—El mismo —le confirmó Tremain—. Nos ganamos este mundo a pulso. Cumplimos nuestros diez años de servicio, y después de luchar en los infiernos que fueron Losgat y Steinhold, nos concedieron el derecho a asentarnos en este planeta en cuanto lo volviéramos a colocar bajo la autoridad del Emperador.

Uriel miró a los demás soldados, que se mantenían en silencio y seguían sentados al lado de la pesada rampa de desembarco situada en la parte posterior del vehículo. Eran individuos duros, veteranos, y que su sargento fuera tan charlatán le parecía fuera de lugar.

—¿Y cómo es que han terminado aquí? —quiso saber Tremain.

—¿En esta ciudad o en este planeta?

—Las dos cosas —contestó Tremain con una sonrisa, aunque Uriel vio con toda claridad que se trataba de un gesto forzado—. Estoy seguro de que se trata de algo emocionante. No recibimos muchas visitas, y menos de marines espaciales, así que, ¿cómo llegaron aquí?

Uriel captó la advertencia sin palabras de Pasanius respecto a hablar demasiado, y se preguntó si la coronel Kain estaría escuchándolos. ¿Habría hecho que Tremain se sentara allí para que bajaran la guardia al encontrarse delante de un sargento amistoso?

—Sería un relato largo… y complicado, sargento Tremain.

—Deben de tener una nave. Me refiero a que, si no, ¿cómo han llegado a la superficie?

—No, no tenemos una nave.

—Entonces, ¿se han teletransportado? —insistió Tremain—. ¿Desde una nave en órbita? ¿O quizá han bajado mediante una cápsula de desembarco? Los marines espaciales utilizan cápsulas de desembarco, ¿no?

—Así es —admitió Uriel—. Pero no llegamos en una cápsula.

—Pero entonces, ¿cómo han llegado aquí?

—Como ya le he dicho, sería largo de contar, y creo que sería mejor que primero se lo contáramos al gobernador Barbaden. Lo que sí le diré es que somos fieles siervos del Emperador, lo mismo que usted. Hemos cumplido la misión que nos encomendó nuestro capítulo y estamos impacientes por volver con nuestros hermanos de batalla.

—Lo que ocurre es que es curioso que, de todos los sitios del planeta, tuvieran que aparecer allí.

—¿En Khaturian? Así es como se llama la ciudad, ¿no?

—Sí, así se llama —respondió Tremain, y Uriel notó la reticencia del sargento a hablar más de la ciudad arrasada.

—¿Qué ocurrió allí? ¿Por qué está castigado con la pena de muerte entrar en ella?

—Porque sí —le espetó Tremain—. Y vamos a dejar de hablar del Campo de la Muerte.

—¿El Campo de la Muerte?

—He dicho que ya no vamos a hablar más de eso —le advirtió el sargento.

Era evidente que no se sentía intimidado por el hecho de que el guerrero que tenía frente a él fuera capaz de matarlo antes de que le diera tiempo a darse cuenta de lo que ocurría. Fuera lo que fuese lo ocurrido en Khaturian, o el Campo de la Muerte, como lo llamaba Tremain, no era un asunto del que le gustara hablar a nadie.

Al ver que no iba a sacar ninguna información de Uriel, la afabilidad de Tremain desapareció por completo y las siguientes horas de viaje transcurrieron en completo silencio. El sargento no volvió a ofrecer información sobre Salinas o sus habitantes. Uriel no volvió a intentar mantener una conversación con él. En vez de eso, concentró la atención en los fragmentos de paisajes que se veían a través de las pantallas de visión acopladas de forma permanente en el vehículo.

Lo poco que se veía sugería un paisaje de montañas elevadas y vegetación espesa, con grandes bosques y un cielo despejado. Ver todo aquello después de los paisajes de pesadilla del mundo demoníaco del Ojo del Terror era un auténtico placer. Uriel deseó poder ver más zonas del planeta antes de partir en dirección a Macragge.

La idea de estar de nuevo en el hogar de su capítulo actuó como un bálsamo para su alma, y sintió que la sombra que pesaba sobre su carácter se levantaba un poco.

Habían cumplido su juramento de muerte y habían regresado a un mundo perteneciente al Imperio. Cierto era que en esos momentos se habían convertido en poco más que unos prisioneros de forma voluntaria, pero esa situación no duraría mucho tiempo, y Uriel estaba dispuesto a sufrir ese pequeño castigo a su dignidad con tal de volver a su hogar. No podía culpar a los Falcatas por las sospechas que tenían sobre ellos, ya que era verdad que habían aparecido sin previo aviso y de forma inesperada en mitad de la nada. Si alguien hubiera hecho lo mismo en Macragge, lo habrían metido en el calabozo más profundo de la Fortaleza de Hera antes de interrogarlo sin misericordia alguna.

La Fortaleza de Hera, las grandes bibliotecas llenas de conocimiento, el Templo de la Corrección, donde se encontraba conservado en estasis el cuerpo de Roboute Guilliman, el Pabellón de los Héroes, el valle de Laponis… Tantos lugares maravillosos.

Uriel decidió que, si tenía la oportunidad, en cuanto volviera a Macragge visitaría todos aquellos lugares.

Una voz entrecortada sonó en el comunicador y le interrumpió aquellos pensamientos.

—Todas las unidades. Atención —dijo la voz de Verena Kain—. Que todo el mundo empuñe un arma. Nos acercamos a las afueras de Barbadus.

Uriel se volvió hacia Tremain.

—¿Barbadus? ¿Es una ciudad? —le preguntó.

Tremain asintió mientras indicaba con gestos a los soldados que empuñaran los rifles láser acoplados a la pared del vehículo.

—Sí, es la capital —le aclaró el sargento antes de bajar un artefacto parecido a un periscopio del techo de metal.

El artefacto llevaba incorporada una placa pictográfica que parpadeó al encenderse para mostrar una imagen cargada de estática de la ciudad a la que se acercaban.

Mostraba unos contornos muy difusos, y a Uriel le dio la impresión de que los edificios de la parte exterior tenían un aspecto algo extraño, pero la resolución de la imagen era demasiado imprecisa como para ver de qué se trataba exactamente.

Por encima de todos aquellos edificios se alzaba una gran estructura, o una escultura. A través de las distorsiones vio que parecía ser un ángel alado.

—¿Qué es eso? —preguntó Uriel mientras se acercaban.

—¿Eso? Es el Ángel de Hierro —le explicó Tremain.

Pascal Blaise estaba agazapado detrás del parapeto de un techo bajo de una casa de adobe en ruinas, y desde allí observaba el avance de los Chimera. Había dejado de intentar identificar el vehículo en el que iba la coronel Kain, ya que ninguno de ellos mostraba las antenas largas características de un comunicador de largo alcance o alguna de las señales indicativas de la presencia de un oficial de alto rango.

No. Los Falcatas habían aprendido a no cometer aquellos errores.

Por delante de la columna marchaban tres Sentinel, y otros tres cerraban la retaguardia. Por un momento se sintió inquieto ante la tremenda potencia de fuego que podrían llegar a desplegar aquellas unidades.

Cawlen Hurq, que estaba a su lado, empuñaba un lanzacohetes de aspecto desgastado. El proyectil ya estaba cargado y cebado. Al otro lado de la calle, en el interior de unos tanques quemados, se encontraban otras cinco dotaciones de lanzacohetes y treinta combatientes, estos últimos armados con rifles láser antiguos e incluso rifles de cerrojo.

Los resistentes se habían reunido de forma apresurada, y aunque actuar con tanta premura y falta de planificación iba contra todo lo que había enseñado a sus soldados, la oportunidad de acabar con Kain era demasiado buena como para dejarla pasar de largo.

Los Chimera ya se acercaban rugientes y a buena velocidad por las afueras de la ciudad, donde los edificios estaban más destrozados y dispersos por el terreno. En esos mismos momentos, los simpatizantes de los Hijos de Salinas se estaban dedicando a desalojar los hogares cercanos de sus ocupantes. Pascal Blaise tenía mucho cuidado de no poner en un peligro innecesario a la gente de su planeta, pero los Falcatas no sentirían la misma preocupación cuando respondieran con represalias a la emboscada.

Con suerte, para cuando se produjera el ataque de represalia, tanto él como los suyos ya habrían desaparecido en el laberinto de ruinas y de vehículos abandonados que llenaban la ciudad.

—¿Listo? —susurró.

El retumbar de los vehículos oruga sonaba más fuerte a cada segundo que pasaba.

—Por supuesto —le respondió Cawlen.

—Deja que pasen los bípodes y luego dispara al vehículo de vanguardia —le indicó Pascal—. Los demás lo harán después de ti.

—Lo sé —le respondió Cawlen con un susurro—. Aunque no te lo creas, ya he hecho esto antes.

—Sí, es verdad. Lo siento —se excusó Pascal, que procuró contener su instinto por controlarlo todo.

Tenía plena confianza en que Cawlen Hurq iniciaría el ataque en el momento más adecuado. Levantó la mirada hacia el Ángel de Hierro, el guardián y amuleto de los Hijos de Salinas.

La gran escultura creada a partir de piezas recuperadas se alzaba por encima de él. Las alas procedían de una Thunderbolt que se había estrellado, y el cuerpo se había construido a partir de los restos abollados del fuselaje. Los rasgos del rostro los constituían varias piezas del motor.

Era algo primitivo y sin acabar, y era algo muy bello.

—Por favor, protégenos hoy —le pidió Pascal con un susurro. Luego se irguió un poco para mirar por encima del parapeto.

Los Chimera habían entrado en la trampa.

Cawlen Hurq se puso de rodillas y colocó el tubo lanzacohetes sobre el parapeto para apuntar contra uno de los Chimera que había en la calle.

—¡Por los Hijos de Salinas! —gritó, y apretó con fuerza el gatillo.