Cinco

La superestructura del Raza Guerrera crujió debido a la presión de un giro tan cerrado, pero Honsou conocía lo suficiente a la nave como para saber que sería capaz de soportarlo. En uno de los puestos de los servidores de control comenzó a sonar una alarma, pero el adepto Cycerin la silenció con un gesto despreciativo de uno de sus mecadendritos orgánicos. El magos corrupto del Mechanicum estaba inmerso en el interior de un gel amniótico y había desarrollado sus mecaorganismos internos, de manera que ya no necesitaba trasladarse de un puesto de control a otro.

El titán que habían destruido en Majaax le había proporcionado a Cycerin ese gel bioconductor, y varios artefactos que había sacado de la Basilica Dominastus de la Indomable le habían permitido crear aquel modo repugnante de conectarse de un modo más efectivo con los sistemas internos del Raza Guerrera. El olor era asqueroso y las formas ondulantes que se movían bajo el fluido espeso y rosado llenaban el puente de la barcaza de combate de un hedor a leche agria.

—Dioses de la disformidad, ese mejunje apesta —exclamó Cadaras Grendel.

A Honsou le dio la impresión de que su subordinado hacía una mueca de asco por el espeso estanque que había tomado en el centro del puente de mando, pero cada vez era más difícil saber qué expresión tenía realmente Grendel en la cara.

—Si eso le ayuda a cumplir mis órdenes, por mí puede oler como un adorador del Padre de las Plagas —le replicó Honsou—. Y ahora, quédate callado.

Grendel se encogió de hombros y volvió a concentrarse en la cubierta de observación.

Honsou mantuvo la mirada fija en las imágenes cambiantes de la mesa de despliegue táctico, una placa con un marco de acero mellado que proyectaba un campo luminoso de estática roja. Los iconos resplandecientes representaban a los bailarines de aquel ballet mortífero, que se movían con lentitud a través de la neblina provocada por las interferencias. El mayor de todos era el que representaba a la Indomable.

Mientras las piezas menores de la flota de Honsou se enfrentaban a la pantalla de silos orbitales de torpedos y a las andanadas incesantes de los cientos de plataformas geoestacionarias de armas, las naves de sus lugartenientes luchaban con el verdadero enemigo: la flota de los Ultramarines.

Era una flota pequeña, compuesta tan sólo por tres fragatas y un destructor apoyados por una hueste de aeronaves de ataque y un par de naves de defensa de sistema, pero a pesar de ello, no se debía subestimar su fuerza.

A lo lejos se produjo una explosión de luz, y Grendel soltó una risotada.

—Una para Kaarja Salombar. Ése tiene que ser la Daga Lunar.

Honsou observó detenidamente las imágenes.

Las naves de la Reina Corsaria avanzaban muy por delante de las naves de los Guerreros de Hierro, ya que se habían adelantado de forma temeraria para provocar a las naves de los Ultramarines y que entraran en combate. Como era de esperar, las naves enemigas habían mordido el anzuelo y habían actuado según su más que predecible Codex Astartes. La lucha fue feroz, y los Ultramarines acabaron con tres naves de Salombar sin sufrir pérdidas. A pesar de ello, Salombar no era ninguna novata en los combates, y sus capitanes eran veloces e impredecibles.

Y eso estaba destrozando los planes de combate básicos de los Ultramarines.

La nave insignia de Salombar, la Daga Lunar, tenía una forma ahusada, larga y elegante, con una multitud de delicadas velas solares colgadas de la zona inferior del casco. Las numerosas baterías machacaban las naves de los Ultramarines. Una de las fragatas de la clase Nova recibía una andanada tras otra que la acribillaban de la proa a la popa.

Fue entonces cuando la Intrusa se unió al combate.

Era una de las naves que Huron Corazón Negro le había regalado a Honsou, un acorazado antiguo de la clase Apocalipsis, con más de la mitad de sus sistemas de armas inservibles. Sin embargo, a aquella vieja bestia todavía le quedaban algunos dientes, y su anónimo capitán-engendro sabía utilizarlos.

Las baterías de lanza de la Intrusa ya no funcionaban, pero su arma principal todavía era capaz de lanzar un disparo aniquilador con su cañón frontal, cuyo tubo prácticamente ocupaba toda la eslora de la nave. Los impulsores gravimétricos eran capaces de arrojar el mortífero proyectil contra las naves Ultramarines a una velocidad cercana a la de la luz. Así lo hizo, y la implosión resultante de cada uno de los impactos destrozó tres cruceros de ataque en rápida sucesión y dañó de gravedad a una nave de defensa de sistema que tuvo que retirarse al lado oscuro del planeta.

A cada minuto que pasaba aparecían más naves que se lanzaban contra los Ultramarines y los acosaban por todos los flancos para impedir que avanzaran.

Excepto que los Ultramarines no estaban dispuestos a cooperar para trabarse en combate. Siguieron avanzando para romper las líneas de combate de la Reina Corsaria.

—Los ha dejado escapar —comentó Grendel mientras contemplaba el baile de los iconos—. Ha dejado que sus líneas se extendieran demasiado y les ha dejado un hueco por el que escapar. Ha sido obvio.

—Es cierto —admitió Honsou—. Pero fíjate hacia dónde conduce esa ruta de escape.

Grendel siguió con la mirada el rumbo de la huida de los Ultramarines para descubrir hasta dónde los llevaría y gruñó con un tono de diversión siniestro.

—¿Estaba planeado así?

—Por supuesto. No creerías que íbamos a combatir según sus condiciones, ¿verdad?

Honsou volvió a concentrarse en la mesa de mapas y observó cómo los Ultramarines atravesaban los puntos débiles de las líneas de ataque de Salombar, y cómo destruían una nueva nave corsaria antes de salir al otro lado a través del hueco que habían abierto con sus armas.

—Qué mala suerte que su ruta de escape les lleve directamente hacia la Indomable —dijo Honsou.

—¿Pueden dañarla?

—Es poco probable, aunque una de las fragatas está armada con baterías de lanzas de energía —comentó Honsou—. Esas armas sí que podrían causar algún daño si logra pasar. Quizás incluso a la Basilica Dominastus.

—Y eso sería algo terrible, ¿verdad? —se rió Grendel.

—No sería agradable —respondió Honsou con una sonrisa—, pero al menos eso le demostraría a M’kar lo mucho que nos necesita si quiere poner de rodillas a los Ultramarines.

—¿De verdad es eso lo que quiere? —inquirió Grendel.

—Por supuesto. ¿Tú crees que no?

Grendel hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, yo creo que sólo quiere matar Ultramarines. No le importa nada la venganza. Incluso dijo que pensaba que la venganza era irrelevante.

Honsou miró durante unos largos segundos el rostro desfigurado de Grendel, incapaz de saber si estaba hablando en serio o no.

—¿Cómo lo sabes? ¿Desde cuándo te has convertido en el confidente de un demonio?

—Pero si está tan claro como el agua —le contestó Grendel, que parecía sorprendido de que Honsou no lo hubiera visto—. No le importa cómo acabe esto. Es una criatura de la disformidad. Siempre sobrevivirá, pero los Ultramarines estarán acabados cuando el estruendo de los combates se desvanezca. Harás que estemos todos muertos para cuando acabe esto si se lo permitimos.

—En cuanto Ventris sufra todo lo que puede sufrir y todo lo que ama haya quedado convertido en cenizas, ya no me interesará Ultramar —declaró Honsou mientras los grandes cohetes de maniobra del Raza Guerrera se encendían y obligaban a girar a su enorme masa—. Por mí, M’kar puede destruirse a sí mismo en su ansia de matar Ultramarines, pero yo no pienso caer con él.

Grendel dio un par de golpecitos en la pantalla táctica.

—No tendrás que preocuparte de eso si los Ultramarines logran atravesar las líneas.

Honsou no tenía intención alguna de permitir que la Indomable sufriera daño alguno, pero tampoco sería malo recordarle a M’kar que dependía de sus aliados mortales. Sin duda, la fortaleza estelar era una arma poderosa, casi inexpugnable y capaz de disparar un gigantesco potencial destructivo, pero sin la flota que la acompañaba, era un arma estática, y si algo le había enseñado el periodo de tiempo que había sido el señor de Khalan-Gol era que cualquier objetivo estático acababa siendo destruido.

++Atención: naves en rumbo de aproximación++ —dijo la voz rasposa y húmeda del adepto Cycerin.

El sonido no procedía de ningún punto concreto identificable, ya que resonó al mismo tiempo en todos los conductos de ventilación y en los altavoces del puente de mando, además de surgir burbujeante de las profundidades de aquel estanque grotesco cubierto de espuma.

—¡Identifícalas! —le ordenó Honsou.

++La señal de los motores, el tonelaje y los protocolos de comunicación entre ellas identifican las naves que se aproximan como sigue: la nave con rumbo cero uno nueve es la Espada de Ultramar, una fragata de clase Gladius; la nave con rumbo cero tres siete es la Gran Duque de Talassar, una fragata de clase Gladius; la nave con rumbo cero dos seis es la Lanza de Guilliman, una fragata de clase Nova; la nave con rumbo cero cuatro uno es la Furia de Hera, una fragata de clase Cazador++.

—Eso es mucha potencia de fuego —comentó Grendel.

—No tanta como la que tiene el Raza Guerrera —le aseguró Honsou.

++Alerta: los augures externos detectan un lanzamiento de torpedos++.

—Ahora empezamos en serio —exclamó Honsou con placer—. Prepara los cañones de defensa cercana.

++Situación: todos los cañones están armados y en proceso de fijar sus objetivos++.

—Aumenta la velocidad a toda máquina —ordenó Honsou.

Las palabras apenas habían salido de su boca cuando ya notó que la vibración del suelo metálico cambiaba en respuesta a la orden. Por muy repugnante que resultaran las modificaciones que había realizado Cycerin, a Honsou no le quedaba más remedio que admitir la mejora.

—Lanza un contraataque con torpedos. Objetivo, la Furia de Hera. Es la única nave que tiene torpedos.

Aunque eso no lo sintió, Honsou estuvo seguro de que los torpedos ya estaban saliendo de los tubos de lanzamiento de proa. Un momento después, en la placa apareció un grupo de puntos luminosos, aunque era imposible determinar cuántos se habían lanzado.

++Una pantalla de aeronaves de ataque rápido maniobra para interceptar los torpedos++.

—No importa. Seguro que pasan los suficientes.

Las naves de ataque rápido de los Ultramarines se dirigieron de inmediato en rumbo de interceptación hacia los torpedos y les lanzaron una lluvia mortífera de disparos. Las posibilidades de acertar a un objeto tan pequeño y veloz como un torpedo eran infinitesimales, pero los capitanes de las naves ya lo sabían, por lo que llenaron el espacio que se abría ante ellos con unas tormentas cada vez más crecientes de metralla explosiva y de destellos de radiación electromagnética.

Trece torpedos estallaron de forma prematura cuando sus espíritus mecánicos detectaron señales falsas, y las nubes de metralla en expansión destrozaron otra docena. Los capitanes de las naves de ataque se lanzaron en mitad del grupo de torpedos supervivientes para acribillar el sector por el que pasaban con fuego de batería. Aquella maniobra tan arriesgada eliminó más torpedos, aunque no todos.

De los cincuenta torpedos lanzados, apenas un puñado atravesó la pantalla de aeronaves, y las defensas de corto alcance de la Furia de Hera acabaron con todos los torpedos que quedaban, menos con uno. Un control de daños eficiente mantuvo la nave en estado de combate, con apenas una disminución perceptible en su capacidad de lucha.

La Furia de Hera atravesó junto a las demás naves de la flota ultramarine la primera línea de defensa de los Guerreros de Hierro, y la flota corsaria de Kaarja Salombar se reagrupó para comenzar a perseguirla.

El resto de la flota de Honsou se dedicó a completar la destrucción de las defensas orbitales de Talassar. La distancia que separaba la flota de los Ultramarines y la Indomable se acortaba más a cada momento que transcurría.

Sólo una nave se interponía entre los navíos imperiales y la fortaleza estelar.

El Raza Guerrera.

Muy por debajo de Honsou, en los pasillos sombríos de las cubiertas inferiores del Raza Guerrera, Ardaric Vaanes avanzaba a través de la oscuridad con el silencio de un depredador. Era poco más que una silueta negra en lo más profundo de la oscuridad, con unos movimientos ágiles y medidos. La nave insignia de Honsou no tenía una tripulación muy numerosa. Apenas unos cien Guerreros de Hierro ocupaban sus pasillos de metal, y el resto de la tripulación la componía una mezcla de esclavos, servidores y criaturas desfiguradas de origen incierto.

Resultaba fácil moverse por la nave sin que nadie lo viera, pero a pesar de ello, Vaanes lo hacía como si lo persiguieran un centenar de enemigos. Pasó por las cubiertas cavernosas de armamento, donde miles de esclavos encadenados entre sí tiraban de los enormes torpedos para montarlos sobre los raíles que los meterían en los tubos lanzadores. Atravesó como un fantasma los inmensos compartimentos de motores que proporcionaban energía a los mecanismos de la nave, y evitó ser detectado por los magos corruptos conectados al corazón palpitante del navío. El recorrido que siguió le hizo pasar por las cubiertas de la tripulación, donde los guerreros se enfrentaban en sus entrenamientos y se realizaban prácticas crueles para atraer el favor de los veleidosos dioses de la disformidad.

Vaanes sintió cierta emoción al ver aquellos rituales votivos, un tironeo insistente en el alma al que antaño le había dado la bienvenida, pero que había acabado temiendo. Era posible que los dioses que acechaban en las corrientes y en el oleaje de la disformidad fueran veleidosos, pero tenían muy buena memoria y no se tomaban bien ningún rechazo. Se alejó de allí y se adentró en la oscuridad de nuevo, donde dejó que el olor penetrante a aceite, a metal caliente y a polvo le quitara de la cabeza los chorros de sangre, el aroma a incienso y el sabor a carne tibia en la punta de la lengua.

Aquellos pensamientos lo asaltaban por la noche y le recordaban sensaciones, un millón de éxtasis que podrían ser suyos si reconocía de nuevo quién era el propietario de su alma.

Vaanes se quitó aquella idea de la cabeza y concentró toda su voluntad de nuevo en evitar que nadie detectara su presencia mientras iba de un extremo al otro de la nave. Oyó los crujidos y los chasquidos que emitía la superestructura con cada giro que efectuaba siguiendo las órdenes de su comandante. Honsou no era mal capitán, pero tampoco un experto en la guerra en el vacío espacial. Vaanes dudaba mucho que la fuerza de los Ultramarines presente en Talassar fuera capaz de amenazar seriamente al Raza Guerrera, pero una parte de su ser tenía la esperanza de que llegara ese microsegundo de fuego y luz provocado por un torpedo o un disparo de lanza de energía que lo arrastrara al espacio y acabara con su patética servidumbre hacia Honsou.

Pero eso no iba a ocurrir. Las experiencias que había vivido al lado de Honsou le habían mostrado que existía un orden cósmico oculto en la galaxia. No se producían coincidencias en los acontecimientos de gran importancia, y ése era uno de esos momentos. Aunque no era un individuo arrogante, Vaanes sabía que él era demasiado importante en el desarrollo de aquel acontecimiento para que su vida acabara por culpa de algo tan arbitrario como aquello.

Salió de la oscuridad y dejó que su unión con las sombras se desvaneciera hasta que quedó a la vista bajo el brillo de los lúmenes sin protección de la cubierta de paredes metálicas. Dos siervos vestidos con túnicas grises desvaídas se sobresaltaron cuando apareció: un guerrero con una armadura de placas negras que incluían unos guanteletes en los que se veían las puntas de garras afiladas.

—Mi señor —le dijo uno de ellos al tiempo que hacía una reverencia.

—No me llames eso —le replicó Vaanes mientras pasaba a su lado para entrar en la bóveda de la cubierta de entrenamiento.

Allí había sido donde había entrenado al ingénito, donde le había dejado matar a Jeffar San y a Svoljard para demostrar su valía. Vaanes se dirigió hacia el borde de la cámara medio iluminada que se encontraba al lado de las estanterías para armas y se quitó con rapidez la armadura.

Antaño había llevado con orgullo aquella armadura. Disponía de una hueste de armeros personales y de escuderos que se aseguraban de que cada placa se retirara, se ungiera y se tratara con respeto reverente. Había retirado o borrado todas las insignias y marcas identificativas, pero por mucho que intentase borrar su pasado, no podía borrar su recuerdo.

Vaanes llevaba debajo de la armadura un traje monopieza desteñido, con el tejido desgarrado en algunos puntos. Dejó las piezas de la armadura a su alrededor, se quitó también el traje monopieza y se quedó desnudo en mitad de la sala de entrenamiento. Vaanes resistió la tentación de mirarse el tatuaje que el propio Alcaudón le había grabado, que era una réplica exacta de la insignia que antes llevaba en la hombrera. Se había arrancado la imagen alada de la carne del músculo deltoides mucho tiempo atrás, y la zona clara del tejido cicatrizado era lo único que quedaba de aquella marca que antaño luciera con tanto orgullo.

Una vez desnudo, se movió por la sala de entrenamientos con rapidez mientras realizaba ejercicios sin armas. Saltó en el aire y giró sobre sí mismo a la vez que propinaba golpes feroces en todas direcciones con los pies y con las manos. Cada una de sus extremidades era un arma mortífera, y cada uno de aquellos golpes un tajo letal. Aunque a su alrededor se estaba librando una batalla espacial, a él sólo le preocupaba la perfección fluida de sus ataques.

Por último, cayó en el suelo sobre una rodilla y golpeó con un puño en el punto exacto donde un oponente se estaría ahogando con su propia sangre si hubiera sido un combate de verdad. Dejó escapar un largo suspiro, con todo el cuerpo tenso y la respiración jadeante.

Sintió la presencia del ingénito como una picazón infecciosa, y alzó la mirada para ver cómo lo contemplaba desde la entrada de la estancia.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —le preguntó Vaanes mientras se ponía en pie y dejaba que la tensión abandonase poco a poco su cuerpo.

—Lo bastante como para darme cuenta de que estás preocupado —le contestó el ingénito con una sinceridad cautivadora.

—No estoy preocupado.

La criatura inclinó la cabeza hacia un lado. Sin duda, estaba intentando averiguar por qué le mentía. Era increíblemente poderosa, creada en una de las matrices demoníacas de Medrengard en la que había quedado imbuida el poder sobrenatural de su nacimiento engendrado por la disformidad. A pesar del legado genético robado a Uriel Ventris que llevaba codificado en su propia estructura genética, el ingénito había sido, en muchos sentidos, un lienzo en blanco. Su mente fácilmente impresionable había sido moldeada por sus creadores hasta convertirse en algo monstruoso: un soldado del desorden. Vaanes había sido testigo de sus actos crueles y salvajes, y sabía que eran obra del lavado mental de Honsou.

—¿En qué te convertirías si te dejaran a solas por tu propia cuenta? —se preguntó en voz alta.

—No te entiendo.

—No, probablemente no puedas —le contestó Vaanes.

—Pues entonces, explícamelo —le replicó el ingénito—. Se supone que debías entrenarme, ¿no te acuerdas?

Vaanes meneó la cabeza, irritado por la falta de perspicacia del ingénito. Todo lo que era tenía su origen en Honsou. Hasta su rabia era fraudulenta y apenas convincente. Vaanes se dirigió con su elegancia habitual hacia su armadura mientras oía cómo el casco de la nave soltaba otro gruñido provocado por una nueva maniobra cerrada.

—Ya no me queda nada que enseñarte —le dijo mientras empezaba a ponerse el traje monopieza por las piernas. Se colocó las presillas vulcanizadas por encima de los conductos para las conexiones que tenía en los muslos—. Eres un guerrero más letal de lo que yo jamás podría haber creado.

El ingénito se reunió con él al lado de las estanterías y señaló con un gesto de la mano el centro de la zona de entrenamiento.

—Ese estilo de lucha que has utilizado ahí. ¿Puedes enseñarme cómo matar así? Jamás te he visto combatir de esa manera.

—Ni siquiera tú podrías llegar a dominar ese estilo —le contestó Vaanes con un claro orgullo en la voz.

—¿Por qué no?

—Porque es un estilo de lucha secreto que tan sólo conocen unos pocos guerreros entrenados por los señores de la Guardia del Cuervo. Pocos pueden dominar su sutileza, y tú, amigo mío, careces de toda sutileza.

—Puedo aprender —insistió el ingénito.

—Esto no, no podrás —le aseguró Vaanes.

—Puedo intentarlo.

—¡Que no, maldita sea! —le gritó Vaanes—. He dicho que no.

—Estás inquieto. ¿Se trata de esta guerra contra los Ultramarines? ¿Lamentas tener que combatir contra guerreros al lado de los que quizás combatiste alguna vez?

—Hoy vienes lleno de preguntas. ¿A qué viene tanta curiosidad?

El ingénito se encogió de hombros, aunque ese gesto tampoco fue natural.

—Tengo la sensación de que ya he estado aquí antes. Ya sé que no es así, pero siento cierta afinidad por muchos de los planetas que estamos destruyendo.

—Ése es Ventris. Lo que experimentas son sus recuerdos.

—Eso ya lo sé, pero a pesar de ello...

—¿Es que no quieres hacer esto?

—No estoy seguro —le contestó el ingénito mientras frotaba una mano contra la sien—. Lo único que conozco es el odio contra el Imperio y contra Ventris. Todo lo que me han enseñado me dice que es mi enemigo, pero todo lo que siento me habla de su nobleza y de los grandes ideales que lo impulsan en esta vida. Sé que acabaré matándole, pero me pregunto qué pensaría de él si yo no formase parte de este ejército.

—No puedes luchar contra lo que eres. Te han preparado para esta guerra desde que fuiste... empollado, desde que naciste o como sea el modo en que llegaste a este universo. Eres lo que eres porque ellos te hicieron de esa manera, pero nadie sabe lo que podrías haber llegado a ser.

—Pero ¿significa eso que esto es lo único que soy capaz de ser?

—¿Quién sabe? —se preguntó Vaanes—. Honsou y Grendel están disfrutando de esta posibilidad de luchar contra los Ultramarines, pero para mí, esta guerra no tiene gloria ninguna. La idea de que podría acabar enfrentándome a Uriel Ventris tan sólo me llena de temor.

—¿Temes que te mate?

Vaanes se echó a reír.

—No, puedo matar sin problemas a Ventris.

—Entonces, ¿qué te ocurre?

—Me recuerda lo que yo solía ser. Me recuerda lo que podría haber llegado a ser, pero a lo que le di la espalda.

—Entonces, quizás lo que te preocupa no es enfrentarte a Ventris, sino saber que tu antiguo Capítulo ha enviado a sus propios cazadores para perseguirte.

—Quizás —contestó Vaanes antes de darse la vuelta—. O quizás es que tengo miedo de pensar en lo que me puedo llegar a convertir si no me atrapan.

—Quizás no es demasiado tarde. Para ninguno de los dos —le dijo el ingénito.

—¿De qué estás hablando?

El ingénito alargó una mano y le dio unos golpecitos en el hombro. Vaanes bajó la mirada.

Bajo la piel pálida del tejido cicatrizado de la curva de su deltoides se veía con claridad el tatuaje de un cuervo negro.

Antiguamente fue una enorme sala de reuniones para la guarnición de la Indomable, pero las paredes de piedra clara y las grandes columnas de mármol de la Sala de los Ancianos albergaba en ese momento a unos guerreros muy distintos. Los estandartes azules y dorados que antaño ondeaban en los mástiles de adamantium habían sido arrancados, y los que no habían desaparecido quemados se habían convertido en sacos de dormir para los mercenarios kroot. Las estatuas de bronce de los portaestandartes Ultramarines yacían rotas sobre el suelo de terrazo. El aire apestaba a excrementos alienígenas allí donde las fuentes de agua traída desde los ríos de Macragge habían sido profanadas.

Honsou sonrió al ver los iconos de sus enemigos tirados por el suelo, y disfrutó ante la posibilidad de humillar a los odiados Ultramarines. Grendel, Vaanes y el ingénito lo siguieron cuando entró en aquella espaciosa cámara. Mantuvo la barbilla en alto, como le correspondía al señor de aquella flota, y caminó ante las filas de guerreros con la arrogancia que se había ganado en dirección al gran estrado situado al otro extremo de la estancia.

Tal y como había prometido, las naves de los Ultramarines no disponían de la potencia de fuego suficiente para enfrentarse al Raza Guerrera, y había destrozado esas naves de menor tamaño en los primeros compases del intercambio de disparos. En esos precisos instantes estaban reparándolas y reconfigurándolas en los muelles de la Indomable, y Honsou sentía una tremenda satisfacción ante la idea de volver aquellas naves contra sus antiguos propietarios.

—¿Qué es tan importante para que nuestro nuevo... aliado nos haga reunirnos a todos? —le preguntó Vaanes, y Honsou captó la cuidadosa elección de las palabras.

—La siguiente etapa de nuestro ataque a Ultramar. Los Ultramarines ya saben de lo que somos capaces, y ha llegado el momento de desconcertarlos.

—¿Qué quiere decir eso? —inquirió Grendel.

—Se han acostumbrado a que ataquemos sus planetas uno por uno, así que tendremos que aumentar la velocidad.

Honsou se alejó antes de que tuvieran ocasión de hacerle más preguntas. M’kar había convocado a todos y cada uno de los comandantes para que acudieran a la Indomable tras arrasar Talassar. Honsou ni se había molestado esta vez en contemplar la destrucción del planeta. Le aburría la escena de decenas de miles de demonios arrasando las ciudades del gran continente, la única masa terrestre que sobresalía del océano que ocupaba el resto del planeta.

Las ciudades de Talassar se habían convertido en tumbas, cementerios llenos de carne desgarrada y de sangre, aunque ni uno solo de sus edificios había quedado destruido o reducido a escombros por las andanadas de la artillería de asedio, algo que inquietaba el alma de guerrero de Honsou. Disfrutaba de la fuerza matemática aplicada con precisión que había en los bombardeos, en las trincheras de aproximación, en los trabajos de zapa y en las contraminas. Un asedio era tanto una ciencia y un arte como un asunto de fuerza bruta, y tras tomar en combate la Indomable, Honsou tenía la sensación de que estaban dejando una parte crucial de aquella guerra sin resolver.

Pasó al lado de la hueste de kroots apestosos de Ekoh. Aquellos alienígenas tenían la piel aceitosa y hedían a sudor bioquímico. Sus crestas mostraban una mezcla de amarillos y verdes muy intensos, mientras que sus picos tenían motas negras y púrpuras. Enfrente de ellos se encontraban las siluetas reptilianas de la horda guerrera de loxatls de Xaneant, y Honsou se dio cuenta de que incluso en una reunión como aquélla, de piratas, mercenarios y renegados, existía una jerarquía. Las especies alienígenas se veían obligadas a mantenerse al fondo de la estancia, mientras que los grandes comandantes se encontraban en el centro, ante su demoníaco señor.

Kaarja Salombar lo saludó con cierta desvergüenza, y su cabello azul se arremolinó alrededor de sus rasgos enjutos. Honsou supuso que se la podía considerar hermosa con aquella piel pálida y esos ojos de forma almendrada y de un increíble color violeta. Algunos aseguraban que por sus venas corría sangre eldar, y Honsou veía difícil desestimar la idea. Su cuerpo alto y esbelto, y la elegancia inhumana de sus movimientos, sin duda sugerían cierto parentesco con esa raza antigua. El tejido de sus ropajes, de colores brillantes, se movía bajo el impulso de una brisa invisible, y lucía una armadura de piezas sueltas de cuero laqueado. Era una figura impresionante. Separó los labios para mostrar una sonrisa que era al mismo tiempo repelente y seductora.

Más cerca del estrado se encontraba Votheer Tark, el señor de la horda de máquinas de combate creadas en un mundo que antaño era sagrado para el Mechanicum, pero del que se había apoderado su contrapartida más siniestra. En sus fundiciones se forjaban un hierro maldito templado con el sacrificio de un millar de almas, y la maquinaria impulsada por los cuerpos de los esclavos desechados le daba forma a ese metal con los martillos pilones manchados de sangre hasta crear vehículos temibles para su señor maligno. El propio Tark era poco más que unos trozos de carne y un cerebro que flotaban en el interior de un tanque lleno de fluido amniótico. La última vez que Honsou lo había visto subía por la ladera de escombros creada por una brecha abierta en el Bastión Guantelete, y formaba parte de una máquina monstruosa con forma de araña erizada de unas espinas que eran en realidad morteros. En ese momento, sus componentes orgánicos estaban acoplados a un chasis alargado con múltiples extremidades rematadas por cuchillas y pinzas que parecían absurdamente frágiles, pero que sin duda no lo serían.

Honsou pasó entre las filas de capitanes piratas y de renegados sin fama ni importancia alguna hasta que llegó a la altura de los Bailarines de las Espadas, que antes se encontraban bajo el mando de Notha Etassay. El paladín del Príncipe Oscuro había librado su último combate en la Indomable contra un asesino imperial, y había sido un duelo increíble a espada que había terminado mal para Etassay.

Honsou se había hecho con los servicios de la hueste guerrera de Etassay en Nuevo Badab, y su afición por las sensaciones le había parecido muy irritante, aunque lo cierto era que echaba de menos la frivolidad de sus palabras. Sin embargo, antes de que pudiera pasar de largo por delante de los bailarines, una mujer con una armadura plateada de reflejos ondulantes que le cubría todo el cuerpo salió de sus filas con una ágil pirueta.

Su casco, que estaba moldeado de forma exquisita para que mostrara unos rasgos perfectos y andróginos, se replegó con una serie de movimientos fluidos, como si no fuera realmente sólido, y a Honsou le recordó la superficie reluciente del brazo que le había robado al sargento ultramarine. El rostro de la mujer era oscuro, de unos rasgos tan delicados y pulidos que parecía una estatua de ónice. Sus ojos, de un incongruente color amarillo, le devolvieron fijamente la mirada, y cuando el casco se replegó por completo en la zona de los hombros de la armadura, vio que tenía el cabello rubio y cortado a cepillo.

—Honsou —lo saludó la mujer, y su voz fue un soplo de aire perfumado.

—¿Quién eres, y por qué debería importarme? —fue la respuesta de Honsou.

—Soy Xiomagra —le respondió la guerrera—. Soy la nueva señora de las espadas.

—Me alegro por ti —le replicó Grendel, y se dispuso a continuar su camino.

De repente, y sin que pareciera que la mujer se hubiera movido, dos espadas aparecieron en sus manos, una negra y otra plateada, y ambas quedaron con el filo apoyado en el cuello de Grendel. Con un simple giro de ambas muñecas, éste quedaría decapitado, y Honsou se sintió tentado de permitírselo.

—Son las espadas de Etassay —dijo al reconocer las hojas adornadas y grabadas, y las empuñaduras igualmente decoradas.

—Son las espadas de los bailarines —le corrigió ella—. Cuando muere un señor de los bailarines, quien le sucede empuña las espadas. Etassay murió a vuestro lado, y la Ley de las Espadas me obliga a ser vuestra sombra hasta que llegue el momento en el que pueda pagaros esa deuda.

—Ya tengo un guardaespaldas —le replicó Honsou señalando al ingénito con un pulgar.

Xiomagra soltó un bufido burlón.

—¿Ese desecho bastardo? Debería matar a esa abominación ahora mismo.

—Yo de ti no lo intentaría —le avisó Honsou—. Es más duro de lo que parece.

Xiomagra dejó ir a Grendel, y Honsou le agarró de la mano antes de que pudiera alcanzar la pistola.

—Ahora no —le ordenó, y Grendel lo miró con tanta ferocidad que tuvo la seguridad de que iba a golpearle, pero su lugarteniente se soltó de un tirón y se volvió hacia Xiomagra para llevarse un dedo de un extremo a otro de su garganta cubierta de cicatrices. Honsou se interpuso entre los dos—. Mátala más tarde; de momento, la necesitamos.

—De acuerdo —replicó Grendel mientras miraba de reojo a la mujer—. Puedo esperar.

Honsou dejó por fin a todos los comandantes mortales a su espalda y llegó al estrado donde se encontraba esperando la élite de aquella reunión de guerreros.

Los Guerreros de Hierro tenían el privilegio de ser los que estaban esperando junto al estrado, y Honsou notó una extraña sensación de orgullo por su porte erguido y su actitud arrogante. Eran los guerreros más importantes de su hueste, aunque muchos luchaban por conseguir esa posición. Los cascos con placas faciales con forma de calavera se giraron para seguirlo con la mirada mientras se acercaba, y él notó el respeto cauteloso que provocaba en ellos.

No era habitual que los Guerreros de Hierro apreciasen a sus comandantes, y la muerte de cualquiera de sus líderes solía producirse a manos de uno de sus subordinados. Los celos furibundos y la ambición más retorcida eran algo endémico entre los Guerreros de Hierro, pero así lo prefería Honsou. Aquella competitividad tan violenta creaba unos guerreros a los que las nociones de honor y conciencia les resultaban completamente desconocidas.

Junto a los Guerreros de Hierro se encontraban los comandantes y los líderes de los astartes renegados que se habían unido a su creciente ejército mientras se dirigía a Ultramar. Estaban los Garras de Lorek de Neshan Voor y los Cosechadores de Cráneos de Muscara. Honsou sentía muy poco respeto hacia ellos, ya que carecían de la cohesión de los Guerreros de Hierro, pero eran sin duda unos luchadores feroces. Había individuos de numerosos capítulos renegados, como los Apóstoles de Mithras o las Sombras de la Muerte, pero también algunos procedentes de otros capítulos más ilustres. Honsou distinguió a tres guerreros que eran sin duda lobos espaciales. Quizás eran los mismos traidores que se habían vuelto contra sus hermanos a bordo del Lobo de Fenris.

Sonrió al pensar en una traición semejante en el seno de aquel Capítulo mientras subía los peldaños del estrado. El aire se hizo más espeso y quebradizo, igual que un viejo rollo pictográfico que se hubiera sacado de un sótano y se hubiera colocado en un proyector defectuoso para verlo.

El crujido pesado de los pasos de unos pies metálicos que agrietaban el mármol anunció la llegada de M’kar, y una sensación emocionada y palpable llenó la estancia cuando el demoníaco dreadnought salió de la oscuridad para predicar a sus seguidores.

—¡Hijos del Caos, hemos dado los primeros pasos de un camino glorioso! —empezó diciendo M’kar con los brazos alzados.

Un brillo oscuro surgía de toda su silueta poderosa e hinchada por la energía de la disformidad. La verdadera forma del demonio se enfocaba y desenfocaba a la vista, como si intentara desbordar la envoltura mecánica que se había visto obligado a ocupar.

Honsou observó cómo hablaba, y su voz rasposa y fúnebre rechinaba igual que dos barras de hierro oxidado al rozarse. Miró los rostros llenos de adoración de los guerreros, los asesinos, los monstruos y las criaturas alienígenas allí reunidas, y se quedó sorprendido momentáneamente cuando se dio cuenta de que la sensación que le revolvía el estómago era el odio contra aquella entidad demoníaca que había liberado del núcleo de disformidad de la Indomable.

Había tenido la intención de utilizarla como un arma, pero esa arma tenía sus propios planes, y se había apoderado más o menos de su ejército sin que él se hubiera dado cuenta. No debería haberse sentido sorprendido por ello, ya que se trataba de un príncipe del immaterium, un ser más antiguo que cualquier otra criatura de la galaxia, y aquellos que eran más débiles mentalmente siempre verían a un ser semejante como algo que se debía adorar. No sólo eso. Además, un príncipe demonio siempre intentaría convertirse en el señor de cualquier horda por la que hubiera sido invocado.

Una criatura con aquel poder no podía simplemente ser un seguidor de alguien. Y lo mismo le ocurría a Honsou.

Normalmente no sentía celos, ya que no necesitaba el amor de sus guerreros. Un comandante podía ser amado u odiado, pero no ambas cosas a la vez, y Honsou prefería ser odiado. Mientras sus guerreros mataran a sus enemigos, le importaba muy poco su afecto. Así era el modo de vida de los Guerreros de Hierro, y él no veía necesidad alguna de cambiarlo, pero jamás había pensado que le robarían su propio ejército.

Pero ¿acaso eso importaba? Dos de los mundos de Guilliman eran ya unos mataderos ensangrentados, y eso era mucho más de lo que ningún otro enemigo había conseguido en diez mil años, incluido el Gran Devorador. Todavía caerían más bajo el ejército demoníaco de M’kar y el poder de los guerreros de Honsou.

Así pues, ¿de verdad importaba quién era el que lo controlaba todo?

Por supuesto. Se trataba de su ejército, de su cruzada negra, de su venganza.

Honsou notó que sus emociones estaban a punto de apoderarse de él, y se mordió la lengua hasta llenarse la boca de sangre para controlar su creciente furia. Se obligó a sí mismo a escuchar cómo el príncipe demonio predicaba sus malignas enseñanzas mientras que el desprecio que sentía hacia esa criatura se cristalizaba como una bilis agria en el fondo de la garganta.

M’kar hablaba con la pasión del fanático poseído por una fe absoluta y un convencimiento total en la certeza de sus palabras. Hablaba con un fervor que Honsou encontraba repelente. Él jamás había sentido una necesidad imperiosa de rezar a ninguno de los dioses de la disformidad, salvo cuando les pedía el poder que sólo ellos podían otorgar. Se podían realizar pactos o llegar a acuerdos, pero la adoración... Eso era para los estúpidos o para los desesperados.

—¡Los mundos de Ultramar están maduros para que los guerreros de los Poderes Eternos arrasen a los infieles y los lleven a su condenación! —aulló M’kar—. Durante demasiado tiempo se han vanagloriado de su superioridad los hijos de Guilliman, durante demasiado tiempo han ostentado un lugar preeminente que no se merecen. Todos vosotros sois guerreros elegidos por unos poderes más allá de vuestra comprensión para que cumpláis sus deseos. ¡Marcharéis contra las ciudades plateadas de los impíos y purgaréis sus planetas con el fuego y el poder desatado de la disformidad!

La forma en ebullición de M’kar se retorció sobre sí misma, y unas alas oscuras llenas de sombras destellaron a su espalda, dejando un olor a quemado tras ellas. Su rostro bestial se deformó en una mueca de furia, y de sus fauces surgió una luz torrencial que emanaba un hedor a metal caliente.

—Sois los soldados de una guerra santa, los guerreros que tienen la misión de llevar a los verdaderos poderes del universo a aquellos que le han dado la espalda a lo que realmente significa estar vivo. Están atrapados en unas vidas de una sola dimensión y persiguen a aquellos que estarían dispuestos a escuchar la sagrada palabra del Caos hasta acabar con ellos. ¿Quiénes de vosotros no ha sentido esa feroz persecución? ¿Quién de vosotros no volvería su espada y su pistola contra esos perseguidores?

»El universo pertenece a los Poderes Eternos, ¡y todos aquellos que no alaben su gloria y no les sacrifiquen lo que por derecho es suyo como tributo son herejes cuyo único destino será morir aullando en mitad de horribles tormentos!

Los comandantes allí reunidos agitaron en el aire un millar de espadas y le respondieron con una mezcla de voces mecánicas aullantes, de chillidos alienígenas y de rugidos humanos de lealtad. La Sala de los Ancianos se estremeció por la violencia de la respuesta afirmativa y sus paredes jamás habían conocido tanta maldad reunida.

—No sabía que las criaturas de la disformidad eran tan buenas dando discursos —musitó Ardaric Vaanes inclinándose un poco hacia Honsou. Los aullidos casi ahogaron sus palabras.

Honsou se encogió de hombros.

—Ninguna de las que yo he conocido lo era. Dice la leyenda que M’kar fue mortal antaño, algunos dicen incluso que era un astartes. Quizás en su encarnación anterior fue uno de esos predicadores fanáticos que prometían el infierno.

—Suenas amargado.

—No me gustan los discursos. Según mi experiencia, los guerreros que están dispuestos a combatir por ti lo harán, y los que no, no. Unas cuantas palabras bonitas no cambian eso.

—Yo creo que M’kar no estaría de acuerdo —apuntó el ingénito con la mirada fija en el príncipe demonio, que en ese momento alzaba sus brazos, mitad máquina, mitad carne, para reclamar silencio.

—Hemos provocado a la legión de Guilliman para que se pusiera en marcha, y lucharán para proteger lo que creen que es suyo, ¡pero descubrirán que nos hemos extendido por todos los rincones de Ultramar para llevar el fuego purificador del Caos a todos y cada uno de sus mundos! No dejéis ningún corazón palpitando, ni piedra sobre piedra, y convertid cada campo cultivado en tierra arrasada. Sólo cuando Ultramar sea una tumba y todos los hijos de Guilliman estén muertos, sólo entonces habremos cumplido nuestra misión.

El demonio alzó los brazos y la oscuridad surgió de su forma monstruosa para llenar la estancia de sombras que se extendieron por doquier. Cada guerrero envuelto por aquella oscuridad soltó una exclamación al sentirse bendecido por el contacto con un señor demoníaco de la disformidad.

—¡El infierno de mi venganza os llena ahora! —rugió el demonio—. Os quemará, portadores de la palabra sagrada, llenará vuestras venas de poder y de fuego hasta que Ultramar quede convertido en cenizas. Puesto que mi poder fluye en vuestro interior, veré lo que veis, sentiré lo que sentís, sabré lo que sabéis. Con cada muerte me haré más poderoso. Con cada fortaleza quemada, mi poder llegará más lejos. Seréis mi ejército de oscura justicia. ¡Seréis los nacidos de la sangre y vuestro nombre provocara terror en el corazón de vuestros enemigos!

Los ojos del demonio relucieron con el brillo de su furia interna, un odio nacido miles de años atrás, cuando la galaxia era un lugar lleno de maravillas y de posibilidades.

—¡Extendeos por todo Ultramar y llevad mi fuego a los Ultramarines! Quemadlos en sus ciudades hasta que no quede rastro de ellos. ¡Ésa es mi sagrada palabra!