Catorce

La Garganta de los Cuatro Valles estaba bañada por una luz dura creada por los generadores que había en el techo y que creaba profundas sombras al iluminar la gigantesca boca de la caverna que conducía a la Puerta de Guilliman y a la superficie de Calth. Aquella coespelunca gigante era un lugar de tránsito, por el que los viajeros procedentes de la superficie descendían al interior de la roca del planeta e iniciaban su viaje hacia las Cavernas Draconis.

Tres amplios valles partían de la garganta, uno hacia el oeste, otro hacia el sur y otro hacia el este. Castra Occidens bloqueaba el acceso al valle occidental, Castra Meriden el meridional y, finalmente, Castras Oriens el oriental. Allí habían surgido numerosas estructuras a lo largo de las amplias carreteras para ofrecer la gran diversidad de servicios que los viajeros de Calth podían necesitar. Hosterías, combustible y templos cubrían los valles, un paisaje que parecía fuera de lugar con su localización subterránea.

Los bosques se extendían por la parte norte de la caverna y una cascada caía desde una brecha en la roca, a casi setecientos metros de altura por encima del suelo de la caverna. En cualquier día normal la garganta sería un maravilloso lugar de encuentro para los viajeros, viejos y nuevos amigos, o peregrinos que quisieran rendir culto en una de las numerosas capillas solitarias excavadas en los túneles más profundos de Calth.

Pronto se convertiría en un campo de batalla.

Uriel observó las cohortes de skitarii desde la cúpula de su Rhino mientras éstos se atrincheraban al oeste de la entrada principal de la caverna. Estos salvajes sirvientes del Dios Máquina serían muy importantes cuando los Guerreros de Hierro atacaran. Ellos y los Ultramarines defenderían el centro del valle, desplegados en las colinas y estructuras fortificadas que había delante de Castra Meriden. La gran fortaleza estaba construida con mármol verde de vetas negras, su puerta con capas de acero y el oscuro armaplas.

En los riscos entre las fortalezas, numerosas piezas de artillería con los colores de la fuerzas auxiliares de Calth estaban emplazadas y preparadas para disparar, mientras que las laderas estaban cubiertas por los soldados de chaqueta azul apoyados por docenas de vehículos blindados. La Garganta de los Cuatro Valles era una trampa mortal, con las carreteras cubiertas por líneas de fuego entrecruzadas, y las intersecciones entre las estructuras se habían convertido en zonas de fuego libre. El Lex Tredecim se situaba en una zona muerta delante de Castra Meriden, oculto a la vista para la coordinación en la batalla.

Pasanius y Clausel estaban junto al Rhino de mando, ambos con los brazos cruzados y estudiando el campo de batalla con ojos expertos. Clausel se había adscrito a los Llameantes, y Pasanius agradecía que se hubiera unido a ellos.

—Estamos tan seguros como se puede estar en este lugar —dijo Pasanius—. Aunque esto ya lo hemos dicho anteriormente. Estamos preparados y esperando sus órdenes.

Las escuadras de Ultramarines se habían atrincherado junto a sus Rhinos tras elevados montículos de tierra, preparados para salir al encuentro de los invasores. La dura luz manchaba el suelo a través de las copas de los árboles, y Uriel notó la ausencia de trinos de pájaros, algo inquietante, como si las criaturas de Calth conocieran bien el terrible enemigo que iba a convertir ese lugar en un infierno.

—Sigo pensando que hay algo que nos hemos olvidado —dijo Uriel examinando el suelo.

—He repasado los planes de despliegue —dijo el capellán Clausel—. Todo está dispuesto según el Codex.

—Eso es lo que me preocupa —dijo Uriel—. Honsou nos ha demostrado que puede pensar como nosotros, y si puede pensar como nosotros, puede evitarnos.

—¿Dudáis de la sabiduría del Codex? —preguntó Clausel—. Creía que ya habíais aprendido a creer en sus enseñanzas en Pavonis. ¿Estaba equivocado?

—No, capellán, en absoluto, pero nunca es bueno que el enemigo sepa cómo vas a reaccionar a una situación dada.

—Estáis en lo cierto —dijo Clausel—. En ese caso tal vez sea hora de pensar como el enemigo.

—¿Qué queréis decir?

—Los Custodios del Emperador una vez practicaron una forma de seguridad interna denominada Juegos Sangrientos, en la que los guerreros de su propia hermandad trataban de burlar la seguridad del Palacio Imperial —dijo Clausel—. Haciendo que sus propios pretorianos buscaran debilidades o brechas en las defensas, crearon una red de seguridad aún más fuerte alrededor del Emperador.

—¿Qué estáis sugiriendo?

Clausel recorrió con el brazo las defensas colocadas en la Garganta de los Cuatro Valles.

—Que observéis estas defensas y que os preguntéis cómo las derrotaríais.

Uriel estudió los campos de tiro superpuestos y las numerosas posiciones desenfiladas. Nada estaba fuera de lugar, todo estaba en las posiciones adecuadas, la disposición de los miles de defensores podría haber salido directamente de un manual de instrucciones de campo.

—Es simplemente esto —dijo—. No sé lo que yo haría. Estas defensas deberían ser imposibles de superarse siguiendo la doctrina estándar.

Y ése era el problema. Honsou no prestaba atención alguna a la doctrina estándar. Combatía sobre la marcha y con un terrible poder intuitivo sobre la naturaleza de cualquier batalla. Su conocimiento sobre la situación real en un enfrentamiento no tenía parangón, y podía leer sus flujos mejor que nadie. Saber cuándo consolidar, cuándo avanzar, cuándo flanquear y cuándo amagar, ésas eran las cualidades que la mayoría de los líderes de los hombres debían aprender en las amargas masacres, pero que Honsou poseía de forma innata.

Fuera cual fuese la forma en que Honsou presentara batalla, sería impredecible.

Empezó con los aullantes proyectiles de artillería disparados desde el gran túnel de la Puerta de Guilliman. Los Guerreros de Hierro habían necesitado todo un día para atravesar el desprendimiento causado por las armas del Lex Tredecim, pero en esos momentos la batalla por Calth estaba en pleno auge.

Los proyectiles impactaron en el centro de la caverna, en medio de las posiciones avanzadas de las fuerzas auxiliares. La tierra salió volando por los aires en una serie de explosiones que se propagaban en forma de onda. Bien atrincherados en pozos de tirador y reductos, fueron pocos los que cayeron víctimas de estas explosiones. Las gruesas capas de tierra compactada dispersaron la fuerza de las explosiones. Tan sólo las posiciones que recibieron un impacto directo fueron destruidas.

Cuando todavía no se había desvanecido el primer eco, una segunda y tercera andanadas de proyectiles cayeron sobre ellos, propagando aún más la destrucción y abriéndose para formar un arco de explosiones. El humo y los proyectiles incendiarios se combinaban con los proyectiles de alto poder explosivo, y el valle empezó a llenarse de asfixiantes nubes grises. Uriel cambió su visión a térmica, y vio el paisaje en forma de diversas capas de marcas de calor. El valle era casi uniformemente gris, con sólo unas pequeñas variaciones en el gradiente de temperatura, excepto allí donde los proyectiles habían explotado, pero detectó las brillantes señales de la infantería enemiga avanzando desde la boca del valle bajo la cobertura del humo.

—Infantería avanzando —dijo por la red de comunicaciones de la artillería—. Inicien fuego sobre las redes objetivo Primus y Secundus. Preparen las cabezas explosivas para descarga aérea.

En cuanto dio la orden los cañones de las fuerzas auxiliares abrieron fuego con una atronadora andanada. Los Whirlwind, escondidos tras las depresiones del terreno, dispararon cohetes que cayeron sobre la boca del valle y aniquilaron innumerables soldados enemigos en una centelleante serie de detonaciones que desgarraron el aire. Los proyectiles explotaban a unos treinta metros por encima del suelo, proyectando una nube de fragmentos de metralla que descuartizaba a los guerreros de los Nacidos de la Sangre. Docenas murieron inmediatamente, convertidos en masas de carne sanguinolentas.

El duelo artillero prosiguió durante varios minutos, durante las cuales los guerreros de Honsou no fueron capaces de conseguir afianzar su posición en la caverna o avanzar más de un centenar de metros. Mientras que la artillería de los Guerreros de Hierro tenía un restringido ángulo de disparo, los defensores de Calth podían machacar incansablemente a los invasores.

—Creo que sobreestimasteis las habilidades de Honsou —dijo Clausel observando el bombardeo de las fuerzas enemigas con entusiasmo.

Uriel asintió, ausente. Ese asalto directo no era para nada lo que había esperado. Demasiado obvio, demasiado poco imaginativo y le faltaba el sello característico de un herrero de guerra como Honsou.

—Eso es lo que me preocupa —dijo.

A lo largo del día, los Guerreros de Hierro siguieron presionando a medida que pasaban las horas. Aunque cada centímetro ganado les costó centenares de vidas, la cabeza de puente en la boca del valle iba agrandándose cada vez más. En las pausas entre andanadas, pesadas excavadoras empujaban las grandes montones de cascotes y tierra para formar resistentes promontorios tras los que un número creciente de guerreros podían ponerse a cubierto.

Las piezas de artillería móviles rugían desde el túnel y se apostaban tras las posiciones preparadas, ampliando los ángulos de disparo hasta llegar a abarcar toda la garganta. Era la guerra en su forma más brutal y metódica, presionando hacia delante y ganando cada centímetro de terreno sin importar el coste en vidas. El valor de la estrategia era asombroso, y tan sólo la más férrea de las voluntades podía obligar a sus hombres a avanzar bajo un fuego enemigo tan poderoso sin protestar.

Los altiplanos se extendían formando un amplio arco de un extremo de la boca el túnel al otro. Cientos de pesados bloques rectangulares formados por piedras excavadas del suelo de la garganta y sujetas por mallas eran desplazados por encima de los atrincheramientos para formar una cobertura irregular que servía para proteger de los ataques artilleros. El enemigo plantaba malignos estandartes en los extremos y vertía metales fundidos pendiente abajo para formar placas blindadas de hierro. Uriel observó la línea de feos bloques y se dio cuenta con horror de lo que los Guerreros de Hierro estaban construyendo.

—Es el muro de una fortaleza —dijo—. Nos están asediando.

De pie sobre las murallas de Castra Occidens, la inquisidora Suzaku observaba el intrincado ballet de maniobras militares con una mezcla de interés profesional y estudiado aburrimiento. Como guerrera de los ordos sagrados, evidentemente había sido educada en el arte de la guerra, pero buena parte de su trabajo tenía lugar entre las sombras, por lo que tamaña muestra de poder casi le era extraña. Le disgustaba trabajar de forma abierta, sabiendo que gran parte del poder de su organización se basaba en el miedo a su naturaleza desconocida.

Las miradas que estaba atrayendo al permanecer en pie en la línea de fuego eran de curiosidad y respeto, pero no había el miedo que estaba acostumbrada a ver. Soburo sintió su inquietud, y se giró hacia ella con una ligera sonrisa en la cara.

Soburo era un émpata, y uno muy bueno.

—Ellos no la temen —dijo—. Eso debe ser algo inusual.

—Lo es —confesó Suzaku.

—Tal vez los ciudadanos de Ultramar son realmente inocentes y por tanto no tienen ningún motivo para temer a la Inquisición.

—Eso convertiría este sitio en uno realmente inusual.

—Único diría yo —replicó Soburo, ajustándose la cartuchera en la cadera.

Al igual que Suzaku, Soburo tenía la piel oscura y el cabello blanco, aunque él era mucho más alto y fornido. Tenía las características de un buen acólito, pero Suzaku no creía que tuviera la entereza necesaria para convertirse en un inquisidor. Sus habilidades empáticas le conferían compasión y entendimiento, características que no siempre eran deseables en un inquisidor. Esta campaña respondería a muchas de las preguntas de Suzaku respecto a la idoneidad de su acólito.

Un viento frío azotó las murallas de la fortaleza, un baluarte de piedra negra con elevadas murallas, y Suzaku se arrebujó en su abrigo de combate. La fortaleza presentaba la típica arquitectura de los Ultramarines: fuerte, impasible e inmutable. Suzaku había visto marcas de artesanos de la época de la Gran Traición.

Su séquito estaba reunido a su alrededor, una variopinta combinación de sabios, calculus logi y guerreros acorazados. Sus guardaespaldas antaño habían sido tropas de asalto de los Merodeadores Jacintinianos, pero desde entonces habían sido potenciados con numerosos bio-implantes militares para convertirlos en terribles asesinos cibernéticos. Tenían nombres, o eso suponía, pero Suzaku los conocía tan sólo por sus denominaciones. Su achaparrado sabio Milotas estudiaba una placa de datos labrada en forma de espejo, del que surgía una creciente tira de papel mientras murmuraba catecismos para complacer a los espíritus estadísticos de su interior.

Únicamente los gemelos permanecían apartados, un par de anormalmente altos y esbeltos machos, con extremidades muy delgadas. Las superiores estaban sujetas por camisas de fuerza de cuero aseguradas con hebillas de plata y candados de hierro colado. Ambos eran albinos, de piel traslúcida y ojos del color del invierno. Suzaku los había rescatado de su mundo natal, donde su peculiariedad había hecho que los de su especie hubieran sido cazados hasta casi su extinción por los supersticiosos salvajes debido a los supuestos efectos medicinales que sus órganos internos podían producir al ser ingeridos.

Dados los tormentos mentales que habían sufrido al servicio de Suzaku, Soburo muchas veces había afirmado que habría sido más humano haberles dejado morir. En sus momentos más reflexivos, Suzaku estaba inclinada a estar de acuerdo con él, pero sus prodigiosos poderes psíquicos eran demasiado útiles para dejarlos perder por simple compasión. Cuidadosamente controlados, los gemelos eran capaces de leer las oscilantes corrientes del immaterium y avisar de cualquier intrusión disforme. Pero, al igual que todos los psíquicos, debían ser vigilados estrechamente en busca de signos de corrupción, y siempre con el dedo junto al gatillo de la pistola.

—Han estado nerviosos desde que llegamos aquí —dijo Soburo.

—Deja de hacer eso —dijo Suzaku—. No me leas los pensamientos.

—Lo siento, pero es difícil no hacerlo —se disculpó Soburo—. No ocultáis demasiado bien vuestros pensamientos.

—Entonces endurécete ante ellos —advirtió Suzaku—. Concéntrate en los ojos blancos. Guíalos y lee sus emociones.

Suzaku miró hacia arriba y vio pasar una nube bajo el techo de la caverna gigante. El tiempo en Calth podía cambiar en un instante, y entre la gente se decía que, si no te gustaba el tiempo que hacía tan sólo tenías que esperar cinco minutos a que cambiara. Aun así le parecía extraño que pudieran formarse nubes en esos lugares subterráneos, pero Locard le había dicho que los modelos climáticos se habían potenciado tecnológicamente en épocas remotas. Algunos se rumoreaba que eran de manufactura alienígena, pero ningún miembro del sacerdocio de Marte había obtenido jamás permiso para examinarlo.

Ella se levantó el cuello del abrigo de combate y se estremeció, sus dientes castañeaban por el frío. La temperatura había descendido considerablemente y su aliento se condensaba en el aire a medida que la escarcha cubría las murallas de mármol.

La verdad le llegó como un mazazo. ¡Ése no era un cambio natural! Suzaku volvió la cabeza y vio que Soburo trataba de formar palabras a través de una boca rígida por el frío.

—¡Soburo! —gritó Suzaku.

—Magia de disformidad... —susurró Soburo, cuyos dientes castañeaban terriblemente por las torvas energías que saturaban su cuerpo—. Poderosa. ¡Oscura! O no... es magia de la sangre. ¡Aquí!

Él cayó al suelo con los ojos enturbiados y el frío de la muerte envolviendo su cuerpo. Suzaku cayó al suelo junto a su acólito y levantó la mano para tocarlo. Se estremeció por el aire frío que lo rodeaba. Una sombra los cubrió y al levantar ella la mirada vio a los gemelos de pie junto a ella.

—Nosotros lo sentimos todo, señora. Todas las corrientes —dijo uno.

—Fluye como un río a través de su mente —acabó el otro—. La sangre de los inocentes corre.

—Como lluvia por las calles.

—Como una ola en primavera.

—Viene para barrer a los enemigos de los Nacidos de la Sangre.

—Basta de adivinanzas —exigió Suzaku—. ¿Qué tipo de magia disforme sentís?

—Las puertas del empíreo se abren.

—Los terrores del más allá responden a su invocación.

—Lo que fue soñado en pesadillas pasadas.

—Florecerá sanguinariamente en las mentes de los vivos.

Suzaku vio cómo todo rastro de albinismo desaparecía de los ojos de los gemelos y cómo sus iris se inyectaban en sangre. Soburo gritó de dolor.

—Y los muertos superarán en número a los vivos —dijeron ambos gemelos al unísono.

Las hebillas de plata que sujetaban sus brazos se iluminaron, fundiéndose sobre las camisas de fuerza de cuero y los cerrojos de hierro se partieron con un sonoro crujido. La piel de los gemelos se oscureció y sus caras se deformaron para convertirse en demoníacas máscaras. Sus ligaduras se aflojaron de sus cuerpos como un par de serpientes que mudaran su piel para revelar al monstruo que llevaban dentro.

La pistola de Suzaku estaba en su mano un segundo después y disparó una bala a través de los aullantes rasgos del primer gemelo sin parpadear. El segundo se liberó de su camisa de fuerza y dirigió hacia ella uno de sus brazos esqueléticos, que en esos momentos estaban acabados en largas garras. Giró el arma, pero justo antes de poder disparar, la rugiente hoja de un arma de sierra implantada en el puño de uno de sus guardaespaldas jacintino le atravesó el pecho.

El arma siguió cortando hacia arriba, hasta llegar al cuello, y el psíquico de cara pálida cayó en medio de un montón de entrañas sobre las almenas. La escarcha de la muralla desapareció, y Suzaku abrió rápidamente un canal de comunicación para hablar con los Ultramarines.

—Capitán Ventris —jadeó con los pulmones todavía doliéndole por el amargo frío—. Esté atento. El enemigo está utilizando una hechicería muy poderosa. Los soldados mortales son la última de sus preocupaciones. Es muy probable que esté a punto de enfrentarse a criaturas de la disformidad traídas del otro lado del velo.

—¿Demonios? —preguntó el capitán Ventris con la voz distorsionada por una repentina descarga de estática.

—Muy probablemente —dijo Suzaku—. La magia de la sangre invoca a las peores criaturas.

—Comprendido. Ventris fuera.

Suzaku cortó la comunicación mientras Soburo se ponía, tambaleándose, en pie. Suzaku estaba a punto de ofrecerle una mano cuando vio la persistente rojez en los ojos de su acólito. La mancha de la disformidad era insidiosa, e incluso la más leve traza podía crecer hasta consumir al que era tocado por su corrupción. Ella dio un paso atrás y levantó el arma.

Soburo vio la pistola y leyó las emociones de Suzaku lamentando la fría necesidad del momento. Sus rasgos se endurecieron, pero había sido bien entrenado por los adeptos de Talasa Prime, y asintió con hastiada aceptación.

—Hazlo —dijo Soburo—. Sabes que tienes que hacerlo.

Suzaku asintió y amartilló la pistola con el pulgar.

—Ahora ellos la temerán, hermana —dijo Soburo.

El disparo de Suzaku quedó engullido por el rugir del trueno cuando gruesas nubes oscuras cubrieron la garganta. Los cambios climáticos en Calth no eran nada nuevo, pero la velocidad con que creció la oscuridad distaba mucho de ser natural. Los crepitantes relámpagos cobraron vida, proyectando una enfermiza luz sobre la horripilante muralla y los iconos de los Nacidos de la Sangre.

Los solumens fueron apagándose uno tras otro y la gigantesca caverna quedó sumida prácticamente en la oscuridad mientras unas gélidas ráfagas aullaron desde el túnel septentrional, como los vientos gélidos de un mundo muerto cubierto de hielo. Unas formas fantasmagóricas se movían entre el viento y las nubes, reptilianas y aladas, con la piel pálida y unas rendijas amarillentas por ojos.

Los relámpagos saltaban de nube en nube y el aire de la caverna se saturó de enfermizos y actínicos estremecimientos. El miedo se propagó como un contagio, las aullantes nubes despertaron fobias, terrores reprimidos o miedos que se creían olvidados desde la infancia.

Unos tambores resonaron, como un corazón enfermo esforzándose por dar sus últimos latidos. Un horripilante cántico se unió a los tambores con un quedo y rítmico sonido que crecía de volumen al unísono con los latidos del corazón que resonaba. Era más fuerte que los truenos, e iba acompañado del entrechocar de espadas contra escudos y el raspado de las bayonetas fijadas a los cañones de las armas. Ningún hombre ni mujer de las fuerzas auxiliares dejó de imaginarse esas torvas cuchillas clavándose en sus tripas o desgarrándoles el cuello.

Los sargentos y capitanes trataban de alentar a sus guerreros con palabras de deber y coraje, pero sus propias palabras estaban cargadas de temor y tan sólo servían para clavar más profundamente el gélido miedo en los corazones de los soldados.

Con un choque titánico, las nubes sobre sus cabezas liberaron toda su furia. Cayó un diluvio de lluvia negra y cegadores destellos de relámpagos golpearon las fortificaciones. Como mazazos lanzados desde naves orbitales, las fortificaciones desaparecieron en medio del fuego y una docena de piezas de artillería explotaron. Las detonaciones secundarias se sucedieron rápidamente cuando los almacenes de munición fueron alcanzados. Los proyectiles salían disparados dando vueltas salvajemente sobre el campo de batalla, cayendo aleatoriamente entre los defensores mientras nuevos relámpagos de luz los golpeaban.

Los comandantes de las baterías ordenaron que la artillería móvil se refugiara en hangares reforzados tallados en la propia roca, pero era demasiado tarde para muchos de ellos. Los retorcidos rayos de fuego se burlaban de las gruesas placas de blindaje y los chorros de plasma inundaban todos los tanques con un fuego abrasador que incineraba a sus tripulaciones en un instante. En cuanto la mayor parte de la artillería imperial fue silenciada, los resonantes cánticos alcanzaron nuevas cotas.

Con unos aullidos llenos de rabia y el tronar de discordantes cuernos de guerra, miles de soldados de los Nacidos de la Sangre y de tanques de batalla emergieron hacia la Garganta de los Cuatro Valles.