Catorce

Learchus pegó el cuerpo contra la tierra seca cubierta de maleza y tiró de la capa de camuflaje para cubrirse mejor los prominentes hombros. La necesidad de levantar la cabeza era casi insoportable, pero sabía que exponiendo cualquier parte de su armadura a los drones de los tau no lograría otra cosa que hacer que los descubrieran.

Tanto él como sus exploradores se encontraban al abrigo de una ondulante hondonada cubierta de aulagas de color óxido que abrazaba la línea de la costa en dirección sur desde el lago Masura hasta la bahía Cráter. El terreno que había entre ese lugar y las propiedades de los Shonai era espectacular y escarpado, prácticamente igual que muchos de los mundos de Ultramar, aunque la geografía de esos mundos tenía un cierto aire agreste y este paisaje estaba claramente organizado, con los árboles formando como un regimiento de soldados, lo que transmitía a Learchus una sensación de precisión que no parecía estar en consonancia con el orden natural de las cosas.

La persecución de Koudelkar Shonai no les había llevado mucho tiempo, ya que había sido muy fácil seguir el rastro que dejaban las dos armaduras de combate que se movían en dirección sur, hacia la costa, con sus prisioneros. Los guerreros tau habían avanzado con rapidez gracias a los retropropulsores de su armadura y siguiendo la costa sin preocuparse de ocultar su ruta. Eso demostraba arrogancia, y Learchus se alegró de saber que sus enemigos tenían al menos una debilidad que podría explotar.

Learchus había marcado un paso agotador, obligando a sus exploradores a marchar a buen ritmo a través del terreno serpenteante de la costa occidental, atravesando espesos bosques, subiendo elevadas cordilleras de granito y avanzando sobre escarpados acantilados que caían en picado miles de metros para acabar en las oscuras aguas del océano.

Los primeros días de la persecución no habían encontrado ningún signo de los tau, pero en las horas que siguieron a la potente explosión de luz que se había producido sobre el horizonte meridional el día anterior, eso empezó a cambiar. El sargento de los exploradores de Learchus, Issam, hizo que su destacamento echara cuerpo a tierra al detectar un grupo de vehículos pequeños, una especie de motos aerodeslizadoras, como las que utilizaban los eldars pero algo más voluminosas, cruzando el paisaje en parejas.

—Vehículos de reconocimiento —dijo Learchus mientras contemplaba a los vehículos ligeros sobrevolar el terreno realizando maniobras de observación—. Actúan en pareja.

—¿Les tendemos una emboscada? —le preguntó Issam cuando los vehículos se fueron acercando.

Learchus dudó antes de responder. Su instinto y todos y cada uno de los preceptos del Codex Astartes indicaban que debía ordenar a sus guerreros atacar a los alienígenas, pero hacer eso acabaría definitivamente con la persecución de Koudelkar. Por mucho que supiera que debería enfrentarse al enemigo, la misión era lo primero. Ésa era la primera y más importante lección que aprendía un iniciado de los Ultramarines.

—No —respondió Learchus al fin, y los aerodeslizadores tau giraron hacia el este y desaparecieron por el horizonte.

Mientras los veía alejarse, Learchus sintió que se le formaba un nudo en la boca del estómago y pudo ver en un breve destello mental cómo Uriel llegó a elegir el camino que llevó a su expulsión.

Durante los dos días siguientes consiguieron evitar ser detectados por otros grupos de aerodeslizadores ligeros del enemigo. Parecía haber dos tipos. Los primeros hacían una función similar a la de los Land Speeder de los Astartes como vehículos ligeros de ataque con una carga mínima de armamento, mientras que el segundo tipo parecía ser simplemente un vehículo de exploración.

Pero ninguno de esos vehículos descubrió la presencia de los guerreros entre ellos, porque los exploradores de los Ultramarines eran siempre los mejores en lo que a habilidades se refería. El agreste paisaje y la inimaginable dureza del régimen de entrenamiento de Macragge los habían curtido en prácticamente todo tipo de terrenos, e Issam tenía un sentido casi sobrenatural para anticipar el peligro, lo que siempre les proporcionaba tiempo más que de sobra para buscar algún sitio donde ponerse a cubierto y desplegar sus capas de camuflaje.

Pero en ese momento, refugiados en las depresiones del paisaje sin otra cosa que unas retorcidas aulagas de color óxido aquí y allá y sus capas de camuflaje para ocultarlos, Learchus se sintió sumamente vulnerable cuando un escuadrón de drones plateados pasó dibujando perezosas espirales en el aire sobre sus cabezas. Los drones habían salido de la nada, y sólo gracias a la advertencia de Issam en el último momento tuvieron tiempo de ocultarse.

Learchus fue capaz de sentir cómo se ondulaba la hierba cercana por los generadores antigravedad de los drones, y aunque se dijo que era ridículo, habría jurado que también podía sentir el hormigueo de sus augures buscando, a la caza. Si los drones los localizaban, no tendrían más remedio que luchar. Una batalla como ésa resultaría breve y sencilla, pero indudablemente alertaría a los tau de su presencia.

Por mucho que irritara a Learchus permitir que los aparatos alienígenas siguieran su camino sin que nadie los molestara, sabía que era lo correcto. Learchus deseó, y no por primera vez desde que abandonara las propiedades de los Shonai, que sus hermanos de batalla estuvieran con él, porque se sentía perdido sin ellos. Eran tales los lazos de hermandad entre los guerreros de los Adeptus Astartes, que verse privados de sus compañeros los hacía sentir como si les faltara una parte de su alma. Uriel y Pasanius habían viajado a mundos muy lejanos y luchado contra enemigos de la humanidad con un vacío así en su interior, y Learchus sabía que haberlo conseguido los convertía en los verdaderos héroes del capítulo.

Se quedó muy quieto cuando sintió que uno de los drones volaba directamente sobre él. La sutil presión de su mecanismo de propulsión pegó la capa de camuflaje a su ancha espalda. Su dedo se tensó sobre el gatillo del bólter, pero se esforzó por reprimir la necesidad de rodar sobre sí mismo y disparar un proyectil hacia la parte inferior del drone.

Learchus esperó, y los segundos se convirtieron en una eternidad, hasta que oyó el zumbido de los drones que se alejaban. Dejó escapar el aliento y levantó poco a poco la cabeza para contemplar cómo el escuadrón de drones seguía revisando el terreno para al fin desaparecer en el paisaje boscoso que había a lo lejos por la parte oriental.

Satisfecho porque ya no corrían peligro de ser descubiertos, Learchus se puso de pie y sacudió las hojas de su capa de camuflaje. Los exploradores se reunieron a su alrededor y él notó su frustración. Infiltrarse tras las líneas enemigas y sembrar la destrucción era parte del objetivo de los exploradores, y haber llegado tan lejos sin haber infligido ningún daño al enemigo tau era un anatema para esos guerreros.

—Señor —dijo Issam—, ¿cuánto tiempo más vamos a tener que contener a nuestras fuerzas?

—Lo que sea necesario —respondió Learchus.

—Podíamos habernos hecho con esos drones en segundos —insistió Daxian, uno de los exploradores más jóvenes de Issam—. No les habría dado tiempo a enviar una alerta.

—¿Y cuando se dieran cuenta de su falta? —preguntó Learchus—. ¿Entonces qué? Esta región quedaría inundada de rastreadores tau en busca de los que mataron a sus compañeros. Sois buenos exploradores y no tengo ninguna duda de que habríais hecho que los tau mordieran el polvo, pero ésta no es una misión de exploración corriente.

Los exploradores asintieron, aunque Learchus pudo ver la decepción en sus ojos cuando se reunieron a su alrededor. ¿Sería así cómo se sintió Uriel cuando Learchus lo llamó para que diera cuenta de sus acciones?

—El Codex Astartes nos dice que hay que desbaratar los planes del enemigo siempre que sea necesario —apuntó un explorador que respondía al nombre de Parmian.

—Nuestra misión es rescatar a Koudelkar Shonai —dijo Learchus—. Y nada debe distraernos de ese propósito, ¿comprendido?

—Sí, señor —dijo Parmian—, pero mientras nosotros nos escondemos del enemigo, nuestros hermanos se ganan la gloria en el campo del honor.

—La gloria está en todas partes, Parmian —respondió Learchus—, y no toda se gana poniéndose delante de las armas de los enemigos. Cada uno de nosotros tiene que representar su papel en el drama: unos de pie en las líneas de batalla con bólters y espadas sierra en la mano, y otros tras las líneas sirviendo para el mayor bien de la guerra.

Learchus giró sobre sus talones y comenzó a marchar hacia el sur una vez más.

—No temáis, jóvenes hermanos —prosiguió—, pronto tendréis vuestra oportunidad de lograr la gloria.

Los gritos de pánico rebotaban en las mugrientas paredes de los corredores, y Jenna Sharben sentía cada uno de ellos como un cuchillo que le atravesara el pecho mientras caminaba hacia la sala de interrogatorio. Los gritos eran de alienígenas y deberían haber sonado como música para sus oídos, pero la absoluta miseria y horror de aquel sonido desgarraban hasta la más pura esencia de su alma, que aspiraba a la justicia y anhelaba la nobleza de espíritu.

Cada paso era un esfuerzo, porque había tenido muy pocas horas de precioso sueño en los días que habían pasado desde el ataque a Puerta Brandon. Las bandadas de las tropas aladas auxiliares de los tau infestaban la ciudad, y todos los días se daban en el invernadero ataques de francotiradores desde las alturas. Todo el mundo tenía los nervios de punta y el resentimiento contra los invasores crecía. Por si eso fuera poco, la entrega de los suministros llegaba tarde, ya que los guardianes de la prisión tenían menor importancia militar que los soldados que luchaban por todo Pavonis.

Jenna veía la lógica de todo aquello, pero eso no hacía que fuera más fácil explicar a sus agentes por qué tenían que continuar con las comidas de racionamiento y el agua reciclada. Verse obligados a instalarse en los frágiles barracones del Invernadero, a dieta de comida liofilizada y agua salobre que ya había pasado por no se sabe cuántos tractos digestivos, no era una situación que contribuyera a calmar los ánimos.

La tensión estaba por las nubes, pero los agentes tenían en sus manos a los objetivos perfectos para dar rienda suelta a sus frustraciones. Como los Ultramarines habían llevado a los prisioneros al Invernadero, los guardianes iban encontrando nuevas y cada vez más originales maneras de hostigarlos, torturarlos y maltratarlos.

A todos los prisioneros tau se les había cortado el moño y se les había quitado cualquier indumentaria o joya identificativa antes de ser rociados con una manguera de agua a presión y bendecidos por el prelado Culla. Después les habían proporcionado unas vestimentas idénticas y, hacinados como bestias en celdas abarrotadas, los obligaron a llevar cadenas que les despellejaban las piernas. Además les negaron la comida y el descanso durante días.

¿Y qué beneficio habían sacado de todo eso en lo que respecta a información de inteligencia útil?

Ninguno.

Desde que habían llegado, lo único que habían dicho los prisioneros era su nombre y lo que suponían que debía ser su número de serie, aunque no es que Jenna esperara mucho más. Un prisionero sometido a tortura física diría cualquier cosa para que su castigo terminara, y cualquier información obtenida de torturas como ésas tendría que ser clasificada como sospechosa.

Jenna se dio cuenta de eso después de su primer e infructuoso interrogatorio de La’tyen, tras el que se sintió extrañamente avergonzada por el nivel de violencia que había empleado. Y eso que había limitado sus interrogatorios a encuentros estrictamente verbales.

Pero ella era la única de los agentes que hacía eso...

Se pasó una mano por la cara y notó la sequedad de su piel y las depresiones en sus mejillas provocadas por la dieta a base de bolsas de comida seca. Llevaba el pelo rubio sucio y despeinado, y sabía que no se parecía en nada a la juez que había llegado a Pavonis llena de idealismo y ardientes ideas de justicia.

¿Dónde quedaba la justicia en este infierno?

Pasó por delante de celdas en las que agentes con las caras cubiertas por los visores espejados golpeaban a prisioneros tau con sus porras de energía, los obligaban a veces a mantener posturas en tensión durante horas o los forzaban a situarse en posiciones degradantes con sus compañeros de celda. Y peor aún que los gritos eran las risas de los agentes. A causa de la tensión, la escasez de comida y la amenaza de una invasión alienígena, los agentes que ella había intentando entrenar como un cuadro de honorables defensores de la ley imperial, en esos momentos estaban disfrutando mucho con su trabajo.

La sola noción de ello la hacía sentirse mal, pero desde la llegada del prelado Culla, bien poco podía hacer.

El hombre había cruzado las puertas de la prisión sobre su ridículamente ostentoso Rhino, con una gloriosa fanfarria de cánticos atronando desde los altavoces. Unas asfixiantes nubes de incienso iban apareciendo en la estela del vehículo y media docena de querubines con la piel dorada flotaban sobre sus cabezas, examinando detenidamente el interior del Invernadero con expresiones de desagrado.

—¡Estoy aquí para interrogar a los traidores! —anunció Culla al subir al púlpito adornado con llamaradas, con una espada de hoja roja de enormes proporciones metida en una funda que colgaba entre sus hombros. El hombre se cernió sobre Jenna con su poderoso físico musculoso e intimidante. La barba de Culla estaba encerada y separada en dos puntas, una negra como la pez y otra plateada.

—Interrogar a los prisioneros es nuestro trabajo —le replicó Jenna—. Usted no tiene autoridad aquí.

Culla sacó la ancha espada sierra de entre sus hombros y la clavó en el duro suelo delante de él. Apoyó ambas manos en el pomo tallado con forma de calavera y se inclinó hacia adelante.

—Tengo la autoridad del Emperador, niña —tronó Culla—. Ningún traidor se atrevería a enfrentarse a mí, y sólo los traidores pretenden evitar que haga mi sagrada tarea. Saber que quien ha traicionado al Emperador todavía respira entre estas paredes es un pecado, juez Sharben. Un pecado que no quedará sin castigo.

Se había formado una apreciable multitud de guardianes, y por muy desagradable que le resultara dejar que ese fanático entrara en aquel lugar, no le entusiasmaba la idea de montar una escena entre ella y el predicador del 44.º. A regañadientes se apartó a un lado y permitió a Culla entrar en la prisión, y durante todos aquellos días había supuesto una presencia onerosa entre sus paredes. Cuando no se estaba lavando la sangre de los prisioneros de su cuerpo musculoso, Culla predicaba su credo de persecución a los agentes, llenando sus corazones con un odio renovado contra los tau y los traidores.

Jenna se ausentaba de sus sermones, intentando en vano dormir un poco o restablecer su autoridad en el Invernadero. Desde la llegada de Culla, los agentes de Puerta Brandon se habían vuelto hacia él en busca de orientación, y la autoridad de Jenna se había ido erosionando como la arena bajo las olas del mar.

Giró para entrar en el corredor que llevaba a la sala de interrogatorio. Los agentes Dion y Apollonia estaban de pie a ambos lados de la puerta con los visores espejados de sus cascos cubriéndoles el rostro. Jenna no necesitaba ver sus caras para saber que eran ellos; meses de entrenamiento habían hecho que sus físicos y sus posturas fueran tan familiares para ella como los suyos propios.

—Abrid —les ordenó cuando llegó a la puerta.

—El prelado Culla no quiere que lo molesten cuando está interrogando a los traidores —replicó Dion.

Jenna miró a su visor, y su propio reflejo demacrado le devolvió la mirada.

—No me importa lo más mínimo lo que quiera Culla —respondió—. Abrid la puerta. Ésta sigue siendo mi prisión y tú sigues siendo un puñetero agente a mis órdenes, Dion. ¡Ahora haz lo que te acabo de ordenar!

Dion miró a Apollonia y Jenna prosiguió:

—No la mires. Yo soy tu oficial al mando, no ella. Abre la puerta inmediatamente.

—Sí, señora —accedió Dion, y se apartó a un lado para dejar pasar a Jenna.

Ella empujó la puerta y entró en una pequeña habitación de hormigón desnudo. Había una sencilla mesa en el centro y una gran ventana con un cristal unidireccional que daba a una celda de interrogatorios a la que se entraba por una puerta metálica sin nada de especial que había junto a la ventana. Una águila de bronce colgaba en la pared más alejada, un símbolo del Imperio para que lo miraran los condenados mientras contemplaban su destino.

Jenna vio a Culla a través del cristal, de pie en el centro de la habitación, desnudo hasta la cintura y con los puños cerrados ante él. Gritaba, pero ésa era la única parte de la prisión que estaba insonorizada y ella no podía oír sus palabras. Jenna pulsó las teclas del código en el teclado numérico que había en la puerta y entró en la habitación. El hedor de la sangre, los desechos humanos y el terror la golpearon a la vez.

Culla se volvió para mirar a Jenna y su cara era una máscara de furia. Dado lo que ya había visto, era imposible determinar si era por su interrupción o simplemente se trataba de su estado normal en esas circunstancias. Había sangre goteando de sus nudillos, su cuerpo brillaba de sudor y su pecho subía y bajaba agitado por el esfuerzo.

Al entrar en la habitación, Jenna pudo ver al objeto de la violenta atención de Culla, encadenado a una silla fuertemente atornillada al suelo.

A Jenna no le era ajeno el daño que se le podía infligir al cuerpo humano, pero incluso ella se quedó pálida al ver la violencia que se había aplicado a ese lastimoso despojo humano. Mechones enmarañados de pelo se pegaban parcialmente a su cabeza afeitada, y la sangre se iba endureciendo en un lado de su cara ennegrecida por los hematomas y reventada por los puñetazos.

Uno de los ojos de la desgraciada figura estaba lleno de sangre y el otro casi cerrado del todo a causa de la hinchazón de la carne que lo rodeaba. Ambos se fijaron en Jenna, y a pesar de todo lo que sabía de esa prisionera, Jenna no pudo evitar sentir lástima por ella.

—Ayúdame —le susurró Mykola Shonai.

Culla cerró de un portazo cuando se reunió con Jenna en la antesala, dándole un momento de respiro a la destrozada y sangrante Mykola Shonai. Cogió un trapo largo que llevaba sujeto al cinturón y se enjugó el sudor de la frente.

—¿Por qué me ha interrumpido? —inquirió—. Tengo trabajo que hacer.

—¿Qué tipo de trabajo necesita de ese nivel de maltrato? —preguntó Jenna señalando al cristal unidireccional.

—El trabajo del Emperador —respondió Culla—. ¿Es que le tiene compasión a esa traidora, juez Sharben? Sería una desgracia que tuviéramos que atornillar otra silla al suelo.

—Claro que no tengo compasión por los traidores.

—Entonces ¿por qué está poniendo objeciones a mi correcto y adecuado tratamiento a esa sucia conspiradora?

—Ella fue una vez gobernadora de este mundo —le recordó Jenna.

—Pero traicionó a su gente en el momento en que se alió con criaturas alienígenas —apuntó Culla—. ¿Qué tipo de ser miserable haría una cosa como ésa? Sólo una criatura degenerada que no merece ser considerada de la raza humana. Sólo un sucio y asqueroso animal amante de los xenos.

Jenna señaló el cristal.

—¿Y qué es lo que espera conseguir con eso? Si ella supiera algo que tuviera algún valor, ¿no cree que se lo habría dicho ya?

—Los amantes de los xenos son astutos —respondió Culla masajeándose los nudillos—. Únicamente a través de la purificación del dolor revelan sus secretos.

—No si la mata primero.

—Entonces habré descubierto todo lo que deseaba saber —declaró Culla—. Y la galaxia no habrá perdido nada con su muerte.

—La está tratando peor que a ninguno de los otros prisioneros tau.

—Los tau son xenos y no conocen nada mejor —replicó Culla desdeñosamente—. Sólo son bestias ignorantes que responden a sus deseos y necesidades básicas. Son alimañas que deberían ser odiadas y temidas como creaciones imperfectas que son. Es el derecho y el deber de la humanidad eliminar a tales criaturas con el fuego y la espada. Shonai debería habérselo pensado mejor.

—Estoy de acuerdo con que debemos luchar contra los tau —reconoció Jenna—, pero ¿así? Si nos comportamos así, perderemos nuestra humanidad, nuestro honor.

—Esa cosa que está ahí no se merece que la llamen humana.

—¿Es así como lo hace? —preguntó Jenna inclinándose sobre la mesa.

—¿Hacer qué?

—No ve a Mykola Shonai como humana, ¿verdad? Por eso es capaz de hacerle esas cosas, ¿no es así?

—Elija sus palabras con cuidado, Sharben —le advirtió Culla—. Mi ejército de justos no tolera a los disidentes entre sus filas. Ellos saben que el trabajo que hacen es necesario.

—¿Su ejército? —dijo Jenna entre dientes—. La última vez que lo comprobé era yo la que estaba al mando aquí. Yo soy la que está a cargo de los guardianes de Puerta Brandon, no usted.

—Hágame enfadar y descubrirá si eso sigue siendo cierto o no —la amenazó Culla con una sonrisa.

Desde su posición en la trampilla de mando de su semioruga personal, el coronel Loic observaba a la gente de Olzetyn moviéndose con un ritmo constante hacia el este cruzando el puente Imperator, mientras su conductor iba abriéndose paso lentamente con el estruendoso vehículo a través de la multitud para llegar al extremo occidental del puente. Ya hacía varias horas que había caído la noche, pero el puente todavía estaba atestado de gente asustada que intentaba pasar de Stratum a Ciudad Comercio.

Se desplazaban en viejos camiones, en carros o a pie, llevando todas las posesiones que habían podido salvar a algún lugar seguro. O lo que ellos esperaban que fuera seguro. Los límites occidentales de Olzetyn, en el lado más alejado de los desfiladeros, se consideraban demasiado peligrosos para los civiles, lo que era una advertencia con mucho sentido, pensó el coronel Loic.

Aunque una gran horda de gente se estaba moviendo, la principal carretera que transcurría sobre el puente Imperator no estaba ni mucho menos atascada. Como coronel de la FDP de Pavonis, Loic había impuesto unos estrictos controles para guiar y dirigir el flujo de civiles que cruzaban los desfiladeros del río. Algunos eran redirigidos por el puente Aquila hacia Ciudad Barracón y después canalizados por el puente Owsen hacia Ciudad Comercio. A otros los desviaban por el puente Diacriano más al sur, hacia el Estercolero y más allá. Una vez que habían cruzado los puentes, algunas almas optimistas permanecían en Ciudad Comercio, pero la mayoría continuaban por la autopista 236 hacia Puerta Brandon.

Había miedo, pero no pánico. Se había informado de que los invasores tau habían capturado Praxedes, pero por el momento se habían limitado a llevar a cabo escaramuzas y pequeñas incursiones contra los defensores de Olzetyn. Esa precaución era lo normal, dada la temible resistencia de los enormes bastiones que protegían la parte occidental de la ciudad de los puentes.

El propio puente Imperator era la creación de un genio de la ingeniería, un puente en suspensión extraordinariamente ornamentado tendido sobre los desfiladeros que marcaban la confluencia de los principales ríos de Pavonis. Unas maravillosas y altísimas torres de marfil, de adamantium y de oro atravesaban las nubes en ambos extremos del puente, y unos cables fabricados a partir de algún ingenioso material sujetaban los cinco kilómetros de longitud del puente con un elegante patrón de celosía que resultaba inmensamente resistente y a la vez airoso y grácil.

Durante siglos había sido una de las maravillas del mundo, una sencilla y elegante estructura que se alzaba en espléndido aislamiento sobre los desfiladeros. Pero en los últimos mil años, las cuatro principales conurbaciones que conformaban Olzetyn (Stratum, el Estercolero, Ciudad Comercio y Ciudad Barracón) habían crecido hasta el punto de que fue necesario diseñar otros puentes algo más funcionales.

Los puentes Aquila y Owsen conectaban el este con el oeste vía Ciudad Barracón en la estribación septentrional, mientras que el puente Diacriano cruzaba el desfiladero sur hacia los barrios periféricos del Estercolero. El denominado puente Espuela sobresalía de la punta del Estercolero para unirse con el puente Imperator justo en el medio de su recorrido, y lo que una vez fue una grácil demostración de ingenio se convirtió pronto en poco más que un monumento a la necesidad.

Pero la degradación última del puente Imperator no había llegado aún. Según la ciudad fue creciendo en importancia, la que una vez fue elegante estructura del puente se fue convirtiendo en el hogar de la población de la ciudad que no dejaba de crecer. Casuchas, poco mejores que burdas chabolas, empezaron a surgir por toda su longitud como setas, más rápido de lo que podían irse retirando, y ya miles de personas llamaban «hogar» a ese puente.

A pesar de tal colonización, todavía era posible ver los altos bastiones construidos en el lado occidental del puente entre una maraña de pasarelas en suspensión y bancos de nubes de contaminación que flotaban entre ellos.

Construido con titánicos bloques de piedra negra cristalina extraída de las montañas Sudinal por las grandes máquinas perforadoras del Mechanicum, cada bastión era una magnífica estructura de más de seiscientos metros de altura y el doble de anchura. A la izquierda del puente estaba el bastión Aquila, cuyas murallas superiores parecían un par de poderosas alas, mientras que a la derecha se alzaba el poder del bastión Imperator.

El viento azotaba el puente, pero con la chaqueta crema de su uniforme cubriéndolo y un chapka con un buen forro bien sujeto a la cabeza, él no sentía frío. En vez de eso estaba entusiasmado ante la oportunidad de probar su temple como soldado en combate, porque, aunque se había entrenado tan duramente como cualquiera de los guardias imperiales, Adren Loic nunca había disparado en combate.

Pocos de los soldados de la FDP habían luchado en un combate real desde la rebelión de De Valtos, y los que tenían experiencia no hablaban de ello. Nadie que quisiera vivir una vida tranquila presumía de sus acciones durante esa vergonzosa parte de la historia del planeta.

Sabía que su nombramiento para el puesto de oficial superior de la FDP había sido una decisión política. Adren Loic era un hombre al que pocos podían ponerle reparos, porque pocos habían oído hablar de él. Había pasado toda su vida sin ser distinguido por sus esfuerzos militares, aunque tenía una mente despierta que lo hacía muy atractivo para los adeptos del Administratum que aprobaron su nombramiento, ya que él era uno de ellos.

En los años anteriores a su servicio en la FDP, el coronel Loic había servido como adepto superior del cuerpo logístico de la FDP, y su comprensión de la administración de las fuerzas militares era impecable. Nunca había sido probado como guerrero, pero sabía cómo organizar y gestionar una fuerza de soldados armados a nivel de todo un planeta mejor que ningún otro hombre en Pavonis.

Mientras hubo paz en Pavonis, eso había sido suficiente.

Ahora se iba a ver puesto a prueba en la guerra, y la sola idea de demostrar su valía lo emocionaba como ninguna otra cosa que hubiera hecho en toda su carrera.

El vehículo semioruga emergió de la bulliciosa carretera del puente para desembocar en el amplio paseo flanqueado de estatuas entre los dos bastiones occidentales. Sólo encontrarse a la sombra de esas estructuras colosales le proporcionaba una sensación de calma, porque ¿a quién se le podía ocurrir que dos baluartes tan poderosos pudieran ser algún día derribados?

Delante vio al capitán Gerber del 44.º Lavrentiano estudiando minuciosamente un mapa desdoblado en la parte delantera de un Chimera verde y dorado. Varios oficiales de rango inferior y un comisario con una larga levita negra se apelotonaban a su alrededor y bromeaban con esa familiaridad de los soldados profesionales que han luchado juntos durante muchos años.

Gerber era un hombre duro, brusco y muy directo con sus evaluaciones y decisiones. Si se hubieran conocido en las ventosas cámaras de la Torre de los Adeptos de Stratum, Loic no tenía ninguna duda de que habrían estado siempre en desacuerdo, pero como compañeros de batalla había surgido inesperadamente (por ambas partes, sospechaba) un respeto mutuo.

Loic bajó de su vehículo y se encaminó al Chimera de Gerber.

—Caballeros —saludó cuando llegó al corro de oficiales.

Recibió gestos de cabeza de todos ellos en forma de saludo, pero la familiaridad que había un momento antes entre ellos desapareció en un instante. El comisario, un hombre callado llamado Vogel, le estrechó la mano. Loic se preguntó, como lo hacía cada vez que se encontraba con Vogel, a cuántos guardias habría disparado por cobardía. Después de haber servido con los lavrentianos durante un tiempo, Loic sospechaba que la cantidad sería muy baja.

—¿Una noche movidita? —preguntó.

Gerber levantó la vista cuando Loic se les unió. Hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, sólo los ataques de hostigamiento normales en los puestos de avanzada exteriores, nada de lo que mis chicos no puedan hacerse cargo.

—¿Dónde? —preguntó Loic señalando el mapa—. Muéstremelo.

Unos escribas lógicos con brazos telescópicos sujetaban los viejos planos de la ciudad dibujados a mano en papel encerado, mientras unos servidores caligráficos iban señalando lo que Gerber decía.

—Están poniendo a prueba las defensas en estos puntos al sur del río —dijo Gerber mientras los escribas indicaban el número de puntos en el mapa—. Escuadrones de guerreros de fuego montados en Mantarraya principalmente, con escaramuzas en aerodeslizadores de reconocimiento como pantalla. Algunos de estos malditos kroots intentan colarse en nuestra retaguardia, y siempre hay un grupo de aguijones alados encima de nuestras cabezas en alguna parte.

—¿Nada de armamento pesado?

—Todavía no, pero es sólo cuestión de tiempo —dijo Poldara, el teniente de Gerber. El chico de pelo rubio parecía absurdamente joven para ser un soldado, mucho menos un oficial. La primera vez que vio a Poldara, Loic sospechó que se trataba de nepotismo o un cargo comprado, pero pronto aprendió que el rango del joven era un reflejo de sus capacidades como soldado—. El ataque a Puerta Brandon demuestra que pueden mover armamento con rapidez, y lord Winterbourne cree que los tau van a lanzarse contra nosotros con todas sus fuerzas antes o después.

Loic asintió.

—Tiene sentido. Bien, mis chicos están deseando mancharse las manos de sangre.

Vio la duda en sus caras y reconoció la desconfianza instintiva de los guardias ante soldados que nunca habían dejado su mundo y que estaban marcados por una sospecha de traición desde la rebelión de De Valtos. La indignación le llenó el corazón e irguió la espalda.

—¿Necesito recordarles que mis hombres luchan para defender su mundo? —preguntó Loic—. Sé que creen que nosotros somos soldados menos capaces que ustedes, pero les aseguro que no los vamos a dejar en la estacada, caballeros.

Gerber lo miró a los ojos y finalmente le respondió.

—Será mejor que no, Adren. Sus hombres están verdes y nunca antes han estado en la parte dura de una batalla. Al menos no un número suficiente de ellos. Mis hombres no pueden hacer esto solos, así que sus unidades de la FDP van a tener su parte también.

—Le aseguro que hemos estado entrenando con más ahínco que nunca —afirmó Loic.

—Todo eso está muy bien, pero no puede sustituir a la acción real. Yo he luchado contra los tau antes, y cuando caigan sobre nosotros lo harán con todas las armas que tengan. No creo que las probabilidades sean más que de una a cuatro de que podamos contenerlos sin refuerzos.

—¿Una a cuatro? —exclamó Vogel—. Eso suena a derrotismo, capitán Gerber.

—No lo es. Es realismo —respondió éste—. Bueno, lucharemos como los duros hijos de puta que somos, pero los números no están de nuestro lado.

—Seguro que esos tau no son rival para nosotros... —soltó Loic—. He oído que en el fondo son bastante débiles.

—Entonces es que no ha luchado nunca contra un tau, ni ha visto cómo hacen la guerra —replicó Gerber—. Los ejércitos con más éxito son aquellos que coordinan mejor sus recursos, los que saben qué fuerza aplicar, dónde y durante cuánto tiempo. Algunos incluso dirían que también son los que menos errores cometen. Los tau no cometen errores. Cada uno de los soldados de su ejército está completamente dedicado a su objetivo y lucha por su oficial, porque sabe, sabe con total certeza, que está luchando por algo que es más importante que él.

—Se parecen a nosotros —bromeó Loic, e inmediatamente deseó no haberlo hecho porque nadie se rió.

—Sin refuerzos, sólo podemos rezar para mantenernos durante un periodo de tiempo lo más largo posible —dijo Gerber—. Es así de simple.

—Creo que esas oraciones han sido escuchadas —intervino Poldara señalando hacia el puente.

Loic se volvió y vio un convoy de vehículos blindados azules que rugían por el puente; transportes de tropas, tanques y una multitud de marines espaciales que marchaban bajo una bandera azul celeste con un puño enfundado en cota de malla. Un par de enormes dreadnought flanqueaban a los gigantes con armadura, y unos amenazadores land speeder azules destellaban por encima de sus cabezas. Un guerrero con una capa verde que se agitaba al viento sujeta con un broche en forma de rosa blanca caminaba en dirección a ellos con una mano agarrando la empuñadura de su espada envainada.

El capitán de marines espaciales llegó junto a ellos y se quitó el casco.

—La Cuarta compañía está lista para defender Olzetyn.