A veces, los fantasmas del pasado te persiguen…

El bar estaba abarrotado y el abrasador ambiente de resentimiento que inundaba sus rincones, llenos de humo, flotaba igual que una corriente que recorriera el cuerpo de Hanno Merbal. Sentía el odio por lo que él representaba en cada sílaba murmurada, en cada ojeada furtiva y en cada mirada hostil. Alzó el vaso y se bebió de un trago el fuerte licor.

La garganta le ardía a medida que la bebida le bajaba hacia el estómago, y empezó a toser mientras se preguntaba si el cabrón de cara amargada que estaba al otro lado de la barra le había servido una copa de promethium para gastarle alguna clase de broma repugnante. Posó con un golpe fuerte el vaso en la barra metálica llena de abolladuras y miró fijamente los ojos amarillos del camarero en busca de la confirmación de sus sospechas.

Sin duda. El individuo mostraba en la cara una expresión de resentimiento, lo mismo que los demás nativos del lugar. A Hanno no le pareció descabellada la idea de que estuviese intentando envenenar a un soldado imperial, condecorado como él, perteneciente a las Falcatas Achamán, pero sonrió en cuanto el calor de la bebida se le extendió por todo el estómago y sintió que la fuerza del licor ahogaba el aullido frenético que le resonaba dentro del cráneo.

Hanno inclinó la cabeza hasta dejarla apoyada en el metal frío de la barra.

—Ponme otra —le dijo, y el camarero le sirvió de inmediato otra copa.

Hanno respiró profundamente e inhaló el hedor de su sudor y su culpabilidad, y luego cerró los ojos para no verse la barriga redonda y el torso de pectorales caídos.

Alzó la vista y miró fijamente la barra y el vaso que había encima de ella.

Hanno dedujo por los remaches y las marcas de pintura medio borradas que la barra había sido en otros tiempos una de las planchas laterales de un Chimera. Los huecos por los que antaño habían asomado los rifles láser, acoplados en sus montantes, servían en esos momentos para tirar las colillas de lho aplastadas y apagadas. La bebida era una mezcla turbia y áspera destilada en un barril corroído que antes había sido el depósito de combustible de un Hellhound. Era un licor mortífero, pero era lo único que ayudaba a Hanno Merbal a sofocar los recuerdos del Campo de la Muerte.

Se llevó el vaso a la boca y volvió a beberse el licor de un solo trago. Se echó a toser.

—Sí que está bueno —rezongó Hanno entre toses, al mismo tiempo que arrojaba un puñado de los nuevos billetes imperiales sobre la barra—. Dame esa botella, ladrón.

Hanno notó que las conversaciones bajaban de tono y miró a su alrededor, ya que su instinto de soldado no se había apagado del todo a pesar del alcohol que había consumido. Vio a través de la humareda de los narguiles y de las lágrimas de los ojos que prácticamente todos los rostros presentes en el bar estaban vueltos hacia él.

—¿Qué es lo que estáis mirando? —les gritó cuando el resentimiento venció al impulso oculto que le estaba carcomiendo la cordura—. Tengo todo el derecho del mundo a estar aquí. Os ganamos. Perdisteis. Aceptadlo de una vez.

—Aquí tienes la botella —le dijo el camarero a la vez que posaba con un golpe la botella sobre la barra—. Guárdate el dinero. No quiero tus putos billetes. Y ahora, lárgate.

Hanno agarró la botella, pero no mostró señal alguna de querer recuperar los billetes que había dejado sobre la barra. Sacó el corcho con los dientes y se sirvió otro vaso.

—¿Por qué vienes siempre aquí? —preguntó una voz que sonó pegada a él.

El soldado se volvió con un movimiento inseguro sobre el taburete y vio a un individuo larguirucho y delgado que llevaba el cráneo rapado y la barba recogida en largas trenzas. El desconocido estaba inclinado sobre él. Tenía el lado izquierdo del cráneo cubierto de piel cicatrizada y retorcida. Hanno conocía a suficientes veteranos como para saber que aquello era la quemadura de un disparo de láser.

El hombre llevaba puesta una túnica marrón igual a la de los demás, pero mientras que la mayoría de los habitantes de aquel planeta deprimente preferían los abrigos largos de color gris ceniza, el desconocido se arropaba con la típica capa de color verde y dorada de doble forro propia de los Hijos de Salinas.

—Hasta yo podría arrestarte por llevar puesto eso —le dijo Hanno.

—Y a mí me gustaría que lo intentaras —replicó el individuo.

Hanno volvió a enfocar la vista cuando miró con más detenimiento a su interlocutor. Iba desarmado, pero lo rodeaba un aura de violencia tal que era equivalente a un arma, y su mirada reflejaba una ira bajo control.

—¿Cómo te llamas?

—Me parece que ya sabes cómo me llamo.

—Sí, creo que sí —contestó Hanno al mismo tiempo que se fijaba en que varios de los clientes del bar que estaban a la espalda del individuo metían una mano bajo sus abrigos—. Hay una recompensa por tu captura, o por tu muerte, no lo recuerdo bien.

—¿Estás pensando ganártela?

Hanno hizo un movimiento negativo con la cabeza.

—Esta noche no. Es mi día libre.

—Muy inteligente por tu parte, pero todavía no has contestado a la pregunta que te he hecho. ¿Por qué vienes siempre aquí? He oído decir que vienes todas las noches y te emborrachas hasta casi perder el sentido antes de ponerte a insultar a todo el mundo para luego volver tambaleándote a tu barracón.

—A lo mejor es que me gusta la compañía —le replicó Hanno, señalando con un gesto de la mano las paredes—. O quizá la estética del interior oxidado de un tanque de combate.

—¿Quieres que te maten? —preguntó el individuo, que se inclinó sobre él para que oyera su susurro.

—Si así fuera, ¿serías tú quién lo hiciera? —le replicó Hanno con otro susurro—. ¿Lo harías?

—Creo que será mejor que te vayas. Hay mucha gente aquí con ganas de matarte, y no tengo muy claro que deba impedírselo.

—Pues entonces, no lo hagas.

El individuo se irguió con una expresión extrañada en el rostro.

—¿Es eso? ¿Es que Barbaden te ha mandado aquí para que te maten y así lanzar contra nosotros a Kain y a sus Águilas Aullantes?

—¿Barbaden? —bufó Hanno—. Ése no tiene nada que ver conmigo, ya no.

—¿Ah, no? —El individuo alargó una mano y levantó una de las solapas del abrigo de Hanno para dejar a la vista la chaqueta de color rojo desvaído del uniforme de teniente de las Falcatas Achamán. Los botones plateados tiraban con fuerza de los ojales en su intento por contener una barriga más que generosa—. Según tenía entendido, los Falcatas seguían siendo el viejo regimiento de Barbaden.

Hanno le arrebató la solapa del abrigo de un tirón y volvió a centrar la atención en la barra. Se pasó una mano por la barba de varios días y por los ojos hinchados por la falta de sueño. Luego miró de nuevo al individuo de barba bifurcada.

—Lo siento. Yo… Nosotros nunca…

—¿Te estás disculpando? —lo interrumpió su interlocutor, y su furia se hizo más evidente.

—Eso intento —contestó Hanno, pero antes de que pudiera continuar, se oyeron una serie de golpes en la entrada del bar y el individuo se dio la vuelta y se dirigió de forma apresurada a la salida trasera. A los pocos instantes, fue como si aquel incidente no hubiera ocurrido jamás: los sombríos ocupantes del local centraron de nuevo la vista en sus bebidas y evitaron con cuidado exquisito la mirada de Hanno.

Se dio la vuelta sobre el taburete a tiempo de ver entrar a Daron Nisato, que tuvo que encorvarse para pasar bajo la barra de hierro que alguien había soldado a dos chasis oxidados de tanque y que servía como dintel. El recién llegado entró en el bar con un gesto de desagrado. Se quitó con los dedos una pizca de suciedad que había caído sobre la solapa de su chaqueta de agente del orden y luego paseó la mirada por el local hasta que sus ojos se posaron en Hanno.

—Me pareció probable encontrarte aquí, teniente —le dijo Nisato.

—Qué quieres que te diga. Soy una persona de costumbres.

—Sólo de malas costumbres —contestó Nisato, y Hanno se vio obligado a mostrarse de acuerdo.

—Ni te imaginas quién acaba de estar aquí —le dijo Hanno para empezar la conversación.

—¿Quién?

—No importa —respondió Hanno entre risitas, mientras miraba hacia la parte trasera del local y Nisato se sentaba en un taburete a su lado—. Nadie importante.

Daron Nisato era un hombre atractivo de cincuenta y pocos años, de rasgos angulosos, mirada penetrante y piel oscura. De cabello corto y rizado, tenía las sienes grises desde edad temprana, lo que le proporcionaba un aspecto distinguido que le había sido de utilidad mientras había servido como comisario de los Falcatas Achamán.

—¿Quieres tomar una copa? —le preguntó Hanno.

—¿De raquir? No, gracias. Y creo que tú tampoco deberías tomar más.

—Es probable que tengas razón, Daron, pero ¿qué otra cosa me queda?

—Queda el deber. Tú tienes el tuyo y yo el mío.

—¿El deber? —exclamó Hanno a la vez que señalaba con un gesto de la mano el bar—. Mira lo que el deber ha hecho por nosotros. Nos ha convertido en enemigos de nuestro propio planeta, un planeta por el que luchamos y sangramos. Vaya premio, ¿no?

—Baja la voz, Hanno —le advirtió Nisato.

—¿O qué? ¿Me vas a arrestar?

—Si no me queda más remedio, lo haré. Puede que te venga bien pasar una noche en el calabozo para borrachos.

—No, sólo hay una cosa que me vendría bien.

—¿El qué?

—Esto —le contestó Hanno, y sacó una pistola plateada de aspecto inmaculado del interior de su abrigo.

Nisato se puso en tensión de inmediato.

—¿Qué haces, Hanno? Guarda eso ahora mismo.

Hanno metió de nuevo una mano en el abrigo y sacó algo que relució con un brillo dorado bajo la luz parpadeante de los globos luminosos que colgaban desde el techo de planchas de metal corrugado. Lanzó el objeto sobre la barra, donde se quedó girando sobre sí mismo igual que una moneda, repiqueteando sobre el metal mientras se discernía el águila reluciente que marcaba una de sus superficies doradas.

—¿Todavía guardas tu medalla? —quiso saber Hanno.

—Nunca me la dieron. Yo no estuve allí.

La medalla dejó de girar y quedó inmóvil sobre la superficie grasienta de la barra.

—Qué suerte tuviste —comentó Hanno, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—. Entonces, ¿no los ves?

—¿Ver a quién?

—A los quemados… A los… ¿muertos?

Hanno captó el gesto de confusión en el rostro de Nisato y se dispuso a explicárselo, pero el olor repugnante e inolvidable a carne humana quemada le asaltó la nariz y las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Dio varias arcadas al notar el sabor a huesos incinerados y el hedor penetrante del promethium inflamado.

Tú sí estabas allí.

—No… No, por favor… —gimió—. Otra vez no.

—Hanno, ¿qué ocurre? —le exigió saber Nisato, pero Hanno fue incapaz de contestarle.

Miró a su alrededor cuando unas llamas cegadoras aparecieron por todo el bar, calientes, amarillas, inmisericordes. El fuego mostró un ansia voraz por quemar más allá de lo normal, como si un viento invisible los avivase, y devoró con un rugido ensordecedor todo lo que encontró en su camino. A los pocos instantes todo el local era pasto de un incendio feroz, y Hanno se echó a llorar, porque sabía lo que ocurriría a continuación.

Los clientes del bar se pusieron en pie con las ropas envueltas en llamas, y sus rostros pasaron de ser unas máscaras de odio y amargura a unas caretas derretidas con un gesto final agónico. El fuego fue en su dirección igual que una horda de seres elementales llameantes y monstruosos, y Hanno se volvió hacia Daron Nisato, con la vana esperanza de que el antiguo comisario estuviera viendo lo mismo que él veía.

Nisato no estaba al tanto de la matanza infernal que se estaba produciendo en el bar, y lo miraba con una expresión en el rostro en la que se mezclaban la pena y la preocupación.

Hanno lanzó un grito cuando del suelo comenzó a surgir una humareda negra asfixiante que apestaba a compuestos químicos. A través de ella se movieron varias sombras que se agitaron como marionetas llameantes sometidas al baile espasmódico de un titiritero enloquecido.

Oyó la voz de Daron Nisato, pero ni siquiera comprendió lo que decía, porque en ese momento una silueta terriblemente familiar surgió de entre el fuego y el humo: una niña de no más de siete años.

El vestido que llevaba puesto estaba envuelto en llamas y tenía los brazos, como siempre, extendidos hacia él, como si buscara afecto o que la rescatara. En la piel se le formaban ampollas que luego estallaban. La carne y la grasa derretidas le caían resbalando sobre los huesos igual que goma fundida. Los huesos le crujían y se contraían bajo el terrible calor.

—Tú sí estabas allí —dijo la pequeña.

Su rostro era una masa consumida por unas llamas brillantes que la cubrían y le devoraban el interior del cráneo. Un fulgor espectral y atemorizador relucía en sus ojos, lo único que el fuego todavía no se había atrevido a devorar.

—Lo siento —musitó Hanno, mientras una oleada asfixiante de culpable remordimiento le atenazaba el corazón.

Respiró profundamente y el infierno de llamas que devoraba el bar momentos antes desapareció en un instante. La niña que se derretía y los hombres envueltos en fuego ya no estaban. Todo continuaba como había sido un minuto antes. Hanno se agarró a la barra para mantener el equilibrio mientras el mundo daba vueltas a su alrededor con un movimiento enloquecido y sus sentidos se esforzaban por reorientarse en la normalidad tras el paso de aquel horror.

—¿Qué demonios te ha pasado? —le preguntó Nisato, que seguía a su lado completamente ignorante de la pesadilla que Hanno acababa de vivir por enésima vez. El agente de seguridad lo tomó del brazo.

—Salgamos de aquí. Te vienes conmigo.

—No —replicó Hanno entre sollozos, y se soltó de un tirón de la mano de Nisato—. No me voy. No puedo seguir así.

—Es verdad, no puedes —contestó Nisato, mostrándose de acuerdo—. Por eso tienes que venir conmigo ahora mismo.

—No —repitió Hanno, y agarró con un movimiento rápido de las manos tanto la medalla como la pistola que había dejado sobre la barra—. Sólo hay un sitio al que ir: al infierno.

Hanno Merbal se metió el cañón de la pistola en la boca y se voló la cabeza.

Jamás habría creído que la muerte hubiera acabado con tantos.