Lo primero que se percibía era la fetidez de Quintarn, una combinación de tierra removida, las emisiones gaseosas de las abovedadas ciudades agrícolas y el hedor a fertilizante sintético que estaba presente a nivel planetario. Era uno de los mundos granero de Ultramar, y su árida superficie era caliente y polvorienta, pero ningún viento del desierto lograba disimular la penetrante pestilencia que escapaba incluso a través de los purificadores de aire más avanzados.
Vastos desiertos rojizos y dorados cubrían gran parte de la superficie del planeta, lo que lo convertía en un mundo agrícola de curiosa elección a pesar de que era el más productivo del Imperio. Sus cientos de ciudades agrícolas en constante expansión comprendían millones de hectáreas de terreno cultivable bajo la protección de sus bóvedas. En circunstancias normales, Quintarn, junto con sus planetas hermanos Tarentus y Masali, eran mundos pacíficos, tranquilos y laboriosos.
Pero las circunstancias no eran normales.
Un ejército invasor formado por una desalmada hueste de corsarios asesinos, máquinas de guerra y diabólicos sacerdotes del Mechanicus Oscuro había descendido sobre los Tres Mundos. Se autodenominaban los Nacidos de la Sangre, y luchaban bajo el mando de una criatura de pesadilla conocida como Votheer Tark. Pero sus legiones de máquinas de combate, que apenas estaban compuestas de trozos de carne podrida y tejidos neurosinápticos suspendidos en un tanque amniótico, no habían venido con la intención de conquistar o esclavizar, sino de destruir. Pero a Quintarn no le faltaban defensas. La Quinta y la Sexta Compañías de Ultramarines plantaron cara a los Nacidos de la Sangre; sus victorias fueron legendarias y sus nombres sinónimos de coraje y honor. El propio Quintarn contaba con unas impresionantes fuerzas auxiliares de defensa formadas por miles de hombres y mujeres en armas que habían jurado defender su mundo natal.
Pero no serían las nutridas filas de soldados ni las compañías de combate del Adeptus Astartes las que decidirían el destino de Quintarn, sino un solo guerrero: Torias Telion.
Situada en la confluencia de tres ríos, Idrisia, la ciudad protegida bajo las cúpulas, se elevaba sobre las áridas planicies como un grupo de ampollas levantadas por quemaduras solares.
Al otro lado de su reluciente perímetro, un neblinoso desierto se extendía en el horizonte, y la arena se amontonaba a los pies de sus estructuras de metal blindado. La estrella del planeta refulgía incandescente en el cielo como un disco de metal calentado en la forja de un armero. Pocas cosas podían sobrevivir en aquel cuarteado paisaje, pero bajo las increíbles cúpulas de la ciudad rebosaba la vida.
Diez mil soldados de las fuerzas auxiliares de defensa de Quintarn se alojaban en ella; sus innumerables tiendas y aparcamientos aplastaban una infinidad de terrenos de cultivo destinados a alimentar las hambrientas bocas del Imperio. A pesar de todos sus esfuerzos, los Nacidos de la Sangre habían atravesado los baluartes septentrionales, y los uniformes azul cielo de los soldados estaban cubiertos de sangre tras la retirada en Castra Mondus. Ahora, con las rutas hacia las ciudades hidropónicas meridionales completamente abiertas, Idrisia estaba a punto de sufrir la ira de los Nacidos de la Sangre.
Pero una fuerza de guerreros de habilidades superiores estaba lista para combatir al demente y sanguinario ejército de Votheer Tark y a sus máquinas de guerra.
Los Ultramarines ocuparon el centro de Idrisia. Los barracones modulares de un brillante azul celeste pugnaban por el espacio con las fortificaciones temporales y las estructuras auxiliares para el campo de batalla que llegaban con el Adeptus Astartes en guerra. En el centro del despliegue ultramarine se hallaba una estructura de mando octogonal con un techo abovedado plagado de antenas de comunicaciones, de parabólicas giratorias de auspex y de escudos de vacío integrales.
La humedad se acumulaba sobre las águilas de alas doradas estampadas sobre las corazas de los diez Ultramarines estacionados alrededor del perímetro de la torre de mando. Goteaba desde los bólters y las hombreras, cinco de hierro negro y las otras cinco de oro brillante, y burbujeaba al caer sobre los calientes conductos de ventilación de las cargas de energía de la armadura. Los diez guerreros permanecían quietos como estatuas, como inmóviles guardianes de los capitanes que se hallaban en el interior. Proteger a los comandantes del ejército era un gran honor, y sólo los mejores de cada compañía habían sido seleccionados para desempeñar una labor de tamaña importancia.
Entre sus muros, los paneles de cogitadores de combate zumbaban con potencia mientras digerían la información recopilada de los informes tras la acción, el robo de comunicaciones, los barridos de inspecciones y los datos entrantes de los pocos auspex que quedaban en órbita.
La imagen que proyectaban era la de un mundo a punto de caer ante el enemigo.
Los tecnosacerdotes daban vueltas alrededor de la cámara oscura y se detenían de cuando en cuando para farfullar una leve oración binaria o para ocuparse de alguna pieza del equipo. Los asistentes y los servidores escribas se mantenían en las sombras, dispuestos para atender las órdenes de sus señores en cualquier momento.
Los cuatro guerreros encargados de defender Quintarn estaban reunidos alrededor de una mesa de mapas céntrica, observando la fantasmal imagen topográfica con mirada penetrante, como si la fuerza de voluntad bastase para cambiar la desalentadora situación estratégica que tenían ante sí.
El capitán Galenus, de la Quinta Compañía, fue el primero en hablar.
—Idrisia es la clave —dijo—. Si la perdemos, perdemos la guerra.
—¿Crees que no soy consciente de ello? —preguntó otro de los comandantes.
El capitán Epathus, de la Sexta, se cruzó de brazos y se apoyó sobre el borde levantado de la mesa.
—Es la puerta a las ciudades del sur, pero no es lo bastante fuerte como para soportar un ataque. Todavía no.
El siguiente en hablar fue Antaro Chronus. Su voz era un gruñido gutural similar al de los motores de los carros de combate que dirigía.
—Puedo contenerlos durante un tiempo —dijo, y señaló con el puño un punto en el mapa proyectado—. Aquí. En el extremo de la Cicatriz de Upashid. Con las unidades blindadas de las fuerzas auxiliares de defensa tengo suficientes vehículos como para mantener a esos cabrones a raya durante un tiempo.
—¿Cuánto? —pregunto Epathus.
—El suficiente como para que fortifiquéis este maldito lugar —respondió Chronus—. Mataré a un buen número, pero son demasiados como para retenerlos eternamente.
El cuarto miembro del grupo de mando asintió. Su rostro estaba oculto bajo un crudo casco con cara de calavera. El capellán Ortan Cassius vestía una armadura negra como la noche, repujada en dorado y azul, con motivos de calaveras grabados en todos los bordes y placas. Aunque nadie podía ver su desfigurado rostro, todos sintieron la desalentadora determinación de su mirada.
—Los Nacidos de la Sangre de Votheer Tark hacen la guerra como el Gran Devorador —dijo con un ronquido húmedo, procedente de unas cuerdas vocales dañadas que la cirugía potenciadora no podía reparar—. Su Mechanicus Oscuro consume los huesos de hierro de las máquinas caídas y las reconstruye para aumentar su número. Utilizan cada pieza y cada forja que perdemos para crear más máquinas de guerra para los Nacidos de la Sangre.
—Qué apreciación tan deprimente, capellán —dijo Galenus.
—Pero objetiva —respondió Cassius.
—¿Cómo vamos a luchar contra un enemigo que aumenta su fuerza con cada batalla? —preguntó Epathus.
—Creo que yo podría ayudar —respondió una voz procedente desde lo alto, entre las sombras.
Todos los guerreros presentes en la torre de mando se volvieron hacia ella y desenfundaron sus armas a velocidad de Astartes. Sentada sobre una viga estructural se entreveía una figura. Su bólter descansaba de manera despreocupada sobre su regazo.
—¡Seguridad! —bramó Galenus mientras intentaba distinguir a la figura semioculta.
El guerrero descendió de la oscuridad y cayó con agilidad sobre el suelo de la torre de mando. La espectral penumbra de la mesa de estrategia parecía no tocarlo, y dejaba su cuerpo delgado envuelto en sombras allí donde no debería haberlas. Su ropa estaba cubierta de un polvo ocre, y su armadura estaba arañada y desgastada por la arena. Su rostro, del mismo color que el cuero cocido bajo la luz de mil soles, estaba enmarcado por una barba canosa bien arreglada y miraba a los comandantes reunidos con una leve sonrisa de desaprobación.
—¿Telion, eres tú? —preguntó Epathus—. ¡En nombre de Guilliman! ¿Cómo has entrado aquí?
—Sabes que no voy a responderte a eso —dijo Torias Telion, el principal explorador de los Ultramarines.
—¿Cuándo has llegado a Quintarn? —inquirió Galenus—. ¿Y por qué no se me ha informado de tu llegada?
Telion no le hizo aprecio.
—Mis exploradores llegaron a Quintarn mucho antes que vosotros. ¿O creíais que las forjas de los Nacidos de la Sangre de las Tierras Altas Kodianas se habían destruido solas?
—¿Fuisteis vosotros? —preguntó Chronus.
Telion asintió.
—Sí.
—Maldita sea, Telion —gritó Galenus—. No podéis luchar junto a nuestras compañías sin uniros a la orden de batalla. ¿Cómo vamos a idear una estrategia si no sabemos con qué activos contamos en el campo?
Telion negó con la cabeza.
—Tenéis un problema más acuciante que ése, Galenus.
—¿Cuál?
—Vuestra seguridad —respondió Telion señalando hacia el techo con un único dedo levantado.
Galenus y sus homólogos alzaron la vista.
Posados sobre las vigas, cinco exploradores armados apuntaban a los comandantes.
Telion meneó el dedo a modo de reprimenda.
—Si hubiésemos sido el enemigo, ya estaríais muertos. Meditadlo mientras nosotros nos rearmamos y reabastecemos.
La carrera desde las Tierras Altas fue larga y dura, una rápida huida del caos con los cazadores del enemigo pisándoles los talones a través de las accidentadas tierras interiores que separaban la ardiente cresta de las llanuras meridionales. El enemigo contaba con unos cazadores muy hábiles, y sólo cuarenta y tres de sus sesenta guerreros salieron con vida del árido desierto.
Pero ninguno de los Nacidos de la Sangre poseía la astucia y la destreza de Torias Telion.
Había servido a tres señores del Capítulo diferentes y recibido más honores de batalla que ningún otro explorador en la historia de los Ultramarines. Ningún rastreador de chatarra semientrenado lograría alcanzarlo en una persecución.
Estaba cansado, pero no dio ninguna muestra de ello mientras dirigía a sus exploradores por la familiar distribución de la posición de los Ultramarines. Todo estaba dispuesto como decretaba el Codex Astartes, de manera habitual, precisa y... predecible.
Su llegada sin previo aviso a Idrisia no constituía la primera ocasión en que Telion se había saltado los principios de las enseñanzas de su primarca en la guerra, pero era, sin duda, la más evidente. Sabía que se había expulsado a al menos un capitán del Capítulo por infringir las enseñanzas del Codex, de modo que mantenía sus pequeñas herejías en secreto ante aquellos mandos que pudiesen objetar.
Telion reparó en que algunos guerreros Ultramarines observaban a sus exploradores y no pudo evitar henchirse de orgullo ante los gestos de respeto que veía. Todo el Capítulo conocía de sobra su reputación, y aquellos guerreros sabían que tenían unos ángeles de la guarda con Torias Telion y sus exploradores velando por ellos. Los hermanos de batalla de la Quinta y la Sexta recibieron de buena gana su llegada aunque el capitán Galenus no lo hiciera.
Escuchó unos pasos tras de sí y, por su longitud y la fuerza de la pisada, supo que se trataba de Draco. El joven era un monstruo con el lanzamisiles que portaba colgado sobre su espalda. Con su gran puntería era capaz de insertar una cabeza explosiva por el puerto de ventilación del motor de un aerodeslizador desde una distancia de quinientos metros.
—¿Vamos a unirnos a las compañías de batalla, hermano sargento? — preguntó el muchacho.
—Para ser un explorador instruido en el sigilo y la evasión, eres tremendamente evidente con tus preguntas, Draco —respondió Telion.
—Sólo quiero saber cuál es el plan, sargento —respondió—. No me gusta la idea de hacer de esto una lucha directa.
—Entonces estate tranquilo. No nos uniremos a las compañías. Sólo estamos aquí para reabastecernos.
Draco asintió, y Telion contuvo una sonrisa mientras el joven regresaba junto a su escuadra. Los francotiradores, Zeno y Dareios, parecían satisfechos con la noticia, aunque era evidente que Agathon, su miembro más reciente, no compartía su entusiasmo.
—Al capitán Galenus no le va a gustar —dijo el sargento Kaetan.
Aunque Telion se había unido a la escuadra de Kaetan, el sargento se había hecho a un lado para permitir que el veterano explorador asumiese el mando. Ningún miembro de la Décima Compañía, excepto tal vez el capitán Antilochus, esperaría que Torias Telion sirviese bajo su autoridad.
—No me quita el sueño lo que piense Galenus —respondió Telion.
—Pero tiene razón, deberíamos unirnos a la orden de batalla.
—Sabes que así no seríamos todo lo eficaces que podemos ser, Kaetan —dijo Telion.
Kaetan asintió.
—Lo sé, pero ir en contra de los deseos de un capitán es la manera perfecta de conseguir que te envíen a un juramento de muerte —añadió.
Kaetan era un veterano de Masali de piel morena, un supervisor exigente y minucioso. Telion respetaba su manera de hacer las cosas y lo consideraba uno de los mejores sargentos que había tenido la Décima Compañía en décadas.
Tras asegurarse de que ninguno de los exploradores estuviese escuchándolos, Telion susurró:
—Puede que tengas razón, pero, aunque nadie más lo vea, yo sé que le tiene inquina a lord Calgar. Culpa al Señor del Capítulo de las muertes de sus hombres en la Indomable.
Kaetan hizo con los dedos el signo de los exploradores para indicar que estaban siendo observados por el enemigo y Telion guardó silencio. Había oído los pasos que se aproximaban, pero había seguido hablando al saber de quién se trataba. El capellán Cassius se aproximaba desde el otro lado de la plaza. La cabeza de pinchos de su crozius sobresalía por detrás de su hombrera izquierda.
—Capellán —lo saludó Telion, y se inclinó levemente ante el venerable guerrero.
—Kaetan, Torias —respondió Cassius, uno de los pocos individuos con la autoridad suficiente como para llamar a cualquier guerrero del Capítulo por su nombre de pila—. He venido para desearos una buena cacería.
—Gracias, Capellán —contestó Telion tocando el símbolo de los Ultramarines repujado en su bólter modelo Silencio—. No te acercas muy a menudo a ver a los cazadores sueltos.
—¿Sospechas que tengo algún motivo oculto?
Telion sonrió con cautela.
—Yo no lo expresaría así, pero sí.
—Siempre en tu papel de explorador, ¿eh, Torias?
—Hasta el día en que me muera.
—Pues te seré igual de franco —dijo Cassius—. No deberías contrariar a Galenus. No es conveniente herir el orgullo de un capitán de batalla.
Telion se enfureció.
—¿Te envía él? —inquirió.
—Sabes que no —respondió Cassius—. Y tu actitud beligerante no te favorece.
Telion suspiró con frustración. Sabía que el capellán tenía razón.
—Disculpa, capellán. Ha sido una campaña muy larga para nosotros y en las Tierras Altas vimos unas abominaciones tan horribles que a veces olvido mis modales.
Cassius rehusó con la mano su torpe disculpa.
—Galenus superará las leves heridas de su orgullo. Perder a la mitad de su compañía a bordo de la Indomable le ha desgarrado el alma y carga contra todos, cuando lo que debería hacer es centrarse en los guerreros que siguen vivos.
Telion asintió e hizo ademán de darse la vuelta, pero Cassius lo detuvo posando una mano firme sobre su hombro. Con su armadura de batalla completa, el capellán le sacaba una cabeza al sargento de los exploradores, y era imposible pasar por alto la amenaza y la fuerza que emanaba su figura acorazada.
—Corres demasiados riesgos —le dijo Cassius—. Procura no extralimitarte. Aquellos que lo han hecho han sufrido enormemente.
—Siempre miro por dónde piso, capellán. Es lo que mejor se me da — le aseguró.
—Más te vale, Torias —respondió Cassius bajando el tono para que sólo lo oyese Telion—. Cuando esta guerra haya terminado habrá muchas heridas que sanar, y no todas se tratarán en un apothecarion. La sospecha y la desconfianza se han arraigado en nuestro Capítulo, y tendremos que purgarnos de su ponzoñosa corrupción. En el Capítulo se respeta mucho tu voz y, si muestras falta de respeto, otros lo oirán y estarán alerta. Tenlo presente antes de mostrarte tan insolente con tu temerario desprecio por la cadena de mando.
Cassius se marchó, y Telion esperó hasta que hubo desaparecido de su vista antes de continuar guiando a sus exploradores. Las palabras del capellán le habían enfurecido, pero no sabía si era la verdad que subyacía en ellas lo que le había tocado la fibra o el hecho de que le estuviese amonestando por su comportamiento. Lo cierto es que ambas explicaciones lo contrariaban por igual.
¿Qué había querido decir Cassius con eso de la sospecha y la desconfianza? La vida de un explorador dependía de su consciencia del entorno, y a Telion le cabreaba pensar que era ajeno a los sutiles acontecimientos que tenían lugar dentro del Capítulo. Pero éstas eran cuestiones para otro momento. No podía permitir que ningún pensamiento distinto a sus problemas inmediatos lo distrajeran de su misión.
Los depósitos de armas se encontraban en un edificio modular pegado a una estructura sólida que en su día había servido como centro administrativo de Idrisia. El furriel mayor era un tecnomarine de la Sexta Compañía, y Telion se sorprendió considerablemente al descubrir que el capitán Galenus ya le había comunicado su autorización para que les permitiese extraer munición y suministros.
Los exploradores tomaron lo que requerían de los depósitos con una eficiencia digna de saqueadores, pero no más, pues sabían por experiencia lo que necesitarían en el campo y lo que suponía un peso innecesario. En cuestión de diez minutos estaban completamente equipados y listos para retomar las operaciones de combate.
Telion reunió a los exploradores de Kaetan en una pequeña plaza con un sátiro con cabeza de ciervo en el centro, un remanente de las antiguas creencias de Quintarn de tiempos anteriores al Imperio. Varias estatuas de mármol de animales salvajes rodeaban a esta figura, dispuestas a su alrededor como el público de un cuentacuentos.
—Vamos al norte —dijo sin preámbulos—. Nuestros hermanos y las fuerzas auxiliares de defensa necesitan tiempo para fortificar Idrisia para el ataque, de modo que Antaro Chronus dirigirá a una formación acorazada al norte para luchar contra las máquinas de combate de los Nacidos de la Sangre en la Cicatriz de Upashid. Vamos a echarles una mano.
—¿De qué clase de enemigo estamos hablando? —preguntó Dareios.
—Blindados —respondió Telion—. Máquinas de combate, transportes, artillería móvil, ese tipo de cosas.
Le complació ver la ausencia de miedo en sus exploradores. Con sus armaduras ligeras y sin apoyo pesado serían tremendamente vulnerables, pero Torias Telion iba a guiarles, y su fe en él era una fuerza potente en sí misma.
—Ayudaremos en lo que podamos, pero ésta no es nuestra lucha —dijo Telion—. Tenemos otra misión, y no quiero que nos veamos involucrados en una refriega acorazada, ¿entendido?
Alguien levantó la mano.
—Dime, Draco —dijo Telion.
—Si no vamos a involucrarnos de lleno en la lucha, ¿cuál es nuestra misión?
—Una muy peligrosa —respondió Telion—. Una que sólo los mejores exploradores del Adeptus Astartes pueden llevar a cabo. Vamos a tomar la forja enemiga en las Doncellas de Nestor y ganaremos la guerra de Quintarn de un solo golpe.
* * *
Los exploradores partieron al cabo de una hora y cada escuadra tomó su propia ruta hacia distintos objetivos mientras las fuerzas de ataque de Antaro Chronus se reunían. Telion dirigió a la escuadra de Kaetan por los cuarteados desiertos de color dorado rojizo, bordeando las planicies y ciñéndose a las alturas rocosas en la medida de lo posible. Avanzaban a un ritmo apresurado pero silencioso, aprovechando las pocas sombras que ofrecía aquel mundo árido y sin dejar rastros.
Telion vigilaba el avance de la escuadra por aquel entorno tórrido y polvoriento y les daba consejos e instrucciones cuando era necesario. Eran un grupo fuerte. Estaban unidos como hermanos y dispuestos a demostrar su valía.
Dareios era un asesino taciturno, un francotirador de gran habilidad metódica y calculadora inteligencia. Dominaba perfectamente las dificultades implícitas en la caza de largo alcance, pero le faltaba pasión. Podía llegar a ser un gran guerrero, pero Telion tenía la impresión de que jamás aspiraría a convertirse en algo más que un oficial de línea.
El segundo francotirador de la escuadra, por el contrario, era impulsivo pero aprendía rápido. Zeno poseía un talento natural, pero carecía de las herramientas necesarias para ser un cazador paciente. Era un año más joven que Dareios; aún estaba a tiempo de aprender a controlar su temperamento.
Draco ya había demostrado su valía, y encajaría perfectamente con los devastadores cuando ascendiese a hermano de batalla.
El último miembro en incorporarse a la escuadra era Agathon, un joven devoto procedente del mundo bosque de Espandor. A lo largo de los siglos, su familia había enviado a dos hijos anteriores a las filas de los Ultramarines, y Telion los recordaba a ambos. Los dos habían muerto ya, asesinados en Tarsis Ultra e Ichar IV, víctimas del Gran Devorador.
Tras diez horas de marcha ligera, Kaetan dio el alto para descansar y rehidratarse. Desde las montañas soplaba un viento feroz que sumía los cuarteados desiertos de Quintarn en una abrasiva niebla de partículas de polvo.
Se refugiaron en una escarpada hendidura en la roca, y mientras Dareios hacía guardia, el resto descansaban y se preparaban para continuar. Las unidades acorazadas imperiales no debían andar muy detrás de los exploradores y Telion quería llegar a la posición antes que ellos.
Agathon bebió un trago de la cantimplora y se secó la barbilla con el dorso de la mano. El joven acunaba el bólter en sus brazos como una madre a un recién nacido. A Telion le complació ver que, a pesar del polvo y de los calurosos vientos que soplaban en Quintarn, el arma seguía como nueva.
—¿Puedo preguntarte algo, sargento Telion? —preguntó Agathon.
—Claro, ¿qué?
—¿De verdad crees que esta misión nos hará ganar la guerra? —preguntó el joven.
Telion sonrió al ver que los demás exploradores se volvían, atentos a su respuesta.
—De lo contrario no lo habría dicho —dijo—. Pero deja que le dé la vuelta y te haga yo a ti una pregunta. ¿Por qué estamos perdiendo esta guerra?
—¿Porque el enemigo nos supera en número? —se aventuró a responder Zeno.
Telion negó con la cabeza.
—No. Estos Nacidos de la Sangre no son más que deshechos, una horda de máquinas de guerra corrompidas dirigidas por un señor de la guerra que no reconocería una estrategia ni aunque le estuviera mordiendo ese culo de metal que tiene.
—Es porque a los Nacidos de la Sangre no les importan las bajas —dijo Dareios—. Forjan de nuevo cualquier máquina de guerra que pierden o que capturan y la transforman en cualquier otra arma.
—Exacto —dijo Telion—, pero su líder ha cometido el error de confiar en que así ganará la guerra, y eso lo hace vulnerable. Si le arrebatamos eso, no tiene nada.
—¿Y el templo forja de las Doncellas de Nestor es su punto débil? — preguntó Zeno.
—Así es —respondió Telion—. Las otras forjas que destruimos también eran importantes, claro, pero eran sólo plantas de procesamiento. El templo forja de las Doncellas de Nestor es donde el enemigo crea sus máquinas de batalla más letales. Transforman fumigadoras en tanques lanzallamas, trilladoras en desolladoras, y enormes segadoras en fortalezas de batalla. Sin esa forja, los Nacidos de la Sangre no son más que una horda más de corsarios y renegados.
Draco dio unas palmaditas al lanzamisiles que tenía al lado y dijo:
—Tú dime dónde hay que disparar, sargento Telion.
Todos se echaron a reír ante aquella bravuconada. El sargento Kaetan se puso de pie y se sacudió el polvo de la capa de camuflaje.
—Si el sargento Telion ha terminado ya de ofrecer sus sabios consejos, debemos continuar si queremos jugar algún papel en las batallas que están por venir. ¡En pie!
Los exploradores respondieron de inmediato y tan sólo unos minutos después ya estaban en marcha. El fuerte viento se encargó de borrar todo rastro de que se hubiesen detenido allí.
Las llamas de los vehículos incendiados alumbraban el vientre de las nubes y los estroboscópicos disparos iluminaban la escarpada superficie de la Cicatriz de Upashid. Era una planicie tectónica de cañones superficiales, mesetas y cristalinos lechos fluviales; una zona inhóspita en el estriado desierto que se extendía de costa a costa. Estruendosas tracerías de artillería resonaban en las cadenas meridionales a medida que los tanques de los Nacidos de la Sangre avanzaban por los serpenteantes barrancos o arrastraban su inmensa masa por las vitrificadas dunas sobre chirriantes extremidades multiarticuladas.
Las explosiones hicieron temblar el suelo cuando una salva de proyectiles impactó contra éste entre los Nacidos de la Sangre, guiada magistralmente por los observadores del sargento Vorean. Una docena de vehículos desaparecieron bajo la cortina de fuego, y sólo un único superviviente logró escapar arrastrándose sobre unos muñones ennegrecidos por el fuego.
Por impresionante que fuera semejante potencia destructora, no era más que una gota en el océano contra la horda de los Nacidos de la Sangre. Telion contó al menos un millar de vehículos enemigos, una insidiosa horda de diabólicas máquinas de guerra diseñadas por unas mentes degeneradas y retorcidas de maneras demasiado espantosas como para concebirlas.
No había dos iguales, y todas eran una auténtica aberración de artes mecanizadas blasfemas, ofensivos abortos de hierro y carne. Sus inmensos transportes oruga aplastaban la tierra cuando avanzaban como sanguijuelas henchidas de sangre por la arenosa roca y dejaban un hediondo reguero de fluidos de motor a su paso. Unos tanques con armazones pulsantes que relucían como músculos desollados disparaban a través de espeluznantes cañones orgánicos y portaban un armamento que, más que estar instalado, parecía haber brotado de manera natural.
Gigantes de acero ensangrentado avanzaban sobre sus patas de pistones rebuznando gritos de guerra a través de unos repugnantes cuernos orgánicos. Estaban cubiertos con unos caparazones de cristal roto que, al aletear contra el soporte de su armamento, sonaba como si mil ventanas se rompiesen a la vez.
Otros parecían insectos descomunales, bulbosos y brillantes, armados con antenas letales que escupían fuego y lanzas de energía destructora. Desde cierta distancia, las máquinas de batalla de Votheer Tark parecían haberse fugado del taller de un demente, pero Telion no permitió que su grotesca apariencia le engañase con respecto a su potencial.
Frente a aquella monstruosa horda había una multitud de carros de combate, de color azul celeste los de los Ultramarines y azul y blanco los de las fuerzas auxiliares de defensa. Aunque el enemigo casi les triplicaba en número, las fuerzas imperiales contaban con el respaldo de unos ángeles.
Telion se cobró la primera víctima con su bólter modelo Silencio al atravesar de un disparo los tubos de carburante de un zumbante vehículo que se asemejaba a una araña achaparrada con patas mecánicas y una bulbosa torreta que escupía ráfagas de fuego láser. El combustible ardió y se vació en su chasis, y la máquina se retorció mientras su tripulación moría y, finalmente, cayó sobre la arena.
Draco derribó una infinidad de tanques con misiles que atravesaron el blindaje superior, más ligero, de unos tanques de diseño más convencional. Zeno y Dareios guiaron sus disparos mutuos para acabar con los comandantes que había a la vista y destruir los alimentadores de munición y los tubos de combustible enemigos. Bajo la experta dirección de Telion, no se malgastó ningún proyectil, y Zeno coló un tiro certero a través de la rejilla de visión agrietada de la torreta de una máquina de batalla que en su día bien podría haber sido un Baneblade, pero que ahora parecía una fortaleza móvil de espadas y horcas. Lo que fuera que dirigiese aquel monstruoso vehículo murió tras ese disparo y éste pasó a ser presa fácil para los vehículos antitanque de Antaro Chronus.
Los exploradores iban avanzando con cada pieza que derribaban. Todas las escuadras disparaban sólo una vez desde cualquier posición en la Cicatriz, y sacaban el máximo provecho de los refugios naturales y de su rapidez para evadir los posibles disparos que les dirigían en respuesta. Las inteligencias mecánicas de las máquinas de batalla de Votheer Tark eran astutas, y Telion tuvo que hacer uso de toda su habilidad para mantenerse un paso por delante de su alcance.
—Tanque araña a las diez —gritó Zeno, que seguía un a vehículo a través de la mira de su rifle de francotirador—. Distancia, seiscientos metros.
—¡Disparando! —anunció Draco mientras tecleaba el alcance en su lanzamisiles al tiempo que retrocargaba un misil.
Telion observó al joven explorador mientras dirigía el vehículo y pulsaba suavemente el gatillo.
El proyectil salió disparado como una bengala y dibujó un arco en el cielo antes de dirigir su cabeza rastreadora hacia el objetivo. Después descendió de nuevo hacia la tierra como una luz fosforescente que impactó contra la parte superior del tanque araña. La cabeza estalló y un abrasador chorro de plasma inundó el vehículo, incineró al instante a su tripulación e hizo que la torreta saltase por los aires.
—Buen disparo, Draco —lo elogió Telion, dándole al explorador unas palmaditas en la hombrera de su armadura.
—¡Blanco de oportunidad! —grito Dareios sin apartar el ojo de la mira de su rifle—. Justo delante, a mil metros.
Telion sabía que debían desplazarse, pero se agachó junto al explorador y se pegó el bólter al ojo para inspeccionar el terreno. Había visto enfrentamientos acorazados en el pasado, pero nunca había estado tan cerca en una refriega de tanques. Los exploradores allanaban el camino a las compañías de batalla u hostigaban al enemigo desde los flancos y la retaguardia, nunca se acercaban tanto.
—Llevamos demasiado tiempo en esta posición —señaló Kaetan—. Deberíamos movernos.
—Lo sé —respondió Telion—. Pero Dareios no suele anunciar objetivos si no hay un buen motivo para ello.
Kaetan frunció el ceño, pero asintió.
—¿De qué se trata, Dareios?
—Aparentemente es un bípode de mando —respondió el explorador—. Parece endeble.
Telion coincidió.
Superficialmente se asemejaba a los Sentinel de las fuerzas auxiliares de defensa, ya que se trataba de una máquina de guerra bípeda sobre la que se apoyaba el compartimento blindado de un piloto. Pero, mientras que los bípodes imperiales constituían una respuesta práctica a las necesidades de la guerra, éstos no eran más que un disparate sin sentido. En lugar de una cabina blindada, las patas de articulaciones invertidas soportaban una esfera de cristal quemado con un espumoso líquido amniótico en su interior que se agitaba de un lado a otro con cada uno de los patizambos pasos que daba. Tenía unas runas dentadas marcadas a los lados, y la ornamentación que presentaba convenció a Telion de que Dareios había hecho bien en anunciarlo.
—Derríbalo —ordenó.
—Disparando —respondió Dareios.
El explorador respiró hondo y dejó escapar el aire de sus pulmones muy despacio para no fallar el tiro. El rifle le informaba de la velocidad del viento, de la temperatura ambiente, de los campos gravitatorios locales y de un sinnúmero de variables más que podían afectar a su puntería.
El arma emitió un chasquido al disparar, y Telion observó cómo el proyectil alcanzaba la ennegrecida esfera de cristal. Se formaron unas grietas en el punto del impacto y, en menos de un segundo, el disparo de Zeno acabó con el objetivo. El cristal reventó como una ampolla y derramó el humeante líquido de su interior. Arcos de energía eléctrica refulgían entre los restos al tiempo que unos trozos de carne deformada y de huesos dilatados se desplomaban sobre la arena entre un amasijo de chisporroteantes cables de cobre y tomas de corriente.
Telion no perdió el tiempo preguntándose qué clase de vil alquimia sarcosa había forjado semejante aberración.
—¡Arriba! buen trabajo, pero tenemos que avanzar.
Los exploradores salieron corriendo del filo de la cresta y siguieron a Telion agachados por un desfiladero poco profundo, haciendo turnos de manera aleatoria. Las explosiones estallaban por encima de sus cabezas y la ensordecedora fuerza percutora del fuego de artillería y de los impactos los sobrevolaba. El rugiente sonido de los motores resonaba de manera extraña por el desfiladero y unas ráfagas de disparos desintegraron los extremos superiores de éste. Los fragmentos de roca llovían sobre ellos, pero Telion siguió avanzando. Un atronador impacto sobre el suelo les hizo tambalearse y Telion levantó el puño. Se pegó contra la pared de piedra del desfiladero y el suelo tembló de nuevo con enérgica reverberación. Una sombra se cernió sobre su escondite cuando algo enorme los sobrepasó. Su masa era tan descomunal que pasaba de un lado a otro del desfiladero sin el menor esfuerzo.
—En nombre de Hera, ¿qué ha sido eso? —susurró Draco.
Telion lo mandó callar con una mirada. Corrió por el desfiladero y se subió a una roca para ver a través de una grieta qué era lo que había pasado por encima de ellos. Lo vio de manera fragmentada, pero fue suficiente para identificar a la máquina de guerra.
La denominación imperial era Stormlord, un tanque enormemente pesado y repleto de armas, todas capaces de hacer desaparecer a los exploradores en un visto y no visto. Tenía un inmenso cañón bólter instalado en la torreta y una plétora de armas potentes sobresalía de las afiladas torretas y de las plataformas de artillería. Eran ametralladoras rotativas y reactores de promethium. Su casco era del color del óxido corroído, y una figura vestida con un mono de caucho y que portaba una máscara antigás con forma de bestia se erguía con arrogancia en la escotilla superior. Ondeaba una bandera ensangrentada como si se hallase en un desfile triunfal y no en una batalla.
—Está pidiendo que le metan un tiro en la cabeza —dijo Telion.
—Ojalá fueran todos tan estúpidos —comentó Kaetan colocándose junto a él.
—Un Stormlord —apuntó Telion mientras descendía de la roca—. Mal asunto.
—Déjalo estar —le advirtió Kaetan al advertir el brillo en sus ojos.
Telion negó con la cabeza y corrió a asomarse por el extremo superior del desfiladero. Los exploradores lo imitaron y se mantuvieron pegados a los irregulares bordes para no dejarse ver.
El Stormlord se desplazaba por el terreno rocoso emitiendo un chirrido que daba dentera y avanzaba sorprendentemente rápido para tratarse de una máquina tan pesada. El cañón de su torreta giró justo cuando un par de Chimeras de las fuerzas auxiliares de defensa rodeaban una bóveda de roca. El fuego salió despedido de los cañones al tiempo que una ráfaga de tiros certeros destruía el ligero blindaje de los tanques imperiales. Ambos transportes se detuvieron de golpe y los soldados, heridos y ensangrentados, salieron corriendo de su interior en llamas. El Stormlord avanzó y atrapó a los sobrevivientes con una lengua de fuego.
Afortunadamente los gritos duraron poco, ya que los cañones del inmenso tanque terminaron pronto con sus vidas.
—Vamos, Torias —dijo Kaetan—. Es un superpesado. No tenemos las armas necesarias para derribarlo.
—Pues al menos acabemos con el cabrón arrogante de la torreta —respondió Telion—. Un tiro y nos largamos.
—Ni hablar —dijo Kaetan—. Tenemos una misión.
Telion suspiró con frustración y asintió.
—Tienes razón, pero habría sido un magnífico tanto para el Silencio.
Demasiado tarde, Telion vio cómo Zeno apuntaba con su rifle de francotirador hacia el comandante del Stormlord y fruncía el ceño mientras sus miras le proporcionaban información sin sentido cada vez que pulsaba el localizador.
—¡No! —gritó Telion, pero el daño ya estaba hecho.
La torreta giró hacia los exploradores escondidos como una presa que, de repente, capta el olor del cazador. Los cargadores del tanque se prepararon para disparar. Desde su posición se escuchaba el traqueteo del armamento.
—¡Por la sangre del Emperador! —exclamó Kaetan—. ¡Viene a por nosotros!
—¡Todo el mundo al suelo! —gritó Telion al ver que el cielo se iluminaba con una cólera pirotécnica.
El fuego enemigo levantó zanjas de un metro de profundidad en el borde del desfiladero y produjo profundos cráteres en la pared de roca opuesta. El ruido era ensordecedor y Telion oyó gritar a un miembro de la escuadra cuando la metralla, al rebotar, le atravesó el ligero blindaje de la armadura.
El desfiladero se llenó de polvo y gravilla y ni siquiera Telion, con su visión genéticamente aumentada veía nada a través de aquella densa nube. Los ecos del ataque apenas habían empezado a disiparse cuando oyó que el Stormlord se acercaba.
—¡Moveos! —gritó—. ¡Salid de aquí como sea! ¡Nos reuniremos a un kilómetro al norte!
Telion corrió lo más rápido que pudo en busca de una vía de escape a través de las asfixiantes nubes de polvo. La pared de roca se derrumbó a su paso cuando una parte del desfiladero cedió bajo las orugas del transporte superpesado. Telion se aventuró a mirar por encima del hombro y vio cómo los cañones del tanque se preparaban para disparar por el desfiladero.
El comandante de un tanque imperial jamás habría malgastado la munición y la energía de un vehículo tan potente en tan pocos soldados, pero el Stormlord tenía el aroma de su sangre en las fosas nasales. Matar era lo único que importaba, y no la gran estrategia que pudiera tener su señor. Los había captado y no cesaría hasta haber montado sus cadáveres sobre el blindaje de sus orugas.
Un fuego volcánico ardió en el desfiladero, inundando toda su amplitud con una arrasadora tormenta de proyectiles. Telion se lanzó de un salto a un pasillo lateral y sintió que el chorro supersónico del fuego del Stormlord le arrebataba el aire de los pulmones. Rodó hasta colocarse boca abajo, dejó que su pulmón secundario filtrase el reducido contenido de oxígeno del aire y se alejó del pasillo principal del desfiladero arrastrándose sobre su vientre.
Una columna de polvo caliente fue extendiéndose por los pasillos. Telion cambiaba de dirección con frecuencia, y se movía a cuatro patas para avanzar más de prisa. Oyó el furioso rugido del vehículo superpesado tras él: estaba rondando la zona para confirmar sus piezas de caza. A través de las nubes de humo que levantaba el fuego, consiguió vislumbrar su irregular contorno. Unos fogonazos fortuitos de rifle de francotirador y de bólter iluminaron el humo.
Un buen explorador sabía cuándo debía pelear y cuándo debía escapar, y Telion se abrió paso hacia delante a través del polvoriento desfiladero, consciente de que no podía hacer nada contra un enemigo tan poderoso. La estupidez de Zeno les había salido muy cara. Telion tenía la esperanza de que hubieran sobrevivido los suficientes miembros de la escuadra como para llevar a cabo la misión.
Treinta minutos después, Telion se reunió con los exploradores. Le complació ver que había sobrevivido la escuadra al completo, aunque Dareios y Agathon tenían heridas de metralla, y todos los demás estaban cubiertos de polvo y de magulladuras. El ambiente era tenso, y la ira de los exploradores se centraba en uno de los suyos en particular.
—Casi nos matan por tu culpa —siseó Kaetan.
Zeno fue lo bastante sensato como para mostrarse contrito, pero el sargento no había terminado.
Telion levantó una mano para detener su diatriba.
—Ha sido una estupidez por su parte, Kaetan —dijo—. Pero todavía tenemos una misión que cumplir. Ya castigarás a Zeno cuando regresemos a Idrisia.
—Su error podría habernos costado la vida a todos —protestó Dareios.
—Lo sé, muchacho, pero no ha sido así —respondió Telion—. Dejémoslo estar por el momento.
Dareios asintió de mala gana y se alejó. Telion vio la furia que se reflejaba en su rostro, pero permitió que se marchara. Dareios, el asesino metódico, no llevaba bien que sus compañeros cometiesen errores.
Mientras los exploradores se preparaban para partir una vez más, Kaetan se acercó a Telion.
—Te estás volviendo blando con la edad, Torias —le dijo—. Tiempo atrás habrías desollado vivo a ese chico por un error como ese.
—Lo sé —convino Telion—. Pero seguimos vivos, y no lo volverá a hacer. Ha aprendido la lección a las malas. Y ésas son las que no se olvidan.
Kaetan se encogió de hombros.
—Tal vez —dijo—, pero deberíamos proseguir con la misión.
—Desde luego. Adoptaremos posiciones de entrada hacia las veintiuna cero cero hora local en la ladera de las Doncellas, a un kilómetro del templo forja.
Kaetan consultó el cronómetro.
—Pues no tenemos mucho tiempo.
—Entonces tendremos que avanzar de prisa —respondió Telion.
La escuadra de Kaetan continuó avanzando a paso de batalla y dejó que Antaro Chronus y los vehículos de las fuerzas auxiliares de defensa continuaran la lucha acorazada sin ellos. Kaetan tenía razón, no tenían mucho tiempo, de modo que Telion dirigió a los exploradores con severidad, estableciendo un ritmo homicida que puso a prueba incluso el físico plenamente desarrollado del Adeptus Astartes.
No se detuvieron a descansar ni a rehidratarse, sino que siguieron avanzando por las abruptas montañas. Cuando anocheció, los exploradores llegaron al final de un valle oscuro que abría un camino irregular hacia las Doncellas de Nestor. Y allí, en lo alto de una inmensa plataforma de roca, el único vestigio de una montaña aplanada, se encontraba el templo forja de Votheer Tark.
Las Doncellas de Nestor era todo lo que quedaba de la montaña más alta de Quintarn. Recibía su nombre por las mil sacerdotisas que se arrojaron por sus precipicios por no acabar siendo apresadas por asaltantes pielesverdes. Fue completamente arrasada por un bombardeo orbital y en la roca fundida se esculpió un monumento a su sacrificio. Alrededor de la meseta circular, mil piezas de vítreo basalto se erguían como colmillos afilados, una por cada una de las doncellas perdidas.
En el centro del inmenso tocón de la montaña, un activo edificio mecánico rugía como el motor de la nave más colosal que se pueda llegar a imaginar. Era más una máquina que una estructura, y su caótico ensamblaje constituía un desvarío de atronadores pistones, bocas de chimenea que escupían fuego, conductos de los que salía agua despedida y arcos de torres eléctricas. Numerosos estandartes ondeaban con los sofocantes vapores de pesadilla que rodeaban la montaña, y todas las piezas de hierro empapado de sangre que entraban en la estructura de la forja tenía grabadas infernales runas de entes blasfemos.
Un constante flujo de transportes de masa pesados transportaba miles de toneladas de máquinas capturadas a la ennegrecida forja y proporcionaba a los adeptos oscuros de su interior la materia prima con la que construir las máquinas de batalla para el señor de la guerra de los Nacidos de la Sangre. Un humo acre sobrevolaba el suelo formando una cortina de humo muy oportuna.
Telion detuvo a la escuadra a la sombra de una de las Doncellas y levantó la mano para tocar la suave piedra.
—Doncellas de Nestor, concededme una fracción de vuestro valor — susurró segundos antes de sentirse observado y, al girarse, toparse con la mirada de Kaetan—. Para darnos suerte —dijo.
—Creía que el gran Telion no la necesitaba —respondió Kaetan.
—Cuanto más lucho, más suerte tengo, pero nunca está de más tener un poco de sobra.
Telion centró sus sentidos en la infinidad de patrones de sonidos que se percibían entre la algarabía acústica metálica que rodeaba el templo forja. Incluso en un lugar tan espantoso se daba un ritmo y un patrón. Esta forja era el dominio del Mechanicus Oscuro; un lugar en el que unos retorcidos sacerdotes máquina mezclaban el poder del immaterium con el de sus blasfemas creaciones mecánicas, abominaciones que trabajaban al ritmo de corazones artificiales. Bajo la cacofonía sónica que resonaba desde el interior de la montaña, Telion distinguió la estruendosa percusión regular de unos martillos de forja gigantes que trabajaban en coordinación con sonoras prensas y altos hornos minerales.
Inspeccionó el lateral del templo en busca de un punto de entrada, y lo encontró. A quince metros por encima de la meseta había un conducto de entrada que absorbía grandes bocanadas de aire contaminado con el que alimentaba los hornos. Una red de tuberías serpenteaba por los flancos de la estructura como enredaderas corroídas, y sería fácil escalar por ellas.
—Preparaos —dijo Telion—. Avanzad conmigo y manteneos agachados.
Contó los percutores sonidos de la forja y esperó hasta que el martilleo metálico reverberara por las montañas antes de abandonar su escondite y correr a través de los hediondos vapores. Casi al instante empezó a avanzar a ciegas, ya que el templo escupió su venenoso aliento y chilló por todos y cada uno de sus conductos de ventilación. Eran gritos de parto. La forja aullaba de placer y de dolor ante el monstruoso engendro que tomaba forma en sus mecanizadas entrañas.
Telion oyó unos motores que aceleraban y las fuertes pisadas de máquinas blindadas. Vio el borroso contorno de unos servidores modificados y de unos brutos peones descerebrados, criaturas esclavas formadas a partir de piezas aleatorias de máquinas y de restos orgánicos.
Pasaron por alto a los exploradores, y Telion les devolvió el favor.
La elevada y férrea fachada vertical de la forja sobresalía de entre la tóxica niebla amarilla, y Telion saltó hasta las tuberías. Con una mano detrás de otra, fue trepando hasta la chimenea y se asomó por ella. Un ventilador que giraba perezosamente ocupaba el conducto circular, que tenía unos dos metros de diámetro. Telion saltó, se agachó bajo las lentas aspas y corrió hacia la rejilla de un respiradero.
Avanzó con el bólter al hombro y disparó cuatro tiros, uno en cada esquina de la rejilla, para soltarla sin tener que detenerse. Al otro lado del respiradero había una máquina extraña, parte compresor de absorción, parte mecanismo de bombeo, confeccionada con los torsos superiores de unas criaturas revestidas de acero que en su día podrían haber sido hombres.
Detrás de la máquina había una rejilla de malla por la que entraba una luz roja infernal y a través de la cual se escuchaban los atronadores sonidos de la industria pesada. Telion se agachó para otear a través de ésta mientras el resto de la escuadra penetraba en la cámara de bombeo y adoptaba inmediatamente posiciones defensivas.
—Por aquí —dijo Telion, dando unos golpecitos en la rejilla con el cañón de su arma.
Telion y Kaetan la quitaron de la montura con los cuchillos y la dejaron a un lado. Los exploradores se colaron por el hueco en la pared y salieron a un laberinto de conductos. Arrastrándose, Telion llegó hasta una intersección corroída y echó un vistazo a los diabólicos mecanismos del templo forja.
Una luz naranja inundaba aquel cavernoso lugar, templo de una ruinosa parodia del Dios Máquina. Tinas de mineral incandescente burbujeaban como fosas volcánicas a lo largo de los extremos de aquella cámara colosal, y unos inmensos calderos de hierro que pendían de unas gruesas cadenas vertían sangre en cada una de ellas. Cientos de sacerdotes vestidos con oscuras sotanas las consagraban con oraciones en el código corrupto de un binario ininteligible, y Telion sintió que el hedor a metal quemado y a carne abrasada se le agarraba en la garganta.
Los ríos de metal sangriento corrían por unos canales estriados hacia las infernales máquinas de la forja que rodaban, prensaban y daban forma a las armas de guerra. Entre ellas destacaba un inmenso horno que gruñía y martilleaba con voracidad animal y, atendiendo a su altar negro de diabólica creación, se encontraba una altísima abominación de acero y fuego.
—Por los dientes del Emperador —exclamó Telion—. En nombre de Guilliman, ¿qué es eso?
En su día había sido un titán Warhound, pero había sido brutalmente modificado con tantos añadidos repugnantes que sus creadores originales se habrían echado a llorar al verlo tan degradado. La máquina de batalla destacaba entre el personal que la rodeaba a pesar de que estaba encorvada hacia delante como un escriba jorobado. Una compleja disposición de brazos mecanizados, que eran en realidad una mezcolanza indivisible de armas y herramientas mecánicas, sobresalían de su caparazón.
—¿Es un sumo sacerdote? —sugirió Kaetan.
—Podría ser —respondió Telion—. Tengo que bajar ahí.
—Sabía que dirías eso... —Kaetan suspiró con resignación.
Los exploradores se reunieron alrededor de Telion, que describió su plan de acción con sucinta claridad. Cualquier ambigüedad podría hacer que acabasen todos muertos. O, peor aún, que la misión fracasase. Cuando todos los miembros del escuadrón tuvieron claro su papel, Telion se dispuso a bajar y encontró una línea principal de cableado que descendía hasta el suelo del templo. Chorros de vapor sobrecalentado entraban por unos conductos de ventilación con ribetes de metal, y Telion aguardó a que se formase una nube lo suficientemente densa antes de deslizarse por el cableado.
El calor en la planta de la forja igualaba al del desierto más tórrido que Telion hubiera pisado. Los gases que emanaban de las fosas de metal sangriento absorbían la humedad del aire y hacían que respirar resultase casi doloroso.
Los exploradores eran expertos en generar confusión tras las líneas enemigas, pero Torias Telion era el rey del caos. Ya había identificado las partes más vulnerables de la forja desde los conductos superiores, y sabía exactamente dónde tenía que colocar sus bombas de fusión. Se movía rápida y cautelosamente por la cámara, ciñéndose a las sombras en la medida de lo posible y sacándole el máximo partido a los escondites que ofrecía aquella planta industrial.
Ninguno de los sacerdotes lo vio, inmersos como estaban en los circuitos rituales de las fosas de metal sangriento. Con la tranquilidad que le infundía su determinación, Telion avanzó a hurtadillas por la cámara y colocó sus cargas de fusión detrás de cajas de conexión, enterradas dentro de circuitos de cables o en el dorso de los medidores de presión.
La máquina de batalla se desplazaba por la cámara con sonoras pisadas y emitiendo devotos berridos de código corrupto a través de unos altavoces instalados en el caparazón. Cada intervención estática era recibida con una respuesta de defectuoso ruido mecánico por parte de los sacerdotes. Telion no entendía nada, pero la tonalidad del sonido no denotaba ninguna hostilidad ni tuvo la sensación de haber sido descubierto.
Sólo le quedaban dos cargas por colocar, de modo que avanzó hacia la ardiente y martilleante máquina gigante que se encontraba al final de la cámara. Pero, cuando se aproximaba a ella, supo que algo iba mal. Sus furiosos respiraderos brillaban con la intensidad de las llamas, como una especie de ventana a algún horrible infierno. Aunque sabía que era absurdo, Telion tenía la sensación de que la máquina lo observaba, de que vigilaba su intrusión con una mezcla de divertida curiosidad e irritación.
Se quitó aquel pensamiento de la cabeza, pero seguía teniendo la insidiosa sospecha de algo no iba bien. Se detuvo. Hasta el momento había sobrevivido gracias a haber confiado en su instinto, y ahora mismo éste le gritaba que algo iba muy, muy mal.
—¿Qué pasa? —preguntó Kaetan a través del comunicador de su oreja.
—No estoy seguro —respondió Telion—. ¿Algún cambio en el enemigo?
—Aparentemente, no —respondió Kaetan—. Un momento... ¡Telion! ¡Sal de ahí!
Aunque no podía ver la obvia amenaza, Telion obedeció la advertencia de Kaetan sin vacilar. Se alejó del gran horno y volvió rápidamente sobre sus pasos a través del templo forja cuando un estruendoso bramido de ruido mecánico inundó el lugar, como si un millón de servidores vocales chillasen al unísono. Las fosas de metal sangriento escupieron géiseres de abrasador metal con un escandaloso bramido de furia volcánica.
El sigilo no le serviría de nada ya, de modo que echó a correr por el templo con el bólter pegado con fuerza al hombro y moviendo el cañón en la misma dirección que sus ojos. Tres sacerdotes aparecieron ante él blandiendo una especie de tridentes dentados que zumbaban con fuego eléctrico. Telion atravesó de un tiro los pechos del primero y del segundo, y un disparo de francotirador procedente de lo alto pulverizó el cráneo del tercero. No se detuvo y saltó por encima de los cadáveres antes incluso de que éstos cayeran al suelo.
—Ve hacia la derecha —le ordenó Zeno en su oreja.
Telion obedeció y corrió hacia una enmarañada red de tuberías. Tres sacerdotes máquina fueron a por él, pero un misil los derribó grabando al estallar una imagen fantasma en las retinas de Telion. Draco, tan certero como siempre. A pesar de los mecánicos aullidos de cólera del templo forja, Telion oyó el distintivo sonido de los disparos del francotirador acompañados de las descargas, más graves, de los bólters de Agathon y Kaetan.
—¡Empieza a detonar las cargas! —ordenó Telion al tiempo que derribaba a otro sacerdote máquina oscuro.
—Sigues dentro del radio —señaló Kaetan.
—Detónalas o nunca saldré de él —contestó Telion.
Con sólo pulsar un botón de su comunicador, Kaetan hizo estallar la primera de las cargas de fusión y una sección de la cubierta metálica que rodeaba una de las fosas de metal ensangrentado desapareció bajo una abrasadora columna de fuego incandescente. El metal líquido se desbordó con furia del dique destrozado que lo contenía. Con una lentitud viscosa, se vertió sobre el suelo del templo forja, extendiéndose cada vez más a cada segundo que pasaba. Otra carga detonó, liberando más metal líquido e incandescente de su confinamiento. Una tercera y una cuarta carga estallaron también, y las tuberías, derretidas por el calor, escupieron arcos ardientes de líquidos y gases inflamables por todo el templo. Telion se abrió paso de un disparo a través de aquel templo que se desintegraba y se escondió tras un elevado nexo de cables y conductos cuando una lluvia de proyectiles pulverizó el suelo ante él.
Los sacerdotes máquina habían calculado su posición y le estaban cerrando el paso. Salió de su escondite y atravesó de un disparo el rostro de uno de ellos que recorría ruidosamente el templo sobre sus múltiples patas como una araña mecánica.
Dos disparos lo obligaron a esconderse de nuevo, y un fragmento de metal rebotó y le arañó la mejilla. El corte se llenó de sangre que se coaguló casi al instante.
—¡Abridme una vía de escape! —ordenó Telion.
—No podemos —respondió Kaetan.
—¿Por qué? —inquirió, pero no tardó en averiguar la respuesta.
Envuelta en un creciente muro de llamas y humo, la máquina de batalla se aproximaba. Su espantosa y gigante silueta se vislumbraba en el resplandor de la desintegración del templo. Su caparazón estaba repleto de goteantes runas de sangre y su cabeza tenía la forma de un demonio sonriente. Su blindaje estaba plagado de picas afiladas, y varios cadáveres pendían en sus exhibidores de trofeos.
La cabina de mando brillaba con luz roja, y sus brazos armados traqueteaban mientras sus cargadores automáticos los alimentaban con cartuchos que albergaban miles de proyectiles de calibre pesado. Telion se lanzó al suelo cuando las armas de la máquina de batalla descargaron su ira. Un huracán de proyectiles levantó una zanja de un metro de profundidad en el suelo de metal del templo.
Telion atravesó corriendo la furibunda tormenta de la máquina de batalla y oyó cómo sus estruendosas pisadas lo seguían. Disparó sin apuntar y escuchó cómo los tiros impactaban contra los escudos de vacío del titán con un roznido de descarga eléctrica. La máquina emitió un chillido voraz mientras lo seguía a través del humo. Telion sabía que era más rápida que él, de modo que sólo podía hacer una cosa.
Dio media vuelta y corrió hacia ella disparando, pero lo único que conseguía era levantar chispas y resplandores de vacío. Los brazos armados de la bestia descendieron y los cañones chirriaron mientras se preparaban para disparar.
Las armas abrieron fuego y Telion se lanzó al suelo, pero cayó dentro de su alcance mínimo y los disparos levantaron zanjas paralelas tras él. La máquina se detuvo, como si no lograse entender por qué no había destruido a su objetivo. Telion se levantó de un brinco, se colgó el bólter y saltó a la pierna derecha del titán. Una hoja afilada le rebanó la hombrera cuando se aferró al repugnante cuerpo aceitoso de la máquina de batalla y trepó por él ayudándose de sus remaches, pernos y tubos de lubricante.
La máquina giró al sentir aquel insecto que ascendía por su cuerpo, y Telion se agarró con todas sus fuerzas mientras ésta se sacudía hacia delante y hacia atrás. Asfixiantes nubes de humo tóxico rodearon a la máquina mientras ésta intentaba librarse de él. Unas figuras se movieron entre el humo, y Telion pudo ver a duras penas cómo la máquina aplastaba a los sacerdotes bajo sus pies.
Cuando alcanzó la mitad de la pierna del titán, tenía las manos destrozadas y ensangrentadas y la armadura abollada y perforada. La máquina se estampó contra una columna de hierro y un arco de energía salió despedido hacia el cielo. Sus escudos de vacío cedieron y estallaron en su costado derecho. La explosión al colapsarse dejó casi ciego a Telion y el rayo de energía abrasó su armadura, dejándola negra de hollín.
Ya casi había alcanzado la parte inferior del compartimento del princeps y Telion se agarró a un sibilante cable surtidor de refrigerante que latía con un movimiento peristáltico repugnante. Introdujo el pie en un hueco que había entre las placas de blindaje y desenfundó su filoarma.
Rajó el cable a lo largo y una desagradable sustancia viscosa y aceitosa que hedía a carne podrida salió a chorro del corte y empapó la armadura de Telion. Le entraron arcadas al sentir el sabor del repugnante compuesto biológico que le había salpicado el rostro. La máquina aullaba y se sacudía de un lado a otro con tanta violencia que a Telion se le escapó la filoarma de las manos y ésta cayó dando vueltas en el humo.
Con la mano libre, Telion cogió una de las últimas cargas de fusión que le quedaban en el cinturón y la insertó en el cable surtidor rajado. Insertó una segunda, pero antes de que pudiera hacerlas estallar, la máquina de batalla estampó su cuerpo contra el borde de un tanque de metal sangriento en un último bandazo desesperado.
Esta vez, Telion no logró mantenerse asido; salió volando por los aires y aterrizó con un fuerte impacto sobre el borde del tanque. El intenso calor le abrasó la armadura y la piel bajo la tela de su vestimenta de combate. Se dejó caer para alejarse del metal fundido y siguió rodando hasta que estuvo a salvo de la máquina de batalla, que seguía sacudiéndose frenéticamente. Sus pies pisotearon el lugar en el que había aterrizado y agrietaron el suelo. Con el dolor reflejado en el rostro, Telion se puso de pie.
—¡Avanza diez metros! —gritó Kaetan.
El comunicador transmitía mucho ruido, pero Telion obedeció al escuchar el sonido de los cargadores automáticos una vez más. Vio el tendido de cables por el que había descendido, saltó sobre él y trepó a toda prisa hasta que alcanzó el nivel de la serpenteante red de conductos.
Los exploradores de Kaetan se habían desplegado por los miembros estructurales y disparaban a las masas de sacerdotes máquina apelotonados. Los agujeros de bala en la pared que tenía a sus espaldas y las zonas chamuscadas donde los electrolanzadores habían impactado atestiguaban la ferocidad de la batalla que habían librado.
Telion se dirigió a Draco.
—¡Los escudos de vacío del flanco derecho han cedido! —gritó—. He colocado dos cargas en la parte inferior. Donde se unen sus piernas y el compartimento del princeps.
Draco lo entendió inmediatamente e insertó otro misil en su arma. Con el lanzamisiles a la espalda, descendió por las tuberías hacia el suelo. La máquina de batalla lanzó un rugido triunfal cuando su infernal equipo de detección localizó por fin a su presa. Cargó hacia ellos; sus zancadas hicieron temblar el templo, y el silbido de sus armas atravesó el aire como un cuchillo ensangrentado.
—¡Desplegaos! —ordenó Telion.
Se pegó el bólter al hombro con fuerza y disparó tres tiros rápidos al flanco desprotegido del titán. Todos impactaron contra el caparazón acorazado sin causarle daño alguno. Los disparos del francotirador volaron los trofeos y unas bulbosas extrusiones que podían haber sido matrices de sensores, pero poco más.
La máquina giró la parte superior de su cuerpo y levantó sus armas mientras éstas se preparaban para aniquilarlos bajo una tormenta de proyectiles. El tiempo avanzaba muy lentamente. Telion veía cómo los brazos del titán insertaban proyectil tras proyectil en los cañones rotativos. Antes de que llegara a disparar alguno de ellos, Telion oyó el silbido de un lanzamisiles, seguido, un instante después, del ensordecedor estallido de aire sobrecalentado que provocó la explosión de dos bombas de fusión.
La fuerza de la explosión hizo girar a la máquina y sus armas trazaron un arco de fuego incandescente contra las columnas centrales del templo. El titán retrocedió tambaleándose como un boxeador aturdido y unos fragmentos de metal fundido gotearon en su parte inferior, como la cera de las velas de la capilla de la compañía. Chorros de aceite llameante y de fluido de motor salían disparados por todas partes. El titán dio un vacilante paso hacia delante. Su pierna, herida, cedió por fin. El metal chirrió y la máquina se tambaleó. Sin equilibrio, se desplomó sobre el suelo con un estruendoso gruñido de metal doblado y furia mecánica.
Se revolvía como un animal moribundo y agitaba la pierna que le quedaba en el aire en un intento de levantarse. Unos cables chisporroteantes sobresalían de la herida dando sus últimos coletazos, y un fluido biológico iridiscente se acumuló formando un inmenso charco alrededor de su caparazón destrozado. Los gritos de muerte binarios de la máquina resonaron por todo el templo forja; era un chirrido gorgoteante, mezcla de agonía y odio, doloroso de escuchar, y que dejaba un mal sabor de boca.
Telion exhaló, aliviado, cuando la luz roja que emanaba de las saeteras de su demoníaca cabeza se apagaron.
El templo forja lanzó un grito de pérdida y odio, y los sacerdotes de negra sotana se desplomaron y convulsionaron mientras los restos reflejos de código corrupto que emitía la máquina al perecer destruían porciones de su arquitectura cognitiva.
Los sistemas controlados por la máquina empezaron a fallar y hubo explosiones por todo el templo forja. La destrucción causada por las bombas de Telion, unida a la de la muerte del sumo sacerdote del templo, estaba provocando una catastrófica reacción en cadena. Las sirenas y las alarmas aullaban. Avisos en binario chirriaban a través de los altavoces instalados en el techo, y poco a poco todo se fue derrumbando.
—¡Tenemos que irnos ahora mismo! —gritó Kaetan.
Telion asintió y pulsó el microcomunicador.
—¡Draco! —gritó—. ¡Vuelve aquí ahora mismo! ¡Exfiltración inmediata!
Al no recibir respuesta, buscó desesperadamente algún rastro del muchacho. Los llameantes incendios y los crecientes lagos de metal sangriento inundaban el aire de humo y de gases asfixiantes, de manera que resultaba casi imposible ver nada con claridad. Kaetan dirigió al resto de la escuadra de regreso por el conducto por el que habían penetrado en el templo forja, y Telion sabía que debía reunirse con ellos pronto.
—¡Draco! —repitió—. ¡Responde, maldita sea!
El humo cesó por un instante y Telion pudo vislumbrar cómo un lanzamisiles del Adeptus Astartes se derretía lentamente en un sinuoso río de acero incandescente. Draco jamás habría abandonado su equipo de batalla y, con gran pesar, entendió que el explorador había perecido para salvarles la vida.
—Que Guilliman te proteja, muchacho —dijo, y se volvió para regresar a la seguridad que ofrecía el exterior.
Una titánica explosión destruyó lo que quedaba de la forja justo cuando llegaba al respiradero. Se agarró al borde de la abertura y se giró por última vez hacia el templo arrasado en busca de alguna señal que le indicara de alguna manera que Draco seguía vivo.
No la halló, de modo que se coló por la chimenea mientras el templo forja acababa de derruirse.
Observaron su derrumbe final desde un saliente rocoso a dos kilómetros de las Doncellas de Nestor. Toda la planicie se transformó en una especie de brillante halo anaranjado como el atardecer mientras lágrimas de metal fundido llovían sobre la ladera de la montaña. Los vítreos monolitos reflejaban el resplandor de la destrucción del templo forja y permanecían erguidos y orgullosos entre la devastación.
Las máquinas de guerra creadas por los Nacidos de la Sangre ya no volverían a asesinar a los defensores de Quintarn. Ya no podrían reponer sus pérdidas impunemente. Desde este momento, los campos de batalla serían lugares de desgaste para ellos, y la deficiente capacidad de Votheer Tark como señor de la guerra quedaría vergonzosamente expuesta.
Ahora, los Ultramarines predominaban.
Telion se pasó la mano por la cabeza afeitada antes de hacer la señal del aquila sobre su corazón. Tras él, Kaetan, Dareios, Zeno y Agathon hicieron lo mismo para honrar a su hermano caído.
—No debería haberlo perdido —dijo Telion.
—No lo has hecho —dijo Kaetan—. La guerra se lo ha llevado.
—¿La guerra? —respondió Telion, y sacudió la cabeza—. No; le he fallado, y por mi culpa el Capítulo ha perdido a un magnífico explorador, un hijo de Ultramar que jamás tuvo la oportunidad de ser el guerrero que tenía derecho a ser.
Kaetan posó la mano sobre el hombro de Telion.
—Míralo de este modo —le dijo—. El sacrificio de Draco nos ha salvado la vida a todos, ¿y cuántas vidas vamos a salvar nosotros?
—¿Una vida por muchas? ¿Es eso lo que quieres decir?
—Sí, y sabes que tengo razón —respondió Kaetan—. Yo también lamento profundamente la pérdida de Draco, pero si su muerte sirve para que ganemos la guerra de Quintarn, creo que es un precio que merece la pena pagar.
Telion asintió.
—Sé que tienes razón, viejo amigo, pero no es justo que aquellos que están en la flor de la vida perezcan y que un viejo veterano como yo perdure.
—Tonterías —dijo Kaetan—. Eres Torias Telion, el Ojo de la Venganza, y vivirás eternamente.
Telion no respondió. Dio media vuelta y se dispuso a regresar a casa.
Y, a sus espaldas, ardía una montaña.